El juego de la botella
La arena fría bajo los pies no fue suficiente para enfriar el calor que llevaban dentro. Cuando el juego de la botella señaló a Samuel, supo que esa noche no habría vuelta atrás.
Era otra noche de verano en Malasombra. El bar estaba ya casi vacío, con esa luz cálida del atardecer entrando por las ventanas abiertas al mar. De fondo sonaba bajito “The Chain” de Fleetwood Mac y el aire olía a cerveza fría y salitre.
Lucía y yo nos habíamos quedado solas recogiendo. Ella es una morenaza española de las que quitan el aliento: pelo negro brillante, piel dorada, curvas generosas y esa sonrisa andaluza que lo llena todo. Yo, con mi melena cobriza suelta cayéndome por la espalda, llevaba la camisa blanca abierta casi hasta el ombligo, dejando que mis pechos pequeños se movieran libres cada vez que me inclinaba. Lucía, con su vestido corto de flores, se agachaba más de lo necesario para recoger vasos del suelo, dejando que la tela se le subiera y me regalara la visión de su tanga negro marcando su culo perfecto.
La música seguía sonando, ahora “Wicked Game” de Chris Isaak, esa canción que parece hecha para desnudarse despacio. Nos mirábamos y nos reíamos, pero la risa ya no era inocente. Había un calor en el aire que no venía solo del alcohol.
En un momento, mientras yo limpiaba la barra, Lucía se puso detrás de mí y me abrazó por la cintura, pegando su cuerpo al mío. Sentí sus pechos contra mi espalda y su aliento caliente en el cuello.
—Sabes que hoy estás especialmente follable, ¿verdad? —me susurró al oído, mientras sus manos subían despacio por mis costados hasta rozar la curva inferior de mis tetas.
Me reí bajito, pero no me aparté. Me giré despacio y la besé. Primero suave, luego con lengua, devorándonos allí mismo detrás de la barra, con las luces bajas y la música envolviéndonos. Sus manos bajaron por mi culo, apretando la carne por encima de la falda. Las mías se metieron bajo su vestido, acariciándole las nalgas desnudas. Nos restregamos despacio, gimiendo bajito, sintiendo cómo la humedad nos traicionaba a las dos.
—Si seguimos así, no salimos del bar —le dije entre besos.
—Mejor, ¿no? —respondió ella, mordiéndome el labio inferior con picardía.
Pero al final nos separamos, jadeando, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes. Nos miramos, nos reímos como dos adolescentes pilladas y decidimos salir a tomar el aire. Recogimos nuestras cosas, apagamos las luces y salimos a la calle. La brisa del mar nos dio en la cara y nos refrescó un poco… pero no lo suficiente. Seguíamos calientes, las dos.
Caminamos descalzas por la playa, la arena fría bajo los pies, mi camisa abierta dejando que el viento me rozara los pezones y la falda de Lucía ondeando con cada paso. Íbamos riéndonos, comentando lo cachondas que estábamos, cuando de repente vimos un grupo de jóvenes haciendo botellón en la orilla…
Ibamos caminando por la playa, descalzas, riéndonos de cualquier tontería, cuando de repente vimos el grupo. Eran cuatro chicos y dos chicas sentados en círculo cerca de la orilla, con cervezas, botellas de ron barato y música sonando desde un móvil. Uno de ellos, flaquito pero simpático, nos vio primero. Nos sonrió y levantó la botella como saludo, haciéndonos señas claras para que nos acercáramos.
—¡Eh, chicas! ¿Os unís? ¡Hay sitio y ron de sobra! —gritó.
Lucía y yo nos miramos, nos reímos y fuimos hacia ellos sin pensarlo dos veces. El ambiente era todavía inocente, pero las dos íbamos ya bastante calientes… y ellos lo iban a notar muy rápido.
Nos invitaron a sentarnos y yo me coloqué entre Samuel —el más guapo del grupo— y Pablo. Lucía se sentó justo enfrente de mí, entre Sergio y Carlos, el chico flacucho que nos había llamado. Así quedó el círculo perfectamente alternado: chico-chica-chico-chica.
—Tomad, que esto está fuerte pero entra bien —dijo Carlos sonriendo, pasándonos dos vasos de plástico.
—Gracias —contesté yo, dando un sorbo largo—. ¿Y vosotros de dónde sois? Se os nota que no sois de aquí.
Samuel, que estaba a mi derecha, respondió primero:
—Somos de Madrid. Venimos a pasar unos días. Somos estudiantes de Química, segundo curso. ¿Y vosotras… locales?
Lucía soltó una risa y levantó su vaso.
—Desde hace tiempo sí. Yo trabajo en un bar aquí cerca, y ella —me señaló con la cabeza— es escritora y trabaja desde casa. Yo soy Lucía, y ella es Klara.
