Xtories

Mi Valeria, vete a la mierda

Atado a una silla, sin poder moverse ni gritar, Leonardo solo podía mirar. La pantalla encendida mostraba a su esposa, la mujer que amaba, entregándose a otro hombre con una lujuria que él nunca había visto. Cada gemido, cada orden degradante, era un martillazo en su alma. No era solo una traición; era una ejecución pública de su orgullo.

Peter2816K vistas9.5· 28 votos

Capítulo 4: Querida Valeria, vete a la mierda.

La suite se había convertido en una prisión de lujo, pero para Leonardo, cada detalle—el brillo de los muebles de ébano, el aroma a jazmín sintético, el murmullo del aire acondicionado—era una afrenta. Los guardias lo arrastraron hasta una silla de madera oscura, con brazos tallados que ahora servirían como su yugo. Con movimientos bruscos, le ataron las muñecas a los reposabrazos con cuerdas de nylon, apretando hasta que sintió el hormigueo. Sus tobillos fueron asegurados a las patas de la silla, dejando sus piernas separadas, inmóvil, como un trofeo de caza expuesto para el escarnio.

—Aquí estarás cómodo, cornudo— se burló Igor, el guardia de complexión robusta, mientras ajustaba el último nudo. Su aliento olía a Vodka barata y tabaco rancio. — Disfruta del espectáculo.

El otro guardia, Víctor, el de estatura baja pero mirada de hiena, encendió la pantalla de 60 pulgadas frente a él. La imagen parpadeó antes de estabilizarse: la habitación de Juan, iluminada por lámparas de diseño que proyectaban sombras danzantes sobre las paredes de mármol. El sonido estaba activado, y cada suspiro, cada gemido, resonaría como un latigazo en el alma de Leo.

—No me toques— gruñó Leo, forcejeando contra las ataduras, pero solo logró que las cuerdas le rozaran la piel hasta dibujar líneas rojas en sus antebrazos.

Víctor se rio, sacando su teléfono. — Tranquilo, picha corta. Esto recién comienza.

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La Ceremonia de la Humillación

La puerta del baño en la pantalla se abrió con un chirrido. Valeria emergió, completamente desnuda, su piel dorada brillando bajo la luz cálida. Su cabello, aún húmedo de la ducha, caía en ondas oscuras sobre sus hombros. Sus pechos, llenos y pesados, se balanceaban ligeramente con cada paso, los pezones duros como piedras. Entre sus muslos, Leo pudo ver el brillo de sus jugos, evidencia de que ya estaba excitada antes de salir.

Juan estaba recostado en la cama, desnudo, su cuerpo esculpido como el de un dios griego pervertido. Su polla, ya semierecta, se erguía sobre su muslo como una amenaza. Cuando vio a Valeria, una sonrisa depravada se dibujó en su rostro.

— Ven aquí, perrita — ordenó, extendiendo una mano.

Valeria obedeció, caminando hacia él con una mezcla de sumisión y lujuria en los ojos. Sus caderas se balanceaban de manera hipnótica, y Leo sintió cómo su estómago se retorcía. ¿Esa es mi mujer? pensó, pero las palabras se ahogaron en su garganta, amargas como hiel.

Se fundieron en un beso que fue cualquier cosa menos tierno. Era un beso de posesión, de dominación. Las lenguas de Juan y Valeria se enredaron en una danza obscena, sus manos explorando cada rincón del cuerpo del otro. Los gemidos de ella resonaron a través de los altavoces, y Leo apretó los puños hasta que sus uñas dibujaron media luna en sus palmas.

— Súbete a la cama y ponte a cuatro patas— gruñó Juan, empujándola suavemente hacia el colchón. — Que te voy a comer el culo como la perra que eres.*

Valeria no dudó. Se subió a la cama, sus rodillas hundiéndose en el edredón de seda, y se colocó en la posición ordenada, separando sus nalgas con las manos. Su coño, ya húmedo, brillaba bajo la luz, y su ano, rosado y apretado, se contrajo ante la expectativa.

