Xtories

Justicia por Juan

Encontrar a tu marido atado a una silla con una escopeta apuntando a tu 'agresor' no es el final de una pesadilla, sino el comienzo de una verdad devastadora. Cuando la máscara de la víctima cae, ¿quién es realmente el monstruo en esa casa?

justiciadivina8.3K vistas9.6· 20 votos

JUSTICIA POR JUAN

Vamos a por un relato de Morgatius. Se llama, el original, “La entrega de una mujer casada”. Y claro, para los que les gusta la fantasía extrema, el morbo, el placer de ver transformar a una mujer simple en una enferma sexual, en este autor encontrarán el súmmum…

Y aquí, como pasó en “Entre el cielo y el infierno”, una mujer guarda en su interior una fantasía prohibida, que, en un determinado momento, la lleva a cabo, importándole poco y nada su pareja. Y luego, quiere seguir con su vida normal. En aquella oportunidad, Marta pretendía una pareja abierta, y que su novio acepte. En este relato, Laura da rienda suelta a una fantasía prohibida. Pero, contrario a Marta, una vez realizada, no pretende repetirla.

En ambos casos, Laura y Marta, son conscientes del daño provocado a sus parejas. El novio de Marta sí lo sabe y lo sufre en carne viva. Juan… Juan no lo sabe.

Claro que, los que ya me han leído, y conocen mi filosofía… saben que yo pienso siempre en el agricultor. Juan es un agricultor nato. Y merece justicia.

https://www.todorelatos.com/relato/129316/

-----------------------------------------------------------

Cuando Laura entró a la casa, a media mañana, luego de llevar a los chicos al cole y pasar por el mercado, se encontró con una escena escalofriante. Algo que jamás se imaginó… o, por lo menos, no así.

Durante más de un año tuvo terror de que Juan se enterase de algo. Que Don Andrés no cumpliera su promesa de silencio sepulcral.

En el living de la casa, atado a una silla, y amordazado, estaba el viejo depravado. En camiseta y calzoncillos largos. Juan, su Juan, con un rostro totalmente muerto, frio, una mirada oscura, helada, con una escopeta en sus brazos, apuntando a Don Andrés, sentado en frente de él.

- Laura… mira a quién tenemos aquí. La venganza es un plato que se sirve frío… y hoy será mi turno. ¿Disparo yo, o quieres tener el honor tú?

Laura estaba aterrada. Su esposo era un hombre sereno, tranquilo, sensato. Incapaz de utilizar la violencia como medio para solucionar las disputas. Era un marido ejemplar y un padre maravilloso. Y estaba a punto de cometer un homicidio. Estaba convencido que hacerlo. Así lo creyó. Y, en parte, en gran parte, o totalmente, era por culpa suya. Por su necesidad de probar por una vez en su vida el BDSM. No podía permitir que se vaya todo al diablo. Porque si lo hacía, no habría retorno.

- ¡¡¡Juan!!! ¡¡¡Nooooo!!! Pero… ¿Qué haces? ¿Qué vas a hacer?

- Matar a este hijo de puta. Hasta que no lo haga, no voy a poder dormir. Lo que te hizo… no tiene nombre.

- Pero… Juan… amor… si lo haces, te vas a arrepentir toda la vida. Además, sus secuaces se pueden vengar con nuestros hijos…

- Nadie sabe que lo tengo… y su cuerpo va a desaparecer, cortado en pedacitos. Nadie lo va a relacionar con nosotros. Pasó un año y medio…

Laura se puso a su lado, tratando de detenerlo como sea. No podía permitir que su esposo sea un asesino. Así que tuvo que sincerarse con él…

- Es que… este hombre no tiene la culpa. Nosotros fuimos a pedirle el dinero, sabiendo sus condiciones

- No me importa nada. Se hubiera contentado con Raquel. Te raptó, Laura. Y te hizo todo lo que sabemos que te hizo.

- Juan…

- Hace un año y medio que no puedo dormir. Que me despierto todo transpirado. Que mi mente está rota. Que recuerdo cómo te han violado esos animales…

- Juan… por favor… hay algo que no sabes

Juan dejó de ver al viejo, y, por primera vez, desvió su mirada a su esposa.

- ¿Qué es lo que no sé?

- Es que… - Laura bajó la mirada, totalmente avergonzada – él… él no me raptó… Yo ideé todo…

Juan, automáticamente, volvió a mirar a Don Andrés, sin dejar de apuntarle. Laura pasó de una cara de miedo a otra mucho, muchísimo peor.

