Xtories

Una Novia Cabreada Y Un Taxista Con Pollón

El taxi se detiene en la oscuridad, pero el viaje apenas comienza. Con su novio roncando a dos metros de distancia, Laura descubre que la tentación tiene el sabor salado de la traición y la voz ronca de un extraño que no pide permiso.

Merovingiox22K vistas8.1· 16 votos

La noche había sido un puto desastre desde el minuto uno, y Laura ya lo sabía antes incluso de entrar al club. Pero como siempre, había dejado que Carlos la convenciera con esa sonrisa de niño bueno que ponía cuando quería salirse con la suya. “Solo una copa, cariño. Te prometo que esta vez controlo”. Mentira. Siempre era mentira.

Ahora, a las cuatro y media de la mañana, las calles de Madrid estaban frías, húmedas y llenas de ese olor típico de después de fiesta: mezcla de alcohol derramado, humo de cigarrillos, perfume barato y meados de los que no llegaban al baño. Laura caminaba con dificultad, sosteniendo a su novio de cinco años como si fuera un saco de cemento mojado. Carlos pesaba más de ochenta kilos y en ese estado parecía el doble. Tenía la camisa completamente desabrochada, el pelo revuelto y pegajoso de sudor, y un hilo grueso de baba que le caía desde la comisura de la boca hasta la barbilla. Cada dos pasos tropezaba, soltaba una risa estúpida y murmuraba algo ininteligible sobre “otra ronda” o “esa rubia de tetas grandes”.

—Carlos, por Dios… camina recto de una puta vez —gruñó Laura entre dientes, apretando los dedos alrededor de su cintura para que no se desplomara contra un coche aparcado.

Él levantó la cabeza con esfuerzo, los ojos vidriosos y rojos.

—Joder, Laura… solo fueron unas copitas de más… no te pongas así, tía… eres una exagerada…

—¿Exagerada? —Laura sintió que la rabia le subía por la garganta como bilis—. Llevas toda la noche bebiendo como un cerdo. Me dejaste sola en la pista mientras tú te ibas a la barra “a pedir una ronda” y tuve que ir a buscarte a los 15 minutos porque estabas de charla con una rubia. Te di una hostia delante de todo el mundo y aun así seguiste pidiendo chupitos. ¿Y ahora soy yo la exagerada?

Carlos soltó una carcajada ebria y casi se cae de lado. Laura tuvo que hacer fuerza con todo el cuerpo para mantenerlo en pie. Sus tacones de aguja negra le estaban destrozando los pies, el vestido corto negro se le había subido peligrosamente por los muslos y el frío de la madrugada le ponía la piel de gallina en los brazos y en el escote. Tenía veintiséis años, el pelo negro largo y ondulado que ahora parecía un nido de pájaros por el sudor y el humo, un cuerpo bonito y curvilíneo —pechos firmes de copa C, cintura estrecha, culo redondo y piernas largas— y en ese momento solo quería llegar a casa, ducharse y dormir. Sola, preferiblemente.

Otro taxi pasó de largo sin detenerse. Laura maldijo por lo bajo. Carlos volvió a tropezar y esta vez se apoyó contra una farola, vomitando un poco de bilis en el suelo.

—Qué asco, joder… —murmuró ella, apartando la mirada.

Justo entonces, un taxi moderno se detuvo suavemente junto a la acera. Las luces interiores estaban encendidas y el conductor bajó la ventanilla del copiloto. Laura levantó la vista y por un segundo, se quedó sin aliento.

El hombre al volante era impresionante. Alto, moreno, con una mandíbula cuadrada perfectamente definida, barba de tres días que le daba un aspecto peligroso y sexy, pelo negro peinado hacia atrás con algunos mechones rebeldes cayéndole sobre la frente ancha. Sus ojos oscuros, intensos, casi negros, brillaban bajo la luz amarillenta de la farola. Tenía los hombros anchos, los brazos musculosos marcándose bajo una camisa blanca ajustada que parecía a punto de reventar por los bíceps, y una sonrisa de medio lado que transmitía pura confianza masculina. Se parecía tanto a Can Yaman que Laura pensó por un instante que estaba soñando o que el alcohol le estaba jugando una mala pasada.

—¿Necesitáis taxi, pareja? —preguntó con una voz grave, profunda, ligeramente ronca, con un toque de acento que sonaba mediterráneo, cálido, peligroso.

Laura tragó saliva. Su enfado con Carlos seguía allí, pero algo en esa voz y en esa mirada hizo que un calor extraño le bajara por el vientre.

—Sí… por favor —respondió, intentando sonar normal y no como una cría impresionada.

El taxista apagó el taxímetro y salió del coche con una agilidad felina para alguien de su tamaño. Debía medir casi metro noventa. Se acercó a ellos con paso seguro, abrió la puerta trasera del lado derecho y se inclinó ligeramente para ayudar.

—Venga, déjame a mí, guapa. Este chico pesa lo suyo.

Su mano grande y fuerte rozó el brazo de Laura al coger a Carlos por debajo del hombro. El contacto fue breve, pero Laura sintió un pequeño chispazo. El taxista olía bien: colonia cara, cuero limpio y algo más primitivo, masculino, que hizo que se le erizara el vello de la nuca.

Entre los dos metieron a Carlos en el asiento trasero. Él se dejó caer como un peso muerto, la cabeza golpeando contra la ventanilla con un ruido sordo. Inmediatamente empezó a roncar, con la boca abierta y un hilo de baba cayéndole por la barbilla hasta mojarle la camisa. Laura se sentó a su lado, empujándolo con asco hacia el otro extremo para que no le ocupara todo el espacio. Se bajó el vestido como pudo, aunque seguía quedándole bastante corto.

El taxista cerró la puerta con cuidado y volvió a su asiento. El interior del taxi era impecable: asientos de cuero negro, ambientador de vainilla suave, música baja de fondo (una bachata lenta y sensual) y un calorcito agradable que contrastaba con el frío de la calle.

—¿Dónde os llevo? —preguntó él, ajustando el retrovisor con los dedos largos y fuertes. Sus ojos se clavaron en los de Laura a través del espejo. La miró un segundo más de lo estrictamente necesario.

—A la calle de la Oca, número 47, por favor —contestó ella, cruzándose de brazos. El movimiento hizo que sus pechos se apretaran un poco más contra el escote del vestido.

