Xtories

Marie rompe su timidez en el tercer día de crucero

Richard siempre supo cómo excitarla, pero esta noche la sorpresa viene de afuera. Con el antifaz puesto y el corazón latiendo a mil, Marie cree estar sola con su marido, hasta que siente una presencia extraña y una lengua que no conoce. Lo que no sabe es que todo el barco, o al menos un vecino específico, tiene los ojos fijos en su desnudez.

mariajose13K vistas9.2· 20 votos

Tercer día de crucero, jornada nocturna de bailes temáticos.

El agua de la ducha había sido un bálsamo, pero no había logrado apagar el fuego. Salí envuelta en una toalla, con la piel aún humeante y el corazón galopando como si hubiera corrido una maratón. Me miré al espejo empañado y dibujé un círculo con el dedo, como una niña, pero la sonrisa que vi reflejada no era de niña. Era de mujer. De mujer que acababa de descubrir un poder que ignoraba poseer.

Richard debe de estar preocupado, pensé. Llevo fuera casi una hora.

Me sequé apresuradamente y abrí el armario. Mis manos eligieron sin pensar: un short de lycra color arena, casi una segunda piel, y una camiseta blanca sin mangas, tan fina que dejaba adivinar lo que había debajo. Nada de sujetador. Total, era noche cerrada y volveríamos pronto.

Antes de salir, me miré una última vez. Mis pechos se marcaban claramente bajo la tela, mis pezones erectos dibujando dos pequeños montículos. Mis piernas, bronceadas y torneadas, parecían más largas con el short ajustado. Estaba guapa. Estaba... provocativa.

Es solo para volver al salón, me mentí a mí misma.

Abrí la puerta con cuidado y mis pies descalzos (había olvidado las sandalias) pisaron el frío pasillo alfombrado. Y entonces, lo vi. O, mejor dicho, lo sentí.

La puerta del camarote vecino estaba ahí, a apenas dos metros. Cerrada, inocente, mortal.

Mis pies se detuvieron solos. Mi cabeza se giró ligeramente. Podía hacerlo. Podía acercarme y pegar el oído a la madera. Solo un segundo. Solo para saber si...

¿Estás loca, Marie?

La voz de mi conciencia sonó tan fuerte que casi me hizo saltar. Pero no era mi conciencia de siempre, la tímida, la recatada. Era otra voz. Una voz práctica, fría, que me recordó las pequeñas cúpulas negras en el techo del pasillo.

Las cámaras.

Dios santo, las cámaras. Todo el barco estaba vigilado. Si me acercaba a esa puerta y alguien miraba las grabaciones...

Me devolví y me puse unos zapatos sin talón, medio taco aguja, blanco invierno, resaltaban la curva de mis talones y ya no tenía intenciones de bailar Apreté el paso, sintiendo el rubor quemarme las mejillas. Caminaba rápido, casi huyendo, pero en mi interior, una parte de mí reía. Una parte de mí disfrutaba de ese miedo, de ese riesgo, de esa línea que estaba aprendiendo a bordear.

El salón Mirador seguía sumido en su caos de luces de colores y ritmos latinos. La música me golpeó como una ola al entrar. Busqué a Richard entre la multitud que se retorcía en la pista, pero no lo vi bailando.

Entonces lo encontré.

Estaba sentado en uno de los pocos sillones de la zona VIP, esa área medio vacía donde la gente mayor descansaba del jaleo. Y no estaba solo. Un hombre mayor, de cabello cano y piel bronceada, gesticulaba animadamente frente a él. Richard asentía, sonreía, parecía completamente absorto en la conversación.

Me acerqué sin hacer ruido, sorteando parejas sudorosas. Cuando estuve a unos metros, Richard levantó la vista y me vio. La expresión de su cara fue un poema: sorpresa, sí, pero también algo parecido al sobresalto. Como si le hubiera pillado haciendo algo que no debía.

Se puso en pie de inmediato, tendiendo la mano al hombre mayor.

—Bueno, se despidieron apresuradamente, ha sido un placer —dijo, con una voz que intentaba sonar natural pero que yo conocía demasiado bien—. Que disfrute del crucero.

