Xtories

Carla se sigue besando con el amigo de su chico

Julián duerme a centímetros, ajeno a la realidad. Carla y Isaac saben que el silencio es su mayor aliado, pero el riesgo de ser descubiertos enciende una pasión que ya no cabe en los besos furtivos. Esta noche, la cama es demasiado grande para tres.

Victor MartinezFont5.6K vistas10.0· 5 votos

Carla se sigue besando con el amigo de su chico

Es un viernes cualquiera por la tarde, Julián ha salido a una reunión de trabajo y la casa está en silencio, oyéndose solo el zumbido lejano de la nevera y el tráfico amortiguado de la calle.

Carla está en la cocina preparando una ensalada, tarareando bajito, con unos vaqueros ajustados y una sudadera holgada, ancha, que le resbala por un hombro. Lleva el pelo recogido en una cola de caballo, con mechones sueltos cayéndole por la nuca.

Isaac entra desde el salón, descalzo, con una camiseta vieja y pantalón de deporte. La mira un segundo desde la puerta, como si estuviera decidiendo si cruzar esa línea otra vez. Luego avanza despacio.

—Carla… —empieza, apoyándose en la encimera a su lado, con voz baja y ronca—. ¿Sabes que cada vez que te veo así, moviéndote por la casa como si nada, me cuesta respirar?

La chica sigue cortando tomate sin mirarlo directamente, pero sonríe suave, casi divertida.

—Ay, Isaac… Siempre tan exagerado. —Gira un poco la cabeza y le guiña un ojo—. Solo estoy haciendo algo de comer. Nada del otro mundo.

Él se acerca más, hasta que su pecho roza la espalda de la joven. Le pasa un brazo por la cintura con lentitud, como probando. Carla no se aparta, solo deja de cortar un segundo, respira hondo y sigue con el cuchillo, pero más despacio.

El amigo de su novio, pegando los labios a su cuello, besándola suave justo debajo de la oreja, le dice:

—No es exagerado. Es que te miro y… joder, me vuelvo loco. No paro de pensar en ti. En cómo hueles, en cómo sabes… en cómo me haces sentir cuando me dejas tocarte. —Le besa el hombro descubierto, bajando la sudadera un poco más con los dientes—. Carla… Déjame quererte un rato. Solo un rato.

Ella suelta una risita bajita, deja el cuchillo en la tabla y se gira despacio hacia él. Sus ojos verdes brillan con cariño, no con pasión desbordada, sino con esa dulzura suya de siempre.

—Ven aquí, tonto… —Le coge la cara con las dos manos y le da un beso lento en los labios, suave, afectuoso, como quien besa a alguien muy querido—. Claro que puedes quererme un ratito. Pero despacito, ¿eh? Que Julián puede llamar en cualquier momento.

Isaac profundiza el beso al instante, hambriento. Sus manos bajan por la espalda de ella, apretándola contra sí. Carla responde, pero sin urgencia: le devuelve el beso con ternura, le acaricia el pelo, le pasa los dedos por la nuca. Cuando él intenta meter la mano bajo la sudadera, ella la coge con suavidad y la sube de nuevo a su cintura, sin romper el beso.

—Shhh… No tan rápido, mi vida —le susurra, separándose apenas, hablando contra su boca con voz calmada y cariñosa, para a continuación besarle la comisura de los labios y luego la mandíbula—. Me gusta que me beses así… Me hace sentir bonita. Pero recuerda: somos cuidadosos. Siempre. Julián no se merece sorpresas feas.

El chico la mira fijamente, con los ojos oscuros llenos de algo que va más allá del deseo.

—No es solo besarte, Carla. Es que… te quiero. De verdad. No como algo pasajero. Cada día que paso aquí me enamoro más. De cómo cuidas de mí, de cómo me miras cuando crees que no te veo… Quiero estar contigo. De verdad.

La novia de su amigo sonríe con ternura infinita y le acaricia la mejilla con el pulgar.

—Ay, Isaac… Qué dulce eres cuando dices esas cosas. —Le da otro beso suave, casi casto, en los labios—. Me encanta oírlo. Me hace sentir especial. Pero no pienses en eso ahora, ¿vale? Solo disfruta de esto. De nosotros. De estos ratitos que son solo nuestros.