El taxi arrancó suavemente, casi sin ruido. Carlos roncaba cada vez más fuerte, completamente inconsciente del mundo. Laura lo miró de reojo con una mezcla de rabia, vergüenza y cansancio. Otra noche desperdiciada. Otra promesa rota. Otra vez haciendo de madre en vez de ser su novia.

El taxista condujo en silencio los primeros minutos, pero pronto rompió el hielo con esa voz grave que parecía hecha para la noche.

—Menuda noche, ¿eh? Se nota que el chaval ha dado todo de sí.

Laura soltó una risa seca, amarga.

—Todo de sí… Sí, claro. Bebiendo como un cosaco, tonteando con cualquiera que llevara falda y dejándome sola como una idiota. Llevo cinco años con esta mierda. Cinco putos años escuchando las mismas promesas: “esta vez controlo, cariño”. Y siempre acaba igual.

El taxista chasqueó la lengua, comprensivo, mientras giraba hacia Gran Vía.

—Se ve que eres una mujer que merece mucho más que eso. Guapa, con carácter… y cargando con un tío que no te valora ni un poco. Yo me llamo Alejandro, por cierto.

—Laura —respondió ella, y por primera vez en toda la noche permitió que una pequeña sonrisa asomara a sus labios.

Alejandro la miró por el retrovisor otra vez. Sus ojos bajaron un instante a su escote, a sus piernas cruzadas, y volvieron a subir.

—Encantado, Laura. Y dime… ¿tú también te lo pasaste bien o solo viniste a hacer de niñera esta noche?

Ella suspiró profundamente y se echó el pelo hacia un lado, dejando el cuello al descubierto.

—Vine a bailar, a beber algo, a pasármelo bien con mi novio. Pero a las dos horas ya estaba como una cuba. Me dejó tirada en la pista mientras él se iba a la barra. Cuando volví estaba tonteando con una rubia cualquiera. Le crucé la cara y lo saqué a rastras. Fin de la historia romántica.

Alejandro soltó una carcajada baja y grave que resonó dentro del coche y vibró en el pecho de Laura.

—Joder, qué carácter tienes. Me encanta. Las mujeres con cojones son las que más me ponen… perdón, las que más me gustan.

Laura se sonrojó visiblemente, pero no pudo evitar reírse también. Miró a Carlos, que seguía roncando con la boca abierta, ajeno a todo. Ni siquiera se había enterado de que estaban en un taxi.

—¿Siempre eres tan directo con las clientas? —preguntó ella, arqueando una ceja.

—Solo cuando veo algo que realmente merece la pena —contestó Alejandro sin apartar la mirada del retrovisor—. Y tú, Laura, mereces mucho la pena. Ese vestido negro te queda de muerte. Te marca las curvas justo donde tiene que marcarlas. Y esas piernas… joder, son interminables.

El cumplido cayó pesado y caliente en el estómago de Laura. Sintió un cosquilleo traicionero entre los muslos y apretó las piernas sin darse cuenta. Hacía meses que Carlos no le decía nada parecido. Sus cumplidos, cuando llegaban, eran burdos y solo cuando quería sexo rápido: “estás buena, vamos a follar”. Alejandro, en cambio, hablaba con una seguridad tranquila, con una voz que parecía acariciar cada palabra.

Siguieron hablando durante los siguientes quince minutos. Alejandro le preguntaba con interés real: por su trabajo como diseñadora gráfica, por cómo había conocido a Carlos (en una fiesta parecida, por supuesto), por qué seguía con él a pesar de todo. Laura se desahogaba. Le contaba las discusiones, las noches en las que él llegaba a casa oliendo a otras mujeres, las promesas que nunca cumplía, cómo se sentía invisible cuando él estaba borracho.

—Eres demasiado guapa, demasiado lista y demasiado mujer para estar perdiendo el tiempo con un tío que no te valora ni un poquito —dijo Alejandro en un momento, con la voz más baja y ronca—. Una mujer como tú necesita que la miren de verdad. Que la deseen de verdad. Que la toquen como se merece… que la hagan sentir viva, mojada, deseada cada puto segundo.

Laura tragó saliva con dificultad. El taxi avanzaba ahora por calles más estrechas, casi vacías. Las luces de neón de los locales cerrados se reflejaban en los ojos oscuros de Alejandro cada vez que la miraba. El ambiente dentro del coche había cambiado. Ya no era solo un trayecto. El aire estaba más denso, más caliente. Laura notaba cómo se le endurecían los pezones contra la tela fina del vestido. Cómo se le humedecía lentamente la entrepierna solo con escuchar esa voz y sentir esa mirada.

Carlos seguía roncando como un animal, la cabeza caída hacia un lado, completamente fuera de combate. Ni un terremoto lo despertaría.

Alejandro redujo la velocidad en un semáforo en rojo y se giró ligeramente hacia atrás, apoyando un brazo musculoso en el respaldo del asiento del copiloto.

—¿Sabes qué pienso, Laura? —murmuró, con una sonrisa peligrosa en los labios—. Que esta noche no tendría que acabar así para ti. No con tu novio durmiendo la mona como un imbécil mientras tú estás aquí, preciosa, caliente, cabreada y con ganas de que alguien te haga sentir como la mujer que eres.

Laura sintió que el corazón le latía en la garganta. No contestó. Pero tampoco le pidió que parara de hablar. Sus ojos se encontraron en el retrovisor y, por un segundo, ninguno de los dos apartó la mirada.

Alejandro sonrió de medio lado, esa sonrisa de lobo que recordaba tanto a Can Yaman.

—Tranquila… solo estoy conduciendo. Por ahora.

El taxi giró hacia la calle Princesa. Faltaban unos veinte minutos para llegar al portal del número 47 de la calle de la Oca...

Y Laura, por primera vez en muchísimo tiempo, no tenía ninguna prisa por que el trayecto terminara.

El taxi avanzaba despacio por las calles casi desiertas de Madrid. Alejandro conducía con una mano en el volante y la otra descansando en el cambio de marchas, pero sus ojos no dejaban de buscar los de Laura en el retrovisor cada pocos segundos. El ambiente dentro del coche se había vuelto espeso, cargado de una tensión sexual que casi se podía tocar. Carlos seguía roncando como un cerdo en el asiento trasero, la cabeza caída hacia un lado, la boca abierta y un hilo constante de baba cayéndole por la barbilla hasta mojarle la camisa. De vez en cuando soltaba un ronquido más fuerte o un gruñido, pero nada más. La borrachera era profunda, pesada, de esas que duran horas.

