Xtories

Iniciación cuckold de un matrimonio

Matías siempre creyó conocer a su esposa, pero Alex sabe que ella esconde un deseo oscuro. En el metro abarrotado, con el ruido de la ciudad como tapón, Alex empieza a tocarla mientras su marido pregunta si está bien. La línea entre la vergüenza y el placer se desdibuja, y lo que empieza como una insinuación termina siendo una rendición total.

wildbull6922K vistas8.8· 29 votos

Después de llevar un tiempo follando a Mariló, esa viuda zorra que era mi jefa, me jodió que no me dejara ver sus sesiones con sus dos "amigas" especiales. Según decía, ninguna sabía que follaba con la otra, y claro, ni me dijo quiénes eran. Por eso le di carpetazo a Mariló de forma temporal, para hacerla rabiar un poco y me dediqué su cuñada Herminia (40 años — pelo largo y rubio como una diosa — ojos verdes que te penetran — 1.60 de pura perfección — 50 kg de carne de femme fatale — 90 de pecho, dos melones naturales que piden a gritos ser mordisqueados — delgada, pero con un culo de infarto, medidas 90-61-90 — cara de ángel, pero con esa mirada de puta que te promete noches de vicio como Mariló). Durante todo este tiempo había estado trabajando en ella y sembrando la semilla de mi “maldad” en su cabeza.

Llegó el día que supe que estaba lista para que la rompiera a pollazos. No quise ser brusco, la zorra seguía haciendo la tímida, pero yo sabía que ardía por dentro. Le lancé una insinuación directa y vi cómo se le iluminaban los ojos. Estaba esperando que la tomara.

—Alex, eres un cabrón guapísimo, estás para comerte y cualquier mujer estaría feliz y orgullosa solo por lo que me dices— me dijo con la voz quebrada por el deseo, —pero no puedo traicionar a Matías. Es un hombre bueno, le destrozaría el alma y lo más importante, que estoy muy enamorada de el— lo expreso con mucho sentimiento.

Lo mejor de todo es que ni se escandalizó. Eso no era un no, era un "sí, pero no puedo", que en su lenguaje o en lenguaje de muchas mujeres seria "sigue intentándolo, cabrón". Pero una vez recibida esa respuesta, había que tener mucho cuidado y nos tropezar por pensar algo que no fuera.

Las veces que me crucé con Matías, de su misma edad, 1.70 y con un cuerpo de blando, lo peor fue su apretón de mano. Una mano flácida, sin fuerza, como su polla, imaginé. Tímido y reservado como su mujer. En cuanto lo vi, me imaginé a los dos follando y me dio arcadas. Con un par de copas, el tío perdía la vergüenza y su lengua se soltaba más, hasta un punto increíble, pero aun asi no perdía las formas. En esas charlas deduje que Herminia, antes de estar con él, era mucho más abierta. Y cuando digo abierta, me refiero a que debía ser más entretenida, más liberal.

Fui con calma, pero cada vez nuestra relación se hacía más íntima. Cuando quedábamos solos, le iba sonsacando información sobre su mujer, sobre él mismo. Una de esas veces me confesó con la voz temblorosa que tenía mucha suerte de tener una mujer tan guapa, "tan bien hecha". Yo normalmente opinaba, sobre todo, pero esta vez me callé como un muerto.

—Alex, ¿qué pasa? ¿Es que Herminia no te parece bien? —me preguntó ofendido. Me encogí de hombros como si nada. —No opino ni de las parejas ni de las esposas de los amigos, no quiero ofender.—

—¿OFENDER? ¿ME ESTÁS DICIENDO QUE MI ESPOSA NO VALE NADA, QUE ES DEL MONTÓN?— pasó de sorprendido a cabreado en un segundo.

—Tú mismo lo dices, amigo. Cuando digo no ofender es por no decir algo que te pueda sentar mal, pero claro que tu mujer está para un buen polvo, y hasta ahí puedo llegar.

Le respondí con un tono intrigante, pero no quiso saber más. En los postres, después de dos chupitos de licor, el tío ya estaba más suelto.

—Alex, me has dejado con la curiosidad de saber cómo ves a Herminia. Dímelo en confianza, que queda entre nosotros y no me enfadaré —me decía con unos ojos brillantes de morbo.

Me hice de rogar, como debe ser. Después de advertirle que no se enfadara, le solté: —Pues que tiene un cuerpo de diosa, o eso imagino, porque la tía va más cubierta que una monja. Pero es de esas mujeres que ves y te dices... "qué perra, necesita una buena polla". Debió ser un bombón en su juventud y es de las mujeres que un hombre solo... no sé si daría abasto con ella.—

Sus ojos brillaron como dos faros.

—¿Y qué es lo que más te atrae de ella?— preguntó excitado.

—No sé lo que pensarán otros, pero sus tetas deben ser la leche y su culo es la hostia. Y yo que soy mucho de follar culos... lo veo de diez— le respondí sin pelos en la lengua.

Tardó en reaccionar, pero el alcohol hizo el resto.

