Marta! La vida gris que se lleno de color
El silencio del archivo se rompió con el chirrido de las herramientas y el olor a sudor masculino. Lo que empezó como una intrusión laboral se convirtió en una sumisión absoluta, donde cada estantería guardaba un secreto más oscuro que el anterior.
El Archivo de los Deseos
Escuchá esta historia. No te la cuento yo de la nada, ni la saqué de un libro viejo. Alguien me lo contó, palabra por palabra, como si la estuviera descargando de la memoria antes de que se le escape del todo. Y la contó con esa voz que tiembla un poco cuando toca lo que duele y excita al mismo tiempo. Así que sentate, porque empieza así.
Marta había cumplido cuarenta y dos años y, para ella misma, su vida era un archivo impecable. Desde hacía casi dos décadas llegaba a las ocho en punto a la enorme nave de archivo de ONSE una mutual de salud líder. Techos altísimos, hileras eternas de estanterías metálicas que se perdían en la penumbra; el silencio solo lo rompían el roce del papel y el chirrido de las ruedas de su escalera móvil. Clasificaba, guardaba y, muy de vez en cuando, recuperaba papeles que nadie más recordaba. Las vecinas la llamaban solterona, con lástima y desprecio. Su rutina era su armadura: el té de las diez, el sándwich de miga a la una, la salida a las cinco. Todo gris, todo seguro.
Hasta que un martes de lluvia llegó un oficio: revisar y reforzar la instalación eléctrica y el aire acondicionado de toda la nave. Y con el oficio llegaron ellos: tres tipos del mantenimiento de la central.
La llegada de los obreros
Ramiro era el jefe, unos cuarenta y cinco años, espalda ancha, sonrisa fácil y ojos que siempre parecían medir más que cables. Lo seguían Pablo, más joven, flaco pero rápido, manos eternamente negras de grasa y lengua filosa para el chiste sucio; y Franco, el más callado, robusto, brazos tatuados que reventaban las mangas del overol.
Marta no era de esas mujeres que pasaban desapercibidas por flacas o perfectas. Era baja, apenas llegaba al metro cincuenta y ocho con tacos, y cargaba algunos kilillos de más que se le acumulaban en las caderas, en la panza suave y en los muslos firmes pero redondos. No era gorda, pero tampoco delgada: tenía ese cuerpo de mujer de más de cuarenta que ya no se esfuerza por esconder nada, con curvas generosas que se marcaban bajo la ropa discreta que usaba para el trabajo.
Lo que más llamaba la atención eran las tetas. Grandes, pesadas, de esas que llenaban el corpiño hasta desbordar un poco por los costados cuando se agachaba a buscar una carpeta en los estantes bajos. Eran tetas de verdad, no de gimnasio ni de silicona: blancas, con venitas azuladas apenas visibles, pezones grandes y oscuros que se ponían duros con facilidad cuando alguien los rozaba o cuando el frío de la nave los endurecía bajo la blusa. Cuando se sacaba el corpiño en el baño, caían con peso propio, moviéndose un poco al caminar, y a los tipos del mantenimiento les volvía loco ver cómo se bamboleaban cuando se inclinaba sobre la mesa.
El culo era otro espectáculo. Culona de manual: ancho, redondo, con esa carne blanda pero elástica que se movía al caminar, que se abría un poco cuando se agachaba y que temblaba cada vez que Franco o Ramiro la agarraban fuerte por atrás. Tenía estrías plateadas en los costados, de las que aparecen después de los embarazos o simplemente con los años, y una celulitis suave que no le quitaba nada de atractivo; al contrario, les daba a los tres esa sensación de estar tocando carne real, de mujer madura, no de modelo.
La piel era pálida, casi traslúcida en algunas partes, con pecas salpicadas en los hombros y en el escote cuando se desabrochaba un botón de más. El pelo castaño oscuro, siempre recogido en un moño bajo y prolijo durante el día, pero cuando se lo soltaban (o se lo deshacían a tirones) caía lacio y pesado hasta la mitad de la espalda, con algunas canas plateadas que ella ya no se molestaba en teñir. Los ojos eran marrón oscuro, grandes, con ojeras leves de tanto leer fichas bajo luz fluorescente, y cuando se calentaba se le ponían vidriosos, casi negros de deseo.
