Inteligencia artificial (Capítulo I de III)
La curiosidad de Aura la lleva a sentarse junto a su cuñado mientras manipula imágenes en la pantalla. Cuando la tecnología demuestra poder borrar la ropa de cualquier mujer, ella hace la pregunta prohibida: ¿podría hacerlo con ella?
El día empezó como solo puede hacerlo un festivo de primavera, con el sol inundando de una luz maravillosa el comedor en el que me esperaba el delicioso desayuno que Ciro había preparado. Quizá, la única ventaja que le veo a que tenga que trabajar de tarde. Y entre tostadas y zumos andábamos cuando el sonido de su móvil interrumpió una conversación tan banal que ni recuerdo. Fue a nuestra habitación, donde el teléfono aún permanecía cargando sobre su mesita de noche. Apenas pude distinguir alguna palabra de lo que hablaba, pero no parecía ni importante ni eximente de responsabilidad laboral.
—¿Quién era? —pregunté apurando la taza de café.
—Mi hermano, que al parecer hay un corte de electricidad previsto en su calle para esta tarde y necesita terminar un par de diseños para su porfolio antes de mañana. Me ha preguntado por si podía pasarse después de comer y usar nuestro ordenador —respondió sin apartar la mirada de su timeline de Twitter.
—Le habrás dicho que no estamos, ¿no? —repliqué a modo de recordatorio.
—Sí. Que yo trabajo, y que tú habías quedado para ir a la feria del libro con tus compañeras de la oficina, pero que si venía antes de las cuatro de la tarde aún estabas para abrirle.
—Ah, vale. Pues ya está. Cuando acabe, si eso, que dé un portazo y ya llegaremos alguno de los dos —concluí.
El hermano de Ciro, Dario, es tres años mayor que él, más alto y bastante parecido en cuanto a rasgos faciales. Durante su infancia no se llevaban especialmente bien, pero la independencia hizo magia y la distancia fortaleció el vínculo fraterno, que por lo visto no estaba roto del todo y, además, se hizo extensible a mí. Lleva casado casi una década con Celia, su primera y única novia, con la que estuvo saliendo alrededor de un par de años antes de llevarla al altar. No tienen hijos ni intenciones de tenerlos; se les ve felices juntos y disfrutando de su estilo de vida. Trabaja como programador sénior en una empresa de cursos de formación, pero en sus ratos libres se dedica al diseño gráfico, al retoque semiprofesional de fotos y a la creación de assets para videojuegos que vende desde una tienda online comunitaria.
Pasamos la mañana recogiendo un poco la casa y preparando la comida. Nada muy elaborado. Nos sentamos a almorzar sobre la una y media, y a las dos y media mi marido se despidió de mí hasta la noche con un beso. Tras cerrarle la puerta, me metí en el baño a darme una ducha y arreglarme un poco.
Fue precisamente antes de las cuatro cuando un estrepitoso trueno anunció la cancelación de la feria del libro para esa tarde. Cosas de la primavera. Hablé con mis amigas para buscar un plan alternativo, pero el mal tiempo y la desilusión nos empujaron a querer quedarnos en casa, resguardadas y calentitas. Sonó el telefonillo. Guardé la ropa que tenía preparada para salir y me fui a abrirle a mi cuñado.
—Hola —saludé mientras lo invitaba a entrar.
—Buenas —contestó dándome dos besos—. ¿No habías quedado? —indagó observando mi vestimenta.
—Dices bien, había, pero con este tiempo hemos decidido cancelar, así que aprovecharé para darle un repaso a la presentación que tengo mañana con unos clientes. Ponte cómodo, voy a preparar algo de picotear y te hago compañía. ¿Dónde te has dejado a Celia? ¿No le apetecía venir? —comenté cerrando la puerta de la calle y entrando en la cocina.
—No, ha preferido quedarse en casa pendiente de la avería, por si se alargaba más de la cuenta y tenía que hacer limpieza de congelador —explicó mientras se alejaba por el pasillo.
