Xtories
Triosmay 2026

Nuestro debut en trío

Griselda siempre supo que un solo hombre no bastaba para saciarla. Esa noche, en la oscuridad de la ruta, detienen el auto para recoger a un desconocido y descubren que la verdadera libertad está en compartir el placer.

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Somos Griselda y Roberto, nos conocimos siendo treintañeros. Corrían los años 90 con muchas penas y pocas glorias. Mis energías volcadas en el mercado inmobiliario, dando y recibiendo golpes. Un tipo común que jamás saldría en portada de revistas De modelos. Un varón adulto, del conurbano que, por cosas de la vida, terminó en el centro encandilado por sus luces y tratando de pertenecer. Más bien robusto, 1.75 de altura, pija normal y sexualmente dentro del promedio general. En cambio, ella, Griselda, la abogada sexy de ojos verdes que podía desarmar un argumento con la misma facilidad con que se quitaba la ropa. Una bomba de 1.70 de altura. Cabello enrulado, rojizo, por los hombros. 95 de tetas y un culo que hacia suspirar a hombres –y mujeres- de solo verlo moverse. Una mujer de esas que pensás: “Nunca me dará bola” Veníamos de relaciones que nos habían dejado algunas lesiones y muchas lecciones, eso nos convertía en bastante cuidadosos a la hora de conocer a alguien, pero cuando nos cruzamos en esa exposición de arte en Palermo a la que solo había ido por el champagne y la entrada, fue como si dos piezas que no sabían que faltaban se encontraran de repente. Conectamos inmediatamente. Aunque, nobleza obliga, yo, más cauto me tomaba mi tiempo de encarar. Griselda, claramente de mis rodeos, una noche, después de media hora de charla me dice: - Oime. Te paso la dirección de mi casa. Vení el sábado a las 8 de la noche a buscarme y vemos que surge. Si no podes venir, no vengas ni llames ni me busques. Claro… Obviamente fui y cumplimos con todos los rituales de la primera cita hasta que a la vuelta de la cena y el café, me invito a subir a “tomar un café” y me devolvió a la calle, al otro día, a las 2 de la tarde en estado calamitoso, seco y flameando como una bandera. Años sin coger de esa manera!

Para no irnos por las ramas ni ponernos demasiado finos con los detalles, diré que al año nos casamos. Que la pasión y el desenfreno sexual le fueron dejando espacio a un amor sin condiciones ni planteos. Fue una ceremonia chica, solo los íntimos y la promesa de tratar de no ser aburridos jamás. Para ello, yo aportaba mi ingenio y Griselda su cuerpo. Ese cuerpo, un territorio que parecía que nunca terminaba de explorar ni entender del todo. Su capacidad para el placer era algo que me maravillaba y aterraba por partes iguales. Podía acabar tres, cuatro veces seguidas, con una intensidad que dejaba la habitación y mi cuerpo, casi destruidos y temblando. Por eso le decía, un poco en joda, que un solo tipo no le alcanzaba, que la naturaleza la había hecho para la multiplicidad y yo era solo uno. Ella, sádica, solo sonreía, no decía que sí, pero tampoco que no. Pasados unos 3 o 4 meses del casamiento, en un fin de semana largo de agosto, decidimos un mini viaje de descanso. En el auto metimos bolsos, mochilas y la idea plantada que merodeaba como un perfume denso. La escapada era salir del asfalto porteño e ir unos días a una cabaña perdida en medio de un bosquecito en Gualeguay. El lugar era perfecto para desconectarse: una habitación grande con una cama king size, parrilla, verde, río y discreción. A poco de llegar, ya noche cerrada, a ubicados y en pleno polvo con Griselda encima mío, obnubilado por sus tetas balanceándose con un ritmo hipnótico, su pelo pegado a la frente por el sudor. Olor a sexo, en medio de sus gemidos, mirándola a los ojos, solté la frase:

-Deberíamos buscar otro tipo.

