Xtories

El nombre que lo llenaba todo III

La culpa la atraviesa como un cuchillo, pero el ardor en su vientre es más fuerte que la conciencia. Mientras Saúl duerme y Sonia descansa, Pau se encuentra sola con Ernesto en la oscuridad del mar, donde la discreción se rompe y el deseo prohibido toma el control.

JARossi016.3K vistas9.6· 27 votos

III

Después del baño, me arreglé con calma. Elegí ropa fresca y ligera, algo cómodo para la noche cálida. Cuando terminé de acomodarme el cabello y me miré por última vez en el espejo, respiré hondo y salí de la habitación.

Bajé las escaleras y me dirigí hacia donde había escuchado las voces. Ya no estaban en la mesa del patio; se habían cambiado al área de la piscina. Las luces suaves iluminaban el agua, y la brisa nocturna hacía el ambiente agradable.

Sonia ya estaba allí, arreglada de una manera impresionante para la velada. Llevaba un atuendo elegante pero relajado que parecía hecho para la noche junto a la piscina. Saúl y Ernesto seguían conversando mientras tenían los vasos en la mano.

Me uní al grupo.

— ¿Qué quieres tomar? —Preguntó Ernesto con buen ánimo—. Hay tequila, cerveza… o vino blanco.

—Vino está bien —respondí.

Me sirvieron una copa y comencé a beber con moderación. No quería perder el control, pero aun así el vino me fue subiendo poco a poco. Sentía una ligera sensación de mareo agradable, aunque no estaba segura si era solo el alcohol o la mezcla con el viaje, el cansancio y todo lo que había ocurrido durante la tarde.

La conversación fluyó con naturalidad.

Saúl contaba anécdotas divertidas de viajes y experiencias pasadas, haciendo reír a todos. Sonia también aportaba historias de vez en cuando, mientras Ernesto participaba más calmado, escuchando y comentando de vez en cuando.

Sin embargo, no podía evitar sentirme algo nerviosa.

Había momentos en que notaba la mirada de Ernesto fija en mí, intensa, como si estuviera tratando de leer algo más profundo. Aquello me inquietaba un poco, como si él pudiera ver más de lo que yo quería mostrar.

Empecé a excitarme de nuevo. Dios, ¿qué me pasa? Yo no soy así.

Sentí ese ardor torturante pero a la vez delicioso en mi parte baja, un calor que subía desde el vientre como una llama lenta que no se podía apagar. Era un pulso insistente, húmedo, que me apretaba los muslos sin que pudiera evitarlo. Y entonces vino él: Ernesto. Lo imaginé sin querer, su cuerpo fuerte y oscuro, esa presencia que llenaba todo el espacio, esos ojos que me miraban como si ya supieran lo que yo intentaba esconder. Me imaginé cómo sería sentir a ese semental dentro de mí, el grosor estirándome despacio, profundo, llenándome hasta el fondo mientras sus manos grandes me sujetaban por las caderas. La idea me golpeó con fuerza, y mi respiración se entrecortó.

Pero al mismo tiempo me cuestionaba, horrorizada conmigo misma. ¿Cómo podía tener pensamientos tan sucios? ¿Cómo podía desear a un hombre que apenas conocía, después de todo lo que había pasado? Saúl estaba aquí al lado mío, confiando, y yo aquí, imaginando a otro dentro de mi cuerpo. La culpa me atravesó como un cuchillo, pero el ardor no se iba. Al contrario, se hacía más fuerte, más urgente, como si mi cuerpo se negara a escuchar a mi mente.

Con el paso del tiempo, el primero en rendirse fue Saúl. El tequila finalmente le pasó factura y comenzó a cabecear.

—Bueno amigo creo que ya es hora de dormir —dijo Ernesto con una pequeña sonrisa.

Lo ayudó a levantarse y se encargó de llevarlo a la habitación. Poco después, Ernesto también desapareció por el interior de la casa y eso me hizo sentir decepcionada.

