Xtories

Sal en polvo

Elena no buscaba sal, buscaba fuego. Con el matrimonio hecho añicos y el deseo acumulado durante años, cruzó el umbral de su vecino para reclamar lo que le habían negado. Esta vez, no había excusas ni puertas cerradas.

Jorge Bitacora13K vistas9.0· 12 votos

Volver a Alicante después de mi divorcio en León fue como abrir una ventana en una habitación que llevaba años cerrada. A mis cuarenta, con el sabor amargo de una ruptura todavía reciente, la luz del Mediterráneo y el rugido de mi moto por la Explanada me devolvieron una vitalidad que creía perdida. Me instalé en un piso céntrico, un refugio de soltero donde las maletas rara vez se vaciaban del todo. Mi vida se convirtió en un no parar: citas por internet que me llevaban a Valencia, Castellón, Murcia o Almería, en coche o moto, noches de fiesta que terminaban al amanecer y un desorden acogedor de quien sabe que no tiene que rendir cuentas a nadie. Estaba viviendo mi segunda soltería para callar a mi corazón roto.

Sin embargo, el contraste lo encontraba cada vez que cruzaba el umbral del edificio.

En el primero vivía un matrimonio que parecía el reverso de mi moneda. Él, un tipo de unos cincuenta, con el gesto simpático y la voz siempre complaciente. Ella, Elena, una mujer de unos cuarenta y ocho años que era un monumento a la madurez. Cada vez que coincidíamos en el portal, no podía evitar fijarme en su presencia: una rubia de facciones suaves pero mirada profunda, con ese cuerpo de mujer de verdad, de caderas anchas y pechos generosos que la ropa parecía contener a duras penas. Representaba esa tentación de lo prohibido y lo cercano, la clase de mujer que te hace imaginar el calor que desprendería entre las sábanas.

Pero la belleza de Elena tenía una banda sonora amarga. Durante la última semana, el silencio de mis tardes de siesta se había roto por los gritos y las discusiones que subían desde su piso. Eran peleas de esas que dejan el aire cargado, reproches lanzados con la rabia de quien lleva demasiado tiempo aguantando. Yo los escuchaba mientras me preparaba para salir, sintiendo una mezcla de lástima por él y una curiosidad creciente por saber qué pasaba tras esa puerta.

Aquella noche de jueves, a eso de las nueve y media, el edificio estaba inusualmente tranquilo. Yo estaba en el salón, terminando de decidir si salía a dar una vuelta o me quedaba descansando para el viaje del fin de semana. Como el timbre lo tenía roto desde que me mudé —mis prioridades de soltero no incluían reparaciones domésticas—, el sonido de unos golpes suaves pero firmes de nudillos contra la madera me sobresaltó.

Al abrir la puerta, el mundo de fuera y el de dentro chocaron.

Era ella. Elena. Pero no era la mujer impecable del ascensor. Vestía una bata de estar por casa fina, que se ceñía a sus curvas de forma casi imprudente, y unas zapatillas sencillas. Su pecho subía y bajaba con agitación, y sus ojos delataban una mezcla de nerviosismo y algo más que no supe identificar de inmediato.

—Perdona vecino... bueno, Jose —dijo, usando mi nombre por primera vez, lo que hizo que la distancia entre nosotros se acortara de golpe—. ¿Tendrías un poco de sal? Es que no me queda... creía que tenía y no...

Me apoyé en el marco de la puerta, dejando que mis ojos recorrieran con calma la estampa que tenía delante. La luz del rellano caía sobre su cabello rubio, pero mis pupilas se desviaron inevitablemente hacia el escote que la bata, anudada a toda prisa, no lograba custodiar del todo. Tras los gritos que habían retumbado en el patio de luces días antes, su presencia allí, pidiendo algo tan mundano como sal, yo sentía como una excusa que daba demasiado “el cante”.

—¿Sal? —dije yo— Pues no sé si tendré, pasa, no te quedes ahí en la puerta. Perdona por el desorden, pero es que apenas paro en casa.

—Es que... He ido a preparar la cena y me he dado cuenta de que el salero estaba vacío —explicó, aunque su mirada ya no buscaba la cocina, sino que se perdía en la mía—. No quería molestar, Jose, sé que tú siempre estás de aquí para allá, que si la moto, que si tus viajes... Pareces un hombre que no para mucho por casa para estas cosas tan domésticas.

—Bueno, es cierto que no paso mucho tiempo entre estas cuatro paredes —admití, dando un paso imperceptible hacia ella, lo justo para que el calor de su cuerpo empezara a filtrarse en mi espacio—. Como me divorcié hace unos meses, pues no paro de ir de ligues por ahí, pero vamos, lo que menos quiero ahora es atarme a ninguna, prefiero picar aquí y allá sin complicaciones, eso casado no lo podía hacer y ahora, pues… no paro.

Elena apretó el borde de su bata con los dedos, un gesto que acentuó la curva de sus anchas caderas. El pasillo estaba en silencio, pero entre nosotros el diálogo era puramente físico. Ella sabía que yo solo buscaba follar con una y con otra; más de una noche me habría oído llegar borracho con alguna a casa y yo notaba ahora que ella buscaba en mi puerta el refugio y la chispa que su matrimonio de años ya no le daba.

