Xtories

Una noche diferente table y enseñanza 1

La curiosidad los llevó al club, pero la fantasía los llevó a la casa de campo. Ana y Anita no son prostitutas, son profesoras de una lección que nadie olvida: cómo perder la virginidad bajo la mirada atenta de sus maridos y el padre de los alumnos. ¿Podrán mantener el control cuando el deseo se apodere de la clase?

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Capítulo: La Noche de los Bailes Improvisados

Ana y Ricardo habían quedado con Anita y Peter para cenar algo ligero en un restaurante del centro. La conversación, como siempre, derivó hacia terrenos peligrosos. Anita, con esa sonrisa traviesa que iluminaba todo, soltó la bomba:

—¿Y si esta noche hacemos algo diferente? Hay un table dance nuevo en la zona norte. Nada serio, solo curiosidad. Peter y yo fuimos una vez y… bueno, se pone interesante.

Peter levantó su copa, riendo bajito.

—Solo por ver. Sin presiones.

Ana miró a Ricardo. Él arqueó una ceja, esa mirada cómplice que decía “¿te animas?”. Ella sonrió, mordiéndose el labio inferior.

—Solo por curiosidad —contestó—. Pero si vamos, vamos bien vestidos. No quiero parecer turistas perdidos.

Y así, dos horas después, los cuatro entraban al club “Neón Secreto”. Luces rojas y púrpuras palpitaban al ritmo de la música electrónica grave. El aire olía a perfume dulce, whisky y anticipación. Eligieron una mesa semicircular en un rincón elevado, con vista perfecta al escenario central.

Ana se había puesto un vestido negro ajustado de corte asimétrico: un hombro al descubierto, escote sutil con encaje, falda que terminaba justo encima de las rodillas y tacones rojos que alargaban sus piernas. El cabello suelto en ondas suaves, smoky eyes y labios nude. Elegante, misteriosa y con ese aire de “sé exactamente lo que hago”.

Anita, más audaz, llevaba un top crop de terciopelo rojo vino que dejaba ver un par de centímetros de abdomen tonificado, pantalones de cuero negro ajustados de cintura alta y botas altas hasta la rodilla. Labios rojo intenso, cat-eye perfecto y coleta alta con mechones sueltos. Parecía una rockera sexy dispuesta a comerse la noche.

Los chicos —Ricardo con camisa negra entallada y jeans oscuros, Peter con polo gris y pantalones casual— pidieron una botella de tequila premium y cuatro vasos. La noche empezó tranquila. Observaban a las bailarinas profesionales moverse con gracia felina sobre el escenario. Ana comentó con sarcasmo:

—Ese decorado de estrellas de neón parece sacado de una película de los 80. ¿Alguien más siente que estamos en un videoclip retro?

Todos rieron. Peter propuso el juego:

—Regla: cada uno inventa una historia falsa de por qué estamos aquí. El que mienta mejor gana un shot.

Ricardo dijo que eran críticos encubiertos de una revista underground. Peter juró que eran espías rusos en misión. Anita contó que eran una banda de rock buscando inspiración para su próximo video. Ana, con cara inocente, soltó:

—Somos una pareja de swingers buscando nuestra primera experiencia grupal… pero solo mirando.

El grupo estalló en carcajadas. Las bebidas empezaron a hacer efecto y el ambiente se calentó.

Entonces llegó el giro.

Un grupo de tres tipos en la mesa de al lado —ejecutivos de unos treinta y tantos, corbatas flojas y risas demasiado altas— no les quitaban los ojos de encima. Especialmente a Ana y Anita. Uno de ellos, alto y de cabello engominado, se levantó con una sonrisa de lobo y se acercó tambaleándose ligeramente.

—Chicas… están espectaculares. ¿Cuánto por un table dance privado para nosotros? Es el cumpleaños de mi amigo. —Dejó un billete de quinientos pesos sobre la mesa como si fuera propina normal.

Anita abrió la boca para aclarar, pero en ese preciso instante el segundo tipo miró a Ricardo y se quedó congelado.

—¿Ricardo? ¡No puede ser! ¿El Ricardo que trabajó en mi departamento hace seis años? ¡El de los reportes que siempre salvaban el trimestre!

Era él. El ex-jefe de Ricardo, ahora con diez kilos más y una alianza de matrimonio que brillaba bajo las luces. El malentendido se multiplicó por mil.

Ricardo sintió la adrenalina subir, pero su cara no lo delató. Miró a Ana una fracción de segundo. Ella captó la señal al instante: “modo crisis activado”. Con una sonrisa lenta y peligrosa, Ana se levantó, tomó la mano de Anita y dijo con voz melosa:

—Ay, cariño… no somos del staff oficial, pero por una noche… ¿por qué no jugamos un poco?

Anita entendió al vuelo y soltó una carcajada genuina.

—Total, estamos aquí por curiosidad. ¡Vamos a darles un show casero!

Y ahí empezaron la magia.

