Xtories

Orden de fin de semana

Javier creyó que llevar a su esposa al club sería un juego controlable. Pero cuando ella se va con otro hombre y le deja claro que ya no es suya, el marido se ve obligado a presenciar su propia degradación mientras ella encuentra en la sumisión lo que él nunca le dio.

Jon Dom 506.2K vistas8.6· 11 votos

Orden de Fin de Semana

I

Javier abrió la puerta de casa pasadas las tres y media de la tarde, todavía con el maletín en la mano y la corbata medio aflojada. El viernes había sido una puta mierda de día. Solo pensaba en una cerveza fría y en dejarse caer en el sofá.

Pero el salón le golpeó como un puñetazo.

Laura estaba de pie junto a la maleta negra, perfectamente vestida y maquillada. Vestido negro ceñido que apenas le cubría la mitad del muslo, tacones de aguja, medias finas y el pelo suelto con ondas perfectas. Labios rojos brillantes, ojos ahumados. Olía a perfume caro mezclado con algo más… el olor sutil de una mujer que ya estaba empapada.

—¿Qué coño significa esto? —preguntó Javier, dejando caer el maletín al suelo.

Laura lo miró directamente. Tenía las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes, pero no de vergüenza. De pura excitación.

—Me voy todo el fin de semana, Javi. Él me ha ordenado que esté con él desde ahora hasta el domingo a las diez de la noche. Me recogerá a las cuatro.

Javier sintió que la sangre se le helaba y le hervía al mismo tiempo.

—¿Él? ¿El del club? ¿Ese hijo de puta?

—Sí —respondió ella con voz suave pero firme—. Va a ser mi Amo todo el fin de semana. Me va a usar como quiera… y seguramente me va a entregar a otros hombres. Ya me lo ha dicho.

Javier se pasó las manos por la cara, intentando procesar lo que estaba oyendo. La idea de ir al club swinger había sido suya. Él la había insistido durante meses. Laura no quería, decía que no le hacía falta, que tenía miedo de que las cosas se descontrolaran. Pero Javier había insistido: "Solo vamos a mirar, solo una vez, será divertido, yo controlo". Y ahora…

—Tú me advertiste —dijo Laura, como si le leyera el pensamiento—. Te dije que ese hombre me hacía enloquecer. Que cuando me miraba sentía que me derretía por dentro. Tú te reías y decías que lo llevarías sin problemas, que eras un cornudo moderno y que te ponía la idea. Pues aquí tienes tu merecido, cariño.

Javier tragó saliva. La polla ya empezaba a traicionarle, endureciéndose dentro del pantalón.

Laura dio un paso hacia él y le cogió la mano derecha. Sin decir nada más, la metió bajo su vestido. No llevaba bragas. Sus dedos se hundieron inmediatamente en una humedad caliente y espesa.

—Méteme dos dedos —susurró ella, casi suplicando.

Javier obedeció. Dos dedos entraron sin ninguna resistencia. Estaba completamente líquida. Un hilo de flujo le corrió por la muñeca nada más curvarlos dentro de su coño. Laura soltó un gemidito suave y cerró los ojos un segundo.

—Joder… estás chorreando —murmuró él con la voz ronca.

—Ni siquiera me he tocado hoy —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Solo de pensar que voy a pasar todo el fin de semana con él, que me va a follar cuando quiera, que me va a compartir con quien le dé la gana… me pongo así. Es por él. Solo por él.

Javier sacó los dedos. Brillaban obscenamente. El olor dulce y fuerte de su excitación llenó el salón.

Laura se acercó más, hasta casi rozarle los labios.

—Tienes que acostumbrarte a mis dos personalidades, Javi. Cuando estoy en casa soy tu esposa normal: la que te prepara la cena, la que ve series contigo en el sofá, la que te da un beso antes de dormir. Pero cuando a él le plazca… soy su zorra. Su propiedad. Su puta. Y no hay nada que tú puedas hacer para impedirlo. Nada.

Las palabras le cayeron como un latigazo. Javier quiso gritar, quiso prohibirle que saliera por esa puerta, quiso recordarle que era su marido. Pero solo consiguió balbucear:

—¿Y yo? ¿Yo me quedo aquí como un gilipollas mientras tú te vas a que te usen como una perra?