Laura sentía el corazón latiéndole en la garganta. Sus muslos estaban apretados, pero eso no impedía que notara cómo se le humedecía la braguita de encaje negro. El vestido se le había subido un poco más durante el trayecto, dejando al descubierto una buena porción de piel suave y tersa. Cada vez que Alejandro la miraba por el espejo, ella sentía un cosquilleo caliente bajándole por el vientre hasta el coño. Hacía mucho tiempo que nadie la miraba así: con hambre real, con deseo crudo, como si fuera la única mujer en el mundo.

Alejandro redujo la velocidad y giró hacia un callejón estrecho y poco iluminado, a solo unos 10 minutos del portal de Laura. Aparcó el taxi en un rincón discreto, entre dos edificios antiguos y unos contenedores que ocultaban parcialmente el vehículo. Apagó las luces interiores, dejando solo el resplandor suave del salpicadero y la luz anaranjada de una farola lejana que entraba por las ventanillas tintadas. El motor quedó en punto muerto, ronroneando bajo.

—Estamos muy cerca de tu casa —dijo él con esa voz grave y ronca que parecía hecha para susurrar cosas sucias en la oscuridad—. Pero no quiero que el trayecto acabe todavía. No cuando tú estás así… caliente, cabreada y con ganas de que alguien te haga sentir de verdad.

Laura tragó saliva. Miró a Carlos, que seguía completamente inconsciente. El asco y la rabia que sentía hacia él se mezclaban con una excitación traicionera que le mojaba cada vez más las bragas.

—No sé si deberíamos… —murmuró ella, pero su voz sonó débil, temblorosa, sin convicción.

Alejandro se giró en el asiento del conductor para mirarla directamente. Sus ojos oscuros brillaban con lujuria contenida. Sonrió de medio lado, esa sonrisa peligrosa que le marcaba la mandíbula cuadrada y le hacía parecer aún más el doble perfecto del actor turco.

—Solo haré lo que tú quieras, Laura. Pero mírate. Tienes los pezones duros marcándose en el vestido, estás respirando rápido y sé que tu coño está mojado. Déjame que te toque. Déjame que te haga sentir bien mientras ese imbécil duerme la mona como un cerdo.

Laura dudó un segundo más. Luego, casi sin pensarlo, asintió lentamente.

Laura abrió su puerta, salió del taxi y abrió la puerta delantera del copiloto. El aire frío de la noche entró un instante, pero ella se metió dentro rápidamente y cerró. Ahora estaba sentada a su lado, su cuerpo grande y musculoso ocupando casi todo el espacio.

Ahora estaban uno al lado del otro en la parte delantera, separados solo por la consola central. Carlos seguía en el asiento trasero, ajeno a todo.

Alejandro se giró hacia ella. Su mano grande se posó en la rodilla desnuda de Laura y subió lentamente por el interior del muslo, empujando el vestido corto hacia arriba. Los dedos callosos rozaban la piel suave, dejando un rastro de calor.

—Joder, qué piernas tienes —gruñó él en voz baja—. Abre un poco más para mí, guapa. Quiero verte.

Laura separó los muslos lentamente. El vestido se le subió hasta la cintura, dejando al descubierto las bragas de encaje negro empapadas. Una mancha oscura de humedad se veía claramente en la tela. Alejandro soltó un gruñido de aprobación.

—Estás chorreando, Laura. Mira cómo te has mojado solo con que te mire y te hable. Tu novio no te pone así, ¿verdad?

Ella negó con la cabeza, mordiéndose el labio. La mano de Alejandro llegó hasta las bragas y, con dos dedos, apartó la tela a un lado. Sus yemas tocaron directamente los labios hinchados y resbaladizos de su coño. Laura soltó un gemido ahogado y se agarró al reposabrazos.

—Hostia… qué coño más bonito y mojado —susurró Alejandro, deslizando un dedo grueso entre los pliegues—. Tan caliente… tan resbaladizo. ¿Cuánto tiempo llevas sin que te toquen de verdad?

—Mucho… —jadeó ella, moviendo las caderas instintivamente hacia la mano de él.

Alejandro introdujo un dedo lentamente dentro de ella, curvándolo para rozar el punto G. Al mismo tiempo, su pulgar empezó a dibujar círculos firmes y lentos sobre el clítoris hinchado. Laura arqueó la espalda y soltó un gemido más fuerte, tapándose la boca con una mano para no despertar a Carlos.

—Shhh… calladita, preciosa —murmuró Alejandro, acercando más la cara—. No queremos que el cornudo se despierte mientras te estoy metiendo los dedos en ese coño tan apretado.

Metió un segundo dedo, follándola lentamente con movimientos expertos. El sonido húmedo y obsceno de sus dedos entrando y saliendo llenaba el taxi. Laura jadeaba, las mejillas rojas, los pechos subiendo y bajando agitados bajo el vestido.

Mientras tanto, su mano temblorosa se acercó al regazo de Alejandro. Él estaba visiblemente empalmado. Un bulto enorme marcaba los pantalones del taxista. Laura lo acarició por encima de la tela, sintiendo cómo la polla palpitaba y crecía bajo su palma.

—Sácala —susurró Alejandro, sin dejar de mover los dedos dentro de ella—. Quiero que me toques mientras yo te masturbo.

Laura obedeció. Bajó la cremallera con dedos nerviosos y metió la mano dentro. Cuando sus dedos rodearon la polla, soltó un gemido de sorpresa. Era enorme. Gruesa, venosa, caliente y muy dura. Más grande que la de Carlos, más pesada. La sacó completamente. La polla saltó libre, recta y orgullosa, con la cabeza gruesa brillando. Medía fácilmente veintidós centímetros y era tan gruesa que Laura apenas podía rodearla con los dedos.

—Joder… qué polla más grande —susurró ella, admirándola.

Alejandro sonrió con orgullo.

—Te gusta, ¿eh? Toca lo que quieras. Mastúrbame mientras te follo con los dedos.

Laura empezó a mover la mano arriba y abajo por el tronco grueso. La piel era suave, pero la polla era dura como el acero. Con el pulgar extendía el líquido preseminal por la cabeza, lubricándola. Alejandro gruñó de placer y aceleró los movimientos de sus dedos dentro del coño de Laura, metiendo tres dedos ahora, estirándola, frotando el clítoris con más fuerza.

