Mujer fiel
María siempre ha sido la esposa perfecta, pero esta noche su devoción tiene un precio obsceno. Mientras Javier la observa a través de la pantalla, ella se entrega a extraños en baños públicos y en la calle, no por deseo, sino por obediencia. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar él para poseerla, y hasta dónde ella para ser suya?
María llevaba doce años casada con Javier y, para cualquiera que la conociera, era la definición misma de devoción. Hablaba de él en presente continuo: “Javier dice…”, “Javier prefiere…”, “Javier me cuida tanto que…”. Le planchaba las camisas oliéndolas como si fueran incienso, le preparaba el café exactamente a las 6:47 cada mañana, se arrodillaba para atarle los cordones cuando él llegaba cansado. En la cama era igual de entregada: se abría de piernas nada más verlo entrar por la puerta, le chupaba la polla con devoción casi religiosa, se tragaba todo y después le besaba los pies agradeciéndole que la usara. Javier era su dios doméstico y ella su fanática número uno.
Aquella noche de viernes, sin embargo, las amigas la arrastraron a un bar de copas de esos que todavía tienen luces neón y olor a perfume barato mezclado con sudor. “Solo una copa, María, por favor, llevas meses diciendo que no”. Accedió porque le pareció que negarse sería decepcionarlas, y decepcionar a alguien que no fuera Javier le parecía un pecado menor.
A las once y media ya llevaba tres gin-tonics y el cuarto le temblaba en la mano. Un tipo alto, barba de tres días, camiseta ajustada y mirada de depredador tranquilo se acercó a la barra justo a su lado. Pidió un whisky seco sin mirarla, pero ella sí lo miró. Miró el volumen que marcaba en los vaqueros, la forma en que los músculos del antebrazo se tensaban al sujetar el vaso, el olor a colonia cara y piel caliente que desprendía. Algo se le rompió por dentro, un dique que llevaba años conteniendo agua negra.
No pasaron ni quince minutos antes de que estuvieran en el baño de hombres del fondo. Él la tenía empotrada contra los azulejos fríos, la falda subida hasta la cintura, las bragas arrancadas de un tirón y guardadas en el bolsillo trasero de él como trofeo. María jadeaba con la boca abierta, los ojos vidriosos, mientras él se la metía de una embestida hasta el fondo. Era más gruesa que la de Javier, más larga también, y le llegaba a sitios que ella ni sabía que existían. Cada golpe le arrancaba un gemido culpable que intentaba ahogar mordiéndose el labio.
—Joder… qué coño tan apretado tienes… ¿tu marido no te folla lo suficiente? —le gruñó al oído mientras le pellizcaba los pezones por encima del vestido.
María solo pudo negar con la cabeza, lágrimas de vergüenza y placer mezcladas resbalándole por las mejillas. Se corrió dos veces en menos de siete minutos, la primera gritando el nombre de Javier sin querer, la segunda mordiendo el hombro del desconocido para no volver a decirlo.
Cuando terminaron, él se corrió dentro sin preguntar y ella lo dejó. Sintió el semen caliente resbalarle por el interior de los muslos mientras se bajaba la falda con manos temblorosas. El desconocido se limpió con papel, le dio una palmada en el culo y salió silbando como si acabara de ganar una apuesta.
María se quedó sola en el cubículo, respirando agitada, con el coño hinchado y palpitante, el sabor metálico del arrepentimiento en la boca y una idea enfermiza creciendo dentro de ella: tenía que contárselo a Javier. Tenía que confesar. Pero no con palabras. Con imágenes. Con pruebas. Para que él viera cuánto lo seguía queriendo a pesar de todo.
Se encerró en uno de los baños de mujeres, se quitó el vestido entero, se quedó en tanga y tacones. Apoyó el móvil en el lavabo, activó la videollamada y pulsó el botón de llamada. Javier contestó al tercer tono.
—¿Cariño? ¿Va todo bien? —su voz sonaba adormilada, dulce, confiada.
