MENSAJE POR ERROR. Dime que pare
El silencio de la habitación se rompió con un error que no debería haber ocurrido. Ahora, la línea entre la vergüenza y el placer es tan delgada que Marta ya no sabe dónde termina su dignidad y comienza su nuevo deseo.
Dime que pare
Cristian tenía una empalmada de campeonato y, al estar haciendo la cucharita por detrás, su polla se había terminado encajando entre los glúteos de ella. Para empeorarlo más, el salto de cama estaba desplazado ligeramente hacia arriba, casi hasta la cintura, por lo que su calzoncillo era la única prenda que los separaba.
El bulto se acababa de convertir en el elefante de la habitación y, el silencio, era cada vez más embarazoso. Hasta Cristian terminó inquietándose.
—Ha sido un acto reflejo, no te rayes —se excusó él.
—No me rayo, solo que… no me lo esperaba.
Nuevo silencio incómodo que Marta volvió a romper al cabo de un rato.
—Cristian, creo que… la estoy notando mucho.
—¿Y qué quieres? Es que tus flipadas me han puesto muy palote.
—Ya, pero deja de apretarte contra mí, me estás empezando a poner nerviosa.
—Nerviosa, dice, y estás más cachonda que yo.
—¿Qué dices, so bobo? Yo no estoy cachonda.
—Venga, que tienes los pezones duros como piedras.
—Eso no es verdad. No inventes.
—No invento. Los estoy notando en el antebrazo, el que te apretujas como si fuera un osito de peluche entre las tetas. Por no hablar de tu cuerpo, que parece la caldera de una locomotora. —Levantó la cabeza—. Tía, estás más caliente que un clavo ardiendo.
Marta separó el brazo de su cuerpo de un tirón como si quemara y se ahuecó la prenda en esa zona, azorada. Cristian apoyó el codo en la almohada.
—Vamos a dejarnos de rodeos —dijo él—. Llevas mogollón de tiempo sola, hoy te he jodido la superpaja que tenías pensado hacerte y, para colmo, estás más salida que cuando has dejado a Héctor. Déjame que te lo compense.
Marta comenzó a girar hacia él a la vez que fruncía el ceño, sospechando mal de sus ideas.
—Te la hago yo —concluyó él.
—¿¡Qué!? Perdona ¿Qué? Ni de coña, vamos.
—En serio, te la debo, tú me hiciste una a mí y ahora estoy en deuda. Paja por paja.
—Que no, que no, chaval, que tú alucinas.
—A ver, tú cierras los ojos, te montas tu película con el fulano de la disco y yo me limito a tocarte solo con dos dedos.
—¿Tú a mí? —boqueó—. Que me vas a tocar ¿¿¡tú!??
Pero él estaba pletórico. Había tenido la mejor de las ideas y le entusiasmaba realizarla.
—Dos dedos, por fuera de tu coño, en la parte de arriba. Sin mariconadas, como dice Torrente. Te pajeo, te corres y a dormir. —Levantó una mano solemne—. Y te juro por mi vida que si me dices que pare, paro.
Expectación, sorpresa mayúscula y mirada atónita. Pero, por su sonrisa de loco, se dio cuenta de que lo estaba diciendo en serio.
—Uy, nene, tú… no estás bien de la cabez…
No pudo acabar la frase. Los pulmones se vaciaron de golpe en un aullido de sorpresa cuando notó la mano de Cristian colarse, abruptamente, entre sus piernas, deslizando las yemas por su vello púbico hasta colocar la palma (en toda su extensión) sobre su coño desnudo.
El acto reflejo, aunque tarde, fue instantáneo. Sus piernas se cerraron como tenazas, atrapando la mano entre ellas e impidiendo aumentar la intromisión (que ya era plena). A su vez, tiró de su muñeca con ambas manos para sacar su garra de su zona íntima.
—¡¡¡CRISTIAN, JODEEER!!!
—Relaja, mujer —protestaba—. Déjate hacer, que yo controlo un huevo de esto.
Ella tiraba sin cesar, pero la palma de él estaba bien anclada en su coño. Comenzó, entonces, a darle manotazos con una de sus extremidades.
—SÁCALA, SÁCALA, SÁCALAAAAA.
La respuesta de Cristian fue inmediata.