Los dos se masturbaban mutuamente en el asiento delantero del taxi. El sonido era sucio y morboso: dedos mojados follando un coño empapado, la mano de Laura subiendo y bajando por una polla enorme, los ronquidos de Carlos de fondo como una banda sonora humillante.

—Más rápido… —jadeó Laura, moviendo las caderas contra la mano de Alejandro.

Él obedeció, follándola con los dedos con más fuerza. Al mismo tiempo, su otra mano libre subió hasta el escote del vestido y liberó uno de sus pechos. Se inclinó y atrapó el pezón entre los labios, chupándolo con fuerza, mordisqueándolo mientras sus dedos seguían entrando y saliendo.

Laura sentía que se acercaba al orgasmo. El morbo de la situación era brutal: estar en el asiento del copiloto masturbando la polla de un taxista desconocido mientras su novio dormía a menos de un metro, roncando como un animal.

—Voy a correrme… —gimió ella, la voz entrecortada.

—Córrete en mis dedos, guapa —gruñó Alejandro contra su pecho—. Quiero sentir cómo te aprietas y chorreas mientras me pajeas.

Laura explotó. El orgasmo la atravesó con fuerza. Sus paredes vaginales se contrajeron violentamente alrededor de los dedos de Alejandro, soltando un chorro caliente de jugos que empapó la mano de él y el asiento. Ella mordió su propio puño para ahogar el grito, el cuerpo convulsionando mientras olas de placer la recorrían.

Alejandro no paró. Siguió moviendo los dedos lentamente, prolongando el orgasmo, mientras su polla palpitaba en la mano de Laura.

Cuando ella se recuperó un poco, Alejandro se recostó mejor en el asiento.

—Ahora quiero tu boca —dijo con voz ronca—. Quiero que me la chupes mientras ese inútil ronca detrás.

Laura, aún temblando por el orgasmo, se inclinó sobre la consola central. Su cara quedó a pocos centímetros de la polla enorme. El olor masculino, a preseminal y a piel caliente, la mareó de deseo. Abrió la boca y tomó la cabeza gruesa entre los labios. Sabía salada y deliciosa. Empezó a chupar con ganas, lamiendo la corona, bajando por el tronco venoso, intentando meterse todo lo que podía.

Alejandro soltó un gruñido profundo y puso una mano en la nuca de Laura, guiándola suavemente.

—Joder, qué boca más caliente… chúpala bien, preciosa. Métetela hasta donde puedas. Babea sobre mi polla mientras te sigo metiendo los dedos.

Mientras Laura le comía la polla con dedicación —subiendo y bajando la cabeza, lamiendo las venas, chupando los huevos pesados que colgaban debajo—, Alejandro metió de nuevo los dedos en su coño. La masturbaba al ritmo de sus chupadas, follando su boca y su coño al mismo tiempo con los dedos.

El taxi se llenaba de sonidos obscenos: chupadas húmedas y ruidosas, dedos entrando en un coño chorreante, los ronquidos graves de Carlos como telón de fondo. Laura babeaba abundantemente sobre la polla, la saliva le caía por la barbilla y goteaba sobre los muslos de Alejandro. Intentaba meterse más cada vez, forzando la garganta, ahogándose un poco pero sin parar.

Alejandro aceleró los dedos.

—Sigue chupando… voy a correrme en tu boca si sigues así —gruñó.

Laura redobló los esfuerzos. Chupaba con más fuerza, la lengua girando alrededor de la cabeza, la mano masturbando la base que no le cabía en la boca. Alejandro gruñó más fuerte, los dedos follándola con brutalidad.

Finalmente, con un rugido bajo y contenido, Alejandro se corrió. Chorros espesos y calientes de semen le llenaron la boca a Laura. Ella tragó todo lo que pudo, pero era mucho. Parte del semen blanco y cremoso se le escapó por las comisuras de los labios, cayéndole por la barbilla y goteando sobre sus pechos liberados.

Alejandro sacó los dedos de su coño y se los llevó a la boca, lamiéndolos con gusto.

—Deliciosa —murmuró, mirando cómo Laura lamía los restos de semen de su polla aún semi-dura—. Buena chica… tragándote la leche del taxista mientras tu novio duerme como un cornudo inútil.

Laura se incorporó, limpiándose la barbilla con el dorso de la mano, las mejillas rojas y los ojos brillantes de morbo y placer. Su coño seguía palpitando, aún no completamente satisfecho, pero el morbo de la situación la tenía al límite.

Alejandro sonrió, la polla aún fuera, brillante de saliva y restos de semen.

—Esto solo ha sido el calentamiento —susurró, acercándose para besarla en los labios, un beso profundo y sucio—. Todavía queda mucho noche… y mucho más que darte.

El taxi seguía aparcado en el callejón. Carlos seguía roncando, completamente ajeno a que su novia acababa de correrse en los dedos de otro hombre y se había tragado su semen a medio metro de él rodeados de edificios viejos cuyas fachadas desconchadas apenas se distinguían bajo la luz mortecina de una única farola lejana. El motor permanecía en punto muerto, emitiendo un ronroneo grave y constante que se entremezclaba con los ronquidos roncos y entrecortados de Carlos en el asiento trasero. Laura aún sentía el sabor denso y salado del semen de Alejandro en la lengua, un recuerdo viscoso que le bajaba por la garganta cada vez que tragaba. Tenía los labios hinchados de chupar, la barbilla brillante por la mezcla de saliva y restos de corrida que se le habían escapado, y el coño le palpitaba con un vacío doloroso y ansioso después del orgasmo que le habían provocado los dedos gruesos del taxista. El vestido negro corto estaba arrugado alrededor de su cintura, las bragas de encaje negro colgaban de uno de sus tobillos como un trofeo sucio, y sus pechos firmes de copa C permanecían fuera del escote, los pezones duros y enrojecidos.

Alejandro, sentado aún en el asiento del conductor con la polla semi-dura colgando pesada y brillante fuera de los pantalones abiertos, la observaba con una mirada depredadora. Sus ojos oscuros, intensos, recorrían cada centímetro de su cuerpo expuesto como si estuviera decidiendo por dónde devorarla primero. La camisa blanca se le había desabrochado un par de botones más, dejando ver el pecho ancho y musculoso cubierto de un ligero vello negro. Se pasó la lengua lentamente por los labios y sonrió con esa arrogancia natural y masculina que lo hacía parecer el doble perfecto del actor de telenovelas en plena cacería nocturna.