Laura le acarició la mejilla con ternura fingida.

—Tú puedes hacer lo que quieras este fin de semana. Sal, emborráchate, fóllate a quien te dé la gana… pero los dos sabemos que nada de eso va a cambiar lo que va a pasar. Yo necesito esto. Necesito que me trate como la zorra que soy para él.

En ese preciso momento sonó un mensaje en el móvil de Laura. Ella lo miró y sonrió con una sonrisa que Javier nunca le había visto: sumisa, ansiosa y completamente entregada.

—Es él. Ya está llegando. Dice que baje en cuanto aparque.

Javier se quedó paralizado en medio del salón, con los dedos todavía mojados del coño de su mujer y el corazón latiéndole con fuerza. Rabia, celos, humillación… y una erección dolorosa que no podía disimular.

Laura cogió la maleta y se dirigió hacia la puerta. Antes de abrirla se giró un último segundo.

—Te quiero, cariño. Pero este fin de semana… no soy tuya.

II

Laura abrió la puerta principal justo cuando un Audi negro brillante se detenía frente a la casa. Javier se quedó clavado en el umbral del salón, observando todo como si estuviera viviendo una pesadilla de la que no podía despertar.

Del coche bajó un hombre alto, de unos cuarenta y cinco años, complexión fuerte y presencia imponente. Camisa negra ajustada que marcaba los músculos del pecho y los brazos, vaqueros oscuros y gafas de sol que se quitó con gesto lento. Era él. El Alfa del club. El hombre que había conseguido en pocas semanas lo que Javier no había logrado en años de matrimonio: romper completamente a Laura.

El tipo ni siquiera miró hacia la casa al principio. Solo hizo un gesto seco con la cabeza hacia Laura, que ya bajaba los escalones con la maleta en la mano y el culo balanceándose bajo el vestido corto.

—Buenas tardes, zorra —dijo con voz grave y autoritaria, lo suficientemente alta como para que Javier lo oyera desde la puerta—. ¿Estás lista para ser mía todo el fin de semana?

—Sí, Amo —respondió Laura sin dudar, con una voz suave y sumisa que Javier casi no reconoció—. He preparado todo como me pediste. Maleta lista, sin bragas, depilada completamente.

El Alfa sonrió con arrogancia y por fin levantó la vista hacia Javier, que seguía inmóvil en la entrada. Lo miró de arriba abajo como quien evalúa a un insecto.

—Así que este es el cornudito —comentó con tono burlón—. El que tuvo la brillante idea de llevarte al club pensando que podría controlarlo todo. Qué patético.

Javier apretó los puños. Quería bajar, partirle la cara, gritarle que se fuera de su casa y dejara a su mujer en paz. Pero las piernas no le respondían. Solo consiguió quedarse allí, con la polla todavía medio dura dentro del pantalón y un nudo en la garganta.

Lo que Javier no podía ver desde la puerta era lo que pasaba dentro de ella en ese instante. Una parte pequeña y antigua de Laura —la que había elegido ese hombre, la que había construido una vida con él— le apretaba el pecho con algo parecido a la ternura. Lo veía ahí, paralizado, con los puños cerrados y los ojos brillantes, y pensaba: te quiero, Javi. De verdad te quiero. Pero ese pensamiento llegaba desde muy lejos, como una voz al otro lado de una pared gruesa. Porque lo que ocupaba todo el primer plano era otra cosa completamente: el olor del cuero del Audi, la certeza de lo que iba a pasar en cuanto cerrara esa puerta, y una humedad entre las piernas que no tenía nada que ver con su marido.

Laura se giró un momento hacia él antes de subir al coche. Sus ojos tenían una mezcla de lástima y excitación salvaje.

—Te llamaré si puedo, cariño. O quizá no… depende de lo que él quiera. Recuerda lo que te dije: en casa soy tu esposa. Fuera… soy su puta. No hay nada que puedas hacer.

El Alfa abrió el maletero, metió la maleta de Laura y luego le dio una palmada fuerte en el culo a ella, haciendo que el vestido se le subiera un poco y dejara ver la curva desnuda de sus nalgas.

—Sube al coche, perra. Tenemos mucho que hacer este fin de semana. Primero te voy a follar nada más llegar para que se te quite esa cara de esposa buena. Luego ya veremos a quién te presto.