— Ummm, qué culo más perfecto — susurró Juan, acercándose por detrás. Sin preámbulos, hundió su cara entre las nalgas de Valeria, su lengua trazando un camino desde su entrada vaginal hasta su ano.

—¡Ahhh! Aaaaah, Valeria arqueó la espalda, sus dedos aferrándose a las sábanas. — ooohh Juan… sí… así…

La lengua de Juan se movía con precisión quirúrgica: primero lamiendo su coño, luego introduciéndose en su ano con movimientos circulares. Valeria gemía, su cuerpo temblando, mientras su amante alternaba entre ambos agujeros, saboreando cada centímetro de ella.

— Dime ¿te hace esto el cornudo? — preguntó Juan, levantando la cabeza solo lo suficiente para hablar, su voz ahogada entre los muslos de Valeria.

Ella no respondió de inmediato, pero un gemido escapó de sus labios cuando Juan mordisqueó su clítoris.

—*Perra, te hice una pregunta*— gruñó él, dándole un cachetazo en el trasero que hizo que su carne temblara.

—¡No! Oohhh — gritó Valeria, su voz quebrada. —*Él… él no sabe follar así…*

Juan soltó una carcajada oscura. — Jajajaja, el picha corta. Pues hoy vas a aprender lo que es un verdadero macho.

Sin darle tiempo a recuperarse, Juan se incorporó, agarró a Valeria por las caderas y, con un movimiento brusco, hundió su polla en su coño hasta el fondo.

—¡*Oooohhhh, Dios mío!*— Valeria gritó, su espalda arqueándose como un arco. Sus nalgas, grandes y firmes, chocaban contra el vientre de Juan con cada embestida.

Los golpes de pelvis resonaban en la habitación de Leo como martillazos en su pecho. Cada gemido de Valeria, cada jadeo de Juan, era una puñalada. Pero lo peor eran los comentarios de los guardias, que se habían sacado las pollas y se masturbaban sin pudor, sus ojos fijos en la pantalla.

— Cornudo — dijo Igor, con una sonrisa lasciva mientras movía su mano arriba y abajo. — Menudo repaso le está dando el jefe a tu mujer.

— Tío, te apuesto a que después de semejante polvo, la va a follar cuando le dé la gana— añadió Víctor, escupiendo al suelo.

— ya te digo, la tiene aullando como perra— respondió Igor, acelerando el ritmo de su masturbación.

En la pantalla, Juan no se detuvo. Sacó su polla del coño de Valeria, brillante por los jugos de ella, y la guió hacia su ano. Valeria contuvo el aliento, pero no protestó. Con un empujón firme, Juan la penetró por detrás, su gruesa verga desapareciendo poco a poco en el apretado orificio.

—¡Ahhhh, joder! — Valeria gritó, sus uñas arañando las sábanas. — ¡Es demasiado grande!

— Cállate y aguanta, puta - gruñó Juan, agarrándola por el pelo cual yegua a galope, lo que hizo que arqueara la espalda, alzando los senos y colocando el culazo en pompa. — Tu culo es mío ahora.

Leo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Sexo anal. Apenas si lo habían hecho, Valeria siempre había dicho que le dolía, que no lo disfrutaba. Sin embargo, ahí estaba, gimiendo de placer mientras Juan la penetraba con una facilidad que lo enfermaba.

En la TV los testículos de Juan golpeaban contra el coño viscoso de Valeria con cada embestida, y el sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación. Ella, completamente entregada, empujaba hacia atrás para recibir más, su cuerpo sacudido por olas de placer prohibido.

— ¡Dios, Juan, ¡me vas a romper! — gritó, pero no había miedo en su voz, solo éxtasis.

— Eso es, perra, toma toda mi polla — jadeó Juan, sus caderas moviéndose como un pistón. — ¿Te gusta cómo te follo el culo, zorra?

