Mi Primera Vez con Don Lorenzo
Siempre se sintió invisible bajo capas de tela y complejos. Pero cuando Don Lorenzo le pidió que se quitara el blazer, supo que esa noche su vida profesional y personal se desmoronarían en un solo suspiro.
Me llamo Valeria, tengo 22 años y acabo de graduarme de abogada. Siempre he sido la gordita del grupo: caderas anchas, muslos gruesos, barriguita suave y, sobre todo, unos senos enormes, naturales, 44DD que parecen no tener fin. Desde adolescente me acomplejé tanto que me escondía debajo de blazers tres tallas más grandes, blusas serias de cuello alto y pantalones oscuros que no marcaban nada. Nada de escotes, nada de faldas cortas, nada de moda. Me sentía invisible y, al mismo tiempo, demasiado visible por lo “gorda”. Nunca había tenido novio, nunca un beso de verdad, nunca sexo. Mis amigas ya contaban sus aventuras y yo solo sonreía y cambiaba de tema.
Un día me asignaron acompañar a un cliente en una reunión larga. No era nada importante: solo tomar notas para una minuta informativa. El señor había pedido “alguien que le explicara las cosas” porque no entendía bien el tema legal. Me tocó a mí.
Se ofreció a recogerme en su auto. Cuando lo vi bajar, me sorprendió: Don Lorenzo, italiano de 50 años, alto, con pelo gris ondulado, barba bien recortada, ojos verdes y una sonrisa bonachona que te hacía sentir cómoda de inmediato. Vestía un traje gris impecable, pero sin corbata, como si el día fuera relajado. Hablaba mucho, gesticulaba, reía fácil. “¡Bellissima abogada! Grazie por acompañarme, eh?” dijo al abrirme la puerta. Yo me sonrojé y solo murmuré un “de nada”.
La reunión duró desde las 9 de la mañana hasta las 3 de la tarde. Agotador. Al salir, él me miró con esa calidez suya: “Debes estar muerta de hambre, piccola. Aquí cerca hay una trattoria como las mejores de Italia. El dueño es amigo mío. Ven, invito yo”.
Al llegar, el lugar era pequeño, cálido, con olor a ajo, tomate y albahaca fresca. El dueño lo abrazó gritando “Don Lorenzo! Che piacere!” y nos sentaron en una mesa del fondo. Lorenzo bromeó: “Hoy ando serio porque vengo con mi abogada, ¡no me hagas quedar mal!”. Pero cuando me miró, sus ojos bajaron un segundo a mi escote oculto bajo el blazer y sonrió de una forma que me hizo arder las mejillas.
Empezamos a hablar todos los días por WhatsApp. Fotos de comida, memes, consejos tontos. Se volvió mi amigo. Un día, después de una mala tarde, le escribí triste: “A veces siento que nunca voy a gustarle a nadie”. Él respondió al instante: “Ven a mi oficina esta tarde. Te invito una copa de vino y lo hablamos. Solo hablar, eh? Prometo”.
Llegué nerviosa. Su secretaria me dejó pasar sin preguntar. La oficina era enorme: ventanales, escritorio de caoba, un sofá de cuero negro inmenso. Lorenzo me recibió con una sonrisa y dos copas de tinto. Nos sentamos en el sofá, muy cerca.
“Cuéntame, piccola. ¿Qué te pasa?”
Le conté todo: que tenía 22 años y seguía virgen, que los chicos nunca me miraban, que mis amigas ya tenían parejas y yo me sentía fea, gorda, invisible.
Él me miró serio, pero con ternura.
“Cada quien va a su ritmo, Valeria. Lo importante es saber qué quieres de verdad”.
“Quiero ser vista… pero soy fea”.
“¡Madonna! ¿Come mai puoi dire quello?” exclamó, casi ofendido. “No eres fea. Te ocultas. Quítate ese blazer, déjame ver qué hay debajo”.