Laura soltó un gemidito de anticipación y se metió en el asiento del copiloto sin mirar atrás ni una sola vez más.

Antes de cerrar la puerta del conductor, el Alfa se dirigió directamente a Javier por última vez:

—Disfruta de tu fin de semana solo, cornudo. Yo me voy a encargar de que tu mujercita vuelva el domingo bien abierta, bien usada y sabiendo exactamente a quién pertenece su coño ahora.

El Audi negro arrancó con un rugido suave y se alejó calle abajo. Javier se quedó en la puerta de su propia casa, viendo cómo desaparecía el coche con su mujer dentro. El silencio que quedó fue brutal.

Cerró la puerta lentamente y se apoyó contra ella. El corazón le latía con fuerza. Rabia pura le subía por el pecho. Celos que quemaban como ácido. Y, lo peor de todo, la polla completamente dura, palpitando contra la tela del pantalón.

—Hija de puta… —murmuró entre dientes—. Me lo advertiste y yo no te hice caso.

Se fue al salón, se sirvió un whisky doble y se dejó caer en el sofá. El olor del flujo de Laura todavía flotaba en el aire. Se miró los dedos con los que la había tocado hacía solo unos minutos y, sin poder evitarlo, se los llevó a la nariz.

Estaba jodido. Muy jodido.

Y el fin de semana acababa de empezar.

III

Javier se quedó sentado en el sofá durante casi una hora, con el vaso de whisky vacío en la mano y la mirada perdida en la pared. El silencio de la casa le parecía ensordecedor. Cada minuto que pasaba sentía cómo la rabia le crecía por dentro como una bola de fuego.

"Me lo advertiste y yo no te hice caso", se repetía una y otra vez. La idea del club había sido suya. Él había insistido, había fantaseado con ver cómo otros la miraban, cómo la tocaban. Pensaba que sería un juego, que él seguiría teniendo el control. Qué iluso de mierda.

Ahora su mujer estaba en un coche con otro hombre, yendo a pasar todo el fin de semana abierta de piernas para él y para quien él quisiera. Y lo peor era que ella no solo había aceptado… estaba deseándolo. También, por puro egoísmo, pensaba que era una idea brillante para poder follar con otras mujeres, sin que su esposa se enfadase.

Se levantó de golpe, furioso. La polla todavía le palpitaba, traicionera. Fue al baño, se lavó las manos con rabia y se miró al espejo.

—Que se joda —gruñó—. Si ella va a ser una puta todo el fin de semana, yo también puedo hacer lo que me dé la gana.

Cogió el móvil y abrió una app de contactos que usaba de vez en cuando. Buscó entre las chicas que tenía guardadas. No quería algo romántico ni complicado. Quería follar. Follar por rabia. Follar para demostrar que él también podía ser un macho.

Encontró a Carla. Treinta y dos años, morena, tetas grandes y fama de fácil, algo gordita. Habían follado un par de veces años atrás, antes de casarse con Laura. Le escribió un mensaje directo:

«¿Estás libre esta noche? Tengo ganas de desahogarme fuerte.»

La respuesta llegó en menos de diez minutos:

«Para ti siempre, guapo. Ven cuando quieras. Mi marido está de viaje.»

Javier sonrió con amargura. Perfecto. Una puta casada, como su mujer. Ironía del destino.

Se duchó rápido, se puso ropa limpia y salió de casa sin mirar atrás. Condujo hasta el piso de Carla con la música alta, intentando no pensar en Laura. Pero cada semáforo rojo le traía imágenes: Laura de rodillas chupándosela al Alfa, Laura abierta de piernas mientras él la follaba sin condón, Laura gimiendo "Amo" mientras la llenaba de leche.

Llegó al portal de Carla pasadas las ocho. Ella le abrió en bata de seda negra, sin nada debajo. Seguía algo gordita. Nada más cerrar la puerta se le echó encima, besándolo con lengua y metiéndole la mano directamente en la bragueta.

—Vaya, sí que vienes caliente —ronroneó ella mientras le sacaba la polla ya dura.

Javier no quiso preliminares. La empujó contra la pared del pasillo, le subió la bata y la penetró de un solo empujón. Carla estaba húmeda, pero nada comparado con lo que había sentido en Laura esa tarde. Aun así folló con rabia, con golpes fuertes y rápidos, agarrándola del pelo y llamándola zorra.

