<p>Blanca despertó lentamente. Fue emergiendo de una sensación de calidez y seguridad que no era habitual en su vida.</p>
<p>Lentamente fue recordando dónde se encontraba. Era su habitación, por supuesto, pero no su cama. Estaba recostada, con la cabeza apoyada en el pecho de Celeste, su compañera de habitación. Ésa le acariciaba distraídamente sus rizos dorados mientras dedicaba su atención a un libro. Recordó que ambas habían estado estudiando, sentadas en la cama de la morena y sin duda se había quedado dormida. </p>
<p>- Hola, dormilona,- la saludó dulcemente Celeste.- Llevas unos días duros ¿eh?</p>
<p>- Perdona, Celeste,- respondió Blanca, moviéndose con intención de incorporarse. Sin embargo, la chica de coletas morenas la sujetó con suavidad y la hizo permanecer allí recostada. </p>
<p>- Eres uno de los mejores peluches que he tenido.</p>
<p>Blanca sonrió. </p>
<p>- ¿Sólo uno de los mejores?</p>
<p>- Bueno, habría que estudiar muchos factores,- respondió Celeste, aparentando estar llevando a cabo sesudas reflexiones.</p>
<p>- No puedo ser tu muñeca,- dijo Blanca con cierta tristeza,- o al menos no siempre. Pero lo seré siempre que quieras.</p>
<p>Celeste acercó lentamente el rostro al de su amiga. El cascabel en su garganta soltó un leve y alegre sonidito con el movimiento. Podía sentir el aliento cálido que escapaba de los labios carnosos y entreabiertos de la chica rubia, que no hizo ademán de rechazo. Dudó una décima de segundo y continuó su movimiento hasta besar a Blanca en la mejilla a escasos milímetros de la comisura de la boca. </p>
<p>- Tenemos que ir a clase,- casi susurró.- No debemos llegar tarde.</p>
<p>Blanca asintió y tras un instante de vacilación se levantó de la cama.</p>
<p>La jornada escolar fue igual de monótona y pesada que de costumbre. Clase tras clase, se fue pasando la mañana. A la salida, tras el timbre, Blanca abrazó los cuadernos contra su pecho y dirigió sus pasos a la biblioteca. No estaba demasiado lejos cuando fue interceptada por un chico de un curso inferior a quien ya conocía, acompañado por otro que se quedó un par de pasos atrás.</p>
<p>- Hola, Blanca,- la saludó alegremente. Era alto y moreno, de facciones suaves y cuerpo delgado.- ¿Te acuerdas de mí? Soy Alberto, hace tiempo, con mi clase tras los setos. Bueno, ya sabes…</p>
<p>- Sí, claro que te recuerdo.</p>
<p>- Bien, pues este es Roque. </p>
<p>- Hola, Roque. Encantada,- saludó Blanca y fue respondida por un casi inaudible “hola”.</p>
<p>- Acaba de llegar, es un alumno nuevo. Y, bueno, nunca ha… quiero decir que es… Ya sabes, que no ha estado con chicas. </p>
<p>- Entiendo,- contestó Blanca tratando de no avergonzar más al delgado alumno rubio que trataba de no mirar a nadie, con la esperanza de que nadie lo mirase.</p>
<p>- Pues entonces, eso,- siguió explicando Alberto.- Ya sabes. Para que tú… él… Eres la mejor, eso está claro. ¿Dónde vamos?</p>
<p>- ¿A tu habitación?- Sugirió ella con la esperanza de que no se prolongasen más las explicaciones.</p>
<p>- ¿A mi…? Ah, vale, buena idea. Ven, es por aquí. Vamos, Roque.</p>
<p>Alberto agarró de la mano a la chica y se dirigieron a paso ligero por los pasillos, hacia la zona de los alojamientos masculinos. El chico abrió la puerta y pasó antes que ninguno de sus acompañantes, que le siguieron. Blanca con resignación y Roque con timidez y echando un último vistazo al pasillo por si alguien lo había visto. </p>
<p>La habitación era un completo desastre. Si un par de leones se hubieran peleado en ella tras el paso de un huracán, no hubiera estado más desordenada. Alberto empujó al rincón de una patada una pequeña colina de ropa sucia y de un rápido movimiento, echó el edredón por encima de la cama deshecha.</p>