Ana se movió primero. Se acercó a la mesa de los tipos con pasos lentos y exagerados, balanceando las caderas al ritmo de la música. No era un baile profesional; era una parodia perfecta, divertida y sexy. Levantó los brazos, giró sobre sí misma haciendo que el vestido negro se levantara apenas lo necesario, y lanzó un guiño exagerado. Anita la siguió: se sentó un segundo en el borde de la mesa del cumpleañero, cruzó las piernas con las botas altas brillando, y fingió quitarse un guante imaginario mientras movía los hombros al compás. Ambas reían sin parar, convirtiendo todo en un espectáculo cómico y ligero. Nada vulgar. Solo dos chicas preciosas jugando a ser “chicas de table” por diversión.

Los tipos aplaudían y silbaban, encantados. Uno de ellos murmuró:

—Estas dos son las más divertidas que hemos visto en meses…

Pero Ana y Ricardo ya tenían el control.

Mientras las chicas seguían con su show improvisado (Ana ahora girando alrededor de Ricardo y robándole un beso rápido), Ricardo se levantó, le dio un abrazo fuerte al ex-jefe y cambió el rumbo con maestría:

—Jefe, ¡qué sorpresa! ¿Sigues en esa oficina infernal? Estas bellezas son mis socias en… aventuras urbanas. —Le guiñó el ojo—. Y son exclusivas del equipo, ¿eh? Nada de compartir.

El ex-jefe soltó una carcajada sonora.

—¡Siempre fuiste el más listo! Tranquilo, solo era un malentendido. Pero… ¡qué par de mujeres, carajo! Brindo por eso.

Ricardo levantó su vaso y los invitó a un shot colectivo. Ana, sin dejar de moverse al ritmo, se acercó a él por detrás, le rodeó el cuello con los brazos y susurró en su oído:

—¿Ves? Todo bajo control, mi amor.

Anita, por su parte, terminó su “baile” con una reverencia exagerada y regresó a la mesa riendo, sentándose en las piernas de Peter.

—Listo. Misión cumplida. Ahora sí saben que somos turistas curiosos.

El grupo vecino terminó pidiendo otra ronda de shots “como disculpa”. El ex-jefe sacó su tarjeta y se la dio a Ricardo:

—Si alguna vez necesitas un contacto en el mundo corporativo… llámame. Y por favor, no cuentes esto en la oficina.

La noche siguió entre risas, más bailes profesionales en el escenario y miradas cargadas de electricidad entre las dos parejas. Ana y Ricardo se besaron largo rato en la penumbra, con la adrenalina todavía corriendo. Anita y Peter no se quedaron atrás.

Cuando salieron del club casi al amanecer, los cuatro caminaban abrazados por la calle vacía. Ana apoyó la cabeza en el hombro de Ricardo y murmuró:

—Curiosidad satisfecha… y con bonus de historia épica.

Ricardo sonrió, besándole la sien.

—Y todo gracias a tu rapidez y a ese vestido negro que vuelve locos a los ex-jefes.

Anita, desde atrás, gritó:

—¡La próxima vez yo elijo el lugar!

Peter solo rio:

—Mientras Ana y Ricardo sigan salvando el día… vamos a donde quieran.

Salieron del “Neón Secreto” cuando el cielo ya empezaba a teñirse de rosa. El aire fresco de la madrugada les golpeó la cara y los cuatro se detuvieron un segundo en la acera, todavía riendo de la locura que habían vivido. Ana tenía las mejillas sonrosadas por el tequila y la adrenalina; Ricardo la abrazaba por la cintura, sintiendo cómo el vestido negro se pegaba a su cuerpo sudoroso. Anita, con la coleta ya medio deshecha y los labios todavía rojos, se colgó del brazo de Peter.

—¿Y ahora? —preguntó Anita con voz ronca, mirándolos a los tres con ojos brillantes—. No quiero que la noche termine todavía…

Peter sonrió de lado, apretándole la cadera.

—Mi departamento está a quince minutos. Pero… si preferís ir a casa de Ana y Ricardo, está más cerca.

Ana miró a Ricardo. Una sola mirada bastó. Él asintió, esa sonrisa peligrosa que ella conocía tan bien.

—Nuestra casa —dijo Ana sin dudar—. Hay más espacio… y menos vecinos que se quejen.

El Uber llegó rápido. Durante el trayecto nadie habló mucho. Solo manos que se rozaban en la oscuridad del asiento trasero, respiraciones que se aceleraban, miradas cargadas de promesas. Cuando entraron al departamento, la puerta apenas se cerró y ya estaban besándose.

Primero fue Ana y Ricardo, como siempre: un beso profundo, hambriento, las manos de él subiendo por los muslos bajo el vestido negro. Anita y Peter se unieron al instante. Anita besó a Ana en el cuello mientras Peter deslizaba las manos por la espalda de Ricardo. No hubo palabras. Solo jadeos y ropa cayendo al suelo.