El hombre asintió, me lanzó una mirada rápida y una sonrisa amable, y se perdió entre la multitud.

—¿Quién era? —pregunté, acercándome.

—Un jubilado, sueco —respondió Richard, demasiado rápido—. Estaba solo, buscaba compañía. Ya sabes, la gente mayor se siente sola en estos barcos.

Me cogió del codo y me condujo hacia la barra, donde el bullicio era menor. Noté que evitaba mirarme a los ojos.

—¿Y tú? —preguntó entonces, y su tono cambió—. ¿Por qué has tardado tanto? Creí incluso que ya no regresarías.

—Así fue —dije, y maldije internamente el rubor que sentí aflorar en mis mejillas—. Estaba muy acalorada. Me he duchado.

Él me miró entonces de arriba abajo, y noté cómo sus ojos se detenían en mis pechos marcados bajo la camiseta, con la forma de pera que tanto le gustaban y se detuvo, más abajo en mis piernas desnudas.

—Y te has cambiado —observó.

Me sentí descubierta. Interrogada. Culpable. Y no había motivo, no realmente, pero mi mente reproducía a toda velocidad las imágenes de lo que había hecho en el camarote: el vestido cayendo, el balcón, la puerta entreabierta, la ducha, mis palpitaciones y pensamientos.

—Sí, estaba sudada —dije, y mi voz sonó extraña incluso para mí—. Este vestido...

No terminé la frase. En lugar de eso, señalé al camarero, procurando ocultar mi azoramiento.

—Una copa de vino blanco, por favor. Desviando la atención de mi esposo.

Richard arqueó una ceja. Sabía, igual que yo, que había bebido más de la cuenta. Dos copas eran mi límite; tres, mi perdición. Y aquella sería la cuarta.

Pero en lugar de detenerme, sonrió.

—Dos Kir Royales —pidió al camarero—. Con espumante bien frío.

Me miró mientras el camarero preparaba las copas. Había algo en sus ojos, un brillo que conocía bien. Era el mismo brillo de la noche anterior, cuando me colocó la toalla sobre los ojos y abrió la puerta del balcón.

Está tramando algo, pensé. Pero ¿qué?

El camarero dejó las copas ante nosotros. Dos burbujas doradas que prometían olvido. Richard alzó la suya.

—Por una noche inolvidable —dijo.

Yo alcé la mía. El vidrio frío tocó mis labios. Las burbujas estallaron en mi lengua, haciéndome cosquillas, y esas cosquillas... Dios mío, esas cosquillas me llevaron directamente a la ducha. Al agua resbalando por mi piel. A mis dedos deslizándose. A mis pezones endureciéndose bajo el chorro.

Sentí que mis mejillas ardían. Bebí un trago largo para disimular, pero el rubor ya estaba ahí, instalado, delatándome.

—¿Estás bien? —preguntó Richard, con una inocencia que sonó falsa.

—Sí —mentí—. Calor. Mucho calor.

El regreso al camarote

No recordaba haber vuelto al camarote. Bueno, sí, vagamente. Recuerdo el pasillo interminable, el brazo de Richard rodeando mi cintura, su mano apretando mi cadera. Recuerdo haber pensado que el espumante me había nublado los sentidos, pero también los había agudizado de un modo extraño.

Cuando entramos, la luz de la luna se colaba por el balcón, pintando el suelo de plata. Y entonces, Richard se detuvo.

Miró al suelo. Yo seguí su mirada.

Mi vestido negro seguía ahí, exactamente donde lo había dejado. Un pequeño montón de tela arrugada, como una prueba.

Richard me miró. No dijo nada, pero su ceja arqueada lo decía todo.

—Es que... —empecé, y mi voz sonó culpable incluso para mí—. Llegué muy acalorada. Me desvestí rápido, tiré la ropa y me metí a la ducha. No pensé en recogerlo.

Sonaba ridículo. Sonaba a excusa. Y lo peor es que era verdad, pero no toda la verdad. La verdad incluía el balcón, la puerta entreabierta, la conciencia de unos ojos mirándome. Y esa parte no podía contarla.