<p>- Pues aquí estamos. Bienvenida a mi palacio.</p>
<p>- Gracias, Alberto,- dijo ella.- Y ahora, dime, ¿qué quieres que haga?</p>
<p>- Yo… Yo…- Titubeó él.- No, no. Yo, no. Estás aquí por Roque. Lo que él quiera. </p>
<p>Dicho lo cual, se sentó en una silla que estaba en la esquina, frente a un pequeño escritorio.</p>
<p>- ¿Y tú te vas a quedar ahí, mirando?- Preguntó Blanca.</p>
<p>Alberto dudó un instante y pareció comprender el problema. Titubeó antes de responder.</p>
<p>- No, no. Claro.- Se puso unos auriculares y se dio la vuelta, dándoles la espalda sentado en la silla y echando mano de un libro.- Yo… como si no estuviera.</p>
<p>Blanca suspiró. Iba a decirle algo más, pero posiblemente fuera alargar más la situación inútilmente. Se volvió hacia Roque, que aguardaba allí de pie mirándola como si no hubiese nada más en el mundo.</p>
<p>- Hola, Roque ¿verdad?</p>
<p>- Sí, Roque.</p>
<p>- Es un placer conocerte, Roque. Yo soy Blanca.</p>
<p>- Hola.- Era evidente que el nerviosismo y la timidez no le permitía articular un discurso más elaborado.</p>
<p>- No te preocupes por nada,- continuó la chica.- Estoy aquí para lo que tú quieras. Dime. ¿qué quieres que haga? Lo que sea.</p>
<p>- Yo… No sé… Bueno… Sí, ya sabes…</p>
<p>- Bueno, si quieres empezamos por lo fácil, ¿no te parece?</p>
<p>Blanca se descalzó con los mismos pies, sin agacharse. Se desabotonó la blusa, de arriba a abajo. Se la quitó despacio, dejando al descubierto la parte superior de su cuerpo. Seguidamente se desabrochó la falda y la dejó caer a sus pies. Salvo por los calcetinesy el chocker negro con el cascabel en su garganta, blanca quedó desnuda frente al muchacho, como un ángel de rizos rubios que caían sobre sus hombros blancos.</p>
<p>Roque titubeó antes de avanzar una mano, que se quedó a medio camino de su destino.</p>
<p>- ¿Puedo…?</p>
<p>- Claro.</p>
<p>Casi con miedo, posó su mano en el redondo pecho de la chica. El tacto de la pálida piel fue como si recibiera una descarga. Sin saber qué hacer, frotó su palma sintiendo la suavidad y la calidez que emanaba del seno. </p>
<p>Blanca sintió la mano fría y sin experiencia, pero trató de no inmutarse y tampoco reaccionó cuando el chico manoseó torpemente su otro pecho. Permitió que el muchacho disfrutase durante un instante, tras el que se acercó un paso y con dulzura posó sus labios en los de él. Sin prisa entreabrió la boca y dejó salir la punta de la lengua, con la que acarició los labios del estudiante y poco a poco fue introduciéndola más. </p>
<p>Él, presa del nerviosismo, pegó su cara con fuerza y Blanca reaccionó separándose un poco. Roque cambió la expresión de su rostro y estuvo a punto de disculparse, pero ella lo evitó reanudando su beso, y acariciando sus cabellos.Cuando notó que él se acoplaba a su movimiento, volvió a retirarse y le dedicó una sonrisa. </p>
<p>Sin decir nada, Blanca comenzó a desabotonar la camisa de él y se la quitó, dejándola caer a un lado. Hizo lo mismo con los pantalones, que cayeron a los pies del muchacho cuando fueron desabrochados. El calzoncillo no podía ocultar la erección bajo la ropa interior, que en el extremo del bulto que formaba, mostraba una evidente mancha húmeda. </p>
<p>Blanca le bajó también los calzoncillos, sin dejar en ningún momento de mirarlo a los ojos y besarlo. Sintió el estremecimiento del chico cuando la mano femenina se posó en sus testículos, recorriéndolos con una caricia para llegar al pene, duro como una roca. Con delicadeza, masajeó el cálido órgano desde su base, sin tocar el glande para evitar terminar anticipadamente. Ella sí hubiera preferido terminar pronto y marcharse, pero no podía hacerle aquello a aquel muchacho.</p>
