Hotwife 2.0 Capítulo 1
Nathan siempre la mira con admiración, pero esta vez Freya quiere que él sienta la misma voracidad que ella. El silencio de la casa esconde una decisión que cambiará las reglas del juego: ya no basta con ser deseada, quiere ver hasta dónde llega el deseo de su marido.
Capitulo 1
No fue un comienzo.
Fue una continuidad.
La casa estaba en silencio, pero no era el silencio de antes. No era el de la duda ni el de las conversaciones medidas. Era un silencio denso, cómodo, casi cómplice. Nathan la observaba desde la cocina mientras Freya se apoyaba en la encimera, descalza, con una camisa suya apenas abrochada.
No había urgencia.
Había memoria.
Llevaban meses así.
Meses en los que John dejó de ser una excepción para convertirse en una variable conocida. Meses en los que la piel de Freya había aprendido a reaccionar no solo al contacto, sino a la anticipación. Meses en los que Nathan había dejado de preguntarse si aquello los cambiaría y empezó a preguntarse cuánto más podían expandirse.
Freya giró el rostro ligeramente, consciente de la mirada. Siempre consciente.
—¿Qué? —preguntó, sin incomodidad.
Nathan negó con la cabeza, sonriendo apenas.
No era posesión lo que sentía. Era otra cosa. Algo más complejo y más honesto: admiración, deseo, orgullo.
Freya se acercó despacio. La tela rozaba sus muslos con cada paso. No actuaba. No provocaba deliberadamente. Simplemente habitaba su cuerpo con naturalidad. Y eso era lo que había cambiado.
Antes experimentaba.
Ahora decidía.
John no era un secreto. Era parte de una arquitectura íntima que ambos habían construido. Habían aprendido ritmos, señales, silencios. Freya había descubierto algo que no esperaba: no se dividía al entregarse. No perdía nada. No se fragmentaba entre esposa y mujer deseante. Se sentía más entera.
El poder no estaba en lo que hacía.
Estaba en saber que podía hacerlo.
Nathan la tomó de la cintura con suavidad. No urgencia, no necesidad desesperada. Había algo más sofisticado entre ellos: un deseo que se alimentaba de imágenes compartidas, de recuerdos recientes, de lo que aún no había ocurrido.
—Harry ha confirmado para el sábado —dijo él.
Freya no apartó la mirada.
No hubo sobresalto.
Blake y Harry eran una pareja que habían conocido por la APP, después de un tiempo hablando en el grupo, conociéndose los cuatro, de mandarse fotos picantes, habían decidido por fin verse ese fin de semana, no se conocían personalmente y no sabían que ocurriría, pero lo que tenía claro es que ya no eran una fantasía abstracta. Eran un siguiente nivel. Otra dimensión de la dinámica. No se trataba solo de sumar cuerpos. Se trataba de comprobar si el equilibrio resistía cuando el escenario se volvía más complejo.
Freya sintió ese cosquilleo bajo la piel. No miedo. Expectativa.
—Entonces será interesante —respondió con calma.
Nathan la besó. No con ansiedad. Con reconocimiento.
La primera vez que entraron en un bar para probar, ella temblaba por dentro, aunque no lo mostrara. La primera vez que escribió a John, dudó varios minutos antes de enviar el mensaje. La primera vez que lo vio cruzar la puerta de su casa, sintió vértigo.
Ahora no temblaba.
Ahora medía.
Había aprendido que la mirada ajena podía ser combustible, pero que el fuego lo controlaba ella. Que el deseo no era una amenaza para su matrimonio, sino un espejo donde ambos se reconocían más vivos.
Freya apoyó la frente en el pecho de Nathan.
—¿Estás preparado? —murmuró.
No era una pregunta superficial. No hablaba del sábado. Hablaba de lo que implicaba dar otro paso.
Nathan la sostuvo con firmeza.
—Contigo, sí.
Y era verdad. Porque el centro no se había movido. El núcleo seguía siendo ellos dos. Lo demás orbitaba.
Freya se separó ligeramente y lo miró como si evaluara una pieza más del tablero. No desde la distancia emocional, sino desde la conciencia plena de lo que eran.
El móvil vibró:
“Mañana salimos a primera hora para allá, ir calentando el jacuzzi que vamos”
Escribió Harry, Nathan no tardó en contestarle que ya los estábamos esperando, que no se olvidaran los bañadores.