Mira que bien te lo montas, y ligarás mucho, seguro, porque estás muy bien. Dijo con toda naturalidad.

Ella se cruzó de brazos, un gesto que, lejos de cerrarla, empujó sus grandes pechos hacia arriba, haciendo que el escote de la bata se tensara hasta el límite. Me miró de arriba abajo, sin prisa, con la mirada de quien analiza un artículo de lujo que sabe que no debería permitirse, pero que desea con un descaro que quema.

—Mira que bien te lo montas, Jose —soltó entonces, con una naturalidad que me dejó desarmado, sin rastro de la timidez de hace un momento.

Hizo una pausa, dejando que sus palabras flotaran en el aire cargado de mi salón, mientras daba un paso más hacia el interior, acortando esa frontera invisible que separa a dos vecinos de dos desconocidos que se desean.

—Tienes un buen sueldo, casa propia, el coche, la moto ahí fuera y cada noche llegas de madrugada... y con cuarenta años, divorciado y sin hijos. Madre mía —continuó, y al decir ese "madre mía" bajó un poco el tono, dándole un matiz aterciopelado—. Eres el sueño de cualquier soltera y el dolor de cabeza de cualquier casada. Y además... —aquí su mirada se detuvo en mis hombros y luego volvió a mis ojos con una franqueza evidente—, es que además estás muy bien. Muy bien de verdad.

Lo dijo sin cortarse ni un pelo, como quien confiesa un pecado que ya no le importa cometer. Esa "naturalidad" era lo más erótico de la escena: Elena no estaba coqueteando como una adolescente, estaba hablando como una mujer madura que sabe reconocer el valor de lo que tiene delante. Sus palabras eran un inventario de mis activos, pero su cuerpo, vibrando bajo la fina tela de la bata, era el que estaba haciendo la verdadera oferta.

En ese momento, la sal ni se mencionaba. Ella estaba allí, en mi territorio, reconociendo mi atractivo y comparando, seguramente, mi vitalidad de cuarentón libre con el desgaste de su propio matrimonio. El contraste era total: mi desorden de soltero contra su rutina asfixiante.

—Bueno, Elena, menudo cumplido —le respondí, dejando que mi voz bajara una octava y notando cómo ella se estremecía ligeramente al oír su nombre—. Pero me da la sensación de que tú no has subido solo para pedirme un poco de sal y menos a estas horas, he oído estos días como discutíais tú y tu marido. ¿Os pasa algo?

Ella dio un paso más hacia el centro del salón, dejando que la puerta del piso se cerrara casi por completo a sus espaldas, rompiendo definitivamente la barrera entre lo público y lo privado. Su voz, que hasta hace un momento era cautelosa, se volvió firme y cargada de una honestidad cortante.

—Pues sí, Jose —dijo ella, clavando sus ojos en los míos sin parpadear—. Le he pillado con una compañera de trabajo. Llevaba un tiempo raro, con esas llegadas tarde y el móvil siempre boca abajo, así que un día no aguanté más. Le miré el WhatsApp y ahí estaba todo. Esa es la verdadera razón de los gritos y las peleas que has estado escuchando estas semanas.

Elena soltó un suspiro largo, y al hacerlo, sus hombros se relajaron, haciendo que la bata granate se acomodara de forma aún más sugerente sobre sus grandes pechos. La tensión de la pelea parecía haberse transformado en una energía distinta, mucho más peligrosa.

—Él está ahora en la casa de la playa. Llevamos una semana así, entre silencios y huidas —continuó, recorriendo mi salón con una mirada que ya no buscaba excusas—. Así que estoy sola. Mi hijo mayor está en Murcia, trabajando y viviendo con su novia, y el pequeño de 18 está en Madrid en una academia.

Se acercó a mí, lo suficiente para que el calor de su piel madura anulara cualquier distancia de seguridad. El aroma de su perfume se mezcló con la electricidad del momento. Me miró con todo el descaro del mundo, con la seguridad de una mujer que ya no tiene nada que perder y mucho que reclamar.

—O sea, que estoy sola... y muy falta de cariño —sentenció, dejando que la última palabra flotara en el aire como una invitación directa al pecado.

Aquella confesión no era un desahogo de vecina, era una clara insinuación. Elena no buscaba consuelo, buscaba el incendio que yo, con mi vida de soltero y mis noches sin dueña, representaba para ella.

La naturalidad de sus palabras fue como un chute de adrenalina. Elena no estaba allí para que le dieran el pésame por su matrimonio roto; estaba allí para reclamar su derecho a sentirse viva, tal como yo lo hacía cada noche con mis rutas y mis citas de internet.

—¿Me ves atractiva, Jose? —me preguntó, sosteniéndome la mirada con una fijeza que me heló la sangre—. ¿Crees que una mujer como yo podría hacer lo mismo que tú? Salir ahí fuera, ligar con alguien... ¿desquitarme de todo esto y pasar un buen rato?.