Los dedos de su mano libre, se clavaron sobre su vientre y costados, alternativamente (otra vez), produciendo un nuevo ataque de cosquillas. De repente el cuerpo de Marta empezó a convulsionar presa de la risa incontenible, utilizando sus manos solo para defenderse de la de Cristian.
—Nooo… JAJAJA… La mano… Cristian…. JAJAJA… JODEEER…
—¿Prefieres esto? ¿Eh, prefieres así?
—La mano… JAJAJA… Joder… Saca esa mano…
—¿Cómo? ¿Qué has dicho? No te oigo.
La mantuvo en esa tortura un buen rato. Ella brincaba con fuerza intentando apartar de su cuerpo la mano cosquillera a la vez que mantenía prietos los muslos en un vano intento por impedir algo que Cristian ya había conseguido.
Llegar a su botón mágico.
Porque, en todo este tiempo, su dedo corazón no había dejado de moverse a través de sus pliegues, introduciéndose, poco a poco, hasta alcanzar esa parte del cuerpo que ya llevaba rato inflamada como una cereza y completamente lubricada,
Marta ya no solo sufría cosquillas en su vientre y costados. La estimulación provocaba que, de entre sus piernas, llegaran oleadas de escalofríos que recorrían la columna hasta la base de la nuca, llegando a provocar que sus ojos se pusieran en blanco más de una vez.
Paulatinamente, las risas empezaron a intercalar quejidos (y no de dolor, precisamente).
—Nooo… JAJAJA… Nooo… CRISTIAN… Ougmmm… Jod-der… mmmmm.
—¿Lo ves? —decía aumentando el ritmo—. Si estás que te haces agua.
El hormigueo era tan intenso que, lentamente, ella iba dejando de resistirse a sus cosquillas. De hecho, Cristian había terminado por abandonarlas para ocuparse de otra cosa.
Tumbado junto a ella, había deslizado la mano bajo su cintura hasta atrapar sus glúteos desnudos, que amasó con suavidad. Marta apenas lo percibió, concentrada como estaba en la otra mano que trabajaba en su sexo y disparaba descargas por todo el cuerpo.
—Cristian… CRISTIAN… —protestaba con los ojos en blanco, tirando de su muñeca— Me estás… me estás… joderhhhh —se quedaba sin aire— HUMMMMMMM… Cab-brónnn…
Tiraba con ambas manos, pero, cada vez, le quedaba menos fuerza. Los dedos de él siguieron su camino por la hendidura de sus nalgas en dirección al segundo de sus objetivos:
El ano.
El sudor de la piel facilitaba la progresión, haciendo que, no sin poco esfuerzo, consiguiera rozar, con la yema, su orificio. Marta lo notó al instante, contrayéndolo por acto reflejo y abriendo los ojos de par en par en un brote de pánico, constatando con horror que ahora tenía dos frentes de los que defenderse. Si seguía doblando la cintura para entorpecer la caricia en su sexo, ofrecía su culo a Cristian; si apretaba los glúteos y se estiraba para detener la intrusión, exponía la entrepierna, a merced de la paja.
El resultado era que no dejaba de doblarse por la cintura y arquear la espalda sin cesar, protegiendo y desprotegiendo una y otra zona, a medida que sus dedos oprimían uno u otro lado.
—No… no… NOOOUMMMM…
El vaivén era un suplicio y un deleite a la vez, con su cuerpo convulsionando con cada roce, presa de descargas que se multiplicaban desde ambos frentes y que ya no lograba contener.
—Cristian… Cristian… Hmmm… Déjamehh. —Se mordía los labios con fuerza, intentando contener la tormenta de sensaciones—. Por favor… uffffffmmm…
—Relájate —decía en voz baja—, solo intenta relajarte.
Las protestas se iban apagando, ahogadas por gemidos cada vez más largos. La resistencia se había reducido a agarrar la muñeca que lo pajeaba, pero no tirando de ella, sino, sujetándola.
—Ca-brón… ca-brón… —gemía al compás de su mano con los ojos cerrados y la cara contraída en un gesto de sufrimiento placentero.
Incluso sus piernas fueron perdiendo presión llegando, al cabo de unos minutos, a quedar inertes a cada lado como una rana y facilitando, ahora sí, la masturbación con total libertad de movimiento.