Sabía que aquello provocaría una respuesta:
“Yo no voy a llevar ropa, y espero que vosotros tampoco, en especial tu Nathan”
Blake mandó un icono de un fuego tras poner eso.
Y por primera vez, Freya no deseaba solo ser deseada ella, sabía que entre Blake y Nathan había una atracción.
Deseaba ver hasta dónde llegaba su propio deseo.
—La tienes loca.
—Luego seguro que estamos los cuatro cortados hablando del tiempo. —Dijo Nathan mientras se reía.
—Seguro, al fin y al cabo, nunca hemos estado con nadie que no sea John, y para ellos es su primera experiencia...
Harry tenía la tez morena, un poco pasado de peso, pero en las fotos enviadas se intuía “algo” que escondía. En contra posición con Nathan que era blanco como la nieve y en forma.
Blake en cambio era rubia, delgada sin muchas curvas, pero con ese atractivo juvenil que atrae a los hombres, que distaba mucho de las curvas de Freya y su gran pecho y culo.
Nathan salió a correr por el bosque como hacía cada mañana que necesitaba ordenar la cabeza. El aire frío, la humedad entre los árboles, el ritmo constante de su respiración. Freya lo vio alejarse desde la ventana y, cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a adueñarse del salón.
Se sentó frente a la chimenea. El fuego estaba encendido, lento, crepitando con esa cadencia hipnótica que invita a quedarse. Cruzó las piernas en el sofá y tomó el móvil.
Dos notificaciones.
Sonrió antes incluso de abrirlas.
John.
Desde que se veían cada par de semanas, algo había cambiado entre ellos. No era solo deseo físico. Se había vuelto una especie de complicidad privada. Con Nathan hablaba de fútbol, de carreras, incluso de ideas para sorprenderla. Con ella era distinto. Con ella hablaba de cómo la recordaba, de la forma en que su cuerpo reaccionaba cuando ella lo miraba, de detalles que Nathan no necesitaba oír para entender que existían.
“Buenos días.”
Freya respondió casi de inmediato.
No tardó ni diez segundos en llegar la foto.
John en el gimnasio. Camiseta de tirantes oscura, hombros marcados, el cuello húmedo de sudor. La luz blanca del techo dibujaba sombras bajo el pecho y los brazos tensos. No era una pose casual. Era una declaración.
“Me estoy poniendo más bueno para ti.”
Freya sintió ese calor lento que no empieza entre las piernas, sino en el estómago. Ese que sube despacio y cambia la respiración.
Le envió el icono del diablo.
John no tardó.
“¿Preparada para el finde?”
Freya apoyó la cabeza en el respaldo del sofá. Miró el fuego unos segundos antes de responder.
“Estoy nerviosa.”
Pausa.
“Pero también lo estuve cuando viniste por primera vez. Y no salió nada mal.”
Podía recordar aquella noche con precisión casi táctil. La tensión al abrir la puerta. La electricidad en la piel cuando él cruzó el umbral. La primera vez que notó unas manos distintas recorriéndola sin prisa, sin pertenencia, solo deseo elegido.
John respondió con un audio corto riéndose.
“Si necesitáis a otro hombre por allí, me presento voluntario.”
Freya se mordió el labio inferior. No por la propuesta, sino por la seguridad con la que lo decía.
“No.”
La respuesta fue inmediata.
“Tú eres solo para mí.”
No era una promesa romántica. Era algo más posesivo, más primitivo. Una línea clara en medio de la expansión. John no era intercambiable. Era su tercero. Su espacio. Su fuego concreto.
“Tengo ganas de verte”, escribió él.
Freya descruzó las piernas. El calor del salón ya no era solo el de la chimenea.
“Nathan y yo nos vamos de vacaciones en unas semanas. Buscaremos un hueco antes de irnos.”
Silencio de unos segundos.
“Los tres.”
La palabra quedó suspendida en la pantalla.
Porque eso era lo que hacía que todo funcionara. No había clandestinidad. No había grietas. John sabía dónde estaba el centro. Nathan sabía qué ocupaba él.
Freya dejó el móvil sobre su muslo desnudo un instante y cerró los ojos. Se imaginó ese próximo encuentro. La puerta cerrándose. Nathan mirándola como la mira siempre cuando sabe lo que está a punto de ocurrir. John acercándose con esa seguridad física que no necesita demostrar nada.