El vestido negro de Ana se deslizó hasta los tobillos. Debajo llevaba un conjunto de encaje negro transparente que dejó a todos sin aliento. Anita se quitó el top crop y los pantalones de cuero en un movimiento fluido, quedando solo con un tanga rojo y las botas altas. Los chicos se despojaron de las camisas casi al mismo tiempo.

Se movieron al salón. Ana empujó a Ricardo al sofá y se sentó a horcajadas sobre él, besándolo con lengua mientras Anita se arrodillaba entre las piernas de Peter, bajándole los pantalones. El primer gemido fuerte salió de la garganta de Peter cuando Anita lo tomó en su boca con hambre.

—Joder… —susurró Ricardo al ver la escena. Ana sonrió contra sus labios.

—¿Quieres ver cómo lo hago yo también? —preguntó ella con voz juguetona.

Sin esperar respuesta, Ana se deslizó hacia abajo y liberó a Ricardo. Lo miró a los ojos un segundo antes de tomarlo profundo, lenta, saboreándolo. Al lado, Anita hacía lo mismo con Peter, pero más rápido, más salvaje. Los dos hombres gruñían al unísono.

Entonces llegó el swing.

Ana se levantó, tomó la mano de Peter y lo llevó al sofá. Ricardo entendió al instante: se puso de pie y atrajo a Anita hacia él. Los cuatro cambiaron de pareja sin palabras, solo con sonrisas y miradas de complicidad.

Peter tomó a Ana por las caderas y la penetró despacio, sentado en el sofá. Ella soltó un gemido largo, profundo, echando la cabeza hacia atrás mientras se movía sobre él. Ricardo, detrás de Anita, la inclinó sobre el respaldo del sillón y entró en ella de un solo empujón. Anita gritó de placer, apretando los dedos contra el sofá.

—Dios… sí… —jadeó Anita, mirando de reojo cómo Ana cabalgaba a Peter con movimientos circulares perfectos.

Los ritmos se sincronizaron sin esfuerzo. El sonido de piel contra piel llenaba el salón, mezclado con gemidos cada vez más altos. Ana se inclinó hacia adelante y besó a Anita en la boca mientras ambas eran folladas por el otro. Lenguas enredadas, manos que se buscaban, pezones rozándose.

Ricardo aceleró, agarrando las caderas de Anita con fuerza. Ella temblaba.

—Me vengo… no pares… —suplicó.

Ana, sintiendo que Peter también estaba al límite, apretó sus músculos internos y susurró:

—Juntos…

El orgasmo llegó casi al mismo tiempo para los cuatro. Anita gritó contra la boca de Ana, Ricardo gruñó enterrándose hasta el fondo, Peter se clavó en Ana con un último empujón profundo y Ana se deshizo en espasmos, mordiéndose el labio para no despertar a todo el edificio.

Se quedaron unos segundos así, jadeando, sudorosos, sonriendo como idiotas felices.

Poco a poco se separaron. Besos suaves, caricias perezosas. Anita y Peter se vistieron entre risas y susurros. Ana les alcanzó agua y toallas. En la puerta, Anita abrazó fuerte a Ana.

—Esto… fue épico —murmuró.

Peter le dio una palmada en el hombro a Ricardo.

—Gracias por la mejor noche de nuestras vidas, carnal.

Ana y Ricardo los acompañaron hasta el ascensor. Cuando las puertas se cerraron, Anita y Peter se besaron dentro, todavía con la respiración agitada.

Ana cerró la puerta de su departamento, se giró hacia Ricardo y sonrió con picardía.

—¿Y nosotros? ¿Seguimos la fiesta en la ducha?

Ricardo la levantó en brazos sin decir nada.

La noche no había terminado del todo… pero esa parte ya era solo de ellos dos.

—Ricardo… no te enojes, pero… me encantó. imaginarme ser una puta de verdad, que todos me miraran, que pagaran por verme moverme… el corazón me latía tan fuerte que pensé que me iba a desmayar. Pero no quiero que sea en un antro sucio, con tipos borrachos gritando. Quiero sentirlo de verdad… pero bonito, respetuoso… como si yo fuera la que enseña, la que controla.

Ricardo le acaricia el pelo, ya excitado otra vez solo de oírla.

—Entonces hagámoslo real, mi amor. Pero a nuestra manera. Sin riesgos, sin que nadie sepa quiénes somos. Tú y Anita… dos “docentes” que van a dar una clase privada muy especial.

Ana se ríe bajito y lo besa.

—Eres un pervertido… pero me encanta. Hagámoslo.

