Xtories

Tras el umbral fragmento

Luis siempre imaginó que ver a su mujer con otro lo excitaría. Pero cuando la realidad se instala en la habitación contigua, el deseo se mezcla con una humillación tan profunda que amenaza con destruir lo que queda de su matrimonio. ¿Podrán sobrevivir al juego una vez que bajan la guardia?

SelenaValente4.1K vistas8.6· 10 votos

Llegaron a una terraza junto al puerto, con luces tenues y música suave. Las mesas estaban separadas lo suficiente como para dar cierta intimidad, y la vista del mar bajo la luna añadía un toque de magia a la noche. Se sentaron en un rincón apartado, y Luis pidió dos gin-tonics.

Sonia cruzó las piernas despacio, consciente de que su falda corta dejaba entrever más piel de la cuenta. Luis la miró fijamente, con esa intensidad que siempre lograba ponerla a prueba.

— Estás preciosa esta noche —murmuró él, recorriéndola con la mirada.

Sonia sonrió y se inclinó hacia él, apoyando el codo en la mesa.

Los gin-tonics llegaron, y Sonia tomó un sorbo, disfrutando del frío del hielo y el sabor amargo de la tónica mezclado con el enebro. Luis la observaba en silencio, esperando a que hablara.

— ¿Sabes? —dijo ella, deslizando un dedo por el borde de su copa—. Esta noche me siento… diferente.

Luis arqueó una ceja.

— ¿Diferente? Como todas estas últimas noches últimamente. ¿No?

Sonia mordió su labio inferior y lo miró con una chispa de atrevimiento en los ojos.

— Más desinhibida. Más consciente de lo que quiero. Me has provocado, y ahora no sabes de lo que puedo ser capaz – le retó.

Luis se inclinó sobre la mesa, sin dejar de observarla.

— ¿Y qué es lo que quieres?

Sonia tomó otro sorbo antes de responder.

— Quiero que sigamos explorando. Quiero que esta noche no se acabe.

Luis sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La miró intensamente, sabiendo que esa noche prometía ser mucho más que una simple salida a tomar algo.

— Entonces terminemos esta copa —dijo él, con voz grave—. Y veamos a dónde nos lleva la noche.

Sonia sostuvo su mirada, disfrutando de la tensión que se había instalado entre ellos. Sabía exactamente a dónde los llevaría aquella noche… y le encantaba.

Entraron en el Barlovento, un pub de varios ambientes al lado de una calita solitaria. Sonaba Quevedo a todo trapo y había bastante gente bailando y tomando algo en la barra y en las mesas.

La música en la discoteca retumbaba con un ritmo envolvente que hacía vibrar el suelo bajo sus pies. Luces neón azules y moradas recorrían la sala, iluminando rostros, bebidas y miradas cargadas de intención.

Dos copas después estaba Sonia bailando en mitad de la pista mientras Luis la observaba excitado. Bailaba seductora buscando atraerle con los brazos, pero él la observaba con media sonrisa sin moverse de la barra. Sonia estaba de espaldas a Luis cuando sintió que dos jóvenes se acercaban a ella. No parecían agresivos ni insistentes, solo intrigados por la mujer atractiva y segura que se movía al ritmo de la música.

Luis, que observaba la escena desde la barra, sonrió con complicidad y deslizó un dedo por la pantalla de su móvil. En ese instante, Sonia sintió una vibración inesperada recorrer su cuerpo, un escalofrío que la hizo respirar hondo y cerrar los ojos por un segundo. Su piel se erizó. Se giró despacio, con la mirada afilada, buscándolo entre la gente. Cuando sus ojos se encontraron con los de él, su expresión era un desafío.

Se acercó con paso firme, dejando atrás a los dos jóvenes sin siquiera dirigirles la palabra. Al llegar a Luis, se inclinó sobre él, lo suficiente para que solo él pudiera escuchar su voz por encima de la música.

— Acabas de abrir la caja de Pandora… —susurró con una sonrisa enigmática.

Luis la miró, divertido, pero con un matiz de expectación en los ojos. Sonia no se apartó. Pasó una mano por su nuca y le susurró de nuevo:

— Espero que estés preparado para lo que eso significa.

— Estate atenta al móvil… – dijo Luis.

Antes de que él pudiera terminar la frase, Sonia se giró y volvió a la pista de baile. Esta vez, se movía con más intención, con más juego. Luis no apartó la mirada de ella ni un segundo. Su vestido corto realzaba cada movimiento de sus caderas, y la manera en que cerraba los ojos y se dejaba llevar por la música hacía que todo a su alrededor se desdibujara. Las luces parpadeantes, generaban que algunas veces la falda fuese totalmente transparente y todo el mundo pudiese ver su figura.

