Xtories

Hay una zorra en ti - completa (01)

El teléfono vibra en sus manos con cada embestida que recibe su esposa. Alex no puede colgar, no puede gritar, solo puede leer cómo otro hombre la posee mientras él se consume en la soledad de su salón. ¿Es castigo o es la forma más perversa de deseo?

Abel Santos7K vistas8.0· 21 votos

Preludio

Me llamo Alex y quiero confesar que estoy desesperado. Acabo de confirmar que mi mujer me engaña. Alguien se la está tirando y no puedo hacer nada por evitarlo. Mi cuerpo ha comenzado a sudar con un sudor frío de puro pánico. Las manos me tiemblan —más de impotencia que de rabia— porque sé lo que está ocurriendo y sin embargo no puedo impedirlo. Estoy a punto de estallar, la llamo por teléfono pero no responde. Tampoco contesta a mis mensajes de wasap.

Podríais pensar que mi historia no es nada extraordinaria. Que las mujeres les ponen los cuernos a sus maridos desde el principio de los tiempos. Pero lo que no sabéis es que yo hablo de un engaño en vivo y en directo. Cuando digo que «se la están tirando», quiero decir que alguien se la está follando «ahora mismo», mientras escribo estas líneas.

Y, mientras el muy cabrón embiste a mi mujer, entre polvo y polvo me envía mensajes de wasap para contarme los detalles. ¡El muy hijo de p…!

No tengo ni idea desde donde los envía. El número de origen me es desconocido. Sospecho quien puede ser, un amigo que desde ahora ha dejado de serlo, pero no puedo probarlo.

Leo los mensajes en el salón de mi casa, muriendo de la angustia. «Maldito móvil, herramienta perfecta para fabricar cornudos», reniego desesperado.

Por otro lado, no debería gimotear, porque la culpa de lo que está ocurriendo a mi mujer es mía y solo mía. Tenté al diablo y el Karma me ha devuelto una bofetada de la manera más dolorosa.

Sí, lo confieso, fui yo quien la inició en unos juegos que han acabado descontrolándose.

Todo indica que Lucía ha perdido la cabeza y ha decidido jugar sin mí.

No puedo soportarlo, pero no sé qué puedo hacer para devolverla a nuestra vida anterior. A los tiempos previos a aquel Retiro Espiritual que hizo estallar nuestra relación para convertirla en una sucesión de experiencias a cada cual más obscena.

Sé que no lo tengo fácil, Lucía ha descubierto el placer del sexo fuera de casa y va a ser más que difícil devolverla al redil. Al sexo aburrido conmigo y en nuestra cama. Al misionero y a la mamada esporádica, como premio cuando celebrábamos algo especial.

Y yo sin ella me muero. Si ya la amaba hasta la médula antes de que nuestros juegos comenzasen, ahora este amor se ha multiplicado.

Algún compañero de la oficina me había comentado este extremo antes de que el torbellino de lujuria nos arrastrara.

—Cuando observas a tu mujer follada por otro —me decía—, tus sentimientos por ella se multiplican. De pronto, dejas de ver a esa mujer vulgar que casi ni te la levanta para descubrir a una zorra a la que te mueres por someter.

»Ya no la encontrarás tan asequible como antes. Conseguir tirártela se convertirá en un objetivo difícil que te mantendrá caliente. En resumen, follártela será como follarse a esa vecinita que te la pone dura cuando coincides con ella en el ascensor: algo supuestamente imposible, pero que si lo consigues te inflará el ego hasta hacerlo reventar.

Tragué saliva, acalorado por sus palabras.

—¿Tú crees? —dije yo, suspicaz.

—Ya te digo. Cuando te la folles, ya no sentirás que te follas a esa señora en bata que circula por la casa con el pelo recogido antes de irse a dormir. Te estarás follando al pibón que hace unos días gritaba bajo aquel tipo con pinta de albañil. El tipo que la pringaba la cara con un rabo el doble que el tuyo. De pronto descubrirás a la «MUJER» —con mayúsculas— que tu esposa lleva dentro. Y follártela será la hostia, te lo digo yo…

—Jo-der… —había suspirado super cachondo sin ningún deseo de meterme en los líos que mi colega me recomendaba.

Sobre todo porque sospechaba que lo que buscaba era follarse a Lucía. Ser él el corneador que se la tirara mientras yo miraba como un idiota. El tipo llevaba algunos meses divorciado y me daba la sensación de que, en lugar de buscar ligues en Tinder, se acercaba a los compañeros casados para pescar en río revuelto.

Esta conversación la mantuvimos bastante antes de asistir al Retiro Espiritual. Y yo no me creía nada, a pesar de que algo me decía que podría haber cierta verdad en sus palabras. Tiempo después, casi sin querer, llegué a la conclusión de que no mentía. De que sabía de lo que hablaba.

Y finalmente sucumbí a la tentación, dejándome llevar por la curiosidad y arrastrando conmigo a mi mujer.

El resultado es el que ya os he comentado: Lucía ha perdido el control y ya no soy yo quien gobierna sus aventuras.

No espero que me entendáis, porque desconocéis mi historia. Así que supongo que debo comenzar por el principio. Porque este enredo comenzó mucho antes de lo que parece y merece ser contado desde el minuto uno.

Es la única manera en que podréis entenderme.

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Continuará...

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