Xtories

Caminos cruzados con mi cuñadita

Ricardo tiene un plan perfecto: su esposa viaja sola, su cuñada está sola en casa y él tiene la moto lista. Pero antes de cruzar la frontera hacia el pecado, debe asegurar que nadie lo detenga. ¿Estás listo para ver cómo se tejen las redes del deseo prohibido?

Arantza Urbiola11K vistas8.3· 7 votos

Relato anterior: El juego de la piscina con mi cuñadita

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La mañana amaneció clara y fresca en Madrid. Arantza se sentó en la mesa del desayuno, mirando por la ventana y jugueteando con su taza de café.

—Ricardo, estaba pensando… quizá podríamos ir a ver a mis padres este fin de semana —dijo con tono cuidadoso—. Hace meses que no vamos.

Él le dedicó una media sonrisa, estirando las piernas bajo la mesa. —Navarra… no es que me entusiasme demasiado, lo sabes —respondió despacio—. Siempre los mismos caminos, el aire frío, los comentarios de mi madre…

—Solo serían un par de días —replicó Arantza, intentando que su voz sonara firme—. Me haría ilusión que me acompañaras.

Ricardo la miró, pensando en cómo equilibrar sus ganas de quedarse en Madrid con su deseo de complacerla.

—Bueno… podemos pensarlo —dijo—. No te prometo nada todavía.

Ella se levantó y empezó a recoger la mesa, dejando entrever su decepción. —Siempre es “lo pensamos” contigo… me gustaría que decidiéramos juntos.

Él se levantó para ayudarla, aunque con calma, mientras ella abría la ventana para que entrara el aire de la mañana.

—No es que no quiera ir contigo —dijo, suavizando el tono—. Quizá podría ser divertido, si nos organizamos bien.

Arantza sonrió, notando cómo la actitud de Ricardo iba cediendo poco a poco.

—Sí, solo un par de días. Comemos allí, paseo por el pueblo, recuerdos…

Él asintió, mientras revolvía el café con la cuchara, fingiendo desinterés y al tiempo disfrutando del tono insistente de Arantza.

—Está bien, podríamos intentarlo —dijo al fin—. Pero no te prometo que no me aburra un poco.

—No importa —respondió ella—. Solo quiero estar contigo y que veas cómo están mis padres.

Durante varios días, siguieron hablando de los preparativos. Arantza buscaba convencerlo, mencionando los platos que le gustaban a su madre, la ruta por el campo, y la tranquilidad del pueblo. Ricardo escuchaba, y a veces asentía con interés genuino, otras con el típico aburrimiento fingido que ella ya conocía.

—Podríamos salir temprano y aprovechar el viaje para ver el valle antes de que oscurezca —sugirió Arantza—. Además, el otoño allí es precioso.

Él sonrió, imaginando las colinas doradas y el aire frío. —Vale… me parece bien —dijo, cediendo definitivamente—. Pero solo si tú prometes que no será un viaje aburrido.

Arantza se acercó y le rozó la mano, feliz de que finalmente accediera. —Prometido. Será agradable, ya verás.

Un día, mientras revisaba unos correos, recibió la llamada de su madre. Hablaron de la familia, de los quehaceres de la huerta y de algunas anécdotas triviales de amigos y vecinos. Entre risas, su madre mencionó de pasada que Antonio tendría que viajar unos días por trabajo, por lo que Eva se quedaría sola en casa durante ese tiempo. Lo dijo sin mayor importancia, casi como un comentario casual en medio de la conversación.

Ricardo colgó y se recostó en el sofá, pensando en el comentario. Para él, la idea le abrió posibilidades interesantes, un pequeño hueco para explorar algo que había quedado pendiente desde la tarde de la piscina con Eva. No dijo nada a Arantza, y su expresión permaneció neutra, como si aquel detalle no le afectara, mientras su mente ya comenzaba a Evaluar los planes en silencio.

Se acercó a Arantza, posando una mano sobre su hombro. —Verás… creo que es mejor que tú vayas a Navarra como habíamos planeado inicialmente. Yo aprovecharé para ver a mis padres —explicó con calma, sin entrar en detalles—. Creo que mi madre se siente un poco sola.

Arantza arqueó una ceja, ligeramente molesta, aunque sin dramatismo. —Ah… bueno, si lo dices tú —respondió, recogiendo los últimos objetos para el viaje—. Supongo que tendré que ir sola, entonces.

Se sintió algo más convencida cuando el informático, tras mirarla a los ojos, la besó con una dulzura que pronto se transformó en deseo.

—Sólo esta vez— dijo entrecortadamente, a la vez que sus manos tomaban ambos pechos, liberándolos de la ropa.