María se mordió el labio inferior hasta casi hacerse sangre.
—Javi… te he sido infiel. Hace… hace veinte minutos. En el baño de un bar. Me lo he follado. Se ha corrido dentro. Lo siento. Lo siento muchísimo…
Silencio al otro lado. Luego la respiración de Javier se hizo más pesada.
—Enséñamelo —dijo simplemente.
María giró la cámara. Se bajó las bragas despacio. El semen todavía brillaba entre sus labios hinchados, un hilillo blanco colgaba y caía al suelo. Se abrió con dos dedos para que él viera el interior enrojecido
—Míralo… mira cómo me ha dejado… —susurró con voz rota—. Pero sigo siendo tuya, Javi. Siempre voy a ser tuya. Perdóname… por favor…
Empezó a masturbarse delante de la cámara. Primero despacio, con círculos suaves en el clítoris todavía sensible, después metiéndose dos dedos, sacándolos llenos de un jugo de placer que la excitaba cada vez más. Gemía bajito, entrecortada.
—Te quiero… te quiero tanto… por eso tengo que castigarme… ¿quieres que me castigue más fuerte, amor?
Javier solo respiraba fuerte al otro lado. No decía nada. Solo miraba.
Entonces se abrió la puerta del baño.
El mismo tipo de antes entró, todavía con la bragueta medio abierta, la polla medio dura colgando. Vio a María desnuda, masturbándose, hablando con la cámara y sonrió como si le hubieran regalado la noche dos veces.
—¿Otra ronda, guapa?
María miró la pantalla. Javier no colgó. Solo dijo, con voz ronca:
—No pares.
Ella cerró los ojos un segundo, temblando. Después se giró, apoyó las manos en el lavabo, levantó el culo hacia el desconocido y separó las piernas.
—Hazlo —susurró, mirando fijamente a la cámara—. Fóllame mientras él mira. Quiero que vea cuánto lo quiero… incluso cuando me porto mal.
El hombre no se hizo de rogar. Se la metió de un empujón, agarrándola por las caderas. El golpe fue tan fuerte que los pechos de María se estrellaron contra el espejo. Empezó a bombear con ritmo brutal, haciendo que los gemidos de ella se convirtieran en gritos entrecortados.
—Díselo… —jadeó el desconocido—. Dile a tu marido lo puta que eres.
María, con lágrimas corriendo, miró a la cámara y sollozó entre embestida y embestida:
—Javi… soy una puta… tu puta… me estoy corriendo otra vez… me está llenando otra vez… pero solo tú puedes perdonarme… solo tú…
Se corrió gritando el nombre de su marido mientras el desconocido se vaciaba dentro por segunda vez. Cuando él salió, ella se dejó caer de rodillas, el semen goteándole por los muslos, el móvil todavía enfocado en su cara desencajada de placer y culpa.
—Perdóname, amor… por favor… —susurró mirando la pantalla.
Javier tardó varios segundos en contestar.
—Vuelve a casa —dijo al fin, voz grave—. Y no te duches. Quiero olerlo todo cuando llegues.
María asintió despacio, todavía temblando.
—Sí, mi amor. Todo lo que tú quieras.
Y colgó.
Se quedó allí, desnuda en el suelo del baño, rodeada de azulejos sucios y charcos de semen, con una sonrisa pequeña y rota en los labios. Porque, aunque acababa de romper todos sus votos de una forma obscena, en el fondo seguía sintiendo exactamente lo mismo: Que Javier era su dios y que ella seguiría siendo su esclava devota hasta el último aliento.
—Javi… amor… —susurró ella con voz temblorosa—. Ya… ya me voy. Me monto en el coche ahora mismo y vuelvo para casa. Quiero que me folles… que me limpies con tu polla todo lo que me han metido… que me hagas tuya… por favor…te lo ruego
Javier gruñó bajito.
