Las aventuras de Daniela 4
El aire se le corta de los pulmones cuando la mira: sucia, rota, pero viva. Daniela sabe que debe huir, que Alberto la espera en casa. Pero el olor a sexo ajeno y la promesa de ser 'rota' como ella son más fuertes que la culpa. Esta noche, la puerta no se cierra.
Valeria seguía arrodillada en el centro de la tarima, con el cuerpo brillante de sudor, aceite y semen. Tres pollas aún la llenaban: una gruesa negra enterrada hasta los huevos en su ano dilatado y rojo, otra larga y curvada follándole el coño con embestidas lentas y profundas, y la tercera —corta pero muy venosa— empujando en su boca hasta la garganta. Saliva y pre-semen goteaban por su barbilla, cayendo en hilos largos sobre sus tetas firmes. Cada vez que el negro salía del ano, un chorrito de lubricante y semen rebosaba, resbalando por sus muslos canela y salpicando la manta negra. Valeria gemía ahogada alrededor de la polla en su boca, empujando hacia atrás para que la llenaran más, el clítoris hinchado y rojo latiendo con cada roce.
Y seguía mirando a Daniela. Directo a los ojos. Con una sonrisa sucia, semen en las comisuras de los labios, y la mano libre extendida hacia ella: “Ven… únete… hay polla para ti también… ven y déjate romper como yo”.
Daniela sintió que el aire se le acababa. El corazón le martilleaba tan fuerte que lo oía retumbar en los oídos y en el clítoris hinchado. El coño le chorreaba sin control: jugos calientes bajando por los muslos canela, empapando la falda lápiz negra que ya tenía manchas oscuras en la parte delantera. El ano palpitaba, todavía sensible de la aventura del miércoles en el metro, contrayéndose solo de imaginar cómo se sentiría con una de esas pollas gruesas abriéndolo de nuevo. La culpa por Alberto —que en ese momento probablemente estaba viendo una serie en el sofá con una cerveza fría— se mezclaba con un deseo tan ardiente que le quemaba la piel.
No pensó. Solo se levantó. Las piernas le temblaban, los tacones bajos repicaron en el suelo de madera mientras subía los dos escalones a la tarima. El aire caliente del local le rozó el coño expuesto bajo la falda subida, el vello negro pegado a los labios mayores hinchados y brillantes. Se arrodilló al lado de Valeria, falda arrugada alrededor de la cintura, blusa blanca desabotonada hasta el ombligo dejando ver los pechos llenos y los pezones duros como piedras.
Valeria soltó la polla de su boca un segundo, se inclinó y la besó profundo. Lenguas enredadas, sabor a semen ajeno y saliva caliente. Daniela gimió contra sus labios, sintiendo cómo el deseo la rompía por dentro.
Uno de los hombres —el delgado con la polla larga y curvada— se colocó delante de Daniela. Agarró su coleta alta y le metió la punta en los labios.
—Abre, preciosa. Chupa despacio. Vamos a romperte poco a poco.
Daniela abrió la boca. La polla entró caliente y salada, llenándole la garganta. Sintió arcadas suaves, saliva goteando por la barbilla y cayendo sobre sus tetas. Al mismo tiempo, el musculoso que había estado follando a Valeria se colocó detrás de ella. Le separó las nalgas con manos fuertes, escupió en su ano y lubricó con gel frío que sacó de una botella al lado de la manta.
—¿Lista para que te abran otra vez? —preguntó con voz ronca, frotando la cabeza gruesa contra el esfínter todavía sensible.
Daniela solo pudo gemir alrededor de la polla que le follaba la boca. El hombre empujó despacio. El ano se abrió, dolor-placer familiar y delicioso. Centímetro a centímetro hasta los huevos. Daniela empujó hacia atrás instintivamente, gimiendo ahogada, el cuerpo temblando entre las dos pollas.
Valeria se acercó gateando, la besó de nuevo mientras las follaban. Sus bocas se enredaron, saliva y semen mezclados. Valeria bajó la mano y frotó el clítoris de Daniela con dedos expertos, círculos rápidos y firmes.
—Córrete, puta. Córrete mientras te llenan los agujeros.
Los otros cuatro hombres se acercaron. Uno se masturbó delante de su cara y se corrió primero: chorros espesos y calientes salpicaron mejillas, nariz y labios. Otro se colocó al lado de Valeria y entró en su coño mientras ella lamía el clítoris de Daniela. Cambios constantes: salían de un agujero y entraban en otro. El delgado salió de la boca de Daniela y empujó en su coño de una embestida profunda. El musculoso salió del ano y fue a follar a Valeria. Otro —el negro con la polla gruesa como antebrazo— se colocó detrás de Daniela y empujó en su ano dilatado.
Daniela gritó de placer puro. El ano se abrió alrededor de aquel grosor imposible, dolor y éxtasis mezclados. El negro follaba lento pero profundo, sintiendo cómo apretaba. Al mismo tiempo, la polla en su coño embestía con fuerza, los huevos chocando contra su clítoris hinchado. Valeria lamía sus pezones, mordisqueándolos, mientras un tercer hombre le metía la polla en la boca.
Daniela explotó. Squirt abundante salió en chorros calientes, mojando la manta, las piernas del hombre que la follaba y la cara de Valeria. El cuerpo le convulsionó, ano y coño contrayéndose alrededor de las pollas. Gritó ronco alrededor de la verga en su boca.
Los seis rotaron sin parar. Semen por todas partes: chorros espesos en su cara, en tetas, dentro del coño, rebosando del ano. Uno se corrió dentro de su culo, otro en su boca (tragó parte, el resto goteó por barbilla y cuello). Otro en sus tetas, dejando hilos blancos entre los pezones duros.
Cuando terminaron, Daniela quedó arrodillada en la manta, cuerpo temblando, semen goteando por muslos canela, vello púbico enmarañado de jugos y leche, ano rojo e hinchado, coño chorreando. Valeria la abrazó, besó su mejilla manchada.
—Bienvenida al club, cariño. Ahora ya eres una de nosotras.
Daniela miró alrededor, jadeante. Los hombres se limpiaban, algunos se iban. Ella se levantó con piernas flojas, falda arrugada y manchada, blusa abierta, semen secándose en la piel.
Valeria le susurró al oído:
—Mañana sábado… Alberto trabaja hasta tarde. Ven a mi casa. Tengo dos amigos que quieren conocerte. Y esta vez… no vas a poder decir que no.
Daniela no respondió. Solo asintió, temblando de deseo y culpa.
Llegó a casa a las dos y media de la mañana. Alberto dormía profundamente. Se duchó en silencio, pero dejó que el semen se secara dentro del coño y del ano. Se metió en la cama al lado de su marido, sintiendo cómo rebosaba con cada movimiento.
Sabía que mañana volvería a mentir. Y que no podría parar
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