Los cuernos nacieron en la habitación 412
El vuelo a Santiago fue solo el comienzo. En la habitación 412, Lucía y Eduardo descubren que la tentación es más fuerte que la lealtad. Cada noche, mientras los chicos festejan abajo, ellos libran su propia guerra de placer, arriesgando todo por un gemido ahogado o una llamada telefónica que podría delatarlos.
El vuelo de Buenos Aires a Santiago de Chile duró poco más de dos horas, pero para Lucía fueron las dos horas más cargadas de tensión y expectativa de su vida. Sentada junto a la ventanilla del avión, con Andrés dormido contra su hombro, no dejaba de pensar en cómo todo había cambiado de golpe. Ricardo, su marido desde hacía dieciocho años, había confirmado el viaje hasta el último momento.
—Voy a acompañar a mi pibe en su primer torneo internacional, ni loco me lo pierdo —repetía.
Pero a las seis de la mañana del día de la partida, el teléfono sonó: una urgencia en la obra que dirigía. Un derrumbe menor, pero suficiente para que el jefe lo clavara en Buenos Aires.
—Andá vos, Lu. No jodas, el pibe te necesita ahí. Yo me arreglo.
Lucía había subido al avión con una mezcla de bronca y alivio. Bronca porque Ricardo siempre priorizaba el laburo. Alivio porque, en el fondo, Andrés ya no necesitaba que lo mimaran como a un nene. Y ahora, mirando el cielo nublado sobre la cordillera, sintió que por primera vez en mucho tiempo iba a tener unos días solo para ella.
Lucía tenía 37 años, un cuerpo curvilíneo y jugoso que llamaba la atención sin proponérselo. Alta, de piel blanca y pelo castaño oscuro que le caía en ondas sobre los hombros. Sus tetas eran grandes, pesadas y firmes, con pezones grandes que se marcaban fácilmente bajo la ropa. Cintura estrecha, culo redondo y carnoso, y unas piernas gruesas pero bien formadas. Tenía una cara bonita, de ojos marrones expresivos y labios carnosos que invitaban a besarlos.
Mujer de barrio porteño, esposa y madre dedicada en apariencia, pero con una concha caliente y ansiosa que llevaba años apagada. Una vez liberada, se transformaba en una puta insaciable, húmeda, gemidora y sin límites.
En el aeropuerto de Santiago, mientras esperaban el transfer del hotel, se cruzó con Eduardo. Alto, ancho de hombros, pelo negro salpicado de canas, divorciado desde hacía tres años. Su hijo Mateo jugaba en la misma categoría que Andrés, delantero titular del equipo. Se habían visto un par de veces en los entrenamientos en Buenos Aires, pero nunca habían cruzado más que un «hola, ¿todo bien?». Esta vez fue distinto. Eduardo la miró directo a los ojos cuando se acercó a saludarla.
—Lucía, ¿no? La mamá de Andrés. Qué bueno que pudiste venir. Yo vine solo con el pibe también.
La voz de Eduardo era grave, tranquila, con ese acento porteño que a ella siempre le había gustado. Charlaron mientras esperaban las valijas. De fútbol, del calor que hacía en Santiago, de lo caro que estaba todo. Cuando llegó el micro del hotel, se sentaron juntos. Andrés y Mateo se fueron al fondo con los demás pibes del equipo, gritando y puteando como siempre. Lucía y Eduardo se quedaron en los asientos de adelante.
—Mi ex no quiso venir —dijo él de repente, mirando por la ventana—. Dice que es «mi problema». Así que acá estoy, bancando todo solo.
—Yo casi no vengo tampoco —confesó Lucía—. Ricardo se quedó por laburo.
Eduardo giró la cabeza y le sonrió de costado.
—Entonces estamos en la misma. Dos padres solos en un torneo de pibes.
La mirada que le pegó duró un segundo de más. Lucía sintió un calorcito en la panza que no sentía desde hacía meses.
El hotel era un cuatro estrellas cerca del estadio. Caro para el bolsillo de cualquiera. Cuando llegaron a la recepción, el recepcionista les dio la mala noticia: solo quedaban habitaciones dobles disponibles para los padres que habían reservado tarde. Dobles de verdad, con dos camas separadas, pero el precio era el mismo que una individual. Lucía miró a Eduardo. Él la miró a ella.