El deseo no era urgencia.
Era anticipación.
Y lo que más la excitaba no era el cuerpo de John ni la idea del fin de semana con Harry y Blake.
Era saber que podía elegir cada escena.
Cada límite.
Cada hombre.
Abrió los ojos. Volvió a coger el móvil.
“Ve entrenando”, escribió. “Quiero notarlo.”
Después vio el mensaje de Chloe diciéndole si la podía llamar, le dijo que sí y espero.
Freya dudó apenas un segundo ante de aceptar la llamada.
—Hola, Chloe… ¿cómo estás?
Al otro lado se oyó una risa baja, vibrante.
—Muy bien, la verdad. Perdona que no te contestara el otro día… estas vacaciones he hecho muchas locuras.
Freya sonrió. Desde que Chloe supo que ella había dado el paso, sus conversaciones habían cambiado. Ya no eran relatos casi técnicos de experiencias. Ahora hablaban de sensaciones. De piel. De poder. De lo que ocurre por dentro cuando sabes que te están mirando.
—¿Qué locuras? Cuenta.
Chloe no se hizo rogar.
—Fuimos a un resort en República Dominicana. Tenía un chiringuito en la playa… música, luces bajas, arena todavía tibia por el sol del día. La primera noche me puse bien sexy. Vestido ligero, escote profundo… y sin ropa interior.
Freya sintió un pequeño golpe de calor en el estómago.
—Dan estaba sentado tomando algo. Yo solo quería ver qué pasaba si me movía un poco más de la cuenta.
La voz de Chloe bajó un tono.
—Y no te lo vas a creer… mientras bailaba se me acercaron dos chicos. Sin decir nada. Uno delante. Otro detrás. Pegados.
Freya sabía exactamente hacia dónde iba aquello.
Cruzó las piernas despacio en el sofá.
Chloe siguió, con esa naturalidad que siempre la desarmaba.
—Sentía el calor de uno contra mi espalda. La respiración cerca del cuello. El otro rozándome el vientre con el pecho mientras bailábamos. No me tocaron directamente al principio… pero estaba tan cerca que era como si lo hicieran.
Freya cerró los ojos.
La memoria no es inocente. Su cuerpo recordó antes que su mente. Recordó una noche en la que estaba desnuda, tendida sobre las sábanas, con John detrás de ella. Piel con piel. El peso firme de su cuerpo presionándola suavemente contra el colchón. Nathan delante, inclinándose sobre ella, besándola con esa mezcla de ternura y hambre contenida.
Una mano recorriéndole la cintura.
Un aliento rozándole la clavícula.
Dos presencias distintas marcando su ritmo.
El recuerdo le tensó la respiración.
—¿Y Dan? —preguntó Freya, aunque ya intuía la respuesta.
—Mirando. Con esa cara suya que pone cuando sabe que estoy disfrutando.
Freya imaginó la escena: Chloe moviéndose lenta, sabiendo que tenía dos cuerpos orbitándola, que el centro era ella. Que Dan no intervenía, pero tampoco apartaba la mirada.
—Uno de ellos empezó a bajar las manos por mis caderas… sin invadir, solo acompañando el movimiento. El otro me susurraba cosas al oído. No sabía ni cómo se llamaban, pero eso era lo de menos.
Freya notó cómo su pulso se aceleraba.
Porque no era el acto.
Era la sensación de estar rodeada.
Elegida.
Sostenida por deseo.
Recordó la firmeza de John contra su espalda. La forma en que Nathan la sujetaba el rostro mientras la besaba, como si necesitara que supiera que estaba ahí. Que todo aquello era suyo también.
Freya abrió los ojos.
El fuego de la chimenea seguía crepitando. Pero su piel ya no estaba tranquila.
Porque mientras Chloe hablaba, ella no solo escuchaba. Revivía. Anticipaba.
Y, por primera vez, se dio cuenta de algo que no había verbalizado ni con Nathan.
Parte de ella no solo quería que la desearan.
Quería ver a Nathan deseado también.
Puedo continuar la escena manteniendo una carga erótica intensa, centrada en las sensaciones y en el impacto emocional en Freya, pero sin describir actos sexuales de forma gráfica.