Tenía manos finas, de uñas cortas y sin pintar, pero dedos largos que aprendieron rápido a agarrar pijas, a apretar bolas, a abrirse la concha para que entraran más profundo. La boca era carnosa, labios gruesos que se hinchaban rápido cuando los chupaba mucho rato, y que quedaban rojos e irritados después de una buena mamada larga. Cuando sonreía de verdad (cosa que empezó a hacer más seguido después de que llegaron ellos) se le formaban arruguitas en las comisuras y se le iluminaba la cara de una manera que la hacía parecer diez años más joven.
En resumen, Marta era una mujer de cuerpo lleno, maduro, con carne de sobra en los lugares justos: tetona, culona, baja, suave al tacto y caliente por dentro. El tipo de hembra que no entra en un talle estándar, pero que una vez que la agarrás, no querés soltarla nunca más.
Los primeros días fueron de respeto distante. El ruido de sus herramientas y sus voces graves eran una invasión en el reino silencioso de Marta. Ella seguía trabajando, fingiendo no notar las miradas. Pero Ramiro era charlatán.
—Buen día, señorita Marta —saludaba al entrar, seguido de un comentario sobre el frío de la nave.
Pronto el “buen día” se volvió charla. Empezaron a almorzar juntos en la mesita junto a la terminal de ella. Marta sacaba su tupper con ensalada; ellos, viandas pesadas de guiso y milanesas. Pablo tiraba los primeros doble sentido suaves.
—Esta cañería está más tapada que… bueno, mejor me callo —decía, y Franco soltaba una risa grave mientras Ramiro le daba un codazo.
Marta al principio se ponía colorada y miraba el plato. Después, sin entender bien cómo, empezó a sonreír. Era atención nueva. Alguien la veía como mujer, no como mueble. Las charlas se hicieron costumbre. Compartían el termo de mate que traía Ramiro. Pablo contaba historias subidas de tono de otros laburos, Franco asentía cómplice y Ramiro dirigía todo, siempre metiendo a Marta:
—¿Y vos qué pensás, Marta?
Ella, de a poco, se soltaba. Descubrió que podía reírse fuerte, que podía tirar algún comentario con picardía. Ya no se iba a las cinco; se iba cuando ellos se iban, dejando un silencio raro y pesado.
El primer quiebre
Un jueves de calor infernal todo cambió. Trabajaban cerca del baño de personal, un cuartito con lavamanos e inodoro donde Marta también se cambiaba el delantal por el cárdigan al salir. Ramiro mandó a Pablo y a Franco a buscar material a la central y se quedó solo, supuestamente terminando un cuadro eléctrico al lado.
Marta, agobiada por el calor, entró al baño a refrescarse la cara y cambiarse. Se sacó el delantal azul, quedó en blusa sencilla y falda hasta la rodilla. Se miraba en el espejito empañado, notando el color en las mejillas, cuando la puerta (que creía cerrada) se abrió despacio.
Era Ramiro. Entró, cerró y pasó el cerrojo. El clic resonó en el pecho de Marta como un tiro.
El baño era chiquito; él lo llenaba todo, olía a sudor limpio, a metal y a hombre.
—Perdoná la intrusión, Marta —dijo con voz grave y calma, sin la sonrisa de siempre—. Pero no pude más.
Ella quiso protestar, preguntar, pero solo abrió la boca sin sonido. El cuerpo se le paralizó, no de miedo, sino de una calentura repentina y vergonzosa que le subió desde la panza.
—Te vengo mirando hace semanas —siguió Ramiro, dando un paso—. Esa boquita tan seria, siempre apretadita… me vuelve loco imaginarla alrededor de mi pija.
La palabra cruda la hizo jadear. “Pija”. La había oído en chistes de Pablo, pero nunca así, dirigida a ella, con esa hambre.
—Ramiro, no… esto no… —balbuceó.
—Callate —ordenó él, suave pero firme. Una mano grande le agarró la cintura por encima de la blusa. El dedo índice le recorrió el borde del labio inferior—. Sé que querés. Se te ve en los ojos cuando nos mirás a los tres. Tenés hambre.