—Para ahorrar… —empezó él.
—Para ahorrar —repitió Lucía, y sintió que se le mojaba la concha solo de decirlo.
Firmaron juntos. Habitación 412. Dos camas Queen, baño amplio, vista a la montaña. Los pibes ya estaban en el ala de los jugadores, con supervisión de los entrenadores. Ellos dos, solos.
Subieron en el ascensor en silencio. Cuando entraron a la habitación, el aire se puso pesado. Eduardo dejó la valija en un rincón y se sacó la campera. Lucía se quedó parada junto a la cama, mirando las dos sábanas blancas.
—Mirá, si te molesta… —empezó él.
—No me molesta —lo cortó ella—. Al contrario.
Eduardo se acercó. Despacio. Le puso una mano en la cintura. Lucía levantó la cara y lo besó. Fue un beso duro, con lengua desde el primer segundo. Las manos de él bajaron directo al culo de ella, apretándolo por encima del jean. Lucía gimió dentro de su boca y le clavó las uñas en la nuca.
—Hace rato que te tengo ganas —le susurró Eduardo al oído, mordiéndole el lóbulo—. Desde que te vi en el aeropuerto.
—Entonces cogeme ya —le respondió Lucía, sin vueltas.
Se arrancaron la ropa como si les quemara. El corpiño de Lucía voló por el aire. Sus tetas grandes, pesadas, cayeron libres. Eduardo se agachó y se metió una teta entera en la boca, chupando el pezón con fuerza mientras le bajaba el jean y la bombacha de un tirón. Lucía quedó completamente desnuda, la concha ya empapada, los labios hinchados y brillantes.
Eduardo se sacó los pantalones. La pija le saltó dura, gruesa, venosa, la cabeza morada y brillante de precum. Lucía se arrodilló sin que se lo pidiera. Le agarró la verga con las dos manos y se la metió hasta la garganta de una. Eduardo gruñó y le agarró el pelo.
—Así, nena… chupámela toda.
Lucía la mamaba con ganas, babeando, haciendo ruido, mirándolo a los ojos mientras la pija le entraba y salía de la boca. Le lamía los huevos, le pasaba la lengua por toda la verga, le apretaba la base con la mano. Eduardo respiraba pesado.
—Pará… si seguís así me voy a correr en tu boca.
Lucía se levantó, se limpió los labios con el dorso de la mano y se tiró en la cama boca arriba. Abrió las piernas bien anchas.
—Vení. Metémela. Quiero que me cojas fuerte.
Eduardo se tiró encima. Le agarró las tetas con las dos manos y le metió la pija de un solo empujón. Lucía soltó un gemido largo y gutural. La concha le chorreaba. Eduardo empezó a cogerla con ritmo duro, profundo, sacando casi toda la verga y volviéndola a clavar hasta el fondo. Cada embestida hacía que las tetas de Lucía rebotaran.
—Qué concha apretada tenés, hija de puta —gruñó él—. Está chorreando.
—Más fuerte… cogeme más fuerte —le rogó ella, clavándole las uñas en la espalda.
Eduardo le levantó las piernas y se las puso sobre sus hombros. Ahora la penetraba más profundo todavía. El sonido de la pija entrando y saliendo de la concha mojada llenaba la habitación. Plop, plop, plop. Lucía se corrió la primera vez gritando, apretando la verga con la concha, temblando entera. Eduardo no paró. Siguió cogiéndola como un animal.
Le dio vuelta. La puso en cuatro. Le agarró el culo con las dos manos y le metió la pija otra vez, ahora más rápido, más salvaje. Le daba cachetadas en las nalgas mientras la cogía. Lucía enterraba la cara en la almohada y gemía sin control.
—Metémela toda… rompeme la concha…
Eduardo le metió un dedo en el culo mientras seguía follándola. Lucía se corrió de nuevo, esta vez más fuerte, chorros de líquido le corrieron por los muslos.
—Voy a correrme adentro —avisó él, la voz ronca.