—Encantado —dijo Samuel, mirándome directamente a los ojos un segundo de más—. Yo soy Samuel, ella es Laura —señaló a su novia—, y ellos son Pablo, Carlos, Sergio y Rebeca.
Laura me sonrió, pero fue una sonrisa tensa. Se notaba que ya me había catalogado como amenaza. Yo le devolví la sonrisa más inocente que pude, aunque por dentro sabía perfectamente lo que estaba pasando.
Carlos, que estaba a mi izquierda, levantó su vaso:
—Pues bienvenidas al botellón más cutre de la costa. ¡Salud!
Todos brindamos. La conversación empezó a fluir con naturalidad: nos preguntaron qué hacíamos, si vivíamos aquí todo el año, cómo era la vida en la playa… Pero las miradas ya estaban trabajando. Y el ambiente, poco a poco, empezó a cargarse.
Samuel no dejaba de mirarme. Cada vez que hablaba, sus ojos se desviaban un segundo hacia mi escote y volvían rápidamente a mi cara. Yo le mantenía la mirada, sonriendo con picardía, y cruzaba las piernas despacio para que la falda se abriera un poco más sobre mis muslos. Laura, su novia, lo notaba todo y se removía incómoda a su lado, apretando los labios con fuerza.
Al otro lado del círculo, Lucía ya había empezado su propio juego. Hablaba animadamente con Carlos, riéndose de todo lo que decía e inclinándose hacia él para que el escote de su vestido se abriera provocativamente. Carlos estaba rojo como un tomate, pero claramente encantado. Sergio intentaba meterse en la conversación con ella, pero Lucía solo le respondía con sonrisas cortas y seguía centrada en Carlos.
Al principio todo parecía bastante normal: charlábamos, nos reíamos y nos pasábamos la botella. Pero poco a poco el ambiente se fue calentando. Alguien subió el volumen de la música y empezaron a cantar. Rebeca cogió la guitarra y comenzó a tocar. Lucía, que ya iba bastante alegre, se levantó de repente y se puso a bailar.
Y cuando Lucía baila… lo hace de verdad.
Se movía sin ninguna vergüenza, con los brazos por encima de la cabeza, moviendo las caderas y el culo de forma desinhibida. Se acercó a Carlos y empezó a rozarse con él mientras bailaba. Le daba la espalda, pegaba su culo contra su entrepierna, se agachaba lentamente y volvía a subir rozándose contra él. Carlos la miraba hipnotizado, con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta, sin saber dónde poner las manos.
Varias veces, al agacharse o moverse con fuerza, el escote del vestido de Lucía se abrió tanto que casi se le salían los pezones. Se le veían las areolas asomando por el borde de la tela, pero ella ni se inmutaba. Carlos estaba completamente perdido.
Yo, en cambio, fui más sutil. Me quedé sentada, charlando con Samuel como si nada, pero puse mi mano izquierda sobre su pierna, justo por encima de la rodilla. Al principio solo la dejé ahí. Luego empecé a acariciarle suavemente el muslo con la punta de los dedos, subiendo y bajando muy despacio. Él seguía hablando, pero cada vez le costaba más concentrarse.
Samuel no quitaba ojo de mi escote. Cada vez que me inclinaba un poco para hablar, su mirada bajaba directamente al canalillo que dejaba mi camisa abierta. Intentaba disimular, pero se le notaba. Laura tenía cogida su mano con fuerza, casi posesiva, y no dejaba de mirarme con cara de pocos amigos.
Todavía no había pasado nada grave… pero el ambiente ya estaba cargado. Se respiraba sexo en el aire. Y yo sabía que solo era cuestión de tiempo que todo se desmadrara.
Entonces Carlos, que ya no podía disimular lo cachondo que iba —se le marcaba claramente la erección bajo el pantalón—, levantó la voz y propuso:
—Oye, ¿y si jugamos a verdad o reto? Esto ya está demasiado tranquilo…
Todos acogieron la idea con entusiasmo. Gritaron, aplaudieron y se rieron. Todos… menos Laura y Samuel.
La única pareja del grupo se apartó un poco del círculo. Laura tiró de la mano de Samuel y lo llevó unos metros más allá, hacia la orilla. Se les veía discutir en voz baja. Laura estaba claramente enfadada y nerviosa, gesticulando. Samuel, en cambio, tenía una expresión muy contradictoria: por un lado se le notaba incómodo, como si la idea de que su novia se liara con otros no le hiciera ninguna gracia, pero por otro… no dejaba de mirarme a mí. Se le veía en la cara que estaba dudando.
Pobre Samuel… se le notaba el conflicto interno. Por un lado no quería que Laura se acostara con nadie, pero por otro… nunca se había acostado con una mujer como yo. Sabía que esa noche podía ser su oportunidad. Y eso le estaba volviendo loco.
Laura le decía algo muy seria, gesticulando, pero Samuel solo miraba hacia el grupo… y sobre todo hacia mí.