Griselda se detuvo. Me miró, sus ojos brillando en la semi penumbra, y una sonrisa lenta y diabólica se dibujó en su cara: - Ahora? ¡Vamos! Parecía que estaba esperando esa sugerencia, mandato o como gusten llamarlo. Se levantó de un salto, con una energía de otro planeta. La vi casi correr moviendo su culo perfecto, mientras se enfundaba en una pollerita de jeans ajustada y una remera negra que parecía una segunda piel. Me reí, un poco incrédulo pero más que excitado. Las cartas estaban echadas.

Salimos en el auto a la oscuridad de Gualeguay Ni un alma a esa hora por las calles. Dábamos vueltas como fantasmas, pasando frente a las casas cerradas, negocios poco llamativos, plazas de faroles mortecinos. Ni un alma en la calle. La expectativa se estaba yendo a la mierda. Era esto una locura? Parecía que sí. Era lo más excitante que nos iba a pasar? También.

Ya casi sin esperanzas, salimos a la ruta que unía a otros pueblos. Un camino oscuro, flanqueado por arboles a ambos lados. Y entonces lo vimos: Una figura solitaria al costado del camino, un brazo levantado haciendo dedo. Un pibe –seguramente de la zona- con una mochila al hombro.

Nos miramos. Griselda asintió, media sonrisa en sus labios. Paramos. Ella se bajó con una agilidad felina, dejando la puerta entreabierta. Yo ni me moví del asiento, solo observaba y escuchaba la conversación por la ventanilla baja. Se acercó al chico, que no debía tener más de dieciocho o diecinueve años. Cara de bueno, pelo desordenado, una camiseta vieja y un pantalón de gimnasia gastado.

-Te llevamos. ¿Adónde vas? -preguntó Griselda, con una voz que sonaba más dulce de lo que era.

El pibe, un poco intimidado, dijo que iba hasta un lugar a veinte kilómetros de ahí.

-Cómo te llamás? -siguió ella.

-Lucas. - Y que edad tenes? - 19 –dijo Lucas! - Uf, que alivio! – festejó Griselda. Y Continuó: -Viste como son las cosas, a los 16 o 17 podés votar pero no podes coger. Y estalló de risa con su propio chiste ante un sorprendido Lucas. Abrió la puerta trasera del auto para que el invitado subiera. Lo que hizo bastante desconcertado.

Ella da la vuelta y se sube también atrás: -Soy Griselda, mucho gusto. Dale Rober, vamos. Pidió Iba manejando y mirando por el retrovisor cruzando miradas con mi esposa que parecía acechar a punto de atacar en el asiento trasero, la tensión crecía. Lucas, sentado sin saber dónde mirar o qué hacer con sus manos. Griselda, por su parte, se había recostado de forma casual estirando su brazo hasta tocar los hombros del jovencito, su pierna apenas rozando la pierna del muchacho. En un momento logro percibir como su mano se posa en la entrepierna de Lucas, frotándole el bulto sobre el gastado pantalón de gimnasia. El pibe estaba tieso, sin respirar, con los ojos como platos clavados en el frente. Obviamente desconocía nuestras intenciones y, supongo, no queria que el marido “cornudo” se diera cuenta.

-Viajás tan tarde, Lucas?- preguntó Griselda, su voz un murmullo suave que parecía demasiado alto en el silencio del coche.

-Sí, tenía que ver a un amigo- tartamudeó el muchacho, sin atreverse a girar la cabeza para mirarla.

-Un amigo? replicó ella- y pude imaginar la sonrisa cómplice en su rostro. - Que suerte tiene tu amigo. Interviniendo, con voz tranquila y controlada le dije - No te preocupes, Lucas. No somos tus viejos. Podés relajarte. Mi mujer es un poco directa. No te asustes. Dije tratando de que no se asustara más de lo que estaba.

-Tranquilo, susurró Griselda al oído de Lucas, acercándose más, solo soy curiosa. Sos un nene muy lindo. Y ya podía imaginar que andaban haciendo sus manos. Casi que podía ver la película.

Lucas no sabía que decir. Imaginé el calor que le trasmitía el cuerpo de mi mujer a través de su ropa. Pude imaginar la reacción inmediata e incontrolable que debía crecer en su entrepierna con el masaje que estaba recibiendo.