Los dos jóvenes seguían allí, mirándola con una mezcla de deseo y admiración. Sonia lo notó, pero solo le importaba que Luis la estuviera viendo. Que supiera que ella controlaba el juego. Que él había iniciado algo que ya no podía frenar. Sonia se acercó al más alto y empezó a bailar con él.

Luis tomó su copa, pero apenas bebió. No quería perderse ni un solo detalle. Y entonces, cuando Sonia volvió a girarse hacia él con la mirada desafiante, supo que la noche iba a ser dura.

Sonia comenzó a abrazar al chico. Le pasaba las manos por la nuca y por la espalda. Él colocó una de las suyas en su espalda desnuda y la fue bajando hasta colocarla definitivamente en su culo. Siguió bailando sin objetar nada a aquel tocamiento descarado. Ella se giró y le dio la espalda al chico, que sin pensárselo dos veces, comenzó a acariciarle el vientre y los pechos apoyando la barbilla en su hombro. Apretando su pelvis contra ella y comenzando a besarle el cuello. Sonia se dejaba hacer, sabiendo que Luis no sacaba ojo de lo que estaba sucediendo en la pista de baile.

Luis sacó el móvil y le mandó un mensaje. Sonia paró de bailar un momento y le susurró algo al joven. Se quedó en silencio unos segundos, sosteniendo la mirada de Luis, tratando de interpretar lo que le estaba proponiendo.

“Súbetelo a la habitación. Yo estaré allí”

Sonia continuó con la mirada fija en él. Buscaba alguna señal de duda, pero no la encontró. Su expresión era firme, aunque en el fondo de sus ojos había algo más: ¿expectativa?, ¿morbo?, ¿nervios?

“Hazlo” – Insistió.

“Vale…” —contestó ella finalmente.

Luis sintió una punzada en el pecho al leer la contestación. Sabía que esto era un punto de no retorno, pero no retrocedió. Sacó la llave de la habitación y se la mostró levantando la mano.

“La dejaré colocada en la puerta. Yo estaré en la terraza.”

Se levantó sin añadir más. Sonia lo siguió con la mirada mientras se alejaba, su corazón latiendo con fuerza. No podía negar que la idea la excitaba, pero también la abrumaba.

Respiró hondo y volvió a centrarse en su acompañante, el joven que la había estado cortejando. Él no tenía idea de lo que estaba pasando realmente, ni de la conversación muda que Sonia y Luis acababan de tener. Solo veía a una mujer increíblemente atractiva que lo miraba con una intensidad inusual.

— ¿Quieres otra copa? —le preguntó él con una sonrisa confiada.

Sonia le sonrió sensualmente, jugando con el borde del vestido en la zona del escote.

— No… Me termino esta y creo que mejor nos vamos a mi hotel. Tengo ganas de echar un buen polvo. – le dijo

— Eso sería genial. Creo que podré ayudarte con eso. – el joven no daba crédito a lo que le estaba pasando.

20

Mientras tanto, en la terraza Luis apoyó las manos en la barandilla, mirando la ciudad iluminada bajo la noche estrellada de Menorca. La brisa era fresca, pero su piel ardía. Se pasó una mano por la nuca, intentando calmar los pensamientos que se agolpaban en su mente.

¿De verdad estaba preparado para esto? Habían hablado de juegos, de explorar, de cruzar ciertas líneas, pero una cosa era fantasearlo y otra vivirlo. Y, sin embargo, ahí estaba, con el pecho latiéndole fuerte, con el estómago enredado en un nudo de adrenalina y deseo.

Cada segundo que pasaba se hacía más pesado. Miró el teléfono. Ningún mensaje. ¿Qué estaría sintiendo ella en ese momento? ¿Dudaría? ¿Seguiría adelante? Entonces escuchó el sonido de la puerta de la habitación al abrirse.

Sonia se quedó de pie junto a la puerta cerrada, con la llave aún en la mano. Su pulso era un tamborileo descontrolado en sus sienes, y su respiración, aunque silenciosa, era errática. Miró hacia la terraza, donde sabía que estaba Luis. No podía verle, ya que la terraza estaba a oscuras y la luz de la habitación impedía ver hacia fuera, pero podía sentir su presencia.

¿De verdad quería esto? Luis había sido claro. No había habido dudas en su voz ni en su mirada. La había dejado decidir, pero también la había empujado hasta este punto. Y ahora, en el umbral de algo que podía cambiar su relación para siempre, Sonia sentía vértigo.