Segundo: Ricardo, esa misma madrugada, crea el anuncio en Facebook desde una cuenta nueva con identidad falsa (nombres Ana y Anita, “docentes particulares de 34 y 40 años, discretas, educadas y muy pacientes”). Foto: dos siluetas elegantes con falda lápiz y blusa blanca semiabierta, sin mostrar caras. Texto:

“¿Quieres que tu primera vez sea inolvidable y respetuosa? Dos docentes expertas ofrecen clase privada de iniciación sensual para jóvenes mayores de 18 años. Solo una noche, total discreción, ambiente seguro y sin prisas. Puebla y alrededores. Envía mensaje privado con datos reales y análisis recientes de ETS. Respetamos y exigimos respeto.”

En menos de dos horas llegan 27 mensajes. La mayoría basura. Pero uno destaca:

Enrique (54 años, Puebla de Sierra): “Buenas noches. Soy un padre preocupado por mi hijo y cuatro amigos suyos (todos 19-20 años, vírgenes). Quiero que su primera experiencia sea con mujeres reales, educadas y pacientes. No prostis de calle. Pago lo que pidan. ¿Podemos hablar por WhatsApp privado?”

Ricardo responde inmediatamente. Intercambian teléfonos (uno nuevo que compró solo para esto). Enrique manda fotos de los cinco chicos: guapos, nerviosos, ropa de marca, miradas inocentes. Ricardo pide análisis de ETS de los cinco y de las chicas (ya los tenían actualizados). Todo limpio.

Tercero: Chat y llamada con Enrique.

Ricardo (por WhatsApp): “Esto es una fantasía para nosotros también. Las chicas no son prostitutas. Son mi esposa y la de mi amigo Peter. Queremos ver todo, cuidarlas, asegurarnos de que los chicos las traten con respeto. ¿Aceptas que estemos presentes, discretos?”

Enrique tarda 20 segundos en responder: “Me parece perfecto. Así ellos se sienten más seguros y yo también. Solo discreción total. No quiero que se cohíban. Mañana sábado en la tarde en mi casa de campo en Puebla. ¿Traen ropa de docentes? Me encanta la idea.”

Llamada de 23 minutos. Enrique explica: los cinco chicos son amigos desde la prepa, todos de familias acomodadas, cero experiencia. Quiere que aprendan a besar, a dar placer, a durar, a respetar. Ricardo le cuenta la fantasía de las chicas de “sentirse prostitutas pero en un ambiente seguro y bonito”. Enrique se ríe:

—Entonces son profesoras de lujo. Perfecto. Yo pongo el vino bueno, música suave y las sillas en círculo como pidieron.

Cuarto: Plática con Anita y Peter.

Ricardo y Ana llaman por videollamada a Anita y Peter esa misma noche.

Ana: —Chicos… ¿quieren venir a Puebla este fin de semana? Vamos a ser “docentes” para cinco chicos de 19-20 años. Todo grabado en nuestras cabezas, sin riesgos. Ellos vírgenes. Nosotros mirando. ¿Se apuntan?

Anita (ojos brillantes): —¿Cinco? Joder… sí. Quiero sentirme deseada así. Pero con reglas claras.

Peter (sonriendo): —Mientras pueda ver y cuidar a mi Anita… acepto. Vamos.

Viernes por la tarde salen rumbo a Puebla. Llegan a la casa de campo de Enrique a las 7 pm. La casa es enorme, discreta, con jardín y sala grande. Enrique los recibe con vino y cena ligera. Les presenta a los cinco chicos (ya allí, nerviosos, vestidos de camisa y pantalón formal):

Carlos (19, alto, delgado, ojos grandes)

Diego (20, moreno, atlético)

Luis (19, rubio, tímido)

Miguel (20, moreno claro, sonrisa nerviosa)

Juan (19, el más bajito, pero guapo)

Enrique, frente a todos, habla claro y serio:

—Chicos, estas son Ana y Anita. No son prostitutas. Son dos mujeres increíbles que aceptaron venir a enseñarles con respeto y paciencia. Las van a tratar como damas. Nada de groserías, nada de fuerza. Van a aprender a besar, a tocar, a dar placer y a recibirlo. Si alguien se pasa de listo, Ricardo, Peter y yo estamos aquí para recordárselo. ¿Entendido?

Los cinco asienten, rojos como tomates, con las manos temblando.

Ana y Anita, vestidas de “docentes”: falda lápiz negra corta, blusa blanca semi-transparente, tacones, cabello recogido, maquillaje suave pero sexy. Se paran frente a ellos y Ana toma la palabra con voz dulce pero firme:

—Reglas: primero besos y caricias. Después oral mutuo. Después penetración, pero despacio. Sin condón porque queremos que sientan de verdad lo que es una mujer. Si alguno se corre muy rápido, no pasa nada… seguiremos hasta que aprendan a controlarse. Nosotros tres (señala a Ricardo, Peter y Enrique sentados en el fondo con copas de vino) estaremos aquí cuidando que todo sea bonito y seguro. ¿Listos?

Los chicos murmuran “sí” casi sin voz.

Ricardo, Peter y Enrique se sientan en sillones al fondo de la sala. Luces tenues, música suave de jazz. Cinco sillas colocadas en círculo perfecto, espaldas contra espaldas, para que los chicos NO se vean entre sí. Solo sienten, escuchan gemidos y respiraciones.