Quedé sola con Sonia junto a la piscina y eso me lleno de terror.

Pero agradezco que pesar de todo, la conversación entre nosotras siguió siendo bastante normal. Sin tocar lo que paso hace pocas horas. Hablamos de cosas ligeras, del viaje, del clima, de planes para el día siguiente. El vino seguía dándome una sensación suave de embriaguez pero igual no podía quitarme esta excitación.

Cuando ya pasaban un poco de las doce de la madrugada, Sonia se levantó estirándose.

—Creo que voy a dormir —dijo—. Quiero levantarme bien para lo que tenemos planeado mañana.

Asentí.

Antes de irse, Sonia se acercó y, casi con naturalidad, me dio otro beso en la boca, algo que ya parecía haberse vuelto una pequeña costumbre entre nosotras.

Luego se despidió y entró a la casa.

Me quedé sola junto a la piscina, con el sonido del agua moviéndose suavemente y la brisa nocturna.

Me sentía sintiendo excitada y algo ebria.

No sabía exactamente si era solo el vino o la mezcla con el día tan intenso que había vivido.

Después de unos minutos me levanté. Sentí la necesidad de caminar un poco para despejar la mente ver si lograba que se me enfriara el cuerpo.

Salí hacia el frente de la casa y caminé lentamente hacia la playa. La arena estaba fresca bajo mis pies y el sonido del mar resultaba tranquilizador.

Mientras caminaba, mis pensamientos volvieron otra vez a todo lo que había pasado ese día.

Iba tan concentrada en eso que de repente sentí una mano tocarme el hombro.

El susto fue inmediato.

Me giré rápidamente, con el corazón acelerado…

Y vi a Ernesto.

—Tranquila —dijo él levantando las manos con una pequeña sonrisa—. Solo salí a caminar un rato también… para que se me pase la borrachera.

Respiré hondo después del susto y llevé una mano al pecho.

— ¡Me asustaste! —dije con una pequeña risa nerviosa.

Ernesto levantó las manos en señal de disculpa.

—Perdón… no era mi intención…Pero ¿no te parece algo peligroso caminar sola a estas horas? Yo todavía estaba algo alterada por el susto, pero le respondí:

— ¿Tú crees? Solo salí porque también estaba algo mareada y quise despejarme.

Caminamos unos pasos más por la arena mientras el sonido constante de las olas llenaba el silencio entre nosotros. La brisa del mar soplaba suave, trayendo ese olor salado tan característico de la noche en la playa.

—Esta brisa marina es relajante —dije finalmente—. Tiene algo… no sé, como que despeja la cabeza.

Ernesto asintió mirando hacia el horizonte oscuro.

—Sí… es curioso —respondió—. El mar de noche tiene algo casi hipnótico. El sonido, el aire… todo se siente más tranquilo.

Caminamos un poco más despacio, dejando que el agua rozara nuestros pies de vez en cuando.

—Y a esta hora es todavía mejor —añadió Ernesto—. No hay gente, no hay ruido… solo el mar.

Miré alrededor. La playa estaba prácticamente vacía y la luna iluminaba débilmente la superficie del agua. Por un momento sentí que todo era realmente hermoso y calmado.

—Es verdad —dije—. Se puede apreciar todo de otra manera.

Ernesto señaló un poco más adelante, hacia un punto donde se distinguía un puerto con varios yates.

— ¿Ves ese yate blanco y rojo? —preguntó.

Entrecerré los ojos para distinguirlo.

—Sí… creo que sí.

—Es de los tíos de Sonia —explicó Ernesto—. Lo dejan ahí cuando vienen a pescar.

Me quedé observándolo un momento y luego volví a mirarlo con una sonrisa ligera.

—Si quieres podemos acercarnos a curiosear. No está lejos.

Dudé apenas un segundo. La noche, el vino, esta excitación y la tranquilidad del momento me daban una sensación extraña de desinhibida.