—¿Lo ves, pava? ¿Ves cómo te gusta? Si yo sé de esto. Haciendo pajas soy la hostia.
Ella semiabrió los ojos y lo miró con el ceño empapado de sudor y la respiración a bocanadas. El dedo de su culo la follaba lentamente mientras su ano se contraía y expandía al ritmo del mete-saca.
—Esto no está bien —protestaba en un susurró ahogado—. No está… biennnnn.
—Sí lo está, es solo una paja, una puta paja. Venga, cierra los ojos y piensa en el Héctor ese. Imagina que te lo está haciendo él.
Ella se resistía en una lucha perdida de antemano, recibiendo el placer que la desarmaba. Cerró los ojos y movió la cabeza, negando.
—Diosss… —se lamentaba—. Soy una puta.
—NO —cortó él, tajante—. Eres carne y fuego, y tienes necesidades, como toda mujer. Mi padre te debe esto y no está aquí para darte lo que es tuyo. Tú no tienes la culpa. —Hizo una pausa y puso la voz más grave—. Y solo es una paja.
Y así acabó por rendirse, dejando de luchar contra lo inevitable. Su cuerpo entero se abandonó, entregada a las dos manos que la poseían a la vez, dueñas absolutas de cada espasmo, de cada estremecimiento, de cada gemido que escapaba de su garganta.
—Solo una paja —quiso engañarse, apenas sin voz, consciente de su derrota.
—Sí, una paja terapéutica. Una terapaja. —Se rió de su propia gracia.
Ella se llevó las manos a la cara para tapar su vergüenza y, de paso, ahogar los gemidos. Un poco después, entrelazó los dedos entre los cabellos y los arrastró hacia atrás mientras arqueaba la espalda y abría las piernas un poco más. Tenía los ojos a medio abrir y la boca desencajada.
Su cadera no dejaba de moverse adelante y atrás, al mismo ritmo que las manos de Cristian y, sus piernas, se habían separado otro poquito más.
—Ooooh, ooooh, mmmm.
Cristian sonreía, la tenía a su merced. Dueño de su coño y de su culo que ultrajaba con total impunidad y, esta vez, con pleno sometimiento de ella.
—Ese Héctor… ¿te daba placer así?
Ella asentía con ojos cerrados y con la misma respiración profunda y húmeda.
—Sí, claro que sí. Y seguro que tú se la cogías con tu mano, sintiéndola gorda y dura entre tus dedos.
Nuevo asentimiento de cabeza y nuevo acceso de placer que, de nuevo, volvía a obligarla a arquear la espalda.
—Te hubiera encantado vérsela. ¿A que sí? Una polla gorda y dura, completamente empalmada solo para ti.
Su respuesta llegó en modo de gemido y de un leve mordisco a su labio inferior.
Con delicadeza, sacó la mano de su trasero y, con un movimiento ágil, se bajó el calzoncillo. Después, tomó su mano y se la puso en la polla. Marta abrió los ojos de golpe poniendo cara de susto. Sus dedos se cerraron en un puño.
—Cálmate —tranquilizó él— es solo para ayudarte con tu fantasía.
Pero que él tuviera la polla completamente erecta fuera de su bóxer, no le calmaba en absoluto.
—No pasa nada. Ya la cogiste una vez. Solo tócala —instó—, como si fuera la suya.
Dudó, pero terminó dejando que sus dedos circundaran todo su perímetro. Después, la miró con deseo antes de subir y bajar por su tronco una vez.
—Sí, joder, así te gustaría tener a ese chulo hijo de puta. Con su polla en tu mano. ¿A qué sí?
—Ssssssssí —exhaló volviendo a apoyar la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos—, ese chulo hijo de puta… en mi mano.
—Porque te gustan chulos —siseó en su oído—, chulos y canallas. Hijos de puta que te abusen en el baño de un local —le calentaba—. Y que se peguen por tí, los muy cerdos folladores.
A sus labios asomaba una sonrisa boba entre suspiro y suspiro, fantaseando, deseando.
—Chulos… Me follan.
No era consciente de que su mano estaba subiendo y bajando por el tronco de Cristian cada vez con más rapidez. En cada pasada, sus dedos acariciaban su glande babeante donde se impregnaban antes de volver a bajar hasta sus testículos.