Ella ayudó retirandose la blusa y él se amorró a uno de sus pezones, que se endureció al instante, haciendo las delicias de la navarra, que le miraba con una mezcla de placer y picardía.

Sus senos eran redondos y generosos, de una palidez suave interrumpida únicamente por sus pezones rosados y sensibles. Para Ricardo, eran un símbolo de su feminidad y entrega, una parte de su cuerpo que siempre le había resultado hipnótica por su plenitud y por la forma en que Arantza se enorgullecía de ellos, ofreciéndoselos con una mezcla de picardía y devoción absoluta.

Él continuó la succión con ritmo pausado y profundo, mientras su mano acariciaba la otra teta, apreciando su peso y suave textura, apretándola a placer. Arantza arqueó la espalda, emitiendo un gemido bajo.

—Haré lo que quieras, Ricar, me estás volviendo loca.

Ricardo alternó entre ambos pechos, dedicándoles una atención minuciosa y reverente. Su boca y lengua trazaban círculos, tiraban suavemente, cubrían cada centímetro de piel sensible; sus dientes la mordisqueaban con la fuerza justa, mientras sus manos descendían hacia la abertura de su entrepierna. Allí, sus dedos se deslizaron con metódica suavidad, acariciando su clítoris ya hinchado y sus labios humedecidos, sincronizando cada caricia con los tirones de su boca en sus pezones. La combinación era abrumadora para Arantza, que se dejó llevar por las sensaciones, jadeando, con los ojos cerrados y las manos aferradas a los cojines.

Pronto, el placer acumulado alcanzó un punto crítico. Con un grito ahogado y profundo, Arantza llegó al orgasmo, un estallido de calor que la recorrió entera, haciendo que su cuerpo convulsionara en oleadas bajo las manos y la boca de Ricardo. Él no cesó sus movimientos hasta que el último espasmo la abandonó, observando con satisfacción cómo se deshacía en placer. Solo la dejó descansar unos segundos.

Despues agregó con suavidad, intentando leer la expresión de Ricardo.

—Entiendo que quieres pasar tiempo con los tuyos. Me gustaría que vengas la próxima vez también con los míos

Él sonrió suavemente, acariciándole la mejilla.

—Prometido. No es que no quiera acompañarte, pero creo que así será mejor esta vez.

Ella asintió, conteniendo un ligero atisbo de decepción que no quiso mostrar.

—De acuerdo, haremos eso. Solo… cuida de tus padres, ¿vale? —susurró, bajando la voz.

—Lo haré —respondió Ricardo, con un guiño ligero—. Tú disfruta del viaje, verás que te va a gustar.

Mientras Arantza empezaba a hacer la maleta, Ricardo la observaba, sintiendo una mezcla de satisfacción y anticipación.

El resto del día transcurrió en preparativos silenciosos, con Arantza emocionada por el reencuentro familiar y Ricardo dejando que la intriga y sus propios deseos se mezclaran en su mente. Mientras ella cerraba la cremallera de la maleta, él tomó su teléfono y sonrió levemente al imaginar los próximos días, sabiendo que algunas historias aún estaban lejos de cerrarse.

Ricardo escribió un mensaje corto, medido, dejando que la insinuación hablara por sí misma:

"Parece que habrá unos días tranquilos en tu casa… alguien podría aprovecharlos."

Lo envió sin añadir nombres, dejando que la provocación flotara.

En Valladolid, Eva recibió la notificación mientras hojeaba la agenda familiar. Había hecho planes con sus padres y con amigas para los próximos días, pero la mezcla de curiosidad y excitación al leer el mensaje le hizo detenerse.

—¿Qué…? —murmuró, con un escalofrío recorriendo su espalda—. Esto suena demasiado… interesante.

Pensó en su agenda y luego suspiró. La sensación de lo prohibido, el recuerdo del beso en la piscina y la tensión que Ricardo siempre despertaba, pesaban más que cualquier otro compromiso.

Decidió cancelar la comida con sus padres, posponer llamadas con amigas y dejar los mensajes de trabajo para más tarde. Su corazón latía rápido mientras organizaba su disponibilidad para Ricardo.

Mientras tanto, Ricardo seguía en Madrid, observando la pantalla en blanco unos segundos antes de que su móvil vibrara con la respuesta de Eva:

"Estaré libre… solo para ti."

Un medio sonrisa se dibujó en su rostro. Todo estaba dispuesto para que pudiera encontrarse con ella sin interferencias.

Ricardo permanecía remoloneando en la cocina, con el café aún humeante frente a él, mientras Arantza se calzaba y bajaba al garaje.

—Bueno, voy a darle una pasada a la moto antes de salir —dijo ella, con el pelo recogido y la mochila lista para el tren.

