Xtories

El gitano del mercadillo (V)

Rafael esperaba fuera, pero el verdadero juego comenzó cuando la puerta de la furgoneta se cerró. Ahora, la tensión no ha desaparecido; se ha trasladado al dormitorio, donde cada mirada entre ellos promete volver a cruzar la línea.

Felicia CP2.7K vistas

Caminamos en silencio al principio. El mercadillo quedó atrás con su ruido de voces y pregones, con su olor a fritura y a tela nueva. Íbamos sin compra; la llevaba puesta, y además regalada, por puta quizá.

Sentía el roce de la prenda contra el muslo a cada paso. No sabía si era imaginación o memoria física. Rafael caminaba a mi lado, acompasado, sin tocarme. Pero su presencia era más densa que de costumbre. No había prisa en su andar. Tampoco normalidad.

—¿Qué ha pasado ahí dentro? —preguntó al fin.

Su tono no fue brusco. Tampoco ingenuo. Era una pregunta colocada con cuidado, como quien tantea el suelo antes de dar un paso. Miré al frente. Las fachadas conocidas del barrio parecían distintas bajo la luz de ese mediodía.

—Prefiero no hablar de eso ahora —respondí.

No mentí. Tampoco aclaré y él asintió muy levemente, como si ya esperara esa respuesta.

—Vale.

Pero su “vale” no cerró nada. Era un acuerdo provisional. Seguimos caminando. Una vecina nos saludó desde la otra acera. Respondí con una sonrisa que me pareció ajena.

Sentía que Rafael sabía más de lo que preguntaba. No necesitaba detalles. No necesitaba confirmación verbal. Había visto mi forma de salir de la furgoneta. Mi respiración. Mi manera de sostenerle la mirada.

Y yo sabía que él lo sabía.

—¿Vas a volver? —preguntó de pronto.

Lo miré.

—¿Volver a dónde?

Él esbozó una sonrisa leve.

—Al puesto.

La pregunta quedó suspendida entre nosotros como un hilo tenso. Pensé en Abelardo. En la chapa tibia. En el encaje rojo. En la mujer que había sido aquella mañana y en la que estaba empezando a ser.

—No lo sé —dije.

Y era verdad. Rafael sostuvo mi mirada un segundo más de lo habitual. En sus ojos no había ira. Había inquietud. Y algo más oscuro. Algo que reconocí como deseo. Mi ambigüedad lo descolocaba, y al mismo tiempo lo encendía. Y a mí me descolocaba su impostada indolencia.

—Ya, entiendo. No lo sabes… —murmuró.

Volvimos a caminar. A mitad de la calle, su mano rozó la mía. No fue un gesto inocente. Sus dedos se cerraron despacio, firmes, como si reclamaran presencia. Sentí el calor subir por mi brazo. No hablamos más. Pero entre nosotros había algo nuevo, algo que no estaba esa mañana cuando salimos a desayunar churros. No era culpa. No era reproche. Era una tensión distinta. Más viva. Más peligrosa. Y mientras subíamos las escaleras de casa, comprendí que lo que había empezado en la furgoneta no había terminado allí. Apenas acababa de trasladarse a nuestro matrimonio.

***

La taberna olía a vino peleón, fritura y madera vieja. Era martes lluvioso, día sin mercadillo, y los vendedores ambulantes ocupaban como siempre la mesa del fondo, la más cercana a la máquina tragaperras que nunca daba premio. Abelardo, en pie junto a la mesa, apoyó el codo en la barra, la camisa abierta un botón más de lo habitual, y dejó que el relato cayera entre sorbo y sorbo.

—Os digo que no fue cosa de charla —sentenció, con media sonrisa torcida—. Se metió en la furgoneta y le di lo que su marido payo quizá no es capaz de darle.

Fabián, un gitano menudo pero apuesto de bigote fino, soltó una carcajada incrédula.

—¿Pero tú estás loco? —dijo—. ¿Ahí mismo? ¿Con tu mujer a cuatro pasos?

Claudio, que vendía cinturones y artículos de cuero y que tenía fama de prudente, negó con la cabeza.

—Eso ya es jugar con fuego, Abelardo.

Evaristo, el único no gitano del grupo, levantó el vaso.

—¿Fuego? Si este siempre ha sido capaz de eso y más. ¿O no os acordáis de lo de Badajoz?

Rieron. Abelardo no negó nada. Se limitó a encogerse de hombros, como si la osadía fuese parte de su naturaleza.

—No fue por joder a nadie —añadió, más serio—. La paya sabía dónde entraba y su marido allí pasmarote ante el puesto, también.

—¿Y tu mujer? —insistió Fabián—. Carlota no es tonta.

Abelardo se quedó un segundo en silencio. Dio un trago largo.

—Carlota sabe cómo soy. Y yo sé hasta dónde puedo llegar. Además, no la metas en esto —rió con ganas.

No había ternura en la frase. Tampoco culpa. Era un pacto no escrito, viejo como su matrimonio.

Claudio bajó la voz.

—¿Y el marido? ¿Dices que se quedó fuera esperando?

Abelardo soltó una risa corta.

—Estaba. Y hubiera querido ser espectador, estoy seguro.

—¡Jóder!—Evaristo alzó las cejas.

—Ya te digo —repitió Abelardo, disfrutando del efecto—. Ese no es ningún santo. Ese sabía lo que hacía cuando la dejó entrar.

Hubo un murmullo entre ellos. Aquello ya no era solo bravuconería; era algo más turbio. Fabián se inclinó hacia delante.

—¿Y cómo es ella?

Abelardo apoyó la espalda en la silla, pensativo.

—No es como las otras, aunque yo le dijese que era como todas las payas. No es de las que van buscando. Pero tiene hambre. De las que tarda en despertarse… y cuando despierta no se vuelve a dormir fácil.

Evaristo soltó un silbido bajo.

—Preséntanosla, entonces. Ahora bien, mi mujer es paya, y no es “de esas”.

Claudio le dio un codazo.

—¿Tú estás tonto?

Pero Abelardo no dudó ni un segundo.

—Cuando queráis os la presento —dijo—. Esa mujer es capaz de tener trato con cualquier hombre… y el marido no muy lejos. No tardará en volver al puesto.

La afirmación cayó pesada sobre la mesa. No era solo jactancia. Era convicción.

—¿Tan claro lo ves? —preguntó Fabián.

Abelardo asintió despacio.

—Hay mujeres que se esconden detrás de la decencia. Y hay otras que un día cruzan una puerta… y ya no vuelven atrás.

Se llevó el vaso a los labios. En su mirada no había enamoramiento. Tampoco respeto profundo. Había orgullo. Y una seguridad peligrosa: la de quien cree haber descubierto un filón que aún no ha terminado de explotar.