Xtories

La apuesta perdida (Cap. 1)

Javier tiene la mano perfecta: un full de ases y reyes. Cree que es invencible. Pero en el juego, la confianza ciega es la peor de las apuestas. Cuando la realidad golpea, no solo pierde el dinero, sino que pierde todo.

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NOTA DEL AUTOR:

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CAPÍTULO 1

LA PARTIDA

El humo del puro flotaba en el aire viciado de la sala trasera del casino, un antro clandestino en las afueras de Madrid donde los sueños se convertían en pesadillas con cada carta repartida. Javier era un habitual, un ludópata empedernido que había perdido su trabajo, su coche y hasta el respeto de sí mismo en mesas como esta.

Alrededor de la mesa cinco hombres: el dealer, un tipo fornido llamado Marco con tatuajes que serpenteaban por sus brazos; Luis, un empresario calvo y sudoroso con una sonrisa lasciva; los gemelos Raúl y Sergio, musculosos matones que marcaban abdominales bajo sus camisas ajustadas y Javier que temblaba como un corderito.

Había empezado bien, ganando unas cuantas manos con full y tríos que le hicieron creer en su suerte. Pero el póker es cruel y, pronto, las fichas se evaporaron. Sudaba profusamente, sus manos temblaban al apostar lo último que le quedaba.

Tenía muy buena mano, un ful de ases, reyes; casi invencible, solo un póker podía superarlo y eso era sumamente extraordinario. Esa era su gran oportunidad; en la mesa había 50.000€ euros.

Los jugadores pidieron cartas, tres para Marco, y dos para cada uno de los gemelos; Javier dudó, se arriesgaba descartándose de los dos reyes buscando el póker de ases o se quedaba con las cartas que tenía.

Un full era muy buena mano así que, sintiéndose ganador, decidió no arriesgarse.

—Servido— dijo ocultando sus cartas sobre la mesa.

Luis empezó la ronda de apuestas, poniendo sobre la mesa 5.000€; a Javier ya no le quedaba efectivo así que se quitó el anillo de bodas y lo puso sobre la mesa.

—Es un anillo de oro y diamantes, vale más de 5.000€.

El dealer se lo miró detenidamente, lo sopesó y dio por válida la puja.

Pero entonces, todo se fue al traste, porque uno de los gemelos igualó pero el otro, Raúl, puso sobre la mesa los 5.000€ y añadió otros 5.000.

“¡Se ha vuelto loco!” pensó Javier con un desagradable sudor frio en la frente.

Luis igualo los 5.000€ pero Javier no tenía ninguna posibilidad de igualar.

En la mesa había 75.000 y su anillo de bodas estaban esperándolo pero no le quedaba nada más con que apostar.

Javier empezó a sudar. Tenía un full, una mano increíble y seguro que los otros dos iban de farol.

Como en la mano anterior cuando con 50.000€ sobre la mesa uno de los gemelos subió 20.000€ obligándole a retirarse con un trio mientras que, el muy cabrón, solo tenía una pareja de jotas y, además, para más inri mostró orgulloso su mano a todos.

Esta vez no caería en la trampa. No con un full y 75.000 € sobre la mesa.

—No puedo igualar. Juego a lo que tengo apostado— dijo.

—Caballero, sabe que esto no está autorizado en esta mesa— respondió el dealer, —o iguala o se retira.

—¡Esperad! Os firmo un pagaré.

—Lo siendo caballero— respondió el dealer, —usted ya no tiene fondos y la casa no le va a dar más crédito.

Javier estaba temblando, jamás se había sentido tan desesperado. Jamás había estado tan cerca de ganar una mano tan buena. Se le tenía que ocurrir algo.

Y de repente, como una luz angelical se le ocurrió una disparatada idea.

—¡Apuesto a mi mujer! — exclamó enardecido, —Una noche con ella.

—¿Una noche por 5.000€? ¡Y una mierda, no acepto! — exclamó Luis.

Entonces el dealer se lo miró atentamente y dijo.

—Caballero, la casa podría ofrecerle los 5000€ bajo ciertas condiciones:

1. Su esposa debe ser atractiva.

2. Su esposa debe estar de acuerdo en los términos del contrato.

3. Su esposa trabajará para nosotros, en el prostíbulo, hasta que salde su deuda.

—Si está de acuerdo con las condiciones, hágala venir ahora mismo. Las cartas permanecerán sobre la mesa y los jugadores se retirarán para evitar trampas. Si tarda más de 30 minutos daremos la partida por terminada.

—De acuerdo, ¡Acepto! — gritó Javier.

[LLAMADA TELEFÓNICA] TUUT... TUUT... TUUT...

[Javier] Cariño, tienes que venir ahora mismo.

[Elena] ¿Qué pasa? ¿Ha sucedido algo?

[Javier] Ya te contaré, pero tienes que venir inmediatamente.

[Elena] Bueno, deja que termine con la colada y voy. ¿Dónde estás?

[Javier] ¡No, no, no! No hay tiempo. Sal inmediatamente. Si no llegas antes de 30 minutos perderé 100.000 euros.

[Elena] ¿Cómo?

[Javier] Lo que oyes. ¡Ven inmediatamente!

[Elena] Vale, vale, voy para allá.

[Javier] Estoy en la sala de juegos, la de la calle París.

[FINAL LLAMADA]...CLACK...

—Ahora viene. En diez minutos está aquí.

