Desayunos con Lujuria VI
El calor de Madrid no es solo estacional; es la temperatura de un secreto que quema. Entre corsés y miradas calculadas, ella cruza la línea de lo permitido, solo para descubrir que el precio de su sumisión no es lo que esperaba pagar.
Al final de la escapada, el orgasmo escondido
Quince minutos después, estaba en la carretera, sentada a su lado. Mi piel aún ardía por la tensión, pero ahora el calor se mezclaba con la anticipación delictiva. Iba a la aventura con aquel hombre que había despertado en mí deseos adormecidos y monstruosos. Le conté la peripecia de última hora y alabó mi sagacidad y buen hacer. El viaje fue una delicia de complicidad y planes susurrados. Paramos a desayunar y para mediodía ya estábamos en Madrid, respirando el aire anónimo, contaminado y promiscuo de la gran ciudad.
Nos alojamos en un hotel de Gran Vía, cerca de Plaza de España. Un cuatro estrellas con piscina en la azotea, un escenario perfecto para nuestra farsa. Nos registramos por separado, como dos desconocidos, cada uno en una habitación para no dejar rastro común en los registros. Por una casualidad útil, de seguidismo en el registro, nos dieron habitaciones en la misma planta, una frente a la otra.
Subimos con la excitación contenida de dos amantes que ven un campo libre ante ellos. En cinco minutos, Rafa estaba en mi habitación. Me cogió por detrás antes de que pudiera reaccionar, empotrándome contra el espejo del estrecho pasillo de entrada. Su aliento, caliente y mentolado, me recorrió la oreja.
—Te deseo, putita mía —susurró, y las palabras eran como llaves que abrían cerraduras interiores—. Te deseo. Voy a hacerte la mujer más apetecible y follable del mundo. Tenemos tres días de sexo y desenfreno por delante.
Me estaba derritiendo. Noté cómo la humedad empapaba mi braguita al instante, una respuesta involuntaria y vergonzosa. Sus manos no dejaban de recorrerme por encima de la ropa, posesivas, urgentes. Tuve que pedirle que parara, que, si no, no saldríamos en horas de aquella habitación.
Se contuvo, pero la promesa flotaba en el aire, espesa como un perfume. Como habíamos acordado en el coche, yo comenzaría mi rol de sumisa en el momento en que saliéramos a la calle, aunque con margen para adaptarnos a las circunstancias. Las palabras de seguridad —amarillo, rojo— seguían vigentes, nuestras anclas en el mar de lo impredecible.
En la calle, el calor del verano madrileño nos golpeó con la brutalidad de un mazo. Dudé, por un segundo, si mi vestido ligero de tirantes sería suficiente o si, por el contrario, me sobraba ya toda la ropa. Nos encaminamos a un restaurante de la misma calle y comimos algo ligero, saboreando más la libertad que la comida. Una vez terminados los cafés, eran las cinco de la tarde.
—Hora de ir a comprar la ropa necesaria —anunció Rafa, y en su tono había un destello de esa autoridad que ya empezaba a encenderme.
Asentí. El juego, la verdadera inmersión, estaba a punto de comenzar. Nos encaminamos a Puerta del Sol, allí, en una tienda que estaba en un piso, Rafa me compró un precioso corsé rojo y negro con unos corchetes por detrás que simulaban una lazada de las antiguas. El pecho me rebosaba por las copas que apenas me lo sujetaban y quedaba muy sexy.
De ahí subimos por la calle Montera donde me compró dos pares de zapatos tipo stiletto, mi culo se veía respingón sobre aquellos altísimos tacones. En la misma calle, en una tienda de ropa, me probé varios vestiditos de tipo club de alterne. Madre mía, estaba muy sexy con aquellas ropas. Y finalmente traspasamos de nuevo Gran Vía para meternos por la calle Fuencarral y desembocar a Hortaleza donde entramos en un “erotik market”, que es un eufemismo para llamar a un sex shop de los de siempre.
Allí aun con mis dos bolsas de compras ya pasé a ser sumisa en mi papel. Así es que mi amo ordenó:
—Tienes que tratar que lo que compremos aquí nos salga gratis. Al menos de dinero, si hay que pagar con algo que sea tu cuerpo el que pague.
—Pero… Un azote en mi nalga izquierda cerró la conversación.
—Sí, mi amo.
Curioseamos bastante, había consoladores de todas las tallas, modelos y sistemas, mi señor preguntó por los aditamentos BDSM y nos dirigieron hacia arriba. En la planta baja solo había una dependienta muy jovencita, se me antojaba complicado convencerla de nada, porque tenía mala pinta. Sin embargo, en la planta alta nos recibió un señor ya maduro, algo más joven que yo seguro, que me echó una mirada desde que me vio aparecer por la escalera que me taladró, a este puede que lo convenza de algo, pensé.
Mi amo eligió algún látigo de tiras, un collar de cuero que me probó allí delante del dependiente que no perdía ojo. Un vibrador con arnés muy realista que representaba un pollón de mandingo que yo le aseguré que no me iba a caber. Unas pulseras de cuero, algunas cadenitas con pinzas para pezones, en fin, un surtido muy variado.