El adolescente hacía esfuerzos sobrehumanos para no correrse, lamentando no habérsela meneado antes de entrar. La paja mutua que ambos se estaban dando era espectacular y no quería arruinarla antes de tiempo.
Marta se contoneaba como una gata, sin dejar de arquear su cuerpo y de espirar bocanadas producto del enorme placer. La admiró de arriba abajo y se sopló el flequillo bendiciendo su suerte. Nunca había estado con una hembra como ella.
Su cadera se movía al compás de sus dedos expertos que provocaban que no fuera dueña de sí misma. Sus piernas, ya completamente abiertas, la dejaban totalmente expuesta a él por lo que aprovechó para ver, con detalle, su tesoro más preciado. Tomó el salto de cama y lo levantó con cuidado, destapando su oscuro y húmedo coño.
Se mordió el labio, deseándola.
La prenda siguió ascendiendo y el ombligo fue lo siguiente en aparecer, junto a unos abdominales propios de un cuerpo cuidado. Inmediatamente después, apareció el segundo de los tesoros de aquella hembra.
Sus tetas.
Eran más grandes y hermosas de lo que había imaginado. Sus pezones, oscuros y erectos, apuntaban al techo atrayéndolo como la luz a las polillas. No pudo evitar exhalar un suspiro de admiración.
Lo siguiente fue atrapar una de ellas, llenando su mano. El pezón, duro como una piedra, se colaba entre sus dedos.
La reacción de ella fue instantánea. Salió de su sopor, apartando la mano y volviendo a cubrirlas con la prenda, de nuevo.
—No, eso no, las tetas son de Mario —explicó alterada—. Solo de él.
No replicó y aceptó, resignado, que se las vetara, ahogando una mueca de fastidio.
—Ey, está bien, solo era para ayudarte —tranquilizó—. Venga, vuelve a cerrar los ojos y relájate. Héctor te estaba follando muy bien. Porque es lo que él hace, ¿no? Follarte… ese chulo cabrón.
Volvió a imprimir más velocidad a su clítoris utilizando las yemas de dos dedos y, provocando con ello, un acceso adicional de placer. Marta se mordió el labio, conteniendo un gemido a la vez que echaba la cabeza hacia atrás.
—Sí, eso es, esos chulos te follan y tú le coges la polla a Héctor —dijo mientras arrastraba de la muñeca su mano hasta volver a depositarla sobre su pene erecto.
—Su polla… —repitió como un autómata, retomando la masturbación— en mi mano…
—Sí, en tu mano, mientras te follan, y lo hacen fuerte y duro, como te gusta, no como mi padre.
Tardó en reaccionar, quizás porque le aletargó la duda, pero tras unos segundos volvió a semiabrir los ojos.
—Mmmno… él… me folla bien.
—No, no lo hace. Es un mediocre.
—No lo es. —Cerró los ojos con fuerza y movió la cabeza a los lados, intentando deshacer esa imagen—. No lo es.
—Sí, lo es, un pusilánime, por eso prefieres a Héctor para tus fantasías. —Había vuelto a meter la mano por debajo y a jugar con su ano.
—Mnnnno… Hmmm… Él… Él… Oooooh… es muy bueno.
—Es un mal amante.
—Mnnnno.
—Y un pichacorta que te deja insatisfecha.
Aumentó la velocidad de la paja y el magreo a su culo con descaro.
—No… él… mmmm… Oooh, ooooooh… —El placer era extremo—. Él… Mmmmm… Tu padre es un buen hombre.
—Pero un mal follador. Dilo.
—No…. Mmmmmmm… Aaaaaahhhh.
—Dilo.
—Dioss, Dioooooos, me voy a correr. ME VOY A CORRER.
Cristian sonrió. Era el momento exacto. El punto ideal en la cima de la cumbre más alta.
Con habilidad se colocó sobre ella, acomodándose entre sus piernas. Puso la polla en la entrada de su coño y… empujó. Lo hizo despacio, aprovechando la enorme lubricación para entrar con facilidad. Marta reaccionó al instante, al igual que cuando magreó sus tetas.
—¿QUÉ HACES? —gritó—. NO, eso no. NOOO —Empujó sus caderas, pero él la retiró tomándola de sus muñecas.
—Sssssssh, no pasa nada, tranquila, solo es una paja. —dijo mientras continuaba introduciéndose, inexorable.