Ana y Anita se miran, sonríen nerviosas pero decididas. No son prostitutas… pero esta noche sí sienten el peso de ser las primeras mujeres de cinco chicos. Responsabilidad enorme. Corazón acelerado.

Empieza la clase. Viernes por la noche. Nadie se va a ir hasta el domingo, pero el relato se queda aquí, en esta noche mágica y caliente.

Ana se acerca primero a Carlos (el más nervioso). Se sienta en sus piernas, le toma la cara con las dos manos y le da el primer beso lento, profundo, lengua suave. El chico tiembla entero.

—Mírame a los ojos… respira… así… —susurra ella.

Mientras, Anita hace lo mismo con Diego. Besos húmedos, manos de los chicos subiendo tímidas por sus muslos.

Ricardo comenta bajito a Peter y Enrique:

—Miren cómo tiemblan… pobres, se les va a salir el corazón.

Peter sonríe:

—Mi Anita está disfrutando como loca… mira cómo lo besa.

Enrique asiente orgulloso:

—Esto es exactamente lo que quería. Respeto total.

Las chicas se arrodillan ahora. Una frente a cada chico del círculo. Ana baja la cremallera de Carlos y saca su pene ya durísimo, venoso, palpitando. Lo mira a los ojos mientras lo lame despacio desde la base hasta la punta.

—Esto se siente así… ¿te gusta? —pregunta suave.

Carlos solo gime y asiente, manos agarrando los brazos de la silla.

Anita hace lo mismo con Diego: lo chupa lento, profundo, sin prisas, enseñándole cómo respirar para no correrse ya.

Los otros tres chicos escuchan los sonidos húmedos de las bocas, los gemidos, y se tocan por encima del pantalón, desesperados.

Ricardo susurra:

—Van a explotar antes de tiempo… mírenlos.

Peter:

—Déjenlos… que aprendan. Las chicas saben cómo parar.

Efectivamente: cada vez que sienten que un chico está a punto, las chicas se detienen, aprietan la base con los dedos y pasan al siguiente. Así van rotando: Ana y Anita van de silla en silla, chupando uno por uno, lamiendo huevos, besando la punta, enseñando técnicas.

—Respira por la nariz… aprieta el piso pélvico… así no te corres tan rápido —explica Anita mientras lame a Luis.

Luis ya tiene lágrimas de placer en los ojos.

Después de 40 minutos de oral colectivo (ninguno ha eyaculado todavía, las chicas los tienen al borde perfecto), Ana y Anita se paran, se quitan las blusas y las faldas. Quedan solo en tanga y tacones. Se miran, se dan un beso entre ellas para calentar más el ambiente y luego…

Ana se acerca a Carlos. Le baja el pantalón hasta los tobillos, se da la vuelta, se quita el tanga y, de espaldas a él, se sienta lentamente sobre su pene virgen. Centímetro a centímetro.

—Dios… está tan caliente… tan apretado… —gime Ana.

Carlos suelta un gemido ahogado. Apenas siente la entrada caliente y húmeda de ella, empieza a temblar violentamente y… se corre dentro de Ana en menos de 8 segundos, chorros fuertes, sin poder controlarse.

Ana se queda quieta, sonriendo con ternura, acariciándole el pelo.

—Tranquilo… está bien… esa fue tu primera vez dentro de una mujer. Ahora respira… vamos a seguir cuando estés listo otra vez.

Ricardo comenta orgulloso:

—Miren eso… el pobre ni entró completo.

Enrique ríe bajito:

—Así empiezan todos.

Anita hace exactamente lo mismo con Diego: se sienta despacio, lo envuelve completo y empieza a moverse suave, circular. Diego dura más (casi 30 segundos) pero también explota dentro de ella con un grito ahogado.

Las chicas siguen rotando. Ahora Anita se sienta en Luis. Él dura más porque ya vio lo que pasó. Anita le enseña:

—Quédate quieto… siente cómo late mi interior… aprieta aquí… —le pone la mano en su bajo vientre.

Luis aguanta casi un minuto entero antes de correrse también.

Miguel y Juan reciben el mismo tratamiento: penetración lenta, sentada, sin poder ver a los demás, solo sintiendo el calor, la humedad, los gemidos de las chicas que van rotando de uno en uno.

Cada vez que uno se corre, la chica se queda quieta encima, lo acaricia, le besa el cuello y le susurra:

—Aprendiste a sentir… ahora vamos a enseñarte a durar más.

Las eyaculaciones siguen: segunda ronda, tercera. Las chicas los ayudan apretando, cambiando ritmo, besándolos mientras montan. Algunos se corren solo con el roce al sentarse. Otros logran follar 2-3 minutos seguidos.

Ricardo, Peter y Enrique no paran de comentar en voz baja:

Ricardo: —Ana está brillando… nunca la vi tan mojada. Esto le encanta.