¿Qué pasaría al día siguiente? ¿Podría mirarle a los ojos sin sentir culpa? ¿Podría él asimilarlo, aunque ahora creyera estar preparado? No se trataba solo de un juego o de una fantasía hecha realidad. Lo que ocurriera esta noche marcaría un antes y un después. No había vuelta atrás.

Se mordió el labio inferior y cerró los ojos un instante. Su cuerpo vibraba de excitación, pero su mente era un torbellino de preguntas sin respuesta. No podía ignorar lo que sentía: miedo, deseo, curiosidad, inseguridad.

Se giró lentamente y apoyó la espalda en la puerta. A través de la terraza, más allá de las cortinas, Luis seguía esperando. ¿Qué estaría pensando en ese momento? ¿Y si él también estaba aterrorizado y solo lo disimulaba?

Sonia respiró hondo y tomó una decisión.

Luis enseguida reconoció al joven de la discoteca. Llevaba una camisa que le marcaba un torso fuerte. Era alto, y ancho de hombros No tendría más de veinticinco años.

Sonia lanzó una mirada hacia la terraza, tal vez buscando que Luis apareciese para detener aquella locura. Luis clavó sus ojos en los de ella, que parecía dudar mientras el joven metía ambas manos por el escote de la espalda hasta tocarle el culo con descaro. Ella continuaba mirando hacia la terraza. Dudaba incómoda.

Luis sacó el teléfono y le mandó otro WhatsApp:

“Continúa. Tienes los condones en el cajón de la mesilla. Úsalos.”

Sonia leyó el mensaje y no atendió a las protestas del joven sobre el uso del teléfono en aquellos momentos. Lanzó una última mirada hacia la terraza, y se abalanzó sobre él. Luis observó cómo reían y ella empezaba a coquetear descaradamente con él. El sonido le llegaba lejano por estar los ventanales cerrados y aunque trató de acercarse un poco más, no quiso tentar a la suerte y ser descubierto.

De todas formas, lo que realmente le importaba era lo que veía. A su mujer en brazos de aquel joven desconocido. Sonia se mostraba en todo su esplendor. Estaba preciosa. Separó al joven y le observó con una mirada fuerte y profunda. Se sacó las sandalias de tacón y sonrió con lascivia al ponerse de rodillas y acariciar con la palma de su mano derecha el bulto que se le marcaba en el pantalón. Él sonreía con autosuficiencia y un gesto ligeramente chulesco. Con lentitud, le bajó los pantalones y los calzoncillos y de pronto una enorme polla, salió disparada como un resorte, y dura como una piedra.

— Guau… —Luis escuchó la exclamación de Sonia. Se le aceleró el corazón. Con sumo cuidado para no hacer ruido, se sentó en una de las sillas de la terraza.

Sonia, se desnudó sensualmente deslizando los tirantes del vestido con indiferencia. Su mirada estaba fija en su amante. No llevaba ropa interior, por lo que él tuvo acceso inmediato a su cuerpo. Con una gran sonrisa, la acarició mientras le decía algo en voz baja que hizo que ambos soltaran una carcajada. Él se sentó en la cama y se terminó de desvestir por completo. Era un chico bastante musculado, de cuerpo atlético, y fibroso.

Sonia, una vez que ambos estuvieron completamente desnudos, acercó su boca a aquella polla enorme y la besó, antes de introducírsela en la boca casi hasta la mitad. Cerró los ojos, y pareció deleitarse con aquel trozo de carne en su boca, saboreándolo.

Luis le mandó un mensaje: “Usa los condones, joder”

Sonia hizo caso omiso del sonido del teléfono. En ese momento el joven la tumbó con la cabeza hacia los pies de la cama, y le metió toda la polla en la boca. Sonia tuvo una arcada, pero aguantó aquella enorme polla que debía rozarle la campanilla. Él se colocó encima de ella, en la posición del sesenta y nueve.

Él movía la pelvis con cuidado, haciendo que aquella polla dura y grande entrase y saliese de su boca. Sonia le acariciaba con la mano derecha los huevos. Estaba gimiendo levemente, con los ojos cerrados, y dejaba que él lamiera su pubis.

Luis observaba como lamía aquella polla. Él joven suspiraba agitado, y se retiró de su pubis. Continuaban hablando en susurros.