<p>Lo acompañó hasta la cama y le hizo sentarse en ella, para quitarle totalmente el pantalón y los calzoncillos, que se enredaban en los tobillos. Estuvo a punto de preguntar qué es lo que él quería hacer, pero era evidente que no lo sabría con seguridad, de modo que decidió tomar la iniciativa. </p>
<p>En pie ante el chico sentado, dejó que él disfrutara de la visión de su cuerpo desnido, al que observaba con los ojos muy abiertos como quien contempla una aparición. Se sorprendió al darse cuenta de que se sentía complacida, siendo casi adorada como una diosa que saliese de las aguas ante un mortal. </p>
<p>Se arrodilló entre las piernas masculinas y acercó su cuerpo al de él.</p>
<p>- ¿Te gustan mis pechos?- Preguntó, notando como la mirada del chico era incapaz de apartarse de ellos como una polilla ante una lama.</p>
<p>- Sí,- balbuceó él.- Me gustan mucho.</p>
<p>- Entonces tendremos que hacer algo con ellos,- concluyó ella recordando lo que le pidieron días atrás.</p>
<p>Blanca sujetó sus senos con las manos y con ellos envolvió la verga del joven. Sintió en su fina piel la dureza y la calidez del órgano. El muchacho dejó escapar un largo suspiro al ver lo que estaban haciéndole, y al sentir la suavidad y blandura de la blanca piel de la chica alrededor de su sexo.</p>
<p>Sin prisa, con movimientos lentos, la chica cascabel comenzó a mover sus pechos, ayudada con sus manos, para masturbar al chaval. El glande aparecía y desaparecía por la parte superior de los pechos que se apretaban alrededor del mismo, cuando ella los subía y los bajaba.</p>
<p>Sólo duró unos segundos. El muchacho estaba tan excitado que no aguantó más. Dejó escapar un gemido y un chorro de semen escapó del pene cuando éste aparecía entre los senos de Blanca, llegando hasta la cara de la joven. Le siguieron varios chorros más, que regaron con el líquido pálido y espeso los pechos y el rostro de la chica cascabel.</p>
<p>- Lo…- Tartamudeó él, aun sintiendo el orgasmo.- Lo siento. Lo siento. Yo…</p>
<p>- No pasa nada,- le cortó Blanca con dulzura. Una gota de semen resbaló lentamente por su mejilla- No pasa nada.</p>
<p>Dudó un instante, pero decidió que la primera vez del chico no podía terminar de aquella manera. Bajó su cabeza y rodeó con sus labios la cabeza del falo que aún mantenía su dureza. Lo introdujo más en su boca y se dedicó a la felación con lentitud, para evitar que regresara la flacidez.</p>
<p>Roque observaba pasmado a la chica, arrodillada entre sus piernas, chupando su pene con increíble habilidad. Sus rubios cabellos enmarcando un rostro que no podía imaginar más bello, aún regado con su semen, que también le manchaba los pechos. La placentera fricción de los labios sobre el tronco del falo, la caricia de la lengua alrededor del glande, la excitación de una muchacha hermosa sirviéndole de aquella manera, era algo que superaba sus más febriles sueños. Se dejó caer de espaldas en la cama y cerró los ojos, abandonado a las sensaciones que le llegaban desde su sexo.</p>
<p>Cuando Blanca decidió que el órgano del muchacho no iba a perder su erección, lo dejó salir de su boca y se incorporó sobre el cuerpo de su compañero. Trepó sobre él, con las rodillas en la cama a los lados del cuerpo, pegando el suyo propio. Besó de nuevo los labios de Roque, que recibió los de Blanca y los acarició con la punta de la lengua.</p>