—Bueno… vamos a verlo —respondí finalmente.

Y ambos comenzamos a caminar hacia la silueta del yate, mientras las olas seguían rompiendo suavemente a nuestras espaldas.

Cuando llegamos al pequeño puerto, las tablas estaban un poco frías y el sonido del mar parecía todavía más cercano. No era un yate enorme, pero sí una embarcación amplia, perfecta para paseos por la costa.

Ernesto se sentó primero en el borde de madera y yo hice lo mismo a su lado. Durante unos momentos ninguno dijo nada. Simplemente mirábamos hacia el cielo.

La luna iluminaba suavemente el mar y las estrellas se veían claras, algo que no siempre ocurría cuando había demasiadas luces alrededor. A lo lejos se distinguían algunas pequeñas luces de barcos que navegaban mar adentro.

Dejé escapar un suspiro.

—Es bonito aquí —dije en voz baja.

—Sí… bastante —respondió Ernesto.

El silencio volvió por un instante, pero esta vez era cómodo.

Giré un poco la cabeza hacia él.

—Oye… ¿y tú cómo conociste a Sonia? —pregunté con curiosidad.

Ernesto soltó una pequeña risa.

—Esa historia… es interesante.

Levanté ligeramente las cejas.

— ¿Ah, sí?

Ernesto apoyó los codos sobre las rodillas mirando al mar antes de empezar a hablar.

—Fue en una fiesta hace unos meses en una tasca cerca de aquí —comenzó—. Yo estaba con unos amigos y ella llegó con un grupo diferente. Desde que entró al lugar se notaba que tenía una energía especial… de esas personas que llenan el espacio sin esfuerzo.

Escuché con atención.

—Terminamos coincidiendo en la misma mesa —continuó Ernesto—. Empezamos a hablar y, bueno… Sonia tiene esa manera de conversar que te atrapa. Te hace sentir como si fueras la única persona en la habitación.

Sentí una pequeña sonrisa formarse en mi rostro.

—Sí… si hoy me di cuenta que eso es muy de ella —murmuré.

Ernesto asintió con una sonrisa que me pareció muy tentadora.

—La conversación se volvió cada vez más intensa, más interesante… y al final terminamos caminando por la playa, muy parecido a esto.

Ernesto se quedó unos segundos mirando el mar antes de terminar su historia.

—Bueno… esa noche terminamos haciendo el amor en la arena —dijo con una media sonrisa—. Y desde ese día nuestra relación quedó así… cada uno vive su vida, hace lo que quiere, pero seguimos siendo muy cercanos. Es una relación abierta.

Escuché sus palabras en silencio. No esperaba una respuesta tan directa.

Un calor familiar me recorría desde antes, un fuego que ya estaba encendido y que no podía apagar. Ahora, cada palabra de él lo hacía crecer, bajando lentamente desde el estómago hasta la parte baja de mi vientre. Intenté centrarme, pero era imposible.

Respiré hondo y miré hacia el mar, intentando despejar la mente. El sonido de las olas rompiendo contra el yate no me calmaba; al contrario, parecía subrayar lo que ya sentía.

Ese hombre… No sabía qué tenía, pero había algo en él que me descolocaba por completo. La brisa fría del agua, la oscuridad tranquila del mar… nada servía para recuperar la cordura.

Tenía que luchar contra aquel deseo que ya estaba ardiendo dentro de mí, porque en el fondo sabía que aquello no podía terminar bien.

Lo miraba y me parecía peligrosamente provocativo. Era como un dulce que sabes que te hará daño si lo pruebas, pero que aun así terminas saboreando, aunque después te arrepientas.

—Creo que… deberíamos regresar —dije finalmente, intentando sonar tranquila.

Ernesto me miró un instante y asintió.

—Sí, puede ser buena idea.

Apoyé las manos en el piso del yate para incorporarme, pero perdí un poco el equilibrio. Tal vez había sido el vino, o el cansancio del día. Mi pie resbaló y terminé cayendo hacia adelante.

