Xtories

Desayuno con lujuria (Parte IX)

Bajo la luz tenue del club, cada mirada es un toque y cada susurro una orden. Carmen sabe que esta noche no pertenece a ella, sino a quien la observa desde la penumbra, esperando que cumpla hasta el último detalle de su deseo prohibido.

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La Noche en el Club de Intercambio

No era nueva en esas lides. Con Víctor, en aquellos años lejanos donde aún buscábamos juntos los límites, habíamos explorado los márgenes del mundillo swinger. Aquel conocimiento antiguo me dio un atrevimiento perverso.

—Estupendo —respondí a Rafa, y sentí cómo mi voz adoptaba un tono más bajo, más cargado de intención—. Aparte de tus deseos, puedo ser más atrevida esta noche. Anticiparme. Dame la dirección. Iré primero, tú llegarás después y te harás el encontradizo. Así parecerá que voy sola… y la gente se lanzará con menos reparo.

Su asentimiento llegó con una condición que era al mismo tiempo un recordatorio de mi esclavitud:

—De acuerdo. Pero ya sabes: siempre que hagas algo, yo debo tener acceso a verte. Sin excepciones.

—De acuerdo, mi señor.

Salí al hormigueo eléctrico de la noche madrileña. El taxi que detuve llevaba un conductor cuya mirada se aferró al retrovisor como un náufrago a un tablón. No le di la dirección exacta —nunca se sabe—, sino una calle cercana: Doctor Esquerdo, a la altura de la Casa de la Moneda. El lugar de la serie que había visto en los mapas. Una ficción para llegar a otra ficción.

El club era una puerta discreta en una pared anónima. Toqué el timbre y esperé, sintiendo cómo el vestido se me pegaba al sudor de anticipación. La que abrió era una rubia pecosa, de mi edad, pero menuda, con ojos que lo habían visto todo y aun así brillaban con curiosidad. La encargada.

Traspasé el umbral y, en el vestíbulo tenuemente iluminado, le conté la fantasía compartida: que yo hiciera de camarera por una noche, que aquello fuera parte del juego. Le ofrecí dinero, un pago por la complicidad, pero lo rechazó con una sonrisa que tenía algo de maternal y de perversa a la vez.

—Es un placer ayudar a cumplir fantasías —dijo, y su mirada me recorrió de arriba abajo—. Y con tu cuerpo, desde luego, serás el mejor reclamo que hayamos tenido en meses.

Me guio hacia la barra. El club olía a desinfectante barato y a deseo envejecido, un aroma a sudor y colonia económica que se impregnaba en las cortinas oscuras. La música era un latido bajo y constante, un corazón mecánico para el ritual.

—Ponte aquí —indicó—. Serás la camarera más sexy de la tarde noche.

Asentí. El “OK” que salió de mis labios sonó frágil, pero dentro de mí algo se desplegaba, un ala oscura de exhibicionismo que sabía exactamente lo que hacía. La encargada guiñó un ojo hacia algún lugar en la penumbra, donde debía estar el dueño de aquel garito. “¡Empezamos!”.

Los primeros en llegar fueron una pareja madurita, de esos que buscan en la transgresión compartida un último rescoldo de complicidad. Me saludaron con una amabilidad casi doméstica, pidieron sus bebidas sin inmutarse por mi escote o mis tacones. Aquí, todo estaba sobreentendido. El contrato era invisible pero férreo: cada cual hacía lo que le apetecía, mientras el resto miraba o participaba, según el código no escrito de la noche.

En menos de una hora, el club latía con una energía animal. Uno de los jacuzzis ya bullía con cuatro cuerpos entrelazados, un espectáculo de carne húmeda y jadeos que varios observaban desde la barra con sus copas en la mano. Yo servía bebidas, sonreía, me inclinaba lo justo para que el escote hiciera su trabajo. Las miradas eran dedos invisibles sobre mi piel. Un hombre con bigote gris me susurró que le gustaría un “cóctel agitado” entre mis pechos. La frase era burda, pero el deseo detrás era genuino, y a mi cuerpo le tembló la respuesta: un cosquilleo húmedo entre las piernas, la confirmación de que aún podía encender a los hombres.

—Carmen —la voz de la encargada me sacó del trance—. Hay dos chicos nuevos, un poco perdidos. ¿Les haces un recorrido? Enséñales las reglas.

Me dirigí a ellos contoneando las caderas, convirtiendo cada paso en una promesa. Los dos —jóvenes, con cara de haber salido de una biblioteca— abrieron los ojos como platos. Les expliqué el funcionamiento del lugar con una voz profesional que contrastaba con lo que mis ojos les decían: la zona abierta, la zona de parejas “solo entráis si os invita una mujer o una pareja”, el jacuzzi donde la carnicería erótica seguía su curso, los glory holes oscuros y peligrosos.

