Xtories

La exposición. Capítulo I

Ciro no quiere solo verte desnuda; quiere verte temblar bajo la mirada de un extraño. Y lo peor es que él ya lo ha planeado todo para que no puedas decir que no.

Aura2K vistas

La bomba estalló un martes por la noche, camuflada bajo la aparente normalidad de una copa de vino después de cenar. Estábamos sentados en el sofá, con la televisión de fondo a un volumen casi inaudible. Yo ojeaba un libro mientras Ciro trasteaba con su tablet, inmerso en ese mutismo cómodo que solo dan los años de matrimonio.

De pronto, bloqueó la pantalla, dejó el aparato sobre la mesa de centro y se giró hacia mí con esa media sonrisa que siempre me acelera el pulso. Esa curva en sus labios significaba invariablemente que acababa de maquinar algo.

—He encontrado algo interesante —anunció, apoyando un brazo en el respaldo del sofá.

—Miedo me das —murmuré, sin cerrar el libro ni dedicarle toda mi atención.

—De un regalo. Un regalo que quiero que me hagas.

Fruncí el ceño, intrigada. Ciro cogió de nuevo la tablet y me la tendió. En la pantalla brillaba el anuncio de un foro de fotografía. El texto, breve y directo, explicaba que un joven fotógrafo aficionado estaba buscando modelos voluntarias para un proyecto de temática boudoir. El objetivo final del reportaje era seleccionar las mejores tomas para exponerlas dentro de un mes en una pequeña galería de arte alternativa del Soho; el típico centro cultural que cedía sus paredes para dar visibilidad a talentos emergentes.

Terminé de leer y le devolví la tablet con una risa seca, negando con la cabeza.

—Ni hablar, Ciro. Rotundamente no.

—Ni siquiera te lo has pensado.

—No hay nada que pensar —repliqué, cruzándome de brazos a la defensiva, sintiendo cómo una punzada de inseguridad me arañaba el estómago—. Tengo cuarenta años. No soy una modelo profesional de veinte con unas medidas de escándalo. Soy una mujer rellenita, con mis kilos de más, mi barriga y mis complejos. La idea de encerrarme en una habitación para que un crío al que no conozco de nada me enfoque con un objetivo enorme buscando mis ángulos muertos me aterra.

—Precisamente por eso lo he hecho —contestó él, con una calma pasmosa.

—¿Has hecho el qué? —pregunté, sintiendo que el aire se me atascaba en la garganta.

—Escribirle. Le mandé un correo esta tarde contándole exactamente cómo eres. Le especifiqué tu edad, le hablé de tus curvas y de esa rotundidad tuya que a mí me vuelve loco. —Ciro se inclinó hacia delante, acortando la distancia para cogerme de las manos—. Y le ha encantado la idea. Me ha contestado hace media hora aceptando el perfil. Dice que el contraste de una mujer madura aportará mucha fuerza a la exposición.

Me quedé paralizada, dividida entre la indignación de que hubiera tomado esa decisión a mis espaldas y el innegable subidón de ego al saber que aquel desconocido había validado mi atractivo por escrito. Aun así, mi barrera principal seguía intacta.

—Sigue siendo un no —insistí, bajando el tono de voz—. Todo lo que hemos hecho hasta ahora, todas las locuras en las que me has metido, funcionaban porque tú estabas ahí. Tú eres mi red de seguridad. Ver cómo te excitas al mirarme es lo que me da el valor para desinhibirme. Si me encierro a solas con un extraño y una cámara, me quitas mi ancla. No sería nuestro juego. Sería solo... exponerme gratis.

Mi marido me soltó una mano para acariciarme la mejilla con una ternura infinita. Sabía perfectamente cómo desmontarme.

—Es que ese es exactamente el juego esta vez —susurró, clavando sus ojos verdes en los míos—. Quiero que me regales ese nivel de vulnerabilidad. Quiero entrar a esa galería la noche del estreno y descubrir, junto al resto de la gente, cómo te ha visto otro hombre. Quiero perderme en esas fotos sin saber qué posturas te pidió que hicieras o qué pasó realmente en esa habitación.