—Adentro… llename toda…
Eduardo soltó un rugido y le descargó adentro. Chorros espesos, calientes, llenándole la concha hasta que le empezó a salir por los costados. Se quedaron así, pegados, respirando agitados.
Esa fue solo la primera vez.
A la noche, después del partido (Andrés metió un gol, Mateo otro), volvieron al hotel. Los pibes se fueron a dormir temprano. Lucía y Eduardo pidieron una botella de vino al room service. Se sentaron en la cama, desnudos, y empezaron a charlar. Pero el vino duró poco. A los diez minutos ya estaban otra vez enredados.
Esta vez Lucía se sentó arriba. Le agarró la pija dura y se la metió ella misma, bajando despacio hasta que la tuvo toda adentro. Empezó a cabalgarlo lento, moviendo las caderas en círculos, apretando la concha alrededor de la verga. Eduardo le apretaba las tetas y le pellizcaba los pezones.
—Mirá cómo me la meto toda… mirá cómo me la estoy comiendo —le decía ella, jadeando.
Eduardo le agarró el culo y empezó a subirla y bajarla con fuerza. La cogía desde abajo, clavándole la pija hasta el fondo. Lucía se corrió otra vez, gritando su nombre. Después él la puso de costado, le levantó una pierna y la penetró así, lento pero profundo, besándole el cuello, mordiéndole los hombros.
—Sos una puta increíble —le susurraba al oído—. Me encanta cómo te mojás para mí.
Se corrieron juntos esta vez. Eduardo le llenó la concha otra vez, y cuando sacó la pija, un chorro blanco y espeso le salió a Lucía de adentro, cayéndole por el muslo.
Los siguientes tres días fueron una locura de sexo. Por la mañana, antes de que los pibes salieran al desayuno, Eduardo la cogía rápido contra la pared del baño, tapándole la boca para que no gritara. Al mediodía, después de los partidos, se escapaban al hotel y se cogían como animales. Una tarde Lucía le chupó la pija en el balcón, arrodillada, mientras el sol de Santiago les daba en la cara. Otra noche Eduardo la puso contra la ventana, las tetas aplastadas contra el vidrio frío, y la cogió por atrás mientras miraban las luces de la ciudad.
Le metió la pija en el culo por primera vez la última noche. Lucía estaba en cuatro, la concha ya llena de leche de él. Eduardo le escupió en el agujero del culo y le metió un dedo, después dos. Cuando la sintió lista, le apoyó la cabeza de la verga y empujó despacio. Lucía soltó un gemido largo, mezcla de dolor y placer.
—Despacio… pero no pares…
Eduardo le metió toda la pija en el culo, centímetro a centímetro, hasta que sus huevos le tocaron la concha. Empezó a moverse. Primero lento, después más rápido. Lucía se masturbaba la concha mientras él la cogía por el culo. Se corrió con la pija adentro del orto, apretándolo tan fuerte que Eduardo no aguantó más y le descargó todo el semen caliente dentro del culo.
Cuando terminaron, se quedaron abrazados en la cama, sudorosos, pegajosos, satisfechos.
—Esto no termina acá —le dijo Eduardo, besándole el pelo.
—No —respondió Lucía, sonriendo—. Ni en pedo.
Lucía y Eduardo volvieron al hotel después de un partido ganado por el equipo. Andrés había metido un golazo. El micro de los jugadores estaba a full de gritos y cumbia a todo volumen. Los pibes festejaban como locos. En el asiento de adelante, Lucía y Eduardo se miraban de reojo, con esa sonrisa cómplice que ya no podían disimular.
Llegaron al hotel pasadas las once de la noche. Los entrenadores se llevaron a los chicos a una sala de juegos del hotel para seguir el festejo controlado. Lucía y Eduardo subieron directo a la 412. Apenas cerró la puerta, él la empujó contra la pared y le metió la lengua en la boca.
—Qué ganas de cogerte tenía, hija de puta —le gruñó mientras le apretaba las tetas por encima de la remera.