Peter: —Mi Anita está en otro nivel… mira cómo guía las manos de Juan a sus tetas. Está enseñando de verdad.

Enrique: —Mis chicos nunca van a olvidar esta noche. Gracias, de corazón.

La noche avanza. Las chicas sudadas, llenas por dentro, pero felices, responsables, dominando cada segundo. Los cinco chicos jadeando, aprendiendo, algunos ya pidiendo más besos, más caricias.

Y así sigue la clase… larga, lenta, detallada, caliente. Nadie se va. Ellas siguen allí, sentadas una por una en cada silla, enseñando, recibiendo, cuidando.

Después de casi dos horas de clase en el círculo de sillas, las Anas estaban brillantes de sudor y semen. Ambas tenían las piernas temblorosas, los muslos brillantes y el interior lleno de las eyaculaciones calientes de los cinco chicos. Ana se levantó despacio del último pene (el de Juan, que acababa de correrse por tercera vez dentro de ella) y suspiró con una sonrisa satisfecha pero agotada. Anita hizo lo mismo con Miguel. Los chicos quedaron sentados, jadeando, con las pollas aún semi-duras, chorreando y rojas de tanto uso.

Ana, con voz dulce pero firme, se cubrió apenas con una sábana ligera y dijo:

—Chicos… han sido increíbles. Pero ahora sus profesoras necesitan refrescarse. Vamos a subir a las habitaciones que nos asignó Enrique para ducharnos. No se preocupen, la noche apenas empieza.

Anita guiñó un ojo:

—Bajen a cenar algo ligero. Coman, beban, recupérense… que todavía tenemos mucho que enseñarles.

Los cinco chicos aplaudieron débilmente, todavía en shock de placer. Enrique se levantó del sillón del fondo, orgulloso, y dio una palmada:

—Perfecto. La cena está lista abajo. Vamos, muchachos. Ricardo, Peter, acompáñennos.

Mientras los hombres y los chicos bajaban al comedor grande de la casa de campo, Ana y Anita subieron a las dos habitaciones del segundo piso que Enrique les había preparado: suites amplias, con baños enormes de mármol, ducha de lluvia, luces tenues y camas king size listas.

En el comedor, la mesa estaba llena de carnes frías, quesos, pan recién horneado, ensaladas y varias botellas de vino tinto bueno. Los cinco chicos se sentaron todavía con las mejillas rojas y las sonrisas idiotas de quien acaba de perder la virginidad cinco veces. Ricardo y Peter se sentaron uno a cada lado de Enrique, disimulando perfectamente.

Empezaron las pláticas jocosas:

Carlos (todavía temblando un poco): —Señor Enrique… ¡gracias, carajo! Nunca en mi puta vida imaginé que iba a sentir algo así. La Ana… Dios, cómo aprieta. Pensé que me desmayaba cuando se sentó encima.

Diego se rio fuerte, sirviéndose vino:

—La Anita es otro nivel, hermano. Me chupó como si supiera exactamente dónde apretar. Y cuando me montó… ¡puf! Me corrí en menos de veinte segundos la primera vez. Pero la segunda… duré más. Me enseñó a respirar. ¡Es una diosa!

Luis, el más tímido, con la voz entrecortada: —Yo… yo nunca había sentido una boca así. Y cuando me penetró… estaba tan caliente, tan mojada por dentro… todavía siento cómo late. ¿Ustedes creen que nos van a dejar repetir?

Miguel y Juan se sumaron, hablando todos al mismo tiempo, riendo nerviosos:

—Están buenísimas, profe. —Las tetas de Ana rebotando mientras me montaba… —La Anita huele a vainilla y a sexo… —Nunca voy a olvidar cómo me miraban a los ojos mientras me la chupaban…

Todos levantaron las copas y brindaron por Enrique:

—¡Por el mejor papá y maestro del mundo! —¡Salud! ¡Esto fue mejor que cualquier porno!

Enrique se reía, inflado de orgullo, y contestó:

—La noche no termina aquí, cabrones. Apenas van en la primera lección. Coman y recupérense, que las profesoras todavía tienen planes.

Arriba, Ana y Anita se habían quitado lo poco que les quedaba y estaban desnudas frente al espejo del baño. Se mandaron un mensaje grupal por WhatsApp solo a Ricardo:

Ana: “Mi amor… mándame a Carlos otra vez. Quiero bañarlo yo misma y enseñarle cómo se chupa bajo el agua. Habitación 1.”

Anita: “Papi… quiero a Diego. Que suba. Vamos a ducharnos juntos y le voy a dar una mamada lenta mientras el agua cae. Habitación 2. Después bajamos.”

Ricardo leyó los mensajes en la mesa y sonrió para sus adentros. Levantó la voz con tono casual:

—Chicos… parece que las profesoras ya están listas para la siguiente clase privada. Carlos y Diego… las señoras los llaman arriba. Habitación 1 para Carlos con Ana. Habitación 2 para Diego con Anita. Dúchense con ellas. Obedezcan todo lo que digan.