Tragué saliva. La imagen mental que acababa de proyectar era un dardo envenenado directo a mi punto débil. Su devoción por el voyerismo me estaba arrastrando.

—Además, no estarás sola del todo —añadió, deslizando el pulgar por mi labio inferior con una sonrisa cargada de promesas perversas—. Yo no estaré en la habitación, pero mi presencia se va a notar. Tú solo tendrás que presentarte en la dirección del hotel que nos ha dado. Yo me encargaré de prepararte personalmente la maleta con la lencería que vas a usar. No sabrás qué te vas a poner hasta que abras la cremallera.

Cerré los ojos, exhalando un suspiro tembloroso que sonó a rendición absoluta. Las inseguridades sobre mi cuerpo seguían ahí, latiendo bajo mi piel, pero el morbo de someterme a su capricho a ciegas acababa de devorarlas por completo.

—Estás completamente enfermo —murmuré, abriendo los ojos para sostenerle la mirada.

—Lo sé —sonrió, dándome un beso suave en la comisura de los labios—. Entonces, ¿lo harás?

Salir de casa fue un auténtico suplicio. Me quedé un buen rato parada en el recibidor, con el abrigo puesto y la mirada clavada en la pequeña maleta de cabina que Ciro había dejado preparada junto a la puerta. La tentación de cancelar el plan, escribirle al fotógrafo con una excusa barata y quedarme en el sofá fue inmensa. Aún mayor fue la urgencia de agacharme, abrir la cremallera y comprobar qué demonios había metido mi marido ahí dentro, pero un pacto era un pacto. Agarré el asa con fuerza, respiré hondo y salí del piso antes de arrepentirme.

El trayecto en coche hasta el hotel se esfumó en un suspiro. Es curioso cómo funciona el cerebro; cuando deseas con todas tus fuerzas que el tiempo se detenga para retrasar lo inevitable, los minutos parecen acelerarse a un ritmo de vértigo. Aparqué en el garaje subterráneo del propio edificio y subí a recepción. Hice el check-in intentando mantener una fachada de mujer de negocios segura de sí misma, pero no se me escapó la sutil mirada de sorpresa de la recepcionista. Sus ojos saltaron de la enorme y lujosa suite que figuraba a mi nombre en la pantalla del ordenador a la minúscula maleta de mano que yo arrastraba. Probablemente pensó que me esperaba un fin de semana de encierro muy intenso, y, de un modo retorcido, no se equivocaba.

Habíamos acordado que yo llegaría primero para acomodarme. Al abrir la puerta de la habitación, el espacio me dejó impresionada. Era inmensa. En el centro exacto de la estancia reinaba una cama de matrimonio gigantesca con sábanas impolutas. A un lado, un escritorio de madera noble con su silla; al otro, como un mueble más que parecía retar al mismísimo pudor, un sillón tántrico tapizado en piel negra que prometía ser el protagonista de la tarde.

El diseño del cuarto era exquisito: cruzando una gran puerta corredera que hacía las veces de pared, se abría un pequeño salón privado con dos sofás dobles, una mesa baja y una televisión. Volví sobre mis pasos hacia la entrada. Pasados los amplios armarios roperos donde colgué mi abrigo y se situaba la caja fuerte, se encontraba el baño. Era un espacio completo, moderno y cuya puerta desembocaba de forma peligrosamente sugerente a escasos pasos del lateral de la cama. Destacaba por su plato de ducha enorme con una mampara de cristal transparente.

Dejé la maleta sobre el mármol del lavabo, volví a la habitación y me quité los zapatos. Necesitaba anclarme a la realidad. Caminé descalza, sintiendo el contraste del parqué frío y la suavidad de las alfombras bajo las plantas de mis pies antes de dejarme caer bocarriba sobre la enorme colcha blanca, me desabroché el botón del pantalón para liberar la presión en el vientre y me quedé mirando fijamente al vacío del techo.