—Te vas a reír, pero lo hemos intentado varias veces— me confesó con cara de pena. —Pero se tensa tanto que no puedo. Se me pone durísima, pero cuando voy a meterle por el culo... se queda blanda como una salchicha Frankfurt.

—Menuda putada, amigo. A mí nunca me pasó. Igual una vez que se lo estrenes bien, se relaja y todo es más fácil— seguía provocándolo. Cuando me preguntó cómo lo lograba yo, le di una clase magistral de cómo abrir un culo a base de lengua, dedos y buena voluntad. Entre otras cosas, le animé a darle azotes cuando se pusiera nerviosa, tensa.

—¿Estás loco? ¿Cómo le voy a dar azotes a mi esposa? Esto no es una película porno, Herminia me daría dos hostias si le doy un azote, que no le gusta que le den en el culo, ni en broma— decía convencido.

—Los casados creéis que conocéis a vuestras mujeres en la cama y os llevaríais más de una sorpresa— le dije con sonrisa de pícaro.

Ese día no hubo más, pero dejé una semilla en su cabeza. No pasó mucho tiempo hasta que volvió a buscarme. Esta vez venía con ganas de saber más, pero no quise que le fuera tan fácil. Me hice el desentendido hasta que no aguantó más.

—Alex, hay algo que me ha rondado la cabeza. ¿Por qué me dijiste eso de que los casados no conocemos bien a nuestras mujeres en el sexo?— preguntó esta vez sobrio.

—Mira, Matías, tú me has contado cosas tuyas, pues te voy a contar algo que solo saben los involucrados. Lo digo porque he follado con muchas parejas y matrimonios, y los maridos siempre se quedan con la boca abierta la primera vez que ven a sus mujeres en "acción".—

Por la cara de tonto que se le quedó, supe que no se esperaba esa respuesta. Era otra semilla más en su cabeza. Se quedó descolocado, analizando lo que acababa de oír.

Cambiamos de tema, pero sabía que estaba dándole vueltas.

—Alex, me tienes casi catatónico. Te voy a hacer una pregunta muy íntima, no tienes por qué responder. ¿Y el hombre qué hace mientras tú le das caña a su esposa?— me preguntó nervioso.

—Como te he dicho, tenemos confianza. Unos miran y se la pelan solos, otros participan haciendo un trio, otros obedecen órdenes, otros me la chupan para que sus mujeres se pongan más cachondas... hay para todos los gustos— le solté mientras su cara se ponía roja como un tomate. Supe que tarde o temprano me propondría un trío.

No tuve prisa, era cuestión de seguir sembrando tanto en Matías como en Herminia. Lo curioso es que ella, después de nuestra "conversación", se distanció un poco. Ya no nos quedábamos solos. Pero yo no forcé nada, me dediqué a Matías, que demostraba ser un cuckold de manual. Seguro que nunca se lo había planteado, o lo tenía guardado en lo más profundo de su ser, esperando que alguien como yo sacara al cornudo que llevaba dentro.

Un viaje por trabajo a Madrid lo aceleró todo. Matías quiso acompañar a su mujer. Nos hospedamos en el mismo hotel. A Matías se le ocurrió la brillante idea de que fuéramos en metro. Tres trasbordos y veinte paradas en hora punta. Un calvario, pero para mí, el escenario perfecto.

En el desayuno, cuando vi bajar a Herminia, me quedé de piedra. La mojigata se había quedado en la habitación. Bajaba con un vestido de vuelo, tan ligero que una brisa le habría levantado la falda hasta el cuello. El tejido se adhería a sus caderas y dejaba ver el contorno perfecto de sus piernas largas y unos muslos que te invitaban a morderlos hasta hacerla gritar. Y el escote... no era de escándalo, pero generoso. Justo para que vieras el inicio de unos pechos que prometían ser dos obras de arte. Se me pusieron duras las pelotas de solo imaginarla sin esa tela de por medio.

El metro era una lata, gente empujando por todas partes. En el primer trasbordo, con el aluvión de pasajeros, Matías, se despistó mirando un mapa como si fuera el tesoro de la India. De repente, estábamos solos, Herminia y yo, apretados contra una puerta mientras la multitud nos empujaba.

Sentí su cuerpo pegado al mío antes incluso de darme cuenta. Su culo, redondo y firme, se aplastaba contra mi entrepierna. La polla se me endureció al instante, un latigazo de carne que no pude controlar. Ella lo sintió, claro que lo sintió. Se tensó por un segundo, su respiración se cortó, pero no se movió. No protestó.

Le bajé una mano a la cintura, con una lentitud tortuosa. Ella no dijo nada. Mis dedos se deslizaron por la tela del vestido, hasta posarse en la curva de su cadera. Allí me quedé, acariciándola, sintiendo el calor de su piel a través del tejido. La gente nos empujaba, y cada vez que lo hacían, su culo se frotaba más contra mi polla, que ya era un trozo de acero.

—¿Te gusta, Herminia?— le susurré al oído, con la voz grave y rota por el deseo.

