Xtories

Infieles III

Joel creía tener el control de sus dos mundos secretos, pero la noche en la casa de los padres de Liliana rompe todas las reglas. Mientras finge placer con otro hombre, Joel escucha cómo su amante lo traiciona con la voz, y al intentar huir, se encuentra con la única pareja que podría destruirlo todo.

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Joel no podía quitarse a Liliana de la cabeza. Estefanía era perfecta: su piel suave como seda, sus curvas generosas que lo volvían loco cada vez que la tocaba, su mirada que prometía entrega total. Pero Liliana... Liliana se movía como si su cuerpo fuera música prohibida. Cada ondulación de sus caderas, cada giro de su cintura. Inclusive su aroma era una invitación al pecado. Su figura era una exquisitez delgada pero voluptuosa en los lugares justos: pechos firmes que desafiaban la gravedad, cintura estrecha que invitaba a agarrarla con fuerza, piernas largas que se enredaban como si quisieran atraparte para siempre.

El debate interno de Joel ya no era la traición a Marcos -eso se había diluido en la costumbre del secreto-, sino el riesgo de arruinar lo que estaba creciendo con Estefanía. Ella era estabilidad, ternura, futuro. Y aun así, el trato con Liliana ya estaba hecho... y él quería que se repitiera. Quería más.

Por las noches, los mensajes con Estefanía se extendían hasta el amanecer. Hablaban de sueños, de miedos, de tonterías cotidianas... y luego venían las fotos. Ella le enviaba una selfie con el escote abierto, el sostén de encaje negro apenas conteniendo sus senos hinchados; él respondía con una foto de su mano rodeando su erección, dura por ella. "Te extraño tanto", escribía ella. "Ven pronto", contestaba él. Pero verse con frecuencia era imposible. Cuando Joel visitaba la casa de Marcos y Estefanía, aprovechaban los momentos en que él salía de la habitación para besarse con desesperación. Sus lenguas se enredaban furiosas, sus manos se colaban bajo la ropa: él pellizcaba sus pezones hasta hacerla gemir bajito, ella deslizaba los dedos por su entrepierna, sintiendo cómo palpitaba contra la tela. Siempre se detenían justo cuando oían la puerta. El peligro los encendía más.

Hasta que llegó ese martes por la noche.

Estefanía y Marcos estaban en un servicio de la iglesia. Apenas quince minutos habían pasado y ya estaba harta. El sermón le resbalaba; su mente estaba en Joel, en su boca, en su miembro grueso llenándola. Sacó el celular disimuladamente, lo puso en silencio y escribió bajo el borde del banco, el corazón le latía muy fuerte.

—Ya no aguanto más. Estoy a una alabanza de irme jajaja.

—¿Dónde estás?— respondió de inmediato.

—En el servicio. Hoy tocó. Ojalá pudiéramos salir.

—¿Qué quieres hacer?

Estefanía se tomó un momento para contestar, cerciorándose de que nadie la viera.

—Quiero repetir lo del baño. Estuvo rico ¿no?

—Si, solo que con más tiempo… y espacio.

—Y el pastor esta hablando de “tentación”...

—Tengo la polla presionando el pantalón solo de imaginarte. Recuerda cómo te agarré las caderas y te llené hasta que te chorreaba por las piernas.

—Dios… sí. Sigo sintiendo ese calor dentro. Ahora mismo estoy apretando los muslos y mi clítoris palpita con cada latido. Quiero que me metas los dedos aquí, en medio de la iglesia, mientras todos cantan. Traigo el vestido que dijiste que te gusta.

—Si pudiera, te lo subiría despacio, apartaría las bragas y te metería dos dedos hasta el fondo. Los movería lento al principio, luego rápido, frotándote el punto que te hace temblar. ¿Te imaginas corriéndote en silencio con el coro de fondo?

—Me estoy mojando tanto que siento la humedad en el asiento. Mis pezones están duros contra el vestido. Quiero tu boca en ellos, chupándolos fuerte como la última vez.

—Y yo quiero metértela aquí mismo. Sacarla despacio, frotar la cabeza contra tu entrada empapada y empujar todo de una vez. Sentir cómo me aprietas….

—Ya, Joel, me estás matando. Tengo los dedos metidos bajo el vestido, y me estoy tocando de verdad.

—¿Puedes salir?

Estefanía sintió un vacío en el estómago por la emoción y la excitación del momento. Guardó el celular con las manos temblando y esperó unos minutos, luego se inclinó hacia la mujer de al lado y susurró: “Me está dando una migraña horrible, voy a tomar aire un momento”. Marcos ni siquiera volteó; estaba con los ojos cerrados, levantando las manos.

Salió por la puerta lateral y caminó rápido hacia el estacionamiento, que estaba oscuro, solo iluminado por farolas lejanas. El coche de Joel ya estaba allí, motor encendido, vidrios polarizados.