Lucía ya estaba mojada. Se sacó el jean en dos segundos y se quedó en bombacha. Eduardo la levantó en el aire, la tiró en la cama y le arrancó la bombacha de un tirón. Le abrió las piernas y le pasó la lengua por toda la concha, chupándole el clítoris hinchado mientras ella gemía bajito.
En ese momento sonó el teléfono de Lucía. Era Ricardo.
—Atendé —le susurró Eduardo con una sonrisa oscura, la cara brillante de sus jugos.
Lucía tragó saliva y atendió, tratando de que la voz le saliera normal.
—Hola amor… sí, ganamos 2-0… Andrés metió un gol increíble… —dijo ella, mientras Eduardo le seguía comiendo la concha sin piedad.
Ricardo hablaba del laburo, de lo contento que estaba por el pibe. Lucía intentaba responder coherente, pero la lengua de Eduardo le estaba volviendo loca la concha. Tuvo que morderse el labio para no gemir.
—Qué bueno, Lu… ¿y vos cómo estás? Te noto rara la voz… —preguntó Ricardo de repente.
Lucía sintió un escalofrío. Eduardo levantó la cara, sonrió y le hizo señas de que siguiera hablando. Se puso de rodillas atrás de ella, le escupió en el culo y empezó a frotarle la pija dura contra el agujero.
—Estoy… estoy bien, cansada nada más… el partido fue intenso —respondió Lucía, la voz entrecortada.
Eduardo empujó. La cabeza gruesa de su verga empezó a entrar en el culo de Lucía. Ella apretó las sábanas y soltó un gemido ahogado que disimuló con una tos.
—¿Segura? Parecés agitada… ¿estás bien? —insistió Ricardo, con tono de duda.
—Sí… sí, amor… es que subimos las escaleras rápido… con Eduardo… estábamos festejando con los padres… —mintió ella.
En ese momento Eduardo le metió toda la pija de un empujón lento pero profundo. Lucía abrió la boca en un grito silencioso. El culo se le abrió al máximo alrededor de esa verga gruesa y venosa. Eduardo empezó a mover las caderas, cogiéndola por el orto con movimientos largos y pesados.
—Ahhh… —se le escapó a Lucía.
—¿Qué pasó? —preguntó Ricardo al instante.
—Nada… me tropecé con la valija… ay… —Lucía tuvo que taparse la boca con la mano libre porque Eduardo ahora la cogía más rápido, clavándole la pija hasta los huevos.
El sonido húmedo y obsceno de la verga entrando y saliendo del culo llenaba la habitación. Lucía estaba empapada, la concha le chorreaba sobre las sábanas mientras le rompían el orto.
—Lu, de verdad… tu voz está rarísima. ¿Estás segura de que no pasó nada? —Ricardo sonaba cada vez más desconfiado.
Eduardo le agarró el pelo, le tiró la cabeza para atrás y le susurró al oído mientras seguía cogiéndola sin parar:
—Decile que estás bien… decile que te estoy cogiendo el culo ahora mismo, puta.
Lucía temblaba entera. El placer era brutal.
—Estoy… estoy perfecta, Ricardo… solo… solo cansada… mañana hablamos mejor… te quiero… —logró decir entre jadeos.
Eduardo le metió dos dedos en la concha mientras le seguía dando por el culo. Lucía se corrió violentamente, apretando la pija con el orto, mordiéndose el brazo para no gritar. El orgasmo le hizo sacudir todo el cuerpo.
Ricardo se quedó callado unos segundos.
—Bueno… cuidate. Dale un beso a Andrés. Te quiero.
—Te quiero… chau… —Lucía cortó justo cuando Eduardo soltó un gruñido bajo y le empezó a descargar adentro del culo. Chorros calientes y espesos le llenaron el orto hasta que le rebalsó. Cuando sacó la pija, un hilo blanco y espeso le chorreó del culo a Lucía por la concha y los muslos.
Se quedaron jadeando. Eduardo la besó en la nuca, todavía con la verga semi-dura apoyada entre sus nalgas.
—Sos una puta increíble… casi te descubre tu marido mientras te cogía el culo —le dijo riendo bajito.
Lucía se dio vuelta, todavía temblando, y le agarró la pija mojada.