Al final volvieron al círculo. Laura tenía las mejillas rojas y una expresión resignada. Samuel se sentó a mi lado otra vez y, antes de que nadie dijera nada, fue él quien habló:
—Vale… lo haremos. Solo es una noche. Somos jóvenes, ¿no? Una noche loca no tiene por qué significar nada. Mañana lo olvidamos todo y ya está.
Laura lo miró de reojo, mordiéndose el labio, pero no dijo nada en contra. Se notaba que no estaba del todo convencida, pero el alcohol y la presión del grupo habían hecho su trabajo. Además, ella también estaba bastante caliente ya.
Lucía sonrió con picardía y levantó su vaso:
—Así me gusta. ¡Una noche loca y sin remordimientos!
Todos volvimos a brindar. El ambiente cambió de golpe. Ya no había vuelta atrás. El juego de verdad o reto iba a empezar… y todos sabíamos que no iba a quedarse en simples besitos.
Entonces Carlos, que ya no podía disimular lo cachondo que iba —se le marcaba claramente la erección bajo el pantalón—, levantó la voz y propuso con una sonrisa ancha:
—Oye, ¿y si jugamos a verdad o reto? Esto ya está demasiado tranquilo…
Todos acogieron la idea con entusiasmo. Gritaron, aplaudieron y se rieron. Todos… menos Laura y Samuel.
La única pareja del grupo se apartó un poco del círculo. Laura tiró de la mano de Samuel y lo llevó unos metros más allá, hacia la orilla. Se les veía discutir en voz baja. Laura estaba claramente enfadada y nerviosa, gesticulando. Samuel, en cambio, tenía una expresión muy contradictoria: por un lado se le notaba incómodo, como si la idea de que su novia se liara con otros no le hiciera ninguna gracia, pero por otro… no dejaba de mirarme a mí. Se le veía en la cara que estaba dudando.
Pobre Samuel… se le notaba el conflicto interno. Por un lado no quería que Laura se acostara con nadie, pero por otro… nunca se había acostado con una mujer como yo. Sabía que esa noche podía ser su oportunidad. Y eso le estaba volviendo loco.
Laura le decía algo muy seria, gesticulando, pero Samuel solo miraba hacia el grupo… y sobre todo hacia mí.
Al final volvieron al círculo. Laura tenía las mejillas rojas y una expresión resignada. Samuel se sentó a mi lado otra vez y, antes de que nadie dijera nada, fue él quien habló:
—Vale… lo haremos. Solo es una noche. Somos jóvenes, ¿no? Una noche loca no tiene por qué significar nada. Mañana lo olvidamos todo y ya está.
Laura lo miró de reojo, mordiéndose el labio, pero no dijo nada en contra. Se notaba que no estaba del todo convencida, pero el alcohol y la presión del grupo habían hecho su trabajo. Además, ella también estaba bastante caliente ya.
Lucía sonrió con picardía y levantó su vaso:
—Así me gusta. ¡Una noche loca y sin remordimientos!
Todos volvimos a brindar. El ambiente cambió de golpe. Ya no había vuelta atrás. El juego de verdad o reto iba a empezar… y todos sabíamos que no iba a quedarse en simples besitos.
Decidimos que cada uno tiraría la botella en el orden de las agujas del reloj y le pondría un reto a la persona que más cerca quedase de la boca de la botella.
El juego empezó inocente. La botella giraba, retos tontos: picos rápidos, verdades simples. Pero el alcohol hacía efecto rápido y la tensión se notaba en el aire.
El primero en subir el nivel, sorprendentemente, fue Sergio. La botella apuntó a Rebeca.
—Quítate la camiseta —dijo con esa sonrisa ancha, los ojos brillantes de ganas.
Rebeca se rió, se levantó y se la quitó despacio, quedándose en sujetador. Sus tetas grandes y redondas quedaron al aire bajo la tela fina. Todos se quedaron mirando, algunos con la boca abierta. Ella se sentó de nuevo, sonriendo como si nada, pero se le notaba que le gustaba la atención.
Luego le tocó a Pablo. La botella apuntó a Lucía.
—Un morreo con lengua —dijo Pablo, rojo pero decidido.
Lucía se levantó, se acercó a él y le dio un beso largo y profundo, lengua dentro, gimiendo bajito. Pablo le tocó el culo por encima del vestido, apretando con ganas, subiéndoselo un poco. Lucía se dejó, moviendo las caderas contra su polla dura. Cuando se separaron, Pablo estaba jadeando y con la erección marcándose fuerte en el pantalón. Lucía estaba en su salsa.
La botella siguió girando. Me tocó a mí. Verdad.
—¿Cuántas mamadas has hecho en tu vida? —preguntó Rebeca con sonrisa juguetona.
Yo sonreí, miré a Samuel fijamente y dije:
—Más de las que puedes imaginar… y me encanta hacerlas.