Los cinco chicos soltaron un grito de emoción. Todos aplaudieron y silbaron. Carlos y Diego se levantaron casi de un salto, con la polla ya empezando a endurecerse otra vez solo de imaginarlo. Subieron corriendo las escaleras.

Abajo, los tres chicos restantes (Luis, Miguel y Juan) se quedaron con Ricardo, Peter y Enrique, sirviéndose más vino. La charla se puso todavía más subida de tono:

Luis: —Oigan… ¿se imaginan cómo se verán ahora las Anas desnudas bajo el agua? Carlos debe estar ya tocándole las tetas a Ana mientras la enjabona…

Miguel: —Yo pagaría por ver cómo Anita le chupa la verga a Diego en la ducha. Seguro lo tiene de rodillas, enseñándole a lamerla bien.

Juan, ya más suelto por el vino: —Están tan ricas… y son tan pacientes. No son putas de verdad, pero hoy nos trataron como reyes. Cuando Ana se corrió encima de mí la tercera vez… sentí cómo me apretaba el pene con todo. Joder, nunca voy a querer una novia normal después de esto.

Ricardo y Peter se miraban de reojo, excitadísimos. Escuchaban a los chicos hablar de sus propias esposas como si fueran diosas inalcanzables, sin tener la menor idea de que estaban sentados con sus maridos. Peter apretó la copa y murmuró bajito a Ricardo:

—Escúchalos… están obsesionados con nuestras mujeres. Me está poniendo durísimo.

Ricardo sonrió y contestó en voz baja:

—Y a mí. Mañana les vamos a contar… o tal vez no. Que sigan soñando con “las profesoras”.

Arriba, en la habitación 1:

Carlos entró nervioso. Ana lo recibió desnuda, lo tomó de la mano y lo metió directo a la ducha enorme. El agua caliente empezó a caer. Ella lo enjabonó despacio: pecho, abdomen, bajó a su pene ya duro como piedra. Lo lavó con las dos manos, masturbándolo suave mientras lo besaba en la boca.

—Relájate… déjame enseñarte cómo se siente una mamada bajo el agua —susurró.

Se arrodilló. El agua caía sobre su cabello y sus tetas. Tomó la polla de Carlos entera en su boca, chupando profundo, dejando que el agua ayudara a deslizarse. Carlos gemía fuerte, agarrándose de la pared. Ana lo sacó de su boca solo para decir:

—Ahora tú… lávame las tetas con la lengua… y después baja.

Carlos obedeció temblando. Le chupó los pezones, bajó por su vientre y llegó a su coño. Ana le guiaba la cabeza:

—Así… lento… lame el clítoris… mete la lengua… sí… muy bien, mi alumno…

En la habitación 2:

Anita tenía a Diego contra la pared de la ducha. Lo enjabonaba entero, le lavaba la espalda, las nalgas, y luego se arrodilló. Le agarró la verga gruesa y empezó a chupársela con ganas bajo el chorro de agua. Diego gruñía:

—Joder, Anita… tu boca es… es el cielo.

Ella lo sacó un segundo, lo miró con ojos traviesos:

—Y todavía falta que me comas tú a mí… de rodillas, como buen alumno.

Diego se puso de rodillas al instante. Anita abrió las piernas y lo empujó contra su coño mojado. Mientras el agua caía, él lamía torpe pero con ganas. Anita gemía alto, enseñándole:

—Más suave… círculos… sí… ahí… ¡ahí!

Abajo, los demás seguían bebiendo y comentando cada gemido que se escuchaba levemente desde arriba. La charla era puro fuego:

—Escuchen… se oye cómo la están chupando. —Carlos debe estar ya adentro otra vez… —Estas mujeres son un sueño…

Ricardo y Peter, con la polla dura debajo de la mesa, solo sonreían y levantaban las copas, disfrutando cada palabra. La noche del viernes seguía ardiendo. Las duchas seguían, las bocas no paraban, y los tres chicos abajo seguían hablando de las Anas como si fueran diosas… sin saber que sus maridos estaban justo ahí, escuchando todo.

Después de casi cuarenta minutos en las duchas, las cosas habían subido de intensidad hasta dejar a Carlos y Diego completamente secos… en todos los sentidos.

En la habitación 1, Ana tenía a Carlos contra la pared de mármol. El agua caliente seguía cayendo sobre ellos. Ella ya lo había hecho correrse dos veces con la boca: la primera tragándose todo mientras lo miraba a los ojos, la segunda dejando que se corriera sobre sus tetas para que el agua se llevara los chorros blancos. Pero Ana no había terminado. Lo levantó, se dio la vuelta, apoyó las manos en la pared y empujó su culo perfecto hacia atrás.

—Ahora métemela así… despacio… aprende a follar bajo el agua —le ordenó con voz ronca.