Se pega un poco más a él, dejando que la abrace fuerte. Este le besa el cuello otra vez, bajando por la clavícula, las manos firmes en sus caderas. Carla suspira bajito, cierra los ojos un segundo, pero no se pierde del todo: sigue sonriendo, sigue siendo ella, la que controla el ritmo con dulzura.

—Mmm… Así… Despacito… —susurra mientras él le besa el escote que asoma por la sudadera—. Me gusta cuando me besas ahí. —Le coge una mano y se la lleva al pecho, por encima de la ropa, apretándola un poco—. Pero nada de marcas, ¿eh? Nada que Julián pueda ver mañana. —Ríe suave—. Quiero seguir siendo tu secreto bonito… Sin complicaciones.

Isaac levanta la vista, casi suplicante.

—Carla… ¿Y si un día…?

Esta le pone un dedo en los labios, cariñosa pero firme.

—Chist. Nada de “Y si”. —Le besa de nuevo, profundo pero controlado—. Hoy solo besos. Hoy solo caricias. Hoy solo tú y yo, y que estés feliz. Eso es lo que importa. —Le abraza por el cuello, pegando su cuerpo al de él—. Ven… Siéntate en la silla. Déjame mimarte un poquito más antes de que vuelva.

Lo lleva de la mano hasta la mesa de la cocina. Lo sienta y se sube a su regazo, a horcajadas, como la otra vez. Le besa lento, profundo, con mucho afecto. Sus manos le recorren el pelo, la espalda, el pecho. Isaac la toca con devoción, pero ella siempre guía: suave, cauta, sonriente. Nunca deja que la pasión se desborde del todo. Siempre hay un “despacito”, un “cuidado”, un recordatorio dulce de que esto es ayuda, cariño… no un amor que vaya a romperlo todo.

—Me encanta cómo me miras… —murmura ella contra su boca, entre beso y beso—. Como si fuera lo más importante del mundo. —Le besa la frente—. Tú también lo eres para mí, ¿sabes? Por eso te dejo hacer esto. Porque verte así, contento, relajado… me llena. —Sonríe, preciosa—. Pero siempre con cuidado, mi amor. Siempre.

Se quedan así un rato largo: besándose, acariciándose, ella sonriendo siempre, correspondiendo con ternura infinita, pero sin entregarse del todo al torbellino de sentimientos que él empieza a sentir. Para Carla, es afecto puro, protección, ayuda. Para Isaac, es cada vez más amor. Y en esa diferencia, en esa asimetría dulce y peligrosa, sigue creciendo su secreto.

***

Los días siguen pasando y las cosas en casa van bien: Julián llega siempre caída la noche, agotado pero contento de ver a su amigo mejorando visiblemente: Isaac sonríe más, ayuda en casa, no pasa horas encerrado... Carla, en medio de todo, sigue siendo el eje dulce y silencioso.

Una mañana de sábado Julián sale pronto, quedándose solos los amantes. Ella está en la cama matrimonial, todavía con el pijama corto de algodón blanco, el pelo suelto sobre la almohada. El chico entra sin llamar, cierra la puerta con cuidado y se acerca despacio. Se sienta al borde de la cama, mirándola con esa intensidad que ya es habitual en él.

—Buenos días, Carla… —la saluda con voz baja, casi reverente. Se inclina y le besa la frente, luego la mejilla, luego los labios con suavidad—. ¿Has dormido bien?

La joven abre los ojos despacio, sonríe con ternura infinita, le acaricia la mejilla.

—Muy bien. Soñé con playa… Con agua calentita... —Ríe bajito—. Ven aquí, anda. Que hace frío sin ti.

Isaac se mete en la cama sin dudar. Se pega a ella por detrás, abrazándola por la cintura. Carla suspira de placer puro, no sexual aún, solo por el contacto cálido.

El amigo de su novio empieza a besarle el cuello, lento, descendiendo por la espalda. Sus manos suben por debajo del pijama, acariciando los pechos con devoción. Ella se arquea un poco, facilitándole el acceso, pero sin urgencia.

