Para Agustín
La carta no busca perdón, sino explicación. Entre el dolor y la culpa, Judit desarma su propia versión de los hechos para que Agustín entienda cómo el deseo de validación la llevó a traicionarlo. Es un adiós escrito con lágrimas, donde cada recuerdo es un recordatorio de lo que se perdió.
ACTO II
PARA AGUSTÍN
.
Un mal día / todo se volvió ayer.Tu mirada transparente, / tu sonrisa en la almohada, / tu mano en las mañanas, / el sol en tu cara, / el tictac de nuestra alarma, / el desayuno en la cama, / tus brazos envolviéndome. / Las calles bajo los pies, / las tardes siguiéndonos, / tu restaurante favorito, / los te amo, los te quiero... / El silencio en el que dormimos, / la chispa de nuestros sueños, / nuestro hogar, / nuestros hijos… que no voy a parir. / Nuestros presentes, / nuestro ahora, / el calor de tu cuerpo, / tu sabor a mí, / tu roce en mi silueta, / el eco al encontrarnos, / el baile de aniversario. / Mis lágrimas en el altar. / El camino de los dos: / crecer, / respirar, / envejecer. / Todo se volvió ayer.
.
Para Agustín:
Te escribo esta carta porque no he encontrado manera de hablar contigo. De que me escuches. No quiero que parezca esto ya un reproche, nada de eso. Aunque no lo quiera, entiendo perfectamente tu postura. Yo a veces tampoco quiero estar conmigo misma. Pero no tengo opción.
No puedo negar que ha sido difícil. Saber que la estás pasando mal y no poder hacer nada al respecto me carcome. Pero me lo merezco. Ya he hecho suficiente daño.
Te he buscado. Creo que lo has notado. Debes tener decenas de llamadas mías y mensajes que no quieres recibir. Me has bloqueado de todas las redes. Encontraste la manera en que ni un correo electrónico te pueda mandar. Y eso me está matando. Porque necesito hablar contigo. Así que te escribo por este medio, esperando no la guardes para un mañana o, peor aún, la quemes nada más la veas. Desearía en verdad que me escuches. Aunque ahora solo deba conformarme con sentir que me escuchas a través de estas letras.
Te debo explicaciones, aunque ya no sirvan de nada o no me las creas. Para ti debo ser una mentirosa patológica que puso en duda el último tramo de nuestra relación, o quizás toda. Pero, de inicio, te ruego por favor que me creas. Te hablo con la verdad que pude conseguir a fuerza de revivir lo que sucedió en ese maldito viaje. Y te juro que seré sincera, a tal grado que te diré cosas que sé que no querrás escuchar. Porque ni yo quisiera decirlas, que sean ciertas. Pero lo menos que te debo es hablarte con la verdad. Por difícil que sea. Y quiero que sepas antes que todo, aunque te parezca contradictorio, que nunca quise dañarte. Que te he amado todo este tiempo. Más de lo que puedo hacerlo ahora a mí misma.
Recuerdo todavía esa noche cuando me preguntaste por qué. Y yo no tenía cara ni consciencia para dar algún motivo, una razón, por la que me precipité a hacer lo que hice.
Hoy lo tengo más claro. Estuve escribiendo un diario para la terapia a la que estoy yendo. Imaginarás lo duro que ha sido esto. Me ha ayudado a organizar mis emociones, que estaban llenas de oscuridad y pesadumbre. Y pude identificar dónde inicié una escisión emocional que me convirtió en el monstruo que fui. Pude ver cómo fui vaciándome, persiguiendo algo que creía que me llenaría y, al contrario, solo me dejó más hueca.
Te lo digo sin afán de justificarme. Aunque toda explicación de un error pueda sonar a eso. Espero darme a entender.
Puedo ubicar un momento clave. La noche en que me probé los vestidos para la cena y llegué a casa avergonzada, con un vestido ajustado empapada por la lluvia. ¿Lo recuerdas? En ese momento empecé a sentirme validada; extrañamente, a pesar de lo humillante de la situación, una parte de mí se encendió. La mujer atrevida que no había logrado ser, la otra cara de la mujer cohibida de pronto surgió. Y eso, debo admitir, me gustó. Llegué llorando porque claro que me molestó sentirme un objeto, carne para el consumo. Pero verme provocativa me hizo creer que podía dominarlo todo. Y eso se insertó en alguna parte de mí. Fui abrazando poco a poco esa versión desafiante y excitante de mí misma. Las circunstancias del viaje se convirtieron en un espejo que aumentaba mi propia imagen. Eso fue soberbia. O tonta arrogancia.