Ella tembló. No respondió, pero apoyó la cabeza hacia atrás, contra mi hombro. Era una rendición silenciosa. Mi mano se atrevió a más. Deslicé mis dedos bajo la falda del vestido, sintiendo la piel desnuda y suave de su muslo. Ella soltó un jadeito ahogado que solo pude oír yo. Mis dedos subieron, lentamente, hasta rozar el borde de lo que imaginaba era un tanga de encaje.

—Alex... no... aquí no...— susurró, pero su voz era un ronroneo, una protesta sin convicción.

—¿Por qué no? A Matías le encantaría saber lo que su mujer se está perdiendo— le soplé, mordiéndole suavemente el lóbulo de la oreja.

Ella se estremeció de arriba abajo. Mis dedos ya se habían atrevido a deslizarse bajo el elástico del tanga, encontrando el vello de su monte, ya húmedo. La encontré caliente, húmeda y ansiosa. La follé con los dedos, allí, en medio de cientos de personas, con su marido a solo unos metros, completamente ajeno. Su cuerpo se movía al ritmo de mi mano, sus caderas giraban suavemente, pidiendo más.

Justo cuando sentí que estaba a punto de correrse, vi a Matías a lo lejos, buscándonos con cara de tonto. Saqué la mano con una rapidez que la dejó temblando. Me la llevé a la nariz, inhalando su aroma, mientras la miraba a los ojos.

—Esto es solo el aperitivo, Herminia— le dije con una sonrisa de canalla. Matías, con su cara de tonto contento, se coló a nuestro lado. La mala suerte quiso que el vagón se llenara aún más, si cabía, y los tres quedamos aplastados como sardinas en lata. Él estaba pegado a Herminia por un lado y yo por el otro. Una situación imposible para un hombre normal, pero un paraíso para un cabrón como yo.

El viaje continuó, con el traqueteo del metro como banda sonora de mi vicio. A cada bache, mi cuerpo se pegaba más al de ella. No necesité esperar. Mi mano, la misma que acababa de explorar su coño, volvió a la carga, esta vez con más audacia. Posé la palma abierta en su culo, sobre la tela del vestido, y lo apreté con fuerza, sintiendo la firmeza de su carne. Ella se sobresaltó, pero no se movió. Estaba atrapada entre su marido y su amante, y el pánico se mezclaba con la excitación en su cuerpo.

Entonces, Matías, en su infinita estupidez, abrió la boca.

—¿Te gusta el metro, cariño?— preguntó, con esa voz de bonachón que me daban ganas de darle una hostia.

Herminia se quedó bloqueada. Sus ojos se abrieron como platos, mirando al vacío mientras mi mano seguía masajeándole el culo, mis dedos deslizándose por el pliegue de sus nalgas. No sabía qué decir. Estaba a punto de ser follada con los dedos por mí, mientras su marido le preguntaba si le gustaba el transporte público.

—S-sí... es... rápido— logró farfullar, con la voz rota y un temblor en la mandíbula que no se le escapó a su marido.

—¿Qué pasa, amor? ¿Estás bien? Pareces un poco nerviosa— insistió él, acercando su cara idiota a la de ella.

—Es el calor... la gente...— se excusó ella, sin poder mirarme.

Aproveché su distracción. Mi mano se deslizó de nuevo bajo la falda, sin el más mínimo reparo. Esta vez fui directo a por su coño. El tanga estaba mojado, empapado en su propio jugo. La separé con un dedo y me metí sin piedad, hasta el fondo. Ella se rio contra mi hombro, sofocando un grito. Mi dedo la follaba allí, a centímetros de su marido, que seguía preguntándole si estaba bien.

—Tienes la cara muy sonrojada, ¿seguro que no te pasa nada?— preguntó Matías, poniéndole una mano en la frente como si fuera su madre.

Yo, mientras tanto, le metía un segundo dedo. Su coño se abrió para mí, tragándose mis dedos con ansiedad. La sentía contra mi mano, caliente y palpitante. La follaba con la misma cadencia del traqueteo del metro.

—Estoy bien, Matías, te lo digo— repitió ella, esta vez con un hilo de voz, casi un suspiro de placer. —Déjame, por favor.—

Mis dedos encontraron su clítoris, hinchado y duro. Lo rocé con el pulgar, con movimientos circulares y lentos. Sus piernas empezaron a temblar. Se agarró a mi brazo con tanta fuerza que me dejó las marcas. La tenía al borde del orgasmo, allí, delante de su marido.

—¿Estás segura, amor? Porque si te encuentras mal, podemos bajarnos en la próxima parada y coger un taxi— insistía el pringado, sin darse cuenta de que, a dos centímetros de su cara, su mujer estaba a punto de correrse como una perra en celo.

Eso fue demasiado para ella. El contraste entre la preocupación inocua de su marido y la violación salvaje y excitante de sus dedos la empujó al límite. Un espasmo recorrió todo su cuerpo. Apoyó la frente en mi pecho y se mordió el labio para no gritar mientras el orgasmo la sacudía desde dentro. Sentí cómo su coño se contraía violentamente alrededor de mis dedos, inundándolos con su leche.