—Mmm… Así… Despacito… —le anima, susurrando, con voz somnolienta y cariñosa—. Me gusta cuando me tocas así por la mañana... Me despiertas el cuerpo sin despertarme la cabeza… Sigue…

Isaac le dice, bajándole el pantalón del pijama con cuidado, besándole la curva de la cadera:

—Quiero hacerte el amor… como todos los días. Quiero sentirte alrededor de mí, Carla. Quiero que sepas cuánto te quiero.

La gira con suavidad hasta que queda boca arriba. Se coloca encima, entre sus piernas. Carla abre los muslos sin resistencia, y le rodea la cintura con estas. Él entra despacio, mirándola a los ojos todo el tiempo. La chica suelta un gemido suave, cierra los ojos un segundo, pero los vuelve a abrir para sonreírle.

—Estás tan… tan dentro… —suelta con un suspiro, mientras él se mueve lento, profundo, con ese ritmo que ya conocen de memoria, y ella le acaricia la espalda, las nalgas, animándolo sin prisas—. Me encanta sentirte así... Me hace sentir que estás bien... Que no tienes frío ni miedo ni nada malo dentro…

—Te quiero, Carla… —le dice Isaac, jadeando contra su cuello, besándola entre palabra y palabra—. Joder, te quiero tanto… Cada vez que estoy dentro de ti siento que eres mía… Que esto es nuestro…

Carla le pone entonces un dedo en los labios, sonriendo con dulzura, sin dejar de moverse al compás.

—Shhh… No digas eso, mi vida. —Le besa profundo, lento—. No hace falta... Yo ya sé que me quieres... Y yo te quiero también… a mi manera. —Le aprieta con las piernas, lo recibe más adentro—. Pero no es lo mismo que con Julián: con él es amor de verdad, de los que duran para siempre. Con él no necesito esto… —Gime bajito cuando Isaac acelera un poco—. No necesito follar para sentirme suya. Me basta con verlo llegar a casa, con que me abrace, con que me diga “Te quiero” antes de dormir. Eso me llena el corazón.

La novia de su amigo sigue moviéndose con el veinteañero, pero su voz permanece calmada, casi reflexiva, mientras el placer crece en su cuerpo. Susurrando, con los ojos clavados en los de él, prosigue:

—Contigo es diferente. Contigo es… físico. Es calor. Es hacer que dejes de sufrir. Cada vez que te corres dentro de mí, siento que te quito un peso. Que te ayudo a seguir adelante. —Le besa la mandíbula, la oreja—. Y eso me hace feliz. Me hace sentir útil. Buena.

Isaac, acelerando un poco más, con la voz entrecortada, responde:

—Pero yo… yo sí lo siento como amor. Como amor romántico. Carla, no puedo evitarlo…

Su dulce amante le coge la cara con las dos manos, lo obliga a mirarla mientras sigue moviéndose debajo de él.

—Lo sé, mi pobre Isaac… Lo sé. —Sonríe con ternura infinita—. Y está bien... Puedes sentirlo todo lo que quieras... Puedes enamorarte de mí todo lo que gustes. —Le besa los labios con dulzura—. Pero yo… Yo no lo siento igual. No estoy enamorada de ti. Estoy enamorada de Julián. Y eso no cambia aunque te folle todos los días. Aunque te deje entrar en mí una y otra vez. Aunque gima tu nombre cuando me corro. —Se estremece un poco, el placer subiendo—. Para mí esto es apoyo. Es cariño. Es… sexo bonito para que estés bien. Nada más.

El chico llega al límite primero. Se tensa, se derrama dentro de ella con un gemido ahogado contra su cuello. Carla lo abraza fuerte, lo mece mientras dura, le besa la sien, la frente. Luego, cuando él se calma, ella se mueve un poco más, buscando su propio orgasmo con tranquilidad. Lo alcanza rápido, suave, sin gritos: solo un suspiro largo y profundo, los ojos cerrados, una sonrisa serena en los labios.

Después, todavía con la herramienta de Isaac dentro suyo, le habla, acariciándole el pelo:

—¿Ves? Ya estás más tranquilo. —Ríe bajito—. Mírate… La cara relajada, los ojos brillantes. Eso es lo que quiero. Que estés así todo el día. Y cuando Julián vuelva esta noche y te vea sonreír… él también estará contento. Todo encaja.