Me la quedé mirando, procesando la imagen de esa mujer madura que, pese a las sombras bajo sus ojos por las discusiones, desprendía una sensualidad arrolladora.

—Desde luego que sí, Elena —le respondí con voz ronca—. Se te ve muy mujer. Estás... muy apetecible. Cualquier hombre con sangre en las venas se daría la vuelta al verte pasar con ese culazo.

Ella esbozó una sonrisa lenta, cargada de una intención que hizo que el salón se volviera pequeño. Se acercó un poco más, invadiendo mi espacio vital, y su voz bajó a un susurro que me erizó el vello de la nuca.

—¿Y tú? —soltó de golpe—. ¿Tú te acostarías conmigo?

Me quedé un segundo en silencio. Mi mente de soltero, acostumbrada a no dar explicaciones, flaqueó ante la cercanía de la vecina del primero.

—Bueno... yo... —balbuceé, intentando recuperar el control—. Pero los demás vecinos... Si se enteran de esto, en una comunidad se sabe todo...

Elena no me dejó terminar. Dio un paso decisivo, acortando la escasa distancia que nos separaba, y me puso una mano en el pecho. Sentí el calor de su palma a través de mi camiseta.

—Deja a los vecinos y mírame a mí —dijo con una seguridad que me encendió—. Estoy aquí ahora. No me ha visto nadie subir, y a nadie le importa lo que pase tras la puerta de tu casa.

En ese instante, sus dedos tiraron del lazo de tela. La bata azul se deslizó por sus hombros y sus anchas caderas, cayendo al suelo como un susurro de tela. Elena se quedó frente a mí, completamente desnuda, ofreciéndome la visión de su madurez en todo su esplendor: la blancura de su piel, la rotundidad de sus grandes pechos y la curva de su vientre y sus anchas caderas. Era una imagen de una potencia carnal que hacía que cualquier cita de internet pareciera un juego de niños.

—¿Te gusta mi cuerpo? —preguntó, clavando sus ojos verdes en los míos, desafiante y vulnerable a la vez—. ¿Me echarías un polvo ahora mismo?

La pregunta de Elena quedó flotando en el aire, pero la respuesta no necesitaba palabras. Mis ojos se perdieron en su cuerpo, ese que a veces había imaginado bajo la luz fría del ascensor como y que ahora, en la calidez de mi salón, se revelaba con una honestidad arrolladora. Era una mujer en la plenitud de su madurez, con esa carnosidad pesada y segura que solo dan los años.

Sin apartar la mirada de la suya, acorté la distancia final. Mis manos, acostumbradas al cuero de la moto y a la piel rápida de citas pasajeras, encontraron sus anchas caderas. El tacto de su piel era suave, mucho más suave de lo que esperaba, y su calor me golpeó de frente. Al notar mi contacto, Elena soltó un suspiro entrecortado, un sonido que mezclaba el alivio de ser deseada con las ganas de quien lleva demasiado tiempo en ayuno de caricias.

—No tienes ni idea de cuánto me gusta tu cuerpo —le susurré al oído, mientras mis dedos se hundían en su carne, comprobando la firmeza de su figura.

La atraje hacia mí con fuerza, pegando su desnudez a mi ropa. El contraste era brutal: la frialdad de mi hebilla y la aspereza de mis vaqueros contra la seda de su piel y el volumen de sus grandes pechos aplastándose contra mi pecho. Ella rodeó mi cuello con sus brazos, buscando desesperadamente mi boca, y cuando nuestros labios se encontraron, el beso no fue una cortesía de vecinos; fue una colisión de necesidades. Sabía a deseo acumulado y a esa libertad que yo tanto pregonaba y que ella acababa de reclamar tirando la bata al suelo.

Me separé apenas unos milímetros, lo justo para ver cómo sus ojos verdes brillaban con deseo.

—Te aseguro que hoy no te va a faltar nada de ese "cariño" que dices que te falta.­ — Dije.

La levanté, sintiendo su peso rotundo y excitante, y ella se enredó en mi cintura con muchas ganas. No hizo falta ir al dormitorio; el sofá de mi salón de soltero, ese que había visto pasar a tantas extrañas, estaba a punto de presenciar cómo la vecina del primero se convertía en la dueña absoluta de mi noche.

Elena no esperó a que yo tomara la iniciativa; la humillación de la traición de su marido y los días de soledad habían cocinado en ella un hambre que ya no estaba dispuesta a disimular. Con un movimiento decidido, llevó su mano directamente a mi bulto, apretando con una firmeza que me hizo soltar un gruñido de sorpresa y placer. Sus dedos, expertos y urgentes, desabrocharon el botón de mis vaqueros y bajaron la cremallera con una agilidad pasmosa.

Cuando mi polla saltó liberada de la presión, Elena se arrodilló sobre la alfombra del salón. Me miró de abajo hacia arriba, con esos ojos azules encendidos por la lujuria y el desquite, y sin decir una palabra, la rodeó con sus labios, llevándosela a la boca de una sola vez. Empezó a chupar con un ritmo voraz, usando su lengua para recorrer cada nervio mientras me pajeaba con una mano caliente y decidida.