Samuel tragó saliva. Laura se tensó a su lado.
Luego le tocó a Carlos. La botella apuntó a Lucía.
—Quítate todo —dijo Carlos, rojo como un tomate pero con los ojos brillantes.
Lucía se rió, se levantó y se desnudó despacio, recreándose: vestido, tanga… quedándose completamente desnuda. Su cuerpo mediano y equilibrado brillaba bajo la luna: pechos pequeños y firmes, pezones duros, coño depilado y ya visiblemente mojado. Todos se quedaron mudos. Carlos estaba hipnotizado, la polla dura como piedra.
La botella siguió girando. Le tocó a Rebeca. Apuntó directamente a Samuel.
—Quiero que me comas las tetas —dijo Rebeca con una sonrisa juguetona.
Samuel miró a Laura un segundo. Ella apretó los labios, pero no dijo nada. Rebeca se acercó, se quitó el sujetador sin prisa y le ofreció sus tetas grandes y redondas. Samuel se inclinó y empezó a lamerle los pezones con calma, chupándolos, mordiéndolos suavemente. Rebeca gemía bajito, arqueando la espalda, haciendo que sus pechos rebotaran un poco. Todos mirábamos en silencio, excitados. Laura apretaba los labios con fuerza, celosa, mirando a Rebeca como si quisiera matarla.
Luego le tocó a Sergio. La botella apuntó a Laura.
—¿Te gusta que te follen por detrás? —preguntó Sergio con esa sonrisa ancha.
Laura se puso roja, pero contestó:
—No lo he probado… pero creo que no me gustaría.
Yo me reí bajito y dije, mirando directamente a Samuel:
—A mí me encanta. Mucho. Sentir cómo te abren despacio, cómo te llenan… es de lo mejor.
Samuel me miró fijamente, la polla ya dura marcándose claramente en el pantalón. Laura se picó, se levantó y se acercó a Carlos, el más salido del grupo.
—Reto —dijo Laura, con voz temblorosa pero decidida.
Carlos sonrió y le ordenó:
—Bésame… y déjame tocarte las tetas.
Laura se sentó a horcajadas sobre él y le dio un morreo largo y profundo, lengua dentro, gimiendo. Carlos le metió las manos por debajo de la camiseta, le sacó las tetas del sujetador y las amasó con fuerza, pellizcando los pezones. Laura gemía alto, moviendo las caderas contra su polla dura. Todos mirábamos, excitados. Samuel no quitaba ojo, pero se le notaba que estaba celoso y cachondo a la vez.
En ese momento, con casi todos ya desnudos, el aire estaba tan cargado de deseo que se podía cortar. Todos nos tocábamos disimuladamente cuando no nos tocaba el turno: una mano que rozaba una polla dura, un dedo que se deslizaba por un coño mojado, gemidos bajitos que se escapaban sin control. Se notaba que todos estábamos a punto de explotar, jadeando, temblando, conteniendo el aliento.
Les di un repaso lento con la mirada, disfrutando de cada cuerpo bajo la luz de la luna.
Samuel era el más impresionante: alto, cuerpo atlético pero natural, hombros anchos, abdominales marcados sin exagerar y piernas fuertes. Su polla era gruesa, venosa y dura como una piedra, apuntando hacia arriba con orgullo. Se le notaba que estaba cachondo perdido, aunque intentaba mantener la calma; de vez en cuando su mano bajaba a rozarse la base, como si necesitara tocarse para no perder el control.
Laura, su novia, era una belleza morena de verdad: ojos azules que brillaban bajo la luna, pelo largo y liso, piel bronceada. Sus tetas medianas pero perfectas tenían los pezones rosados y duros, su cintura era fina y su culo redondo y firme. Estaba completamente desnuda, roja de vergüenza y excitación, pero se notaba que le gustaba que la miraran. Se tocaba disimuladamente los pezones, mordiéndose el labio.
Rebeca, la de la guitarra, tenía un cuerpo más normalito pero muy atractivo: tetas grandes y naturales que se movían con cada respiración, culo firme y piernas largas. Estaba sentada con las piernas abiertas sin ningún pudor, riéndose y tocándose el coño con disimulo.
Pablo, el segundo más guapo, era delgado pero definido, como de surfista. Su polla era normal pero dura y venosa. Se le veía tímido, pero excitadísimo; su mano bajaba de vez en cuando a tocarse, casi sin darse cuenta.
Carlos, flacucho y sin mucho músculo, se reía nervioso, pero se le notaba que estaba disfrutando como nunca, sobre todo mirando a Lucía. Se tocaba la polla sin disimulo cuando creía que nadie le veía.
Y Sergio, el más feote del grupo, sorprendió a todos: cuerpo normalito, algo blandito, cara redonda y ojos pequeños. Pero su polla era grande, gruesa y venosa. Se la sacaba sin vergüenza y se tocaba abiertamente, orgulloso, mirándonos a todas con esa sonrisa ancha.