Y Marta se quebró. O quizás se armó por primera vez. Todos los años de orden y silencio se hicieron mierda. Un calor mojado le empapó la entrepierna. Asintió apenas.
Fue suficiente. Ramiro se desabrochó el cinturón, bajó el cierre del overol. No tenía calzoncillos. La pija, dura como piedra, saltó grande, gruesa, venosa, el glande oscuro y brillante. Olía fuerte a macho.
—Vamos, Marta —murmuró, poniéndole la mano en la nuca con presión suave pero imposible de resistir—. Hacé tu trabajo. Chupámela bien. Quiero sentir esa lengua clasificadora alrededor de mi verga.
Temblando entera, Marta se arrodilló en el linóleo frío. La pija de Ramiro latía frente a su cara. Tomó aire y, como si un instinto desconocido la manejara, abrió la boca y se metió la punta. Sabor salado, terroso, puro animal. Ramiro gruñó satisfecho.
—Así… bien, putita —susurró, deshaciéndole el moño con torpeza—. Ahora metela toda. Hasta la garganta.
Ella obedeció. Aprendió rápido, guiada por los gruñidos y los tirones de pelo. Chupaba, se ahogaba un poco, la piel suave y caliente contra la lengua. Con mano tímida le acarició las bolas pesadas. El ruido de su boca, los jadeos de él, llenaban el cuartito. Era sucio, humillante y lo más caliente que había vivido nunca.
Ramiro no aguantó mucho. Con un gemido ronco le apretó la cabeza contra el pubis.
—Te voy a llenar la boca, puta de archivo —avisó.
Un chorro espeso y caliente le pegó en la garganta. Marta tragó, tosió, el gusto amargo le llenó la boca. Cuando él se apartó, ella quedó arrodillada, jadeando, semen goteándole de los labios hinchados.
Ramiro se abrochó tranquilo.
—Qué boca tenés —dijo casi para sí—. Mañana seguimos. Y traé a Pablo y a Franco. Creo que les vas a encantar.
La transformación
Esa noche Marta no durmió. En la oscuridad se tocó recordando cada palabra, cada sensación. La vergüenza se volvió orgullo enfermo.
Al día siguiente llegó con tanga de encaje negro debajo de la ropa discreta. El almuerzo fue tenso, cargado. Pablo y Franco la miraban distinto. Ramiro había hablado… o ellos simplemente lo olfatearon.
Cuando terminaron, Ramiro tiró la orden disfrazada.
—Marta, ¿podrías ayudarnos a revisar unos cables en el pasillo trasero? Es la zona vieja, donde no va nadie.
Ella asintió con la garganta seca. La siguieron entre estanterías altas hasta un rincón oscuro, solo una luz de emergencia titilando. Olía a polvo y papel viejo.
Allí Ramiro la tomó de los hombros y la giró hacia los otros dos.
—Acá está —anunció como si presentara mercadería—. La nueva puta del archivo. Ya probé su boquita. Ahora les toca a ustedes.
El turno de los tres
Pablo fue primero. Con la sonrisa pícara ahora lujuriosa se acercó.
—Siempre quise ver cómo eran esas tetas, Marta —dijo.
Con manos de mecánico le abrió la blusa y el corpiño. Los pechos pesados cayeron libres. Los manoseó fuerte, pellizcando pezones hasta hacerla gemir.
—Lindas… perfectas para una paja.
La empujó para que se arrodillara. Sacó su pija, más fina pero dura. Se la frotó entre las tetas, apretándoselas alrededor, embadurnándola con el líquido que chorreaba. Marta miraba a Franco, que se desabrochaba lento.
—Chupala —ordenó Pablo.
Ella se la metió en la boca mientras él seguía frotándose entre sus tetas. Pablo se corrió rápido, con gemidos agudos, sobre sus pechos y el cuello.
—Tu turno, Franco —dijo Ramiro, recostado contra una estantería, brazos cruzados.
Franco no habló. La levantó como si nada, le dio vuelta y la pegó de espaldas a su pecho. Le levantó la falda, le arrancó la tanga de un tirón. Una mano en la garganta, solo para marcarla.