- Lo… lo sabías…

-… siempre fue una posibilidad. Jamás me cerró cómo supo esta basura humana que iba a estar Raquel, y no tú. Si era un secreto entre nosotros dos. Porque… supongamos que él ya había hecho las averiguaciones, y supiera cómo eras tú físicamente. Pero Raquel llegó a casa el mismísimo sábado, escondida en el auto. Y sé perfectamente que nadie nos siguió. Y Raquel se bajó en el garaje. Ella es de otra ciudad, así que es prácticamente improbable que haya puesto en aviso a este monstruo. Envió a Rafa, sabiendo de antemano que no eras tú la mujer que estaba en casa. Alguien le avisó. Y yo no fui. Claro que supuse que fuiste tú. También estaba la posibilidad que hayan puesto micrófonos en la casa. Pero… ese día… en la cámara que te filmaba… tus caras… te conozco, Laura. Sé perfectamente cuando estás caliente. Y lo estabas. No sé cuántos orgasmos tuviste mientras te veía. Y no sé cuantos antes, y cuántos después. No eran fingidos. Gozaste como una perra… Y todo me cerró con tu saludo de ese sábado por la mañana: que pase lo que pase, que no sé cuánto me querías, y que no debía afectarnos en el futuro. Si tú no ibas a ser la mancillada, sino Raquel… ¿por qué nos afectaría en el futuro? Entonces… sí… aunque te di el beneficio de la duda, muy en mi interior siempre supe que eso fue armado para que parezca otra cosa.

- Perdona, Juan, yo te amo y…

-… encima tienes el tupé de decirme que me amas… me mentiste. Siempre. Te hiciste conmigo siempre la puritana, pero ¿era una fachada?, ¿no? Siempre fuiste una puta…

- ¡¡¡Noooo!!! Hasta que vi el DVD, no sabía…

-… ¿Qué eras una puta?... vamos… no me mientas más… fue todo una mentira… nuestro noviazgo, tu fingido amor por mí…

- Jamás te mentí en eso… fuiste, eres y serás mi eterno amor…

- Sucia… ¿así amas? ¿entregándote como una perra en celo a todos estos tipos? ¿me quieres hacer creer que me amas? ¿me quieres hacer creer que me amas, pero necesitas que te destrocen todos tus agujeros? ¿Cuándo conmigo siempre fuiste pacata, recatada? ¿Y si te embarazaban? ¿Y si te pescabas alguna venérea… o SIDA? Mira si me contagiabas alguna peste… así me amas. Mira si te preñaban…

Laura estaba arrodillada a su lado, llorando a borbotones. No sabía cómo hacerle entender de su craso error. En realidad, sabía que no había manera.

- Juan… yo te amo. Eso fue… fue un error terrible mío. Jamás me lo perdonaré mientras viva, y trataré, tal como he hecho después de ese fin de semana, de cuidarte, protegerte, amarte, hacerte sentir bien, cómodo…

- ¡Basta de mentir!

- No… no te miento…

- Y… ¿quieres que te crea después de todo esto? ¿cómo hago para creerte? Dime… ¿tu me creerías a mí si fuera al revés?

Laura no sabía que decir, qué contestar. Primero, tenía que evitar que mate al viejo. No podía permitir que se convierta en un asesino. Luego, que ocurra el milagro de encausar todo. Y, por último, dado las circunstancias, sobrellevar el resto de su vida la carga de haber destruido su familia, su matrimonio, y, principalmente, haber destrozado al amor de su vida. Porque conocía perfectamente a su Juan. Sabía que el estar al tanto de su infidelidad lo estaba matando por dentro.

- Juan… por favor… baja esa escopeta. Deja ir a este hombre, que no tiene la culpa de…

- ¿Que no tiene la culpa? No solo te hizo esto a ti… aunque, en tu caso, fuiste tu la que lo buscaste, ¿no? – Laura agachó la cabeza, consintiendo – se lo hizo a muchos matrimonios. Destrozó la vida de muchas parejas. ¿Te dijo la verdad? ¿Tu amante te dijo la verdad?

- El… él no es mi amante…. Fue solo esa vez, y no lo vi nunca más

- No te creo

- Pero, es verdad. Te lo juro por nuestros hijos que…

- No metas a los chicos en esto. Que tampoco sé si son hijos míos

- ¡¿Cómo te atrevas a dudar de…?!

- ¿Que cómo me atrevo, dices? ¿En serio? ¿Después de enterarme, un año y medio después, que estuviste voluntariamente con varios hombres y mujeres veinticuatro horas? Bueno… eso es lo que sé. Todo lo demás…

- ¡Son tus hijos!