Necesitaba salir de ahí. Necesitaba que dejara de mirarme así.

Con un suspiro teatral, me dejé caer sobre la cama. De espaldas. Sabía lo que hacía. Sabía que desde donde estaba, Richard veía mis piernas, la curva de mis caderas, el short de lycra hundiéndose entre mis glúteos.

Y funcionó.

Oí su respiración cambiar. Sentí el colchón hundirse a mi lado. Sus manos encontraron mi cintura, luego mis caderas, luego el borde del short.

—¿Cansada? —susurró.

—Mm-hmm —mentí.

Sus dedos engancharon la cintura del short y empezaron a bajarlo lentamente. Yo alcé las caderas para ayudarle, un movimiento instintivo que le hizo gemir bajito. La lycra resbaló por mis muslos, mis rodillas, cayó al suelo.

Me quedé en braguitas. Eso era todo. Y él sabía, igual que yo, que no llevaba sujetador.

Sentí su mano en mi espalda, buscando el cierre, y cuando encontró solo piel desnuda, gruñó con aprobación. Sus dedos resbalaron por mis costillas, rodearon mi cintura, acariciaron el borde de mis braguitas.

Luego oí el cajón de la mesilla. El roce conocido del antifaz.

—¿Quieres? —preguntó.

Asentí sin mirar. Sentí la seda fría cubrir mis ojos, y el mundo se redujo a oscuridad y expectativa.

—¿La toalla también? —su voz sonó cerca, expectante.

Recordé la noche anterior. La toalla sobre mis ojos. Los pasos en el balcón. El calor.

—Sí —susurré.

Y entonces, lo oí. El roce de sus pasos alejándose. El sonido de las cortinas al correrse. El cliqueo metálico de la puerta del balcón al abrirse un poco más.

Otra vez, pensé, y mi corazón se desbocó. Otra vez va a pasar.

Pero esta vez era diferente. Esta vez yo lo sabía. Esta vez lo esperaba.

Richard volvió a la cama. Sentí sus manos en mi nuca, mis hombros. Siempre empezaba ahí, en mis puntos débiles. Sus dedos presionaban, amasaban, liberaban la tensión. Descendieron lentamente por mi espalda, siguiendo la curva de mi columna, deteniéndose justo donde empezaba la hendidura de mis glúteos.

Los hoyuelos de Venus. Siempre había sido su zona favorita.

Sus pulgares masajearon esos pequeños hundimientos con movimientos circulares, y yo gemí, arqueando ligeramente la espalda. Luego sus manos se deslizaron hacia abajo, abarcando mis nalgas, apretándolas, separándolas. Una rutina conocida, una coreografía que llevábamos años bailando.

Pero algo era diferente.

—¿Quieres agua? —preguntó de repente.

—Sí —dije, y mi voz sonó ronca.

Oí sus pasos alejarse. Pero no fueron hacia la derecha, donde estaba el frigobar. Fueron hacia la izquierda. Hacia el balcón.

Contuve la respiración.

Un momento después, unos pasos volvieron. Pero no eran los mismos. Eran más sigilosos, más cautelosos. Y entonces sentí el vaso en mi mano, lo llevé a mis labios, bebí.

Y una brisa fresca recorrió mi espalda desnuda.

La puerta del balcón se había abierto del todo. O alguien la había abierto.

El vaso vacío desapareció de mi mano. Sentí el colchón hundirse de nuevo, pero no en un solo punto. En dos. Uno a mi lado, el otro... el otro al pie de la cama.

Dios mío, pensé, y el corazón amenazó con salírseme del pecho. Hay alguien más.

No dije nada. No podía. Mi voz se había quedado atrapada en algún lugar entre la garganta y el deseo. En lugar de eso, me limité a respirar hondo, a relajar los músculos, a fingir que no sabía, que no sentía, que no imaginaba.

Las manos de Richard reanudaron su recorrido. Pero ahora había algo distinto en ellas. Algo teatral, casi exhibicionista. Sus dedos separaron mis glúteos con una lentitud deliberada, como si estuviera mostrando algo. Mostrándome a mí.