—Esta concha tiene que estar empapada —murmuró en su oído—. Después de ayer y de ahora. Voy a cogerla hasta que se olvide cómo se llama.
Y lo hizo. Con su pija, la más gruesa, la clavó de una embestida brutal por delante. Marta gritó, el grito se perdió en el polvo. No había delicadeza: ritmo animal, profundo, estrellándola contra el cuerpo duro de él. Ramiro y Pablo miraban, tocándose por encima de la ropa.
—Decí que sos nuestra puta —exigió Franco, metiéndosela más hondo.
—Soy… soy su puta —gimió Marta entre lágrimas de placer—. ¡La puta de los tres!
—¿De quién? —insistió Ramiro acercándose.
—¡De ustedes! ¡De Ramiro, de Pablo y de Franco! —chilló ella.
El orgasmo la partió en dos, violento. Franco sintió cómo se apretaba y gruñó, llenándola de leche caliente antes de salir.
Marta cayó al piso, temblando, fluidos mezclados chorreándole por los muslos, ropa deshecha, cuerpo marcado.
Los tres se ajustaron la ropa, mirándola con satisfacción posesiva.
Así empezó su nueva vida.
La nueva rutina
Por la mañana ordenaba papeles. Después del almuerzo empezaba su verdadero trabajo. A veces en el baño, chupando a uno. Otras entre estanterías, doblada sobre una caja, recibiendo pija por la concha y otra en la boca. Aprendió a tomar por los dos agujeros, a que le acabaran en la cara, en las tetas, adentro. Ya no se ponía colorada con los chistes de Pablo; los provocaba. Miraba a Ramiro a los ojos mientras lo chupaba, desafiante y sumisa. La fuerza bruta de Franco la doblegaba y la hacía sentir viva.
Se volvió adicta a su propia degradación. Empezó a vestirse para ellos: faldas más cortas, escotes que se veían al agacharse. Concha siempre depilada, lista. Esperaba órdenes con la tanga mojada.
El festín completo
Una tarde Ramiro llevó todo más lejos. Habían tomado fernets después de hora. Marta estaba de rodillas limpiándole la pija a Pablo con la boca cuando Ramiro habló.
—Creo que ya es hora de un verdadero festín. Marta, hoy te vamos a coger los tres juntos. Hasta que no puedas más.
La llevaron al espacio despejado cerca de la mesa de embalaje. Pablo se acostó en el piso. Ramiro la puso a horcajadas, guiando la pija de Pablo dentro de su concha empapada. Una vez clavada ahí, Franco se puso atrás. Con saliva empujó contra su culo.
—Relajate, puta —murmuró.
Con presión constante se la metió entera por el orto. Marta gritó ahogada. La sensación de estar repleta, dos pijas dentro, la atravesó como electricidad.
Marta no era virgen del culo cuando Ramiro y los otros empezaron a usarla en el archivo. De jovencita, había tenido un novio de barrio, un tipo grandote y apurado que una noche, después de unas birras en el fondo de su casa, le pidió probar por atrás. Ella, medio borracha y con ganas de complacerlo, dijo que sí.
La metió de una, sin lubricante ni preparación, y a Marta le dolió como si la partieran en dos. Gritó, lloró, le clavó las uñas en los brazos para que parara, pero él siguió hasta acabarse adentro. Cuando terminó, ella quedó temblando en la cama, con sangre en las sábanas y un ardor que le duró días. El culo le quedó hinchado, le costaba sentarse, y cada vez que iba al baño sentía como si le hubieran metido un fierro caliente.
Desde esa noche juró que nunca más. El dolor fue tan fuerte, la humillación tan grande (porque el tipo después se jactó con los amigos), que cerró esa puerta para siempre. Pasaron más de veinte años sin que nadie volviera a tocarle el orto. Hasta que llegaron ellos al archivo.