- Maldita puta. No te creo nada. Ya no te creo más nada. Ya perdiste toda mi confianza

- Son tus hijos… - lloraba desconsoladamente – te lo suplico, créeme…

Juan dejó de mirar al depravado, y clavó su vista en un punto fijo en la pared

- Confiesa todo. Y ten la decencia, esta vez, de ser sincera

- Juan… jamás, jamás te había engañado. Jamás se me hubiera pasado por la cabeza. Siempre tuve la fantasía de participar en orgías… pero mi férrea educación cristiana me cohibía. Ese DVD… fue mi perdición. Me pervirtió. Me pudrió por dentro. Estuve toda la semana masturbándome como loca viéndolo, soñando que era yo la que recibía todo ese trato. Me enloquecí. Y… sabía que jamás ibas a aprobarlo. No podía perderte. No podía perder a nuestros hijos… porque son TUS hijos. Así que me armé de valor y fui a verlo a su oficina. Y le propuse hacerlo, que yo me entregaría en cuerpo y sin objeciones, pero con la condición que tú no tenías que enterarte. Pero él… me dijo que tenía un trauma. El mismo que tú me dijiste previamente. Que su ex lo había engañado y se había marchado con un amante. Resulta que ese amante era un amigo de él, casado. Entonces su morbo es hacer cornudo a cada hombre casado que le pida un préstamo. Su perversión. Y que eso no estaba en discusión. Entonces arreglé con él lo de la prostituta. Raquel no es de otra ciudad… es… amiga de este hombre. Y ese sábado por la mañana, apenas dejé a los chicos con mis padres, me fui para su oficina. El resto… ya lo sabes… Pero, jamás… jamás volví con él, ni con ningún otro…

- Y la pasaste bomba, ¿no?

- Juan… no te…

- Dilo

- Juan…

- ¡¡¡Dilooooo!!!

- Sí… es verdad. Jamás me sentí así.

- Claro… yo no… no puedo… yo soy un pobre infeliz con un pitito insignificante, que jamás te pegaría, ni te insultaría, ni te sodomizaría, ni…

- No te castigues, Juan… Tú eres mi todo. Tú me haces el amor, y para mí es sublime. Aquello… aquello fue sucio. Asqueroso. No hay día que no dejo de arrepentirme de ello. Lo que me hicieron sentir esos hombres, junto con esa mujer… fue distinto. Tenía que hacerlo, Juan. Porque, te juro, que creería que moriría. Pero tú no tenías que enterarte. Tú eres sagrado para mí… Fue una sola vez. Y jamás repetiría en vida. Tu dolor fue y es tan grande que jamás te volvería a hacer pasar por eso. Y yo tampoco lo haría. Ya no me atrae esa práctica.

Mientras tanto, Don Andrés miraba la escena con un gesto burlón, socarrón.

- Así que estás disfrutando de esto, ¡viejo de mierda!

Juan se acercó, con la escopeta en mano, la dio vuelta en el aire y le pegó un culatazo en la cara, que lo hizo sangrar completo. El vejete se retorcía del dolor.

- ¡No, Juan! Por favor, te lo pido. Este hombre no tiene la culpa de…

- ¿Qué no tiene la culpa? ¿le has creído cuando te dijo que todo era por vengarse de su mujer? – y mirando al viejo – dile, vamos, dile a mi santa mujercita la verdad…

Se volvió a acercar. Esta vez, Laura lo sujetó del brazo, pensando que le volvería a pegar. Se la sacó de encima, se acercó al viejo y le sacó la mordaza de la boca, empapada en sangre. El hombre escupió varios dientes

- ¡Hijo de puta! La vas a pagar, ¿entendiste, cornudo de mierda?

Ahí fue Laura quien se acercó y le pegó una patada a la canilla del viejo.

- No… Don Andrés… usted no tiene el derecho de llamarlo así. No después de lo que le hicimos.

- Vamos, hombre, dile a tu amante la verdad

- ¡Juan! ¡Que no soy amante de este tipo!

- Vamos, mugriento… ¿se lo dices tú? ¿o se lo digo yo?

- ¿De qué verdad hablas? ¿si yo a ella no la engañé? Ella vino a mí solita, como buena hembra hambrienta que es… - y se recibió otra patada de Laura, esta vez mucho más fuerte y certera

- A Laura no… no la engañaste. Pero a todos, sí. A todos les dices que tú eres así porque tu mujer te abandonó por otro hombre. Pero… no es así, ¿no?

