En la oficina 3
La oficina se vacía, pero para él, la jornada apenas comienza. Ricardo ya espera, y esta vez no está solo. La puerta se abre y el silencio del despacho se rompe con el sonido de su propia sumisión.
Al día siguiente fui a trabajar como cualquier otro día, aunque nada era normal. Durante toda la jornada apenas pude concentrar. Cada vez que cerraba los ojos volvía la imagen de la noche anterior: yo de rodillas, con la cara y el culo manchados, mientras Sonia gemía sobre Ricardo y me obligaban a limpiarla después.
A las ocho en punto, cuando el último compañero apagó su ordenador y las oficinas quedaron en silencio, me dirigí hacia el despacho de Don Ricardo. El pasillo estaba vacío, solo se oía el sonido de mis pasos y el latido acelerado de mi corazón.
Me detuve frente a su puerta. Dudé unos segundos, sintiendo una mezcla de vergüenza, miedo y esa excitación enfermiza que no conseguía controlar. Finalmente levanté la mano y llamé dos veces con los nudillos.
—Adelante —se oyó su voz desde dentro, firme y tranquila.
Abrí la puerta y entré. Ricardo estaba sentado detrás de su gran escritorio, revisando unos papeles. Levantó la vista y me miró de arriba abajo con esa sonrisa que ya empezaba a conocer demasiado bien. No había nadie más en el despacho.
—Vaya, vaya… puntualmente —dijo, dejando los papeles a un lado—. Cierra la puerta con llave.
Obedecí en silencio y giré la llave.
Ricardo se recostó en su sillón y me señaló el centro de la habitación.
—Ven aquí. De pie, frente al escritorio.
Me acerqué hasta quedar justo delante de él. Él me observó unos segundos sin decir nada, disfrutando claramente del poder que tenía sobre mí.
—Quítate los pantalones y los calzoncillos —ordenó con calma—. Quiero ver si has cumplido lo que prometiste anoche.
Sentí que me sonrojaba violentamente, pero mis manos fueron hacia el cinturón. Bajé los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos, quedándome expuesto frente a él. Llevaba puestas las bragas de encaje que me había hecho comprar,. Estaban ligeramente húmedas por la excitación que había sentido durante todo el día solo de pensar en esto mientras las compraba bajo la atenta mirada de la dependienta.
Dom Ricardo soltó una risa baja y se inclinó un poco hacia adelante.
—Joder… sí que las llevas. Mira cómo se te marca la polla dentro de esa tela tan fina. ¿Has estado cachondo todo el día pensando en venir aquí como una putita obediente?
No respondí. Solo bajé la mirada, avergonzado.
Él chasqueó la lengua.
—Cuando te hablo, respondes. ¿Has estado cachondo todo el día con las bragas puestas?
—Sí… —murmuré.
—Más alto.
—Sí, señor —dije esta vez con más claridad.
sonrió satisfecho y se levantó del sillón. Rodeó el escritorio y se colocó detrás de mí. Sentí su mano posarse en mi culo, acariciándolo por encima de la tela de las bragas.
—Buen chico. Ahora inclínate sobre el escritorio. Apoya las manos y separa las piernas.
Obedecí, sintiendo cómo las bragas se tensaban entre mis nalgas. Ricardo pasó un dedo por la tela, presionando justo sobre mi agujero aún sensible de la noche anterior.
—Hoy no voy a follarte yo —dijo mientras seguía acariciándome—. Hoy vas a aprender a ser útil de otra forma. Sonia viene de camino. Y trae a Pablo. Vamos a ver cuánto has aprendido a servir.
En ese momento se oyó el sonido de la puerta principal de la oficina abriéndose y cerrándose. Pasos acercándose por el pasillo.
Ricardo se inclinó sobre mi espalda y me susurró al oído:
—Quédate exactamente así. No te muevas. Y mantén las bragas puestas… por ahora.
Mi corazón latía tan fuerte que parecía que iba a salirse del pecho. Estaba inclinado sobre el escritorio de Ricardo, con los pantalones y calzoncillos bajados hasta los tobillos, las bragas de encaje tensadas entre mis nalgas.
Ricardo seguía detrás de mí, con una mano apoyada en mi culo, acariciándolo perezosamente por encima de las bragas.
La puerta del despacho se abrió sin llamar.