—Uno de ellos me preguntó si estaba sola —continuó Chloe, su voz cargada de esa mezcla de orgullo y descaro que la caracterizaba—. Y señalé a Dan. Él levantó la copa y les sonrió.
Freya parpadeó.
—¿Y…?
—Y no parecía la primera vez que se veía en esa tesitura —rio Chloe—. Subimos a la habitación los tres. Bueno… los cuatro, contando a Dan y su cámara.
Freya se incorporó ligeramente en el sofá.
—¿Lo grababa todo?
—Claro. Para revivirlo luego. —Chloe no mostraba la más mínima vergüenza—. No para exhibirlo. Es nuestro recuerdo. Nuestro trofeo.
Freya sintió un escalofrío.
Chloe continuó, más lenta ahora.
—Al principio fue suave. Muy suave. Me quitaron el vestido entre los dos. Despacio. Como si estuvieran desenvolviendo algo que querían disfrutar sin romperlo. Uno me besaba la espalda mientras el otro recorría mis piernas con las manos. Se desnudaron delante de mí, sin prisa. Mirándome.
Freya tragó saliva.
La imagen era clara. Demasiado clara.
—Pero lo fuerte vino después —la voz de Chloe se volvió más grave—. Cuando me arrodillé.
Freya cerró los ojos sin darse cuenta.
—Ahí cambiaron. Se transformaron. Lo que empezó siendo sugerente se volvió… voraz.
El fuego de la chimenea chisporroteó.
—Nunca había tenido tantas horas de sexo sin parar. Horas. Se nos hizo de día. Perdí la noción del tiempo. Me sostenían, me movían, me guiaban… yo solo sentía manos por todas partes. Calor. Peso. Respiraciones aceleradas sobre mi piel.
Freya cruzó las piernas con más fuerza.
Podía imaginarlo.
No los cuerpos en detalle, sino la sensación de estar en el centro. De ser usada como epicentro del deseo.
—Hubo momentos en los que no sabía ni dónde empezaba uno ni terminaba el otro —siguió Chloe—. Me apoyaban contra la pared, contra la cama… me levantaban… me tumbaban… Dan no dejó de grabar ni un segundo. Y yo no dejé de disfrutarlo.
Freya notó cómo su respiración se volvía más profunda.
Chloe rió suavemente.
—Cuando por fin acabaron y se fueron… no podía ni moverme. Me quedé boca arriba, con el cuerpo ardiendo y las piernas temblando. Dan vino, me besó la frente… y me dijo que estaba preciosa así, agotada.
Freya imaginó esa escena final. Chloe deshecha sobre las sábanas, satisfecha, el cuerpo todavía vibrando.
—No pude sentarme bien en dos días —añadió Chloe entre risas—. Y todavía me duele la mandíbula.
Freya no pudo evitar reír.
—Eres una golfa.
—Y tú lo sabes —contestó Chloe sin ofenderse—. Pero te diré algo… no fue solo el sexo. Fue la sensación de dejarme llevar sin culpa. De saber que Dan estaba disfrutando conmigo, no a pesar de mí.
Freya se quedó en silencio unos segundos.
—Mañana llegan Harry y Blake —confesó al fin—. Estoy nerviosa.
—Eso es buena señal —respondió Chloe—. Los nervios son electricidad. Pero escucha… si algo he aprendido es esto: pásalo bien. Si estás cómoda, fluye. Si algo no te convence, paras. El poder está en que tú decides.
Freya apoyó la cabeza en el respaldo.
Chloe había cruzado límites físicos esa noche en el resort.
Pero lo que de verdad excitaba a Freya no era la intensidad de la historia.
Era la libertad.
Y la idea de que, quizá, el día siguiente abriría una puerta que todavía no sabía exactamente cómo quería atravesar. Pasaron el día de manera tranquila.
Esa noche no encendieron la televisión.
La casa estaba en penumbra, apenas iluminada por la lámpara del salón y el reflejo intermitente del fuego. El ambiente tenía algo distinto: no tensión, no urgencia… expectativa compartida.
Freya estaba sentada con las piernas recogidas bajo el cuerpo. Nathan, frente a ella, apoyado en el respaldo del sofá. No hablaban por hablar. Estaban calibrando.
—¿Qué quieres? —preguntó él al fin, con esa calma que siempre la hacía sentirse segura.