En mitad de la faena, se la sacó de la boca, dejando un rastro de humedad brillante que reflejaba la luz del salón, y me sostuvo la mirada con puro descaro.

—¿Lo hago bien? —preguntó con voz ronca y húmeda—. ¿Te la chupan así tus ligues de internet?

—Sí... lo haces de maravilla —alcancé a decir, apoyando las manos en sus hombros para no perder el equilibrio—. Se nota que tenías ganas. ¿Y a ti? ¿Te gusta mi polla?

—Me vuelve loca —confesó ella, volviendo a rodear el tronco con sus dedos—. Imagínate, tantos años viendo solo la de mi marido... ver algo así me pone muy cachonda. Y me gusta cómo huele y cómo sabe; la tienes muy limpita y perfumada. Se nota que la llevas siempre lista para desenfundar.

Me reí entre dientes, disfrutando de la honestidad brutal de nuestra situación.

—Has dado en el clavo, Elena —admití, acariciando su pelo rubio—. Siempre estoy pendiente de las aplicaciones por si surge algún plan de última hora. En esta vida de soltero, nunca se sabe cuándo vas a tener una oportunidad.

Ella se detuvo un segundo, apoyando su mejilla contra mi muslo mientras seguía acariciándome, y me lanzó una pregunta cargada de una curiosidad casi morbosa:

—Y... ¿te has follado a muchas desde que estás aquí?

Me reí, disfrutando de la cara de asombro y fascinación que ponía mientras me escuchaba. No tenía sentido mentirle; mi vida en Alicante era un libro abierto de libertad y asfalto.

—Pues en el año que llevo aquí, han sido siete, quizá alguna más —le solté con total naturalidad, mientras sentía el calor de su aliento cerca de mi entrepierna—. Con algunas solo ha sido un mes y me he pirado, y con la que más tiempo he estado han sido tres meses. Con una chica de Almería estuve mes y medio... En fin, que no he parado. Como mucho habré estado una semana o diez días sin follar entre una y otra.

Elena me escuchaba como quien oye una crónica de un mundo prohibido. Sus dedos no dejaban de acariciar la punta de mi polla, moviéndose con un ritmo lento.

—En la primera cita es raro llegar a la cama —continué explicándole, casi como un maestro a su alumna—, aunque alguna ha caído a la primera. Pero lo normal es un tanteo: tomar algo, hablar, ver si hay química... Quedar otro día y, al tercer o cuarto encuentro, pues ya pasamos a la acción.

Ella soltó una exhalación profunda, como si la sola idea de ese desfile de cuerpos la excitara más que cualquier otra cosa.

—Siete mujeres en un año... —susurró, y pude ver cómo se humedecía los labios de nuevo—. Qué envidia me das, Jose. Qué envidia de esa libertad para elegir, para probar, para sentir algo nuevo cada vez. Mi vida ha sido un desierto comparada con la tuya.

Se puso de pie con una lentitud calculada, dejando que la luz del salón recorriera sus anchas caderas y la firmeza de sus grandes pechos. Estaba a un paso de mí, vibrando, y pude notar que la humedad entre sus piernas ya era un hecho evidente.

—Pues hoy no te va a hacer falta esperar a la tercera cita —me dijo, agarrando mis manos y llevándolas directamente hacia su entrepierna—. Has tenido a siete en un año, pero ahora me tienes a mí aquí delante. Y quiero que me hagas olvidar cada uno de esos gritos que has oído esta semana.

Al tocarla, comprobé que estaba ardiendo. Aquello no era el sexo doméstico y rutinario de un matrimonio agotado; era el hambre de una mujer que acababa de romper sus cadenas.

La tiré sobre el sofá, ese que tantas tías de mi edad o menores que yo habían marcado con su perfume, pero Elena era otra historia, me sacaba ocho años. Al caer, sus anchas caderas se desparramaron con una pesadez que hizo crujir el mueble. Me arrodillé entre sus muslos, que se abrieron de par en par sin oponer resistencia, revelando un mapa de carne madura que no había tenido más polla que la de su marido durante años.

Le separé los labios con brusquedad. La piel de sus ingles era de un tono canela que se oscurecía en los pliegues, marcada por finas estrías blancas, huellas de sus dos partos y del paso de los años. Al abrirlos, el olor me golpeó de lleno: un aroma denso, almizclado, a mujer que lleva horas encerrada en su propia excitación y en el sudor rancio de una casa en tensión. No era el olor aséptico de mis citas de una noche; era el olor ferroso y potente de un coño de 48 años que reclamaba guerra.

Sus labios menores asomaban irregulares, de un color violáceo y carnoso, empapados en un flujo espeso que se estiraba en hilos pegajosos entre mis dedos. Todo en ella era generoso, desde la vulva prominente hasta el clítoris que palpitaba como un corazón desbocado bajo su capuchón húmedo.

—Mírame bien, Jose —dijo ella, con la voz quebrada y la cara roja de pura lujuria—. Mira este coño que mi marido ya no quiere tocar. Está abierto, está ardiendo y está deseando que lo llenes con algo que no sea rutina.