Puse un par de refrescos y frutos secos en una bandeja y me dirigí a la habitación que tenemos reservada para el teletrabajo. Era la más pequeña de la casa, suficiente como para poner un escritorio doble con el equipo de sobremesa, en el que se sentó Dario, y una silla extra, que es la que iba a utilizar yo para ponerme con mi máquina. Una ventana vestida con un estor traslúcido dejaba pasar bastante luz natural y los pósteres y muñequitos de nuestras series favoritas le terminaban de dar un toque muy acogedor a la estancia.
—¿Necesitas algo más? —pregunté dejando las viandas en el centro de la mesa.
—Qué va, muchas gracias y perdón por la intrusión; a ver si acabo pronto y me marcho antes de que se haga de noche —se disculpó con cierto reparo.
—No te preocupes, tu hermano no llegará hasta las nueve y media o así. Si ves que se alarga mucho, pedimos un par de pizzas y te quedas a cenar con nosotros.
—Vale —asintió mientras se organizaba.
Sacó de su mochila un disco duro externo en el que, además de las copias de sus trabajos, guardaba un par de versiones portables de Photoshop y Lightroom. Enseguida se puso con sus cosas. Yo, por mi parte, me coloqué los auriculares y abrí el portal de gestión de la empresa.
—Si necesitas algo, avísame, ¿vale? —le indiqué antes de darle al play a la lista de Spotify.
—Vale, no te preocupes —murmuró distraído.
No sé cuánto tiempo pasé sumergida entre balances, estrategias de venta y diagramas de barras, pero fue más del que estaba dispuesta a seguir invirtiendo en un día de descanso. Así que guardé el proyecto y cerré la computadora.
—¿Qué tal vas? —me interesé mientras dejaba los cascos en su funda.
—Pues bien, la verdad. Bendita herramienta de IA que implementó Adobe en su última actualización, casi te hace todo el trabajo —celebró dando por hecho que me estaba enterando de algo.
—¿IA? —fruncí el ceño, intentando traducir del chino.
—Sí, inteligencia artificial. Mira —replicó girando hacia mí el monitor para hacer una demostración—. Ahora estaba terminando unos fondos fijos que me encargó un desarrollador de videojuegos para sus escenarios, pero, como son tantos, al final se pierde mucho tiempo en el diseño y los detalles. Sin embargo, aquí entra la magia. ¿Ves que tengo unas montañas y un camino que se pierde entre ellas? Algo muy soso y aburrido. Señalo esta área de aquí con el ratón, clico en esta opción, escribo «cabin with a lit fireplace» y le doy al Enter. El programa lo procesa y ¡tachán! Aquí tenemos una cabaña súper acogedora con su humo en la chimenea y en perfecta armonía con el resto de la imagen. Pero por si acaso no me gustara, despliego aquí y me muestra varias alternativas.
—¿En serio? —exclamé sin salir de mi asombro.
—En serio —sentenció satisfecho—. La verdad es que ahorra mucho trabajo mecánico, porque la idea de la composición, al final, tiene que seguir saliendo de ti.
—¿Y funciona con lo que sea o tienen que ser espacios en blanco por rellenar? —proseguí interesada.
—No, con lo que sea. Deja que suba la última escena y te pongo más ejemplos —indicó mientras colgaba todo el trabajo en la nube y le pasaba las muestras al comprador junto a la factura—. Ya está, acércate.
Arrastré mi silla para ponerme a su lado, expectante ante todo lo que estaba a punto de presenciar. Entró en Google hasta llegar a la portada de una revista del corazón. Descargó la imagen en más o menos buena resolución y la volcó en el programa. En ella se podía ver a una famosilla de la farándula a la que le habían hecho una foto a traición mientras paseaba a su perro, con la cara lavada y llevando lo primero que había cogido del vestidor. Como hace todo el mundo, vaya.
—Redondeamos su blusa y le decimos al asistente que cambie su color por el rojo, por ejemplo, y aceptamos.
¡Brujería! No solo le había cambiado el tono a la prenda, es que el software había respetado las luces, las sombras y los reflejos del sol, además de adaptarse a todas las arrugas. Entiendo que luego se podría dedicar más tiempo a retocar detalladamente, pero de primeras el resultado era casi perfecto.
—¿Le cambiamos el peinado? —planteó retóricamente mientras se ponía a ello.