El silencio era absoluto. Miré el reloj de reojo; faltaban diez minutos. El pulso me latía en los oídos.

A su hora exacta, un par de golpes secos con los nudillos en la puerta me hicieron dar un respingo. Me abroché el pantalón a toda prisa, me pasé las manos por el pelo para arreglármelo y fui a abrir.

Al otro lado del umbral estaba Hugo. Era un chaval jovencísimo, no le echaba más de diecinueve o veinte años. Era un poco más alto que yo y poseía esa deliciosa delgadez natural de quien aún tiene el metabolismo de un adolescente y no necesita pisar un gimnasio para mantenerse en forma. Aun así, se adivinaban unos hombros anchos y unos pectorales bastante definidos bajo la camiseta de algodón negra que llevaba, estampada con el logo de la última gira de una de esas bandas de indie rock moderno.

—Hola, soy Aura —le dije, esforzándome por sonreír.

—Hugo. Encantado —respondió, adelantándose para darme dos besos en las mejillas.

El roce fue fugaz, pero me bastó para notar su respiración agitada y un levísimo temblor en sus manos. Estaba atacado. Iba cargado hasta los topes con un par de mochilas enormes cruzadas al pecho y a la espalda, rebosantes de focos, trípodes, lentes y cuerpos de cámara. Se le notaba a leguas que estaba intentando ir de profesional curtido, de tipo duro e inexpresivo que domina la situación, pero la abrumadora realidad de verse a solas en la habitación de un hotel con una mujer que le doblaba la edad lo estaba superando.

Darme cuenta de su inseguridad fue, paradójicamente, el mejor calmante que pude recibir. Mi propio nerviosismo se evaporó casi por arte de magia, sustituido por una chispa de autoridad maternal y morbo.

—Pasa, por favor. Deja todo eso donde quieras —le invité, apartándome de la puerta.

Hugo caminó directo hacia el escritorio y empezó a descargar su arsenal, intentando desplegar los equipos de la manera más metódica y ordenada posible para no perder los nervios. Me quedé apoyada en el marco del pequeño salón, observándolo cruzar objetivos y montar el primer flash sobre un trípode.

—Y cuéntame —empecé, cruzándome de brazos en una postura relajada para darle un poco de palique y romper el hielo—. ¿De dónde te viene esta afición por la fotografía? ¿Estudias algo relacionado?

Se detuvo un segundo, irguiendo la espalda, agradecido por la oportunidad de hablar de su terreno seguro.

—Estudio Comunicación Audiovisual —respondió, ajustando una tuerca con un poco más de fuerza de la necesaria—. Pero la fotografía boudoir y de retrato es mi verdadera pasión. Me inspira muchísimo el trabajo de los grandes, ya sabes... la elegancia cruda de Helmut Newton, el trato de la luz de Lindbergh, o cosas más contemporáneas y transgresoras. Busco ese tipo de autenticidad en mis modelos.

Sonreí para mis adentros. Se estaba tirando el pisto de manual, recitando nombres ilustres para que yo supiera que no era un simple aficionado, aunque la gotita de sudor frío que le perlaba la frente lo delatara. Seguía profundamente tenso. Y, si era sincera conmigo misma, yo estaba igual o peor que él. Me estaba aferrando a su nerviosismo como a un asidero para no ahogarme en el mío propio. Bajo mi fachada de mujer adulta y comprensiva, el corazón me latía con tanta violencia contra las costillas que temía que pudiera escucharlo. El peso de mis cuarenta años, de mis inseguridades y de la absoluta locura en la que Ciro me había metido amenazaba con aplastarme allí mismo, justo en mitad de la habitación.

—Me parece fantástico —le concedí con un tono suave, obligándome a tragar el nudo de pura cobardía que se me había formado en la garganta—. Oye, si no te importa, mientras tú terminas de montar el set y mides las luces, yo voy a ir pasando al aseo para cambiarme y prepararme con calma.