—¡ Sí! ¡Sí, me encanta! Valeria gemía, su voz ahogada por el placer. — ¡Nadie me ha follado así nunca!

Juan la volteó de repente, levantándola como si no pesara nada. Valeria enredó sus piernas alrededor de su cintura, y él la ensartó de nuevo, esta vez en su coño, mientras la llevaba por toda la habitación. Sus cuerpos chocaban contra las paredes, los muebles, como si el mundo entero fuera su cama. Finalmente, Juan la apoyó contra la pared, sus manos bajo sus nalgas para sostenerla, y comenzó a bombear con una furia animal.

—¡Me voy a correr, Juan! — gritó Valeria, su cuerpo tensándose. — ¡No pares!

Y entonces, como si el universo mismo hubiera conspirado para humillarlo, Valeria se vino. Un chorro de líquido claro escapó de su coño, salpicando el vientre de Juan. Se orinó, pensó Leo, con una mezcla de sorpresa y asco.

—¡*Hostia, la reventó!*— exclamó Igor, corriéndose en ese mismo instante, su semen salpicando el suelo.

—¡Se orinó como una cerda! — añadió Víctor, siguiendo el ejemplo de su compañero, su cuerpo sacudiéndose con el orgasmo.

Juan, exhausto pero satisfecho, se desplomó en la cama, arrastrando a Valeria con él. Su polla, aún dura, seguía dentro de ella. Finalmente, se la sacó

—Chúpamela — ordenó, empujando su cabeza hacia su entrepierna. —Recupérame las fuerzas.

Valeria obedeció sin dudar. Se puso a cuatro patas, su boca envolviendo la polla de Juan con devoción, sus labios moviéndose arriba y abajo con una técnica que Leo nunca le había visto usar. Mientras lo hacía, su mano se deslizó entre sus piernas, frotándose el coño, aún goteando semen.

En la habitación de Leo — Mira cornudo— dijo Igor, señalando la pantalla. — La zorra sigue caliente. Mira cómo se frota el coño lleno de leche.

— Qué nalgas más bellas — añadió Víctor, limpiándose el semen de las manos con un pañuelo. —Si yo tuviera una mujer así, la follaría día y noche.

Leo cerró los ojos, pero Víctor se acercó y le propinó una bofetada.

—¡Abre los ojos, cabrón! — gruñó. — No te pierdas ni un detalle.

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La Degradación Final

Paula, sentada en un rincón, no pudo soportarlo más.

—¡ Basta, joder! Esto es demasiado — protestó, levantándose de la silla.

Víctor se giró hacia ella, sus ojos inyectados en sangre.

—¡ Tú te callas o no cobras! — rugió.

— Que no cobro estúpido, atrévete y verás — replicó ella, con un destello de rebeldía.

Igor no lo pensó dos veces. Levantó la mano y, con un movimiento rápido, le propinó una bofetada que la envió al suelo. Paula cayó de lado, su minifalda subiéndose hasta la cintura, dejando al descubierto sus bragas de encaje negro.

—¡Puta! — escupió Igor, pero no se acercó. En cambio, se limitó a señalarla con el dedo. — La próxima vez te rompo la cara

Paula se quedó en el suelo, temblando, pero no dijo nada más. Sus lágrimas caían en silencio, mezclándose con el polvo del suelo.

Ven aquí y chúpamela —dijo victor

-Que te la chupe tu madre

- el grandulón la tomó por la nuca colocándola frente a su polla

-Hazlo o te saco los dientes a trompadas

Paula asustada obedeció

En la pantalla, Juan había recuperado fuerzas. Agarró a Valeria por el pelo y la arrastró hacia el borde de la cama, donde el teléfono de Juan estaba estratégicamente colocado para capturar cada detalle.

— A cuatro patas, perra — ordenó. — Quiero follarte el culo como la zorra que eres.