Por otro lado, fue el sumergirme en la dinámica adolescente de mi antiguo grupo de amigos —ahora examigos, que lo sepas—. Me sentí halagada muchas veces. Pero, también lo reconozco, entrar en su juego, en sus reglas, era jugar con otra forma de entender las relaciones, los límites de pareja, lo permitido. Sin embargo, muchas veces caí en esa forma que amalgamaba bien con la Judit atrevida. Y te perdí de vista. Perdóname por perderte de vista. Si hay algún consuelo, yo misma me perdí. Porque, provocada por sentir el dominio de todo, en control, divirtiéndome con los chistes tontos, tratando de encajar o disfrutando hacerlo, no supe priorizarte. Lo lamento. En verdad lo hago. Fue hasta la última cena que entendí que jamás encajaríamos como pareja. Que tú no podrías adaptarte a ellos. Ni yo del todo con la envidia femenina y el morbo masculino. Y debí entender que éramos un equipo y que si algo te incomodaba debía evitarlo.
No me di cuenta de que gradualmente fui transgrediendo uno a uno los límites de lo permitido. Fue como un efecto bola de nieve. Cada pequeña decisión iba erosionándome, erosionando lo nuestro. No me detuve a tiempo, y cuando miré hacia atrás, había dejado una estela de destrozos.
Se trató de una ceguera arrogante. Obnubilada por el mar de nuevas sensaciones —o viejas revividas—, dejé de ver. En mi afán por no sentirme vacía, por no carecer de aprobación, irónicamente me fui quedando hueca. Aquello que debía proteger —a ti, a nuestra relación, finalmente a mí misma, mi integridad, mis valores— se fue socavando. Yo no supe cuidar nuestro amor. Pensé entonces que algo malo debía haber en mí. Y es algo que estoy trabajando en terapia, te lo prometo.
Nunca pasó por mi cabeza que alguien pudiera interponerse entre nosotros. Mi confianza en el mundo estuvo mal dirigida, volviéndome ingenua. Creí que podía tener cerca a cualquiera sin que eso significara nada. Y en alguna medida así fue. Me dije muchas veces que solo me sentía bien, que me estaba divirtiendo, que era un espacio seguro… pero todo el tiempo borré la posibilidad del peligro.
Ese vacío del que te hablo se fue llenando de adulaciones, de aprobación, de desafíos… pero no estaba llenando nada. Solo me estuve vaciando. Cuando todo explotó. Cuando me vi en tus ojos, esa versión que creí poderosa, osada, inteligente, resultó no tener un sostén sólido. Había levantado virtudes sobre la nada, o sobre un suelo lleno de mentiras que me había dicho. No quería ser un pedazo de carne. Nunca lo quise. Y fue un viaje hacia allí.
Me arrepiento de todo. Te lo juro. Sabes que sí. Lamento haber echado a perder lo nuestro. Y si te cuento esto es para que veas que trato de dar respuestas, aunque al final quizás nunca lo sepa realmente. Porque cuando las personas hacemos cosas, confluyen tantas cosas: nuestra historia, las circunstancias, los demás, decisiones que parecen pequeñas y te llevan a un punto sin retorno. Pero tú querías saber por qué. Y sé que querías saber si había estado jugando contigo, si todo se trataba de una burla premeditada, si había alguna intención en todo ello. Pero no fue así. Yo nunca pensé en que ese viaje terminaría así. Jamás habría querido eso para ti, para mí, para nosotros. Yo en verdad te amaba. Te he amado. Y me duele vivir con este dolor. El dolor de haberte hecho daño así.
Y sé que no merezco tu perdón, que nunca podrás perdonarme. Pero tengo que perdonarme a mí misma, Agustín. Tengo que seguir con mi vida de algún modo. Dejar de sentir que el aire me asfixia. Que las mañanas anuncian otro día de mierda. Necesito hallar una manera de volver a vivir. Eso: vivir. Y para ello me tengo que perdonar y, te lo confieso, no quiero hacerlo. Porque tampoco creo merecerlo.
Pero debo hacerlo.