Metí dos dedos de golpe y sentí cómo sus paredes, anchas y acogedoras, me succionaban con una humedad caliente que parecía querer devorarme. Elena arqueó la espalda, clavando los talones en el sofá, y un chorrito de moco cremoso resbaló por su perineo hasta perderse en el vello oscuro que rodeaba su ano.

—Me importa una mierda si me oyen los vecinos —gruñó, agarrándome del pelo para obligarme a mirar cómo su sexo se dilataba ante mis dedos—. Quiero que me des como les das a esas que buscas por internet. Úsame como una guarra, lléname hasta que me desborde y que mañana, cuando me cruce con mi marido, todavía me huela a ti entre las piernas.

El contraste entre mi polla, lista para el combate, y su madurez goteante y hambrienta me hizo estallar la cabeza. Ya no era una vecina pidiendo sal; era una hembra en celo dispuesta a que el soltero del segundo la reventara por dentro.

Me bajé del sofá y me hundí entre sus piernas abiertas, con el corazón latiéndome en la garganta. Por dentro ya me había hecho la película: 48 años, casada, cuerpo de madre, coño flojo, descuidado, con olor a vida acumulada y a rutina. Pero cuando acerqué la cara, joder, nada que ver.

El olor que me llegó fue limpio, caliente, directo al cerebro: un aroma dulce y almizclado, como piel recién duchada mezclada con deseo puro, sin rastro de rancio ni de jabón barato. Era el olor de una mujer que lleva horas mojándose sola, pensando en polla, y que por fin va a tenerla.

Pegué la nariz al monte de Venus y respiré hondo. El vello negro, recortado, estaba húmedo en las raíces por el sudor y los jugos. Separé los labios mayores con los pulgares y el coño se abrió como una boca hambrienta. Los labios menores colgaban largos, desiguales, el izquierdo más bajo, doblado hacia fuera como una lengua hinchada, de un rosa oscuro que se volvía casi morado en los bordes.

Estaban brillantes, cubiertos de un moco transparente y espeso que se estiraba en hilos largos cada vez que tiraba un poco más. No había sequedad ni aspereza; todo era suave, caliente, resbaladizo, con un brillo que reflejaba la luz de la lámpara.

Metí la lengua sin pensarlo. El sabor me llenó la boca al instante: dulce al principio, como néctar caliente, luego más ácido, más carnal, con ese fondo salado que solo tiene un coño cuando lleva horas excitado. Lamí despacio, recorriendo cada pliegue arrugado, succionando los labios menores que se me metían en la boca.

Elena gemía bajito, las caderas se le levantaban solas. Metí la lengua más adentro, empujando contra las paredes internas que se contraían alrededor, chupando el flujo que no paraba de salir, espeso y abundante, como si tuviera una fuente dentro.

Metí dos dedos, luego tres. El coño era ancho, maduro, con esa capacidad de abrirse sin romperse que solo tienen las que han parido y han follado mucho. Pero apretaba. Joder si apretaba. Las paredes me succionaban los dedos como si no quisieran soltarlos, calientes, viscosas, resbaladizas. Elena se retorció, me agarró la muñeca con fuerza inesperada y, en un movimiento brusco y desesperado, tiró de mi mano hacia dentro.

—¡Métela toda, Jose! ¡No te detengas! —gritó, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos en blanco.

Sentí cómo su coño cedía, cómo mi mano entera desaparecía dentro de ella hasta los nudillos. El calor era abrasador, como meterla en un volcán de carne líquida. Las paredes internas me envolvieron, apretaron, se contrajeron alrededor de mi muñeca en oleadas rítmicas. Empecé a moverla despacio al principio, luego más rápido, follándola con la mano entera.

El sonido era obsceno: un chapoteo constante, una succión húmeda, fluidos que salían a chorros cada vez que sacaba y metía. El sofá de cuero debajo se empapó en segundos.

De repente, un chorro caliente y repentino me bañó la mano y la muñeca, empapando la manga de la camiseta. Líquido transparente, caliente, con un toque salado y agrio que me llegó hasta el codo.

—¡Joooder! ¿te has meado? —exclamé, sintiendo la descarga de temperatura.

Elena se convulsionó entera, el cuerpo vibrando en espasmos violentos, los gemidos saliéndole entrecortados, casi sollozos.

—¡Me he meado de gusto, Jose! —me soltó con una risa nerviosa mezclada con llanto de puro placer—. ¡No veas las ganas que tenía de buen sexo! ¡No pares, sigue dándome con la mano así!

La imagen era brutal: mi mano desapareciendo dentro de ella hasta la muñeca, el líquido transparente y su orina de placer mezclándose sobre el cuero oscuro del sofá, formando un charco que se extendía despacio. Sus caderas anchas, su barriga suave, sus tetas pesadas bamboleándose con cada embestida de mi brazo.

Esa mujer de 48 años, con su cuerpo de caderas generosas, entregada a una lujuria que su matrimonio había intentado castrar durante décadas. Y ahora estaba aquí, abierta, chorreando, pidiéndome que no parara.