- No sé de qué hablas. Si tú no conoces la historia.

- A ver… Teresa, la muchacha de la limpieza – el hombre cambió su cara, y lo miró desafiante… Olga, la esposa del que era tu socio… Beatriz, tu secretaria… María, la empleada del banco. Laura… - y mirando a su esposa - no tú… su vecina Laura… Todas fueron tus amantes, ¿no? y con algunas de ellas ya practicabas eso de amo-esclavo. Así que ya eras degenerado antes, mientras convivías con tu esposa… Quien se fue… sí… pero huyendo de ti. Se fue con un tipo, sí, pero al exterior, por miedo a que le hagas algo, ya que siempre fuiste un inescrupuloso, un matón, un rufián. Y le pusiste a su hija en su contra…

- Maldito bastardo… no metas a mi hija en esto…

- ¿viste, Laura? ¿viste con quién me engañaste? ¿con quién tiraste por la ventana años de matrimonio? Porque lo que hiciste antes de él… jamás lo supe. Y lo que hiciste después de ese fin de semana… tampoco. Pero conozco perfectamente lo que pasó ese sábado y domingo… lo sufrí en carne propia… - Laura seguía llorando, aplastada por una realidad apabullante – y… casi casi, lo mato por tu culpa… cuando es a ti a quien debería matar…

- Tú… ¿Juan, no?... -preguntaba el viejo - ¿de dónde sacas eso que tenía amantes? Es todo mentira…

- ¿Así que todo es mentira, hijo de puta? – se escuchó una voz femenina que venía desde la cocina

Así, hablando de esa forma, entró en escena una señora mayor, regordeta, que lo miraba al viejo con cara de asco.

- ¿quién eres? – preguntó Laura

- Dile, viejo asqueroso. Dile a esta puta quién es esa señora… - Don Andrés agachó la cabeza

- Yo soy Judith. Y fui la esposa de este mitómano depravado.

- Y… Juan… ¿cómo la conoces? – preguntó Laura

- Porque hace un año y medio que estoy intentando descubrir qué pasó ese día, por qué estabas tú en sus garras, y cómo hacer para vengarme y matarlo sin consecuencias para ti y tus hijos. Gracias a Angel, y un par de contactos en Colombia, pude hallarla. Y me contó todo. Dile, Judith, por favor, ya que este viejo no quiere soltar prenda…

- Mira, Laura. Este hombre es un mentiroso. Peligroso y mentiroso. Y cobarde, porque se escuda en mí para justificar su mente podrida. – Y mirándolo a Don Andrés – yo te vi, desgraciado... te vi con todas esas mujeres. Y encontré los VHS de las fiestas que hacías tú y tus amigotes con cada una de ellas. Cómo las degradaban como mujeres. Y es verdad que me fui con tu amigo. Pero fue una excusa para vengarme de ti, y no verte nunca más.

- ¡Hija de puta…!

- Y, lo peor de todo, le mentiste a Alba. Le mentiste a nuestra hija. Yo me la quise llevar. Pero no me dejaste. Y le inventaste tantas mentiras, que ella jamás quiso hablar conmigo. Me separaste de mi hija… y eso jamás te lo voy a perdonar. Así que, si no te mata Juan, lo haré yo.

- Y… ¿qué querías? ¿Separarme de mi hija, de mi Albita? Le dije lo que le tenía que decir para que se quede conmigo. Sé que soy un enfermo como hombre. Pero, como padre… jamás le fallé.

- Sí lo hiciste… - otra voz, que venía también de la cocina, se hizo escuchar

Otro actor entró en escena. Esta vez, una mujer grandota, fortachona, parecida a Don Andrés, pero de unos cuarenta años. La cara del viejo… cambió sideralmente. Como si un tren lo hubiera pasado por encima.

- Sí lo hiciste, papá… cuando me separaste de mi madre, con toda esa sarta de mentiras, lo hiciste. No tenías derecho. Era mi mamá. La necesitaba. Y ella no era la “puta degenerada” como me la describiste. Ese eras tú.