Cuando Franco le metió la pija gruesa por atrás aquella primera vez en el rincón oscuro, el recuerdo le pegó como un flash: el mismo dolor agudo, el estiramiento brutal, las lágrimas. Pero esta vez era distinto. El cuerpo ya no era el de una pendeja asustada; era el de una mujer de más de cuarenta, caliente, mojada, con ganas acumuladas. El dolor seguía ahí, filoso al principio, pero se mezclaba con un placer enfermo que la hacía gemir más fuerte. Y aunque al día siguiente le ardería al caminar y tendría que sentarse con cuidado, no dijo que no cuando volvieron a pedírselo.
Esa primera vez de jovencita la había marcado para evitarlo. Pero en el archivo, con tres pijas que la usaban sin piedad, ese recuerdo viejo se transformó en algo nuevo: el culo ya no era prohibido, era solo otro agujero para llenar, y ella, por fin, lo entregaba entero.
No podía moverse, atrapada entre los dos. Pablo empujaba desde abajo, frotando dentro de su concha abierta. Franco marcaba ritmo lento pero implacable por atrás. Ramiro se acercó, le agarró el pelo y le metió su pija hasta la garganta.
—Ahí tenés, puta. Ahora sí, completa. Tragátela toda. Te vamos a usar como el juguete que sos.
Marta estaba atrapada en carne, sudor y dominación. Ahogada por la pija en la boca, empalada adelante y atrás. El dolor del culo se mezclaba con placer retorcido. Lágrimas le corrían mientras intentaba respirar por la nariz.
Pablo se corrió primero, llenándole la concha. Casi al mismo tiempo Ramiro le bombeó la garganta, obligándola a tragar. Marta tuvo un orgasmo brutal que apretó las dos pijas. Franco resistió, siguió cogiéndola por el culo hasta venirse adentro con un gruñido animal.
Cuando terminaron, Marta quedó tirada, goteando de los tres agujeros, cuerpo adolorido y marcado.
—Buen trabajo, puta —dijo Ramiro dándole una palmada suave en la mejilla—. Límpiate y andá a casa. Mañana seguimos.
Los días finales y el entierro
Los días se volvieron ciclo: trabajo rutinario y uso sexual. La agarraban entre estanterías, en el baño, en el piso. Aprendió los gustos de cada uno: a Pablo le encantaba acabarle en las tetas, a Franco oírla gritar cuando le daba por el culo, a Ramiro humillarla con palabras mientras la tenía de rodillas.
Una tarde Ramiro la llamó a su oficina improvisada, un viejo galponcito con un escritorio recuperado de lo inservible y herramientas por todos lados.
—Pone las manos sobre el escritorio —ordenó.
Le bajó pantalón y tanga, la azotó fuerte. Cada golpe resonaba.
—Esto es por ser tan puta. Por tener esta concha siempre lista. Por pedirnos más con la mirada.
Marta gemía de calentura. Después la penetró por atrás, clavándola profundo.
Un viernes trajeron cervezas. Cuando el guardia, un viejo de más de 70, que dormía todo el día en una silla de plástico, se fue a las ocho, Ramiro extendió una colchoneta vieja en el centro de la nave.
—Acostate.
Marta se tumbó. Pablo la penetró de una, Ramiro le llenó la boca, Franco esperaba. La cambiaban de posición sin parar: de lado con dos adentro, a cuatro patas turnándose agujeros, arrodillada chupando a uno mientras otro la cogía y el tercero se frotaba en su cara. Órdenes soeces: “Abrí más las piernas, puta”, “Tragátela toda”, “Gritá más fuerte”.
Horas después los tres se desplomaron exhaustos. Marta quedó en el medio, cubierta de semen, adolorida, con una sonrisa perversa.
—Qué puta más perfecta —murmuró Ramiro casi con cariño.
A la mañana siguiente salió con cada músculo dolorido, moretones por todos lados. Afuera el sol le lastimó los ojos. Su vida real era un fantasma. La verdadera estaba entre esos papeles y secretos.
El entierro y la verdad
El día del entierro de Marta fue gris, cielo bajo y húmedo. La iglesia medio vacía: vecinas ancianas, algún excompañero jubilado, la familia. Su hijo Jorge, cincuenta y pico, cara cansada. El nieto Mauro, veintiuno, en la última fila.
En el cementerio, mientras bajaban el cajón, las vecinas cuchicheaban.