<p>Durante la mamada, ella había estado masturbándose a si misma, en previsión de este momento, de modo que su sexo ya estaba húmedo y excitado. Preparado para recibir el de él con facilidad. Se sentó sobre el regazo del chico y con una mano dirigió el enhiesto pene a la entrada de su vagina, donde lo introdujo con un movimiento lento de cadera. </p>
<p>Roque gimió al sentir el calor del cuerpo de ella envolviendo su verga, y Blanca lo correspondió con otro genuino quejido de placer cuando todo el órgano la empaló. El muchacho dirigió sus manos a los pechos firmes y deseables que, sobre él, comenzaban a balancearse cuando Blanca se puso a mover su cadera, introduciendo y sacando el pene de su coño lubricado y suave. Ella gimió ante la rudeza del torpe agarre, pero no lo impidió. No pensaba tener un orgasmo con aquella relación, pero estaba comenzando a resultarle bastante placentera, a pesar de todo. </p>
<p>Blanca folló con calma y dulzura a Roque, que se dejó hacer, acariciando los pechos y el cuerpo de ella. La chica cascabel, al tiempo que movía la verga del joven en el interior de su propio sexo, frotaba rítmicamente su clítoris con el vello púbico del muchacho. Un movimiento que, unido a las caricias por todo su cuerpo, hizo que el placer comenzara a crecer en su interior, como una marea que sube con lentitud. El cascabelito de su garganta sonaba con un tintineo alegre.</p>
<p>Sin darse cuenta, se fue dejando llevar por sus sentidos de modo que la cabalgada fue haciéndose más vigorosa, hasta que el orgasmo estalló en su interior. Blanca arqueó su espalda y llevó sus manos a sus cabellos, al tiempo que dejaba escapar algo intermedio entre un suspiro y un gemido. Las convulsiones de su vagina consiguieron que el chico se corriera por segunda vez aquella tarde, lanzando un nuevo chorro de esperma directamente en el interior de la joven, que se desplomó jadeante sobre él.</p>
<p>Cuando estuvo algo más recuperada, se incorporó y plantó un corto y dulce beso en los labios de Roque. </p>
<p>- Espero que te haya gustado tanto como a mí,- le susurró.</p>
<p>- Ya te digo,- fue apenas capaz de tartamudear el chico como respuesta. </p>
<p>Blanca se levantó sonriendo al muchacho que apenas se incorporaba sobre sus codos en la cama, y que al cabo de un momento también se puso en pie. </p>
<p>Tras ellos, Alberto se dio la vuelta quitándose los auriculares con una sonrisa pícara en los labios. </p>
<p>- Ah, qué bien, habéis terminado,- dijo.- ahora es mi turno ¿no? </p>
<p>- ¿Tu turno?- Repitió Blanca sabiendo que era una pregunta retórica.</p>
<p>- Claro,- respondió Alberto.- Después de todo esto no me vas a dejar así…</p>
<p>- Eres un liante, Alberto,- dijo Blanca con cara de resignación.- Si no fuera porque me caes bien, me iría ahora mismo y te dejaría con el pito tieso para que sufrieras. </p>
<p>- ¿En serio te caigo bien?</p>
<p>- Eres un tonto y un sinvergüenza… pero sí, me caes bien.</p>
<p>Alberto sonrió aún más si cabe, y su expresión de felicidad no pudo ser mayor cuando la chica desnuda, con su rostro y pecho salpicados de restos de semen, con movimientos suavemente felinos, se dio la vuelta, se arrodilló frente a la cama y recostó su rostro en ella sobre sus manos, que había colocado a modo de almohada. En el mismo movimineto, arqueó hacia abajo la espalda ofreciendo su trasero y su sexo al estudiante. </p>
<p>Roque, visiblemente azorado, dio un paso hacia la esquina para retirarse al tiempo que Alberto se levantaba de su silla y se desabrochaba los pantalones lo más rápido que podía. Se acercó por detrás a la chica cascabel, con la torpeza provocada por los pantalones caídos. Colocó sus manos en las nalgas de Blanca como quien acaricia un tesoro y se deleitó en la contemplación del cuerpo que se ofrecía ante él. </p>
