Xtories

Mi Compadre y yo Compartimos a mi mujer

Siempre creyó que la traición era el fin, pero esa noche, al espiar detrás de la puerta, descubrió que el verdadero placer no estaba en la exclusividad, sino en la complicidad. ¿Qué harías si tu esposa te pedía que no solo miraras, sino que participaras?

Jose Sanz16K vistas9.3· 11 votos

Mi compadre y yo compartimos a mi esposa.

Era diciembre del 2011 y la vida, en teoría, marchaba bien. Las fiestas en familia se sentían frescas, sin el agobio de siempre. No había estrés financiero, los niños estaban sanos y yo llevaba doce años de matrimonio con Rebecca, mi mujer. Teníamos dos hijos, una familia funcional… o eso creía yo. Trabajaba de ocho a cinco, y Rebecca se encargaba de la casa y de los pequeños. Un acuerdo tácito, como tantos otros.

Pero el sexo… el sexo se había ido apagando como una vela en una habitación cerrada. Al principio era una llama baja, luego una brasa, y para ese diciembre, apenas una ceniza fría. Lo peor no era la frecuencia, sino el rechazo. Rebecca se mantenía en forma: curvas de reloj de arena, abdomen de avispa y unos senos grandes que parecían desafiar la gravedad. Yo, en cambio, no envejecía tan bien. La panza se había instalado sin permiso, y mi herramienta… bueno, nunca fue la más grande ni la más gruesa, pero con los años mi autoestima se encogió más que ella.

Yo solo era el proveedor. El que pagaba las cuentas. Y cada vez que intentaba acercarme, cada vez que susurraba en su oído que quería que me diera placer con su boca, ella ponía los ojos en blanco y decía: "Estoy cansada, amor. ¿No podemos solo dormir?"

Así pasaron meses. Meses de monotonía sexual, de manos frías y cuerpos que se ignoraban en la misma cama. Hasta que invité a un compadre a casa: Héctor.

Héctor era mi antítesis. Alto, un metro ochenta y dos, complexión atlética de esas que solo se consiguen con gimnasio diario y disciplina de hierro. Cabello corto, brazos musculosos que parecían esculpidos en madera oscura. Su piel era negra, afro, brillante como el ébano recién pulido. Era callado, educado, pero tenía una presencia que llenaba cualquier habitación.

Había venido muy pocas veces a la casa, siempre con su sonrisa tranquila y sus manos enormes. Pero no fue hasta la tercera visita que algo hizo clic en mi cabeza. Cada vez que Héctor llegaba, Rebecca desaparecía al baño. Y cuando volvía, no usaba su ropa de casa normal, sino prendas que yo no le veía desde nuestra luna de miel: batas cortas, lencería que asomaba por debajo, tacones que hacían clac-clac en el piso de cerámica.

"No puede ser coincidencia", pensé.

Y entonces tendí la trampa.

Era sábado. Los niños estaban en casa de su abuela, así que la casa era solo nuestra. El plan era un asado: yo había comprado la carne, el carbón, las cervezas. Héctor llegó puntual, con su polo blanco ajustado y unos jeans que no ocultaban sus muslos de corredor.

—Voy a comprar más carne, la que tengo no alcanza —mentí, mientras me ponía los zapatos.

—Te acompaño —dijo Héctor, levantándose del sofá.

—No, amigo, quédate. Prende las brazas, ya vuelvo.

Vi cómo se rascaba la entrepierna con disimulo. Un gesto inconsciente que me revolvió el estómago. No iba a ser un egoísta. Casi no veía mi propia verga por culpa de la panza, y mi mujer… bueno, ella al menos merecía que alguien le hiciera cosquillas en esos labios rosados entre sus piernas que yo ya no sabía ni besar ni meterme allí.

Salí. Pero no fui directamente a la carnicería. Di una vuelta larga, compré unos chorizos para hacer tiempo, y luego estacioné la camioneta a una cuadra de la casa. Caminé despacio, con el corazón latiéndome en la garganta. Había dejado el pestillo del patio trasero abierto a propósito. Sabía que por la puerta principal haría ruido, y no quería levantar sospechas.

Quería ver.

Necesitaba ver.

Entré por el jardín trasero. El olor a carbón ya empezaba a flotar en el aire, pero la parrilla estaba sola. Subí las escaleras de puntillas, sintiendo cada crujido de la madera como un disparo en mi pecho. La puerta de la habitación estaba entreabierta. Una rendija de luz cálida se filtraba al pasillo.

Me asomé.

Y allí estaban.

Rebecca vestía la bata blanca que yo mismo le había regalado en nuestro décimo aniversario, pero ahora la llevaba abierta, mostrando todo. Sus piernas estaban separadas, abiertas como un libro prohibido, dejando ver esa flor rosada y húmeda que había parido a mis dos hijos. Sus dedos jugaban con sus propios labios, pero no era ella la que llevaba el ritmo.