—Joder, Laura… mírate —murmuró con voz grave y ronca, cargada de deseo crudo—. Estás hecha una puta visión. Con la boca llena de mi leche, el coño chorreando y las tetas fuera… y todo esto mientras tu novio duerme como un cerdo borracho a menos de un metro. Me tienes la polla otra vez dura solo de verte así.

Laura sintió un nuevo latigazo de excitación bajándole por el vientre. Miró de reojo hacia atrás: Carlos estaba exactamente igual, la cabeza caída hacia un lado contra la ventanilla, la boca abierta de par en par dejando escapar un hilo grueso y constante de baba que le mojaba la camisa ya manchada de cerveza y vómito seco. Sus ronquidos eran profundos, irregulares, casi cómicos en su intensidad. La imagen era patética, degradante… y precisamente esa degradación hacía que a Laura se le humedeciera aún más el coño. Nunca se había sentido tan viva, tan deseada, tan libremente puta.

—No puedo creer que esté haciendo esto… —susurró ella, pero su voz sonó más a invitación que a arrepentimiento.

Alejandro soltó una risa baja y oscura que vibró en el pecho de Laura.

—Pues créelo, guapa. Y esto solo es el calentamiento. Quiero follarte de verdad ahora. Quiero meterte toda esta polla gruesa hasta el fondo y reventarte ese coñito apretado mientras ese cornudo inútil ronca como un animal. Y no aquí dentro… quiero hacerlo fuera. Quiero que el aire frío te roce las tetas mientras te follo contra el taxi. Quiero que puedas gemir más alto sin miedo a despertarlo… aunque, joder, casi deseo que se despierte y vea cómo un hombre de verdad te está dando lo que él nunca ha podido darte, un buen pollon para ese chochete hambriento.

Laura tragó saliva, el pulso acelerado. El morbo era tan intenso que le temblaban las piernas. Asintió lentamente, casi hipnotizada por la voz grave y las promesas sucias de Alejandro.

Él abrió la puerta del conductor con un movimiento decidido y salió al callejón. El aire nocturno de Madrid era fresco, cortante, cargado del olor a asfalto húmedo y basura lejana. Rodeó el taxi con paso seguro y abrió la puerta del copiloto. Extendió su mano grande, de dedos largos y fuertes, y Laura la tomó. Al salir, sus tacones altos resonaron suavemente contra el suelo. El vestido seguía subido, el coño expuesto y brillante de humedad, las bragas aún colgando de un tobillo. Alejandro la atrajo hacia sí inmediatamente, pegando su cuerpo enorme y musculoso contra el de ella. Laura sintió la polla, ya completamente dura de nuevo, presionando gruesa y caliente contra su vientre.

La besó con brutalidad posesiva, devorándole la boca, metiendo la lengua hasta el fondo mientras sus manos grandes le apretaban las nalgas desnudas, separándolas, explorando. Uno de sus dedos gruesos rozó el ano fruncido de Laura, haciendo que ella diera un respingo de sorpresa y placer.

—Este culito también me lo voy a follar más tarde —le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo—. Pero ahora quiero ese coño chorreante.

La giró con fuerza, poniéndola de cara contra la ventanilla trasera del taxi. Laura apoyó las palmas de las manos en el cristal frío. Desde allí tenía una vista perfecta del interior iluminado débilmente: Carlos dormido, la boca abierta, la baba cayendo, la bragueta medio abierta. Alejandro se pegó a su espalda, levantándole el vestido hasta por encima de las caderas. Le separó las piernas con una rodilla musculosa y frotó la cabeza gruesa y bulbosa de su polla contra los labios hinchados y resbaladizos del coño de Laura, lubricándola con sus propios jugos.

—Mira a tu novio, —gruñó Alejandro contra su nuca, una mano enredada en su pelo negro ondulado tirando de él para arquearle la espalda—. Mira cómo duerme como un puto inútil mientras yo te voy a destrozar el coño contra mi propio taxi. ¿Te excita eso? ¿Te pone cachonda ser mi puta mientras él ronca a medio metro?

—Sí… Dios, sí… me pone muchísimo —jadeó Laura, empujando el culo hacia atrás, desesperada por sentirlo dentro.

Alejandro no la hizo esperar. Agarró su polla por la base y empujó con fuerza. La cabeza gruesa forzó la entrada, estirando los labios vaginales al límite. Laura soltó un gemido largo y ahogado, mordiéndose el labio inferior hasta casi hacerse sangre. Centímetro a centímetro, la verga enorme, venosa y caliente fue abriéndose paso dentro de ella, llenándola como nunca la habían llenado. Cuando las pelotas pesadas y cargadas chocaron contra su clítoris hinchado, Alejandro soltó un gruñido profundo de satisfacción.

—Joder… qué coño más apretado y caliente tienes. Te está tragando toda la polla, guapa. Tu novio debe tener una polla de niño comparada con esto. Siente cómo te lleno hasta el fondo.

Empezó a follarla con embestidas profundas y controladas al principio, saliendo casi completamente para volver a entrar con fuerza. Cada golpe hacía que las tetas de Laura rebotaran contra el cristal frío de la ventanilla, dejando marcas de vaho con su aliento agitado. El sonido húmedo y obsceno de piel contra piel resonaba en el callejón silencioso: clap, clap, clap, mezclado con los ronquidos graves de Carlos que seguían llegando desde el interior.

Alejandro aceleró el ritmo progresivamente. Sus caderas fuertes chocaban contra el culo redondo de Laura con impactos secos y brutales. Una mano grande le agarró el pelo con más fuerza, tirando de su cabeza hacia atrás mientras la otra le rodeaba la garganta, apretando lo justo para hacerla sentir dominada.

—Gime para mí —ordenó con voz ronca—. Quiero oír cómo te gusta que te folle un hombre de verdad. Dile en silencio a ese cornudo de ahí dentro que su novia es ahora mi puta particular.

