Xtories

Marie, la timidez en el segundo día de crucero

El pestillo estaba descorrido. No era casualidad. Richard sabía que ella miraría, y Carlos sabía que ella se desnudaría. Esta vez, el cristal no sería una barrera.

mariajose10K vistas8.4· 16 votos

Diario de a bordo: Marie, La noche de las puertas abiertas (Segundo día de crucero)

Amaneció sobre el Mediterráneo con una luz dorada que se colaba por las rendijas de la cortina. Me desperté antes que Richard, como suele ocurrir, y me quedé mirando el techo, reviviendo cada detalle de la noche anterior. La toalla sobre mis ojos. El sonido de los pasos en el balcón vecino. La conciencia ardiente de que alguien nos miraba. Y esa mancha, esa prueba pegajosa que aún creía sentir en mis dedos.

Me estremecí, y no de frío.

A mi lado, Richard roncaba plácidamente, ajeno a mis pensamientos. O eso creía yo entonces. Me incorporé con cuidado y fui al baño. Al mirarme al espejo, vi a una mujer distinta. Mis ojos verde pardos brillaban con una luz nueva, y mi sonrisa, esa sonrisa amplia que siempre había usado para disimular mi timidez, hoy parecía la de una cómplice. La de una mujer que guarda un secreto delicioso.

Buenos días, Marie, me dije. A ver qué nos depara hoy.

El desayuno y el azar

Richard se despertó de buen humor, más cariñoso de lo habitual. Mientras desayunábamos en el buffet, noté que su mirada vagaba constantemente hacia la mesa donde se sentaba la pareja vecina. Carlos y Ana, supe después que se llamaban. Ella reía con unas amigas que se habían unido a ellos; él hojeaba el periódico con fingida indiferencia.

—Cariño, ¿quieres más café? —me preguntó Richard, levantándose de repente—. Voy por ello.

Asentí distraídamente, observando a Ana. Era guapa, sí, pero tenía algo que me incomodaba. Tal vez su facilidad para reír en público, esa soltura que yo nunca había tenido.

Desde donde estaba sentada, no podía ver a Richard, pero mi atención se centró en Carlos. Le vi enderezarse cuando mi marido se acercó a la estación de café, justo a su lado. Cambiaron unas palabras. Fue cuestión de segundos. Richard cogió dos tazas, Carlos asintió casi imperceptiblemente, y ambos siguieron como si nada.

Cuando Richard volvió, dejó mi café frente a mí con una sonrisa.

—¿Has visto? El vecino es español —comentó con naturalidad—. Se llama Carlos. Majo el tío.

—Ah, ¿sí? —respondí, intentando sonar igual de natural—. ¿Y su mujer?

—Ana. Está con un grupo de amigas. Parece que esta noche tienen plan de chicas, bingo o algo así —dijo Richard mientras untaba una tostada—. Oye, ¿y si esta noche vamos a bailar? He visto que hay una noche temática en el salón Mirador. Música latina.

A punto estuve de atragantarme con el café.

—¿Bailar? ¿Tú? —pregunté, incrédula—. Si siempre dices que bailar es "movimiento superfluo con música de fondo".

Richard se encogió de hombros con una despreocupación que me resultó extraña.

—Bueno, estamos de vacaciones. Y además, te he visto muchas veces moviendo las caderas cuando crees que no miro. Se te da bien.

El cumplido me pilló por sorpresa. Y también la insistencia. Pero no dije nada. Asentí, y dejé que el día transcurriera entre piscina, lectura y siesta.

Sin embargo, una idea empezó a germinar en mi mente: ¿por qué Richard, de repente, quería bailar? ¿Y por qué había mencionado lo de las caderas justo después de hablar con Carlos?

La noche temática

Esa noche, mientras me preparaba frente al espejo, elegí un vestido que hacía tiempo no me ponía. Negro, de tirantes finos, con un escote discreto pero que marcaba la forma de mis pechos. La falda caía suavemente sobre mis caderas, rozando mis muslos. Richard me miró de una manera que me hizo sonrojar.

