Capítulo 2: La Escalera al Infierno
Belisario cree que puede dividir su vida entre la bata blanca y la pasión prohibida. Pero cuando su esposa lo atrapa en la mentira, la máscara de profesionalismo cae. Esta noche, la verdad no se negocia, y la lealtad tiene un precio que él está dispuesto a pagar con su propia familia.
Las 12:00 de la noche golpeaban las paredes de la sala de espera del Hospital General cuando Belisario, vestido con su bata azul hospitalaria, salió de las urgencias. Su rostro, cansado pero distendido por la tensión acumulada durante las últimas ocho horas, reflejaba la rutina infinita de atender a pacientes que apenas le sonreían. Había visto gangrenas, traumas de tráfico y pacientes terminales, y cada uno de ellos había requerido su atención y su profesionalismo inquebrantable. Había sido un turno largo, pero nada comparado con la energía que lo esperaba en la otra punta de la ciudad. Su coche crujió al entrar en el estacionamiento del apartamento de Claire. La noche era fresca, pero el aire de su coche le pareció un abrazo de bienvenida. Sin dudarlo, desaceleró y aceleró hacia el edificio de apartamentos de lujo. Subió las escaleras, sintiendo cómo la adrenalina de su vida secreta reemplazaba al agotamiento del hospital. Al llegar a la puerta del apartamento 404, respiró hondo, alisando su bata para disimular un poco el hecho de que estaba fuera de servicio. Tocó el timbre, y Claire abrió al instante:—¡Mi doctor! —exclamó ella con una sonrisa traviesa, invitándolo a pasar. Su cabello negro, brillante, caía suelto sobre sus hombros. Belisario cerró la puerta con un golpe seco y la besó en los labios, un beso profundo que desató todo el cansancio que había traído consigo:—Hoy he tenido un día infernal —murmuró él entre besos, empujándola hacia el sofá. El sofá se convirtió en un campo de batalla de placer. Belisario, con la pasión renovada por la visión de Claire, se deshizo de su bata con impaciencia. Sus manos, fuertes y experimentadas, exploraron el cuerpo joven de la adolescente. Claire, con su piel blanca como el azúcar y su cuerpo frágil, se arqueaba bajo él, sus ojos cerrados y sus bocas abiertas buscando aire. Él la desnudó completamente, sus ojos brillando al ver su anatomía perfecta. Se arrodilló entre sus piernas y comenzó a lamerla con una voracidad que ella adoraba. Su lengua mordisqueó su clítoris y exploró las húmedas paredes de su vagina, provocando que Claire gritara su nombre, sus uñas clavándose en la espalda de Belisario. El olor a sexo y a su propia feromona lo cegaron, enviándolo a un estado de euforia pura.
—Quiero sentirte dentro de mí —susurró Claire, jadeando. Belisario se incorporó, su pene erecto y grueso, brillando de pre-sperma. La penetró con fuerza, sentiendo cómo su cuerpo se abría para recibirlo. Se movió dentro de ella, con una intensidad que reflejo su deseo de esconderse de su otra vida. Cada embestida era un grito de liberación, una declaración de amor a esta mujer que lo hacía sentir vivo. Se acostaron en el sofá, cuerpo contra cuerpo, sudor y besos, hasta que ambos cayeron al suelo, exhaustos y con los cuerpos entrelazados.
—Eres increíble —dijo Belisario, descansando la cabeza en su pecho.
—Y tú eres mi salvador —respondió Claire, besándole la frente. Después de unos minutos, se levantaron ambos y se dieron una ducha rápida. El agua fría no podía borrar el calor de su cuerpo, pero servía para despertarlos un poco para la siguiente ronda. Bajo el chorro de agua, se besaron y se acariciaron, esta vez con más ternura y menos urgencia. Claire se arrodilló y se lo chupó con una devoción total, lamiendo cada centímetro de su pene hasta que Belisario tuvo una eyaculación breve pero intensa.
—Vamos a dormir un poco —dijo Belisario, secándose el agua.
—De acuerdo —dijo Claire, ayudándole a salir de la ducha. Se acostaron en la cama de Claire, con los cuerpos pegados. Belisario cerró los ojos, sintiendo una paz que no había sentido en meses. Pero el sueño no tardó en venir, y cuando se despertó, ya era muy tarde, casi las 4:00 de la mañana.
—¡Hola, Doctor! —susurró Claire, besándole la oreja.
—Buenas noches —respondió Belisario, mirando el reloj. Debería irse.
—¿Ya? —preguntó ella, decepcionada. —¿No puedes quedarte un poco más?
—Tengo que irme —dijo Belisario, suavemente pero con firmeza. —Mis hijas necesitan que las vea.
Se vistió con rapidez, despidiéndose de Claire con un beso en la mejilla. —Pronto volveré —le prometió. Claire lo miró irse, con una mezcla de tristeza y comprensión. Sabía que Belisario tenía una familia, pero también sabía que era la única persona que realmente lo entendía. Belisario condujo hasta su apartamento, un edificio viejo y de estilo victoriano, que estaba ubicado cerca del centro de la ciudad. Al llegar, aparcó su coche frente a la entrada y subió las escaleras. El edificio estaba en silencio, solo el sonido de sus propios pasos rebotando en las paredes. Llegó a su puerta y se encontró con Nasserine de pie en el umbral, mirándolo con una mirada asesina:—¿Dónde estabas? —preguntó Nasserine, su voz tensa y fría.
—En el hospital —respondió Belisario, intentando sonar tranquilo, pero su voz sonaba ronca.—Te dije que tendría que hacer una guardia —dijo con una mueca de desdén. — Un paciente se complicó. No me voy a disculpar por hacer mi trabajo.
—¡Eres un mentiroso! —gritó Nasserine. —¡Te vi salir de la casa de Claire!
Belisario se detuvo, con la mano en la perilla de la puerta. La sorpresa lo paralizó, pero no se detuvo:—Ella es mi amante —dijo Belisario, con una calma absoluta. —No es nada raro que yo esté con ella.
—¿Cómo se lo vas a contar a las niñas? —preguntó Nasserine, con los ojos llenos de lágrimas.
—Las niñas no necesitan saber eso —dijo Belisario, con una frialdad que asustó a Nasserine. —Solo tú y yo sabemos esto. Y tú vas a dejar de fingir que te importa.
Nasserine se quedó en el umbral, con los brazos caídos, incapaz de creer que su esposo pudiera ser tan crudo. Belisario entró en el apartamento, dejando a Nasserine en la entrada. La dejó allí, gritando, pero no se preocupó por escucharla. Se dirigió a su habitación, donde las niñas dormían profundamente. Se acostó en su cama, al lado de su esposa, esperando a que se calmara, pero no lo hizo. Después de unos minutos, no podía soportar los gritos, así que se levantó y se fue a la casa de Claire, dejando a Nasserine:—Espero que disfrutes de tu soledad —dijo Belisario, antes de salir de la casa.
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