—Quiero más… —susurró—. Mañana después del partido te quiero otra vez así… mientras hablo con él.
Eduardo sonrió y le metió dos dedos en el culo lleno de semen.
—Vas a tener toda la verga que quieras, mi amor.
Abajo, los pibes seguían festejando. Arriba, en la 412, la verdadera fiesta recién empezaba.
Lucía y Eduardo bajaron un rato a la sala de festejos del hotel para no levantar sospechas. El equipo entero de juveniles estaba descontrolado. Música a todo volumen, cumbia y reggaetón retumbando contra las paredes. Los pibes, todos entre 15 y 17 años, saltaban sobre los sillones, se tiraban chorros de gaseosa y cerveza que habían conseguido esconder, gritando y abrazándose como animales.
Andrés y Mateo estaban en el centro, sin remera, sudorosos, cantando a los gritos el canto del equipo. Alguien había traído un parlante inalámbrico y la fiesta era un quilombo total. Los entrenadores miraban desde un rincón con una cerveza en la mano, haciendo la vista gorda por una noche.
—Mirá cómo se descontrolaron estos hijos de puta —le dijo Eduardo al oído a Lucía, apretándole disimuladamente el culo por encima del jean.
Lucía sentía la concha todavía palpitando del polvo que le había dado por el orto hacía media hora. Ver a todos esos pibes llenos de testosterona, saltando y gritando, la ponía aún más caliente.
De repente uno de los más grandes del equipo, un pibe de 17 llamado Franco, se subió a una mesa y empezó a sacarse la remera tirándola al aire. Los demás lo siguieron. En minutos había diez pibes sin remera, golpeándose el pecho, mostrando los abdominales marcados de tanto entrenamiento. Sudados, agitados, con esa energía salvaje de la victoria.
Lucía y Eduardo se miraron. No necesitaron decir nada. Subieron de nuevo a la habitación 412 apenas pudieron escaparse sin que nadie los viera.
Apenas cerraron la puerta, Eduardo la empujó contra la pared con fuerza.
—Ver a todos esos pibes descontrolados me puso la pija dura como piedra —gruñó, bajándole el jean de un tirón.
Lucía ya tenía la bombacha empapada. Se dio vuelta, apoyó las tetas contra la pared y sacó el culo para atrás.
—Cogeme. Fuerte. Quiero que me rompas mientras abajo siguen festejando como animales.
Eduardo escupió en su mano, se lubricó la verga gruesa y se la metió toda en la concha de un solo empujón. Lucía soltó un gemido ronco. Él empezó a cogerla con fuerza, agarrándola de las caderas, clavándole la pija hasta el fondo con embestidas brutales. El sonido de sus huevos golpeando contra la concha mojada se mezclaba con la música que subía desde la planta baja.
—Escuchá cómo gritan… —jadeó Eduardo sin dejar de cogérsela—. Mañana van a estar todos muertos y nosotros vamos a seguir tu con la concha y el orto reventados y yo con la pija vacía.
Lucía se corrió por primera vez en menos de un minuto, apretando la pija con la concha, temblando contra la pared. Eduardo no paró. La sacó, la tiró en la cama en cuatro patas y le metió la verga otra vez, ahora más salvaje, dándole cachetadas fuertes en el culo que le dejaban marcas rojas.
—Más duro… cogeme como si fuera una de esas putitas que los pibes quisieran cogerse abajo —le rogó ella, completamente entregada.
Eduardo le metió un dedo en el orto mientras le seguía rompiendo la concha. Después sacó la pija brillante de jugos y se la apoyó en el culo.
—Abrí bien ese orto…
La penetró despacio pero sin piedad, hasta que los huevos le tocaron la concha. Empezó a darle por el culo con ritmo salvaje, igual que los pibes festejando abajo. Lucía gritaba contra la almohada, corriéndose otra vez, chorros de su propia corrida le corrían por los muslos.
El teléfono vibró sobre la mesita. Era Ricardo otra vez.
—Atendé —ordenó Eduardo, sin sacar la pija del orto de Lucía.
Ella atendió, la voz rota de placer.