Carla gemía exageradamente, le arañaba la espalda y le decía lo que creía que quería oír: "Fóllame más fuerte", "Eres un animal", "Mi marido no me folla así".

Javier se corrió dentro de ella en menos de diez minutos, con un gruñido seco. Nada de placer real. Solo un desahogo vacío.

Se quedaron un rato en silencio. Carla le ofreció una copa, pero él rechazó. Se vistió rápido y se marchó sin apenas hablar.

Cuando llegó a casa eran casi las once de la noche. El piso estaba oscuro y frío. Se sentó en el mismo sofá de antes y se sirvió otro whisky.

Y entonces llegó el bajón.

La rabia seguía ahí, pero ahora se mezclaba con algo mucho peor: vacío. Asco de sí mismo.

Había follado con Carla por pura venganza, para equilibrar la balanza, para demostrarse que no era un cornudo indefenso. Pero no había servido de nada. No se sentía mejor. Al contrario. Se sentía más pequeño, más patético.

Laura estaba probablemente en este mismo momento siendo usada por el Alfa y por quien él quisiera. Disfrutando de verdad. Corriéndose una y otra vez mientras la trataban como a una puta barata. Y él… él solo había echado un polvo mediocre con una tía que ni siquiera le gustaba especialmente, solo para sentirse menos cornudo.

Se miró la polla, todavía con restos del coño de Carla, y soltó una risa amarga.

—Qué gilipollas eres, Javi… —murmuró—. Ella te lo advirtió. Ahora tienes exactamente lo que querías.

Sacó el móvil y abrió el chat con Laura. No había mensajes. Ni una sola foto, ni una llamada. Nada. Las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas, sin poderlo evitar.

Se imaginó a su mujer con collar, atada, con el coño y el culo llenos de semen de otros hombres, feliz y entregada.

La polla empezó a endurecérsele otra vez.

Se bajó los pantalones, se escupió en la mano y empezó a pajearse lentamente, odiándose a sí mismo mientras lo hacía.

Apenas era viernes noche...

El fin de semana iba a ser muy largo.

IV

El sábado por la mañana Javier se despertó con la cabeza pesada y la polla medio dura. Había pasado la noche dando vueltas, imaginando mil cosas. Cada vez que cerraba los ojos veía a Laura de rodillas, con la boca abierta y los ojos en blanco mientras el Alfa la usaba.

Se levantó, preparó café y se sentó en el sofá con el móvil en la mano. Ningún mensaje. Ni una sola foto. Eso le dolía más que cualquier cosa.

Mientras tanto, a casi cuarenta kilómetros de allí, Laura estaba viviendo exactamente lo que había soñado.

Nada más llegar al chalet del Alfa el viernes por la tarde, él no había perdido el tiempo. La había hecho desnudarse en la entrada, le había puesto un collar de cuero negro con la palabra "PUTA" grabada en plateado y la había llevado directamente al dormitorio principal.

—Desde ahora hasta el domingo eres solo carne —le había dicho mientras la empujaba sobre la cama—. Mi carne. Abre las piernas.

Laura obedeció al instante. Estaba tan mojada que el flujo le corría por los muslos. El Alfa se bajó los pantalones, sacó una polla gruesa, venosa y más grande que la de Javier, y la penetró de un solo empujón sin preliminares. Laura gritó de placer.

—Joder… qué coño tan caliente y fácil tienes —gruñó él mientras empezaba a follarla con golpes profundos y brutales—. Tu marido debe de estar llorando ahora mismo.

—Sí… —gimió Laura, clavándole las uñas en los brazos—. Me da igual… Fóllame más fuerte, Amo. Úsame.

Durante horas la había follado sin descanso. Primero en la cama, luego contra la pared, después en el sofá del salón. Cada vez que ella se corría, él le daba una cachetada en la cara o en las tetas y le recordaba:

—Esto es lo que querías, ¿verdad, zorra? Ser una puta de verdad en vez de la esposa aburrida que le prepara la cena al cornudo.

Laura solo podía asentir y suplicar más.

El sábado por la mañana la despertó metiéndole dos dedos en el coño y otro en el culo.