Sonia entró primero, con una sonrisa amplia y depredadora al verme en esa posición. Llevaba una falda tubo ajustada y una blusa blanca semiabierta que dejaba ver el encaje de su sujetador. Pablo entró justo detrás, cerrando la puerta con llave.
—Joder… qué vista más bonita para empezar la noche —dijo Sonia, soltando una risita mientras se acercaba al escritorio. Se colocó a un lado y me levantó la barbilla con dos dedos para que la mirara—. ¿Has llevado las bragas todo el día como una buena zorra?
—Sí… —respondí con voz baja y avergonzada.
Sonia me dio una suave bofetada en la mejilla.
—Más respeto. Responde bien.
—Sí, señora —corregí rápidamente.
Pablo se rio y se acercó por el otro lado. Me pasó una mano por la espalda y luego bajó hasta meter un dedo por debajo de la goma de las bragas, tirando de ella para que se clavara entre mis nalgas.
—Está temblando como un flan —comentó con burla—. ¿Estás nervioso, Juanjo? ¿O estás cachondo otra vez?
Ricardo se apartó un poco y se sentó en el borde del escritorio, justo frente a mi cara.
—Hoy vas a demostrarnos que de verdad has entendido tu nueva posición —dijo con calma, mientras se desabrochaba el cinturón—. Sonia quiere que le comas el coño mientras Pablo y yo te usamos. Y esta vez no vas a correrte hasta que nosotros lo permitamos. ¿Entendido?
Asentí con la cabeza, tragando saliva.
Sonia se subió la falda hasta la cintura, revelando que no llevaba bragas. Su coño estaba ya húmedo y ligeramente hinchado. Se sentó en el escritorio justo delante de mí, abriendo las piernas y agarrándome del pelo.
—Empieza a lamer, puta. Despacio. Quiero sentir esa lengua trabajando para mí.
Mientras Pablo no perdía la ocasión ladeo las bragas y después de escupir en mi ano empezó a bombearme sin contemplación.
Cuando se sintió al borde del orgasmo,Sonia se sentó sobre Ricardo, con la polla de él dentro de ella, y empezó a cabalgar, Pablo me hundió la cabeza entre los sexos de ellos, lamiendo huevos, coño y lo que quedaba fuera de el, al poco rato y entre estertores, Ricardo la agarró de las nalgas quedándole las marcas de los dedos, señal inequívoca que se estaba corriendo como una bestia dentro de Sonia. Su verga seguía palpitando mientras ambos recuperaban el aliento. Un hilo de semen blanco escapaba lentamente de su coño y resbalaba por los huevos de Ricardo.
Pablo continuó perforandome dándome palmada en las nalgas hasta que me quemaban. Aceleró más y con un ahogad - me corro, putaaaa- me inundó el recto de semen.
Ella me miró con una sonrisa satisfecha y cruel, todavía jadeando.
—Miradlo… —dijo con voz ronca, lamiéndose los labios—. Tan calladito ahora. Hace unas horas era el típico machito celoso y ahora está ahí, con la cara llena de leche y el culo chorreando como una zorra barata.
Pablo soltó una carcajada baja detrás de mí y me dio una palmada fuerte en el culo, haciendo que el semen que aún tenía dentro se moviera y goteara más abundantemente por mis muslos.
—Responde cuando te hablen, puta —me ordenó Pablo, tirando de nuevo de mi pelo para que levantara la cara.
Tragué saliva, sintiendo el sabor salado del semen de Ricardo todavía en mi boca, y respondí con voz débil y entrecortada:
—Entendido…
Ricardo dio una calada profunda al cigarro y soltó el humo hacia mí.
—Más alto. Y con respeto. Quiero oírte decirlo bien.
Sonia se movió ligeramente sobre él, haciendo que su polla semierecta se saliese dentro de su coño. Me miró fijamente, esperando.
Me humedecí los labios y, con la voz temblorosa pero más clara, dije:
—Entendido… A partir de ahora vendré cuando me llaméis. Haré lo que me ordenéis… con bragas o sin ellas.
Pablo se rio otra vez y me metió dos dedos en el culo sin aviso, removiendo el semen que había dentro. Gemí sin poder evitarlo.
—Buen chico —dijo Ricardo—. Ahora ven aquí. De rodillas otra vez.
Sonia levantó una ceja y añadió con tono juguetón pero autoritario:
—Y trae la lengua. Quiero que limpies todo lo que Ricardo me ha dejado dentro. Hasta la última gota.