Era increíble. Había pasado del pelo largo y despeinado a media melena bastante arreglada. Incluso se había rellenado todo el fondo que antes tapaba el cabello.
—Y no te lo pierdas, mira hasta dónde puede llegar —añadió entusiasmado mientras seleccionaba el contorno del perro.
La verdad es que daba hasta miedo ver cómo el pobre animal era sustituido por una gallina perfectamente recreada, con su collar al cuello incluido y su sombra proyectada en el suelo.
—Pero esto es un disparate, tendrá algún tipo de filtro, ¿no? —inquirí entre la preocupación y la curiosidad.
—¿A qué te refieres? —respondió sin saber muy bien por dónde iba.
—Quiero decir que habrá algún tipo de control o de censura con respecto a las funciones de la IA. No creo que te deje hacer todo lo que le pidas, ¿no? —Ya te entiendo. Pues no, hasta donde yo sé, no hay ningún tipo de límite. Por ejemplo, si yo en vez de decirle al programa tal o cual color para la blusa, le digo que directamente la elimine, pasa esto:
Y, de repente, pude ver con mis propios ojos cómo en la pantalla la chica se quedaba desnuda de cintura para arriba en medio de la calle, paseando a su gallina.
—¿Pero esto es legal? —quise saber, presa de un sinfín de sentimientos.
—Pues, hasta donde yo sé, sí. Todo el tema de la inteligencia artificial es tan reciente que apenas hay legislación al respecto. Y lo poquito que hay habla de que, como técnicamente en cuanto se modifica algo de esta manera esa persona ya deja de ser esa persona para convertirse en algo parecido a un dibujo muy realista, pues de momento no hay de dónde rascar.
—No quiero ni pensar en las barbaridades que se te habrán podido ocurrir con esto —bromeé mientras me desplazaba con la silla hasta mi sitio.
—Ja, ja, ja. Pues ninguna sin consentimiento previo, aunque no te lo creas —rebatió divertido.
—¡¿Cómo?! Cuenta, cuenta —exigí volviéndome a sentar a su lado.
—Pues… A ver. Una vez una chica me encargó que le retocara unas fotografías de una sesión que le había hecho un colega con una cámara bastante buena, pero que no tenía ni idea de edición ni maquetación. Me comentó que había estado viendo mis trabajos previos con Photoshop. Las capturas, además de para un book personal, eran para regalárselas a su novio, y en un principio tuvo la idea de hacerse alguna que otra subidita de tono; pero, llegado el momento, le dio vergüenza desnudarse frente a su amigo, así que se quedaron solamente en sugerentes. Me pidió que seleccionara algunas y las retocara para que quedaran como había pensado en un principio. Le dije que creía que sí y la verdad es que acabó encantada con el resultado.
—Pero a ver, me parece una tontería. Entiendo que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, ¿no? Es decir, tiene que ser muy evidente el montaje teniendo la posibilidad de comparar las fotos con la modelo delante.
—Pues no tengo ni idea, no he tenido el gusto de comprobarlo.
—¿Me dejas verlas? —rogó mi curiosidad por mí.
—Sí… Supongo. Espera —concedió navegando entre las carpetas de su disco duro—. Aquí están.
Dario pasó las instantáneas una tras otra, deteniéndose más tiempo en las que la chica aparecía «desnuda», y la verdad es que era alucinante. Se notaba que había un trabajo de posproducción después de que la IA hiciese lo suyo, ya que el contraste con la famosa de la revista era más que evidente.
—Qué barbaridad. Da hasta miedo lo real que parece —acerté a decir finalmente—. Entiendo que la magia desaparece en el directo, pero hasta entonces es una maravilla.
—Ja, ja, ja. No lo sé. Como te dije, no he tenido la posibilidad de comparar.
—Oye, se me ocurre… —empecé a murmurar, no creyéndome yo misma las palabras que estaba a punto de articular—. ¿Por qué no me haces una y te digo si el resultado está muy lejos o muy cerca de la realidad?
¿Se atreverá Darío a cruzar la línea y desnudar digitalmente a la mujer de su propio hermano? ¿Qué pasará cuando la pantalla revele la intimidad de Aura a escasos centímetros el uno del otro? La tensión no ha hecho más que empezar.
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