Estos días… estas semanas, la he pasado mal. Cuando regresé a nuestro piso y no te encontré, me sentí completamente vacía. De pronto todo norte se me había perdido. Estaba sola. Rota. Sin poder hablar con nadie sin sentirme avergonzada. Te busqué de muchas formas. Quería hablar contigo, saber sobre todo cómo estabas. No podía soportar la idea de que te pasara algo. Y con todo esto, una nube oscura llenó todo mi espacio.
Ya no logro dormir bien. Me despierto en las madrugadas recordando la noche en que me confrontaste. Tu mirada triste, llena de lágrimas, me persigue en mis sueños. Aunque a veces sueño despierta. A veces la división entre estar ensoñando o despierta se vuelve difusa. Quisiera estar viviendo una pesadilla de la que me pudiera despertar y seguir con nuestra vida. Es difícil conciliar con una realidad que uno se niega a aceptar. He tenido que tomar pastillas para poder dormir. Han servido para dormir algunas horas, pero me mantienen como anestesiada durante el día.
En el trabajo me han preguntado sobre mis vacaciones. Todo el mundo me lo pregunta. La familia. El resto de los conocidos. He tenido que mentirles en varias ocasiones con una sonrisa falsa en la cara; ellos no saben que están lacerándome. Supongo que me lo merezco, pero aun así me tengo que esconder en el baño para llorar. Es una tortura tener que revivirlo. Solo a veces quisiera poder descansar de esto. Sentir que no sucedió.
El otro día pasé por nuestro restaurante favorito y pedí el postre de frutas que nos gustaba tanto para comerlo aquí en casa. ¿Lo recuerdas? No he podido darle ni un bocado. No sé el motivo, pero las cosas placenteras han perdido su sabor, su olor. O no sé si me esté castigando de alguna forma y no me permito disfrutarlas. Ha sido difícil, Agustín. Estuve un par de tardes buscando la oportunidad para sentir su dulzor. Pero no fue posible… tuve que tirar el postre… se pudrió en la mesa.
Muchas cosas en esta habitación me recuerdan a ti. Sobre todo, tu almohada… que ya está perdiendo tu olor, o quizás ya lo ha perdido y no lo quiero aceptar. Hace unos días hundí mi cara en ella y me sentí un poco ridícula y decepcionada al descubrir que tu olor también me había abandonado. Me he querido aferrar a ti de distintas formas: con el cepillo de dientes que dejaste, con tu taza en la que tomabas café, las fotos, tu lado del sofá, tu música favorita… son demasiadas cosas las que se anclan a tu memoria. He pensado, a modo de anhelo, que un día llegarás por la puerta y este infierno habrá terminado… supongo que me queda el derecho a soñar.
Me he querido aferrar a pesar de que mi terapeuta insista en que debo aprender a soltar esto, a vivir el duelo. Me dice que aferrarme a tus cosas es aferrarme al dolor, que no puedo sanar si no acepto la realidad de que te has ido. Pero cuesta tanto deshacerme de ti. Toda tu memoria descansa en estas paredes.
Supongo que una parte de mí sabe que tiene que soltarte, la racional. La que entiende que esto no tiene vuelta atrás, aunque tú quisieras —y no quieres, lo sé—. Pero tengo esta otra parte mía que se resiste con todas las fuerzas de las noches que me despiertan, del dolor que me inunda al decir tu nombre. Esa parte se aferra a estas paredes como si se tratara de nuestra vida juntos. Como si dejar el departamento fuera, de alguna manera, dejar de esperar que un día abras la puerta.
No todos los días son malos. Hay días en los que logro estar una hora sin pensar en ti. Y otros, la mayoría, eres el nombre que me despierta en las mañanas. Estás más presente que nunca. ¡Justo cuando te has ido! Y supongo que la ausencia hace que tu presencia golpee más fuerte. Empiezo a creer que muchos procesos humanos guardan esta ambivalencia. Porque sé que cuando te tuve al lado no supe verte, y ahora que no puedo verte no te apartas de mí.
A veces sueño despierta. O es más un deseo tonto, o muy profundo. Que en, no sé, cinco años… diez… nos encontraremos en algún parque por el capricho del azar y que ya no habrá rencores, que serás feliz, que te veré sonreír, y que por fin sabré que esto ha terminado. Que ya me has perdonado.
Y existen anhelos más hondos, como que nunca salgo de la habitación y me voy contigo, y que estoy planeando la boda, eligiendo mi vestido, el salón y las flores, el tipo de música y todo eso que me hacía tanta ilusión. Por un segundo, Agustín, me olvidé de todo. No recordaba el viaje, el hotel, ni la grabación, ni el lobby. Solo recordaba que te amaba y que iba a casarme contigo. Fue un instante de paz. Que fugazmente llegó y se fue cuando la memoria disipó la niebla en la que vivo.