—Hola… sí… estamos… festejando… —logró decir mientras Eduardo le seguía cogiendo el culo sin piedad, más lento pero profundo.
Ricardo preguntó algo sobre el ambiente. Lucía apenas podía hablar. Cada embestida le hacía subir la voz.
—Está todo… muy loco… los pibes… descontrolados… ay… —gimió cuando Eduardo le dio una estocada especialmente fuerte.
—¿Estás bien, Lu? Otra vez esa voz… —dudó Ricardo.
—Perfecta… estoy… estoy bailando… con las madres… —mintió ella entre dientes, mientras Eduardo le descargaba adentro del orto por segunda vez esa noche, llenándola de leche caliente.
Cortó el teléfono y se dejó caer sobre la cama, el culo abierto y chorreando semen.
Abajo la fiesta seguía salvaje. Los pibes gritaban, saltaban, se abrazaban. Arriba, Lucía y Eduardo seguían su propia fiesta mucho más oscura y sucia.
—Esto recién empieza —le dijo Eduardo, pasándole dos dedos por la concha hinchada—. Mañana después del próximo partido vamos a festejar todavía más fuerte.
Lucía sonrió, exhausta y satisfecha, con el orto palpitando lleno de semen.
—Quiero que me cojas en todos lados… mientras el equipo entero festeja como locos abajo.
Lucía y Eduardo volvieron a Buenos Aires como campeones. El equipo ganó el torneo internacional juvenil con un 3-1 en la final. Andrés metió el gol del triunfo y fue elegido mejor jugador del campeonato. En el aeropuerto de Santiago, los pibes gritaban, saltaban y se tiraban agua encima. Eduardo y Lucía se miraban con esa sonrisa sucia, sabiendo que la verdadera victoria la habían ganado ellos dos en la habitación 412.
En el vuelo de regreso, el avión iba lleno de euforia. Los juveniles ocupaban casi toda la parte de atrás, cantando y puteando de alegría. Lucía y Eduardo consiguieron asientos juntos, tres filas delante de los pibes. Andrés y Mateo estaban más atrás, todavía con la adrenalina a full.
A mitad de vuelo, cuando las luces se bajaron un poco, Eduardo le apretó el muslo a Lucía.
—Vení al baño. Ahora —le susurró al oído.
Lucía sintió la concha mojarse al instante. Se levantó primero, caminó por el pasillo contoneando el culo y entró al baño de la parte delantera. Dos minutos después, Eduardo golpeó suave y entró con ella. Apenas cerró la puerta, la empujó contra el lavabo.
—Abrí la boca, puta. Quiero que me la chupes rápido.
Lucía se arrodilló en el pequeño espacio, le bajó el pantalón de jogging y sacó esa pija gruesa que ya conocía tan bien. Estaba dura, venosa, con la cabeza morada brillando. Se la metió entera hasta la garganta sin calentamiento. Eduardo le agarró el pelo con las dos manos y empezó a cogerle la boca con fuerza, empujando las caderas.
—Así… tragátela toda… sos mi puta personal ahora —gruñía bajito.
Lucía babeaba, los ojos llorosos, haciendo ruidos húmedos mientras la verga le entraba y salía de la garganta. Eduardo no duró mucho. A los dos minutos soltó un gruñido ahogado y le descargó directo en la boca. Chorros espesos, calientes y abundantes le llenaron la lengua y la garganta. Lucía tragó todo lo que pudo, pero un poco se le escapó por la comisura de los labios.
Eduardo le limpió la verga en su lengua y salió primero. Lucía se miró en el espejo: tenía los labios hinchados, los ojos brillantes y un hilo blanco y espeso en la esquina derecha de la boca. Se limpió rápido con el dedo y salió.
Volvió a su asiento. Andrés, que había ido a buscarla, la miró raro.
—Mamá… ¿qué tenés ahí? —preguntó el pibe, señalándole la comisura de la boca.
Lucía se pasó la mano rápido.
—Nada, hijo. Debe ser crema del cafecito que me tomé —respondió con la voz todavía ronca.
Andrés se encogió de hombros y volvió con los compañeros. Eduardo, sentado al lado, sonreía sin mirarla, la pija todavía medio dura dentro del pantalón.