Uno de ellos, el más atrevido, dejó que su mano rozara mi trasero, una caricia furtiva y torpe. Me detuve en seco. Lo miré, y esta vez no hubo sonrisa en mis ojos.

—No es correcto —dije, y mi voz tenía el filo del vidrio roto—. Soy la camarera. Mi libertad la decido yo, y no se gana con este tipo de actos.

El otro se disculpó, avergonzado. Continuamos el recorrido, pero la semilla ya estaba plantada: ellos me deseaban, y yo tenía el control. Era un poder efímero y delicioso.

De pronto, la música se apagó. La voz ronca de la encargada, amplificada por el micro, resonó en el local:

—Estimados socios e invitados, esta noche tenemos una sorpresa. Carmen, nuestra camarera especial, realizará un baile para todos los que estén en la barra en cinco minutos.

Un golpe de pánico me secó la boca. Nunca había hecho algo así. Desnudarme ante unos cuantos en la intimidad de una habitación era una cosa; hacerlo sobre una barra, ante una multitud de desconocidos, era otra muy distinta. Pero era lo que había pedido, lo que mi papel exigía. No había vuelta atrás.

No faltaron manos para ayudarme a subir a la barra, evitando las escalerillas. Los dedos se deslizaron por mis muslos, mi cintura, mis nalgas, prendiendo pequeñas hogueras en mi piel. Miré hacia abajo. Una veintena de rostros me observaban, expectantes, hambrientos. Y entre ellos, al fondo, la silueta de Rafa. No lo había visto entrar. Su presencia fue un cable a tierra, un recordatorio de que todo esto era para él, por él.

Los primeros acordes de “You Can Leave Your Hat On” de Joe Cocker llenaron la sala. Un compás lento, sensual, un mandato. Empecé a caminar por la barra, mis tacones marcando un ritmo de sentencia sobre el metal. Cuando llegué al poste de pole dance que ascendía hasta el techo, ya había deslizado los tirantes del vestido. La tela cayó, sujetada solo por la presión de mis pechos turgentes.

Me aferré al poste frío. Me incliné hacia atrás en un arco imposible, hasta que mi cabeza rozó el rostro de un espectador, que depositó un beso húmedo en mi cuello extendido. Mi pierna se enroscó en el acero, el vestido se retorció, subiendo, bajando, revelando, ocultando. Con un movimiento final, lo arrojé hacia donde estaba Rafa. Lo vi atraparlo al vuelo, y en su sonrisa hubo un destello de aprobación victoriosa que me incendió por dentro.

Ya solo en lencería —un conjunto diminuto que apenas contenía nada—, la música cambió a “Show me love”. Mi cuerpo se convirtió en el instrumento de la melodía. Lancé el sujetador a los dos jóvenes novatos, que lo atraparon como una reliquia. Mis pezones, ahora libres y dolorosamente erectos, se ofrecieron a sus bocas estupefactas. Ellos no dudaron. La sensación de sus lenguas tímidas y ávidas fue una descarga eléctrica que recorrió mi espina dorsal y anegó mi tanga.

Me senté en el borde de la barra, me abrí de piernas en un gesto obsceno y definitivo, y señalé a un hombre maduro que babeaba literalmente.

—¡Quítamelas! —ordené, y mi voz no era mía, era la de la diosa que habitaba en la puta.

Sus dedos temblorosos obedecieron. El tanga voló. Quedé completamente expuesta, mi sexo depilado palpitando a la vista de todos, brillante de mi propia excitación. El silencio era absoluto, roto solo por murmullos de codicia y algún jadeo ahogado. Manos anónimas se atrevieron a rozarme los muslos, los costados, alimentando el fuego.

Cuando terminó la música, me quedé inmóvil, en una genuflexión de diosa caída. El estallido de aplausos y silbidos fue un muro de sonido que me golpeó, me bañó, me absolvió. Bajé de la barra tambaleante. La encargada se acercó, sus ojos brillaban.

—Para empezar, has triunfado —me dijo, envolviéndome en una bata de seda ridícula con motivos chinos—. Si sigues así, esta noche será inolvidable. Vete para el glory hole.

Las felicitaciones y proposiciones llegaron en un torrente. Sonreía, agradecía, me sonrojaba, pero por dentro una claridad fría se asentaba: esto era lo que quería. Ser el centro, el objeto, la fantasía encarnada.