Pero la que más me llamó la atención fue Lucía. Estaba cachondísima. Completamente desnuda, su cuerpo mediano y equilibrado brillaba bajo la luna: pechos firmes con pezones duros como piedras, cintura marcada, caderas estrechas y un coño depilado que se veía claramente mojado. Se movía sin ninguna vergüenza, rozándose con todo el mundo, riéndose, con los ojos brillantes y la respiración acelerada. Cada vez que se inclinaba o se movía, sus tetas rebotaban un poco y su culo se marcaba perfecto. Se le notaba que estaba al límite, que necesitaba que alguien la tocara ya. Tocaba las pollas de Pablo y Carlos disimuladamente mientras abría las piernas para que ellos también la rozaran.
—Oye, para no alargar más el juego… —dijo Carlos, con la voz ronca de excitación—. A partir de ahora los retos serán sexuales, pero no pasarán de tres minutos. Y el que se corra pierde: queda eliminado y tiene que ir a bañarse al mar.
Todos nos miramos. Laura se puso roja como un tomate, Samuel tragó saliva con fuerza, Rebeca soltó una risa nerviosa, Sergio sonrió como un lobo, Pablo se ajustó el bañador… y Lucía soltó una carcajada baja y traviesa.
—Vale —dijo ella, con los ojos brillantes de deseo—. Me encanta.
Yo miré a Samuel. Él me miró a mí. Y en ese instante supe que esa noche ya no había vuelta atrás.
Empezó Lucía. La botella giró y apuntó a Rebeca.
Lucía, que ya no podía más de cachonda —se le notaba en cómo se mordía el labio y en cómo se tocaba disimuladamente—, sonrió como una loba y dijo:
—Reto: te voy a comer el coño.
Rebeca se rió nerviosa, pero se notaba que la idea le gustaba. Se tumbó en una toalla en el centro del círculo. Su coño era bonito, depilado, con labios rosados y ya visiblemente mojados. Todos nos quedamos callados, mirando.
Lucía se arrodilló entre sus piernas, le abrió más los muslos con las manos y empezó despacio. Primero lamió de abajo arriba, con la lengua saboreando cada pliegue con calma. Rebeca soltó un gemido bajo y arqueó la espalda. Lucía se centró en el clítoris, haciendo círculos lentos con la punta de la lengua, luego más rápido, succionando suavemente. Metió un dedo dentro, curvándolo, follándola con él mientras la lengua no paraba. Rebeca gemía más alto, las tetas grandes rebotando con cada movimiento, las manos agarrando la toalla.
—Joder… sí… así… —jadeaba ella, las piernas temblando.
Lucía aceleró, lengua rápida en el clítoris, dos dedos dentro ahora, moviéndose con ritmo. Rebeca se corrió fuerte, gritando, el cuerpo convulsionando, chorreando sobre la boca de Lucía. El orgasmo fue largo, intenso, le dejó las piernas flojas y la cabeza en blanco.
Cuando terminó, jadeando, Lucía se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió victoriosa.
—Tiempo… y eliminada.
Rebeca se rió todavía temblando, se levantó y se fue hacia la playa a bañarse sola, como decía la regla. Todos la miramos irse, el culo moviéndose, el cuerpo brillante de sudor y placer.
Entonces Laura, que ya no podía más de celos y excitación, se arrodilló delante de Samuel con cara de “esto lo controlo yo”. Estaba claro su plan: quería hacerle correr rápido para que las demás no pudiéramos catarlo. Yo me moría de celos por dentro, pero disimulaba.
Laura era preciosa pero siempre había sido la niña buena que se sonrojaba con facilidad. En ese momento, sin embargo, sacó todas sus armas y se convirtió en la más zorra del grupo. Le bajó el bañador despacio, sacó esa polla gruesa y dura que ya todos habíamos visto y la miró con deseo puro. Soltó un escupitajo largo y brillante sobre la cabeza y se la metió en la boca con ganas.
Empezó lamiendo la cabeza con la lengua plana, dando vueltas lentas, saboreando el líquido preseminal que ya salía en gotas. Samuel gruñó grave y le agarró el pelo con fuerza. Laura bajó más, metiéndosela hasta la mitad, subiendo y bajando con un ritmo perfecto, apretando los labios justo debajo del glande. Usaba la mano en la base, pajeándolo mientras chupaba, la lengua jugando por debajo del tronco, succionando fuerte y luego suave, alternando profundidades. Lo miraba a los ojos con esa expresión de “te voy a hacer correr ya”, pero también con deseo auténtico. Se notaba que disfrutaba, que su coño chorreaba mientras lo hacía, que se había olvidado por completo de la timidez y solo quería esa polla en su boca.