- Hija… yo…

- Hija, nada. No puedo creer que toda mi vida amé con locura a un padre que resultó ser un enfermo mentiroso… y peligroso. Porque yo sabía algo de tus negocios. Pero jamás… jamás me imaginé lo que te habías atrevido a hacer… a cuánta gente lastimaste…

- Hija… yo siempre te protegí… jamás te lastimé a ti

- ¡¡¡Sí!!! ¡Claro que me lastimaste! ¡Es mi mamá a la que alejaste de mí!... Pero esto se corta acá mismo. A partir de ahora, mamá se viene a vivir a mi casa. Mi esposo ya está al tanto de todo, y está de acuerdo. No la vas a tocar. Ni un pelo. A este hombre, a Juan, le vas a perdonar el resto de la deuda. Lo que te pagó, dalo por cumplido. Demasiado daño le provocaste… aunque fue su mujer, en realidad… pero no importa. Y… ojo con meterte con él, o con sus hijos… Basta de mafia. A partir de ahora, yo, personalmente, voy a estar en tu oficina, trabajando contigo. Y no quiero ver a ninguno de tus amigotes rondando por ahí. Vas a seguir siendo prestamista… sí. Pero sin tratos sexuales, ni usurero en cuanto a intereses. Ya estás forrado en plata. No necesitas acumular más. Y basta de degeneraciones. De tu casa a la oficina, y de la oficina a tu casa. Ah… y te voy a instalar cámaras en ella… donde vea algo raro… Este es el trato. Un mínimo desvío, y no me ves nunca más. Y sabes que yo cumplo mis promesas. ¿de acuerdo?

- Sí… hija… lo que tú quieras…

Mientras Alba desataba al padre, éste seguía con la cabeza gacha, totalmente derrotado. Es que su hija era su talón de Aquiles. Podía perder su negocio, sus putas, su vida salvaje, sus amigos. Pero no a ella. No a sus nietos. O cumplía, o su vida se iba al diablo. Alba, una vez desatado, le limpió la cara con un trapo, ya que sangraba mucho.

- Mira lo que me hizo este animal…

- Cállate, padre. Te lo tienes merecido. Y ahora vamos. Y Calladito todo el camino. Adiós, Juan. Gracias por todo.

- Sí, gracias por todo – repitió Judith – gracias a ti, recuperé a mi hija

- Y yo, a mi madre. Respecto a ti, Laura, espero que hayas tomado conciencia de todo lo que provocaste.

- Esperen… - dijo Juan – llévense a esta puta de aquí. Ensucia mi casa

- Juan… por favor… Juan, los chicos… - lloraba Laura, desconsolada…

- Claro, que, pensándolo bien… el dinero para remontar la fábrica lo conseguiste vos, con tu cuerpo… así que soy yo el que sobra aquí. Todo esto, al final, es tuyo.

Cuando Juan amagó a irse, Laura, desesperada, se interpuso en su camino, sujetándolo con ambas manos.

- Por favor, ustedes váyanse, que tengo que hablar con mi esposo.

Los visitantes se fueron. Laura obligó a Juan a sentarse en el sillón.

- Juan… yo sé todo el daño que te hice. Se suponía que nunca te ibas a enterar de esto… pero quiero que sepas que no pasa un día en el que no me arrepienta. No entiendo todavía cómo me emputecí esa semana. Pero esa no soy yo. Yo soy la que conoces de toda la vida. Traté todo este año y medio de enmendar todo. Pero se me hizo muy cuesta arriba. He estado días enteros llorando. Y aun lo hago. Quiero que sepas que eres, de verdad, el amor de mi vida. Y que solo esa vez te fui infiel.

- No te creo

- Pues… no sé cómo hacer para que me creas. Te necesito. Los chicos te necesitan.

- Si me has mentido en esto… ¿cómo hacer para creerte en lo demás?

- Es que… no podía decirte la verdad. Te mataría… como veo y siento que te está matando ahora. Y por mi culpa. Hace un año y medio que te veo derrumbado. Y por mi culpa.

- Y… ¿cómo sé que cualquier día de esto no te vas a volver a “emputecer” otra vez? O si es verdad que son mis hijos. O si es verdad que dices amarme. O si es verdad que no tienes otros amantes, que realmente te gusta eso de ser sumisa.

- Porque… porque me estoy muriendo en vida. Si te vas por esa puerta, será mi muerte. Y no me suicidaré por nuestros hijos. Sólo por ellos. Pero ya no me queda más nada. Si te vas, no me queda más nada. Y sé que me amas. Y yo ensucié nuestro amor.

- Me hiciste sentir una piltrafa. Que no puedo satisfacer a mi esposa. Tu eras… eras la luz de mis ojos. Nunca te destapaste en la cama. Conmigo, no. Ni siquiera, después de lo que pasó aquella vez…

- Es que… tenía terror que sospecharas. Además, es en serio que me sentía sucia, mancillada, enferma. No se me ocurriría repetir aquello con nadie. Menos contigo. Tu eres muy dulce conmigo. Me tratas como una mujer, no como una cosa. Y yo ya no quise ser una cosa. Quiero ser una mujer, tu mujer.