—Enséñame cómo estás ahora. Ábrete de piernas para mí
Ella obedeció al instante. Se sentó en el suelo con la espalda contra la pared, abrió mucho las piernas hacia la cámara. El coño seguía hinchado, rojo, brillante de semen que seguía goteando lentamente. Se abrió con los dedos.
—Mira… todavía sale… pero es por ti, amor. Todo es por ti. Cuando llegue a casa te dejaré hacerme lo que quieras… que me castigues… que me rompas…
—Muévete ya —ordenó él—. Quiero verte llegar.
María se levantó tambaleante, se puso el vestido sin bragas —las había perdido en algún momento—, recogió el móvil y salió del bar tambaleándose sobre los tacones. El aire frío de la calle le golpeó el coño expuesto bajo la falda corta y soltó un gemido involuntario.
Entró en el coche, un utilitario gris aparcado a dos calles. Dejó el móvil en el soporte del salpicadero, orientado hacia ella, activó el modo manos libres para que la videollamada siguiera. Arrancó el motor pero no se movió aún.
—Javi… estoy muy caliente todavía… no puedo… no puedo conducir así…
Sin esperar respuesta se subió la falda, apoyó un pie en el salpicadero y empezó a masturbarse con los dedos. Los metía y sacaba haciendo ruido húmedo, el semen de antes salpicaba el asiento de cuero.
—Ay… amor… me estoy tocando pensando en ti… en cómo me vas a castigar… —gemía mirando la cámara—. Dime que me perdonas… dime que cuando llegue me vas a follar hasta que no pueda andar
Javier respiraba cada vez más fuerte.
—Sigue… no pares… quiero ver como te corres antes de que conduzcas.
Justo entonces alguien golpeó el cristal de la ventanilla del copiloto.
María dio un respingo pero no dejó de masturbarse. Era un chico joven, veintitantos, chándal, gorra hacia atrás, cara de sorpresa que rápidamente se transformó en sonrisa lobuna al ver lo que estaba pasando dentro del coche.
—¿Necesitas ayuda, guapa? —preguntó abriendo la puerta sin esperar respuesta.
María miró la pantalla. Javier no dijo nada, solo seguía tocándose lentamente.
—Javi… hay… hay alguien… —susurró ella con voz entrecortada.
—Déjalo entrar —respondió él con voz ronca—. Quiero verlo.
El chico no necesitó más invitación. Se metió en el asiento del copiloto, cerró la puerta, se bajó los pantalones de chándal hasta medio muslo. La polla le salió dura, curvada hacia arriba, ya goteando.
María se giró hacia él sin dejar de mirar la cámara.
—Perdóname otra vez, amor… —dijo casi sollozando, y se subió a horcajadas sobre el desconocido.
Se la metió de un movimiento brusco, gimiendo alto cuando la punta le golpeó el fondo. Empezó a subir y bajar rápido, los pechos rebotando bajo el vestido abierto, las manos del chico agarrándole el culo y separándoselo para entrar más profundo.
—Joder qué coño… estás chorreando… —gruñó el desconocido—. ¿Es tu novio el que mira?
—Mi… mi marido… —jadeó ella—. Le estoy enseñando… cómo me porto mal… pero sigo siendo suya…
El chico se rio y le dio una palmada fuerte en el culo.
—Pues dile que te estoy reventando el coño delante de él.
María miró la cámara, lágrimas cayéndole.
—Javi… me está follando… muy fuerte… me va a correr dentro otra vez… ¿me dejas? ¿me dejas que me corra con su polla?
Javier solo gruñó:
—Córrete. Y dile que te llene.
Ella aceleró el movimiento, chocando con violencia, hasta que se arqueó hacia atrás gritando:
—¡Me corro, Javi! ¡Me corro por ti!
El chico se corrió casi al mismo tiempo, empujando hacia arriba y gruñendo mientras se vaciaba dentro. María se quedó temblando encima de él unos segundos, el semen nuevo mezclándose con el anterior y goteando por sus muslos hasta el asiento.
El desconocido se la sacó, se limpió con la camiseta de ella y salió del coche sin decir nada más
María se quedó jadeando, mirando la cámara.