Pero ese segundo existió. Pude sentir esa paz fugaz. Y existe ahora mientras te escribo. Cierro los ojos y ahí estás tú antes de todo esto. Ahí estás en mi cabeza poniéndote un abrigo antes de salir al trabajo, quitando la alarma para que no me despierte (siempre noté cuando la quitabas), ahí están las tardes de películas, el vino barato de celebración que me hizo saber que realmente me amabas… déjame detenerme en esa noche, por favor, cuando me quedé mirándote fijamente esperando el sermón de pareja orgullosa, pero tú, en cambio, inundaste el cuarto con tus ojos enamorados y con tres palabras que me llenaron de una forma que desconocía hasta entonces. Ese Agustín sigue vivo en algún lugar de mí y no quiero desaparecerlo. No puedo. Es lo único bueno que me queda.
Sé que no volverás. Sé que no debo pedírtelo. Pero necesito que sepas que, en otra vida, en otra versión de esta historia, yo no habría salido de nuestra habitación. O me habría ido antes. O te habría pedido ayuda desde el pasillo. Y tú me habrías salvado. Y hoy estaríamos discutiendo el nombre de nuestros hijos.
Discúlpame si sueno cursi. Pero se siente bien.
Cuando escribo tu nombre, por un instante puedo vivir en esa realidad distinta. Y está bien, ahí no le hago daño a nadie. Ahí puedo seguir queriéndote sin lastimarte más.
No quiero terminar esta carta… es que te siento aquí mientras te escribo, en el temblor de mis dedos y en el calor de mi mano. Y sé que terminarla es otra manera de terminar nuestra historia, que un mal día se volvió ayer. Pero déjame solo otro ratito… déjame sentirte una vez más. Cada letra que va para ti lleva un poco del amor que te he tenido, y espero que así lo tomes. Porque he sentido, por un momento, que aquí también descansa el amor que nos tuvimos, que me tuviste.
Ya… tengo que terminar… no quiero…
Con amor:
................tu Judit
.
Pd. Las cuentas me han rebasado. No puedo pagar más el departamento. Tampoco puedo seguir en esta ciudad. Es muy duro saber que mi sola presencia te daña, que todo el aire me duela. Solicité mi transferencia en el trabajo. Voy a guardar el resto de tus cosas y, si no quieres venir por ellas, no te apures, se las llevaré a Marcos.
.
.
Agustín terminó de leer la carta entre lágrimas. Sabía dónde encontrarla.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
El Castigo de una Infiel: Capítulo 1 Infiel.
Mónica siempre creyó que su matrimonio era un contrato blindado por el lujo. Pero cuando las fotos de su amante aparecen sobre la mesa, la opulencia…
Comparte:Infidelidad consentidaDespedida sexualConexion inesperada
- Hetero: Infidelidad
La apuesta perdida (Cap. 1)
Javier tiene la mano perfecta: un full de ases y reyes. Cree que es invencible. Pero en el juego, la confianza ciega es la peor de las apuestas.
Comparte:Infidelidad consentidaDespedida sexualConexion inesperada
- Hetero: Infidelidad
Crisis de los 40- 2°Parte (4)
La psicóloga le dijo que volver con su amante la haría valorar a su marido. Pero al sentir el cuerpo de Carlos, Clara solo encontró vacío.
Comparte:Infidelidad consentidaDespedida sexualConexion inesperada
- Hetero: Infidelidad
Alex, una chica insatisfecha III
Alex sabía que había cruzado una línea, pero el placer fue tan intenso que no pudo detenerse.
Comparte:Infidelidad consentidaDespedida sexualConexion inesperada
- Hetero: General
Diomedeidae - 1
Nadia siempre creyó que tenía el control, que Luismi sería su red de seguridad para siempre.
Comparte:Infidelidad consentidaDespedida sexualConexion inesperada
- Hetero: Infidelidad
Lo que importa de verdad 2
Silvia siempre tuvo lo que quería, hasta que Tomás dejó de ser fácil. Ahora, con Ricardo entre ceja y ceja y el orgullo herido, descubre que el…
Comparte:Infidelidad consentidaConexion inesperadaDespertar y descubrimiento