Se quedó así, recobrando el aliento, con el cuerpo temblando y la cara escondida en mi pecho. Cuando por fin se incorporó, sus ojos eran dos ascuas de lujuria y vergüenza.

La estación siguiente era la nuestra. Saqué la mano lentamente, la limpié disimuladamente en mi pantalón y me la llevé a los labios, lamiéndome sus dedos frente a ella. Ella me miró, con una mezcla de horror y deseo que me puso a mil.

—Hemos llegado— anuncié con una sonrisa de satisfecho, mientras Matías, el ingenuo, le ayudaba a caminar, creyendo que estaba mareada por el calor.

Ella no estaba mareada. Estaba rota, marcada y completamente mía. Y lo peor para él, y lo mejor para mí, era que le había gustado. Le había gustado más que nada en su puta vida. Se ajustó el vestido, con las mejillas rojas y el pecho agitado por la respiración. Cuando Matías por fin nos alcanzó, disculpándose como un imbécil, Herminia no podía mirarme a la cara. Pero yo sabía, con la certeza de quien conoce a las putas, que esa noche no dormiría sola. La semilla no solo estaba plantada, ahora había echado raíces profundas y sedientas de mi polla.

El regreso fue la guinda del pastel. El trabajo había terminado, pero el mío no. Nos recogió una furgoneta de empresa, más grande y con más gente. Como si de una obra del destino se tratara, solo quedaban dos sitios libres juntos en la última fila. Un banco oculto por la altura de los asientos delanteros, un rincón oscuro donde éramos invisibles. Herminia vaciló un segundo, pero sabía que no podía evitarlo. Se sentó a mi lado, pegando su cuerpo al mío desde el primer momento.

En cuanto la furgoneta arrancó, mi mano volvió a su sitio, como si tuviera imán. Esta vez no hubo preliminares. Le subí la falda del vestido hasta la cintura, dejando al descubierto sus muslos y el tanga de encaje, ya manchado de su excitación y de lo que le había hecho en el metro. Ella no se resistió. Al contrario, abrió las piernas ligeramente, una invitación tácita a que continuara.

—Eres una zorra, Herminia— le susurré al oído, mientras mis dedos volvían a encontrar su coño, húmedo y caliente. —Una zorra con cara de santa.—

Se estremeció. Mi mano trabajaba con una pericia que solo da la práctica. La follaba con los dedos, rítmicamente, mientras mi pulgar le masajeaba el clítoris. Ella se recostó en el asiento, con los ojos cerrados y la boca ligeramente abierta, entregada por completo al placer. El traqueteo de la furgoneta, el murmullo de la conversación de los demás, todo se desvanecía. Solo existíamos ella, yo y su coño empapado. La llevé al borde del abismo una y otra vez, frenando justo cuando iba a explotar, para que la desesperación la consumiera. Quería que llegara al hotel loca de ganas, dispuesta a lo que fuera.

Cuando por fin nos detuvimos, saqué mi mano de entre sus piernas. Estaba brillante, cubierta con sus fluidos. Se la enseñé a ella, a los ojos, y luego me la lamí lentamente, saboreándola. Su cara era una máscara de lujuria y sumisión. La furgoneta se vació y ella, sin mirarme, corrió hacia la entrada del hotel, con las piernas temblorosas. Subió a su habitación como una poseída.

Me quedé a solas en el vestíbulo con Matías, que esperaba con su sonrisa de tonto.

—Vaya, Herminia ha subido deprisa, ¿no? ¿Cansada?— dijo él.

—No creo que sea de cansada, Matías— respondí, dejando caer la bomba. —Es que ha estado espectacular hoy. Ese vestido... la verdad, no podía quitarle los ojos de encima.—

Su cara se iluminó. Al tío le encantaba que le halagaran a su mujer.

—¿De verdad? A mí también me pareció que estaba guapa.—

—Guapa es poco. Estaba para comérsela. Deberías animarla a vestir así más a menudo. Más... atrevida.—

La palabra "atrevida" colgó en el aire. Matías se ajustó los pantalones, un gesto inconsciente que me delató. Estaba excitado, el cabrón.

—¿Atrevida? ¿Tú... tú cómo lo ves "atrevido", Alex?— preguntó, con la voz ronca y un brillo perverso en los ojos.

Me giré hacia él, y le miré fijamente, sin sonreír. Le dejé la respuesta servida en bandeja, cruda y sin filtros.

—Mira, Matías, te voy a decir lo que es "atrevido" para mí. "Atrevido" es que tu mujer vista algo que, cuando yo la vea, me obligue a pensar: "A esta me la follo ahora mismo".—

El silencio fue absoluto. Matías se quedó blanco, luego rojo, luego blanco otra vez. Se tragó saliva con dificultad. Su polla debía de estar a punto de reventarle la cremallera. No dijo nada. No pudo. Solo asintió, casi imperceptiblemente, antes de subir corriendo a la habitación, seguramente a follársela imaginando que era yo.