—Estás preciosa —dijo, y hubo algo en su tono que me llegó muy adentro.

En el salón Mirador, la música latina lo envolvía todo. Parejas giraban, reían, sudaban. Richard pidió una botella de vino blanco y llenó mi copa antes de que pudiera protestar.

—Vamos, Marie —me animó—. Una copa para entrar en calor.

La primera copa supo a libertad. La segunda, a deseo. Para la tercera, ya no recordaba haberla bebido.

Y entonces, bailamos. O más bien, yo bailé. Richard me sujetaba, me guiaba, pero pronto sus manos empezaron a vagar con más atrevimiento de lo habitual. Una de ellas se deslizó por mi espalda, deteniéndose justo donde empezaba la curva de mi trasero. La otra rodeó mi cintura, atrayéndome hacia él.

—¿Te gusta? —me susurró al oído.

Asentí, con la cabeza ya ligeramente nublada por el alcohol. La música, el vino, el calor de su cuerpo... todo me envolvía en una niebla cálida y excitante.

En un momento dado, mientras sonaba una bachata lenta, sentí su mano deslizarse hacia mi cadera y apretar. Sus dedos se hundieron suavemente en mi carne, y yo, instintivamente, pegué mi cuerpo al suyo. Mi cabeza descansaba en su hombro, y a través de la tela de su camisa, podía sentir los latidos de su corazón.

Pero entonces, entre el gentío, lo vi. Carlos estaba en la barra, solo, con una copa en la mano. Y me miraba.

Nuestros ojos se encontraron apenas un segundo. El tiempo justo para que mi corazón diera un vuelco. Luego desvié la mirada, apoyando la cabeza en el hombro de Richard, pero la imagen de sus ojos oscuros quedó grabada en mi mente.

Está solo, pensé. Ana debe de estar con sus amigas.

—¿Otra copa? —preguntó Richard, apartándose ligeramente para mirarme.

—Voy al baño —dije, necesitando un momento a solas—. Vuelvo.

Salí del salón con paso firme, aunque por dentro temblaba. El aire del pasillo del camarote fue un bálsamo. Caminaba deprisa, con las mejillas ardiendo, el vestido negro pegándose a mis muslos sudorosos.

Al llegar a nuestra puerta, justo cuando metía la tarjeta en la cerradura, la puerta del camarote vecino se abrió.

Y allí estaba Ana.

Llevaba un conjunto informal, cómodo para una noche de chicas. Me sonrió con amabilidad.

—¡Hola! Eres la vecina, ¿verdad? —dijo—. Nos hemos visto en el buffet. Yo soy Ana.

—Sí, Marie —respondí, sonriendo a mi vez, aunque notaba que mis mejillas se teñían de rubor sin motivo aparente.

—Qué bien —dijo ella, claramente de paso—. Mis amigas me esperan. ¡Que tengáis buena noche!

Y se fue, dejándome sola en el pasillo con el corazón acelerado.

¿Por qué me he sonrojado? me pregunté al entrar al camarote. Es solo su mujer. No tiene nada que ver conmigo.

Pero en el fondo lo sabía. Sabía que su ausencia significaba algo. Sabía que Ana no volvería hasta tarde. Sabía que Carlos estaba solo en el camarote de al lado.

Cerré la puerta y me apoyé contra ella, respirando hondo. El baño me esperaba, necesitaba agua fría en la cara, necesitaba pensar.

Pero cuando entré al baño y abrí el grifo, el agua fresca no logró calmar el incendio que sentía en el vientre. Me miré al espejo. Mis ojos brillaban. Mis mejillas, encendidas. Mis pechos, apenas cubiertos por el fino vestido, subían y bajan con la respiración agitada.

Vuelve con Richard, me dije. Vuelve al salón y baila con tu marido. Esto es una locura.