—Ahhh… joder… Alejandro… tu polla es enorme… me estás rompiendo… —gemía Laura, las uñas arañando el cristal, las piernas temblando—. Más fuerte… por favor… rómpeme el coño…

Él obedeció con gusto. Las embestidas se volvieron más salvajes, más profundas. El taxi se mecía ligeramente con cada impacto. Laura sentía cada vena gruesa de la polla rozando sus paredes internas, la cabeza bulbosa golpeando contra el fondo de su útero con precisión brutal. Su coño chorreaba abundantemente, los jugos transparentes le caían por los muslos y goteaban al suelo del callejón formando pequeños charcos.

Alejandro la giró de repente sin sacarla, levantándola en brazos como si no pesara nada. La sentó sobre el capó del taxi, aún tibio por el motor. Le abrió las piernas al máximo, casi hasta el punto de doler, y se colocó entre ellas. Volvió a penetrarla de un solo empujón brutal, mirándola directamente a los ojos mientras lo hacía.

—Quiero verte la cara mientras te lleno —gruñó, follándola con embestidas cortas y potentes que hacían que todo el cuerpo de Laura rebotara sobre el capó—. Quiero que mires cómo te follo como una zorra barata en el capó del taxi mientras tu novio ronca dentro como un animal.

Laura se agarraba desesperadamente a sus hombros anchos y musculosos, las uñas clavándose en la camisa blanca. Sus tetas rebotaban violentamente con cada golpe de cadera. Alejandro bajó la cabeza y atrapó uno de los pezones entre sus labios, chupándolo con fuerza salvaje, mordiéndolo, tirando de él con los dientes mientras seguía penetrándola sin piedad. El dolor mezclado con el placer era enloquecedor.

El primer orgasmo llegó como un tsunami. Laura convulsionó violentamente, el coño apretando la polla como un puño caliente y mojado, soltando un chorro potente de squirt que empapó el capó, los pantalones de Alejandro y parte del suelo. Gritó contra el pecho de él, intentando ahogar el sonido mordiendo la tela de la camisa, pero el gemido salió ahogado y gutural.

—Así, buena puta… córrete en mi pollon —gruñó Alejandro sin detener sus embestidas, follándola a través del orgasmo, prolongándolo hasta que Laura pensó que se desmayaría.

Cuando las convulsiones de ella empezaron a remitir, Alejandro la bajó del capó con rudeza pero controlada. La giró de nuevo y la puso de pie contra la ventanilla trasera, esta vez de lado, levantándole una pierna y apoyándola contra el lateral del taxi. Volvió a meterle la polla desde atrás con un golpe seco, follándola con embestidas cortas y profundas que hacían que su clítoris rozara constantemente contra el cristal frío.

—Mira a tu novio otra vez —le susurró al oído, una mano apretándole la garganta desde atrás, la otra frotándole el clítoris hinchado con movimientos rápidos y expertos—. Mira cómo sigue babando y roncando mientras te estoy destrozando el coño. Dile que eres mi zorra ahora. Que prefieres mi polla gruesa a su polla de mierda.

Laura miraba el interior del taxi con los ojos vidriosos y desenfocados por el placer. Carlos seguía allí, completamente inconsciente, la baba acumulándose en un charco, la mancha en los pantalones más visible. La humillación era tan intensa y deliciosa que provocó otro orgasmo inmediato, aún más fuerte que el anterior. Su coño se contrajo violentamente alrededor de la polla de Alejandro, ordeñándola, soltando más jugos que chorrearon por sus muslos.

Alejandro aguantó unos segundos más, gruñendo como un animal. Luego, con un rugido bajo y contenido que vibró contra la espalda de Laura, empujó hasta el fondo y se corrió dentro de ella. Chorros calientes, espesos y abundantes de semen le inundaron el útero y la vagina. Laura sintió cada pulsación, cada disparo potente llenándola hasta rebosar. Parte del semen blanco y cremoso empezó a salir inmediatamente alrededor de la polla aún enterrada, chorreando por sus muslos en hilos gruesos y visibles.

Él se quedó unos largos segundos dentro de ella, palpitando, vaciándose por completo. Luego sacó la polla lentamente con un sonido húmedo y obsceno. Un torrente de semen mezclado con los jugos de Laura salió de su coño abierto, bien follado y rojo, cayendo al suelo del callejón en goterones pesados.

Alejandro la giró hacia él, la besó en la boca con posesión brutal y le susurró contra los labios:

—Esto sigue, guapa. Vamos a subir otra vez al taxi… y te voy a follar más antes de dejarte en tu portal. Quiero que subas a casa con el coño rebosando de mi leche, oliendo a sexo y a hombre de verdad, mientras tu novio sigue sin enterarse de nada.

Laura, con las piernas temblando como gelatina, el semen chorreándole abundantemente por los muslos, el vestido arrugado y sucio, y una sonrisa morbosa y satisfecha en los labios, asintió sin decir una palabra.

Volvieron al interior del taxi. Carlos seguía exactamente en la misma posición, roncando como si el mundo no existiera.

Alejandro arrancó el motor y comenzó a conducir lentamente hacia el portal, pero su mano derecha ya estaba de nuevo entre las piernas de Laura, jugando con su coño lleno y goteante de semen, preparándola para la siguiente ronda.

La noche, definitivamente, aún no había terminado.

El taxi rodaba a velocidad mínima por la calle, casi arrastrándose bajo la luz amarillenta de las farolas. Alejandro mantenía una mano firme en el volante, pero la otra estaba completamente ocupada entre las piernas de Laura. Dos de sus dedos gruesos y largos entraban y salían con lentitud deliberada del coño de ella, removiendo la crema espesa y caliente que él mismo había descargado dentro en las ronda anterior. El sonido era claramente audible: un chapoteo húmedo y obsceno que se repetía cada vez que los dedos se hundían hasta los nudillos y volvían a salir cubiertos de una mezcla blanca y viscosa. Hilos de semen le corrían por el interior de los muslos, manchando el cuero del asiento del copiloto y dejando pequeñas gotas que brillaban bajo la luz tenue del salpicadero.

Laura tenía las piernas abiertas todo lo que el espacio reducido del coche permitía. El vestido negro corto estaba arrugado y subido hasta la cintura como un cinturón inútil, las bragas de encaje negro abandonadas en el callejón completamente empapadas. Sus pechos seguían medio fuera del escote, los pezones hinchados y enrojecidos por las mordidas anteriores. Respiraba agitada, con la cabeza apoyada contra el reposacabezas, los ojos entrecerrados de placer y morbo. Cada vez que los dedos de Alejandro giraban dentro de ella, removiendo la carga espesa, Laura soltaba un gemidito bajo que intentaba contener pero que se le escapaba inevitablemente.