—Hoy vas a aprender lo que es ser compartida de verdad —le dijo mientras la llevaba al salón.

Allí esperaban dos amigos del Alfa: un hombre de unos cincuenta años, calvo y con barriga, y un chico más joven, de treinta y pocos, con el cuerpo marcado en el gimnasio. Los tres la miraron como quien mira un trozo de carne.

Laura sintió que las piernas le temblaban de excitación. Y sin embargo, en ese temblor había algo más que puro deseo físico. Mientras se arrodillaba, mientras sentía el peso de esas tres miradas sobre ella, una parte de su mente viajó un segundo a Javier —al piso en silencio, al sofá vacío, al café que él prepararía solo esa mañana. Lo imaginó con el móvil en la mano, esperando. Y ese pensamiento, en lugar de frenarla, la encendió todavía más. No por crueldad. Sino porque en ese contraste —el hombre que la esperaba y los hombres que la usaban— estaba el núcleo de todo lo que llevaba años sin saber cómo pedirle. Necesitaba ser las dos cosas al mismo tiempo: la esposa y la zorra. Y por fin lo era.

Se arrodilló sin que se lo ordenaran.

—Soy vuestra zorra este fin de semana —dijo con voz temblorosa pero llena de lujuria—. Podéis usar todos mis agujeros como queráis.

El Alfa sonrió satisfecho.

—Buena chica.

La pusieron a cuatro patas en el centro del salón. El Alfa le metió la polla en la boca mientras el más joven la penetraba por detrás con fuerza. El hombre mayor le pellizcaba los pezones y le escupía en la cara.

—Qué puta más obediente —decía el calvo—. Mira cómo traga polla. Tu marido no tiene ni idea de la guarra que tiene en casa.

Laura gemía alrededor de la polla del Alfa, con los ojos llenos de lágrimas de placer. El chico joven la follaba sin piedad, dándole cachetadas en el culo que resonaban en toda la habitación.

—Más profundo… por favor… —suplicó ella cuando la sacaron un momento de la boca—. Quiero que me llenéis… quiero leche en el coño y en la boca…

Durante más de dos horas la usaron sin descanso. La follaron por turnos, la hicieron chupar dos pollas a la vez, la penetraron en doble vaginal y después le metieron una polla en el coño y otra en el culo al mismo tiempo. Laura se corrió tantas veces que perdió la cuenta. Su cuerpo estaba cubierto de sudor, saliva y marcas rojas de manos.

En uno de los descansos, el Alfa cogió el móvil y grabó un vídeo corto mientras ella estaba sentada en el suelo con las piernas abiertas, el coño hinchado y rojo, goteando semen de los tres hombres.

—Sonríe a la cámara, zorra —le ordenó.

Laura, con la cara manchada de corrida y los ojos vidriosos de placer, miró a la cámara y dijo con voz ronca:

—Javi… estoy siendo muy mala… Me están usando como una puta barata… y me encanta. Mi coño ya no es tuyo.

El Alfa envió el vídeo a Javier sin escribir nada más.

En casa, Javier sintió vibrar el móvil. Abrió el mensaje y se quedó helado al ver el vídeo. La imagen de su mujer destrozada, feliz y completamente entregada le golpeó como un puñetazo en el estómago.

Se le escapó un gemido mezcla de dolor y excitación. Se bajó los pantalones allí mismo en el sofá y empezó a pajearse furiosamente mientras repetía el vídeo una y otra vez.

—Hija de puta… —susurraba entre dientes, con lágrimas de rabia en los ojos—. Cómo disfrutas… cómo te dejan…

Se corrió con fuerza, manchándose la camiseta, pero el placer duró solo unos segundos. Después volvió el vacío. La sensación de ser un perdedor. La certeza de que Laura ya no volvería a mirarlo de la misma forma.

Y lo peor: sabía que aún quedaban más de veinticuatro horas de fin de semana.

Esa cara de felicidad de Laura le quedaría marcada para siempre: «Mi coño ya no es tuyo.»

V

El sábado por la noche el chalet se convirtió en un auténtico nido de depravación.

Después de la sesión de la mañana, el Alfa había dejado que Laura descansara un par de horas. La había atado a la cama con las piernas muy abiertas, un plug anal grande metido hasta el fondo y un vibrador a baja potencia dentro del coño, solo para mantenerla al borde sin dejarla correrse del todo.