— Sigue… Joder, la chupas de puta madre…

Sonia cerró de nuevo los ojos. Luis la contemplaba extasiada dejándose hacer mientras lamía aquel poderoso glande de forma lasciva con la lengua fuera de la boca. Volvió a ponerse de rodillas frente a él, y antes de meterse la polla en la boca hasta el fondo, lanzó una mirada cargada de intensidad hacia la terraza. Empezó a mover la cabeza adelante y atrás para hacerle aquella tremenda follada oral.

Luis se pasó la mano por el pelo. Nunca podría haber imaginado que su mujer pudiera estar chupando así la polla de un desconocido. Con esa ansia llena de excitación; despacio, con absoluto control, disfrutando de cada centímetro que se introducía con cruel y lasciva lentitud.

Volvieron a la posición del sesenta y nueve. Ahora ella estaba encima, y Luis podía ver cómo él lamía con fuerza su coño, como si quisiese meterse dentro. Mordisqueaba sus labios menores y aumentaba su placer presionando con un dedo en el clítoris. Las caderas de Sonia comenzaron a tensarse ligeramente para ayudar en su cunnilingus, ayudando con ese movimiento, al trabajo de él en su vagina y en su ano.

Luis imaginó que le había metido un dedo en el culo, porque Sonia dio un ligero respingo. Ella sonrió, le dijo algo que no escuchó, girando ligeramente la cabeza hacia atrás, y volvió a chupar con frenesí la polla de aquel hombre.

No cabía la menor duda de que Sonia estaba disfrutando de aquello. Luis, a pesar de lo duro de la situación, estaba hipnotizado viendo a su mujer chupando aquella polla, totalmente desnuda y disfrutando de un sexo salvaje con un completo desconocido. No podía desviar la mirada de aquella escena. Sonia continuaba tragándose aquella enormidad con movimientos lentos, lametones que recorrían todo aquel poderoso glande y caricias en los huevos depilados del joven.

Ella se incorporó, manteniendo el pubis en la cara de ese chico que seguía chupando con fruición. Se mesó el pelo y acarició sus tetas. Miró descaradamente hacia la terraza, y vio la silueta de Luis allí fuera. Le pareció ver sus ojos completamente absortos en lo que estaba viendo. Aquella visión fue suficiente. La invadió un fuerte orgasmo. Se corrió, y se dejó caer sobre la cama.

Luis sintió que estaba completamente empalmado. La escena lo martirizaba y lo excitaba a partes iguales.

Unos instantes después, volvió a meterse la polla en la boca. Estuvo un buen rato chupando, engullendo y disfrutando. Hasta que él decidió que era el momento de cambiar. Se movió colocando a Sonia tumbada en la cama. Apuntó con glande la entrada de la vagina, y comenzó a restregársela por sus empapados labios vaginales.

Luis la observó sonreír con absoluto descaro. Se mostraba sin el más mínimo pudor. Él se agachó y la besó en la boca, metiéndole la lengua hasta el paladar. Entonces, aquel desconocido, de forma firme, empujó con las caderas y hundió todo el falo en el cuerpo de Sonia, que suspiró profundamente. Ella echó la cabeza hacia atrás permitiendo que Luis viese su mirada nublada por el placer mientas se sentía penetrada.

Luis se pasó la mano por la frente. Durante unos instantes, tuvo que apartar la mirada. No era fácil dejar de mirar, pero al mismo tiempo, se le hacía una tortura. Sobre todo, cuando sus ojos se cruzaban con los de ella, que parecía desafiarle con cada empujón del joven.

Él le elevó las piernas y las colocó en sus antebrazos, abriéndolas completamente, permitiéndose un acceso total y completo a su coño. En aquella posición, empujó con mayor vigor. Aquella posición permitía que la penetración fuese profunda. A partir de aquel momento, todo se fue desarrollando entre expresiones malsonantes, gemidos de placer y fuertes espasmos de sexo desbocado.

Tras unos instantes, sin cambiar de postura, Sonia se colocó a cuatro patas y le incitó a que la follara en esa postura. Su cara apuntaba hacia la terraza. Mientras el joven se la metía con fuerza, ella se pasó la lengua por los labios, y guiñó un ojo a la oscuridad de la terraza. Pronto se sincronizaron, y los empujones hacia adelante de él se acompasaron con los movimientos hacia atrás de ella. Como en una sinfonía perfectamente equilibrada.

— ¡Qué bien follas joder! —dijo Sonia con un tono ronco, que denotaba el ascenso de su propio placer. No dejaba de mirar hacia la terraza. Retadora, desenfrenada.

Sonrió abiertamente y continuó con sus movimientos alojando toda la longitud y grosor de aquella polla en su coño. La cara era de absoluto deseo. Estaba totalmente entregada.