Pasado un rato, necesitando un respiro de tantas miradas, y anticipando el siguiente juego me deslicé con una batita de cortesía hacia la zona de los glory holes. Una habitación estrecha, pintada de negro, con tres orificios a la altura de la cadera en una pared. La oscuridad era casi total, la música ambiental, un zumbido hipnótico.

Cerré la puerta. Pronto sentí pasos, murmullos, el calor de cuerpos apretados al otro lado del tabique. Un letrero luminoso que no había visto antes parpadeaba fuera: “CONCURSO DE AGUANTE – GLORY HOLE”. Las reglas eran claras: dos mujeres dentro, tres hombres compitiendo por no correrse. El ganador elegiría su premio.

Llamaron a la puerta. Era otra mujer, madura como yo, los ojos brillantes en la penumbra. Mi contrincante. Asentimos en silencio, una alianza momentánea. Nos despojamos de la poca ropa que llevábamos. Luego, como por arte de magia, aparecieron en los tres agujeros: tres falos erectos, anónimos, iluminados solo por la tenue luz que se filtraba. Reconocí, o creí reconocer, la forma y el grosor de uno de ellos. ¿Era Rafa? En la oscuridad, no podía estar segura, pero la posibilidad añadió una capa más de electricidad al juego.

Mi compañera se lanzó sobre el pene de la izquierda con la experiencia de una profesional, haciendo una “cubana” que arrancó un gemido ahogado al hombre del otro lado. Yo, no queriendo quedarme atrás, me centré en el de la derecha. Lo tomé con la boca, mi lengua se volvió avara, explorando cada vena, cada textura, tratando de descifrar si era él mientras intentaba, por contrato, hacer que se corriera lo antes posible.

El problema era el pene central. Quedaba desatendido, una tentación que reclamaba atención. Mi compañera y yo intercambiamos una mirada en la oscuridad. Era una carrera. Si empatábamos 1-1, ese tercero sería el desempate. Nos esforzamos, cada una en su tarea, los sonidos de la habitación —chupadas, jadeos, el roce de la piel contra la madera— creando una sinfonía sórdida y excitante. Yo estaba decidida a ganar, o al menos, a no defraudar a quien pudiera estar observando desde la oscuridad.

La Deuda Cumplida y el Nuevo Castigo

Mi compañera, una experta en ese juego sucio, terminó ofreciéndole su coño a la polla que asomaba por el centro, colocándose de culo contra el agujero con una precisión obscena. Él, al sentir cómo su miembro encontraba de pronto una cavidad cálida y ajustada, empezó a gemir entre dientes: «¡Me corro, por Dios, me corro!». Ella se retiró hábilmente en el último instante y lo hizo terminar entre sus manos y sus pechos, recogiendo el tributo con la profesionalidad de una sacerdotisa. 1-0.

Sin darse tiempo para respirar, inició sus maniobras sensuales con el siguiente, el del medio. Me vi perdida —ya no tenía ventaja— y opté por la misma táctica desesperada. Le ofrecí mi vagina a mi partner, esa apertura húmeda y ansiosa. Pero no contaba con que, debido a la pared que nos separaba, la penetración sería forzada, superficial, rozando apenas la entrada mientras su fricción se concentraba justo en mi clítoris y mi punto G con una precisión brutal. Fue tan placentero, tan inesperadamente certero, que antes de poder reaccionar sentí un temblor profundo en el bajo vientre y un chorro caliente —mi squirt— comenzó a chorrear en el suelo de la cabina, empapándome los muslos mientras me aferraba a la pared de enfrente para no derrumbarme.

Esa demostración involuntaria de placer fue la gota que colmó al hombre del otro lado. Empezó a susurrar entre jadeos: «¡Ohhhh, que me viene, que me viene… inmenso… por favor, me corrooo…!». Me retiré justo a tiempo para recibir en mis pechos y vientre la generosa corrida que me dispensó, espesa y cálida. 1-1.

Mientras, mi compañera había agotado casi todo su repertorio con el último participante: boca, tetas, manos, incluso intentos de penetración más complejos. Pero aquel hombre parecía de hierro. Se apartó un momento, jadeando, y me susurró:

—Prueba tú. Está a punto, pero aguanta tela el tío este.