<p>- Chica,- se admiró,- no sé si me gusta más tu culo o tus tetas…</p>
<p>Blanca no pudo evitar sonreír. Alberto no era un mal chico, pero soltaba por la boca lo primero que se le ocurría sin ningún filtro, sin maldad pero sin cuidado.</p>
<p>- ¿Puedo metértela ya o prefieres..? No sé…- Dijo él y Blanca supo que lo preguntaba sinceramente. Contuvo una risa antes de responder. </p>
<p>- Adelante, ya estoy lista para ti.</p>
<p>Con una mano separó una de las nalgas, exponiendo el ano y los labios vaginales, y con la otra dirigió su pene erecto, en el que brillaba una gota de líquido preseminal, a su preciado objetivo. Necesitó dos intentos para introducir la cabeza de su verga en el cálido y lubricado coño de Blanca. </p>
<p>Soltó un prolongado suspiro mientras terminaba de introducir sin prisas el resto del pene en el sexo femenino. Sujetó con ambas manos las caderas que se ofrecían ante él, como el motorista que se recrea en su máquina, y tomó aire.</p>
<p>- Esto es una pasada. Espero que no tengas muchas expectativas,- confesó,- porque me parece que no voy a tardar mucho en correrme.</p>
<p>- No te preocupes,- le tranquilizó ella.- Yo estoy servida con Roque,- dijo sonriendo al otro muchacho que no sabía cómo pasar desapercibido en una esquina, y que le devolvió tímidamente la sonrisa.- Puedes acabar cuando quieras.</p>
<p>Alberto comenzó a mover sus caderas de atrás hacia delante, embistiendo con ellas en las nalgas de Blanca, con un sonido que se asemejaba a suaves bofetadas. El pene entraba y salía de la vagina en movimientos largos que se iban acelerando poco a poco. </p>
<p>La chica cascabel trató de relajarse y su cuerpo se dejó llevar, moviéndose y dejando escapar el aire de sus pulmones en cada acometida, a modo de leve gemido. Eso excitó más aún si cabe al muchacho, cuyo único mundo en ese momento se limitaba a la joven a la que se estaba follando sin ningún freno ni contención.</p>
<p>Tal y como había anunciado, apenas llevaba dos minutos cuando se tensó, agarrando con fuerza el cuerpo femenino ante él y soltando un gemido.</p>
<p>- ¡Oh, Dios, me corro!- Exclamó como si para Blanca no fuera evidente.</p>
<p>La chica sintió los espasmos del pene en su interior, derramando su carga cálida. Permitió que Alberto recuperara el aliento y se recobrase del orgasmo antes de moverse para que la verga saliese. Se puso en pie y besó en la mejilla al muchacho. Con un pañuelo se limpió la cara y los pechos antes de recoger su ropa y empezar a vestirse. Álvaro se dejó caer en la cama sonriente, observando a Blanca ponerse el uniforme.</p>
<p>- Eres la mejor, chica,- le dijo.- La mejor. Sin duda alguna.</p>
<p>- Y tú eres un pelota.</p>
<p>- No,- negó él.- Lo digo en serio. Eres muy guapa, estás muy buena y siempre eres amable. Siempre. </p>
<p>- Pero sólo contigo,- contestó ella con una sonrisa pícara, mientras acababa de abotonar su blusa.- Y contigo, Roque.- Y el aludido sonrió también, sin saber qué responder.- Tengo que irme, chicos,- añadió Blanca abriendo la puerta.- Sed buenos.</p>
<p>- Claro,- respondió Bruno y se arrepintió enseguida de no haber sabido decir algo más sofisticado.</p>
<p>- Blanca, espera,- la frenó Alberto.- Lo digo en serio, eres la mejor. Sabes que si necesitas algo, lo que sea, puedes pedírmelo.</p>
<p>- Lo sé, mi caballero andante. Y por eso me caes tan bien.</p>
<p>Blanca salió de la habitación dejando a Alberto con una expresión de orgullo y felicidad en su rostro. </p>
<p>.</p>
<p>Continuará.</p>