Anuncio: Venid ya
La habitación 512 olía a limpio industrial y a deseo contenido. Ella no esperaba palabras, solo cuerpos jóvenes dispuestos a usarla. Cuando la puerta se cerró, el silencio se rompió con el sonido de la piel y el sudor.
Era una noche cualquiera en esa importante ciudad del norte de España, pero para mí era la noche perfecta: el aire del hotel olía a limpio industrial mezclado con el leve aroma salado del mar que se colaba por la ventana entreabierta. Mi piel aún estaba caliente de la ducha, suave y húmeda, con gotitas que resbalaban por el canalillo entre mis tetas grandes y pesadas. El coño me latía desde la tarde, un pulso constante, caliente, empapado; cada roce de los muslos al caminar me hacía soltar un suspiro silencioso. Siempre he sido así: el deseo me inunda sin palabras, solo con el cuerpo gritando. No hablo cuando estoy cachonda. Mi cara lo dice todo: ojos entrecerrados y brillantes, labios entreabiertos dejando escapar el aliento acelerado, lengua rozando el labio inferior despacio, mirada fija y viciosa que baja directo al bulto del otro como si ya pudiera saborearlo.
En una pagina de anuncios para encuentros habia puesto un anuncio muy explicito y con fotos mias solo del cuerpo para tener un encuetro de sexo a tope, lo que me llevo a quedar con esos tres chicos jóvenes —22, 24 y 25 años— a través del correo electronico. Les escribí lo justo: “Habitación 512. Venid ya. Os espero para que me uséis”. No les conté cuentos. Solo eso. Y una foto mía de espaldas, el culo gordo marcado en leggings negros y las tetas desbordando por el escote.
Abrí la puerta sin decir nada. El pasillo olía a moqueta vieja y a colonia barata de alguien que había pasado antes. Los tres entraron: el moreno con olor a jabón fuerte y sudor fresco; el rubio con un leve aroma a menta de chicle; el de piel oscura trayendo un toque almizclado, masculino, que me hizo contraer el coño al instante. Cerré la puerta con un clic suave y me giré despacio, dejando que el vestido corto negro se subiera un poco por los muslos gordos. El tejido fino rozaba mis pezones tiesos, enviando chispazos directos al clítoris hinchado.
Me puse de rodillas en la alfombra mullida sin que me lo pidieran. El suelo estaba tibio bajo mis rodillas desnudas. Miré hacia arriba con esa expresión que conozco tan bien: cejas ligeramente alzadas, mordiéndome el labio inferior hasta que se puso rojo, ojos clavados en sus paquetes con hambre pura. El moreno fue el primero. Se bajó la cremallera con un sonido metálico seco que resonó en la habitación silenciosa. Sacó su polla: gruesa, venosa, caliente al tacto cuando la rocé con la punta de los dedos. Olía a piel limpia y a excitación cruda, un aroma salado que me llenó la nariz y me hizo salivar al instante.
No esperé. Me incliné hacia delante, abrí la boca despacio —el labio inferior temblando un poco de anticipación— y saqué la lengua para lamer la cabeza gorda. El sabor explotó: salado, ligeramente amargo que goteaba espeso, caliente contra mi lengua. Gemí bajito, un ronroneo gutural que vibró en mi garganta, y me la metí entera hasta donde pude. La sentí latir contra mi paladar, llenándome la boca, el tronco grueso estirándome las comisuras hasta doler rico. Succione fuerte, las mejillas hundiéndose, saliva espesa empezando a chorrear por mi barbilla y cayendo gota a gota sobre mis tetas expuestas.
El rubio se acercó por el lado. Su polla salió libre con un rebote: larga, recta, la piel suave y caliente rozándome la mejilla. Olía a jabón y a macho excitado. Giré la cabeza sin soltar la del moreno, lamí de abajo arriba despacio, saboreando cada vena hinchada, el pulso acelerado bajo mi lengua. Luego alterné: mamando una profunda —la garganta contrayéndose en arcadas húmedas que hacían más saliva—, lamiendo la otra por el tronco mientras mis manos subían por sus muslos sudorosos, agarraba sus huevos pesados, calientes y arrugados, los masajeaba sintiendo cómo se tensaban.