—Joder, cómo te chorrea —gruñó Alejandro con voz grave y ronca, sacando los dedos un momento para mostrárselos. Estaban cubiertos de una pasta blanca y cremosa que goteaba en hilos largos—. Mira esto, guapa. Una carga bien espesa dentro de ese coñito. Estás completamente llena de semen de otro hombre. Y tu novio sigue ahí atrás roncando como un puto cerdo, sin enterarse de nada.

Laura miró hacia el asiento trasero. Carlos estaba desplomado contra la ventanilla, la boca abierta de par en par. Sus ronquidos eran graves, irregulares y potentes, como los de un animal grande y ebrio.

El portal del número 47 apareció a la vista, a solo unos cuarenta metros. Alejandro detuvo el taxi justo enfrente, en doble fila, y activó las luces de emergencia. El motor quedó en punto muerto, ronroneando suavemente. La calle estaba completamente vacía a esas horas; ni un alma, ni un coche, solo el silencio roto por los ronquidos lejanos de Carlos.

Alejandro se giró hacia Laura con esa sonrisa peligrosa y arrogante que le marcaba la mandíbula cuadrada.

—Bájate del coche —ordenó con voz baja pero firme—. Quiero follarte una última vez antes de que subas a casa. Quiero que entres en tu piso con el coño tan lleno y tan abierto que tengas que ir al baño nada más llegar para que no te chorree todo por las piernas.

Laura dudó apenas un segundo. El corazón le latía desbocado, la mezcla de vergüenza, excitación y venganza era demasiado potente. Asintió y abrió la puerta. Al salir al aire fresco de la madrugada, el semen que ya le bajaba por los muslos se enfrió rápidamente, produciéndole un escalofrío mezclado con placer. Sus tacones resonaron suavemente contra la acera. El vestido seguía subido, el coño expuesto y goteante.

Alejandro salió también, rodeó el coche con paso decidido y la tomó por la cintura con sus manos grandes y fuertes. La empujó contra la puerta principal del portal, de madera oscura y gruesa con paneles de cristal. La espalda de Laura chocó contra la superficie fría. Alejandro se pegó inmediatamente a ella, levantándole una pierna y rodeándosela con su brazo musculoso, abriéndola completamente.

—Aquí mismo, contra tu propio portal —gruñó, desabrochándose los pantalones con una mano mientras con la otra le apretaba una teta—. Mientras tu novio duerme a solo tres metros dentro del taxi.

Laura miró hacia el coche. Desde esa posición se veía perfectamente la silueta de Carlos desplomado. Alejandro sacó su polla otra vez: seguía enorme, gruesa, venosa y brillante de los restos de semen y jugos anteriores. Frotó la cabeza bulbosa contra los labios hinchados y abiertos del coño de Laura, mezclando los fluidos, lubricándola con su propia crema.

—Pídemelo como la puta que eres esta noche —susurró contra su cuello, mordiéndole la piel sensible.

—Fóllame… por favor, Alejandro… métemela otra vez… lléname más —jadeó Laura, la voz temblorosa y cargada de deseo.

Alejandro empujó con fuerza. La polla gruesa entró de un solo golpe hasta el fondo, estirándola al límite y haciendo que Laura soltara un gemido largo y ahogado que resonó en la calle silenciosa. Empezó a follarla de pie contra la puerta, con embestidas profundas, lentas y potentes que hacían que su culo golpeara rítmicamente contra la madera. Cada impacto producía un sonido seco y carnal: clap… clap… clap.

Las tetas de Laura rebotaban dentro del vestido medio bajado. Alejandro bajó la cabeza y atrapó un pezón entre sus labios, chupándolo con fuerza salvaje, mordiéndolo y tirando de él mientras seguía penetrándola sin piedad. Su mano libre le apretaba la otra teta, pellizcándole el pezón con los dedos.

—Eres mi puta ahora —gruñó contra su pecho, acelerando el ritmo de las embestidas—. Cada vez que ese inútil de novio tuyo intente follarte vas a acordarte de cómo te reventó el coño un taxista contra la puerta de tu casa mientras él dormía la mona como un cornudo patético y baboso.

Laura se agarraba desesperadamente a sus hombros anchos, las uñas clavándose en la camisa blanca. Sus gemidos eran cada vez más altos, menos controlados. El morbo de estar siendo follada literalmente en la entrada de su edificio, con su novio visible dentro del taxi aparcado justo delante, era casi insoportable de tan intenso.

Alejandro la giró de repente sin sacarla, poniéndola de cara contra el cristal del portal. Laura apoyó las palmas de las manos en el vidrio frío y empañado por su aliento. Desde esa posición podía ver su propio reflejo deformado por el placer: la cara roja, la boca abierta, los ojos vidriosos. Y detrás, en el reflejo lejano, el taxi con la figura inerte de Carlos.

Alejandro le levantó el vestido por detrás, le separó las nalgas con las manos y volvió a penetrarla con un golpe seco y brutal. La follaba ahora desde atrás, una mano en su cadera y la otra rodeándole la garganta desde atrás, apretando lo justo para hacerla sentir dominada y poseída.

—Mira tu reflejo en el cristal —le ordenó al oído, mordiéndole el lóbulo de la oreja—. Mira cómo te follan como a una zorra barata en la puerta de tu casa. Mañana cuando bajes con tu novio a tirar la basura o a comprar el pan, vas a pasar por aquí mismo y vas a acordarte de que te corríste gritando con una polla mucho más grande y más dura que la suya.

Las embestidas se volvieron más salvajes, más profundas.

Laura sentía la polla golpeando contra el fondo de su útero una y otra vez, removiendo todo el semen anterior y creando más crema espesa que le chorreaba abundantemente por los muslos, manchando sus zapatos y el suelo del portal.

Otro orgasmo se acercaba a toda velocidad. Laura sentía cómo se le tensaban los músculos, cómo el clítoris le palpitaba con cada impacto.

—Voy a correrme otra vez… joder… me corro… —gimió ella, la voz entrecortada y rota.

—Córrete, preciosa —gruñó Alejandro, frotándole el clítoris con dos dedos mientras seguía follándola sin piedad—. Córrete mientras miras a tu novio dormido en el taxi. Córrete sabiendo que estás llena de semen de otro.