—¡Cristian!... ¡CRISTIAN! —protestaba—. Eso… no es una paja… Oummmm.
Continuó su avance con leves movimientos pélvicos que le introducían más y más. Su mano volvió a introducirse bajo su cuerpo hasta alcanzar de nuevo su ano. Ella echó la cabeza hacia atrás al notarlo entrar de nuevo.
—No es una paja —se decía con voz queda— No es una paja… ¡joderrrmmm!
Pero él no la oía y su cuerpo seguía descendiendo sobre el de ella.
—Me estás follando —se quejaba—. Cristian… ¡CRISTIAN!
—Tú y yo ya hemos sido infieles, mami. Lo único que falta… es el cuerpo.
Volvió a colocar las palmas sobre sus caderas y a empujarlo…
Pero sin fuerza.
—No soy tu madre… Ouffffffmmm… Diosssss… salte de mí…. ooooh.
El placer de aquella polla penetrándola le anulaba tanto como lo hacía el dedo en su culo. El miembro se abría camino centímetro a centímetro hasta que tocó fondo. Lo hizo con un golpe de cadera que ella recibió con un gemido.
—Ooooouuuummmh.
El movimiento se repitió, saliendo y volviendo a entrar con una nueva sacudida de cintura. A ésta le sucedió otra, y otra, y otra…
La resistencia de Marta había desaparecido por completo. Tenía las piernas abiertas y los talones sobre los gemelos de él. Las manos, todavía, en sus caderas, ahora tiraban hacia sí, clavando las uñas en su piel. La boca, abierta solo para gemir.
—Dime que pare —instó el muchacho
Pero ella no le oyó.
—Vamos, dime que deje de follarte —insistió con más energía.
Marta no dijo nada. Apartó la cara y se mordió los labios, manteniendo su silencio mientras él continuaba entrando y saliendo en ella. Él disminuyó el ritmo hasta dejarlo en un suave y monótono movimiento pélvico.
Y entonces sus miradas se cruzaron. Los ojos de él, retadores; los de ella, de súplica.
—Sigue —respondió ella en un susurro.
Y Cristian sonrió triunfal.
Sin dudarlo un momento volvió a elevar el ritmo hasta recuperar la cadencia de antes.
—Sí, joder, lo deseas tanto como yo, que follemos, que nos corramos juntos,
—Ummmm… uoooooh… —le cogió de la cabeza—. No te corras dentro —instó—. Por favor, ¡No puedes dejarme tu semen dentro!
—No te preocupes —sonrió—, no me voy a correr. Todavía no he conseguido superar mi problema de eyaculación—mintió para tranquilizarla.
Cristian aumentó paulatinamente el metesaca hasta convertirla en una cadencia demoledora haciendo que sus pelotas rebotaban contra el ano de Marta. Sus tetas se bamboleaban bajo la prenda de dormir en un movimiento hipnotizador.
Con sigilo, tomó los tirantes del camisón y los bajó con suavidad hasta que la prenda quedó recogida en la cintura. Se relamió cuando vio las tetas libres rebotando en un recorrido circular.
—¡NO! —protestó—. Son de Mario, son de él.
Por toda respuesta, las agarró a dos manos, llenándose de ellas y llevándoselas a la boca. Succionó su pezón duro, lamiéndolo una y otra vez. Su lengua caliente daba húmedas pasadas que le hacían ver las estrellas.
El placer hizo que echara la cabeza hacia atrás y cerrara los ojos con fuerza.
—Ooooh… Diossss… Nene, nene… Mmmmmm… mis tetas… Mario…
—Él no está aquí para reclamar lo que es suyo.
La réplica quedó ahogada cuando él se lanzó a sus labios. La llenó con un beso que le empapó la boca. Ella lo recibió sin protestar. Al principio, sumisa; después, devoradora, en una guerra de lenguas donde nadie quería perder.
El suave meneo pélvico se convirtió, con el paso de los besos, en un salvaje mete saca como quien golpea con enfado un cajón que no cierra. Las manos que antes intentaban empujar a su hijastro fuera de ella, ahora se encontraban acariciando su trasero, indicándole el ritmo deseado de cada envite.
—¿Te gusta mi polla? Dime ¿Te gusta?
—Sí, SÍÍÍÍÍ.
—¿Y te gusta cómo te follo?
