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Dominaciónabr 2026

En la oficina 4

La oficina se vacía, pero la verdadera reunión apenas comienza. Cuando la puerta se cierra con llave, Juanjo descubre que su sumisión no es un secreto, sino el centro de atención de todo el departamento. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar por la vergüenza y el placer?

Juanjocriado19653.8K vistas

(continuación gracias elenaslut por ayudarme a dar un nuevo enfoque)

En la oficina la Limpieza del despacho me llevó casi una hora. Cada gota de semen que limpiaba del suelo o del borde del escritorio me recordaba lo que acababa de pasar. El olor a sexo seguía flotando en el aire, pegado a mi piel, a mi pelo, a las bragas empapadas que me subí torpemente antes de vestirme. Salí de allí pasadas las once de la noche, con las piernas aún temblorosas y una sensación pegajosa entre las nalgas que al contrario de lo que podía pensar no era para nada desagradable, al contrario.

Llegué a casa exhausto, me duché con agua casi hirviendo y me metí en la cama. Pero el sueño no llegó fácil. Cada vez que cerraba los ojos veía la cara de Sonia mirándome mientras lamía, oía la risa baja de Pablo y sentía las embestidas profundas de Ricardo. Mi polla, traidora, se endurecía solo con recordarlo. Me corrí en silencio, humillado incluso conmigo mismo, y por fin me dormí.

Al día siguiente, como ordenaron, a las ocho en punto estaba en mi puesto. Nada parecía haber cambiado en la oficina: compañeros hablando del partido de ayer, el olor a cafe. Pero Cada vez que alguien pasaba cerca de mi mesa, sentía que podían olerlo en mí: la sumisión, el semen seco, la vergüenza.

A media mañana recibí un mensaje en el móvil. Número desconocido.

«Despacho de Don Ricardo. Ahora. Trae las bragas puestas y nada debajo de los pantalones. No llames. Entra directamente.»

El corazón me dio un vuelco. Miré alrededor: nadie me prestaba atención. Me levanté, fui al baño, me quité los calzoncillos y me puse unas bragas (reconozco que me había vuelto adicto a comprarlas, pese a la mirada inquisidora de la dependienta).Volví a mi mesa, respiré hondo y me dirigí al despacho del jefe.

Abrí la puerta sin llamar, tal como decía el mensaje.

Dentro no estaban solo Ricardo y Sonia.

Ricardo estaba sentado en su sillón de siempre, con esa sonrisa tranquila de quien controla todo. Sonia estaba de pie a su lado, vestida con un traje chaqueta negro muy ajustado, falda corta y tacones altos. Pablo estaba apoyado contra la ventana, con los brazos cruzados. Y junto a ellos, dos compañeros de la oficina que nunca habría imaginado ver allí: Miguel, un comercial alto y musculoso que siempre presumía de sus conquistas; y Carla, la jefa de marketing, una mujer de cuarenta y pocos, elegante y severa, que nunca sonreía.

Todos me miraron cuando entré. El silencio fue absoluto durante unos segundos.

—Vaya… puntual otra vez —dijo Ricardo con voz calmada—. Cierra la puerta con llave, Juanjo. Y quédate ahí de pie.

Obedecí. El clic de la llave sonó como una sentencia.

Sonia se acercó despacio, rodeándome como un depredador. Me levantó la barbilla con un dedo.

—¿Llevas las bragas, zorrita?

—Sí… señora —murmuré, rojo hasta las orejas.

—Enséñanoslas.

Tragué saliva. Mis manos temblaban mientras me desabrochaba el cinturón y bajaba los pantalones hasta los muslos. Las bragas de encaje negro quedaban expuestas, marcando claramente mi polla semierecta por la vergüenza y la excitación.

Carla soltó una risita nerviosa pero excitada. Miguel silbó bajito.

—Joder, qué maricón más fino —comentó Miguel, riendo—. ¿Esto es lo que hacéis después de la hora de cierre?