—No sé cómo lo haces… —admite el chico, besándole el pecho, la clavícula, sin salir aún de ella—. Cómo puedes separarlo todo así. Yo no puedo. Te quiero demasiado.

Carla le besa la coronilla, maternal.

—Porque no necesito mezclar las cosas para sentirme completa. Tengo a Julián para el amor del alma, y a ti… para esto. Para cuidarte. Para que no te rompas. —Le aprieta un poco más con el cuerpo, juguetona—. Y mira qué bien nos sale, ¿no?

Se quedan así un rato largo, abrazados, en silencio. Ella le acaricia la espalda con movimientos lentos. No hay culpa en su cara. Solo paz. Para Carla, todo sigue siendo perfectamente lógico: amor romántico con uno, sexo y apoyo con el otro. Dos compartimentos estancos. Y en medio, su sonrisa dulce, convencida de que está haciendo lo correcto para todos.

***

Ese mismo día Carla llega a casa pasada la medianoche. La llave gira despacio en la cerradura para no hacer ruido. El piso está a oscuras salvo por la luz tenue del pasillo y el resplandor azul del televisor apagado en el salón.

Julián ya está en el dormitorio, quitándose los zapatos con ese cansancio de quien ha tenido una larga jornada. Isaac está en el sofá, todavía despierto, con el móvil en la mano y una cerveza a medio terminar en la mesita. Cuando oye la puerta, levanta la vista al instante. Sus ojos se iluminan con esa hambre descarada que ya no disimula.

Oye a su novio desde el pasillo, con la voz somnolienta, acercándose:

—Hola, cielo… Me voy a la cama. Estoy muerto. —Se acerca un segundo a ella, le da un beso casto en la sien y un abrazo rápido por la cintura—. No tardes mucho, ¿vale? Buenas noches.

Carla sonríe dulce, y le devuelve el beso en la mejilla.

—Buenas noches, mi vida. Descansa. Te quiero.

Julián entra en el dormitorio y cierra la puerta con un clic suave. El pasillo queda en silencio. Carla se quita el abrigo despacio, lo cuelga en la percha. Siente la mirada de Isaac clavada en ella desde el sofá. No se gira aún. Solo sonríe para sí misma, esa sonrisa suya de quien sabe exactamente lo que va a pasar.

—Ven aquí, Carla —oye de pronto su voz baja, ronca, sin moverse del sofá.

Ella se gira despacio. Camina hacia él con ese balanceo natural de caderas que lo vuelve loco. El chico se pone de pie de un salto, cruza los dos pasos que los separan y la agarra por la cintura con las dos manos, atrayéndola contra su cuerpo sin preámbulos.

Sus labios chocan contra los de ella con descaro, hambre cruda, lengua invadiendo sin pedir permiso. Carla suelta un gemidito bajito, pero no se aparta. Le rodea el cuello con los brazos y le devuelve el beso con la misma intensidad, aunque más controlada, más suave en el fondo. Sus lenguas se enredan, se oyen sonidos húmedos que rompen el silencio del piso.

El joven, separándose apenas para hablar contra su boca, manos bajando por su culo y apretando fuerte, le dice:

—Joder… Llevo toda la tarde pensando en esto. En follarte aquí mismo mientras él duerme.

La empuja contra la pared del pasillo, justo al lado de la puerta del dormitorio. No muy lejos. Lo bastante cerca para que un ruido fuerte los delate.

La novia de su amigo ríe bajito contra sus labios, sin apartarse, sin empujarlo. Le mete las manos por debajo de la camiseta, acariciándole la espalda.

—Shhh… No tan alto, mi vida. Julián está ahí dentro.

Pero no baja la voz del todo. Y no se mueve para alejarse. Al contrario: abre un poco las piernas cuando él mete un muslo entre ellas, frotándose contra ella con descaro, besándole el cuello, mordisqueando suave, bajando la cremallera de su vestido por la espalda.

—Que se despierte si quiere. Que vea cómo te tengo. Cómo te hago gemir.