“Pobre Marta, siempre tan sola.”
“Trabajó toda la vida en ese archivo, ni novio se le conoció.”
“Vida tranquila, ordenada.”
Mauro se quedó quieto frente a la fosa, con la grava crujiendo bajo sus zapatos. El sepulturero mayor seguía apoyado en la pala, respirando hondo; el más joven, el que había llegado después con la carretilla, se había acercado un poco más, como si la historia lo hubiera clavado en el lugar. El viento frío movía las hojas secas entre las lápidas. Nadie hablaba. Solo quedaba Mauro y su voz, que ahora salía más baja, casi un murmullo.
—Todo lo que les conté… lo de la nave, lo de los almuerzos que se volvieron otra cosa, lo de las tardes entre las estanterías, la colchoneta en el centro del archivo, las noches en que la cogían los tres hasta dejarla temblando y goteando… no me lo inventé. Ella me lo contó. Pedacito por pedacito, durante años. Primero cuando era pendejo y me quedaba en su casa los fines de semana; después, cuando ya estaba enferma y yo iba casi todos los días a sentarme al lado de su sillón.
Hizo una pausa larga. Tragó saliva.
—Al final, cuando ya casi no podía hablar, me agarró la mano con la fuerza que le quedaba. Me miró fijo con esos ojos que todavía tenían fuego, aunque el cuerpo se le estuviera apagando. Y me dijo, con la voz ronca pero clara: “Mauro… vos sos hijo de Ramiro. No de Jorge. De Ramiro. El primero que me rompió todo y me armó de nuevo. Yo lo supe cuando me quedé embarazada. Lo sentí en el cuerpo. Nunca se lo dije a nadie más… pero a vos sí. Porque vos tenés que saber de dónde venís. De una puta que eligió serlo. De una concha que se abrió para tres tipos en un archivo polvoriento y que nunca se arrepintió”.
El sepulturero mayor soltó un suspiro largo, casi un silbido. El joven se pasó la mano por la nuca, incómodo pero sin apartar la vista.
Mauro siguió, mirando la tierra fresca que ya cubría la mitad del cajón.
—Ella creía eso con toda el alma. Decía que Jorge nunca la tocó de verdad, que fue un arreglo, un nombre para el acta, pero que el fuego que la había preñado era el de Ramiro. Que cuando se enteró de que estaba esperando, se sintió… plena. Como si por fin hubiera servido para algo más que archivar papeles. Me lo contó sin vergüenza, casi con orgullo. “Mi mejor época”, me dijo esa última vez. “No se lo digas a nadie… pero no dejes que me entierren como la solterona gris. Que sepan que fui puta, sí, pero puta feliz. Y que vos, mi nieto… o mi hijo… sos la prueba viva de eso”.
Se agachó un segundo, tocó la tierra con los dedos, como si quisiera dejar una marca.
—Entonces vine acá. Y les conté todo a ustedes porque son los últimos que la van a tocar antes de que la tierra se la coma. Quiero que cuando tiren la última palada sepan que abajo no hay una vieja solitaria. Hay una mujer que vivió doble vida: galletitas con el nieto por la tarde y pijas en la boca por la mañana. Que se dejó llenar por tres tipos hasta el fondo, que gritó de placer y de dolor, que se corrió como nunca mientras la llamaban puta del archivo. Y que, al final, me confió que yo era hijo de uno de ellos. De Ramiro. O eso ella creía. Y con eso me dejó su secreto más pesado… y también el más lindo.
Se enderezó. Tenía los ojos húmedos, pero la voz ya no temblaba.
—Listo. Ya está. Ahora sí, tapen.
Dio media vuelta y empezó a caminar por el sendero. Detrás, la pala cayó de nuevo: un golpe sordo, regular. Tierra sobre madera. Tierra sobre una vida que había sido gris solo en la superficie.
Mientras se alejaba, Mauro pensó que quizás, en algún cajón olvidado de ese archivo que ya no existía, todavía quedaba el olor de su abuela. Y que él, de alguna forma retorcida, era la continuación de esa historia: el hijo que ella quiso que supiera de dónde venía el fuego.
FIN
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