Subió al asiento trasero y se levantó el vestido hasta la cintura. No llevaba medias, solo una tanga de encaje rojo empapada. Joel la apartó con dedos temblorosos y rozó su sexo: estaba hinchado, caliente, resbaladizo de deseo. "Estás empapada", murmuró él, metiendo dos dedos de golpe. Ella jadeó, arqueando la espalda, y empezó a frotarse contra su mano mientras desabrochaba su pantalón. Su pene saltó libre, grueso y con la punta brillante. Estefanía lo agarró con fuerza, masturbándolo lento mientras lo besaba con hambre. Sus lenguas chocaban, saliva mezclándose, gemidos ahogados.

Estefanía se posicionó bien sobre él y descendió despacio. La cabeza de su miembro abrió sus labios vaginales, estirándola deliciosamente. Estefanía soltó un gemido largo cuando lo sintió entrar centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. Sus paredes internas se contrajeron alrededor de él, abrazándolo como un puño caliente y húmedo. Empezó a moverse: arriba y abajo, lento al principio, saboreando cada roce. Joel agarró sus caderas, hundiendo los dedos en su carne suave, guiándola más rápido. Sus pechos rebotaban bajo el vestido; él los sacó del escote y los devoró con la boca, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Estefanía aceleró el ritmo, montándolo con fuerza; el auto se mecía ligeramente. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando se mezclaba con los cánticos lejanos y los aplausos.

—Me voy a venir —gruñó Joel, sintiendo el orgasmo acercarse.

—No te detengas— jadeó ella, clavando las uñas en sus hombros.

Estefanía se corrió primero: su cuerpo se tensó, un grito ahogado escapó de su garganta mientras su vagina palpitaba alrededor de él en espasmos violentos, empapándolo más. Joel no resistió: empujó hacia arriba una, dos, tres veces, y eyaculó profundo dentro de ella, chorros calientes que la llenaron hasta desbordar. Se quedaron así, jadeando, pegados, sudorosos. Ella se inclinó y lo besó lento con ternura, todavía sintiendo la polla palpitar dentro de ella.

.

Estefanía se quitó la pantaleta empapada y la metió en el bolsillo de la camisa a Joel. Se abrazaron un momento aun con la respiración agitada y cuando dejaron de oír los cánticos a lo lejos, supieron que era momento de separarse.

—Hablamos más tarde ¿si? —le susurró mientras se acomodaba el cabello y el vestido. Joel asintió con una sonrisa y le abrió la puerta desde dentro. Un beso rápido y salió del auto.

Estefanía regresó al servicio con las piernas temblorosas y el vestido aún arrugado por debajo. Se sentó en su lugar, cruzó las piernas con fuerza para contener el semen que empezaba a escaparse y sonrió como si nada cuando Marcos le preguntó si se sentía mejor. Joel, en cambio, se quedó en el auto del estacionamiento trasero. No arrancó de inmediato.

Se recostó en el asiento del conductor y sacó las bragas empapadas. Las acercó a la nariz e inhaló profundo: olor a sexo, a ella, a su excitación salada y dulce. Cerró los ojos y la imagen de Liliana invadió su mente sin permiso.

Liliana desnuda en la cama del motel, piernas abiertas, coño brillante, pechos firmes rebotando mientras lo cabalgaba. El sabor de su piel, el apretón de su coño cuando se corrió alrededor de su polla, el beso final que ninguno quiso terminar. La excitación regresó como una ola caliente. Su polla se endureció de nuevo dentro del pantalón.

“¿Debería buscarla?”, se preguntó una y otra vez. La culpa por Estefanía estaba ahí, pero el deseo era más ruidoso. Recordaba cómo Liliana lo había besado al final, cómo ese beso había pasado de mecánico a hambriento en segundos. Cómo su cuerpo respondía a ella de una forma diferente, más salvaje, menos emocional. Vencido por la erección que le dolía, arrancó el auto y después de apagar el celular, condujo directo a la casa de los padres de Marcos y Liliana.

Liliana abrió vestida casi igual que aquella madrugada de universidad: pijama de algodón gris muy delgada, shorts cortísimos que dejaban ver la curva inferior de sus nalgas, camiseta sin mangas pegada a los pechos sin sostén. Los pezones se marcaban claramente. El cabello negro suelto, sonrisa pícara.

Joel metió la mano en el bolsillo y guardó las bragas de Estefanía con disimulo.

—¿Puedo pasar? —preguntó con voz ronca.

Liliana se recargó en el marco de la puerta, mordiéndose el labio inferior.

—¿Para qué?

—¿Qué pasó con el video? —contraatacó él.

Ella sonrió más amplio, los ojos brillando.

—El nuestro ya lo subí y el tuyo ya lo borré. ¿Ese fue el trato, no?— Se quedó mirándolo fijamente, recargada en la puerta, mordiéndose el labio otra vez. —¿Quieres hacer otro? —preguntó con voz baja y juguetona.

Joel soltó una risa nerviosa.