Héctor estaba de pie, semiencajado porque la altura de la cama no le favorecía. Tenía los pies descalzos, los pantalones y el boxer en el suelo, y su polo blanco aún puesto pero arremangado hasta los hombros. Y entre sus piernas, colgando como una manguera de bomberos, estaba su gran verga.

Dios mío.

No era solo grande. Era obscena. Veintitrés centímetros fáciles, gruesa como mi muñeca, venosa como un río de serpientes negras. La cabeza era violácea, del tamaño de un huevo de gallina pero más brillante, más carnosa. Y mi esposa la sostenía con ambas manos, acariciándola como si fuera un cetro.

—Así me gusta —susurró Rebecca, pasándose la punta por sus labios vaginales—. ¿Ves lo que me haces? Estoy chorreando.

—Toda para ti —respondió Héctor, con esa voz grave que nunca le había oído—. Pero deja de jugar. Quiero estar dentro.

Ella sonrió, le guiñó un ojo, y luego abrió más las piernas. Con una mano separó sus propios labios, mostrando ese pequeño orificio que yo conocía bien pero que ahora parecía diminuto, imposible. Con la otra, guió la cabeza del monstruo hacia su entrada.

—Voy a entrar —dijo Héctor, y fue una sentencia, no una pregunta.

Ella asintió. Tenía los ojos húmedos, casi llorosos.

Y él empujó.

Solo la punta. Pero esa punta era más grande que cualquier cosa que yo le hubiera metido. Rebecca arqueó la espalda y soltó un gemido ahogado, un "ahhh" que parecía salir del fondo de sus entrañas.

—¿Duele? —preguntó Héctor, deteniéndose.

—No pares —jadeó ella—. Por favor, no pares.

Él empujó más. Un centímetro. Otro. Las venas de su verga se marcaron aún más, como si estuvieran a punto de estallar. Mi esposa mordía sus labios, respiraba entre dientes, pero no dijo que parara. Al contrario, sus caderas se movieron hacia arriba, buscando más.

Yo, mientras tanto, me había bajado los pantalones caqui con manos temblorosas. Mi propia verga estaba dura, lubricada por el sudor y la excitación. Era ridículo compararla con la de Héctor. La mía parecía un dedo meñique al lado de un brazo. Pero no me importó. Empecé a masturbarme, despacio, sin perder detalle.

Héctor siguió hundiéndose. Cada centímetro era una batalla, un gemido, un "ay, Dios mío" de Rebecca. Hasta que por fin, después de lo que parecieron horas, enterró toda su longitud dentro de ella. Su pelvis chocó contra sus nalgas con un aplauso húmedo.

—Mierda —susurró Héctor, con los ojos en blanco—. Estás apretadísima.

—Es que eres demasiado grande —gimió ella, con los dedos clavados en sus hombros—. Pero no me la saques. No me la saques.

Él comenzó a moverse. Primero lento, como probando el terreno. Luego más rápido, más duro. El colchón chirriaba, la cabecera golpeaba la pared, y los gemidos de Rebecca ya no eran ahogados: eran gritos, aullidos, palabras sueltas que volaban por la habitación.

—¡Así! ¡Más adentro! —gritaba ella—. ¡Rompe este coño, Héctor! ¡Que se olvide de mí!

Yo masturbándome, viendo cómo mi amigo le daba a mi esposa como si fuera una cualquiera. Y ella disfrutándolo. Gozando como nunca lo había hecho conmigo.

—¿Te gusta mi gran verga negra? —jadeó Héctor, acelerando el ritmo.

—¡Me encanta! —respondió ella, con la boca abierta y la lengua fuera—. ¡Es la mejor verga que he probado!

—¿Mejor que la de tu marido?

Ella rió, una risa cortada por un gemido.

—Ni se compara. La suya es un juguete. La tuya es un arma.

Eso me dolió y me excitó al mismo tiempo. Mi verga temblaba en mi mano, lista para explotar, pero aguanté. Quería ver más.

Héctor la agarró por las caderas y la volteó como si pesara una pluma. Rebecca quedó en cuatro patas, el culo en alto, la vagina abierta y chorreante. Desde atrás, la verga de Héctor parecía aún más grande, más negra, más brutal. Él no perdió tiempo: la agarró del cabello, tiró de su cabeza hacia atrás, y la embistió de una sola vez.

El grito de Rebecca atravesó la pared.

—¡Sí, así! ¡Dame duro! —aulló.