Carla se limitó a arquear una ceja, observándome con curiosidad fría, como si estuviera evaluando un nuevo proyecto.

Ricardo se levantó y rodeó el escritorio.

—Anoche Juanjo nos demostró que ha aceptado su nueva posición en esta empresa. Hoy vamos a celebrarlo… y a subir un poco el nivel. Porque resulta que Miguel y Carla llevan semanas sospechando que algo raro pasaba en estas oficinas después de las ocho. Ayer Sonia les envió un pequeño vídeo… anónimo, claro. Y han decidido unirse a la fiesta.

Sentí que me faltaba el aire. ¿Un vídeo? ¿De mí? La humillación me golpeó como una ola caliente.

Pablo se acercó y me dio una palmada fuerte en el culo, haciendo que las bragas se clavaran entre mis nalgas.

—Hoy no vas a ser solo nuestro juguete, Juanjo. Vas a ser el entretenimiento de todo el departamento. Quítate la camisa también. Quiero que estés solo con las bragas y los calcetines.

Me desnudé completamente excepto por las bragas y los calcetines negros. Me sentía ridículo, vulnerable, expuesto ante cinco personas que me conocían de la oficina diaria.

Sonia se sentó en el borde del escritorio y abrió las piernas, subiéndose la falda. No llevaba nada debajo.

—Empieza por mí, como ayer. Pero esta vez quiero que todos vean lo bien que lames.

Me arrodillé frente a ella. El olor de su coño ya húmedo me invadió. Empecé a lamer despacio, con la lengua plana, tal como me habían enseñado. Sonia me agarró del pelo y movió las caderas contra mi cara.

—Mirad qué aplicada es la puta —dijo con voz ronca—. Lame como si le fuera la vida en ello.

Carla se acercó por un lado y me acarició la espalda con las uñas.

—Es verdad… parece que le encanta. ¿Te gusta el sabor de la jefa, Juanjo?

No podía responder. Solo gemí contra el coño de Sonia.

Miguel se bajó la cremallera y sacó una polla gruesa y larga, mucho más grande que la de los presentes. La sacudió cerca de mi cara mientras yo seguía lamiendo.

—Cuando termines con Sonia, vas a chupármela a mí. Quiero ver si esa boquita sirve para algo más que lamer coños.

Carla, se unió. Se quitó la chaqueta, revelando un corpiño negro que le marcaba los pechos generosos. Se colocó detrás de mí y me bajó las bragas hasta los tobillos.

—Qué culo más bonito para ser un hombre —comentó con tono clínico—. Y ya está dilatado… parece que anoche lo usaron bien.

Sin previo aviso metió dos dedos en mi ano, aún sensible, y empezó a follarme con ellos mientras yo seguía con la lengua dentro de Sonia.

La escena se volvió caótica y excitante en cuestión de minutos.

Ricardo se sentó en su sillón y se sacó la polla, masturbándose lentamente mientras observaba. Pablo se colocó al lado de Miguel y ambos me pusieron sus pollas cerca de la cara, alternando entre mis labios mientras yo intentaba lamerlas sin dejar de atender a Sonia.

Carla se arrodilló a mi lado y empezó a besarme el cuello, susurrándome al oído:

—Siempre parecías tan normal… y mírate ahora, con bragas y la boca llena de polla. Me estás poniendo muy cachonda.

Sonia se corrió primero, apretando mi cabeza contra su coño y temblando mientras me inundaba la boca con sus jugos. Apenas me dio tiempo a tragar cuando Miguel me agarró del pelo y me metió su polla gruesa hasta la garganta.

—Chupa, puta. Quiero follarte esa cara de machito que tenías antes.

Pablo se colocó detrás y, después de escupir, me penetró de un solo empujón. El dolor y el placer se mezclaron mientras Miguel me follaba la boca y Pablo me follaba el culo con ritmo brutal.