—No, Lily. No vine por eso.

Ella lo tomó de la camisa con ambas manos y lo jaló hacia adentro. Cerró la puerta de un empujón con el pie.

Se besaron al instante. Con furia. Con lujuria acumulada. Lenguas enredadas desde el primer segundo, dientes chocando, gemidos ahogados. Liliana lo arrastró por el pasillo hasta la sala, al mismo sofá donde años atrás lo había tentado. Lo empujó para que se sentara y se subió a horcajadas sobre él sin preámbulos.

Se besaron más profundo mientras ella le quitaba la camisa. Joel le subió la camiseta y liberó sus pechos: firmes, altos, pezones rosados ya duros. Los tomó con ambas manos, los amasó con fuerza, pellizcó los pezones hasta hacerla arquearse. Liliana bajó la mano y le abrió el pantalón, liberando su polla dura y venosa. La masturbó despacio, sintiendo cada pulso, mientras se besaban sin parar.

Ella se levantó un segundo, se quitó los shorts y las bragas en un movimiento fluido y volvió a montarlo. Colocó la cabeza de su polla en su entrada empapada y bajó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la abría. Joel gruñó contra su boca. Cuando estuvo completamente dentro, Liliana empezó a moverse: lento al principio, círculos con las caderas, subiendo y bajando con ritmo pausado pero profundo. Sus pechos rebotaban frente a la cara de Joel. Él los chupó, succionó los pezones con fuerza, mordió suavemente mientras ella giraba las caderas y lo apretaba con su coño caliente.

El ritmo subió poco a poco. Liliana aceleró, cabalgándolo con más fuerza, sus nalgas golpeando los muslos de él. Joel le agarró el culo con ambas manos, separando las nalgas para sentir cada movimiento. La penetraba desde abajo con embestidas profundas que la hacían gemir contra su cuello.

La giró sin sacarla. Ahora ella estaba de espaldas contra su pecho, sentada sobre él. Joel la folló desde abajo, una mano frotando su clítoris en círculos rápidos, la otra amasando un pecho. Liliana se corrió primero: contracciones violentas alrededor de su polla, jugos chorreando por sus muslos y el sofá. Joel sintió cómo lo ordeñaba y aceleró.

La puso a cuatro patas en el sofá. Entró desde atrás, agarrando sus caderas y follándola con embestidas largas y profundas. Cada salida casi sacaba la polla completa, cada entrada golpeaba su cervix. Sus nalgas rebotaban contra él. Liliana empujaba hacia atrás, pidiendo más. Él le frotó el clítoris mientras la penetraba sin piedad.

Se corrieron casi al mismo tiempo: Liliana temblando, gritando su nombre en voz baja, contrayéndose tan fuerte que lo exprimió. Joel se hundió hasta el fondo y eyaculó con fuerza, chorros calientes y espesos llenándola hasta rebosar, saliendo por los bordes mientras seguía bombeando despacio.

Quedaron jadeando, pegados, sudorosos.

Justo entonces tocaron la puerta. Fuerte. Insistente.

Liliana se tensó.

—Es Carlos —susurró—. Está molesto. Se supone que iba a llegar más tarde.

Joel sintió el pánico subirle por la espalda. Se levantó rápido, recogió su ropa y corrió hacia el pasillo.

—Mi habitación no —dijo Liliana—. Ve a la de mis papás. Al fondo.

Joel entró al cuarto de sus padres, cerró la puerta con cuidado y se escondió detrás del armario grande. Desde allí escuchó todo.

Liliana abrió la puerta principal. Carlos entró gritando algo sobre “dónde carajos estabas” y “por qué no contestas”. Liliana lo calmó con voz dulce, lo besó y lo llevó directo a la sala.

Minutos después empezaron.

El sofá crujió. Gemidos. Golpes de piel contra piel. Carlos gruñía, embestía con fuerza. Liliana gemía… pero Joel conocía sus gemidos verdaderos. Los había oído en el motel: profundos, roncos, con temblores reales. Estos eran fingidos: más altos, más teatrales, sin la misma vibración. “Ah… sí… así… más duro…” decía ella, pero su voz era plana, controlada. No había contracciones reales en su tono. No había entrega. Era actuación pura.

Joel se quedó allí, pegado a la pared, escuchando cómo Liliana fingía placer con su novio mientras su coño aún goteaba el semen de él.

Aprovechó el momento. Se movió con sigilo por el pasillo, evitando las tablas que crujían, pasó de puntillas por la sala (sin mirar hacia el sofá donde el novio follaba a Liliana con fuerza) y salió por la puerta trasera que daba a la cochera. La abrió con cuidado milimétrico, la cerró sin sonido y caminó rápido hacia la reja lateral de la casa.

Justo cuando ponía la mano en el picaporte de la reja para salir a la calle, oyó pasos en la banqueta.

Se volteó.

A menos de un metro de distancia estaban Marcos y Estefanía.