Laura explotó con violencia. Su coño se contrajo alrededor de la polla como un puño caliente y mojado, ordeñándola con espasmos intensos. Gritó contra el cristal, el cuerpo convulsionando, las piernas temblando tanto que casi se cae. Alejandro la sostuvo con fuerza y siguió embistiendo a través del orgasmo, prolongándolo hasta que Laura pensó que se desmayaría de placer.

Cuando las convulsiones de ella empezaron a remitir, Alejandro aguantó solo unos segundos más. Con un rugido bajo y animal, empujó hasta el fondo y se corrió por tercera vez dentro de ella esa noche.

Chorros calientes, espesos y abundantes inundaron su útero ya saturado. Laura sintió cada pulsación, cada disparo potente llenándola hasta rebosar. El exceso de semen salió inmediatamente alrededor de la polla aún enterrada, cayendo en goterones pesados y visibles sobre el suelo del portal.

Alejandro se quedó unos largos segundos dentro de ella, palpitando, vaciándose por completo. Luego sacó la polla lentamente con un sonido húmedo y obsceno. Un torrente blanco y espeso brotó del coño abierto, rojo e hinchado de Laura, chorreando sin control por sus muslos, sus botas y el suelo. El olor a sexo era intenso, denso, inconfundible.

Él se guardó la polla aún goteante dentro de los pantalones y la besó en la nuca con posesión.

—Sube a casa ahora —susurró contra su piel sudorosa—. Sube con el coño rebosando de mi leche. Cuando ese inútil se despierte mañana con resaca y quiera follarte, quiero que todavía huelas a mí y que sientas cómo te chorrea mi semen mientras él te mete su polla ridícula.

Laura, con las piernas temblando como gelatina, el vestido arrugado y sucio, el pelo revuelto, la cara roja y el coño goteando visiblemente, asintió sin decir una palabra. Se bajo el vestido como pudo; la tela quedó inmediatamente empapada, pegajosa y translúcida. Dio un último vistazo al taxi: Carlos seguía exactamente en la misma posición, roncando como si nada hubiera ocurrido en el mundo.

Entró en el portal tambaleándose ligeramente y empezó a subir las escaleras. Cada escalón hacía que más semen le bajara por los muslos, dejando un rastro húmedo. Sentía el coño hinchado, usado, completamente lleno y abierto. Una sonrisa morbosa, satisfecha y vengativa se dibujó en sus labios mientras subía.

Alejandro se subió de nuevo al taxi, aún con la polla medio dura y el olor a sexo pegado a la piel. Cerró la puerta con un golpe suave y miró por el retrovisor. Carlos seguía desplomado en el asiento trasero, roncando como un cerdo con la boca abierta y un charco de baba brillando bajo la luz interior.

El taxista sonrió con malicia, encendió la luz del techo y dio dos fuertes palmadas en el hombro del novio.

—Eh, chaval. Despierta.

Carlos soltó un gruñido gutural y abrió los ojos con dificultad. Tenía la mirada perdida, los párpados hinchados y la resaca ya golpeándole la cabeza como un martillo.

—¿Qué… qué pasa? —balbuceó, intentando incorporarse. La baba le colgaba de la barbilla.

Alejandro se giró en el asiento del conductor, apoyando un brazo musculoso en el respaldo. Su voz grave y tranquila sonó con un tono entre profesional y burlón.

—Tu novia ya ha subido a casa, tío. La dejé en el portal. Estaba bastante enfadada contigo, la verdad. Me dijo que te ibas a enterar mañana.

Carlos parpadeó varias veces, intentando procesar la información. Se limpió la baba con el dorso de la mano y miró alrededor, desorientado.

—¿Laura…? ¿Dónde coño está Laura?

—Arriba, ya te lo he dicho —contestó Alejandro con paciencia fingida—. Me costó un huevo meterte en el coche y ayudarla a llevarte hasta aquí. Casi te dejo tirado en la acera, pero ella insistió. Menuda noche le has dado, eh.

Carlos se pasó la mano por la cara, gimiendo de dolor de cabeza.

—Joder… la cabeza me va a reventar… ¿Cuánto te debo?

Alejandro sacó el taxímetro con calma y leyó la cifra en voz alta, añadiendo un pequeño extra por la espera.

— Solo 30 eurillos, te hago un descuentillo porque sois una pareja simpática.

Carlos rebuscó torpemente en los bolsillos del pantalón, sacó la cartera y le entregó un billete de cincuenta.

—Quédate el cambio… —murmuró, aún medio dormido.

Alejandro cogió el dinero y lo guardó sin prisa. Luego se giró completamente hacia él, mirándolo fijamente con esos ojos oscuros y penetrantes.

—Oye, un consejo de hombre a hombre —dijo con tono bajo y serio—. Cuida mejor a tu chica. Esta noche estaba muy cabreada. Muy cabreada y… muy guapa. No sé si te das cuenta de la suerte que tienes.

Carlos soltó una risa estúpida y ebria.

—Bah… ya se le pasará… siempre se le pasa… dijo Carlos sin sospechar que durante el trayecto ese simpático taxista le había llenado la boca de semen a su novia y el coño en dos ocasiones.

Alejandro sonrió de medio lado, esa sonrisa lobuna que escondía todo lo que acababa de hacer con Laura contra la puerta del portal.

—Claro… seguro que sí —respondió con ironía apenas disimulada—. Buenas noches, chaval. Que descanses la mona.

Carlos abrió la puerta del taxi como pudo y salió tambaleándose hacia el portal. Apenas conseguía mantener el equilibrio. Alejandro lo observó desde el asiento, viendo cómo intentaba meter la llave en la cerradura tres veces antes de acertar.

Cuando la puerta del edificio se cerró detrás del novio, Alejandro soltó una carcajada grave y profunda. Arrancó el motor, apagó las luces de emergencia y se alejó calle abajo.

En su cabeza aún resonaban los gemidos de Laura, el sonido húmedo de su polla entrando en ella y la imagen de su coño chorreando semen mientras subía las escaleras.

—Pobre cornudo —murmuró para sí mismo, sonriendo—. Ni se imagina lo que acaba de pasar en su propio portal.

Y siguió conduciendo hacia la noche de Madrid, con el olor de Laura todavía impregnado en los dedos y en los asientos del taxi.