Al tomar el pene con mis manos —esa piel familiar, ese patrón de venas que había aprendido de memoria—, estuve segura. Era él. Era Rafa. Con el aguante que tenía, sería casi imposible hacerlo correr, pero al menos debía intentarlo. Quedaban poco más de cinco minutos. Las venas de su glande estaban hinchadas, el falo era magnífico en su erecta soberbia, y decidí, pasara lo que pasara, disfrutar de él. Lo guie hacia mí y lo introduje como había hecho con el anterior. Su grosor, ya conocido, me abrió con una familiaridad que era a la vez dolor y consuelo. Pronto me sentí inundarme de nuevo, mojándolo todo, regándolo a él mientras permanecía impasible, dueño de su demora.

El tiempo se terminó. Al otro lado de la pared estallaron los vítores para el vencedor. Nosotras, sudorosas y jadeantes, nos pusimos las batitas y salimos para felicitarlo. Allí estaba, en efecto, mi señor, envuelto en una toalla blanca bajo la cual abultaba aún su victoria. Ambas nos acercamos y le dimos un beso en cada mejilla, un ritual de cortesía perversa:

—¿Cuál es tu deseo? —preguntamos al unísono, dos esclavas ofreciendo los frutos de su derrota.

Él nos cogió a ambas por la cintura, sus manos firmes, y nos condujo al jacuzzi más amplio. El agua templada me recibió como un bálsamo, calmando por un instante el fuego de mi sexo sobreexcitado. Mi compañera se sentó sobre Rafael, y él la cogió de las caderas, guiando sus movimientos arriba y abajo con la pericia de un director de orquesta, mientras con la otra mano apretaba la mía bajo el agua, un contacto íntimo y posesivo en medio del caos.

Uno de los jóvenes novatos que antes había visto se metió en el agua y, con timidez palpable, acercó una mano a mis muslos. Lo miré, y él pidió permiso con los ojos. Miré a mi amo, quien consintió con una inclinación casi imperceptible de la cabeza. Así que monté al sorprendido muchacho, cuyo cuerpo joven y nervioso no respondía como él hubiera querido. Tal vez eran los nervios, tal vez la abrumadora presencia de todo aquello, o quizás el agua… pero su carne permanecía blanda e indecisa entre mis muslos.

Rafa, tras darle placer a mi compañera hasta dejarla exhausta, se levantó y vino hacia mí. Mientras yo luchaba inútilmente por animar al novato, sentí una mano enroscarse en mi pelo y tirar de mí hacia atrás, hacia esa polla que seguía dura y palpitante. Mi excompañera, viendo la situación, se acercó al muchacho y le ofreció un pecho a la boca. Eso sí pareció despertar algo en él, y ambos se liaron en un revolcón acuático.

Yo, mientras tanto, ya sabía cómo calentar a mi verdadero macho. Me puse de espaldas a él y me dejé penetrar, mientras con las manos me acariciaba los pechos, mirando directamente a los espectadores que, desde fuera del jacuzzi, se relamían ante el espectáculo. Mis gemidos, aprendidos y sinceros, eran el combustible que lo llevaba al borde. Maullé, me retorcí, me entregué a oleadas de placer que hacían estremecer mi cuerpo cada vez con más violencia, mientras le susurraba obscenidades:

—Cabálgame, soy una puta y me lo merezco. Quiero disfrutar de todos los hombres de este club hoy… pero tu polla es solo mía, y me vas a reventar de gusto.

El placer fue mutuo, y Rafael no pudo contenerse más, dejándose ir en un espasmo profundo que sentí retumbar dentro de mí. El resto de la noche se disolvió en un éxtasis continuo. Perdí la cuenta después del sexto orgasmo. El último lo tuve tendida en la cama redonda junto al jacuzzi, recibiendo un bukake colectivo de todo hombre que aún tuviera semen que ofrecer. Era un ritual de posesión y abandono, un bautizo líquido y frío.

Exhausta, casi sin voz, le confesé a mi amo que ya no podía más

—Aún falta tu castigo por lo de la sauna —recordó, su voz serena pero implacable.

—Se lo admito, soy su esclava —musité, los párpados pesados—. Pero le ruego… que sea mañana. Esta noche ya no puedo mantenerme en pie.

—Será más duro, por haberlo pospuesto —sentenció, y yo asentí, porque era verdad y porque no tenía fuerzas para otra cosa.

Me duché, me vestí recopilando mi ropa por el club con movimientos automáticos, y tras despedirnos de la encargada —encantada, prometiéndonos pases gratis para otra ocasión—, tomamos un taxi de vuelta al hotel. Me derrumbé sobre la cama, me despojé de la ropa como de una piel ajena, me arropé con la sábana y el sueño me venció casi de inmediato. Lo último que recuerdo fue la silueta de Rafa sentado al borde de la cama, la luz azulada del móvil iluminando su rostro concentrado mientras tecleaba algo en la oscuridad.