—Sí, sí, claro. Por supuesto —asintió con demasiada rapidez, sin atreverse a mirarme directamente a los ojos, aliviado por tener unos minutos a solas para respirar sin sentirse observado.

Le dediqué una última sonrisa de cortesía, di media vuelta y caminé hacia el cuarto de baño sintiendo que las rodillas me temblaban a cada paso. En cuanto crucé el umbral, me encerré, eché el cerrojo con un clic metálico y me apoyé de espaldas contra la madera, dejando escapar por fin todo el aire que no sabía que estaba reteniendo.

Allí estaba la maleta de Ciro, esperándome sobre lavabo. Pero antes de enfrentarme a ella, necesitaba preparar el lienzo.

Me desnudé por completo. Abrí los pequeños envases de productos de cortesía que ofrecía el hotel y, armada con una maquinilla desechable y un gel de baño de olor cítrico, me depilé la vulva a conciencia hasta dejarla completamente suave y libre de vello, dándome también un repaso rápido en las axilas. Después, me metí bajo la inmensa alcachofa de la ducha. No me mojé el pelo, pero dejé que el agua caliente relajara mis músculos y limpiara mi piel, frotándome hasta oler a limpio y a jabón caro.

Salí de la ducha, me envolví en una toalla blanca y me planté frente al espejo. La humedad del baño empañaba ligeramente el cristal. Buscando una excusa para retrasar lo inevitable, cogí mi cepillo. Con movimientos mecánicos, me desenredé el pelo y lo recogí en una trenza razonablemente bien hecha que dejé caer sobre uno de mis hombros; un intento casi absurdo de aferrarme a cierto orden y pulcritud antes de desatar el caos.

Pero el momento de la verdad había llegado. Extendí la mano, abrí la cremallera de la maleta, aparté el papel de seda y la sorpresa me robó el aliento.

Ahí dentro no había nada diseñado para disimular la madurez de mis cuarenta años ni para esconder mis caderas anchas. Al contrario. Era una única pieza de lencería pensada para exhibir y exponer la rotundidad de mi cuerpo sin concesiones. Dejé caer la toalla a mis pies y me quedé mirando mi propia desnudez. Dudé. Mi mano se quedó suspendida sobre el encaje negro mientras un nudo de puro pánico me paralizaba la garganta. La imagen de Hugo, al otro lado de la puerta, se cruzó por mi mente: un chaval con la piel tersa, el abdomen firme y ese atractivo insultante y natural que solo da la juventud. Y allí estaba yo, una mujer con el peso de cuatro décadas encima, a punto de embutir sus curvas y sus complejos en un trozo de tela diseñado para el exceso.

Tragué saliva, cerré los ojos un segundo para invocar el morbo de saber que Ciro había orquestado todo esto para mí, y para él, y me deslicé dentro de aquel body de encaje negro.

En cuanto la tela se ajustó a mi piel, la transformación fue casi instintiva, mutando mis miedos en puro descaro visual. Los gruesos tirantes de encaje bajaban desde mis hombros formando un escote en «V» vertiginoso que descendía hasta fundirse bajo mi esternón. Ese corte audaz dejaba la mitad interna de mis pechos completamente al aire, enmarcando su volumen y dejando mis pezones libres, rozando casi el borde festoneado de la tela. Por debajo de ellos, el diseño se abría en un amplio rombo que dejaba mi vientre desnudo, abrazando la amplitud de mis caderas con un tiro altísimo que alargaba visualmente mis piernas y acentuaba mi figura de reloj de arena.

Pero la verdadera humillación, la perversión oculta que me robó el aliento al terminar de subirme la prenda, estaba en la entrepierna. El body no se cerraba con tela de algodón, sino que una gruesa y tensa ristra de perlas blancas conectaba la parte frontal con la trasera, que terminaba en un minúsculo hilo de tanga. Al acomodarlo sobre mis caderas, las perlas lisas y frías se encajaron milimétricamente entre mis labios mayores. Di un paso frente al espejo y solté un jadeo involuntario; el más mínimo movimiento provocaba que las cuentas rodaran y friccionaran directamente contra mi clítoris, un contraste nacarado sobre el encaje negro que me recordaba a cada segundo la obscenidad a la que me iba a someter.