Cuando llegó la hora de pagar mi amo se desentendió de mí y se puso a husmear en una zona retirada del mostrador, me tocaba a mi encontrar el lado débil del empleado a ver lo que podía sacarle de precio. Le puse toda la mercancía sobre el mostrador y empezó a pasar códigos.
—Son 253 euros en total, ¿con efectivo o tarjeta?
—Madre mía que caro – dije – ¿no hay ningún descuento? o bonos para algo porque me voy a dejar aquí medio sueldo, estoy dispuesta a todo lo que sea necesario para que me salga más baratito - Insinué
—Lo siento, no hay más descuentos que los que están marcados
—Uf. Pues no sé cómo voy a hacerlo, es que no llevo tanto dinero encima. No podría hacerle algo como compensación, por favor, por favor – gimoteé en plan sexy
—Verá señora, eso no es posible, tenemos que pasar todo por los controles de caja y si el dueño ve que falta material y no cuadra con caja, el que se queda sin sueldo soy yo.
— ¿Y si hablo con el dueño? – yo ya estaba en mi papel de putilla
—Un momento que lo llamo.
Tardó poco en salir de detrás del mostrador y entrar en una habitación que tenía un espejo en la pared, por lo que supuse que era un espejo de los que se podría ver desde dentro. Dos minutos más tarde se abría la puerta de nuevo.
—Pase, mi jefe la escuchará.
Miré para donde estaba Rafa, mi señor, que hizo un gesto imperceptible de asentimiento. Así que me metí en la habitación que era una oficinita con una mesa una estantería y un sofá todo austero y limpio.
—Buenas tardes me llamo Carmen - me presenté.
—Buenas, yo Aurelio, ¿En qué puedo ayudarle?
—Pues que soy de provincias, he venido a Madrid y quería llevarme algunas cosillas de la tienda, pero el monto ha sido demasiado para mi bolsillo, y le he preguntado al dependiente si podría hacer algo para rebajar la cuenta.
—Entiendo. Pero su marido está al tanto de esto, ¿no?
—Sí, si, no se preocupe por él, con tal de pagar menos él no se mete en nada.
—Bueno, siempre podemos hacer algún descuento especial, pero gratis no le va a salir, eso seguro.
—De cuanto estamos hablando entonces – inquirí yo para saber que trato me ofrecía –
—Voy a ser sincero, una puta como usted en la calle de aquí al lado, Ballesta o Montera cobra unos 40 euros por un completo, por lo que, si usted se deja follar por mi empleado y por mí, le haré un descuento de 80 euros de la compra.
—Oiga, lo de puta...
—Sí, no se me vaya a poner remilgada señora, una puta, eso es lo que es usted al pedirme esto y yo la he tasado, si le interesa bien, y si no pues no hay más compromiso.
Una oleada de rabia y de vergüenza me salió por los poros, yo podía haber sido descocada, pero que me tratara de puta me había indignado, no estaba dispuesta a ese trato humillante.
—Si quiere consultarlo con el cornudo de su marido puede hacerlo, no hay problema.
Salí de la oficina aquella arrebolada, me fui hacia Rafa, y muy digna le dije que nos íbamos de allí que me había insultado el capullo aquel. Mi sorpresa fue que no se alteró. Le dije que lo había llamado cornudo a él también por ver si hacía más efecto, pero se mantuvo impasible:
—Ya sabes esclava que yo no soy cornudo, y en cuanto a lo ofrecido es cierto que me parece poco, pero si no sabes sacarle nada más pues será que es el mercado. Desde luego te han valorado barato. Tú decides lo que hacemos, no voy a obligarte, pero que sepas que es un incumplimiento de tu sumisión que será debidamente castigado.
Hubo un momento de claridad en ese instante. Me trataban todos como una puta, y además barata, de la calle, de esas calles donde solo se esconde el lumpen más bajo de la gran ciudad. Mi amo, se había tomado su papel demasiado en serio y no me respetaba como sumisa, estuve por romper ese trato a pocas horas de llegar porque si aquello había surgido en tan poco tiempo probablemente lo que me esperaba no iba a ser mejor. Pero lo había buscado y querido yo, nadie me obligó. No sé por qué pasó por mi cabeza una situación más morbosa y con menos carga degradante que la sucedida, no es que buscase las sombras de Grey, pero desde luego aquella humillación tampoco. Decidí afrontar el posible castigo, pero aquellos gilipollas no me iban a follar por 40 euros de mierda.
—Nos vamos – le dije a Rafa - Paga tú que yo me voy para abajo.
Rafa se acercó al mostrador y pagó con la tarjeta que llevaba, mientras el dependiente tenía una sonrisita condescendiente con él.
—La putilla se ha rebelado, ¿eh? - Escuché que le decía mientras tomaba las escaleras
—Bueno, hay que domarlas antes un poco, para que no se suban a la parra
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