Caí sobre Ernesto.

Soltamos una risa nerviosa, pero al levantar la mirada nuestros rostros quedaron demasiado cerca.

Por un instante ninguno se movió. La respiración se mezclaba con el murmullo del mar, y yo sentía cómo cada segundo aumentaba la tensión que ya me consumía.

Ernesto fue el primero en acercarse. Me besó suavemente, como probando si me apartaría.

Pero yo no me aparté.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, y aunque mi mente gritaba que debía detenerme, algo más fuerte —ese deseo que ya estaba ardiendo antes de siquiera estar cerca de él— me empujaba a corresponder.

El beso se volvió más intenso, cargado de emoción, alcohol y la atmósfera de la noche. Nuestras lenguas se encontraron con lentitud al principio, explorando, reconociéndose, y luego con más urgencia, como si hubiéramos contenido aquello demasiado tiempo.

Sentí las manos grandes de Ernesto subir por mi cintura, deteniéndose justo debajo de mis costillas, los pulgares rozando la parte inferior de mis pechos a través de la tela fina de la blusa. No la quitó todavía. Solo me tocó así, con esa presión controlada que hacía que mi piel se erizara entera. Respondí inclinándome más hacia él, pegando mi cuerpo al suyo, sintiendo el calor que emanaba de su pecho amplio y el latido acelerado bajo la camisa.

Cuando nos separamos para tomar aire, los dos respirábamos pesado. Ernesto apoyó la frente contra la mía un instante, los ojos cerrados.

—No quiero que pienses que esto es solo… la noche, el yate, el trago —murmuró él, voz ronca—. Si me dices que pare, paro. Ahora mismo.

Lo miré fijamente. Tenía los labios hinchados por el beso, las pupilas dilatadas, y una vena latiéndome rápido en el cuello. Por un segundo pareció que iba a decir algo sensato, algo que nos devolviera a la realidad. Pero en vez de eso, levanté las manos y empecé a desabrocharle la camisa, botón por botón, despacio, sin apartar la mirada de sus ojos.

—No quiero que pares —susurré—. Quiero… todo lo contrario.

La camisa cayó abierta. Pasé las palmas abiertas por su torso, sintiendo la piel cálida, los músculos tensos, la cicatriz fina que cruzaba una costilla. Bajé las manos hasta el cinturón, lo desabroché con dedos que ya no temblaban tanto. Cuando bajé el cierre y tiré de los pantalones junto con el bóxer, Ernesto se quedó quieto, dejándome hacer.

Y entonces lo vi de nuevo, aunque esta vez con más luz de luna y menos prisa.

Oscuro, grueso, venoso, completamente erecto, contrastando hermosamente contra su piel de ébano impecable. Me quedé sin aliento un segundo. El pulso se me aceleró tanto que lo sentí en la garganta, en las sienes, entre las piernas. Un calor intenso me bajó directo al vientre, haciendo que mis muslos se apretaran instintivamente.

—Dios mío… —murmuré, casi sin voz.

Ernesto sonrió de lado, esa sonrisa lenta y peligrosa que siempre me desarmaba.

— ¿Te arrepientes ahora? —preguntó en voz baja, pero ya sabía la respuesta.

Negué con la cabeza. Me arrodillé despacio frente a él, el suelo de madera tibia bajo mis rodillas. Alcé la vista, encontrándome con esos ojos negros que me devoraban desde arriba. Sin decir nada más, abrí la boca y lo tomé, lenta al principio, saboreando el grosor, el calor, el sabor salado que ya empezaba a gotear de la punta.

Ernesto soltó un gruñido grave, las manos enredándose en mi pelo sin apretar demasiado, solo guiándome. Lo tomé más profundo, moviéndome con un ritmo que iba acelerando, la lengua presionando contra la parte inferior mientras mis manos subían por los muslos fuertes de él.