Le está enseñando, comprendí. Le está enseñando mi cuerpo.

El calor que me invadió fue tan intenso que creí que me desmayaría. Mis pezones, apretados contra las sábanas, dolían de puro erectos. Sin pensar, sin decidirlo, separé ligeramente las piernas. Una ofrenda. Una invitación.

Un dedo se deslizó entonces entre mis labios, capturando la humedad que llevaba horas acumulándose. Lo oí chasquear, saborear.

—Estás increíblemente mojada —susurró Richard.

Pero entonces, otro dedo. Otra textura. Diferente. Repitió la misma acción, abrió mis labios, rozó mi clítoris.

Y yo gemí. Más fuerte de lo debido.

Luego, una pausa. Y en esa pausa, sentí una respiración diferente cerca de mi sexo. Más cálida. Más rápida. Y entonces, una lengua. Pero no era su lengua. Conocía la lengua de Richard después de tantos años, y aquella no era.

Esa lengua dibujó círculos alrededor de mi entrada, luego descendió, lamiendo toda mi hendidura, y cuando llegó abajo del todo, rodeó mi clítoris con una destreza que Richard jamás había tenido.

Abrí más las piernas. Quería más. Necesitaba más.

Entonces, la lengua ascendió. Subió y subió, lentamente, casi como una tortura, hasta llegar al lugar prohibido. Al lugar que Richard nunca había tocado. Y empezó a dibujar círculos alrededor de mi ano.

Me estremecí. Un gemido largo, tembloroso, escapó de mis labios. Nadie me había hecho eso jamás. Nadie. Y era... era...

La lengua se detuvo. Por un momento, solo sentí su respiración jadeante contra mi piel. Luego, un dedo comenzó a acariciar un punto concreto, a un lado de mis labios mayores. Mi lunar. Un lunar que solo Richard conocía. El lunar que, cuando lo acariciaba, disparaba mis orgasmos como ningún otro estímulo.

Ese era su secreto. El timbre que abría la puerta de mi paraíso.

Y ese dedo lo estaba acariciando.

Pero no era el dedo de Richard. Lo sabía. Lo sabía con la misma certeza con que sabía que el sol saldría por la mañana. El tacto era distinto. La presión era distinta. Todo era distinto.

Y sin embargo, mi cuerpo respondió. Respondió como nunca. El orgasmo empezó a edificarse en algún lugar profundo, una ola que crecía y crecía, alimentada por la conciencia de que no era mi marido quien me tocaba, sino un desconocido. Un desconocido que me había visto desnuda, que me había visto gemir, que ahora me hacía gemir.

Cuando la ola rompió, mordí la almohada para no gritar. Mi cuerpo se arqueó, tembló, se derramó. Y mientras las convulsiones me sacudían, sentí cómo dos cuerpos se movían a mi alrededor.

Vi luces como relámpagos que iluminaban toda la habitación e incluso traspasaban la toalla y mi antifaz.

Mi cerebro me traicionaba y cada estremecimiento provocado por un orgasmo resplandecía en mis ojos cerrados.

Luego sentí el peso del cuerpo de Richard, que se colocaba sobre mí. Y el otro cuerpo, que se alejaba sigilosamente.

Richard me penetró entonces, y sus embestidas fueron el eco perfecto de mi orgasmo. Se corrió en segundos, aplastándome contra el colchón, su peso conocido y reconfortante.

Y yo, con el antifaz aún puesto, sonreí en la oscuridad.

Pasó un largo rato hasta que me atreví a quitarme el antifaz.

Richard dormía como un tronco. Su respiración acompasada llenaba el camarote mientras yo permanecía inmóvil, con los ojos abiertos en la oscuridad. El corazón aún me latía con fuerza, aunque había pasado más de una hora desde... desde aquello.

Aún no me atrevo a llamarlo por su nombre, pensé. Carlos.

El simple hecho de pensar su nombre hizo que un calor recorriera mi vientre. Sus dedos. Su lengua. Su boca en lugares que ni siquiera Richard...