Carla no se quedó atrás. Se subió al escritorio, se quitó las bragas y se sentó sobre la cara de Sonia, que empezó a lamerla con ganas mientras Ricardo se levantaba y se unía a la cadena: me agarró las caderas y sustituyó a Pablo, follándome aún más fuerte.

El despacho se llenó de gemidos, palmadas en la carne, risas burlonas y órdenes.

—Más profundo, Juanjo. Traga toda la polla de Miguel.

—Mira cómo se le escapa el semen por las piernas… está chorreando como una fuente.

En un momento dado, me pusieron de pie, inclinado sobre el escritorio. Ricardo y Miguel me follaban alternándose: uno en el culo, el otro en la boca. Sonia y Carla se besaban delante de mí, tocándose los pechos, Sonia se separó y se arrodilló debajo y me lamía las pelotas y la polla, que seguía encerrada en las bragas bajadas.

—No te corras, eh —me advirtió Ricardo entre embestidas—.

A duras penas lo conseguí por qué aunque mientras me penetran no soy capaz de empalmar. Tuve que hacer uso de mi imaginación y transportarla para logar no correrme gracias al buen hacer de Sonia.

Me follaban sin piedad. Mi cuerpo era solo un objeto para su placer. Sentía pollas entrando y saliendo, manos apretándome las nalgas, dedos pellizcándome los pezones. El olor a sudor, a coño, a semen lo llenaba todo.

Pablo se corrió primero dentro de mi boca, obligándome a tragar todo mientras me sujetaba la cabeza. Después fue Miguel, que se salió y me pintó la cara con gruesos chorros blancos. Ricardo se enterró hasta el fondo en mi culo y se vació con un gruñido animal, inundándome otra vez.

Sonia y Carla se corrieron casi al mismo tiempo, una contra la boca de la otra, gritando de placer.

Solo carla quedaba por correrse. Me empujaron al suelo, coloco su vulva contra mi cara frotándose contra mi lengua mientras los demás me sujetaban las piernas abiertas y me metían un plug anal grande que alguien había traído.

—Lámeme bien, Juanjo… y no pares hasta que me corra —ordenó Carla, moviendo las caderas.

Mientras yo lamía su coño depilado, sentía cómo el plug me abría aún más, cómo el semen de los tres hombres goteaba alrededor de él. Mi propia polla estaba rozando contra las bragas, pero nadie me tocaba.

se corrió con un gemido agudo, empapándome la cara.

Cuando terminó, se levantó y me miró desde arriba.

—Qué desastre… pero qué útil te has vuelto.

Ricardo se abrochó los pantalones y miró el reloj.

—Tenemos una reunión en quince minutos con el resto del equipo. Juanjo, tú te quedas aquí. Limpia todo otra vez. Y esta vez… déjate el plug puesto todo el día. No te lo quites hasta que te lo digamos. Si alguien te pregunta por qué caminas raro, inventa algo.

Sonia se acercó y me dio una palmada en la mejilla.

—Y mañana traes algo nuevo: unas medias o algo. Vamos a ver hasta dónde puedes llegar.

Todos se arreglaron la ropa, se rieron un poco más de mi aspecto y salieron del despacho uno a uno, dejándome solo, desnudo excepto por las bragas bajadas, con la cara y el culo cubiertos de semen, el plug clavado profundamente y el corazón latiendo a mil por hora.

Me incorporé lentamente. El plug se movía con cada paso, presionando mi próstata y haciendo que goteara precum sin control. Miré el despacho: otra vez estaba hecho un desastre. Papeles manchados, el suelo lleno de gotas, el aire cargado de olor a orgía.

Mientras empezaba a limpiar con papel y toallitas que encontré en un cajón, sentí una mezcla extraña: vergüenza profunda, miedo a que todo se descubriera… y una excitación enfermiza que no conseguía apagar.

Sabía que esto solo acababa de empezar. Mañana sería peor. O mejor. Ya ni siquiera sabía distinguir.

Y lo peor… o lo mejor… era que una parte de mí ya estaba deseando que llegara la próxima orden

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