Valeria obedeció, colocándose en la posición, sus nalgas separadas, su ano aún rojizo e hinchado de la penetración anterior. Juan se arrodilló detrás de ella, su polla ya completamente erecta de nuevo. Sin preámbulos, la empujó dentro de su ano.

—¡Ahhhh, joder! — Valeria gritó, pero no se resistió. Su cuerpo se arqueó, aceptando la intrusión.

Leo abrió los ojos como platos. No puede ser, pensó. Su polla es enorme… ¿cómo le entra?

Pero era real. La enorme verga de Juan desaparecía completamente dentro del ano de Valeria, sus pelotas golpeando contra su coño con cada embestida. El sonido era obsceno: el chapoteo de sus cuerpos, los gemidos de ella, los gruñidos de él.

—Dios, si el cornudo viera cómo gozas, puta — jadeó Juan, agarrándola por las caderas con fuerza. — Te encanta que te folle el culo, ¿verdad?

—¡Sí, amor! — Valeria gemía, su voz ahogada por el placer. —Que vea cómo me desvirgas el ano…

Juan soltó una carcajada oscura. Dos dedos se introdujeron en el coño de Valeria

—¡Jajajaja, ese culito es mío! — gruñó. — ¿Solo mío, verdad?

—¡Sí, amor, solo tuyo! — Valeria respondió, su voz temblorosa y Agregó — y el cornudo no tiene derecho a usarlo…

—Esa es mi perra — dijo Juan, acelerando el ritmo. — Te voy a llenar las entrañas, zorra…

—¡ Ahhhh, ahhhhh, Dios mío! — Valeria gritó, su cuerpo sacudiéndose con cada embestida.

Juan se corrió con un rugido, su semen inundando el ano de Valeria. Cuando se separó de ella, sacó los dedos de su coño y luego la polla que se escuchó como el sonido de un descorche de botella: el ano, estirado al máximo, se le fue cerrando lentamente, con un chorro de semen y líquido marrón escapando.

—¡Hostia!, puta, te la metí muy adentro — jadeó Juan, exhausto. — Te saqué todo…

Valeria se desplomó en la cama, su cuerpo temblando como gelatina.

— Por Dios, esto… es demasiado — murmuró, su voz entrecortada. — Mi cuerpo tiembla… y quiero más…

— Es adictivo, ¿verdad? — dijo Juan, acariciándole el pelo. — Jamás habías sentido algo así…

— No… Valeria negó con la cabeza, sus ojos vidriosos. — Es… increíble…

— Te lo dije — susurró Juan. — Conmigo llegarás al cielo.

Valeria asintió, pero entonces sintió cómo algo escapaba de ella. Un chorro de semen mezclado con el agua del lavado anal que se había hecho antes salpicó la cama.

—¡Hostia!, ¡se me sale! — exclamó, avergonzada. — Voy al baño…

Cuando se levantó tambaleante se dirigió al baño, una vez dentro Juan se levantó y apagó la cámara. No sin antes susurrar — la voy a follar toda la noche.

**Silencio Después de la Tormenta**

Los guardias desataron a Leo con un empujón. Sus muñecas y tobillos ardían donde las cuerdas los habían rozado, pero el dolor físico era insignificante comparado con el que le carcomía el alma. Lo levantaron hasta la cama, donde Paula, aún temblorosa, se acostó a su lado, manteniendo una distancia respetuosa.

Cuando la puerta se cerró se quedaron solos y Paula se levantó con cuidado. Tomó una tarjeta de la cartera de Leo, la guardó en su maleta. Luego, con manos temblorosas, le pidió perdón.

—Mi padre lo operan en 7 días — susurró, su voz quebrada. — La recuperación son 21 días más. Cuando esté fuera de peligro… te llamaré a este número. Hizo una pausa, sus ojos llenos de lágrimas. — Te prometo por la memoria de mi madre que nos vengaremos de juan.