Seguí moviendo la mano, más profundo, más rápido, sintiendo cómo sus paredes se contraían alrededor de mi muñeca como si quisieran tragársela entera. Elena gritaba sin coordinación, el cuerpo arqueado, las piernas temblando. Otro chorro caliente salió, esta vez más abundante, empapándome la mano. Olía a sexo puro, a placer sucio, a liberación.

Cuando por fin se calmó, jadeando, con los ojos vidriosos y la boca entreabierta, saqué la mano despacio. Salió brillante, cubierta de moco espeso, y su propia orina. Elena me miró, con una sonrisa exhausta y satisfecha.

—Ahora fóllame —susurró—. Quiero sentir tu polla dentro de este coño abierto para tí. Quiero que me llenes hasta que chorree más.

Y yo, con la mano todavía temblando y empapada, me subí encima, me puse de rodillas entre sus muslos abiertos, con la polla tiesa y goteando como un grifo mal cerrado. Elena me miró desde arriba, con las gafas torcidas y esa sonrisa de puta madura que sabe exactamente lo que quiere. Le agarré las caderas gordas y la acerqué de un tirón hasta el borde del sofá.

El coño ya estaba abierto, hinchado, chorreando ese moco espeso que se le pegaba al vello.

Le puse la punta en la entrada y empujé despacio al principio. Entró muy fácil, resbaladiza, caliente como un horno. Sentí cómo sus paredes me envolvían, flojas pero calientes, succionándome la polla como si no quisieran soltarla. Di un empujón más fuerte y se la metí hasta los huevos. Elena soltó un gemido ronco, largo, animal. “Joder, sí… métemela toda, Jose… rómpeme el coño”.

Empecé a bombear despacio, sintiendo cómo mi polla se removía dentro, cómo salía espuma blanca por los lados cada vez que salía y entraba. El sonido era sucio: chap, chap, chap, un chapoteo constante. Ella se agarró las tetas pesadas, se pellizcó los pezones duros y morados, y empezó a jadear.

—Más fuerte… fóllame como una puta… —me suplicó, con la voz rota.

Aceleré. La polla entraba y salía hasta el fondo, chocando contra su útero cada vez. Elena metió entonces cuatro dedos de su mano derecha en su coño, junto a mi polla. Los metió de golpe, sin avisar, y sentí cómo sus nudillos rozaban mi tronco dentro de ella. El coño se estiró más, se abrió como una boca hambrienta, y el calor me envolvió todavía más intenso. Empezó a follarse con los dedos y con mi polla al mismo tiempo, moviendo la mano en círculos, frotándose el clítoris hinchado con el pulgar mientras yo empujaba.

—Quiero sentir que no me cabe nada más… lléname el coño, Jose… méteme la mano también… quiero tu puño y tu polla dentro a la vez… hazme reventar…

No hizo falta que lo repitiera. Saqué la polla un segundo, brillante de sus jugos, y le metí cuatro dedos de golpe junto a los suyos. El coño cedió, se abrió más, caliente y viscoso. Empujé la mano entera, sintiendo cómo la carne se apartaba, cómo las paredes se estiraban alrededor de mi muñeca. Elena gritó, arqueó la espalda, las tetas bamboleándose.

—¡Síííí! ¡Métela toda! ¡Joder, sí!

La mano entró hasta los nudillos, luego más adentro, hasta que sentí el calor abrasador de su interior envolviéndome hasta la muñeca de nuevo. Metí la polla otra vez, empujando contra mi propia mano dentro de ella. Era bestial: mi polla rozando mi puño dentro de su coño, los dos moviéndose al mismo ritmo, resbalando en sus flujos espesos, en el espacio que ya había dentro, en el moco que no paraba de salir. El coño era enorme, elástico, un agujero caliente y húmedo que lo tragaba todo sin romperse. Sentí cómo mi polla se frotaba contra mi propia mano dentro, cómo el calor me quemaba, cómo sus paredes me apretaban flojo pero constante.

Me agarré la polla dentro de su coño, con la mano que tenía metida, y empecé a pajearme dentro de ella. Era una locura: mi puño cerrado alrededor de mi tronco, moviéndome arriba y abajo dentro de su carne líquida, resbaladiza, caliente. El sonido era obsceno: chapoteo constante, una succión húmeda, fluidos saliendo a chorros cada vez que empujaba. Elena se retorcía, gemía sin control, las piernas temblando.

—¡Siiiiííí! ¡Échamela toda, Jose! ¡Échamela dentro! ¡Siiiííí, lléname el coño! ¡Así, asíiiii… jooooder!

No aguanté más. Sentí el orgasmo subiendo como un latigazo. Me corrí dentro, con la mano todavía agarrándome la polla dentro de su coño, chorros calientes y espesos que se mezclaron con todo lo que ya había. El semen salió a presión, rebosó por los lados, chorreó por mi muñeca y por sus muslos. Elena se convulsionó entera, gritando, el cuerpo arqueado en un espasmo violento. Otro chorro caliente salió de ella —orina de placer mezclada con nuestros fluidos—, empapándome.

Saqué la mano despacio, brillante, cubierta de crema blanca, moco espeso y su propia meada de gusto. El coño quedó abierto, latiendo, chorreando un río de semen y fluidos que formaba un charco en el sofá. Elena jadeaba, con los ojos vidriosos y una sonrisa exhausta.

