Xtories

Las putas de Yeray (Cap. 12)

El Capitán no acepta un no por respuesta. Cuando las luces cegadoras la golpean y las voces del público la envuelven, Cristina descubre que su cuerpo ya no le pertenece. María, con una sonrisa cruel, le recuerda quién manda en este juego, y el precio de su libertad se mide en euros y sudor.

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NOTA DEL AUTOR:

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CAPÍTULO 12

DÍA 8 (continuación)

Cuando Cristina y María entraron por la puerta principal, totalmente desnudas, abrazadas al capitán, fueron sonoramente aclamadas con silbidos y vítores.

Cruzaron la gran sala con luces parpadeantes y entraron en lo que parecía un vestidor.

—Escoged lo que os sienta mejor— dijo el capitán señalando un perchero del que colgaban prendas de lencería y encaje.

Las dos espléndidas mujeres se probaron las prendas una tras otra, aunque no encontraron ninguna capaz de sujetar y cubrir sus enormes tetas. Mientras tanto, el capitán, cómodamente sentado en un sillón observaba con detenimiento las mujeres y de vez en cuando daba su opinión.

—Poco transparente.

—Tapa demasiado.

—Ponte la cadena al cuello.

Y mientras dirigía la toma de decisiones encendió con parsimonia su pipa y con una aspiración profunda saboreó el tabaco.

—¡Ummmm!!, es una pena que se esté perdiendo la costumbre de fumar pipa... ¡Ummmm!!! Suspiró después de otra profunda calada.

Después de que las mujeres se probaran infinidad de prendas, el capitán quedó satisfecho con los resultados y les ordenó:

—Salid al escenario y dadles a estos puteros el mejor espectáculo lésbico que han visto en sus miserables vidas.

Cristina se lo quedó mirando incrédula y finalmente se atrevió a hablar.

—Pero Capitán... yo... yo... yo nunca he estado con una mujer. A mí me gustan los hombres.

—Pues ahora te gustan las mujeres— le espetó y acto seguido le propinó una bofetada dejando grabados sus dedos durante unos instantes.

Cristina ya no se atrevió a contradecirle más y se dejó llevar por María que, según parecía, tenía más experiencia en estas lides.

Cuando Cristina y María salieron al escenario se encendió el foco central deslumbrándolas completamente. Se escucharon silbidos de todas direcciones y aplausos enardecidos.

María tomo la iniciativa agarrando a Cristina de la mano y, haciéndola girar sobre sí misma, la mostró al público que silbaba y chillaba.

—¡Fóllatela!!!

—¡Desnúdala!!!

—¡Enséñanos esas tetazas de zorra!!!

Luego, María, de un tirón la atrajo hacía ella, la agarró por el cuello y le propinó un húmedo y caliente morreo en la boca.

Cristina se dejó llevar y correspondió al beso sacando la lengua y enroscándola con la lengua de María. Sin perder tiempo, María, agarró a Cristina sujetándola con fuerza por sus nalgas y con el dedo apartó el minúsculo hilo del tanga que apenas cubría nada.

—¡Métele un dedo en el coño!!! — gritó un espectador mientras se acariciaba la polla por encima del pantalón.

María le desabrochó el sujetador y, sin dejar de besarla, se lo quitó lanzándolo a los espectadores.

Varios espectadores se pelearon para alcanzar la prenda y el que lo logró se la puso por encima de su camisa.

—¡Chúpale las tetas!!!

—¡Azótala!!!

—¡Dale duro puta!!!

Cristina no sabía cómo procesar lo que estaba sucediendo; estaba deslumbrada por los focos, excitada por su desnudez en público, extasiada con sus vítores y aplausos y sobre cogida por las caricias y los besos de otra mujer.

Y se dejó hacer abandonándose al placer de sus sentidos.

—¡Ummmmm!!! — jadeó aunque nadie excepto María pudo oírlo.

María agarró aquellos suculentos pechos y levantándolos con ambas manos los lamió mordiendo ligeramente los rosados pezones.

—¡Fóllatela! — gritó alguno de los espectadores.

María arrastró a Cristina hasta la cama central y de un empujón la tumbó. Luego, agarrando el tanga por los laterales se lo quitó dejándola completamente desnuda delante de todos los espectadores que se daban empujones para verlo mejor.

Y lanzó el tanga hacia el público que enloqueció. Se empujaron, se zarandearon incluso se pisaron hasta que, por fin, uno pudo apoderarse de la prenda y levantando su trofeo con la mano se lo llevó a la nariz e inspiró con todas sus fuerzas.

—¡Ummmm! ¡Huele a coño mojado! — gritó exhibiendo el tanga.

Cristina quedó tumbada sobre la cama que giraba sobre si misma lentamente mientras que María estaba de pie mirándosela con aires de superioridad.

—Así que tú eres la nueva puta de Yeray, ¿no?