Pasaron los diez minutos y Elena no llegó; quince minutos, veinte y Elena continuaba sin presentarse. Javier es estaba mordiendo las uñas, terriblemente nervioso, maldiciendo la calma de su esposa... “¿Es que no te das cuenta de la importancia de llegar a tiempo? ¡Joder!” exclamaba en pensamientos.

“¡Cómo pierda la mano por su culpa...” pensó alzando el puño apretado.

Pasaron veinticinco minutos y los jugadores ya prácticamente estaban celebrando su triunfo cuando de repente apareció Elena, con el pelo mojado y una exasperante calma.

A sus 32 años, Elena era una mujer de curvas generosas, cabello pelirrojo como el fuego y ojos verdes que aún conservaban un brillo de inocencia.

—Bueno, ya estoy aquí— dijo pausadamente, — a ver, cuéntame el lio en que te has metido.

—Ven— le dijo Javier para que se acercara.

—Estoy a media partida, tengo muy buena mano... pero muy buena, un full de ases reyes. Es una mano insuperable. En todos los años que llevo jugando solo una vez alguien ha ganado con un póker.

—¿Y cual es el problema? — preguntó Elena confundida.

—Me hacen falta 5000 pavos.

—¡Pero amor, sabes que no los tenemos! Tenemos la libreta en números rojos. Debemos dos meses de hipoteca y si no pagamos nos quitaran la casa.

—¡Por eso es tan importante ganar! — exclamó olvidándose de los demás jugadores.

—¡En la mesa hay casi 100.000 €! — dijo exagerando un poco en bote de la mesa.

—Ya, y que quieres hacerle... no tenemos dinero. Nada— respondió Elena abriendo las manos.

—Me han ofrecido un trato... los 5.000€ que me faltan por...

—¡No, no, no! ¡Ni hablar! — exclamó alarmada, —no podemos aumentar la deuda.

—Los 5.000€ que me faltan por... — continuó él, —...por ti.

—¡¡Como que por mí!!! ¡¿Te has vuelto loco?!

—Señora, — intervino el dealer, —hemos acordado pagarle a usted 5.000€ a cambio de trabajar durante la noche en el club.

—¿5.000€? ¿En el club? ¿Haciendo qué?

—Follando señora. Trabajará ejerciendo de prostituta para nuestros clientes hasta saldar la deuda.

—¡¿Te has vuelto loco, Javier?! — gritó Elena fuera de sus casillas.

—¿Me vendes como una puta?

Y dándole la espalda se fue en dirección a la salida.

—¡Espera, espera amor! — gritó Javier hasta alcanzarla, —no tendrás que trabajar de puta, esta partida está ganada, tengo un full ases, reyes.

—¿Y si te ganan?

—¡No pueden! — aseguró Javier.

—¿Seguro?

—Tendrían que sacar un póker o una escalera de color, y eso es imposible.

—¿Imposible? — quiso asegurarse Elena.

—Sumamente improbable.

—¿Es imposible o improbable? — preguntó Elena.

—Imposible— aseguró él convencido.

—De acuerdo— acabó aceptando, —pero si ganas se acabó el juego y yo administraré el dinero.

—Sí amor.

—¡Todo! Sin excepciones. Lo usaré para liquidar hipoteca— insistió Elena.

—¡Sí, sí!

—De acuerdo— dijo dirigiéndose al dealer, —aceptamos las condiciones; pero si ganamos liquidamos la deuda y nos vamos a casa. No habrá revanchas y le vais a prohibir la entrada a mi marido PARA SIEMPRE.

—Acepto el trato— respondió el dealer, —yo mismo le garantizo que su marido, tanto si gana como si pierde, NUNCA MÁS VA A PONER UN PIE EN ESTE CLUB.

Y chocaron las manos en señal de acuerdo.

Todos los jugadores regresaron a sus respectivos sitios de la mesa. Javier estaba exultante, miró una última vez su full de ases reyes y sonrió.

—Muestren las cartas— dijo el dealer.

El gemelo que quedaba en juego mostró un trio de reinas al AS, una buena mano pero insuficiente para superar la mano de Javier.

Con una sonrisa de oreja a oreja, Javier empezó a mostrar sus tres ases mientras que el otro jugador mostró tres ochos.

“Ya he ganado” pensó Javier, tiene un trio o si tiene un full no puede ganarme.

Entonces Javier mostró sus dos últimas cartas, la pareja de reyes mientras que el jugador mostró un dos.

“¡Ya está!, No tiene nada, iba de farol”.

Pero su cara se congeló en un rictus esperpéntico cuando su rival destapó la última carta, un ocho. ¡Tenía un póker de ochos!

“¡¿Un póker?!”, “¿Un puto póker?”, “¿Cómo?”.

—¿Qué pasa? — dijo Elena al ver la cara congelada de Javier.

—¿Hemos ganado?

—No, señora, lo lamento pero su marido ha perdido la mano.

—¡¿Cómo que ha perdido?!!!

Completamente histérica, Elena se abalanzó sobre su marido y empezó a abofetearle con violencia.

—¡Cabrón!

PLASSS!!!!

—Me aseguraste que no podías perder!

PLASSS!!!!

—Me... me... me... — balbuceó Elena antes de caer de rodillas sollozando desconsoladamente.

—¡CABRÓN!!!! — acabó chillando.

—Señora, es hora de pagar su deuda— dijo el dealer con voz impasible.