Los otros chicos no podían evitar tocarse viéndola. Pablo se pajeaba despacio, Carlos se apretaba la polla dura, Sergio gemía mirando. Todos con la mano en su miembro, excitados por ver a la novia pija convertida en una zorra de rodillas, el culo y el coño expuestos a la vista de todos mientras chupaba con hambre.
Yo no podía más. Me acerqué despacio por detrás de Samuel y le susurré al oído, para que solo él me oyera:
—Si aguantas… probarás mi culo antes de que amanezca.
Samuel me miró fijamente, los ojos oscuros de deseo, y su polla latió con fuerza dentro de la boca de Laura. Ella lo notó, aceleró, chupando más fuerte, metiéndosela hasta la garganta, la mano rápida en la base. Pero Samuel aguantó. Jadeaba, temblaba, sudaba… pero aguantó. El tiempo pasó.
Laura se apartó al final, jadeando, con la boca hinchada y lágrimas de frustración en los ojos. Se notaba que estaba desesperada, cachonda perdida, pero su plan había fallado. Se quedó allí, de rodillas, mirando a Samuel con rabia y deseo mezclado.
Le tocó a Carlos. La botella giró y, casi como si tuviera vida propia, apuntó directamente a Lucía. Ella sonrió con esa malicia suya, se levantó despacio y se acercó a él, completamente desnuda.
—Quiero una mamada —dijo Carlos, la voz ronca de deseo.
Lucía se arrodilló entre sus piernas sin decir una palabra. Su cuerpo moreno brillaba bajo la luna: piel suave y dorada, melena rizada suelta cayéndole por la espalda y los hombros, pechos preciosos y firmes con pezones duros como piedras, cintura marcada, caderas estrechas y un culo perfecto que se marcaba cuando se movía. Era una belleza natural, sensual, sin exageraciones, pero con esa gracia que te dejaba sin aliento. Yo sonreí por dentro. Sabía que Lucía iba a disfrutar torturándolo.
Empezó una mamada lenta, solo con la boca. Nada de manos. Lamió la punta con la lengua plana, dando vueltas alrededor del glande, saboreando el líquido preseminal que ya salía en gotas. Carlos gimió grave, las caderas moviéndose solas. Lucía lo hacía con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo: succionaba suave en la cabeza, luego bajaba hasta la mitad, la lengua jugando por debajo del tronco. Lo miraba desde abajo con ojos brillantes, sonriendo alrededor de su polla.
Carlos empezó a tensarse, jadeando fuerte, a punto de correrse. Lucía lo notó, se apartó despacio, le dio un beso suave en la punta y esperó un segundo, dejando que se calmara. Luego volvió, chupando más profundo, metiéndosela hasta la garganta, pero siempre lento, controlando el ritmo para que no explotara.
—Joder, Lucía… no pares… —gemía Carlos, temblando.
Pero ella paraba cada vez que él estaba al límite: se apartaba, le lamía los huevos con suavidad, le daba besos en la base, y volvía a chupar. Lo hizo tres veces, torturándolo, disfrutando de cómo se volvía loco. Carlos jadeaba, las manos en su melena rizada, suplicando bajito. Lucía estaba cachondísima, el coño chorreando, pero quería que durara. Quería tener esa polla para más tarde.
Al final del tiempo, Carlos estaba al borde, temblando, pero no se corrió. Lucía se apartó despacio, se limpió los labios con la lengua y se rió con picardía.
—Buen chico —dijo—. Has aguantado. Tendrás premio.
Solo quedábamos Pablo, Sergio y yo por participar. Yo estaba loca por que me follaran. El coño me palpitaba, los pezones me dolían de duros y cada vez que miraba a Samuel sentía un calor que me subía por el vientre. Pero tenía un plan.
Con un poquito de técnica giré la botella para que apuntara directo a Sergio. Él me miró con ojos golosos, como si yo fuera el último postre del restaurante, la lengua casi fuera de la boca. Todos se quedaron callados, esperando el reto obvio.
Pero yo sonreí y dije, mirando directamente a Laura:
—Reto: tienes que follarte a Laura.
Laura soltó un “¡Noooo!” inmediato, roja como un tomate, con la voz temblando de rabia y vergüenza. Estaba excitada y desesperada, el coño chorreando tras la larga mamada a su novio, los pezones duros bajo la mirada de todos. Me miró con odio puro, como si le hubiera robado algo. Sabía que ya no podía volverse atrás. El juego era el juego.
Sergio, el feo, se quedó alucinado. Miró a Laura, luego a Samuel, y una sonrisa lenta le cruzó la cara.
—Genial —dijo, levantándose.
Laura, a regañadientes, se tumbó boca arriba en la arena. Brazos cruzados sobre los pechos, piernas cerradas, cara de “acaba rápido”. Pero esos no eran los planes de Sergio.