La excitación me tenía temblando. Bajé una mano entre mis propias piernas, por debajo de la falda corta, y me encontré empapada. Los dedos se deslizaron con facilidad, rodeando mi clítoris hinchado mientras seguía chupando, más rápido, más hondo.

Ernesto tiró suavemente de mi pelo para hacerme levantar la mirada sin sacármelo de la boca.

—Mírame —ordenó en voz baja—. Quiero verte la cara mientras te corres pensando en mí.

Obedecí.

Nuestros ojos se encontraron, y en ese instante la “maldición” que me había inventado en mi cabeza se hizo real del todo. No había control, solo necesidad. Mis gemidos vibraron alrededor de él mientras mis dedos se movían más rápido entre mis piernas. El orgasmo llegó rápido, intenso, haciéndome arquearme contra mi propia mano, el cuerpo temblando, un gemido ahogado escapándose alrededor de su hermosa verga.

Ernesto gruñó de placer al sentir las vibraciones. Me levantó del suelo sin esfuerzo, me besó con fuerza, saboreándose a sí mismo en mi boca, y me giró contra la barandilla.

—Ahora me toca a mí —susurró contra mi oído.

Y la noche apenas empezaba.

Ernesto me giró con cuidado pero firmeza contra la barandilla, de espaldas a él. Me levantó la falda corta hasta la cintura de un solo movimiento, dejando al descubierto mi culo redondo y la tanga negra empapada que ya se me pegaba a la piel. Sin decir nada, se arrodilló detrás de mí.

Sentí el aliento caliente de él contra mis nalgas antes de que su lengua me tocara. Primero un roce suave, plano, lamiendo toda la longitud de mi sexo desde atrás, saboreando la humedad que ya me chorreaba por los muslos. Solté un gemido largo, las manos apretando la barandilla con fuerza.

—Ernesto… joder… —susurré, la voz temblorosa.

Él separó mis nalgas con las manos grandes y firmes, abriéndome por completo para tener mejor acceso. Su lengua se hundió despacio en mi entrada, lamiendo profundo, recogiendo cada gota con avidez, mientras la punta presionaba y giraba contra las paredes internas, explorándome con una lentitud tortuosa que me hacía temblar. Luego subió hasta mi clítoris hinchado, lo rodeó con la lengua plana varias veces antes de succionarlo suavemente entre sus labios, tirando con la presión justa para hacerme arquear la espalda.

Metió dos dedos dentro de mí al mismo tiempo, curvándolos hacia arriba de inmediato, buscando ese punto esponjoso que me volvía loca. Los movió rápido, profundo, el sonido húmedo y obsceno mezclándose con mis gemidos y el rumor del mar. Su boca no se apartaba: lamía, succionaba, vibraba contra mi clítoris mientras los dedos me follaban con un ritmo implacable.

Empecé a empujar hacia atrás contra su cara y sus dedos, perdida por completo. El placer era abrumador: la lengua caliente devorándome el clítoris, los dedos curvados golpeando ese punto una y otra vez, el pulgar que de vez en cuando reemplazaba la boca para frotar círculos rápidos y firmes.

—Así… sí… joder… no pares… —supliqué entre jadeos, la voz ronca y entrecortada.

Ernesto gruñó de aprobación, el sonido vibrando directo contra mi sexo. Aceleró los dedos, los metió hasta el fondo y los curvó más fuerte, mientras su lengua seguía lamiendo y succionando mi clítoris sin piedad.

El orgasmo me golpeó como un tsunami. Me tensé entera, un grito ahogado se me escapó hacia el cielo estrellado, las piernas me temblaron tanto que casi se me doblan. Contracciones fuertes, una tras otra, apretando los dedos de él mientras mi coño palpitaba contra su boca. Él no paró: siguió lamiendo despacio, succionando suave las réplicas, prolongando el placer hasta que quedé jadeando, apoyada en la barandilla como si fuera lo único que me mantenía en pie.