Cuando llegó la noche, llegaron tres hombres más. Amigos del Alfa del club swinger. Todos mayores de cuarenta, todos con esa seguridad arrogante que hacía que Laura se sintiera pequeña y deseada al mismo tiempo.

La pusieron en el centro del salón, completamente desnuda excepto por el collar y unos tacones rojos de puta que le había obligado a ponerse el Alfa.

—Esta noche vas a ser el agujero comunitario, zorra —le dijo el Alfa mientras le daba una fuerte cachetada en la cara—. Vas a tragar polla, vas a abrir el coño y el culo para todos y vas a pedir más como la puta barata que eres. ¿Entendido?

—Sí, Amo —respondió Laura con la voz temblorosa de excitación—. Quiero que me uséis todos. Quiero que me llenéis de leche hasta que me chorree por las piernas.

Los hombres no se hicieron de rogar.

La tumbaron sobre la gran mesa del salón. Uno le metió la polla en la boca hasta el fondo, follándole la garganta sin piedad. Otro le abrió las piernas y la penetró de un golpe seco, sin condón, bombeando con fuerza mientras le pellizcaba los pezones. Un tercero le sacó el plug anal y empezó a follarla por el culo, alternando con el del coño en doble penetración.

Laura gemía como una loca alrededor de la polla que le llenaba la boca. En los momentos en que la sacaban un instante, cuando podía respirar y los sonidos de la habitación llegaban nítidos —los insultos, las risas, el golpe húmedo de la carne— Laura tenía destellos de lucidez extrañamente tranquilos. Pensaba en cosas concretas y absurdas: que mañana tendría que hacer la colada, que había dejado una factura sin pagar, que Javier probablemente no habría cenado bien. Y esos pensamientos domésticos flotando en medio de todo aquello le producían una sensación rarísima que no era exactamente culpa ni exactamente placer, sino algo entre las dos cosas —como si las dos versiones de ella existieran simultáneamente y ninguna anulara a la otra. Luego volvía una mano, o una voz que le ordenaba algo, y los pensamientos se disolvían.

Su cuerpo se sacudía con cada embestida. El sonido húmedo de carne contra carne llenaba la habitación junto con los insultos:

—Qué coño tan usado y fácil tienes…

—Tu marido debe de estar pajéandose como un cornudo de mierda mientras nosotros te destrozamos.

—Mírala, cómo pide más por el culo… qué puta tan viciosa.

Laura se corría una y otra vez, con orgasmos tan fuertes que le temblaban las piernas. Cada vez que uno se corría dentro de ella, otro ocupaba su lugar inmediatamente. Le llenaron el coño de corrida espesa, le corrieron por el culo, le pintaron la cara y las tetas de leche caliente. En un momento le hicieron abrir la boca y los cinco (incluido el Alfa) se corrieron casi al mismo tiempo sobre su lengua y su cara, convirtiéndola en una máscara blanca y pegajosa.

—Traga lo que puedas, perra —le ordenó el Alfa.

Laura tragó con dificultad, tosiendo y sonriendo al mismo tiempo, con los ojos brillantes de placer absoluto.

—Gracias… gracias por usarme así… —susurraba entre jadeos—. Me encanta ser vuestra puta…

El Alfa grabó varios vídeos cortos y sacó fotos. En una de ellas Laura estaba a cuatro patas, con el coño y el culo abiertos y goteando semen, mirando a cámara con una sonrisa rota de satisfacción.

Envió dos fotos y un vídeo de veinte segundos a Javier con un único mensaje:

«Tu mujer ya no tiene remedio. Mira cómo disfruta siendo un agujero para hombres de verdad.»

En casa, Javier llevaba todo el sábado alternando entre el sofá, la ducha y la cama. Había intentado distraerse con la tele, con el móvil, con una botella de whisky. Nada funcionaba.

Cuando recibió las fotos y el vídeo se quedó mirando la pantalla durante minutos enteros, incapaz de apartar la vista.

Allí estaba su Laura: cara cubierta de semen, coño hinchado y rojo, culo abierto, sonrisa de puta feliz. Se la veía tan entregada, tan rota, tan satisfecha que Javier sintió que algo se rompía definitivamente dentro de él.