Él la agarró por las caderas, la dio la vuelta con facilidad y la puso a cuatro patas, mirando directamente a Samuel. Laura intentó resistirse un segundo, pero Sergio le dio una nalgada fuerte que resonó en la noche.
—Así, zorrita… mira a tu novio mientras te follo —gruñó.
Laura gimió, mitad rabia, mitad placer. Las lágrimas empezaron a caerle por las mejillas, de pena y humillación. Se sentía traicionada, usada, pero su cuerpo la traicionaba más. El coño chorreaba, los muslos temblaban, los pezones duros como piedras.
Sergio se colocó detrás, le abrió las nalgas con las manos y metió la cabeza de su polla gruesa en su coño empapado. Entró de un empujón, profundo, hasta el fondo. Laura gritó, arqueando la espalda, nunca habia tenido algo tan grande dentro, las lágrimas cayendo más rápido. Sergio empezó a follarla como un animal: fuerte, rápido, sin piedad. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran, que el culo se le pusiera rojo de las nalgadas que le daba. Le tiraba del pelo, la obligaba a mirar a Samuel mientras la penetraba.
—Míralo… mira, la tengo más grande que él —gruñía Sergio, embistiendo más fuerte.
Laura gemía alto, intentando resistirse, pero su cuerpo la traicionaba. Las lágrimas le corrían por la cara, de pena, de rabia, de humillación… pero también de placer. Sergio, venido arriba, le metía dedos en la boca, le daba azotes, le decía cosas humillantes:
—Qué puta eres… te gusta que te folle el feo delante de tu novio, ¿eh? Míralo, míralo mientras te lleno.
Laura se corrió gritando, el cuerpo convulsionando, chorreando sobre su polla. Intentó disimular, pero no pudo. Las lágrimas seguían cayendo, pero su coño apretaba con fuerza. Gritó otra vez, más fuerte, temblando entera, las piernas cediendo, llorando de pena pero gimiendo de placer. Al final, Sergio la obligó a mirar a Samuel y se corrió dentro con un rugido, llenándola de chorros calientes y abundantes.
Laura se quedó jadeando, temblando, con el semen goteando por sus muslos, mirando a Samuel con rabia y placer mezclado. Las lágrimas le corrían por la cara, de pena por la humillación, pero su cuerpo todavía temblaba de los orgasmos que no había podido evitar.
Sergio se apartó, satisfecho, y Laura quedó eliminada. Tuvo que levantarse, con las piernas flojas y el semen corriendo por sus muslos, y caminar hacia la playa a bañarse con Rebeca.
Yo miraba todo, excitada hasta el límite. Samuel no había podido evitar tocarse con la escena, celoso pero con la polla dura como una piedra. Lucía se reía bajito, tocando disimuladamente a Pablo y Carlos, pajeándolos despacio mientras ellos la miraban hipnotizados. Todos estábamos al límite.
Pablo tiró la botella como si fuera un trámite. Apuntó a Lucía. Él sonrió y dijo con voz ronca:
—Primero te follo yo.
Pablo se tumbó en la toalla, la polla dura apuntando al cielo. Lucía se subió encima de él, se sentó despacio, guiando su polla dentro de su coño empapado. Gimió alto al sentirlo entrar hasta el fondo, las tetas rebotando con cada movimiento. Empezó a cabalgarlo fuerte, subiendo y bajando, girando las caderas, el coño chorreando por sus muslos.
Carlos se acercó de pie, le ofreció la polla y Lucía se la metió en la boca sin dudar. Los dos la follaban a la vez: Pablo desde abajo, embistiendo con ritmo salvaje, agarrándole las tetas y pellizcando los pezones; Carlos de pie, follándole la garganta, agarrándole el pelo. Lucía gemía alrededor de la polla de Carlos, el cuerpo temblando, chorreando por las piernas. Se corrió la primera vez así, el coño apretando la polla de Pablo, la boca llena de Carlos. Luego otra vez, y otra, gritando contra la polla, el placer subiéndole en olas brutales. Los dos chicos la follaban sin piedad, cambiando posiciones, Lucía se dejaba, disfrutando como una loca, corriéndose una y otra vez hasta que los dos se corrieron casi a la vez: Pablo en su boca, Carlos dentro de su coño. Lucía tragó lo que pudo, jadeando, el cuerpo temblando, llena de semen por todos lados.
Mientras tanto, yo no perdí el tiempo con Samuel. Me acerqué, me senté a horcajadas sobre su regazo. Él me miró con ojos oscuros, la polla dura contra mi coño. No pude resistirme más. Me levanté un poco y me senté de nuevo sobre él, guiando su polla gruesa con la mano hasta la entrada de mi coño. Me dejé caer despacio, sintiendo cómo me abría, cómo la cabeza grande y caliente empujaba mis labios y entraba centímetro a centímetro. ¡Qué ganas le tenía! Sentí cómo me estiraba, cómo me llenaba por completo, cómo mi coño se adaptaba a él, apretándolo con cada movimiento. Empecé a cabalgarlo despacio, subiendo y bajando, girando las caderas para sentirlo rozar cada rincón dentro de mí. Mis tetas rebotaban, los pezones duros rozando su pecho, y yo gemía bajito, disfrutando esa sensación de estar llena, de controlarlo con mis movimientos.