El de piel oscura se puso detrás. Me levantó el vestido con manos grandes y ásperas —el roce de sus palmas callosas en mis nalgas gordas me hizo arquear la espalda—. Abrió mis nalgas con fuerza, el aire fresco del hotel chocando contra mi ano rosado y mi coño empapado. Metió dos dedos de golpe: el estiramiento brutal, el chapoteo húmedo y obsceno resonando en la habitación, el olor almizclado de mi excitación subiendo fuerte. Empujé las caderas hacia atrás instintivamente, ofreciéndome más, mi coño contrayéndose alrededor de sus dedos como si quisiera tragárselos. Gemí ahogado alrededor de la polla en mi boca, el sonido vibrando contra el tronco, haciendo que el moreno gruñera y me follara la boca más rápido.
No hablaba. Solo gemía, babeaba, ponía cara de puta absoluta: ojos muy abiertos y brillantes de lágrimas de placer, mejillas sonrojadas, lengua fuera lamiendo lo que podía cuando sacaban la polla un segundo. El moreno me agarró del pelo —el tirón delicioso en el cuero cabelludo— y empezó a follarme la boca con ritmo: embestidas largas que me llegaban hasta la garganta, el glande golpeando el fondo, arcadas que me hacían toser saliva espesa que chorreaba por mi barbilla y goteaba caliente sobre mis tetas pesadas. El rubio me sacó una teta del vestido, la agarró fuerte —sus dedos hundiéndose en la carne blanda—, pellizcó el pezón hasta que dolió rico y un latigazo bajó directo a mi clítoris.
El de piel oscura me levantó de golpe —el mundo giró un segundo, el olor a sexo ya impregnando toda la habitación—. Me tiró en la cama boca arriba. Las sábanas frías contra mi espalda sudorosa contrastaron con el calor de mi piel. Abrí las piernas de par en par sin que me lo pidieran, el coño hinchado y brillante expuesto, el olor almizclado subiendo en oleadas. Puse cara de viciosa total: mordiéndome el labio, ojos suplicantes, caderas empujando hacia arriba ofreciéndome. Él se la metió de una embestida brutal: el estiramiento inmenso, el roce de cada vena dentro de mí, el sonido húmedo y chapoteante cuando chocó contra el fondo. Grité sin palabras, solo un “ahhh” ronco y gutural, y empecé a mover las caderas al ritmo, mis tetas rebotando pesadas con cada golpe.
El moreno se subió a la cama, se sentó en mi pecho —el peso de sus muslos contra mis costados, el olor fuerte de su entrepierna llenándome la nariz— y me folló las tetas: apretándolas alrededor de su polla con manos ásperas, embistiendo mientras yo lamía la punta cada vez que salía, saboreando el precum mezclado con mi saliva. El rubio se arrodilló al lado de mi cabeza y me metió su polla en la boca de nuevo: ahora llena por los tres, el sabor múltiple en mi lengua —salado, almizclado, crudo—, el olor a sexo denso en el aire, los gemidos de ellos mezclándose con mis ronroneos ahogados.
Cambiamos sin parar. Me pusieron a cuatro patas: el colchón hundiéndose bajo mi peso, las sábanas arrugadas oliendo a sudor y a mí. Uno en el coño —el chapoteo constante, el calor húmedo extendiéndose por mis muslos—, uno en el culo —el ardor delicioso del estiramiento, el roce profundo que me hacía temblar—, uno en la boca —la garganta llena, saliva chorreando, arcadas húmedas—. Yo empujaba hacia atrás, abría más la boca, movía la lengua sin parar, mi cara lo decía todo: “más”, “no paréis”, “usadme hasta que os corráis”.
Cada corrida fue una explosión sensorial: primero en mi coño, chorros calientes y espesos rebosando, resbalando calientes por mis muslos gordos; luego en mi boca, tragando lo que podía mientras el sabor salado me llenaba la garganta y el resto me pringaba los labios y la barbilla; después entre mis tetas, semen espeso esparciéndose por mi piel sudorosa, caliente y pegajoso, goteando lento hacia mi ombligo.
Al final quedé tirada, pringada por todas partes: el olor a semen crudo y a sexo impregnando las sábanas, mi piel brillante de sudor y corridas, coño y culo dilatados palpitando, tetas marcadas con dedos rojos, cara y barbilla cubiertas. Ellos jadeaban, el aire pesado y caliente. Yo solo sonreí, me pasé la lengua por los labios pringados —saboreando el residuo salado— y les miré con esa misma cara viciosa de siempre: ojos brillantes, labios hinchados, expresión de “volveré a estar aquí cuando queráis”.
No hizo falta decirlo. Lo entendieron perfecto. Porque cuando estoy así, mi cuerpo habla más sucio que cualquier palabra. Y a ellos les encanta. A mí también. Siempre.
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