Se bajó los pantalones por enésima vez ese día y se pajeó mirando las imágenes. Se corrió con fuerza, manchando el sofá, pero el orgasmo fue amargo. Después llegó el llanto silencioso. Rabia, celos, humillación y una excitación enfermiza que no podía controlar.

—Te lo advertí… —susurró al vacío de la casa—. Te lo advertí y yo no te creí…

Sabía que al día siguiente la traían de vuelta. Y ya no sabía si quería que volviera… o si temía más que nunca volver a verla.

El domingo por la mañana aún quedaban horas de uso. El Alfa no había terminado con ella.

VI

El domingo de Javier

El domingo amaneció con una luz gris que se colaba por las persianas mal cerradas. Javier no había dormido. O había dormido en fragmentos tan cortos que era lo mismo que nada.

Se levantó a las ocho y media, fue a la cocina en calzoncillos y preparó café sin pensar. Movimientos automáticos. La cafetera gorgoteó, el olor a café llenó el piso, y él se quedó mirando la taza sin verla.

Doce horas. Quedaban doce horas hasta las diez de la noche.

Abrió el móvil. Las fotos del sábado seguían ahí, en el chat con Laura. Las había borrado tres veces y las había recuperado del archivo otras tantas. Ahora las dejó estar. Ya no tenía sentido el teatro.

Salió a dar una vuelta sin rumbo fijo, con las manos en los bolsillos. El barrio dominical estaba tranquilo —familias, perros, gente tomando el aperitivo en las terrazas. Él caminaba entre todo eso como un fantasma. En algún momento se sentó en un banco de un parque y estuvo un cuarto de hora mirando a una pareja joven que se reía de algo. Pensó en cómo había sido él con Laura al principio. La facilidad con que se reían entonces.

¿Cuándo había dejado de reírse con ella?

No tenía una respuesta clara. Solo sabía que en algún momento la rutina lo había tapado todo, y él había buscado el camino equivocado para escapar de ella.

Volvió a casa a mediodía. Se hizo unos huevos que apenas tocó. Puso la tele. La apagó. Se duchó largo rato, con el agua muy caliente, como si pudiera aclarar algo por dentro también.

A las cuatro de la tarde le escribió un mensaje a Laura. Solo cuatro palabras: ¿Estás bien? ¿Vuelves?

Esperó veinte minutos mirando la pantalla. El mensaje quedó en entregado. No en leído.

Lo guardó en el bolsillo y se tumbó en la cama mirando el techo.

Lo que más le sorprendía no era la rabia —la rabia la entendía, la rabia era manejable. Lo que le sorprendía era la otra cosa. Esa corriente fría y oscura que corría por debajo de todo lo demás y que, si era honesto consigo mismo, no era exactamente dolor.

Era algo parecido a la rendición.

Había pasado todo el fin de semana resistiéndose a una verdad muy simple: él había abierto esa puerta. No Laura. Él había insistido, había fantaseado, había convencido a su mujer de entrar en un mundo que no entendía. Y ahora Laura había encontrado en ese mundo algo que él nunca le había dado —o que nunca había sabido darle. Y la pregunta que no se atrevía a hacerse en voz alta era si alguna vez podría hacerlo.

A las siete de la tarde llegó finalmente la respuesta al mensaje:

Bien. Esta noche en casa. No me esperes despierto si tienes sueño.

Sin emojis. Sin cariños. Neutra como un informe.

Javier leyó el mensaje cuatro veces. Luego lo dejó en la mesita y se quedó tumbado en la oscuridad creciente del dormitorio, escuchando el silencio del piso.

A las nueve y media se levantó, fue al salón y se sentó junto a la ventana.

A esperar.

El domingo a las 22:10 el Audi negro se detuvo frente a la casa. Javier llevaba más de media hora mirando por la ventana, con el estómago hecho un nudo y el corazón latiéndole en la garganta.

La puerta del copiloto se abrió y Laura bajó lentamente. Llevaba el mismo vestido negro del viernes, pero ahora estaba arrugado y con manchas. El pelo revuelto, el maquillaje corrido, los labios hinchados. Caminaba con las piernas ligeramente abiertas, como si le costara cerrarlas. En el cuello aún llevaba el collar de cuero con la palabra "PUTA" bien visible.