Pablo me empujó hacia adelante. Mis rodillas tocaron el suelo de nuevo entre las piernas abiertas de Ricardo y Sonia. El olor a sexo era intenso, abrumador. El coño de Sonia, hinchado y rojo, goteaba semen espeso justo frente a mi cara.
—Empieza —ordenó Sonia, agarrándome del pelo con una mano y acercándome—. Y mírame a los ojos mientras lo haces. Quiero ver cómo te tragas su leche de mi coño
Pablo empujaba con fuerza desde atrás, follándome el culo con embestidas profundas y constantes, mientras yo tenía la cara hundida entre los cuerpos unidos de Sonia y Ricardo.
. El sabor era intenso, salado y dulce a la vez, una mezcla de ambos sexos que me llenaba la boca.
Sonia gemía alto, moviendo las caderas para frotarse contra mi lengua y contra la polla de Ricardo.
—Joder… sí… lame los dos.
—Qué puta más aplicada… lamiendo polla y coño al mismo tiempo. Te está gustando, ¿verdad?
Yo solo podía gemir contra ellos, la lengua moviéndose frenéticamente entre el coño empapado de Sonia y la polla gruesa y brillante de Ricardo.
Pablo aceleró el ritmo detrás de mí, clavándome con fuerza.
—Me voy a correr…otra vez
Se enterró hasta el fondo y se vació dentro de mi culo con fuertes pulsaciones, inundándome de semen caliente. Apenas había terminado cuando Ricardo sacó su polla del coño de Sonia y la golpeó contra mi cara.
—Ahora me toca a mí follarte —dijo con voz ronca.
Pablo se apartó. Ricardo me agarró de las caderas,no sé de dónde podría sacar esa vitalidad y virilidad tan escasa en mi y, sin más preámbulos, empujó su polla gruesa y mojada de los jugos de Sonia directamente en mi culo. Gemí fuerte contra el coño de Sonia, que inmediatamente presionó mi cara contra ella otra vez.
—Sigue lamiéndome mientras te folla —ordenó Sonia.
Ricardo empezó a embestirme con fuerza, poseyéndome sin piedad, cada golpe profundo y brutal. Su polla entraba y salía, abriéndome, mientras yo seguía lamiendo el coño de Sonia con devoción humillada.
Sonia se corrió primero, temblando y gritando, inundando mi boca con sus jugos. Yo tragué todo lo que pude.
Ricardo aumentó el ritmo, respirando cada vez más agitado.
—Joder… qué culo más bueno tienes… —gruñó.
Finalmente se clavó hasta el fondo y se corrió con un gemido largo y gutural, llenándome el culo con su semen caliente, pulsando dentro de mí mientras se vaciaba completamente.
Durante unos segundos solo se escucharon respiraciones agitadas y el sonido húmedo de los cuerpos.
Ricardo salió lentamente de mí, dejando que su semen empezara a gotear. Sonia bajó del escritorio, se bajó la falda y me dio una palmada en la mejilla.
—Buen trabajo, zorra. Has mejorado.
Pablo se subió los pantalones y se rio.
—Está hecho un desastre otra vez.
Ricardo se abrochó el cinturón y me miró con esa sonrisa fría.
—Nosotros nos vamos ya. Tú te quedas aquí. Limpia el despacho antes de irte: el escritorio, el suelo, todo lo que hayas manchado. Y cuando termines… puedes vestirte y marcharte a casa. Mañana a las ocho otra vez. No llegues tarde.
Los tres se dirigieron a la puerta. Sonia fue la última en salir. Se giró y me lanzó un beso burlón.
—Descansa esa boquita y ese culito, Juanjo. Lo vas a necesitar.
Cerraron la puerta tras ellos. El despacho quedó en silencio, solo roto por mi respiración agitada.
Estaba solo, inclinado sobre el escritorio, con las bragas bajadas, el culo abierto y chorreando semen de Pablo y Ricardo, la cara mojada con los jugos de Sonia y saliva. Me temblaban las piernas. El semen resbalaba lentamente por mis muslos y goteaba al suelo.
Poco a poco me incorporé, sintiendo cómo el semen se movía dentro de mí con cada movimiento. Miré alrededor: el escritorio estaba manchado, el suelo también tenía gotas.
Tenía que limpiarlo todo antes de poder irme a casa.
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