Cuando las réplicas empezaron a calmarse, Ernesto se levantó despacio, besándome la espalda, el cuello, mordisqueándome el hombro. Sus manos grandes subieron por mis costados, tomaron mis pechos desde atrás, pellizcando los pezones endurecidos con justo la presión que me volvía loca de nuevo.

—Ahora quiero verte montarme.

Giré la cabeza, lo miré con los ojos todavía vidriosos por el orgasmo. Asentí sin palabras, el cuerpo todavía temblando pero ya pidiendo más.

Ernesto se sentó en la amplia banca acolchada de la cubierta, las piernas abiertas verga apuntando al cielo, gruesa y brillante. Se apoyó en los brazos, mirándome con esa sonrisa lenta que prometía problemas.

—Quiero verte tomarla toda.

Me acerqué, las piernas débiles pero decididas. Me coloqué a horcajadas sobre él, apoyando las rodillas en la banca a ambos lados de sus caderas. Bajé una mano y tomé su miembro por la base, lo alineé con mi entrada todavía sensible y empapada.

Al principio solo la punta. Solté un jadeo fuerte cuando sentí tocando mi entrada. La cabeza gruesa me habría de una forma que sentía rico. Bajé despacio, centímetro a centímetro, mordiéndome el labio inferior hasta.

—Joder… es hermoso… —susurré entre dientes, las manos apoyadas en los hombros anchos de él.

Ernesto no me apuró. Me acarició los muslos, la cintura, subiendo hasta mis pechos, jugando con los pezones para distraerme del dolor inicial.

—Respira, hermosa… relájate… ya lo estás haciendo…

Bajé totalmente, sintiendo cómo me llenaba hasta un punto que sentí un placer desquiciante. Cuando por fin me senté del todo, con él completamente dentro, los dos soltamos un gemido al unísono. Me quedé quieta un segundo, adaptándome, sintiendo cada vena, cada pulso dentro de mí. Solo sentía placer puro, intenso, devastador.

Empecé a moverme. Primero despacio, subiendo y bajando con movimientos cortos. Cada vez que bajaba hasta el fondo, un escalofrío me recorrió la columna. Luego aceleré. Mis caderas empezaron a girar en círculos, buscando el ángulo perfecto, frotando mi clítoris contra la base de él.

—Así… sí… joder… —gemí, la voz ronca, perdida.

Ernesto me agarró por el culo con las dos manos, ayudándome a subir y bajar más fuerte, más profundo. Me incliné hacia adelante, apoyando las manos en su pecho, clavándole las uñas mientras lo montaba con delirio, sin control, sin vergüenza. El placer subía en oleadas, y sabía que no tardaría en venirme otra vez.

Ernesto me tenía todavía montada encima, moviéndome despacio ahora, prolongando las réplicas del orgasmo que acababa de tener. Mis caderas giraban en círculos perezosos, sintiendo cada centímetro de su verga dentro de mí, pero ya se notaba que los dos queríamos algo más crudo, más salvaje.

De repente, me agarró por la cintura con fuerza y me levantó sin sacármela del todo, solo lo suficiente para girarme en el aire como si no pasara nada. Solté un gritito de sorpresa mezclado con risa nerviosa.

— ¿Qué haces…? —jadeé, todavía temblando.

—Quiero verte en cuatro —gruñó él contra mi oído, voz ronca y cargada de deseo—. Quiero follarte fuerte. ¿Me dejas?

No contesté con palabras. Solo asentí rápido, el cuerpo ya pidiendo exactamente eso. Me bajó con cuidado hasta la banca acolchada, pero no me dejó arrodillarme del todo todavía. Primero me puso de espaldas a él, de pie, inclinada hacia adelante con las manos apoyadas en el respaldo alto de la banca. Me levantó la falda otra vez (aunque ya estaba hecha un desastre alrededor de la cintura), me bajó la tanga hasta los tobillos de un tirón y me hizo abrir las piernas un poco más.