Luis se levantó, y durante unos instantes les dio la espalda. Empezaba a ser doloroso ver aquella escena. Sonia volvió a correrse unos segundos después, tras unas cuantas acometidas más vigorosas del joven. Él la abrazó haciendo que girase su cara para darle un beso completamente sexual con las lenguas fuera de las bocas. Con un par de fuertes pellizcos en los pezones, Sonia empezó a tener otro orgasmo casi inmediato al anterior.

Ahora ella necesitó unos segundos más para recuperarse. Él sacó la polla, aún tiesa, de su coño y empezó a masturbarse.

En cuando ella se recuperó mínimamente, empezó de nuevo a engullirle el falo. Luis sabía lo que iba a pasar, y durante unos instantes sintió deseos de interrumpir lo que iba a suceder. De pronto, el joven se separó ligeramente de la boca de ella. Se cogió el pene y comenzó a masturbarse. Luis cerró los ojos un momento, pero no pudo evitar ver cómo aquella polla descargaba sobre la cara de Sonia. Fueron tres o cuatro descargas abundantes que empaparon su cara y su pelo. Cuando él terminó ella volvió a introducirse la polla en la boca durante unos segundos limpiando cualquier resto de semen.

Luis acertó a ver cómo su lengua limpiaba de semen el glande de su amante, mientras de su barbilla y mejillas, resbalaban goterones de esperma sobre sus tetas. Sonreía con una cara de puta que a Luis lo estaba matando.

Después de una conversación que no pudo escuchar, Luis vio que el joven se levantaba airado y comenzaba a vestirse. Pudo oír algún insulto sobre la integridad moral de su mujer, pero finalmente la puerta se cerró a sus espaldas.

En cuanto se quedó sola en la habitación, Sonia se levantó de la cama y fue a abrir la puerta de la terraza. Luis estaba sentado con la cabeza entre las manos mirando al suelo. Levantó los ojos y le miró profundamente. Tenía los ojos enrojecidos.

- Por favor, vete a limpiarte su corrida… Todavía estás pringada—dijo Luis sin apenas mirarla a los ojos.

Ella fue consciente y entró corriendo a buscar una toalla.

— Lo siento… —susurró ella, con la voz temblorosa—. Esto no debería haber pasado.

Ella no dijo nada más. Se levantó y caminó lentamente hacia el baño. Luis la vio desaparecer detrás de la puerta y escuchó el agua correr. Se pasó las manos por la cara, tratando de borrar la imagen que tenía clavada en la mente. Se sentó al borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada clavada en el suelo. Sentía el pecho oprimido, como si algo enorme le aplastara las costillas.

Su mujer, con otro hombre. Su mujer, mirándole mientras otro la hacía suya. Su mujer, disfrutándolo.

Cerró los ojos con fuerza, pero la escena no desaparecía. La expresión retadora de Sonia, su boca entreabierta en un gemido, su mirada fija en él. No en el otro, en él. Como si lo estuviera poniendo a prueba, como si estuviera diciéndole sin palabras: “Mírame, Luis. Esto es lo que querías. Esto es lo que me dejaste hacer”.

Cuando ella salió del baño, con la piel enrojecida por la fricción de la toalla, Luis levantó la vista.

— ¿Cómo has podido mirarme de esa manera mientras te follaba otro?

Sonia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

— No sé…

— No digas que no lo sabes, joder. Claro que lo sabes —su voz tembló de rabia contenida—. Lo hiciste a propósito.

— Pensaba que era lo que querías. Joder Luis, me animaste a hacerlo.

— Me sentí presionado, Sonia. Como si no tuviera opción.

Ella lo miró, con los ojos enrojecidos por el llanto.

— ¿Presionado? Luis, yo nunca quise…

— ¡Claro que sí! —la interrumpió, girándose hacia ella con una mezcla de frustración y dolor—. No lo dijiste con esas palabras, pero lo que hiciste fue un ultimátum. Empezaste con lo de la monotonía en nuestro matrimonio, después de la que montaste con Mamen me dijiste que querías continuar explorando una parte de ti recién descubierta. Te pregunté qué pasaría si me negaba a aceptar aquello, y me contestaste, con absoluta frialdad, que una parte importante de ti quedaría incompleta, y que eso sería malo para nuestro matrimonio. ¿Acaso no me dijiste que si no podías explorar esa parte de ti podría traer consecuencias en el futuro? ¿Qué cojones era eso si no una amenaza velada?

Sonia negó con la cabeza, desesperada.