Dudé, pero obedecí. Me quité el blazer grande. La blusa blanca se tensaba sobre mis senos, los botones luchando por no saltar.
“Ahora desabrocha esa blusa, bella”.
Quité dos botones. Él se acercó, sus dedos grandes y cálidos rozaron mi piel.
“Permíteme”.
Quitó el tercero, el cuarto… siguió hasta abrirla toda. Bajó la tela por mis hombros. Quedé en sostén negro, mis tetas enormes casi desbordando las copas. Me puse roja como tomate.
“Ponte de pie. Vamos a quitar el pantalón también. Quiero ver qué hay debajo de tanta tela”.
“No… no puedo…” susurré.
“Solo quiero ayudarte a recuperar tu confianza. Nadie va a entrar. Pero si te sientes mejor, ve tú misma y ponle seguro a la puerta”.
Fui, temblando, y giré la llave. Cuando volví, él me miró con ojos hambrientos pero dulces.
“Ahora, frente a mí, sin pantalón”.
Me bajé los pantalones despacio. Quedé en bragas y sostén, muslos gruesos al aire, barriguita suave expuesta.
Él se levantó, me recorrió con la mirada.
“Yo veo una mujer hermosa, sexy, con unos melones de infarto”.
“Lo dices para hacerme sentir bien porque eres mi amigo…”
Entonces tomó mi mano y la puso sobre su entrepierna. Sentí su polla dura, gruesa, latiendo bajo la tela del pantalón.
“Créeme que la amistad no provoca estas reacciones. Mira lo duro que puedes poner a un hombre sin siquiera tocarte”.
Me quedé electrizada. Mi cuerpo empezó a reaccionar: pezones duros, coño húmedo, respiración agitada.
“¿Me dejas ver más, por favor?”
Asentí lentamente.
Se levantó con maestría, desabrochó mi sostén. Mis tetas cayeron pesadas, libres, pezones oscuros y grandes apuntando hacia él. Bajó mis bragas despacio, dejando mi coño expuesto: vello suave y oscuro, labios gruesos ya brillantes de humedad.
“Déjame tocarte, por favor”.
Moví la cabeza en sí.
Tomó un seno con ambas manos, masajeándolo suave, con reverencia. El pulgar rozó el pezón y gemí bajito. Instintivamente separé las piernas. Él vio el deseo en mis ojos, me sentó en su regazo, mi culo grueso sobre sus muslos.
Empezó a devorar mis tetas: lengua caliente alrededor de un pezón, succionando fuerte, mordisqueando suave. Su mano bajó entre mis muslos, dedos expertos encontraron mi clítoris hinchado y lo frotaron en círculos lentos. Metió un dedo en mi entrada apretada, luego dos, curvándolos para rozar ese punto que me hacía ver estrellas.
Mi primer orgasmo llegó como una ola: cuerpo temblando, gemidos altos, jugos chorreando por sus dedos. Nunca había sentido algo así.
“Ahora tengo que limpiarte, mi bella”.
Me abrió las piernas con cuidado, se arrodilló entre mis muslos gruesos y acercó la boca a mi coño. Lengua suave lamiendo mi clítoris sensible, círculos lentos, succiones delicadas. Inspeccionó con los dedos: “Eres virgen de verdad… tan apretada, tan cerrada… se me hace agua la boca”.
Levantó la vista, ojos brillantes.
“¿Quieres dejar de ser virgen?”
“Sí…” susurré.
Sonrió.
“Entonces déjame preparar algo especial. No será aquí en mi oficina, mi bella. Quiero que tu primera vez sea perfecta. Ven a mi casa este sábado. Cena, vino, velas… y después, te enseño todo lo que un hombre puede hacerle a una mujer como tú”.
Asentí, todavía temblando de placer.
Ese sábado, cuando crucé la puerta de su casa, supe que mi vida acababa de cambiar.
Y que, por fin, alguien me veía de verdad.
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