- Es que no entiendo… por qué te entregaste así a esa gente.

- Yo tampoco lo entiendo. Te ruego… no me dejes.

Juan se levantó, pensativo, derrotado, y se fue del living, a su habitación. Laura caminó detrás de él. Cuando vio que su esposo abría la puerta del armario, temió lo peor, que sacaba su ropa para marcharse.

- No, Juan, por amor de Dios… por nuestros hijos… no me dejes – arrodillada, llorando desesperada

- Mujer… me voy a bañar. Vine a buscar ropa para salir del baño… y no me toques. Me das asco…

Juan fue directo a la ducha. Cuando regresó a la habitación, la encontró a Laura en la cama, llorando.

- Perdóname, Juan… yo… yo… no sé cómo hacer para arreglar esto. Cómo hacer que puedas volver a verme como tu esposa…

- No… no puedes. Ya no.

- Pero Juan…

- A ver – dijo él, sentándose a su lado – imagínate que hubiera sido al revés. Imagínate haber estado en ascuas, angustiada, nerviosa, pensando que lo que tu supuestamente pasaste, contra tu voluntad, yo lo tuve que pasar con ese tipo de gente. Imagínate que te enteras exactamente de la forma que me enteré yo. ¿lo estás haciendo?

- Sí… trato. Pero…

- Bueno… ahora dime si confiarías en mí otra vez.

- Lo sé. Es muy difícil…

- Entonces… no me jodas. Yo creo haber hecho todo bien, ¿no?

- Sí, claro. La que fallé fui yo

- Tienes que pagar el precio. Porque fue un infierno lo que pasé. Y todavía sigo en él. Te veo y recuerdo esas escenas en la pantalla de la tablet. Una cosa es que hubiera sido contra tu voluntad. Pero ahora… ahora sé que no te valgo mierda. Que no te hago feliz.

- Todo lo contrario. Con más razón te amo más. Porque sé en carne propia lo que sufres. Y que es por mi culpa. Intento que estés mejor. Pero no sé cómo… Te lo juro, no sé cómo – y siguió llorando.

- No puedes. Simplemente no puedes. El daño ya está. El vidrio se rompió. Y las marcas, aunque intentes unirlo, siempre estarán ahí.

- Entonces… ¿te vas? ¿nos separamos?

Al final, Juan se quedó. Dormían separados. Apenas si él respondía a lo que ella le hablaba. Continuamente ella le decía que lo amaba. Le mandaba mensajes durante todo el día. Por la noche, antes de irse a dormir, se asomaba al cuarto de invitados, le decía que lo amaba, le pedía perdón, y se iba a la cama. Todas las noches, Juan la escuchaba llorar. Se le partía el corazón, pero él también estaba roto.

Los días se hicieron semanas, y las semanas, meses. Seguía la misma tensión en la casa. Una noche, en la cena, Joaquín, el más chiquito, tiró la bomba.

- ¿Se van a separar?

Silencio stampa… A Juan se le mojaron los ojos. Laura, totalmente angustiada, destrozada, se levantó de la mesa y comenzó a caminar, llorando, hacia la pieza. Lo que escuchó la frenó en seco.

- No, hijos, vuestra madre y yo seguiremos juntos. Tenemos cosas que resolver, cosas de adultos, pero que lo haremos juntos, como familia. Ustedes no se preocupen. Trataremos de solucionarlo, ¿sí?

Esa noche, cuando pasó a saludarlo, como venía haciéndolo desde que no dormían juntos, agregó:

-… y… gracias

- ¿Por?

- Por lo que le dijiste a los chicos. ¿es verdad?

- No… no quiero hablar de eso

- No me dejes en ascuas… ¿aun crees que podemos solucionarlo?

- No lo sé. Fue muy duro. Es… difícil esto.

- Pero les dijiste que seguiremos juntos. ¿Juntos en la casa? ¿o juntos como matrimonio?

- No tires de la cuerda. La herida está abierta.

- Es que… ¿ya no me amas?

- Jamás dejé de amarte – y los ojos de ella se partían de amor y lágrimas

- Y… ¿entonces?

- No sé… no sé…

Esa noche, Laura no dejó de llorar en la almohada. Pero, esta vez, a diferencia de las anteriores, tenía dos cosas a favor. La promesa a los chicos que seguirían juntos, y su declaración que la amaba.