Leo no dijo nada. Su rostro era una máscara de piedra, pero en sus ojos, por primera vez, había algo más que dolor: un sabor a sangre, que encendía su sed asesina.

Paula asintió, como si entendiera que, en ese momento, no había nada que decir.

Y así, en el silencio más pesado que Leo había conocido, la noche los envolvió, mientras las sombras de la traición y la venganza comenzaban a tejer su red.

Más tarde Leo miró el reloj de la mesa de noche, marcaba 4:49 am. Intentaba dormir, pero el dolor en las costillas se hacía cada vez más insoportable.

La hora iba lenta como su agonía, los números rojos, como brasas encendidas en la oscuridad, tendido en la cama, intentó cambiar de posición, pero un dolor agudo en las costillas lo atravesó como un cuchillo. El golpe de Igor había sido brutal, y ahora cada respiración era una tortura. El sabor metálico en su boca era inconfundible: sangre. Finalmente se durmió

A las 9:39 am emitió un gruñido, se incorporó lentamente, apoyándose en el codo. El dolor lo cegó por un segundo, pero la necesidad de aliviarse lo obligó a moverse. Se arrastró hasta el baño, cada paso una agonía. Al llegar, se inclinó sobre el lavabo, tosió con fuerza. Un chorro de sangre oscura salpicó el mármol blanco, mezclándose con el agua del grifo que había dejado correr.

—¡ Dios mío! — La voz de Paula resonó desde la habitación, cargada de pánico. Corrió hacia el baño y, al ver la escena, su rostro se descompuso. — ¡Leo, por Dios!— gritó, sus manos temblando al tocar su hombro.

Leo escupió más sangre, su cuerpo sacudido por un escalofrío. El dolor en el pecho era crudo, como si algo se hubiera roto dentro de él. *¿Una costilla fracturada? ¿Algo peor? No lo sabía, pero el sabor a hierro en su boca y el mareo que lo invadía no eran buenas señales.

Paula, con los ojos desorbitados, salió del baño como una furia. Los guardias, que estaban apostados frente a la puerta de la suite, intentaron detenerla, pero ella se debatía poseída.

—¡¡ Abran la maldita puerta! — rugió, golpeando el marco con los puños. — ¡Leo está vomitando sangre! ¡Si no lo dejan ir al médico, tendrán que matarme a mí también, hijos de puta! — Su voz era un aullido desgarrador, lleno de una desesperación que no dejaba espacio para la duda.

Los guardias se miraron, incómodos. Víctor, el más bajo, intentó calmarla.

— Cálmate, zorra. Aquí no hay nadie que te escuche. — Su tono era burlón, pero sus ojos delataban inquietud.

—¡ ¿Cálmate?! — Paula escupió las palabras como veneno. — ¡Si no hacen nada, se muere! ¡Y si se muere, juro por Dios que saltaré por el balcón, tiraré todo por los suelos, prenderé fuego a esta maldita habitación para que suene la alarma! ¡Pero no me quedaré aquí viendo cómo se desangra!—

Sus amenazas resonaron en el pasillo vacío. Los guardias se miraron de nuevo, esta vez con genuina preocupación. Igor, el más violento, dudó.

—Joder — murmuró Víctor, pasándose una mano por el rostro. — Llama a Juan, tío.

Igor frunció el ceño.

— Te recuerdo que fuiste tú quien le dio la patada en las costillas.

—¡ahora llámalo, coño! — Víctor le lanzó una mirada asesina. — ¡ Deja de decir bobadas y hazlo!

Dentro del baño, Paula recogía toallas y trapos, intentando limpiar el desastre. Sus manos temblaban, pero su determinación era férrea.

—¿Qué haces?— preguntó Leo, con voz ronca, apoyado en el marco de la puerta.

— Me piro —respondió ella, sin mirarlo. — No voy a quedarme aquí viendo cómo te mueres.—

Leo quiso protestar, pero el dolor lo detuvo. En ese momento, el teléfono de Juan sonó.