Cristina no respondió.

—¿Sabes quién soy? — preguntó.

—No— respondió mientras se acariciaba el coño que rezumaba líquido.

—Soy la esposa de Carlos. Tú y yo nos conocimos estas últimas navidades en la cena de empresa de nuestros maridos.

Entonces Cristina la reconoció y, mirándola estupefacta respondió:

—¿Y qué haces aquí? El cabrón de tu marido ha engañado al mío para liberarte.

—Y, ¿Quién te ha dicho que quiero ser liberada? El cornudo de mi marido es un iluso.

Entonces, desprendiéndose del sujetador y las bragas quedó completamente desnuda.

—Y no voy a permitirte que me quites la polla de Yeray— dijo situándose de cuclillas orientando su coño en la boca de Cristina.

De repente, Cristina se encontró con un coño que, como el suyo, rezumaba de líquido vaginal sobre la cara y, instintivamente, sacó la lengua y lamió el clítoris.

—¡Ummmmm!!!! — jadeó María al sentir la calidez de la lengua de Cristina estimulando su órgano más sensible.

—Mete un dedo— le ordenó.

Y Cristina, sin titubear le metió un dedo hasta el fondo y luego añadió otro y otro más. Aquel coño parecía capaz de devorar todos sus dedos así que Cristina acabó metiéndole los cinco.

—¡Ahhhhh!!!! Siiiii— gimió María, —¡MÁSSS!!

—¡Métele el puño! — gritaron a la vez varios espectadores.

Y empujando con fuerza, Cristina acabó incrustándole toda la mano dentro del coño de María que se lo tragó sin dificultad.

—¡Dale duro! — gritó un espectador.

—¡Métele todo el brazo! — gritó otro.

Y Cristina, sin dejar de lamer el clítoris de María, empezó a follársela con la mano entera metiéndosela a cada estocada un poco más adentro.

Ya con casi todo el antebrazo dentro del coño de María, esta, empezó a correrse.

—¡Ahhhhh!!! ¡Me corroooo!!!! ¡Me corroooo!!! — gritó María expulsando varios chorros de pegajoso líquido sobre la cara de Cristina que, incansable, continuó lamiéndole el clítoris.

Finalmente, cayó desfallecida y Cristina retiró su mano empapada de líquido vaginal. Se metió un dedo en la boca dejándolo limpio; luego repitió el gesto con los otros cuatro dedos y acabó relamiéndose con el sabor de María.

El público enloqueció pero antes de que los aplausos cedieran apareció el Capitán Yeray vestido con su uniforme de gala. Su aspecto era imponente, alto, fuerte, las manos duras y callosas, pecho amplio, la cara marcada con arrugas y su incipiente barba y el pelo canoso.

—¡Ahoy! — gritó mientras aspiraba una calada de su sempiterna pipa.

—¿Quién quiere follarse a mis dos putas nuevas? — gritó provocando un auténtico griterío.

—¡A esta! — dijo señalando a María, —me la follaré yo porque hace casi un año que no me la follo.

—Pero a esta otra— dijo señalando a Cristina, — ¡la subastaremos! ¡Será de quien ofrezca más! Veamos, ¿quién ofrece ¡10 euros!?

Prácticamente se produjo un tumulto y todos levantaron la mano.

—¿Quién ofrece 20 euros? — y de nuevo todos levantaron la mano.

—30 euros, 40, 50, ¡100! — cuando llegó a los cien la mitad de los presentes bajaron la mano.

—¿Quién ofrece 120?, 150, ¡200! — a los 200 euros ya apenas quedaban cinco manos levantadas.

—300, 400, ¡¿500?! — sólo dos hombres se mantenían firmes.

—¡Recordad que esta puta es la primera vez que va a follar por dinero! — dijo justificando el precio.

—¿Quién ofrece 1000? — nadie levantó la mano, aquello era demasiado aunque, sin duda, Cristina se lo valía.

—¡Y está casada! — los dos últimos se la miraron con codicia aunque no se atrevieron a levantar la mano, por 1000 euros se podrían follar a docenas de putas.

—¡De hecho! — gritó el Capitán, —veo que su marido acaba de llegar— dijo señalando a Pedro que acababa de entrar por la puerta siguiendo a los dos puteros.

Todos se giraron hacía él que de repente se sintió el centro de atención y estuvo a punto de salir corriendo.

Entonces uno de los espectadores levantó la mano.

—¡Ofrezco 1000 euros por la puta! — gritó.

—1000 euros a la una... 1000 euros a la dos...

—¡Adjudicado! Al joven de la despedida de solteros — gritó señalando a un hombre joven, fuerte pero delgado que iba acompañado por varios amigos que lo vitorearon.

Pedro se quedó clavado en el sitio en el que estaba. La mirada de todos los presentes iba de él a su esposa y de su esposa al ganador de la subasta para, luego, volver a él.