— ¡No fue una amenaza, Luis! Yo solo quería que lo entendiéramos juntos, que no hubiera barreras entre nosotros.

— ¿Barreras? —Luis rió con amargura—. Joder, Sonia… esta noche no rompimos una barrera, la dinamitamos. Y el problema es que ahora no sé cómo coño se reconstruye lo que ha quedado después de la explosión.

Sonia sintió el golpe de esas palabras en el pecho.

— Fue muy duro verte así —confesó con la voz ronca—. Verte… chupándole la polla con toda tu alma, gozando de él mientras me mirabas desafiante. Pero lo peor no fue verte disfrutándolo. Lo peor fue que lo hiciste para que yo lo viera. Para demostrarme algo.

Sonia sintió que el estómago se le encogía.

— No quería hacerte daño…

— Pues duele. Y mucho. Me gustaría saber cómo te sientes.

Sonia tragó saliva. Se incorporó un poco y, por fin, le miró a los ojos.

— Me siento… rara, sucia, confundida, culpable… Todo a la vez.

— Yo también.

— ¿Me odias?

— Déjame pensar, por favor —pidió él, con la voz rota—. Solo dame un puto segundo para ordenar lo que siento. Creí que estaba preparado, pensé que podría manejarlo, que me excitaría. Pero cuando te vi con él… - Hizo una pausa y cerró los ojos con fuerza, como si estuviera reviviéndolo. —Cuando vi cómo te miraba, cómo te tocaba… cuando vi tu cara…

— ¿Mi cara? —susurró Sonia.

Luis la miró con dureza.

— Estabas disfrutando como una loca. Y en ese momento… sentí que me moría por dentro.

Sonia sintió una punzada en el estómago. Frunció el ceño, sintiendo que su tristeza se transformaba en furia.

— ¿Qué se supone que tenía que hacer, eh? ¿Poner cara de asco? ¿Quedarme quieta como una puta muñeca hinchable? ¿Se supone que para que estés contento tengo que simular que no me gusta? Pues lo siento, Luis, pero me gustó. Me folló de maravilla y sí, me corrí como una perra en celo.

Luis apretó los dientes.

— No consigo que lo entiendas, joder… - Se llevó las manos a la cabeza y comenzó a negar. – Es que no…

— ¡Es que, qué, Luis! ¡Dilo! ¡Dilo de una puta vez!

Luis respiró hondo, intentando contener la rabia, pero la bomba ya había explotado.

— ¡Que ni siquiera usaste condón, hostia!

Sonia se quedó helada. —Luis…

— No, no me vengas con mierdas. ¿En qué coño estabas pensando? ¿Cómo cojones te dejas follar por un desconocido sin protección? ¿Eres gilipollas o qué?

Sonia sintió que le ardían las mejillas, de vergüenza, de culpa, de rabia.

— Yo… no pensé…

Luis se llevó las manos a la cabeza, desesperado.

— ¡No pensaste! ¡Pues claro que no pensaste, joder! ¿Y si ese tío tenía algo? Y tú encantada de que se corriese en tu cara. No podías haberle dicho que en la cara no, como me has dicho a mí innumerables ocasiones. No. ¡En toda la cara!

Sonia sintió las lágrimas desbordarse, pero estaba demasiado enfadada para dejarse arrastrar por el llanto.

— ¡La cagué, joder! ¡Pero tú no puedes echarme en cara disfrutar, Luis! ¡Tú estabas ahí! ¡Tú lo permitiste! ¡Tú me empujaste a esto!

— Sí. Yo lo permití. Pero no tenía ni puta idea de lo que ibas a perder el sentido, de que me ibas a llevar a este límite. Una cosa es disfrutar y otra iba a sentir hasta que te vi así. - Luis la miraba con los ojos encendidos. —Sonia, una cosa es disfrutar, ¿vale? Y otra muy distinta es dejarse llevar hasta perder el puto sentido. Hasta ponerte en peligro sin pensar en las consecuencias.

Sonia parpadeó, con el rostro aún húmedo por las lágrimas.

— ¿En peligro?

Luis soltó una risa amarga y negó con la cabeza.

— ¿De verdad no lo ves? ¿De verdad no te das cuenta de lo que hiciste? —La miró fijamente, con un dolor tan crudo en los ojos que a Sonia se le hizo un nudo en el estómago— Y no consigo olvidar tu mirada…

Sonia tragó saliva, sintiendo el peso de sus palabras.

— ¿Cómo te miraba?

Luis se acercó un paso más, sin apartar los ojos de ella.