—¿Qué pasa, coño?— La voz de Juan resonó en el altavoz, adormilada pero con un dejo de irritación.

— Leonardo está vomitando sangre — dijo Víctor casi gritando y sin rodeos.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, Juan soltó un suspiro exasperado.

—¡Joder, Igor, es un bestia! —

—Se van, jefe — respondió Víctor, mirando a su compañero con reproche.

— Vale, déjalos ir — colgó sin más.

En la habitación, Valeria, que se había despertado, escuchó fragmentos de la conversación. ¿Leo se va? El corazón le dio un vuelco. ¿Se cayó? ¿Se siente mal? La culpa la golpeó como un puñetazo. Se levantó de la cama con movimientos frenéticos, agarró su maleta del armario, se vistió rápidamente y salió corriendo del cuarto sin mirar atrás.

—¡ Mierda! — gritó, deteniéndose en el pasillo. — ¡Dime dónde está nuestro coche! —

Juan, que aún se colocaba la ropa, la miró con sorpresa.

—¡Valeria, qué coño…!

—¡maldita sea, Dímelo ya, Juan!- insistió ella, con los ojos llenos de lágrimas. —¡ coño!

Juan dudó, pero la desesperación en su voz lo hizo ceder.

—ve a la derecha hasta los ascensores. Marca el 1… luego a la izquierda hasta el final y al llegar allí toma el sendero a la derecha, verás un cartel que dice parking — dijo, señalando.

Valeria no esperó más. Corrió con la maleta golpeando su muslo a cada paso, sus tacones resonando en el suelo de mármol. No puede ser. No puede estar tan mal. No después de todo lo que ha pasado.

Abajo, pero al otro lado del edificio “se gestaba la decisión de los Guardias”

Dentro los dos tíos se miraron, incómodos.

— Joder, Igor, la puta tiene razón— murmuró Víctor, pasándose una mano por el pelo. —Yo también me piro.—

Igor resopló, pero no protestó. Sabía que, si algo le pasaba a Leo, Juan les echaría la culpa a ellos. Y Juan no era el tipo de hombre que perdonaba errores.

— Vale — gruñó Igor. —Pero si el jefe pregunta, tú fuiste el que lo decidió.—

Y tú el que le dio el golpe dijo Víctor. Se miraron, ambos sabían que era la única opción.

Paula, que había escuchado la conversación desde el baño, salió con una toalla húmeda en las manos. Miró a Leo, cuyo rostro estaba pálido como la cera.

— Tenemos que irnos— dijo, con voz firme. —Ahora —

Leo asintió, aunque cada movimiento le costaba un esfuerzo sobrehumano. La sangre había parado pero el dolor en las costillas era insoportable. No podía quedarse. No después de lo que había visto. No después de lo que habían hecho.

Los guardias los acompañaron hasta el pasillo que daba al parking, el más bajo le dio las llaves del coche y el móvil, luego se desaparecieron. Juan se apoyó en Paula para caminar más rápido. Su meta, largarse de allí

Se subió despacio al coche mientras Paula le colocaba la maleta en la cajuela.

- y tu que vas a hacer— dijo Leo

-Buscar ese hijo de puta, aún me debe dinero.

- ¿como te vas?

- mi tío me prestó su coche. —- Leo ve al hospital

Valeria que llegaba a toda prisa también metió su maleta dedicándole a Paula una mirada asesina. — Lárgate de aquí puta.

—¡Puta yo!. Aquí la hija de puta eres tú y para muestra un botón- dijo señalando a Leo.

¡Dios!, amor, que te pasó. — Habló dando un paso hacia él

Leonardo cerró la puerta con furia.

— Querida Valeria— dijo en tono sarcástico. — Vete a la mierda.

Continuará…

Lana —- Born to die.

https://youtu.be/bAFNGsS0Xv8?is=qV5Ol0hwZdwGK6gM