Había ganado. Había roto al marido y marcado a la mujer. Aquella noche, el vestido de Herminia sería mucho más que un vestido. Sería el símbolo de su rendición.

Cuando bajaron para cenar, mi polla se me puso dura de golpe. Herminia ya no era la misma. Había descendido de las alturas de la mojigatería para aterrizar en el infierno del vicio. Llevaba una falda tan corta que al agacharse se le vería el coño, una blusa de seda finísima sin sujetador que dejaba marcados sus pechos y, sobre todo, sus pechos, dos puntitos duros que gritaban "muérdeme". Tacones de aguja que forzaban su culo hacia arriba y medias de liga que se adivinaban bajo la falda. Y lo mejor de todo, por cómo se movía y cómo la seda se adhería a su monte, sabía a ciencia cierta que no llevaba panties. Estaba desnuda bajo esa tela, lista para ser usada.

Matías me vio primero y se me acercó como un perro faldero, con los ojos brillantes de expectación.

—Alex, ¿qué te parece? ¿Lo ves así más... atrevida?— me susurró, con la voz excitada.

La miré de arriba abajo, lentamente, como si la estuviera desnudando con la mirada. Ella me observó, con la respiración contenida.

—Ahora sí, Matías. Ahora estás cerca. Casi para follársela.—

El "casi" lo dejó helado. Miré a Herminia y vi el destello de humillación en sus ojos. No era su idea, era la de él. La había obligado a vestirse así para complacerme, para complacer su propio morboso cuckold interior. La pobre se sentía expuesta, usada, y en el fondo de esa vergüenza, ansiando que yo la reclamara. La cena fue un trámite, una tensión eléctrica en el aire. Cada vez que la miraba, ella bajaba los ojos, pero sus pechos seguían erectos, delatando su excitación.

Llegamos al bar. Oscuro, con música alta y una pista de baile pequeña donde la gente se retorcía pegada. Matías, como era de esperar, encontró una excusa para no bailar. "No soy bueno para esto, chicos, vosotros id".

Era una orden. Herminia me miró, y yo le extendí la mano. La llevé a la pista. La primera canción fue lenta, sensual. La agarré de la cintura y la atraje hacia mí. Su cuerpo tembló al contacto. No bailamos, nos frotamos. Mi pierna se metió entre las suyas, presionando su coño directamente sobre mi muslo. Ella soltó un gemido ahogado que se perdió en la música.

—¿Lo sientes, Herminia?— le susurre al oído. —Esto es lo que te espera. Esto es lo que necesitas.—

Ella asintió, con la cara enterrada en mi cuello. Mis manos bajaron a su culo, descubierto y firme bajo la falda. Se lo apreté, lo masajeé, lo separé, dejando al descubierto su coño a la penumbra de la pista. Nadie podía vernos, pero la idea de que pudieran nos excitaba más. La música cambió, a algo más rápido, pero no nos separamos. Seguíamos bailando pegados, mi polla dura frotándole el vientre, mis manos poseyendo su culo. Ella lo había asumido. Yo mandaba ahora.

La llevé al límite una y otra vez. Bailamos durante lo que parecieron horas. Cada vez que sentía que su cuerpo se tensaba, que estaba a punto de correrse simplemente con el roce, me apartaba un centímetro, negándole el final. La llevaba a la desesperación. Sus piernas temblaban, su respiración era agitada, sus ojos estaban vidriosos, suplicantes.

—Por favor, Alex...— susurró al final, sin aliento.

—Por favor, ¿qué?— le exigí, retorciéndole un pezón a través de la seda.

—Por favor... necesito... necesito que me hagas correr...—

—No todavía, zorra— respondí con una sonrisa cruel. —Aún no te la has ganado.—

La música paró. La dejé allí, temblando, en el centro de la pista, y volví a la mesa. Matías nos miraba boquiabierto, con la mano en el regazo, sin disimular. Herminia me siguió como una autómata, con la cara roja y el cuerpo ardiendo. Se había sentado en mi regazo y me había frotado contra él, sin importarle quién mirara. La había roto, la había humillado y la había excitado como nunca en su vida. Ahora era mi perra, y estaba lista para la siguiente lección.

De vuelta en el hotel, el silencio en el ascensor era denso, pesado. Herminia no podía mantenerse en pie. Se apoyaba en mí, su cuerpo tembloroso buscando el mío. Matías caminaba a nuestro lado, con la cara congestionada y la mirada perdida, excitado y confuso por el espectáculo que acababa de presenciar. Llegamos a la puerta de su habitación. Era el momento.

—Bueno, hemos llegado. Ha sido una noche... interesante— dije, con una sonrisa de canalla, dispuesto a dar media vuelta y dejarlos con la miel en los labios.

Eso fue demasiado para ella. Herminia se giró hacia mí, con los ojos llenos de lágrimas de desesperación y lujuria. Me agarró de la camisa.

—No, por favor, Alex, no te vayas— suplicó, con la voz rota. —Necesito... necesito que te quedes.—

Me miré las uñas, actuando con indiferencia.