Freya se tomó unos segundos.
—Quiero disfrutarlo. Pero quiero que estemos juntos. Siempre.
Nathan asintió. Eso no era negociable.
Hablaron de límites. De señales. De miradas que significarían “sí” y otras que significarían “para”. No era frío ni clínico. Era íntimo. Hablar así también les excitaba. Porque cada palabra implicaba imaginar escenarios.
Freya le contó la conversación con John. La foto del gimnasio. La broma sobre presentarse voluntario si necesitaban ayuda.
Nathan soltó una carcajada.
—A mí me ha dicho lo mismo.
Freya levantó la mirada.
—¿En serio?
—Sí. Que si aquello se descontrolaba, él se ofrecía.
Se rieron juntos. Sin celos. Sin sombra.
Freya respiró hondo.
—Y Chloe me ha llamado…
Le relató la historia. La playa. Los dos hombres. La habitación. Las horas interminables. Nathan no interrumpió. La escuchaba con atención, pero también con algo más en los ojos. Imaginación.
Cuando terminó, él se acercó un poco más.
—¿Te ha excitado?
Freya sostuvo su mirada.
—Sí.
No había vergüenza en admitirlo.
El silencio se volvió más espeso.
—Estoy nerviosa —confesó ella finalmente—. No por Harry… ni siquiera por Blake. Es… todo.
Nathan alzó la mano y la pasó despacio por su muslo, sin subir demasiado. Solo contacto.
—¿Qué es lo que te pone nerviosa?
Freya dudó apenas un segundo.
—Que me gustaría también estar en la otra parte.
Nathan frunció el ceño, curioso.
—¿En cuál?
Ella deslizó los dedos por el pecho de él, bajando lentamente.
—Verte disfrutar.
Las palabras quedaron suspendidas entre los dos.
Nathan no reaccionó de inmediato. No desde el impulso. Primero desde la emoción.
—¿De verdad?
Freya asintió.
—No quiero solo que me mires. Quiero mirarte yo también.
La confesión tenía peso. No era una fantasía ligera. Era una expansión real de la dinámica.
Nathan le sostuvo el rostro con ambas manos.
—Gracias por decirme eso.
La besó. No fue un beso rápido. Fue lento, profundo, cargado de reconocimiento. Las manos de Freya subieron por su espalda mientras el beso se volvía más intenso, más húmedo.
El cuerpo responde cuando la mente ya ha decidido.
Nathan se puso en pie sin romper el contacto y la tomó en brazos con naturalidad. Freya soltó una pequeña risa ahogada contra su cuello mientras lo rodeaba con las piernas.
El trayecto hasta la habitación fue corto, pero cargado de una electricidad distinta a la de otras noches. No era solo deseo físico. Era la certeza de que estaban abriendo una puerta juntos.
La dejó sobre la cama con cuidado, pero no se apartó. Se inclinó sobre ella, recorriéndole el cuello con los labios, bajando despacio. Freya arqueó la espalda apenas, dejando que la tela de su camiseta se tensara.
No había prisa.
Nathan la desnudó como si volviera a descubrirla. Con atención. Con manos firmes pero medidas. La piel de Freya reaccionaba a cada roce como si estuviera anticipando algo mayor.
Ella también lo desnudó. Despacio. Mirándolo a los ojos. No como quien reclama, sino como quien comparte.
Cuando sus cuerpos quedaron desnudos, se detuvieron un segundo.
Se miraron.
Allí estaba el centro.
Nathan se inclinó y la besó de nuevo, esta vez dejando que el deseo marcara el ritmo. Las manos de Freya recorrieron su espalda, sus hombros, descendiendo sin timidez.
No era posesión.
Era complicidad encendida.
Se movieron juntos con un ritmo que conocían de memoria, pero que esa noche tenía una capa nueva. Porque cada caricia llevaba implícita la conversación anterior. Cada gemido llevaba dentro la imagen de lo que podría ocurrir al día siguiente.
Freya lo abrazó con fuerza cuando el placer empezó a crecer dentro de ella. Nathan sostuvo su mirada incluso en los momentos más intensos, como si necesitara que supiera que estaba ahí.
Siempre ahí.
Cuando finalmente quedaron tendidos sobre las sábanas, respirando aún agitados, Freya apoyó la cabeza en su pecho.
No habló.
No hacía falta.
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