Carlos, temblando de piernas, entró en ella de un solo empujón. El agua hacía que todo resbalara más. Ana gemía fuerte mientras él la embestía torpe pero con ganas. Ella apretaba su interior a propósito para ordeñarlo. A los tres minutos Carlos se corrió por tercera vez dentro de su coño, gritando y clavando los dedos en sus caderas. Ana sintió los chorros calientes llenándola otra vez y sonrió satisfecha.

—Ya no te queda nada, ¿verdad, mi alumno? —le dijo besándolo—. Estás seco… bien hecho.

Lo enjabonó una última vez, lo besó lento y lo mandó a secarse. Carlos salió de la ducha con las piernas de gelatina, la polla roja e hinchada colgando sin fuerza, completamente agotado.

En la habitación 2 pasó exactamente lo mismo con Diego. Anita lo había chupado hasta dejarlo seco la primera vez bajo el chorro. Luego lo sentó en el banco de la ducha, se montó encima y cabalgó despacio, girando las caderas, enseñándole cómo moverlas. Diego se corrió dentro de ella dos veces seguidas, la segunda tan fuerte que casi se resbala del banco. Anita, todavía con ganas, se puso de rodillas otra vez y lo sacó todo con la boca hasta que Diego suplicó:

—Anita… ya no… ya no sale más… estoy seco…

Ella se rio, lo besó en la punta y le dio una palmada en el culo.

—Buen chico. Ahora baja con los demás.

Mientras los dos chicos bajaban las escaleras tambaleándose, felices y exhaustos, Ana y Anita se quedaron solas en sus baños. Se ducharon de nuevo, esta vez tranquilas, lavándose el semen de los muslos, del pelo y de dentro. Salieron envueltas en toallas, se secaron y eligieron la ropa que habían traído especialmente para la segunda parte de la noche:

Ana: vestido negro entalladísimo, corto, de tela fina y elástica que se pegaba a cada curva. Sin brasier (sus pezones se marcaban perfectamente) y sin tanga. Solo tacones altos.

Anita: vestido rojo vino, igual de ajustado, escote profundo y la tela tan delgada que se transparentaba ligeramente la forma de sus tetas y su coño cuando caminaba. Tampoco llevaba nada debajo.

Se miraron en el espejo, se acomodaron el pelo húmedo y bajaron juntas las escaleras con una sonrisa traviesa.

Abajo, en el comedor, los tres chicos restantes (Luis, Miguel y Juan) estaban sentados con Ricardo, Peter y Enrique. Los dos que acababan de bajar (Carlos y Diego) ya les habían contado entre risas y copas lo que pasó en las duchas:

—Nos dejaron secos, en serio… tres veces cada uno… —Ana me folló contra la pared… —Anita me montó como si fuera una experta…

La charla era puro fuego erótico. Los chicos hablaban sin filtro, todavía excitados:

Luis: —Ojalá nos toque a nosotros ahora… quiero sentir esa boca otra vez.

Miguel: —Escuché los gemidos desde aquí… joder, cómo gritan de rico.

Juan: —Son unas diosas… y ni siquiera son putas. Son profesoras de verdad.

Ricardo y Peter se miraban de reojo, la polla dura como piedra debajo de la mesa. Peter murmuró bajito:

—Están hablando de nuestras mujeres como si fueran fantasías… me encanta.

Enrique reía y servía más vino:

—Tranquilos, que la noche sigue.

En ese momento Ana y Anita aparecieron en la puerta del comedor. Los cinco chicos (los dos que ya habían estado arriba y los tres que esperaban) se quedaron mudos. Los vestidos marcaban todo: pezones duros, curvas perfectas, culo redondo sin una sola línea de ropa interior. El olor a gel de baño y a mujer limpia llenó la sala.

Ana sonrió con picardía y señaló a los tres que aún no habían subido:

—Ahora… vamos por ustedes, guapos.

Anita se mordió el labio y añadió:

—Luis, Miguel y Juan… suban con nosotras. Cada una se va a llevar a uno primero… y después rotamos. ¿Listos para la segunda lección?

Los tres chicos se levantaron de golpe, con las pollas ya marcándose en los pantalones. Carlos y Diego aplaudieron desde sus sillas, todavía recuperándose:

—¡Pásenla rico, cabrones! —¡Enséñenles todo lo que aprendimos!

Ricardo levantó su copa hacia Peter y Enrique, sonriendo con orgullo:

—Que empiece la segunda ronda, señores…

Las Anas tomaron de la mano a Luis y Miguel primero (Anita eligió a Luis, Ana a Miguel), mientras Juan esperaba su turno con la respiración agitada. Subieron las escaleras contoneándose, sabiendo que abajo los tres hombres y los otros dos chicos se quedarían bebiendo, comentando cada gemido que se escuchara y hablando de ellas como si fueran intocables… sin tener ni idea de que eran las esposas de los mismos que estaban cuidando todo.