—Sí, ooooh, ooooh, sigue, sigue.
Volvió a llevarse un pezón a la boca y Marta gimió como una gata.
—Oh, Diossss, Mario…
—Deja a ese puto cornudo en paz. Estamos tú y yo y esto es lo que estás deseando.
Al decirlo, abrió sus piernas aún más, clavando las rodillas para tomar posición. Hecho esto, aumentó la rapidez de sus embestidas y la longitud de las pasadas desde la punta de su glande hasta incrustarla hasta el fondo.
—¿Te gusta más mi polla o la del cornudo de mi padre?
—La tuya, la tuya, ooooh, ooooh.
—¿Por qué, eh, por qué te gusta?
—Porque… porque… La tuya es más grande —dijo extasiada—. Es más grande que la de ese cornudo.
—Dilo más fuerte, vamos, grítalo.
—TU PADRE ES UN CORNUDO CABRÓN. CORNUDO CABRÓÓÓÓN.
—Sí, joder, es un cornudo pichacorta que no te sabe follar.
—Sí, ooooh, sííí, cornudo pichacorta.
—¿Y de quién es este coño?
—Tuyo, es tuyo. Ooooh, mmmm, sigueee.
Entonces cogió las tetas con ambas manos y las manoseó antes de llenarlas de babas.
—¿De quién son estas tetas? Dime, mamá, ¿de quién son?
Marta respiraba a bocanadas sin parar de gemir y gritar. Abrió los ojos ligeramente y le vio por primera vez.
—Tuyas, mis tetas son tuyas.
—Como tu coño y tu culo, que te lo voy a follar a cuatro patas.
—Sí, fóllame, fóllame, mmmmm —gemía fuera de sí—. Fóllate a tu mami. Fóllate a mamá. FÓLLAMEEEEE.
Los gemidos de ambos llenaban la habitación y estos ya se habían convertido en gritos boca contra boca, a coro con el golpeteo. Cristian se incorporó y gritó a pleno pulmón hacia la pared del cabecero.
—¿Te gusta así? eh, ¿TE GUSTA ASÍ? ZORRAAAAAAA.
Herminia se lo tenía que estar pasando de lo lindo. El molde que le regaló estaría entrando y saliendo al mismo ritmo que el original en el coño de su madrastra, acompasado con los golpes que daba la cama.
Cristian volvió a besarla y pegó su frente con la de ella. Tenía la cara contraída en ese punto en el que se está a punto de alcanzar el orgasmo. Apretó los labios y lanzó un gemido.
—Dios… Me voy a correr.
—Oooooh, oooooh, yo también, oooooh.
—Te voy a llenar de semen.
Por un momento pareció que el tiempo se paró y Cristian entrelazó los dedos de ella con los suyos, sujetando las manos a cada lado. Ella lo miraba con horror y desconcierto.
—No… ooooh, ooooh… tu semen, no… aaaah, aaaah… no te corras dentro… no puedes.
—Quiero preñarte. ¿Me oyes? —decía aumentando el ritmo al nivel de un martillo percutor—. Te voy a preñar.
Justo en ese momento llegó el clímax de uno de los mejores orgasmos que hubiera tenido Marta. Y abandonó su cuerpo a su amante.
—Sí, síííí, quiero tu semen —gritó ella por fin—. Dame su semeeeen, aaaaah, dámelooo.
—Quiero preñarte —decía en medio del orgasmo—. Joder, quiero dejarte embarazada de mí.
—Préñame, preña a tu mami. PREÑAMEEEE.
Cristian bramaba como un búfalo mientras la llenaba de semen y ella, simplemente tenía anulada su fuerza de voluntad para parar aquel placer tan grande.
Tras ellos, bajo el quicio de la puerta, una figura observaba en la penumbra la escena con los ojos de hielo y el corazón roto. La polla de su hijo arremetía como un martillo pilón en el coño de su amada a la vez que sus pelotas golpeaban contra su ano mientras se vaciaban dentro de ella.
Con sigilo, tal y como había llegado, desanduvo el camino sobre la mullida alfombra hasta llegar a la puerta principal. Una vez allí, cogió la maleta que había dejado al entrar y salió al pasillo.
Nadie oyó el ruido del pestillo al cerrase.
.
.
Fin capítulo XXII
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