Le sube el vestido por los muslos, mete la mano directamente dentro de su braguita. Carla jadea, cierra los ojos un segundo, pero no lo detiene. Le clava las uñas en los hombros, animándolo.

—Eres un descarado… —le susurra, con voz ronca pero dulce—... pero me encanta.

Le besa profundo otra vez, le muerde el labio inferior. Sus caderas se mueven contra la mano del chico, buscando más. El vestido ya está arremangado en la cintura. Isaac le baja la braguita de un tirón, la deja caer al suelo. Ella no hace nada por recogerla.

Entonces el amigo de su novio, desabrochándose el pantalón con una mano, la otra todavía entre sus piernas, le indica:

—Aquí mismo. Contra la pared. Quiero correrme dentro de ti antes de que él se despierte y venga a buscarte.

Carla gime bajito cuando él la penetra de un empujón lento pero firme. Se muerde el labio para no hacer ruido, pero sus jadeos son audibles. Le rodea la cintura con una pierna, facilitándole el acceso.

—Así… Despacito al principio… No quiero que nos oiga…

Pero no pone mucho cuidado. Sus gemidos suben de volumen cuando él acelera. La pared cruje un poco con cada embestida. La puerta del dormitorio está a solo dos metros. La veinteañera mira hacia allí un segundo, sonríe traviesa, y vuelve a besar a Isaac con más hambre.

Este, jadeando contra su oído, moviéndose más rápido, la provoca:

—Dime que te gusta… Dime que me quieres dentro aunque tu novio esté ahí durmiendo…

Ella, susurrando, con la voz entrecortada por el placer, contesta:

—Me encanta… Me encanta que seas tan descarado… Me encanta sentirte así…

Le clava las uñas en la espalda, arquea el cuerpo contra él. No se esfuerza por callarse del todo. Un gemido más alto se le escapa cuando su amante la embiste profundo. Mira de reojo la puerta cerrada. No se mueve para taparse la boca. Solo sonríe, preciosa, perdida en el momento.

Se mueven juntos contra la pared, el ritmo cada vez más urgente. Carla llega primero: se tensa, gime contra el cuello de él, un sonido ahogado pero claro. Isaac la sigue segundos después, derramándose dentro con un gruñido bajo, abrazándola fuerte.

Se quedan quietos un momento, respirando agitados, pegados el uno al otro. El vestido de la chica permanece arremangado, la braguita en el suelo, el semen resbalando por su muslo.

—Eres imposible… —susurra ella contra su boca, sonriendo—... pero no pares nunca de ser así conmigo.

Le da un último beso lento, profundo. Luego se aparta despacio, se baja el vestido sin prisa, recoge la braguita con el pie y la mete en el bolsillo de su chaqueta. Camina hacia el dormitorio tarareando bajito, como si nada hubiera pasado.

Desde el pasillo, con voz ronca, Isaac se despide:

—Buenas noches, Carla.

Esta se gira en la puerta del dormitorio y le guiña un ojo.

—Buenas noches, mi vida.

Entra en la habitación. Julián duerme profundamente, de espaldas. Carla se quita el vestido en silencio, se mete en la cama desnuda y se pega a la espalda de su novio. Le da un beso suave en el hombro. El chico suspira dormido, se gira un poco y la abraza por instinto.

Su novia cierra los ojos, satisfecha, con el cuerpo todavía caliente y el recuerdo de Isaac latiéndole entre las piernas. Sin culpa. Solo con esa paz suya de quien cuida a los que ama a su manera.

***

Pero poco dura la calma, ya que la puerta del dormitorio no se ha cerrado del todo e Isaac entra despacio, descalzo, sin camiseta, solo con el pantalón de chándal que le cuelga bajo. Sus ojos brillan en la penumbra, fijos en Carla, y se acerca a la cama como un depredador que ya no se esconde.

Susurrando ronco, arrodillándose al borde de la cama, le espeta:

—Carla… No me dejes así… —Le pasa la mano por la pierna desnuda bajo la sábana, subiendo despacio hasta el muslo—. Quiero follarte aquí. Ahora. Con él al lado. Quiero sentir cómo te corres calladita mientras Julián duerme… Quiero correrme dentro de ti sabiendo que podría despertarse y vernos…

La veinteañera se gira un poco hacia él, los ojos verdes brillando con una mezcla de sorpresa y diversión. Ríe bajito, un sonido suave y juguetón que no llega a despertarlo.