— Como si me estuvieses retando. Sabías que yo estaba en la terraza y te daba igual lo que yo sintiera, lo que pensara.

Sonia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

— No es cierto…

— ¡Sí lo es! —Luis alzó la voz y después suspiró, pasándose la mano por el pelo—Me mirabas como si me despreciaras. Como si me estuvieras echando en cara que podías hacer lo que te saliera de los cojones sin que yo pudiera decir ni mierda.

Sonia negó con la cabeza, pero la duda se instaló en su mente.

— Luis, no era eso…

— Pues así lo sentí yo.

— Lo siento… —susurró.

Luis río, sin pizca de humor.

— Lo siento, dice…

Se hizo un silencio espeso. Sonia lo miró con los ojos nublados por las lágrimas.

— No quiero que pienses que te desprecio, Luis. No quiero que creas que… que no me importa lo que sientes.

Luis bajó la cabeza, sus hombros tensos.

— Pues lo parecía. Y duele de cojones, Sonia. Me ha dolido más de lo que jamás pensé que algo así me dolería.

El aire pesaba en la habitación.

Sonia quiso acercarse a él, tocarlo, pedirle perdón con las manos, con el cuerpo, con la mirada. Pero algo en la postura de Luis le hizo dudar. No sabía si él estaba listo para dejarse tocar. Para perdonarla. Y eso la aterrorizó.

— Entonces… ¿qué hacemos con esto? —preguntó en voz baja.

Luis se tomó un momento antes de responder.

— No lo sé, Sonia. No quiero ser un hombre celoso, ni posesivo, ni un hipócrita. Pero tampoco quiero ser el tipo que lo acepta todo sin cuestionarlo, porque hoy he sentido cosas que me han hecho daño.

— Pero te repito que tú lo alentaste, Luis. Tú me diste la llave, tú me dijiste que subiera con él.

Luis la miró con los ojos inyectados en rabia y dolor, pero el momento de ira había pasado. Luis se dejó caer en el borde de la cama, apoyando los codos en las rodillas y hundiendo la cara entre las manos.

— No sé qué coño me pasa… —murmuró con la voz rota.

Sonia se arrodilló frente a él, con las manos temblorosas, intentando tocarlo, buscando consuelo en el contacto, pero Luis no la miraba. Su respiración era pesada, irregular, como si estuviera librando una batalla interna que no podía ganar.

— Luis… —susurró ella, con los ojos anegados en lágrimas—. Perdóname. Te lo suplico. Nunca más… Nunca más te pediré algo así.

Luis alzó la cabeza, y en su mirada había algo más que dolor. Algo que Sonia no supo descifrar de inmediato.

— No entiendes… —dijo él con una amargura que le pesaba en la garganta—. No es solo lo que ha pasado. No es solo el cabreo, la humillación, el puto dolor de verte con otro…

Se frotó la cara con desesperación, como si intentara borrar algo de su piel.

— Es que, pese a todo… pese a que me ha jodido más de lo que imaginaba… —Tragó saliva, buscando fuerzas para decirlo—. Me ha excitado.

Sonia se quedó helada.

— Joder Luis… Me estás volviendo loca. ¿Qué te pasa?

Luis rio, pero sonó como un hombre roto.

— ¿Sabes lo jodido que es eso? Sentirme así, odiarlo, odiarme a mí mismo por ello. Porque mientras te veía con él… mientras me moría por dentro, había una parte de mí que… —Sacudió la cabeza con frustración—. Que no podía apartar los ojos.

Sonia se llevó las manos a la boca, con el corazón encogido.

Luis se levantó de la cama y empezó a caminar por la habitación, pasándose las manos por el pelo.

— No sé en qué mierda me convierte eso. No sé si estoy enfermo o qué cojones me pasa. Lo que sé es que te odio y te deseo al mismo tiempo.

Se giró hacia ella, con el rostro desencajado.

— Te juro que quería salir corriendo. Quería apartar la vista, no ver cómo te perdías en eso. Pero no podía. Algo en mí no podía.

Su voz se quebró en la última frase, como si admitirlo en voz alta le hiciera daño físico.

— Luis… —sollozó Sonia, con la garganta hecha un nudo.

Él cerró los ojos con fuerza, tratando de calmar el torbellino que le destrozaba por dentro.

— Me has pedido que te perdone, Sonia… Pero ¿cómo coño me perdono yo?

— Luis… yo tampoco quiero que esto nos destroce.

— Entonces dime la verdad, Sonia. ¿Tú qué sientes? No digas lo que quiero oír. Dime la verdad.