Y él se la dio. Duro. Rápido. Sin piedad. Las nalgas de mi esposa rebotaban contra su pelvis con un sonido obsceno, húmedo, que llenaba la habitación. El sudor brillaba en sus espaldas, y los gemidos ya no eran palabras, eran sonidos de animal.

—Voy a acabar —gruñó Héctor, con la voz rota—. ¿Dónde quieres que acabe?

—¡Dentro! —gritó ella—. ¡Llena este coño de leche, maldito!

Pero justo en ese momento, cuando Héctor estaba a punto de estallar, algo cambió. Él levantó la vista. Me vio.

Nos miramos.

Su verga se salió de mi esposa con un pop húmedo. Rebecca gimió por el vacío, por la pérdida, y se giró confundida. Sus ojos se encontraron con los míos. El color se le subió a las mejillas, pero no vi vergüenza en su mirada. Vi otra cosa. Alivio, quizás. O desafío.

—Amor… puedo explicarlo —dijo, con la voz temblorosa.

—No hace falta —respondí, y mi voz sonó más calmada de lo que me esperaba—. Solo quiero ver. No paren.

Rebecca parpadeó, confundida. Héctor seguía con su verga erecta, brillante con los jugos de mi esposa. Se llevó una mano a la nuca, nervioso.

—¿Estás seguro, compa?

—Más seguro que nunca.

Me senté en el sillón de la habitación. Me quité la camisa, dejando al descubierto mi panza, mi pecho velludo, mis brazos normales. Mi verga seguía firme, pequeña pero firme. Les hice un gesto con la cabeza.

—Sigan.

Rebecca me miró con una mezcla de sorpresa y deseo. Luego se giró hacia Héctor, le agarró la cara con las dos manos y lo besó. No un beso de esposa. Un beso de amante. Lengua, dientes, saliva. Un beso que decía "gracias por no irte".

—Ven aquí —le dijo ella a Héctor, y luego me miró a mí—. Tú también.

Me levanté del sillón. Caminé hacia ellos, sintiendo el peso de mi propia desnudez. Cuando llegué a la cama, Rebecca me agarró de la mano y me puso a su lado. Con la otra mano, sostenía la verga de Héctor.

—Mira —susurró, pasándole la punta por mis labios—. Prueba.

Nunca había probado una verga. Pero en ese momento, con el olor a sexo impregnando el aire, con mi esposa desnuda y mi amigo temblando de deseo, abrí la boca. La cabeza entró justo, caliente, salada. El sabor de ella y de él mezclados. Chupé despacio, sintiendo las venas contra mi lengua.

Héctor soltó un gemido grave.

—Mierda, compa… nunca pensé…

—Cállate y deja que lo haga —dijo Rebecca, y me empujó la cabeza hacia abajo.

Tomé toda la verga que pude, que no fue mucha, pero suficiente para sentirla en el fondo de mi garganta. Escupí, lubricé, masturbé con una mano mientras Rebecca se metía mis dedos en la boca.

—Así me gusta —susurró ella—. Mis dos hombres complaciéndome.

Después de unos minutos, Rebecca se apartó. Se puso en cuatro patas de nuevo, pero esta vez levantó una pierna y apoyó el pie en la mesita de noche. Su ano quedó expuesto, ese otro agujero que yo nunca había usado. Estaba rosado, pequeño, tembloroso.

—Quiero los dos —dijo, con voz ronca—. Quiero sus dos vergas en mi culo.

Héctor y yo nos miramos. Él asintió. Yo también.

Nos pusimos uno a cada lado. Héctor alineó su monstruo contra el ano de Rebecca. Yo alineé mi herramienta junto a la suya, sintiendo el calor de su piel contra la mía.

—Vamos juntos —dijo Héctor.

—Juntos —repetí.

Y empujamos.

El gemido de Rebecca fue un alarido, un grito de placer y dolor mezclados. Su ano se estiró como nunca, abriéndose para recibirnos. Sentía la verga de Héctor contra la mía, caliente, dura, enorme. Era como estar dentro de ella pero también dentro de él. Una comunión extraña, obscena, perfecta.

—¡Muévanse! —gritó ella, con las uñas clavadas en la sábana—. ¡Muévanse como los perros que son!

Empezamos a follar. Un ritmo torpe al principio, luego sincronizado. Entraba Héctor, salía yo. Entraba yo, salía él. Nuestras pieles chocaban, nuestras bolas se golpeaban, y Rebecca gritaba sin parar.

—¡Así! —aullaba—. ¡Así, así, así! ¡Voy a acabar!

Héctor fue el primero. Lo sentí: su verga se hinchó aún más dentro del culo de mi esposa, y luego un chorro caliente, espeso, inundó todo. Rebecca se vino al mismo tiempo, temblando, gimiendo, mordiendo la almohada.