-Rober- Me dijo Griselda, su voz ahora más cargada de intención. -Creo que Lucas no se siente muy cómodo. ¿Por qué no paramos un momento?- Zorra. Sabiendo exactamente a dónde se dirigía esto, vi un desvío de la ruta que desembocaba en una arboleda bastante escondida. Me metí, estacioné y apague el motor y las luces. -Qué lugar hermoso, no les parece chicos?- Dijo Griselda, aunque no había nada que ver aparte de la silueta de algunos árboles bajo la luz de la luna que, a su vez, iluminaba bastante bien lo que sucedía dentro del auto. Me acomodé en mi asiento dispuesto a ver el espectáculo que se avecinaba. Griselda no esperó más. Con una naturalidad asombrosa presionó mas sobre el bulto de Lucas y dijo: -Caramba, veo que tu amigo está con nosotros. Rió, feliz

-Vamos, chiquito. Dejáme ver qué escondés y apretó más por sobre el pantalón de acercándose hasta que sus tetas le apretaban el brazo-. Solo quiero ver qué tenés aquí adentro. Sos un nene muy lindo para andar con una cosa así escondida.

-Pero qué grande es tu amigo. Me gusta! Susurró Griselda. Lucas solo pudo asentir, sus ojos cerrados, su cabeza echada hacia atrás sobre el respaldo del asiento. -Tranquilo, bebé-susurró Griselda. Y sin más preámbulos, su mano tiró del elástico del pantalón y del bóxer de una sola vez. La pija de Lucas saltó fuera, dura como un palo, más gruesa de lo que imaginaba. Griselda la rodeó con sus dedos y empezó a moverla despacio, de arriba abajo. Una paja con todas la de la ley -Que hermosa pija tenés -dijo ella, y el pibe solo pudo gemir.

La fantasía se estaba concretando. Me bajé del auto, abrí la puerta del lado de Griselda y me acomodé como pude a su lado.

-Qué mujer increíble, no?- Le pregunté al chico, mientras con una mano comenzaba a tironear de la remera de mi esposa tratando de sacársela. Con esfuerzo logre liberarla y sus 95 libres saltaron ante nuestros ojos con los pezones durísimos. Me agaché y empecé a lamer una, mordiéndole el pezón con fuerza mientras seguía mirando cómo le hacía una paja al joven desconocido. Griselda, con una agilidad felina, se inclinó y sin preámbulos se tragó la pija entera. Lucas jadeó, un sonido bajo y gutural de puro shock y placer. Mi mujer empezó a chuparla como una desesperada, con la cabeza subiendo y bajando haciendo sonidos húmedos y obscenos. Traté de levantarle la pollerita de jean con poco éxito aunque aprovechando que no tenía los calzones le metí un par de dedos. 5’ asi, fueron demasiado para el pobre Lucas. Con un gemido largo y tembloroso, acabó en la boca de Griselda. Ella se tragó todo, hasta la última gota: -Nene, qué leche rica tenés -dijo, limpiándose la comisura de los labios. Recompuestos a las apuradas, Griselda me miró con los ojos brillantes abiertos como platos: -Rober, nos vamos a la cabaña? Quiero que cojan como corresponde a una dama como yo.

Miré a Lucas, que parecía un muñeco de trapo.

-Lucas, tenés ganas de seguir? Pregunté por las dudas Griselda no me dejó terminar: -Luquitas, queremos saber si querés cogerme como dios manda o te querés ir…

-Por mí... todo bien -dijo él, con la voz ronca.

El viaje de vuelta fue un silencio roto solo por los sonidos de chupones que se daban en el asiento de atrás. Mi mujercita no le daba tregua. Antes de llegar, ya pasadas las 12 de la noche, detuve el auto y le pedí a Griselda que volviera al asiento delantero y a Lucas que se recostara en el trasero, no quería exponerme a miradas indiscretas. Estacioné el auto detrás de la cabaña y con cautela entramos.

Serví una cerveza y Lucas bebió de un solo trago, creo que el líquido fresco sirvió para calmarle los nervios.