—Arquéate bien para mí —ordenó en voz baja, una mano en mi espalda baja empujándome hacia abajo.

Obedecí al instante: espalda arqueada, culo en pompa, cabeza baja, las manos aferradas al respaldo. Sentí el viento nocturno rozándome la piel expuesta, el contraste brutal con el calor que salía de mi cuerpo. Ernesto se colocó detrás, las manos grandes abriendo mis nalgas para mirarme un segundo, admirando cómo mi coño todavía palpitaba, brillante de fluidos, listo para recibirlo otra vez.

Sin más preámbulos, alineó la cabeza gruesa contra mi entrada y empujó de un solo movimiento profundo y fuerte. Solté un grito ronco, mitad placer, mitad impacto. Me llenó hasta el fondo de golpe, el estiramiento tan intenso que me cortó la respiración por un segundo.

—Joder… sí… —gemí, empujando hacia atrás para encontrarme con él.

Ernesto no esperó. Agarró mis caderas con fuerza, los dedos clavándose en la carne suave, y empezó a follarme con embestidas duras, rápidas, sin piedad. Cada choque de sus caderas contra mi culo producía un sonido húmedo y seco al mismo tiempo, alto en la quietud de la noche. El yate se mecía un poco más con el ritmo brutal, las luces de cubierta bailando sobre nuestros cuerpos sudorosos.

Gemía sin control, alto, sin vergüenza. Cada embestida me hacía avanzar un poco, obligándome a aferrarme más fuerte al respaldo para no caerme.

—Más fuerte… por favor… fóllame más fuerte… —supliqué entre jadeos, la voz rota.

Él obedeció. Aceleró el ritmo, saliendo casi por completo y volviendo a entrar hasta el fondo con fuerza, haciendo que sus bolas chocaran contra mi clítoris con cada golpe. Una mano subió a mi pelo, lo enrolló alrededor del puño y tiró suavemente hacia atrás, arqueándome más la espalda, dominándome sin lastimarme.

— ¿Así te gusta, mami? ¿Te gusta que te folle como perra?

—Sí… sí… joder… no pares… —respondí, casi llorando de placer.

Ernesto bajó la otra mano entre mis piernas, encontró mi clítoris hinchado y lo frotó con movimientos rápidos y circulares mientras seguía embistiéndome sin bajar el ritmo. El placer era demasiado: la verga golpeando ese punto dentro de mí una y otra vez, los dedos en mi clítoris, el tirón en el pelo, la posición expuesta bajo las estrellas.

Sentí que el orgasmo venía como un tren. Me tensé entera, las piernas temblando, el cuerpo convulsionando.

—Voy a… me corro… dios… me corrooo…

—Córrete, mami… apriétame… quiero sentir cómo te deshaces en mi verga…

Y me corrí. Fuerte, profundo, un grito largo y ronco escapándose hacia el mar. Las contracciones fueron tan intensas que apreté alrededor de él como un puño, haciendo que Ernesto gruñera de placer. Siguió follándome durante el orgasmo, prolongándolo, hasta que quedé temblando, jadeando, casi sin fuerzas.

Ernesto gruñó una última vez y se corrió dentro de mí, llenándome por completo con chorros calientes y abundantes que rebosaron y me escurrían por los muslos.

Nos acostamos sobre el piso mojado por el sudor de nuestros cuerpos, totalmente agotados. Apoye la cabeza en su pecho, solo podía pensar en cómo diablos había vuelto a pasar… y que en menos de 12 horas había hecho el amor con tres personas, y ninguna era mi Saúl.

Continuara..

Pau no pudo luchar contra su excitación desbordante. ¿Qué rumbo tomará ahora? ¿Le contará a Saúl lo que hizo con Sonia, Ernesto y Gabriel? ¿Pensará en incluirlo a él o abrirá nuevas puertas? El viernes trataré de publicar la continuación. Comenta y opina