Yo aguanté un segundo más, viendo cómo el semen de Héctor escurría por los muslos de mi mujer. Y entonces también acabé. Un chorrito pequeño, patético al lado del de él, pero mío. Nuestro. Los tres fluidos mezclados en el mismo agujero.

Nos quedamos así, respirando fuerte, sudando, temblando.

Héctor fue el primero en salirse. Su verga aún goteaba, aún estaba medio erecta. Luego salí yo, sintiendo el vacío, el frío.

Rebecca se dejó caer en la cama boca abajo, con las piernas aún temblorosas y el culo ligeramente elevado, mostrando cómo nuestras leches se mezclaban y escurrían lentamente por su muslo. El aire olía a sudor, a sexo, a algo crudo y real que jamás imaginé respirar en mi propio dormitorio.

—Eso estuvo… — Héctor se pasó una mano por la cara, riendo bajito—. No tengo palabras, compa.

—Entonces no hables —dijo Rebecca, girando la cabeza hacia él con una sonrisa cansada pero brillante—. Solo quédate un rato más.

Yo estaba recostado a su otro lado, con el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido un maratón. Mi verga aún palpitaba, pequeña y sensible, pero me sentía extrañamente liviano. Como si ese acto prohibido hubiera roto algo que llevaba años atrofiándose dentro de mí.

Rebecca se incorporó sobre los codos, me miró fijamente y acarició mi mejilla con el dorso de la mano. Tenía los dedos aún pegajosos por la leche de todos.

—¿Estás bien, amor? —preguntó, con una ternura que no le escuchaba desde hacía años.

—Nunca estuve mejor —respondí, y era verdad—. Pero quiero una condición.

Héctor se tensó a mi derecha. Rebecca arqueó una ceja.

—No quiero que esto sea solo una vez —dije, mirando a los dos—. Y tampoco quiero que sea a escondidas como si hiciera algo malo. Si vamos a seguir… así, quiero estar presente. Quiero ver. Quiero participar. O solo mirar. Pero no quiero quedarme fuera.

El silencio duró unos segundos eternos.

Héctor soltó el aire que había estado conteniendo y asintió despacio.

—Es justo —dijo—. Es tu casa, tu esposa. Yo solo soy el invitado.

—No solo el invitado —Rebecca se incorporó, se sentó en medio de los dos y nos agarró una mano a cada uno—. Ustedes son… algo nuevo. Algo que no sé cómo llamar todavía. Pero quiero que me follen juntos.

Esa palabra quedó flotando en el aire caliente de la habitación: juntos.

Pasamos el resto de la tarde en la cama, sin ropa, sin prisa. Héctor nos contó que desde la primera vez que vino a la casa sintió algo distinto con Rebecca, una chispa que ninguno de los dos quiso apagar. Ella le confesó que llevaba meses fantaseando con él, que mis ausencias laborales se sentían menos cuando él aparecía con su sonrisa tranquila. Y yo escuché todo sin celos, con una mano en la entrepierna de mi esposa y la otra en el muslo de mi amigo, sintiéndolos míos también.

Al final, cuando el sol comenzaba a esconderse tras las cortinas, Héctor se vistió despacio, como si no quisiera irse. Rebecca lo acompañó desnuda hasta la puerta de la habitación y le dio un beso largo, húmedo, lleno de promesas.

—El próximo finde los niños van con su abuela otra vez —dijo ella, mordiéndole el labio inferior—. No falles.

—Nunca —respondió él, y me guiñó un ojo por encima del hombro de mi esposa.

Cuando la puerta principal se cerró, Rebecca volvió a la cama, se acurrucó contra mi pecho y suspiró.

—¿Sabes lo que me gusta de esto? —preguntó.

—Dime.

—Que dejaste de ser solo el papá aburrido. Que ahora eres… mi cómplice en la cama.

Esa noche dormimos abrazados, con los cuerpos aún marcados por las manos de otro hombre. Y por primera vez en años, desperté sin esa opresión en el pecho, sin esa sensación de estar sobreviviendo en mi propio matrimonio.

Diciembre del 2011 no solo fue el mes en que todo cambió. Fue el mes en que entendí que el amor a veces se ensucia, se estira, se rompe y se vuelve a coser con hilos distintos. Y que estar presente —aunque sea para ver cómo tu esposa grita el nombre de otro— también puede ser una forma de no soltarla nunca.

Lo que vino después… bueno, esa es otra historia.

Pero esa noche, mientras Rebecca roncaba suavemente a mi lado, supe que había dejado de ser un espectador de mi propia vida.

Y recién ahí, por primera vez, empecé a vivirla.

Esta historia está inspirada en hecho reales de la vida de un seguidor que me dio derechos para adaptarla.

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