Me incorporé con cuidado. Necesitaba aire. Necesitaba pensar. Necesitaba comprobar algo que mi mente se negaba a aceptar del todo. Me levanté de la cama y debí ir al baño y lavarme, el semén escurría por mis piernas y ya se secaba y formba costras en mis vellos.

Los pies descalzos tocaron el suelo. La luna seguía allí, pintando de plata el camino hacia el balcón. Las cortinas estaban cerradas, pero recordaba perfectamente que Richard las había abierto. Y que alguien las había vuelto a cerrar.

Descorrí la tela con cuidado. La puerta del balcón estaba cerrada, sí, pero no con pestillo. Empujé suavemente y el aire fresco de la madrugada me rozó la piel, erizándomela.

Salí.

El mar era una mancha oscura salpicada de reflejos lunares. El viento, suave, jugueteaba con mi cabello. Todo estaba en calma. Todo parecía normal.

Y entonces lo vi.

Sobre la mesita de la terraza, justo al lado del cenicero vacío, un rectángulo negro reflejaba la luz de la luna.

Un teléfono móvil.

Mi corazón dio un vuelco tan violento que tuve que apoyarme en la barandilla. Miré hacia el camarote vecino. La puerta que separaba los balcones estaba entreabierta. No del todo, pero lo suficiente para que un hombre pudiera deslizarse.

Lo dejó, pensé, y una mezcla de incredulidad y excitación me invadió. Con las prisas, con los nervios, con el miedo a que su mujer... lo dejó aquí.

Mis dedos temblaban cuando alcé el teléfono. Era un modelo reciente, con funda negra. La pantalla se iluminó al tocarla.

Sin código de desbloqueo.

Dios mío, pensé. Dios mío, Dios mío, Dios mío.

La razón me decía que entrara, que lo dejara donde estaba, que esto era una locura. Pero la otra Marie, la que había lamido sus dedos en el balcón, la que había gemido sabiéndose observada, la que había sentido otra lengua en su piel... esa Marie ya había pulsado el icono de la galería antes de que la razón pudiera detenerla.

Las primeras fotos eran inocentes: el mar, la piscina, Ana sonriendo con sus amigas. Ana en bañador, Ana con una copa, Ana...

Pasé rápido. No me interesaba Ana.

Y entonces, las encontré.

Mi respiración se detuvo.

La primera foto era desde el balcón de ellos hacia el nuestro. Se veía nuestra cama, las cortinas entreabiertas, y sobre ella... yo. De espaldas, completamente desnuda, con el antifaz puesto y la toalla sobre los ojos. La luna iluminaba la curva de mi cadera, la redondez de mis nalgas, la hendidura que él había lamido apenas una hora antes.

Pasé a la siguiente.

Esta era más cercana. Mucho más cercana. Como si hubiera entrado en el camarote y se hubiera situado al pie de la cama. Mis piernas ligeramente abiertas. La humedad brillando en mi sexo. Y allí, justo a un lado, mi lunar. Ese pequeño punto oscuro que solo Richard conocía. Mi timbre. Mi secreto.

La foto lo mostraba con una nitidez obscena.

Pasé otra vez.

Mis pechos. Apretados contra la sábana, los pezones erectos, casi morados de la excitación. Se veía hasta la textura de la piel y la espalda de Richard mientras me penetraba.

Otra más.

Primer plano de mi sexo. Los labios hinchados, abiertos, ofreciéndose. Y en el borde de la imagen, unos dedos. Sus dedos. Los que me habían tocado.

Un gemido escapó de mis labios. Un gemido que era mitad horror, mitad deseo.

Seguí pasando fotos. Había docenas. Algunas mientras Richard me penetraba. Otras mientras yo gemía. Otras mientras él, Carlos, estaba entre mis piernas, su lengua en lugares que nunca imaginé.

Y luego, los mensajes.

Abrí WhatsApp con manos temblorosas. La conversación más reciente era con un contacto llamado "Richard (vecino)".

Ahí estaba todo.

Los mensajes del día anterior, justo después de que Richard hablara con él en el buffet:

Richard (11:34): ¿Viste anoche?

Carlos (11:36): Sí. Increíble.