En la semana, como todos los meses, Juan fue a la oficina de Don Andrés a pagar su cuota mensual, pese a que Alba siempre le decía que estaba todo saldado.

- No. Soy hombre de palabra. Si prometí que pagaría mensualmente los treinta mil euros, pues lo haré

Esta vez, Alba no le dijo nada. Recibió el dinero, le emitió el recibo, y lo saludó, como hizo las veces anteriores, con un abrazo. Le había tomado cariño y muchísimo respeto a ese hombre. Había demostrado ser una persona íntegra, responsable.

Don Andrés ya no era ni la sombra que era antes. Era Alba la que llevaba el negocio. El parecía un muñeco, totalmente abatido y sumiso. Siempre evitaba mirarlo a Juan cuando iba a pagar. Pero esta vez, quiso hablarle. Necesitaba hablarle. Cuando ya Juan estaba saliendo por la puerta, el viejo le habló.

- Muchacho… quiero que sepas que lo que pasó con Laura, fue aquella sola vez, y nunca más. Sí es verdad que intenté repetir. Y sabes por qué. Pero tu esposa se negó rotundamente. Y sé por Alba, que se hizo amiga de ella, que ustedes todavía están peleados. Te pido, por lo que más quieras, que olvides todo lo que pasó y la perdones. Sé que fue muy feo lo que te hizo. Pero ya está. Se arrepintió sinceramente. Hazlo por ella, pero, fundamentalmente, por ti. Al final, eres un buen pibe…

- Sí, Juan – le dijo Alba. Hazlo. Ella está sufriendo demasiado. Y tú también. Hazte un regalo al corazón, y vuelve con ella.

Juan los miró, agachó la cabeza, saludó de vuelta, y se fue.

El domingo, Laura fue a la cama, como todas las noches, luego de pasar por la puerta de Juan. En la mesita de luz, encontró un sobre. Tuvo terror de lo que encontraría allí. Cuando lo abrió, pensó que le iba a dar un bobazo. Dentro de él, dos pasajes y estadía por una semana en el hotel Gran Canaria. Cuando su corazón volvió a la normalidad, fue corriendo a la pieza de invitados, papeles en mano.

- ¿Esto es lo que creo que es? ¿Es para nosotros dos?

- Y… si prefieres ir con otro…

- ¡Qué bobo eres!

Ella quiso acercarse para besarlo, creyendo que esa era la manera de decirle él que la aceptaba de vuelta. Pero la frenó en seco.

- Espera… espera… No tan rápido. Nada ha cambiado. El viernes llevamos a los chicos a lo de tus padres, ya hablé con ellos. Y avisamos en la escuela que la otra semana no irán. Ya veremos, una vez allá, si puedo o no superar todo.

- Gracias, amor

- No prometo nada

Esa noche, por fin, Laura no lloró. Tampoco pudo dormir, de lo feliz que estaba. Por supuesto que iba a dar todo de sí para lograr la tan soñada reconciliación.

En el avión, ella viajó con su cabeza apoyada en sus hombros. Juan la miró de reojo, pero no dijo nada. No la tomó de la mano, pero, para Laura, era un acercamiento positivo.

Al llegar a la habitación del lujoso hotel, Laura temía que Juan la haya reservado con camas separadas. Al ver que era cama matrimonial, apoyó su bolso de mano en la cama y, contra todo pronóstico, se le tiró encima, abrazándolo y besándolo. Al principio, Juan respondía fríamente, pero, final, se entregó a ella en cuerpo y alma.

Treinta segundos, de reloj, le tomó a Laura llegar a su primer orgasmo, una vez que Juan se la metió por su raja. Y otro minuto más para recuperarse y llegar a un segundo orgasmo, más brutal que el primero, y más largo. Mucho más largo. Luego se la sacó de adentro, se dio vuelta y se la comenzó a mamar de una forma furiosa. Por primera vez en su vida, recibía el semen de su esposo en su estómago.

Esa semana lo hicieron como conejos. Alternaban el sexo con caminatas tomados de la mano, salir a almorzar al pueblo, recorrer negocios.

Por las noches, Laura quería demostrarle a Juan cuánto lo quería. Incluso, le pidió que la penetrara por detrás.

El jueves por la noche, a Laura le llegó el periodo, razón por la cual aprovecharon para dormir de seguido toda la noche.

Ese viernes, después de cenar, cuando se acostaron, se pusieron a hablar de todo lo que había sucedido. Laura insistió, porque tenían que dar vuelta la página. No podían seguir empantanados en ese agujero mental.