Poco después, ambos salieron al exterior. Arantza se montó detrás de él en la moto, abrazando su cintura mientras el motor rugía suavemente bajo ellos. La brisa matinal revolvía su coleta y el casco reflejaba la luz del sol.

—¿Lista para el viaje a Chamartín? —preguntó Ricardo, ajustándose las gafas de sol.

—Sí, vamos —respondió ella, con un ligero temblor de anticipación en la voz, mezclado con emoción.

El trayecto fue rápido y tranquilo. Arantza se aferraba a él con firmeza, disfrutando de la sensación del viento y del calor de su cuerpo pegado al suyo. No necesitaban hablar; la confianza y la cercanía hablaban por ellos.

Al llegar a la estación, Ricardo aparcó la moto frente a la entrada y ayudó a Arantza a colocarse la mochila correctamente sobre los hombros.

—Ahí está —dijo señalando una mancha en la parte baja de la moto que había pasado por alto antes—. Mejor que la limpies antes de irte.

Arantza suspiró con resignación y se inclinó de nuevo, limpiando con cuidado la pequeña suciedad frente a los ojos de la gente que pasaba. Algunos lanzaban miradas curiosas, y ella se sintió ligeramente expuesta, aunque concentrada en su tarea. Cuando terminó, se incorporó con rapidez y le dedicó a Ricardo un beso breve y tierno de despedida.

—Cuídate mucho —dijo él, bajando la voz mientras la rodeaba con un brazo por los hombros.

—Tú también —respondió ella, apoyando la cabeza en su pecho por un instante antes de separarse.

Se miraron durante unos segundos y luego se despidieron con un beso más profundo y cálido, cargado de complicidad. Arantza subió al andén y se acomodó en su asiento, mientras él la observaba alejarse entre la multitud.

Con la despedida cumplida, Ricardo se giró, volvió a la Honda y arrancó el motor. Su destino ahora era Valladolid, y el viaje se sentía largo y prometedor, lleno de anticipación.

Ricardo llegó a la gasolinera, estacionando la Honda junto a la isla de repostaje. El sol de media mañana iluminaba el asfalto y el motor negro brillaba bajo la luz, reflejando la perfección de sus líneas. Decidió aprovechar para tomar un café antes de continuar hacia Valladolid.

El bar olía a café recién molido y a fritura ligera de cocina de carretera. Detrás de la barra, Lola destacaba con su aire desenfadado: la melena suelta, brillando bajo los fluorescentes, y un perfume dulce que flotaba a su alrededor cada vez que se inclinaba para atender. No necesitaba uniformes ceñidos ni artificios; era su manera de mirar, esa mezcla de confianza y juego, lo que atrapaba la atención. Al ver entrar a Ricardo, ladeó la cabeza y le regaló una sonrisa cargada de complicidad, como si lo hubiera estado esperando.

—Vaya, hola, Ricardo —dijo, inclinándose ligeramente mientras servía las bebidas—. ¿Qué tal la pelirroja? ¿Ha dejado la moto como nueva?

Ricardo apoyó los brazos en la barra, observándola con interés mientras inhalaba un leve aroma que le aceleró el pulso.

—Sí, la pelirroja se encargó de dejármela impecable antes de salir de Madrid —respondió, dejando escapar una sonrisa ladeada—. Pero no me importaría que tú le dieras un repasito ahora mismo. Te estaría muy agradecido.

Ella rió suavemente, disfrutando del juego de insinuaciones, mientras Ricardo se recostaba un poco, disfrutando del aroma, la calidez de su mirada y la tensión juguetona que flotaba en el aire.

—Está muy limpia —añadió él finalmente, con un guiño—, aunque siempre se puede mejorar.

Lola arqueó una ceja, divertida y consciente del doble sentido.

—Ahora mismo no puedo —dijo, apoyándose en la barra, sus pechos llenaban la camisa del uniforme, cuyo botón parecía a punto de estallar—, tengo mucho trabajo con los pedidos. Pero sí que puedo imaginar cómo dejártela reluciente.

Ricardo sonrió, sin perder el hilo de la broma:

—Está bien, entonces lo dejamos para el domingo, a la vuelta. Te prometo que la propina será buena.

—¿Ah, sí? —replicó Lola, cruzando las piernas bajo la barra con un gesto sugerente—. Tendré que apuntármelo entonces.

Ricardo dejó escapar una sonrisa ladeada, disfrutando del momento sin necesidad de llevar la broma más allá, por ahora. Sabía que pronto continuaría su viaje hacia Valladolid, pero esa pausa le había dejado un recuerdo cálido y un ligero cosquilleo que lo acompañaría en la carretera.

(Continuará) ------------------

Relato basado en mi novela Domesticando a mi cuñadita: ES - US - MX