Richard (11:36): ¿Te gustó?

Carlos (11:37): Demasiado. Tu mujer es divina... no tengo palabras.

Richard (11:38): Esta noche podemos repetir.

Carlos (11:38): ¿Estás seguro? Justo esta noche Ana tiene bingo con sus amigas hasta tarde.

Richard (11:39): Completamente. A Marie le encanta. No lo sabe, pero le encanta. La voy a llevar a bailar, le daré unas copas, y cuando volvamos... la puerta del balcón estará abierta. Y el separador también.

Carlos (11:40): ¿Y si ella se da cuenta?

Richard (11:41): No se dará. Usaremos el antifaz. Pensará que soy yo todo el rato. Además, está el lunar. Ese es su punto débil. Si lo tocas, se vuelve loca.

Carlos (11:42): Su lunar. El de la izquierda.

Richard (11:42): Exacto. Acarícialo cuando la estés comiendo. Verás.

Seguí leyendo, hipnotizada. Hablaban de mí como si fuera un objeto, un juguete, un experimento. Y lo peor, lo más retorcidamente maravilloso, es que tenían razón. Había respondido exactamente como Richard predijo.

Los mensajes de esta noche eran aún más explícitos:

Richard (22:15): Ya estamos en el salón. Lleva tres copas. Está lista.

Carlos (22:16): Perfecto. Ana acaba de irse con las amigas.

Richard (22:17): En veinte minutos volvemos. Ten el separador listo.

Carlos (22:17): Así será.

Richard (22:45): Ya entramos. Está medio dormida. Espérate un poco.

Carlos (22:46): Esperaré. Que te folies a tu mujer sabiendo que miro... joder, qué envidia.

Richard (22:47): Luego te toca a ti.

Carlos (22:47): ¿De verdad?

Richard (22:48): Sí. Cuando la ponga boca abajo, te acercas. Ella tendrá el antifaz. No notará la diferencia.

Carlos (22:48): ¿Y si se da cuenta?

Richard (22:49): No se dará. Y aunque se diera... creo que le gustaría.

Apagué la pantalla. Mi respiración era un caos. Mi corazón latía tan fuerte que temí que despertara a Richard.

Lo saben, pensé. Los dos lo saben. Y yo... yo he sido la única que no sabía que sabía.

Pero eso no era cierto del todo. Yo lo sospechaba. Yo lo deseaba. Yo había salido al balcón a propósito, me había desnudado a propósito, había separado las piernas a propósito.

Éramos tres cómplices en un juego donde cada uno creía ser el único que conocía las reglas.

Miré hacia el camarote vecino. La puerta del balcón seguía entreabierta. Él estaba ahí, al lado, probablemente despierto, probablemente preguntándose dónde había dejado el teléfono.

Podía devolvérselo ahora. Podía deslizarme por el separador, entrar en su balcón, llamar suavemente a su puerta. Podía ver su cara cuando me viera allí, con su teléfono en la mano, sabiendo que lo sabía todo.

Pero no lo hice.

En lugar de eso, entré en el teléfono de nuevo. Busqué las fotos más recientes. Y allí, en la última de todas, vi algo que me heló la sangre y encendió mi sexo al mismo tiempo.

Era un vídeo. Duraba cuarenta y siete minutos.

Lo había grabado todo.

Con el pulso desbocado, pulsé "enviar a..." y seleccioné mi propio número. El teléfono vibró al confirmar la transferencia. Luego, con cuidado, borré el mensaje de la bandeja de salida de su teléfono.

Iba rumbo a la cama cuando una idea perversa cruzó por mi cabeza:

-bloquea su celular con una clave de acceso- me decía una voz en mi interior.

Y así lo hice, bloqueé su celular.

Cuando todo estuvo hecho, dejé el móvil exactamente donde lo había encontrado. En la mesita de la terraza. Como si nada hubiera pasado.

Y me acosté al lado de Richard con una sonrisa de oreja a oreja…

-Concluirá-

(cuando el crucero llegue a puerto final)

NdA: las fotos del celular de Carlos pueden ser solicitadas al correo de la autora [email protected]