—¿Necesitar qué, Herminia? No te entiendo.—

—¡Necesito que me folles!— chilló, perdiendo todo control. —Por el amor de Dios, fóllame ahora mismo, no puedo más.—

Matías abrió la boca como un pez, sin saber qué hacer ni qué decir. Su fantasía se estaba haciendo realidad de una forma mucho más cruda y violenta de lo que había imaginado.

Me aparté de sus manos con calma. La miré fijamente a los ojos, y luego miré a Matías.

—Vaya, qué cosas. Pues parece que hay una mujer aquí muy necesitada. Pero oye, tú no eres mi mujer. Y yo no suelo follarme a las esposas de mis amigos sin permiso.—

Herminia me miró como si hubiera enloquecido.

—¿Permiso? ¡Te lo estoy pidiendo yo! ¡Te lo estoy suplicando!—

—No, no y no— dije, negando con la cabeza. —Tú no decides. Él es tu marido. La petición tiene que venir de él.—

—¿Estás loco?— gritó ella, volviéndose hacia su marido. —¡Matías, diles algo! ¡Dile que me folle, por favor!—

Matías estaba paralizado. Su cerebro debía de estar a punto de fundirse. Veía a su esposa, la mujer a la que supuestamente amaba, rogándole a otro que la follara delante de él.

—Pero... Herminia... yo...— balbuceó, sin poder articular una frase coherente.

—¡DÍSELO!— exigí yo, con una voz de mando que heló la sangre de ambos. —Dile a tu mujer que le pida a otro hombre que la folle. O te vas a dormir con las bolas hinchadas y ella va a pasarse la noche dándose de golpes contra la pared, frustrada. Decididlo ahora.—

El silencio era total. Herminia lloraba en silencio, mirando a su marido con una mezcla de rabia y súplica. Matías me miró a mí, y por primera vez, no vi a un amigo ingenuo. Vi a un hombre vencido, un cuckold que finalmente entendía su lugar en el mundo. Su excitación era más fuerte que su orgullo.

Se acercó a su mujer, le secó las lágrimas con un tembloroso dedo y, sin apartar la mirada de mí, le habló a ella con una voz que era un susurro ronco y sumiso.

—Pídeselo, Herminia. Pídele a Alex que te folle.—

Ella soltó un gemido, de alivio y de pura sumisión. Se giró hacia mí, y esta vez, su ruego fue diferente. Ya no era una súplica desesperada, era la confirmación de su rendición.

—Por favor, Alex. Matías, mi marido, me da permiso. Por favor, fóllame.—

Sonreí. La victoria era completa. No solo la follaría. La follaría delante de él, con su bendición, convirtiéndolos para siempre en mis amantes. Y lo mejor de todo es que el pobre Matías todavía no se daba cuenta de que todo lo que había pasado en el metro, en la furgoneta y en la pista de baile no habían sido simples magreos. Habían sido el entrenamiento, la preparación para este momento exacto. Le había estado follando a su mujer a centímetros de su cara durante todo el día, y él ni siquiera lo había sospechado.

Abrí la puerta de la habitación y empujé a Herminia hacia dentro. Se tambaleó y cayó de culo en la cama, con las piernas abiertas y la falda subida hasta la cintura, mostrando el coño que tanto me había hecho esperar. Matías entró detrás de nosotros, como un autómata, cerrando la puerta con un click que sonó a sentencia. Se quedó de pie, junto a la pared, un espectador impotente en su propia película porno.

Me acerqué a la cama, me desabroché el cinturón y los pantalones, dejando al aire mi polla, dura y gruesa. Herminia la miró con hambre, con los ojos llenos de lágrimas y deseo.

—Ponte de cuatro, zorra— ordené.

Obedeció sin dudarlo, se giró y se puso a cuatro patas en la cama, ofreciéndome ese culo que había soñado con romper. Me coloqué detrás de ella, pero antes de meterla, la agarré por el pelo y la obligué a mirar a su marido.

—Míralo, Herminia. Míralo bien mientras te follo. Quiero que veas la cara que pone mientras otro hombre se lo mete a su mujer.—

Y sin más, me la metí de un tirón, hasta el fondo. Ella gritó, un grito de dolor y placer que hizo temblar las paredes de la habitación. Empecé a follarla sin piedad, a golpes de polla, haciéndola temblar entera. Matías se había quedado blanco, pero su mano, como si tuviera vida propia, se había metido dentro del pantalón y empezado a pajearse con una furia desesperada.

Herminia, entre jadeo y jadeo, empezó a hablar. Su voz era un ronroneo roto por mis embestidas.

—¿Lo ves, Matías? ¿Lo ves cómo me folla?— le dijo, con la cara retorcida en una mueca de éxtasis. —¿Crees que es la primera vez hoy que toca mi coño?—

Matías la miró, confundido, sin dejar de manosearse.

—¿Qué... qué dices?—

—¡Te digo que en el metro me metió los dedos!— gritó ella, mientras yo la follaba más fuerte. —¡Con toda la gente alrededor! Me folló con los dedos en el metro y casi me corro delante de todos, ¡gran cornudo!—

La confesión golpeó a Matías como una puñalada. Se detuvo un segundo, pero luego su mano se movió más deprisa. Estaba más cachondo que nunca.