Llegaron a Ezeiza pasadas las diez de la noche. Ricardo los esperaba con globos y una bandera argentina. Abrazó fuerte a Andrés, lo levantó en el aire como cuando era chico. Después besó a Lucía en la boca.
—Te extrañé, amor. Contame todo —le dijo, contento.
Esa misma noche, ya en casa, después de que Andrés se durmiera exhausto, Lucía y Ricardo se sentaron en el living con una copa de vino. Ella le contó todo lo que podía contar: los partidos, los goles de Andrés, lo bien que jugó el equipo, el hotel, el clima de Santiago, los festejos.
—Fue increíble, Ricardo. El pibe brilló. Y Eduardo, el papá de Mateo, me ayudó mucho. Es buen tipo, divorciado… nos hicimos amigos y compartimos gastos del hotel. Gracias a eso pude quedarme todo el torneo.
Ricardo asintió, orgulloso y sin sospechar nada.
—Me alegro que hayas ido. Gracias por acompañarlo. Te debo una grande.
Lucía sonrió con inocencia, pero por dentro sentía la concha y el orto todavía sensibles de toda la verga que había recibido esos días. Esa misma semana, Eduardo le escribió por WhatsApp. Empezaron a verse a escondidas. Una vez por semana, a veces dos. En un telo de Avenida Gaona, en el auto en un estacionamiento oscuro, incluso una tarde en la casa de Eduardo cuando su hijo se quedaba en entrenamiento.
Lucía se volvió adicta. Le encantaba arrodillarse y chuparle la pija gruesa hasta que le llenaba la boca, que la cogiera fuerte contra la pared, que le metiera los dedos en el culo mientras le rompía la concha. Eduardo le hablaba sucio todo el tiempo:
—Sos la puta más rica que tuve… tu marido ni se imagina cómo te gusta que te llene el orto.
Y Lucía se corría más fuerte cada vez que lo escuchaba.
En casa seguía siendo la misma esposa cariñosa. Le hacía el amor a Ricardo de vez en cuando, pero ya no era lo mismo. Pensaba en Eduardo mientras su marido la penetraba. A veces, cuando Ricardo se corría adentro, ella imaginaba que era la leche espesa de Eduardo.
El secreto quedó entre ellos dos. Cada vez que el equipo tenía un partido fuera de Buenos Aires, Lucía encontraba la forma de viajar. Y cada vez que volvían campeones, en el baño del avión o en algún rincón del hotel, Eduardo le recordaba a quién pertenecía esa concha ahora.
Fin.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Mientras mi marido dormia
A las tres de la madrugada, el combustible se agota y la soledad se vuelve tentadora. Mientras su esposo duerme en casa, ella descubre que la noche…
Comparte:Infidelidad consentidaExhibicionismo accidentalDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
Zorras de despedida de soltera (3 de 4)
Sabe que su esposo duerme en la misma casa. Sabe que Leo es un riesgo calculado. Pero cuando el alcohol y la mirada de él se cruzan en medio de la…
Comparte:Infidelidad consentidaBdsm suaveDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
Chantajeada por el amigo de mi novio
El video llegó a su celular con el peso de una sentencia: o se deja follar por el desconocido que la grabó, o su vida se desmorona.
Comparte:Infidelidad consentidaBdsm suaveDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
Infiel a mi marido y lo gocé: visita al doctor
El consultorio estaba cerrado, pero la puerta nunca fue un obstáculo. Mientras su esposo dormía plácidamente al lado de la cama, ella descubrió que…
Comparte:Infidelidad consentidaBdsm suaveDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
Historias de oficina II
En la oficina, las reuniones se interrumpen por el placer. Cuando Pilar decide llevar a toda su familia a la cena de gala, el jefe no solo ve una…
Comparte:Infidelidad consentidaBdsm suaveDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
Me masturbó frente a mi marido
Bajo la mesa, mientras su esposo sonríe y charla, sus dedos recorren la piel de su esposa. El riesgo de ser descubierta no la detiene; al contrario,…
Comparte:Infidelidad consentidaExhibicionismo accidentalDominacion masculina