—Amor… ya… ya arranco… voy para casa… no aguanto más…
Puso primera con manos temblorosas y empezó a conducir. La cámara seguía enfocándola: falda subida, coño expuesto y goteando, una mano en el volante y la otra entre las piernas, masturbándose despacio mientras conducía por calles casi vacías.
—Javi… cada bache… me entra más adentro… siento cómo se mueve todo dentro… —susurraba—. Cuando llegue… quiero que me comas el coño lleno… que me lo chupes todo… y después me folles hasta que me duela…
Llegó al portal de su edificio veinte minutos después. Aparcó mal, torcido, apagó el motor pero no cortó la llamada. Bajó del coche con las piernas temblorosas, el móvil en la mano, la cámara todavía enfocando su cara y su cuerpo.
Entró al portal. El ascensor estaba estropeado, así que empezó a subir por la escalera. Apenas había subido medio tramo cuando se paró, apoyó la espalda en la pared y se levantó la falda otra vez.
—No puedo… Javi… necesito correrme una vez más antes de subir… —gimió.
Se metió tres dedos, bombeando rápido, el sonido chapoteante resonando en la escalera vacía.
Entonces se abrió la puerta del primer piso.
Era el vecino del 1ºB, un hombre de unos cuarenta y cinco, calvo, barrigón, en pijama y zapatillas. La vio y se quedó paralizado un segundo. Después sonrió de lado.
—¿María? ¿Qué coño…?
Ella no paró. Siguió masturbándose, mirando la cámara.
—Javi… es… es el vecino… me está viendo…
Javier respondió con voz muy grave:
—Que te folle. Quiero verlo todo antes de que subas a casa.
María miró al vecino, todavía con los dedos dentro.
—Se… señor Ruiz… por favor… fólleme… rápido… mi marido está mirando…
El hombre no lo dudó. Bajó los dos escalones que le separaban, se bajó el pantalón del pijama y sacó una polla gruesa, venosa, ya dura. La giró de cara a la pared, le levantó una pierna y se la metió de un empujón seco.
—Joder, qué mojada estás… —gruñó mientras empezaba a bombear—. Siempre tan fina y ahora aquí, abierta como una perra
María gemía alto, la mano libre sujetando el móvil para que Javier viera bien cómo la polla del vecino entraba y salía, cómo le separaba los labios hinchados, cómo el semen de antes salpicaba con cada embestida.
—Javi… me está follando en la escalera… tu vecino me está follando… —sollozaba de placer—. Dime que me quieres igual… dime que cuando suba me vas a castigar…
—Te quiero más que nunca —respondió Javier—. Córrete para mí. Que se corra dentro.
Ella aceleró los movimientos de cadera, chocando contra él.
—¡Me corro otra vez! ¡Javi, me corro! —gritó.
El vecino se vació casi al instante, gruñendo y apretándole las caderas mientras la llenaban por cuarta vez esa noche. Cuando se la sacó, un chorro grueso de semen cayó al suelo de la escalera.
María se giró, todavía temblando, miró la cámara con los ojos vidriosos.
—Subo ya, amor… subo… espérame… no te duermas…
Subió los escalones restantes a trompicones, el semen resbalándole por las piernas, el vestido pegado al cuerpo, el móvil en alto para que Javier viera cada paso.
Cuando llegó a la puerta de su casa, se detuvo un segundo, respiró hondo y susurró mirando la pantalla:
—Estoy aquí, Javi. Abre… por favor… tu puta ha vuelto.
La puerta se abrió desde dentro.
Y la videollamada siguió encendida unos segundos más, hasta que Javier alargó la mano, la agarró del pelo y la metió dentro de un tirón.
La pantalla se volvió negra.
Pero se oyó perfectamente el primer gemido ahogado de María cuando él la empotró contra la pared del recibidor.
Porque, aunque la había compartido con media ciudad esa noche, al final siempre volvía a su dios.
Y él siempre la recibía.
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