Pero entonces, como un susurro, otra voz habló dentro de mí. La voz de la Marie que había lamido sus dedos en el balcón. La voz de la mujer que había gemido sabiéndose observada.

Sal al balcón, dijo esa voz. Solo a refrescarte. No pasa nada por salir al balcón.

El corazón me latía con fuerza. Demasiado fuerte. Las copas de vino me habían desinhibido, sí, pero también me habían dado un valor que nunca había tenido.

Abrí la puerta del baño y crucé el camarote en penumbra. La puerta del balcón estaba entreabierta, como la habíamos dejado. Richard siempre quería que entrara el aire.

Mis pies descalzos pisaron la madera fría. El sonido de mis propios pasos me pareció ensordecedor. La brisa marina acarició mi piel, erizando mis brazos, endureciendo mis pezones bajo la tela del vestido.

Di un paso. Luego otro.

El separador entre los balcones era una estructura de madera y cristal opaco. Pero esa noche, algo era diferente. Me acerqué lentamente, conteniendo la respiración, y entonces lo vi.

La puerta que separaba los balcones... estaba abierta.

No del todo, no descaradamente. Pero el pestillo estaba descorrido, y el cristal, ligeramente desplazado. Un espacio mínimo, pero suficiente. Suficiente para ver. Suficiente para ser visto.

Mi corazón dio un vuelco.

Y supe, con una certeza que me heló la sangre y encendió mi sexo al mismo tiempo, que no era casualidad. Que Richard lo había planeado. Que Carlos lo sabía.

Que ellos habían hablado.

Un mareo de deseo me invadió. Mis piernas temblaban. Quería huir, quería quedarme. Quería gritar, quería susurrar.

En lugar de eso, di otro paso.

Y entonces, desde el camarote vecino, llegó un sonido. Apenas un crujido. El roce de un cuerpo contra una tumbona.

Él estaba ahí. Al otro lado. Esperando.

Mi mano temblorosa se posó sobre el cristal. Podía empujarlo. Podía abrirlo del todo. Podía...

Pero no lo hice. No todavía.

En lugar de eso, con el corazón latiéndome en la garganta, me volví lentamente hacia nuestro camarote. Y entonces, con una lentitud deliberada, consciente de cada uno de mis movimientos, comencé a desabrochar los tirantes de mi vestido.

Uno. El izquierdo. La tela cayó ligeramente, dejando al descubierto mi hombro, el nacimiento de mi pecho.

Dos. El derecho. El vestido se deslizó unos centímetros, deteniéndose justo donde mis pechos, firmes y generosos, sostenían la tela.

Me mordí el labio. Cerré los ojos. Y supe, con cada fibra de mi ser, que sus ojos estaban sobre mí.

Lentamente, dejé que el vestido cayera.

La brisa acarició mi piel desnuda. Mis pechos se ofrecieron a la noche, a la luna, a su mirada. Mis pezones, pequeños y erectos, eran dos puntas de deseo que apuntaban hacia él.

No miré. No necesitaba mirar. Sabía que estaba allí. Sabía que me veía.

Y entonces, sin prisa, con una sensualidad que nunca supe que poseía, me volví hacia el interior del camarote. Caminé despacio, sabiendo que mi trasero, redondo y firme, era la última imagen que se llevaría.

No cerré la puerta del balcón.

Cuando entré en la ducha, minutos después, el agua caliente no pudo calmar el fuego. Debí cambiar a agua tibia y luego un chorro de agua fría que tensó mis pezones y escondió mi hinchado clitoris, me apoyé contra la pared de azulejos, imaginando sus ojos, imaginando su mano, imaginando que, al otro lado del tabique, él también soñaba conmigo.

Me mordí mi brazo para no gritar.

Pero en mi mente, el grito fue para él.

Todavía tengo que volver al salón. Richard me espera. Pero sé, con la misma certeza con que sé que el sol saldrá mañana, que esta noche volveré a salir al balcón.

Y esta vez, quizás, no habrá cristal de por medio.

Continuará...