—¡Y en la furgoneta!— continuó ella, desatada. —¡En la última fila! Me tenía las piernas abiertas y me follaba el coño mientras tú estabas delante, hablando del tiempo! ¡Eres un pringado, Matías! ¡Un cornudo que no se da cuenta de nada!—

—¡Sí! ¡Sí, lo soy!— gritó él, excitado hasta el delirio.

Saqué mi polla de su coño, brillante y mojada. Me la agarré por la base y se la acerqué a la boca de ella.

—Límpiela— ordené.

La chupó con avidez, con la misma furia con la que su marido se pajeara. La mamó, la lamió, la devoró, mirándolo a él a los ojos. Era la humillación definitiva.

Cuando la tuve bien limpia y lubricada con su saliva, la volví a poner de cuatro. Pero esta vez, me acerqué más a Matías. Mientras me preparaba para volver a meterla, Herminia le habló de nuevo, con una voz dulce y venenosa.

—Bésame, Matías. Bésame en la boca. Quiero que sepas a qué sabe la polla de otro hombre.—

Matías, completamente roto, se acercó. Se inclinó y besó a su mujer. La besó profundamente, con una pasión que nunca había tenido. La besó mientras, justo al lado de su cara, mi polla volvía a desaparecer en el coño de su esposa. La besó saboreando mi sabor en la lengua de ella, mientras yo empezaba a follarla de nuevo, lentamente esta vez, disfrutando de cada segundo, de cada gemido, de la sumisión absoluta de los dos.

Ese beso era el sello final. El pacto de sangre. Ya no eran un matrimonio. Eran mi propiedad.

Yo la follaba con calma, saboreando cada centímetro de su coño, mientras Matías seguía allí, pegado a la pared, pajeándose como un loco. Herminia, con la cara hundida en la almohada, hablaba para sí misma, pero lo suficientemente alto para que nosotros la oyéramos.

—Joder, Alex... qué pollón... es increíble... siento que me va a salir por la boca... me estás destrozando el coño, cabrón...—

Matías tragó saliva, su mano se movía más deprisa.

—Ya me he dado cuenta, cariño... ya me he dado cuenta de que es un pollón envidiable— dijo él, con la voz quebrada por la excitación.

Era mi momento. Saqué mi polla de su coño, que gimió al sentirse vacía, y la deslicé hacia arriba, dejándola descansar sobre su ojete cerrado y tembloroso. Con la punta, empecé a presionar, suavemente al principio. Herminia se tensó toda como un arco.

—No, Alex, por favor, no...— suplicó, con el pánico en la voz. —Es imposible, no puedo... me duele... me va a doler mucho y más con esta tranca—

—Tranquila, zorra, relájate— le dije, mientras metía un dedo en su coño para lubricarlo con sus propios jugos y luego pasárselo por su culo. —Ya verás qué bien.—

Intenté meterle un dedo, pero la tensión era brutal. Sus músculos eran una muralla. Era verdad, lo que me había contado Matías. La tía era un nudo de nervios.

—¡Que no puedo! ¡Te lo digo, es imposible!— gritó, frustrada.

Fue entonces cuando Matías dio el paso definitivo. Se acercó a la cama, se arrodilló junto a la cara de su mujer y le susurró al oído, pero lo suficientemente alto para que yo lo escuchara.

—Puedes, amor. Inténtalo por mí. Relájate y déjale hacerlo. Confía en él.—

Y luego, levantó la vista y me miró a mí. Y su voz cambió, se llenó de una autoridad perversa que nunca le había conocido.

—¡Rómpele el culo, Alex! ¡Hazte con ese culo! ¡Destroza a la puta de mi mujer!—

Los insultos de su marido la hicieron estremecer. Herminia levantó la cabeza, con los ojos desorbitados por la sorpresa y el morbo.

—¡Sí, llama me puta! ¡Trátame como a una perra! ¡Mira cómo mi marido me entrega a ti!—

Eso me encendió. Me llené de paciencia y de saliva. Escupí sobre su ojete y empecé a meterle un dedo, lentamente, con movimientos circulares. Ella gemía, mezclando el dolor y el placer. Le metí el segundo dedo. Su culo empezaba a ceder.

—¡Así, cabrón! ¡Ábrele el culo bien! ¡Quiero ver cómo la rompes!— gritaba Matías, mientras se follaba la mano con más fuerza si cabe.

Los insultos le sentaban como una droga. A los dos. Herminia empujaba su culo contra mis dedos, pidiendo más.

—¡Soy tu perra! ¡Ya no soy la perra de mi marido, ahora SOY TU PERRA! ¡FÓLLAME EL CULO, por favor!

—Estoy alucinando... —dijo Matías, como si hablara solo. —Estoy alucinando de que aguantes tanto sin correrte, Alex... Es increíble.—

Herminia asintió con la cabeza, con la boca abierta en un gemido continuo.

