Xtories

Bar el Raval (2)

Sabe que él la está mirando desde la ventana de enfrente. Sabe que cruzar esa puerta significa perder el control. Y aún así, esta noche ella decide no detenerse.

mondrian20011.4K vistas

LA CALLE

Camino, relajándose y tomando el control a cada paso. Cuando volvió por la acera de enfrente mira a la ventana y allí estaba él.

Se sentó en la terraza, a la vista de su marido, y con una mirada desafiante, espantó a los primeros jóvenes que intentaron aproximarse. Eran demasiado jóvenes, demasiado perfectos. Ella necesitaba algo más básico, primitivo. No atletas del sexo.

Quería algo más... alguien que entendiera el juego.

Mientras se acomodaba, sus ojos buscaron al dueño. Ahí estaba, detrás de la barra, su mirada encontrando la suya con un brillo de reconocimiento y deseo. Él se acercó, su voz profunda y sugerente, "¿Te apetece algo especial hoy?"

Ella, con una sonrisa que prometía más de lo que decía, respondió, "Algo que me reconforte y me anime, por favor."

Él sostuvo la taza un segundo más de lo necesario, obligándola a tirar suavemente, mientras sus ojos bajaban de su boca a su escote con la lentitud de quien saborea un licor caro; sus ojos se encontraron en un entendimiento silencioso.

El dueño, sin perder el ritmo, le trajo un café caliente, sus dedos rozando los suyos al pasarle la taza, el roce de sus dedos contra los míos hizo que el vello de mi nuca se erizara, una descarga eléctrica que fue a morir directamente entre mis muslos.

"Espero que esto te caliente lo suficiente," dijo con un guiño, su voz cargada de promesas no dichas. EL pudo notar los pezones endureciéndose levemente con el aire fresco.

Ella bebió lentamente, sintiendo la mirada del dueño sobre ella, cada sorbo una provocación. Decidió entonces jugar un poco más, cruzando las piernas lentamente, dejando que el vestido se subiera un poco más de lo necesario, revelando el inicio de sus muslos cubiertos por unas medias finas.

Cuando el dueño me trajo la consumición, noté cómo sus ojos descendían sin disimulo por mis piernas. Las medias de encaje negro trepaban por mis muslos y se detenían justo bajo la curva de mi trasero. Mi escote dejaba claro que no llevaba sujetador; el aire fresco marcaba mis pezones bajo la tela fina, y él lo vio. Su mirada se sostuvo un segundo más de lo correcto, cargada de intención.

—Este bar es mío, puedes estar tranquila —me dijo, con una voz que insinuaba algo más que cortesía—. En un rato cerraremos al público… pero podemos quedarnos hablando y escuchando música, si te apetece.

Los clientes lo tuvieron ocupado unos minutos, ella bebió con calma y disfruto de las miradas nada discretas. El ambiente en la terraza se había vuelto más denso, cargado de miradas sostenidas y silencios que decían demasiado. La música sonaba lejana, y alrededor comenzaban a oírse risas más altas, pasos inseguros, la noche avanzaba lentamente.

Sacó el móvil sin apartar la mirada del local.

—Mírame bien —susurró—. Salí sin nada debajo… como tú me dejaste en las escaleras.

Alzó los ojos hacia la ventana, desafiante.

—Me estoy atreviendo a cosas que en nuestra ciudad serían impensables. Si quieres parar, dímelo ahora.

Una pausa mínima.

—Voy a entrar. No apartes los ojos.

Colgó despacio, dejándole la decisión… y el deseo.

El le mando un WhatsApp: Si te estás atreviendo a lo impensable… hazlo hasta el final. Pero ella no lo leyó hasta horas después.

El dueño se inclinó un poco más hacia ella, acortando la distancia con naturalidad estudiada. Ya no era solo el dueño amable; era un hombre que había aceptado el juego y estaba dispuesto a mover la siguiente pieza. Fue entonces cuando, casi rozándole el oído, dejó caer la propuesta en voz baja, como si ambos supieran que el verdadero calor no venía de la bebida ni del aire templado.

"¿Te gustaría sentarte en un lugar más discreto?" murmuró, inclinándose hacia ella, su aliento caliente en su oído. “Ahora empiezan a pasar los borrachos y la terraza ya no es segura.”

Su corazón latía con fuerza, la anticipación y el deseo mezclándose en una mezcla embriagadora.

Con una voz que era casi un susurro, ella respondió, "A ver que me puedes ofrecer”.

Ella se levantó, su cuerpo vibrando con la promesa de lo que vendría. "Llévame," susurró, su voz cargada de deseo, sabiendo que su marido la vería entrar con él, extendiendo el juego, llevándolo a un nivel que ninguno de los dos había explorado antes.

Se levanto con elegancia, sus tacones sonaron sobre las baldosas de la terraza sonó como una declaración de guerra dirigida a la ventana de enfrente. Zapatos que se había puesto para ir del baño a la cama. No miró atrás. No necesitaba hacerlo para sentir la mirada de su marido clavada en su nuca, quemando como un hierro candente. Y las miradas en su culo de los clientes. Aquella era la última frontera: cruzar el umbral del bar de la mano de un extraño, dejando el mundo conocido —y su matrimonio— al otro lado del cristal.

El dueño apoyó una mano firme en su espalda, guiándola hacia la penumbra del local. Marcándola como a ganado. Nadie osaría tocarla o hablar con ella.

Al cruzar la puerta, el aire viciad o de café, madera vieja y alcohol envolvió sus sentidos, creando una burbuja de intimidad repentina.

Él no perdió el tiempo. En cuanto entraron en un pasillo que llevaba a un pequeño almacen y a una puerta que llevaba al portal del edificio la hizo girar con un movimiento fluido, presionándola contra la madera fría de la puerta cerrada.

—Has estado jugando con fuego ahí fuera —murmuró él, su voz era ahora un rugido bajo que ella sentía vibrar en su propio pecho—. Y me temo que mi bar no tiene extintores.

Ella dejó escapar un suspiro entrecortado, echando la cabeza hacia atrás. La falta de sujetador hacía que el roce de su pecho contra el pecho de él fuera una tortura exquisita. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, la promesa de una fuerza que los apuestos jóvenes de la terraza que había rechazado antes nunca podrían igualar.

—No busco que me salves —respondió ella, clavando sus dedos en los hombros del hombre—. Solo quiero que me enseñes qué pasa cuando el juego se vuelve real. Espero que seas un buen jugador, soy el arbitro y el equipo contrario.

Ella no tenía duda que su marido estaría sosteniendo el teléfono, esperando una señal, un mensaje que no llegaría. EL había decidió el nivel del juego dejandola desnuda en un portal desconocido. La verdadera adrenalina no estaba en lo que él imaginaba que estaba pasando tras esas paredes, sino en la absoluta certeza de que, por primera vez, ella ya no estaba actuando para nadie más que para sí misma.