—Joder, Jose… me has reventado… pero quiero más. Quiero que me lo hagas otra vez… hasta que no pueda ni caminar.

Y yo, con la polla todavía dura y goteando, supe que no iba a parar. No esa noche.

Elena me miró con los ojos entrecerrados, todavía jadeando después de la mano entera que le había metido con mi polla. El sofá de cuero estaba empapado bajo su culo, un charco oscuro de sus jugos, mi semen y su meada de placer extendiéndose hacia los bordes. Me dijo con voz ronca, casi ordenándome:

—Cierra el puño, Jose. Apoya el codo en el sofá y deja el brazo recto, con el puño hacia arriba. Quiero montármelo yo.

Obedecí sin pensarlo. Cerré la mano en un puño apretado, apoyé el codo en el cuero húmedo y estiré el brazo hacia arriba como si fuera un poste. Ella se subió al sofá de un salto torpe, las tetas pesadas bamboleándose, las medias negras rasgadas en un muslo. Se colocó de cuclillas sobre mi puño, las rodillas abiertas a los lados de mi cuerpo, el coño chorreando justo encima. Agarró mi antebrazo con las dos manos —dedos regordetes, uñas cortas, temblando de excitación— y empezó a guiar el puño hacia su entrada.

El agujero estaba abierto, rojo, hinchado, con los labios colgando flojos y cubiertos de crema blanca espesa. Cuando el puño tocó los bordes, Elena soltó un gemido largo y se dejó caer despacio. Sentí cómo la carne cedía alrededor de mis nudillos, cómo se estiraba, cómo el calor abrasador me envolvía otra vez. Empujó hacia abajo con las caderas, gruñendo entre dientes, y el puño desapareció dentro de un solo movimiento lento y brutal. El coño se abrió más, los labios mayores se aplastaron hacia fuera, el labio menor largo colgando como una tira de carne brillante.

No paró. Siguió bajando. Bajando. Bajando. Sentí cómo mi antebrazo se hundía centímetro a centímetro, cómo las paredes internas me apretaban, calientes, viscosas, resbaladizas de sus fluidos y de todo lo que ya había dentro. Casi medio brazo dentro, hasta unos quince centímetros donde el codo casi rozaba sus muslos. Elena empezó a moverse arriba y abajo, follándose mi brazo entero, las caderas subiendo y bajando con un ritmo desesperado. El sonido era excitante: chapoteo profundo, succión húmeda, fluidos saliendo a chorros cada vez que subía y caía.

Yo movía los dedos dentro, abriendo y cerrando el puño despacio, rozando las paredes que palpitaban exageradamente alrededor de mi antebrazo. Noté el anillo duro de su útero al fondo, un bulto firme que se contraía cada vez que lo tocaba. Elena se volvió loca: la cabeza echada hacia atrás, la boca abierta en un grito silencioso que se convirtió en alaridos roncos y descontrolados. El cuerpo le temblaba entero, las tetas bamboleándose violentamente, las piernas temblando en cuclillas.

Se corrió de golpe. Un chorro caliente y abundante me empapó el brazo. Gritó como una poseída, el cuerpo convulsionándose, las caderas clavándose hacia abajo una última vez hasta que mi puño chocó contra el fondo. “¡Joder… sí… sííííí! ¡Me corro… me corro en tu puta mano!”.

Cuando los espasmos amainaron, jadeando como si le faltara el aire, se sacó mi brazo despacio. Salió brillante, cubierto de una capa espesa de crema blanca, moco viscoso y chorros transparentes que goteaban hasta el codo. El coño quedó abierto de par en par, latiendo, chorreando un río continuo que formaba un charco debajo de ella.

Elena se bajó del sofá, se puso a cuatro patas entre mis piernas y me miró con los ojos vidriosos. Sin decir nada, abrió la boca y se tragó mi polla de un solo movimiento. Estaba tiesa otra vez, dura como piedra después de verla correrse así. Chupó con glotonería, succionando fuerte desde la base hasta la punta, la lengua rodeando el glande, metiéndose hasta la garganta hasta que me rozó las pelotas. La baba le chorrea por la barbilla, se le caía gotas en las tetas. Me agarró los huevos con una mano, los apretó suave pero firme, y aceleró el ritmo.

No aguanté ni dos minutos. Me corrí con un gruñido, chorros calientes y espesos que le llenaron la boca. Elena no se apartó. Siguió chupando, tragando todo lo que podía, aunque algo de semen le saliera por las comisuras y le resbalara por la barbilla en hilos blancos. Tragó casi todo, succionando hasta la última gota, dejando la polla limpia pero todavía sensible. Cuando por fin se sacó la polla de la boca, me miró con una sonrisa exhausta y sucia, con restos blancos en los labios y la barbilla.

—Joder, Jose… qué bueno… me has dejado el coño hecho mierda… pero quiero más. Quiero que me lo hagas otra vez. Quiero que me revientes hasta que no pueda ni andar.