Mi mujercita, recién salida del baño, ordenó: -Nenito, andá a darte una ducha porque te quiero bien limpito. A solas me dice: -Después andá vos y déjame un rato a solas. Como no obedecer? Me tomé un tiempo necesario y haciéndome la película de lo me que esperaba. Cuando entré en la habitación, el espectáculo me paralizó. Estaban en la cama, Lucas boca arriba, y Griselda, arrodillada, le estaba haciendo una mamada profesional. Su cabeza se movía con un ritmo perfecto, su mano le masajeaba las pelotas. La pija del pibe era un mástil, brillante por la saliva de mi mujer.

Me acerqué y me acosté al lado de Lucas. -Ya llega tu turno, señor -me dijo Griselda dejando de chupar, y agarrándome la mía con la mano libre empezó una paja doble.

-Te gustó el anticipo en el auto? Le preguntó a Lucas, que solo podía asentir, con la mirada clavada en sus tetas-. Vengan, chupen estas tetas. Una para cada uno.

Nos acomodamos y empezamos a devorar sus pechos. Yo le mordía un pezón mientras Lucas chupaba el otro con avidez. Griselda no paraba de pajearnos. Luego, tomó a Lucas de la cara y le metió la lengua en la boca hasta el fondo.

-Quiero más -jadeó ella-. Rober, los forros. Ahora.

Agarré un sobre, lo saqué y se lo di. Griselda lo desenvolvió con los dientes y, con una habilidad casi profesional, se lo puso a Lucas usando solo la boca, chupándolo mientras el condón se deslizaba y quedaba perfecto.

Sabía lo que venía. Me arrodillé detrás de ella. Vi cómo Lucas, con los ojos fuera de sus órbitas, miraba cómo mi mujer se ponía sobre él, le agarró la pija, la guió a la entrada de su concha y se sentó de golpe, hasta el fondo. Un gemido gutural escapó de su garganta.

Empezó a cabalgarlo como poseída, moviendo la cadera en círculos, mientras lo besaba con ferocidad. -Pendejo! ¡No vayas a acabar rápido, carajo! Aguantá que para eso te la mamé en el auto. Lucas había perdido toda su timidez y sus manos se aferraban a las nalgas de mi esposa dejándole los dedos marcados.

-Ahora vos Rober. Dijo Griselda. Y entendí lo que quería mi mujer. Las manos de Lucas se aferraron a su culo, abriéndolo, mostrándome ese agujero que tanto me gustaba. Me acerqué, le eché un chorro de lubricante y empecé a meterle dedos. Uno, dos, tres... Griselda empujaba hacia atrás, pidiendo más.

-¡Dale Rober! ¡Metéla! -ordenó.

Alineé mi pija y empecé a empujar. La cabeza entró de golpe. Griselda gritó, pero era un grito de placer. Sin detenerme, la fui metiendo toda, hasta que chocar contra su piel. Estaba llena, con dos pijas llenándola la vez.

Encontramos el ritmo salvaje. Yo por detrás mientras Lucas abajo por la conchita. Griselda se descontroló: ¡Sí, hijos de puta! ¡Así! Cójanme!

Su orgasmo fue una explosión. Gritó, tembló, se contrajo con una fuerza que casi nos saca a los dos de adentro. Eso me bastó y acabé, profundo al mismo tiempo que Lucas. Caímos los tres sobre la cama, un revoltijo de sudor, semen y saliva. Griselda, con los ojos cerrados y una sonrisa tonta en la cara, era la imagen de la satisfacción absoluta. El chico, en cambio, pareció haber recuperado el miedo. Se levantó, fue al baño, se vistió en silencio y se paró ahí, sin saber qué hacer.

-Gracias -susurró.

-Le llevas, Rober?

Me vestí, tomé las llaves del auto. -Vamos- le dije

-Chau, nenito, me cogiste muy bien. Gracias- Ronroneó Griselda desde la cama.

Cuando volví, al rato, me acosté junto a Griselda: -Satisfecha? Le pregunté.

Se rió, un sonido puro y libre en la noche. Solo dijo: -Pero este fue solo el inicio, lo sabés, no?

La abracé fuerte. Ahí estaba mi respuesta final y principio de todo…