Sonia se quedó en silencio, con la mirada clavada en el suelo. Sentía la garganta cerrada, como si cualquier palabra que dijera fuese a hacer que todo estallara en mil pedazos. Luis la observaba, con los ojos cargados de emociones contradictorias.

— Me siento sucia… —susurró. —Casi como una zorra —continuó Sonia, con la voz apenas audible—. Pero…

Se detuvo. Ahí estaba el verdadero problema. El "pero". Luis se tensó al verla dudar.

— Pero ¿qué? —preguntó mirándola a los ojos.

Sonia levantó la vista, con los ojos vidriosos.

— Me pasa lo que a ti. Al mismo tiempo me sentí… —Tragó saliva—. Excitada. Me sentí deseada, Luis. Como nunca. Como si por un momento, en ese instante… —Se pasó la lengua por los labios secos—. No existiera nada más. Siento que… quería demostrarme a mí misma que era capaz. Que podía jugar con fuego sin quemarme. Pero me equivoqué. Me quemé. Y lo peor es que te hice daño en el proceso. Y ahora no sé si quiero morirme de vergüenza o…

Se interrumpió, pero él entendió perfectamente.

— O volver a hacerlo —completó Luis, sin dejar de mirarla.

Sonia se quedó sin aire. No tenía respuesta. O quizás sí, pero no quería admitirla en voz alta.

Luis se pasó las manos por la cara, como si intentara borrar la imagen que tenía grabada en la cabeza. No podía. No podía olvidar la forma en la que Sonia se había entregado a otro hombre, la manera en que había arqueado el cuerpo, cómo había gemido sin contenerse, cómo lo había mirado mientras lo hacía, desafiante, casi cruel. Pero lo peor, lo verdaderamente jodido, era que, entre todo el dolor, la humillación, el orgullo destrozado… había algo más. Algo que lo atormentaba. No tenía sentido. No después de lo que había sentido al verla con otro. La rabia, los celos, la impotencia… Pero su cuerpo había reaccionado de otra forma. Se había quedado ahí, en la terraza, con el estómago encogido y el corazón en la garganta, pero su deseo se había despertado con fuerza, con una violencia que lo asustaba. Se odió por ello.

Sonia seguía sentada en la cama, abrazándose a sí misma, desnuda pero sintiéndose más expuesta que nunca. Estaba avergonzada, aterrorizada de haber roto algo entre ellos, algo que quizás ya no tenía arreglo.

— Luis… —Su voz era un susurro ahogado.

Él la miró, con los ojos oscuros, llenos de tormento.

— No sé qué nos está pasando, Sonia.

— Yo tampoco.

Sonia bajó la cabeza. No podía mentirse más a sí misma. No era solo que se hubiera dejado llevar, que el alcohol o la situación la hubieran arrastrado. Había disfrutado. Se había sentido viva, poderosa, deseada de una manera que nunca había experimentado. Pero al mismo tiempo, había sentido un vértigo terrible, como si estuviera cayendo en un abismo del que no sabía si podría salir.

— Cuando lo hacías… —Luis tragó saliva—. ¿Pensaste en mí?

Sonia sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.

— Sí.

Luis la miró, entrecerrando los ojos.

— ¿Para qué? ¿Para excitarte más? ¿O para humillarme?

La pregunta era como un cuchillo. Sonia negó con la cabeza, sintiendo cómo las lágrimas volvían a arderle en los ojos.

— No, Luis… No quería hacerte daño.

— Pues me ha dolido, Sonia. —Su voz sonó ronca, quebrada.

Sonia se cubrió la cara con las manos.

— Lo sé… lo sé. —Su respiración era entrecortada—. Y aún así, no puedo negar lo que sentí.

Luis apretó los puños.

— Yo tampoco. No lo entiendo —continuó él, mirándola con desesperación—. No entiendo cómo puedo haber sentido las dos cosas al mismo tiempo. No sé qué coño me pasa.

Sonia sintió un escalofrío. Porque eso era lo que la asustaba. Que, pese a la culpa, pese al dolor, pese a todo lo que sentía… una parte de ella lo había disfrutado. Y saber que Luis también, que en el fondo algo en él había reaccionado igual, la descolocaba aún más.

— ¿Y ahora qué hacemos? —preguntó ella, con la voz temblorosa.

Luis negó con la cabeza.

— No lo sé, Sonia. Pero tenemos que hablar de esto. Tenemos que entenderlo.

Ella asintió lentamente.

— No quiero perderte, Luis.

Él la miró con intensidad.

— Ni yo a ti.