—Estás loco… Completamente loco, Isaac. —Le coge la mano para que no suba más, pero no la aparta del todo. Solo la mantiene ahí, sobre su muslo, apretando un poco como si quisiera sentirlo—. Julián está aquí mismo. Si se despierta… se acabó todo. Todo.

El chico se inclina sobre ella, el aliento caliente contra su oído. Baja la sábana lo justo para descubrirle un pecho. Le besa el cuello, lento, descendiendo hasta lamer el pezón con la punta de la lengua.

—Por eso es mejor. Imagínatelo: él abre los ojos y nos ve. Ve cómo te tengo, cómo te hago gemir bajito. Ve que su novia se corre con su amigo. —Le mete la mano entre las piernas por encima de la braguita, frotando despacio—. O no se despierta. Y seguimos. Y mañana se levanta feliz sin saber que el colega a quien ha acogido se la ha follado al lado mientras dormía.

Carla ríe otra vez, más suave, pero su cuerpo responde: arquea un poco la espalda, abre las piernas apenas un centímetro más. Gime bajito cuando él presiona el clítoris con el pulgar.

—No… No podemos… —La risa se le quiebra en un suspiro. Le coge la muñeca, pero no la retira. Solo la mantiene ahí, guiándola un poco—. Estás fatal… ¿Sabes lo que pasaría si nos pilla? Se rompería todo.

Isaac se sube a la cama despacio, gateando sobre ella sin tocar a Julián. Se coloca entre sus piernas, el pantalón ya bajado, la polla dura rozándole el interior del muslo.

—No nos va a pillar. O sí. Y si sí… que vea lo que ya sabe en el fondo: que tú me necesitas tanto como a él. —Se frota contra ella sin entrar aún. Carla jadea, cierra los ojos un segundo—. Dime que no quieres. Dime que pare de verdad… y paro.

La joven abre los ojos, lo mira fijamente. Sonríe traviesa, pero la voz sale flojita, sin fuerza:

—No… No pares… —Ríe otra vez, nerviosa, excitada. Le rodea la cintura con las piernas, atrayéndolo un poco más—. Pero despacito… Muy despacito. Y si se mueve, si abre los ojos… nos paramos. ¿Vale?

Le besa profundo, lengua contra lengua, mientras él entra despacio, centímetro a centímetro. Carla se muerde el labio para no gemir alto. Julián suspira dormido, se gira un poco hacia ellos, pero no despierta. Carla mira de reojo su cara tranquila, sonríe contra la boca de Isaac y aprieta las piernas alrededor de él.

—Joder… Estás empapada… —murmura, excitado, moviendo las caderas con lentitud extrema, profundo pero sin ruido—. Te encanta el riesgo, ¿eh?

Le tapa la boca con la mano para que no se le escape un gemido cuando acelera un poco. Su novia de su amigo asiente, los ojos brillantes, riendo muda contra su palma.

—Estás loco… Pero no pares… No pares ahora… —susurra de forma apenas audible, entre jadeos.

Se mueven juntos en un silencio roto solo por respiraciones contenidas y el leve crujir de la cama. Julián duerme a centímetros, ajeno. Carla llega al orgasmo primero: se tensa, cierra los ojos fuerte, un gemido ahogado que Isaac tapa con su boca.

Él la sigue segundos después, derramándose dentro con un gruñido bajo contra su cuello. Se quedan quietos, pegados, respirando agitados. Su novio suspira de nuevo, se acomoda mejor, pero sigue dormido.

La chica, riendo bajito, exhausta y feliz, le da un beso suave en los labios.

—Eres un peligro… Vete ya. Antes de que se despierte de verdad.

Pero su amante no sale de ella. En vez de retirarse, se mueve despacio otra vez, un vaivén mínimo, casi imperceptible, como si no quisiera que terminara nunca.

—No puedo parar… —susurra contra su oído, voz ronca y temblorosa—. Todavía no…

Le besa el cuello, lento, descendiendo hasta la clavícula. Sus caderas se mueven con lentitud extrema, entrando y saliendo apenas unos centímetros, prolongando la sensación sin hacer ruido.