Lucía, Carlos y Pablo estaban muy cerca, en su propio desmadre. Ellos ya habían recuperado sus erecciones (bendita juventud) y Lucía seguía disfrutando de ellos, llena de leche en varias partes de su cuerpo.
A lo lejos, en el mar, se oían otros gemidos: Sergio y Rebeca, los eliminados, habían terminado liándose en el agua. Rebeca gritaba entre risas y jadeos, Sergio gruñendo como un animal. El eco de sus placeres llegaba con la brisa. Quizás Laura también se unió, pero en ese momento a Samuel no parecía preocuparle.
Samuel seguía follándome, las manos en mi culo, apretando la carne, ayudándome a subir y bajar. Aceleré un poco, el coño chorreando por sus muslos, el placer subiendo en olas. Me corrí la primera vez así, cabalgándolo fuerte, el coño apretándolo con fuerza, temblando entera. Él aguantaba, jadeando, mirándome como si fuera lo más increíble del mundo.
Le susurré al oído:
—Y ahora… ¿quieres mi culito?
Él jadeó, asintió con la cabeza, las manos temblando en mi cintura. No era experto, se le notaba nervioso, pero con unas ganas brutales. Su cuerpo trabajado —pecho ancho, abdominales marcados, brazos venosos tensos— brillaba de sudor bajo la luna. Yo estaba cachondísima, el coño chorreando, los pezones duros de dolor placentero, motivada por los gemidos de Lucía cerca y los de Laura en el mar.
Me levanté, me puse a cuatro patas en la arena, el culo en pompa hacia él. Samuel se colocó detrás, me abrió las nalgas con las manos fuertes y callosas, y puso la cabeza de su polla gruesa en mi culo. Entró despacio, centímetro a centímetro. El dolor agudo al principio me hizo gemir fuerte, apretar los dientes, pero luego se convirtió en placer puro. Me llenó completamente, sus venas rozándome por dentro, su calor palpitando. Él jadeaba, temblando de ganas, empujando con cuidado pero con fuerza contenida.
—Joder… qué apretado… —gruñó grave, empezando a moverse lento y profundo.
Yo empujaba hacia atrás, guiándolo, gimiendo alto:
—Más… así… fóllame más fuerte…
Él aceleró, agarrándome las caderas con fuerza, el cuerpo trabajado chocando contra mi culo. Cada embestida me hacía arquear la espalda, gemir alto, el coño chorreando sin que me tocara. Me corrí otra vez así, el culo apretándolo con fuerza, el placer subiéndome en olas brutales.
Samuel no paraba, aunque no era experto: empujaba profundo, salía casi del todo y volvía a entrar, gruñendo grave, el cuerpo tenso y trabajado brillando de sudor. Me corrí la tercera vez temblando entera, las piernas cediendo, chorreando por los muslos. Él al final aceleró, agarrándome del pelo, follándome el culo sin piedad hasta que se corrió dentro con un rugido bajo, chorros calientes y abundantes llenándome. Acabó temblando, gritando, el cuerpo convulsionando en oleadas que no terminaban.
Nos quedamos así un momento, jadeando, su polla todavía dentro de mí, palpitando en mi culo lleno. Sentía cada latido, cada gota caliente de su semen derramándose dentro. Samuel me abrazaba fuerte por detrás, como si no quisiera soltarme nunca, su pecho sudoroso pegado a mi espalda.
Alrededor, el botellón se había convertido en un auténtico desmadre. Lucía seguía entre Pablo y Carlos, los tres enredados, riendo y gimiendo. A lo lejos, en el mar, se oían los gemidos de Rebeca y Sergio, y probablemente Laura ya se había unido a ellos. Todos follados, todos satisfechos… y yo con el culo lleno, el coño chorreando y la cabeza completamente en blanco.
Fue la mejor noche de botellón de mi vida.
Cuando por fin nos separamos, Samuel me miró con una mezcla de deseo y algo parecido a la culpa. Yo le sonreí, le di un beso lento en los labios y le susurré al oído:
—Si alguna vez quieres repetir… ya sabes dónde encontrarme.
Me levanté despacio, con las piernas temblorosas y el semen escurriéndome por los muslos. Recogí mi ropa, me vestí sin prisa y caminé hacia el agua para lavarme un poco. La brisa del mar me acariciaba la piel, fresca y salada. Miré hacia atrás una última vez: el círculo de toallas, los cuerpos desnudos, las risas y gemidos que aún flotaban en la noche.
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