Pero la perversión de Ciro no terminaba en la lencería. Aún quedaban dos objetos en el fondo de la maleta que terminaron de dispararme el pulso. El primero era nuestra única concesión al anonimato, aunque su diseño lo convertía en una pieza de puro fetichismo: un antifaz de intrincado encaje negro. Me lo coloqué, acomodando los bordes sobre mis pómulos. La filigrana oscura enmarcaba mis ojos, dándome un aire misterioso y felino, pero dejaba completamente expuestos mis labios, listos para que la cámara capturara cada suspiro. Al ponérmelo, la transformación mental fue instantánea. Bajo esa máscara ya no era Aura, la mujer madura lidiando con sus complejos frente a un chaval; me acababa de convertir en una fantasía impúdica y anónima.

El segundo elemento estaba envuelto en una funda de terciopelo. Al deslizarlo fuera, contuve la respiración. Era un consolador de cristal macizo, completamente transparente, recorrido de punta a base por una elegante espiral de vidrio en un intenso tono azul cobalto. Su superficie era impoluta, implacablemente dura y, al tacto, escalofriantemente fría.

El mensaje de mi marido era cristalino. No me había mandado allí para que me limitara a posar de forma estática. Quería que aquel fotógrafo veinteañero me viera usar aquello. Quería que el objetivo captara cómo el frío del cristal me erizaba la piel, cómo el azul de la espiral brillaba bajo los focos al mezclarse con la humedad que ya estaban generando las perlas de mi entrepierna, y cómo mi rostro enmascarado se desencajaba al penetrarme frente a la lente de un extraño.

Pero sosteniendo el peso de aquel juguete, una revelación mucho más oscura y liberadora se abrió paso en mi mente. Ciro había preparado esta maleta con una precisión quirúrgica, siendo plenamente consciente de que, empujada a semejante nivel de obscenidad, me iba a resultar imposible mantener el control y el raciocinio durante toda la sesión. De hecho, empecé a sospechar que en el fondo deseaba exactamente eso: que no lo consiguiera. Que me dejara arrastrar. A fin de cuentas, a través de las fotografías, él iba a ser un testigo omnisciente de todo lo que pasara en esta habitación. Si cruzaba la barrera de la infidelidad, no sería una traición; sería la culminación de la retorcida fantasía que mi propio marido había orquestado.

Busqué refugio en la última prenda de la maleta: una bata larga de tul negro. Me la puse por encima de los hombros y la anudé a mi cintura, usándola como una primera e indispensable barrera psicológica. Fue un consuelo absurdo. La tela transparente cubría mi piel, sí, pero dejaba a la vista cada curva, el descaro de mi escote y el contraste de mi carne bajo el encaje.

Agarré el pomo de la puerta, apretando el frío cristal del consolador en mi mano derecha hasta que se me pusieron los nudillos blancos, y tiré hacia mí.

Salí del baño.

Hugo estaba arrodillado junto al lateral de la enorme cama, apretando la rosca de fijación de un trípode. Al escuchar mis pies descalzos sobre la madera, levantó la cabeza.

Su rostro fue un poema. Pasó en una fracción de segundo de la concentración técnica más absoluta a un asombro tan profundo que lo dejó literalmente petrificado. Sus ojos, enormes, recorrieron mi figura desde el escote en «V», deteniéndose en el vientre desnudo, para luego clavar la mirada en las cuentas de nácar blancas que descansaban en mi entrepierna, perfectamente visible bajo el tul de la bata. Finalmente, sus pupilas subieron hasta chocar con el encaje de mi antifaz.

Se quedó allí, congelado. El silencio se volvió tan denso que casi podía escuchar el latido desbocado de mi propio corazón.

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