—¡Eso y el tamaño de su polla! ¡Joder, Matías, es lo mejor! ¡Es lo mejor que me ha pasado en mi puta vida!—

Con el doble estímulo de sus palabras, saqué los dedos. Su ojete estaba abierto, húmedo y temblando, esperándome. Puse la punta de mi polla en su entrada. Miré a Matías, que me hizo un gesto con la cabeza de aprobación absoluta. Y entonces, intente meter mi polla.

Herminia gritó. Un grito agudo, de dolor puro, que se convirtió en un muro infranqueable. Despues de varios intentos decidí desistir por el momento. Por esa noche todo había terminado, pero el juego continuaría.

A la noche siguiente, la cena fue un trámite nervioso y excitante. Todos sabíamos a lo que íbamos. Regresamos al mismo bar, el mismo antro de música alta y sombras cómplices. Esta vez, no hubo bailes de salón. Esta vez fuimos directos a la guerra. Tras un par de copas que nos quitaron las últimas inhibiciones, mis manos ya no tenían dónde meterse. Le levanté la falda a Herminia allí mismo, en la barra, y le metí dos dedos en el coño, que, como era de esperar, estaba sin pantis, mojado y listo. Matías nos miraba desde su taburete, con la cara roja y la mano ya rozando su entrepierna.

—Vámonos a un rincón más oscuro— ordené, y ellos me siguieron como corderos al matadero.

Nos encerramos en una de las salas laterales, casi sin luz, solo el parpadeo lejano de las luces de discoteca. Había un sofá bajo y de cuero negro. Me apoyé en él, reclinándome, y sin decir palabra, me saqué la polla. Ya estaba dura, palpitante a la luz tenue.

Herminia me miró, hipnotizada. Se acercó, pero la detuve.

—Todavía no. Primero, hay que preparar el terreno.—

Saqué un pequeño tubo de mi bolsillo. Lubricante. Herminia abrió los ojos como platos. Me puse de pie, le levanté la falda y, con una generosa cantidad de gel, empecé a rellenar su culo, metiendo los dedos, abriéndolo, preparándolo para lo que se avecinaba. Ella gemía, apoyándose en mis hombros.

Luego me giré hacia Matías, que nos observaba con la boca abierta.

—Tú, ven aquí— le dije.

Se acercó como un sonámbulo. Cogí su mano y le puse una buena cantidad de lubricante en la palma.

—Ahora, úntamela a mí— ordené.

Herminia soltó un gemido ahogado, una mezcla de shock y lujuria absoluta.

—Joder, no...— susurró. —Eso... eso lo tengo que ver yo.—

Miré a su mujer, a los ojos.

—¿Te pone cachonda, zorra? ¿Ver a tu marido preparándole la polla a otro hombre para que te folle el culo?—

—¡Sí! ¡Me pone super cachondísima!— confesó, con la voz rota. —Y viene bien, porque necesito que esté bien lubricada... aunque sé que va a ser imposible...—

Matías, con la mano temblando, me rodeó la polla. Su toque era torpe, nervioso, pero la sensación de su marido untándome el lubricante fue lo más excitante que había vivido en mi puta vida. Cuando terminó, su polla parecía a punto de explotar en sus pantalones.

Herminia se giró y se apoyó en el respaldo del sofá, ofreciéndome su culo. Me puse detrás de ella, y sin más ceremonias, apoyé la punta de mi polla en su ojete. Estaba lubrificado, pero seguía siendo un anillo de fuego.

—¡Es imposible! ¡No vas a poder!— gritó ella, sintiendo la presión.

—Ya lo hicimos ayer, perra. Y hoy lo hago aquí— le susurré y empujé.

Entré. La primera resistencia fue brutal, pero el lubricante hizo su trabajo. Su culo se abrió para mí y me tragó hasta los huevos. Herminia gritó, un grito que se perdió en la música del local. Empecé a follarla, a golpes, sin piedad, rompiéndole el culo allí, en la semioscuridad, a escasos metros de la gente.

—¡Míralo, Matías! ¡Mírame cómo me lo está rompiendo!— gritaba ella, entre gemidos y lágrimas de placer. —¡Mirar cómo tu marido es un cornudo y me follan el culo en público me pone cachondísima! ¡Y me pone que me reviente el culo delante de todo el mundo!—

Sus palabras me enloquecieron. La agarré fuerte por las caderas y la follé con más fuerza, con más rabia. Su cuerpo se convulsionaba, sus piernas temblaban, pero no pedía que parara. Pedía más.

—¡Sí, sí, más! ¡Destrózame el culo! ¡Hazme tuya en público!—

Matías se había corrido otra vez, sin ni siquiera tocarse, solo con el espectáculo de su mujer siendo follada en el culo por mí. Y Herminia, sintiendo que su marido se había venido, explotó en un orgasmo tan brutal que sus rodillas se doblaron y se desplomó sobre el sofá, con mi polla todavía clavada en su culo hasta el fondo. Lo había conseguido. La había roto por completo, en público, con la ayuda de su marido. Y sabía que, a partir de ese momento, no habría límites para nosotros.