Y… hablaron de todo. Laura le juró que era verdad que, salvo ese fin de semana, jamás le había sido infiel, que ni lo piensa repetir, ni lo desea. Que era verdad que se había emputecido, pero que no había día que no reflexionara y se arrepintiera. Que era verdad que lo amaba con todo su corazón, y que jamás se le pasó por la cabeza que había cosas que él no podría darle. Y que, por supuesto, sus hijos eran sus hijos biológicos. Que eso jamás lo dude.

Juan le dijo que aun tiene pesadillas por lo ocurrido. Que, si ella quería, compraba juguetes para la práctica de BDSM…

- No, Juan – decía ella, sonriendo – no te veo como un sádico violento. Y no te quiero así. Te quiero y te amo como eres: dulce, cariñoso, amoroso, atento… lo otro… es algo que prefiero sepultar. No, no quiero saber nunca más nada de eso. Quiero que entiendas que no lo necesito. Soy feliz contigo así. Más no puedo pedir en la vida…

Cuando volvieron a la casa, mágicamente todo volvió a la normalidad. Bueno, mejor aún, ya que Laura comenzó a ser más “servicial” con Juan. Y éste, agradecido. Por supuesto que las marcas de ese fin de semana aun eran visibles. Pero el tiempo… el tiempo y el gran amor que sentían el uno por el otro iba, muy de a poco, cerrándolas, cicatrizándolas.

---------------------------------------

Lo que Juan se llevará a la tumba es la sumatoria de acontecimientos que llevaron a Don Andrés a estar atado en su silla.

Durante todo el tiempo, Juan hizo todas las averiguaciones posibles. Como sospechaba de Laura, la hizo seguir por profesionales por más de un año. La acción no tuvo ningún resultado. Laura no se había encontrado con ningún hombre. Su teléfono, intervenido por esa agencia de detectives, no contenía ninguna conversación, ningún mensaje sospechoso.

Logró contactarse con Judith, la ex mujer del viejo. Y ésta le propuso ayudarlo, a cambio que él la ayude a recuperar a su hija.

Igual, Juan estaba decidido a matarlo, queriendo pensar todavía que Laura había sido violada, en contra de su voluntad.

Investigada la vida del viejo, Juan sabía que todos lo viernes por la tarde se encontraba con sus amigotes en un bar determinado. Varios viernes, disfrazado para que no lo reconozcan (peluca, bigote, anteojos) se sentaba en la mesa aledaña a la que siempre ocupaban esos hombres, simulando ser un cliente.

Ahí escuchó, una tarde, cómo Don Andrés contaba al resto la historia con Laura. Cómo ella, un jueves, se le apareció con la propuesta, cómo armaron el tema con Raquel, cómo iba a ser la cosa, y la promesa que eso terminaba ahí. También el viejo les dijo que había intentado convencerla para hacerlo otra vez, ya que su actuación en esas veinticuatro horas había sido lo más excitante que jamás había vivido. Pero que ella se había negado rotundamente.

Claro que podía ser un cuento del viejo para quedar bien con sus amigos. Pero Juan unió eso con lo de Raquel, más las expresiones de Laura mientras participaba en la orgía, y la frase que ella le había dicho esa mañana.

También había hecho hacer el ADN a sus hijos… y, efectivamente, resultaron ser sus hijos.

Ayudado por Judith, y por la gente de la agencia de detectives, capturaron al viejo, durmiéndolo, y lo llevaron a su casa, donde lo ataron. Y citaron a Alba, para que ella escuche por boca de él lo que realmente le había hecho a la madre y a las demás mujeres.

La escopeta no tenía cartuchos… pero daba miedo. Y colaboró para crear el clima.

Y… por último, quería saber cómo reaccionaría Laura y, principalmente, si ella todavía quería seguir siendo su esposa. Claro que no fue teatro lo que pasó antes, durante y, especialmente, después de aquel día que el vejete estaba atado en la silla. El inmenso dolor de escuchar, directamente de su boca, cómo habían sido los acontecimientos, era inhumano. Pero él tenía la certeza que sólo había pasado esa vez, que ella no era un monstruo, una enferma sexual, y que lo amaba con locura.

Y, quizá más importante. Saber si él iba a ser capaz de perdonarla.

Al final, la recuperó, incluso en una versión mejorada. Más enamorada y más lanzada que antes.

Quedaron las cicatrices, sí… pero de las cenizas resurgió un amor más fuerte.