—Siento cómo late todavía alrededor de mí… Cómo me aprietas… Joder, Carla, qué bien estás…

Ella ríe bajito, un sonido ahogado que vibra contra el pecho de él. Le clava las uñas suaves en la espalda, pero no lo empuja para que se vaya. Al contrario: le rodea más fuerte con las piernas, atrayéndolo un poquito más adentro.

—Estás fatal… Loco de remate. —Le besa la mandíbula, la comisura de los labios, mientras sus caderas responden al ritmo lento que él marca—. Pero… no pares todavía. Solo un poquito más. Despacito… Como si no estuviéramos haciendo nada.

Julián suspira dormido, se gira un poco más hacia ellos. Su brazo cae sobre la sábana, casi rozando la cadera de Carla. Ella mira de reojo su cara tranquila, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Sonríe traviesa, excitada por el riesgo.

Isaac nota el movimiento y se queda quieto un segundo, pero su amante le aprieta las piernas para que no se retire del todo.

—Shhh… No te muevas… —le susurra, con voz ronca y juguetona—. Mira… Casi nos toca…

Entonces le coge la mano a su novio con delicadeza y la coloca sobre su vientre, justo encima de donde Isaac está dentro de ella. Julián no se despierta, solo suspira otra vez, como si en sueños estuviera abrazándola.

Carla gime bajito contra el cuello de Isaac, el peligro la enciende más.

—Joder… —exhala él, con los ojos muy abiertos, excitado hasta el límite—. Su mano ahí… mientras yo…

Se mueve de nuevo, lento, profundo, sintiendo la mano de su colega sobre el vientre de Carla. Cada embestida hace que la mano de Julián se mueva un poco con el ritmo sutil.

—Esto es una locura… pero no puedo parar. Quiero correrme otra vez. Dentro de ti. Con su mano encima.

Carla jadea suave, los ojos cerrados un segundo, luego los abre para mirar a Julián dormido.

—Hazlo… pero sin ruido. Muy despacio. Quiero sentir cómo te corres otra vez… Cómo me llenas mientras mi novio duerme al lado…

Le besa profundo, lengua contra lengua, ahogando sus propios gemidos en su boca. Sus caderas se mueven en círculos pequeños, apretando alrededor de él cada vez que baja. La mano de Julián sigue ahí, inocente, sin saber que está tocando el vientre donde su amigo se está corriendo.

El encuentro se alarga. Minutos que parecen horas. Isaac acelera solo lo justo para no hacer crujir la cama demasiado. Carla llega de nuevo primero: se tensa, arquea la espalda, un gemido que tapa con la mano de su amante nocturno. Él la sigue poco después, un segundo orgasmo más lento, más prolongado, derramándose profundo mientras la besa para que no haga ruido.

Se quedan quietos al fin, pegados, respirando agitados pero en silencio. La mano de Julián sigue sobre el vientre de Carla, cálida e inocente.

Esta susurra, exhausta y feliz, riendo bajito contra su boca:

—Ya… Ya basta, loco. Sal de mí antes de que se despierte de verdad.

Le da un beso suave, lento, casi tierno. Isaac sale despacio, le besa el vientre justo donde estaba la mano de su amigo, luego la frente.

—No sé cómo lo haces… —le dice con voz ronca, todavía temblando de placer—... pero cada vez quiero más. Buenas noches, preciosa.

Se levanta con cuidado, se sube el pantalón y sale del dormitorio sin hacer ruido. Carla se queda mirando el techo un momento, el cuerpo todavía latiendo, el semen resbalando entre sus muslos.

Quita con suavidad la mano de Julián de su vientre, la coloca sobre su pecho y se pega a su espalda. Le besa el hombro, suspira contenta. Julián murmura algo ininteligible en sueños y la abraza por instinto. Carla cierra los ojos, satisfecha, con el secreto latiéndole dentro como un segundo corazón. El piso vuelve al silencio absoluto. Solo respiraciones tranquilas. Y un riesgo que, esta noche, ha durado más de lo que ninguno esperaba.

***

Víctor Martínez de Font

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