El Alfa bajó también, sacó la maleta del maletero y se la entregó. No dijo una palabra. Solo le dio una fuerte palmada en el culo a Laura y le habló lo suficientemente alto para que Javier lo oyera desde la puerta:

—Buen fin de semana, zorra. Has sido un agujero excelente. Te llamaré cuando quiera repetir.

Laura sonrió con una sonrisa cansada pero radiante.

—Gracias, Amo. Cuando quieras… soy tuya.

El Alfa subió al coche y se marchó sin mirar ni una sola vez a Javier.

Laura subió los escalones despacio. Cuando llegó frente a su marido, lo miró a los ojos. Tenía la cara manchada de restos secos de semen, el labio inferior partido por algún mordisco, y un brillo en los ojos que Javier nunca había visto en ella.

—Hola, cariño —dijo con voz ronca, casi rota de tanto gemir.

Javier no supo qué decir. Se apartó para dejarla pasar. El olor que desprendía Laura era brutal: una mezcla espesa de sudor, perfume, semen y sexo. Olía a puta recién follada.

Nada más cerrar la puerta, Laura dejó caer la maleta y se apoyó contra la pared del pasillo. Abrió ligeramente las piernas. El vestido se le subió y Javier pudo ver que no llevaba bragas. Su coño estaba hinchado, rojo oscuro, completamente abierto. Un hilo espeso de semen blanco le bajaba lentamente por el interior del muslo.

—Mírame —susurró ella—. Mírame bien.

Javier bajó la mirada. No podía apartar los ojos.

—Durante todo el fin de semana me han follado sin parar —continuó Laura con voz suave pero firme—. Me han usado el coño, el culo y la boca como han querido. Me han corrido dentro docenas de veces. Me han hecho tragar leche, me han pintado la cara, me han follado dos y tres pollas a la vez. Me he corrido tantas veces que ya ni las cuento. Y cada vez que me corrían dentro pensaba en ti… en lo mucho que me gusta ser su puta y no tu esposa aburrida.

Javier sintió que las rodillas le flaqueaban. La polla se le endureció dolorosamente dentro del pantalón.

Laura dio un paso hacia él y le cogió la mano. La llevó directamente entre sus piernas y le metió dos dedos. El coño estaba caliente, viscoso, completamente lleno. Cuando Javier los movió, salió un sonido húmedo y obsceno. Semen de varios hombres le chorreó por la muñeca.

—¿Lo notas? —preguntó ella—. Esto es lo que queda de mí después de un fin de semana siendo una zorra de verdad. Ya no soy la misma, Javi. Ya no puedo volver a ser solo tu mujer. Cuando estoy en casa intentaré ser normal… pero cuando él me llame, me iré. Y tú no podrás hacer nada para impedirlo.

Javier sacó los dedos. Estaban cubiertos de una mezcla blanca y espesa. Se quedó mirándolos, temblando.

Laura se acercó más y le habló casi al oído, con voz dulce y cruel a la vez:

—Puedes odiarme. Puedes llorar. Puedes pajearte pensando en todo lo que me han hecho. Pero los dos sabemos la verdad: esto es lo que querías cuando me llevaste al club. Ahora ya lo tienes. Y yo… yo soy feliz así.

Se quitó el collar lentamente y se lo entregó a Javier.

Lo que no le dijo —lo que no sabía cómo decirle— era que mientras hacía ese gesto sentía algo que se parecía mucho al amor. No el amor fácil del principio, sino algo más complicado y más honesto: la gratitud extraña hacia un hombre que, sin quererlo y sin entenderlo, le había dado permiso para ser todo lo que era. Aunque ese permiso le costara algo que quizás nunca recuperaría.

—Guárdalo. La próxima vez que me llame, me lo pondré otra vez antes de salir por esa puerta.

Laura le dio un beso suave en los labios, un beso que sabía a semen y a traición, y se dirigió al baño.

—Voy a ducharme. Mañana vuelvo a ser tu esposa normal… hasta que él decida lo contrario.

Javier se quedó solo en el pasillo, con los dedos todavía mojados de la corrida de otros hombres, la polla dura como una piedra y el corazón hecho pedazos.

Sabía que nada volvería a ser como antes.

Y, en el fondo, una parte enferma de él ya estaba contando los días hasta que el Alfa volviera a llamar.

Fin