La miré un segundo, con el brazo todavía empapado hasta el codo, el coño de ella chorreando sobre el sofá y mi polla medio blanda goteando restos de corrida. El salón olía a sexo puro: sudor, semen, orina de placer y ese almizcle denso que se te pega a la nariz y no se va.

Elena se echó a reír de repente, una risa ronca y cansada que le salió del pecho como si hubiera estado conteniéndola todo el rato. Se tapó la boca con el dorso de la mano, todavía jadeando, con el cuerpo temblando de los últimos espasmos.

—Es broma, Jose… joder, es broma —dijo entre risas, limpiándose una lágrima que le había salido del ojo—. Me has dejado hecha polvo. Ahora necesito descansar de verdad. Pero no me apetece bajar a mi casa ahora… ¿me puedo quedar contigo a dormir? Me bajo temprano, antes de que amanezca, y nadie se entera.

—Vale —le dije, con la voz ronca—. Pero vamos a limpiar este desastre. El sofá está pringado de coño, corrida y meada. No quiero que mañana huela a puticlub.

Ella soltó otra risa baja, se incorporó despacio y se sentó en el borde del sofá, con las piernas abiertas todavía, dejando que un último hilillo blanco se deslizara por el interior del muslo.

—Déjame a mí. ¿Dónde tienes una toalla, rollo de papel de cocina o trapos?

Me levanté, con las piernas flojas, y fui al baño. Volví con una toalla vieja de baño, de las que uso para secarme después de la ducha. Se la tiré.

—Con esto vale. Y hay más en el armario si hace falta.

Elena se puso de pie, desnuda, y empezó a limpiar. Primero pasó la toalla por el charco del sofá, absorbiendo el líquido viscoso que habíamos dejado: una mezcla espesa de semen, sus jugos y chorros de orina. La tela se empapó rápido, se volvió pesada y oscura. Luego frotó con fuerza los sitios donde había caído gotas, quitando los restos pegajosos que se habían secado en los bordes.

No dijo nada mientras limpiaba, solo respiraba hondo, con el coño todavía abierto y goteando un poco cada vez que se agachaba. Yo la miraba desde el lado, con la polla colgando floja pero todavía sensible, y pensé que era la puta escena más íntima y sucia que había vivido nunca: una mujer de 48 años limpiando el desastre que habíamos hecho juntos en mi sofá, como si fuera lo más normal del mundo.

Cuando terminó, tiró la toalla al suelo y me miró.

—Ducha. Los dos. Estoy pegajosa hasta las tetas.

Fuimos al baño. El agua caliente nos cayó encima como una bendición. Ella se metió primero, dejó que el chorro le golpeara la cara, el cuello, las tetas pesadas. Yo entré detrás, le enjaboné la espalda, le pasé la esponja por el culo, por entre las nalgas, por el coño que todavía estaba hinchado y rojo. Le metí dos dedos despacio mientras la enjabonaba, solo para sentir cómo seguía caliente y resbaladizo por dentro. Ella se apoyó en la pared, gimió bajito y dijo:

—Para, cabrón… que si sigues así me corro otra vez y no llego viva a la cama.

Nos enjuagamos, nos secamos con toallas limpias y nos fuimos a la cama. Ella se metió primero, desnuda, las medias negras todavía puestas porque dijo que le gustaba cómo le apretaban los muslos. Yo me tumbé a su lado, apagamos la luz y el dormitorio quedó a oscuras, solo con el resplandor naranja de la farola que entraba por la persiana.

Elena se giró hacia mí, me pasó un brazo por encima y se pegó a mi cuerpo. Sus tetas pesadas se aplastaron contra mi pecho, el pezón duro rozándome la piel. Me cogió la mano derecha y la bajó despacio hasta su coño. Lo puso ahí, con la palma abierta cubriendo todo: los labios mayores hinchados, el clítoris todavía sensible, el agujero que seguía húmedo y caliente.

—Abrázame fuerte —susurró—. Y déjame la mano ahí. Me gusta dormir así… notando que una mano me tapa el coño, me protege. Como si fuera mío y nadie más pudiera tocarlo hasta mañana.

Cerré los dedos suavemente sobre su monte, sintiendo el vello húmedo, el calor que todavía salía de dentro, el leve pulso de su clítoris bajo mi palma. Ella suspiró profundo, se acomodó contra mí y cerró los ojos.

—Buenas noches, Jose —murmuró—. Gracias por reventarme esta noche. Mañana… ya veremos.

Y así nos quedamos. Su respiración se fue haciendo lenta y profunda, el peso de su cuerpo relajado contra el mío, mi mano tapándole el coño como si fuera un secreto que solo nosotros sabíamos. El olor a sexo todavía flotaba en la habitación, suave ya, mezclado con el jabón de la ducha. Cerré los ojos y me dormí sintiendo su calor en la palma, su coño latiendo débilmente bajo mis dedos, y pensando que no había nada más jodidamente íntimo que esto: una vecina ocho años mayor que yo, durmiendo pegada a mí, con mi mano protegiéndole el coño que acababa de destrozar.

Y supe que, por la mañana, cuando se fuera temprano a su casa, yo me quedaría oliendo a ella en las sábanas hasta que las pusiera en la lavadora.