Sola en casa
El aburrimiento de la soledad la lleva a un chat anónimo donde descubre una virilidad inesperada. Cuando él cruza el umbral de su casa, la prudencia se desvanece ante el deseo urgente. Esta noche, su matrimonio y su conciencia quedan en segundo plano frente a un placer prohibido.
SOLA EN CASA
Estoy sola en casa, tendida en la cama y en compañía de unos relatos que encontré en la red, ante las pocas opciones que ofrece la programación televisiva. Mi esposo estará varios días fuera por motivos laborales. A mí eso nunca me ha supuesto una incomodidad, todo lo contrario, me gusta disfrutar de mi espacio y así desintoxicar la relación de la monotonía que se genera con los años. Desconozco si a mi esposo le ocurrirá lo mismo, y tampoco sé si me habrá sido infiel alguna vez en alguno de sus viajes. Yo nunca lo he sido, y eso que llevo en mi haber veinte años de matrimonio, que se dice pronto. Puedo decir, no obstante, que la relación es satisfactoria en casi todos los sentidos, y la verdad es que el ponerle los cuernos nunca ha entrado dentro de mis planes. Nuestras relaciones sexuales son satisfactorias, por tanto, una cana al aire no me ha llamado la atención, pero las cosas pueden cambiar en un santiamén.
Tengo cuarenta y tres años y estoy en mi mejor momento físicamente, no me puedo quejar. La edad ha sido generosa conmigo, porque mi físico, ya quisiera tenerlo una veinteañera, mis pechos son generosos, mi cabello no tan largo de un negro intenso, mi piel tez clara, algo gordita, secuela que quedo claro después de haber dado a luz dos veces. En cualquier caso, mis curvas todavía están en su sitio, son sugerentes y también capaces de levantar pasiones en el sector masculino.
Sin más preámbulos, paso a relatar mi experiencia.
Como he dicho, estoy leyendo el relato, y aunque sé que la mayoría de historias son fantasías, la descripción de una escena sexual entre sus protagonistas consigue excitarme, y sin darme cuenta mis dedos acarician mi pezón derecho, por lo que mi ardor se intensifica hasta el punto de que siento la necesidad imperiosa de masturbarme. No me cuesta demasiado deshacerme de la falda que traigo puesta y rápidamente me encuentro con mi dedo maltratando mi clítoris, hasta que tengo que dejar el celular a un lado y centrarme en el placer que mi extremidad le está regalando a mi ávida raja. El movimiento se acelera y otros dos dedos se unen a la friega, de tal modo que mientras mi mano derecha se desliza una y otra vez por la empapada raja, el dedo corazón de la mano izquierda traza movimientos circulares en mi clítoris hasta que mi sexo empieza a convulsionar estallando en un placentero orgasmo que me deja inmóvil durante unos instantes.
Me levanto de la cama y me siento en la taza para lavarme, a continuación me pongo las bragas y activo mi celular. La tarde continúa y me siento aburrida. Me meto al Facebook con una cuenta falsa que cree, con en el que suelo entrar a grupos de contactos o encuentros casuales, con el único fin de sin más pretensión que la de distraerme.
Me llueven las ventanitas de privados con decenas de pretendientes con intenciones de todo tipo, principalmente deshonestas. Yo no suelo hacer demasiado caso cuando la gente es irrespetuosa, y elijo yo con quien hablo, pero pronto se me abre una ventana en primer plano y contemplo una imagen de los atributos de quien habla, por momentos pienso que es sacado de la internet (muchos suelen utilizar esas apócrifas imágenes para presentarse) y no doy crédito a lo que estoy observando. Me dispongo a cerrar dicha ventana, cuando mi locutor me pregunta si me gusta lo que veo, me dice también que si la quiero, es toda para mí. Yo no respondo, pero a continuación recibo una invitación para que acepte su cámara. Tras unos instantes de dudas, acepto la invitación, y veo un primer plano de un señor ya entrado en su edad, casi mi contemporáneo, se veía en una habitación, donde estaba completamente desnudo, frotándose su pene que en un primer momento no me parece real, sino una prótesis que se ha puesto ahí con la intención de impresionar, pero nada más lejos de la realidad.
Imagino que se ha percatado de mi cara de sorpresa ante sus atributos. Parece tener 40 a 50 años, con algo de barriguita, diría que está lleno de amor. No es guapo, más bien, lo contrario. No me atrae en absoluto su morfología, pero él es consciente de que me está gustando lo que estoy viendo de él
Su mano se mueve arriba y debajo de ese gran trozo de carne y mi vagina empieza a segregar fluidos sin contención alguna. El tipo me pide que me desnude, pero no lo hago, a pesar de que me dan ganas de hacerlo. No estoy acostumbrada a semejante espectáculo. Me pregunta si me gusta lo que veo y me veo obligada a decirle que sí. En ese punto, su ego es tan desmedido como su pene, por lo que el movimiento de su mano aumenta la calentura, mientras lo observo. Vuelve a pedirme que me quite la ropa y entiendo que es lo justo. Me quito la camiseta y el sujetador y le muestro que mis tetas no han cedido todavía a la fuerza de la gravedad. Tengo los pezones duros y sensibles. Estás rica, quiero ya cogerte perrita, me dice, y yo quiero que lo haga, le respondo. Entonces me pregunta dónde vivo para venir pegarme la cogida de mi vida. Me doy cuenta de que está hablando en serio, por el contrario, mis intenciones no apuntaban tan lejos, sino a masturbarnos, mientras nos mirábamos.
—Dame tu dirección, no tardaré— me repite. Los dos estamos en un chat de la misma ciudad, por tanto, deduce que vivimos relativamente cerca. Yo no sé qué hacer. El tipo este podría ser un extorsionador, un delincuente, un conocido de mi marido o alguien más y al margen de eso, nunca he hecho una locura de semejante calibre, pero es mi chocho bien mojado es quien habla por mí, y sin pensar las consecuencias le doy mi dirección. A continuación se levanta, pasea su mástil venoso por la cámara y contemplo un primerísimo plano de la cabezota roja con una gota de précum dedicada a mí, seguidamente enfunda con mucho esfuerzo la colocación de sus bóxer, mientras me dice
—Dame una hora— y automáticamente en la ventana aparece un mensaje de “sin conexión”.
El corazón me va a mil.
_ ¿Qué he hecho? Me digo.
Son las nueve de la noche y normalmente mi marido me llama a las diez para desearme las buenas noches. Es un detalle en el que caigo demasiado tarde. Quizás le diga que no me encuentro bien y me he acostado, con lo cual no tendré que dar demasiadas explicaciones. Empiezo a pensar también que el hecho de que venga el tipo otro a mi casa puede acarrearme complicaciones. No le conozco de nada. ¿Por qué lo he hecho entonces? Me vuelvo a preguntar. También es mi conchita quien responde la pregunta.
Después de lavarme y perfumarme un poco espero su llegada, pero parece que se retrasa y la hora se convierten en hora y media, hasta que oigo el timbre. Soy un manojo de nervios. Abro la puerta apenas y veo como me sonríe. Le abro y cuando ingresa, me paro a observar que no haya nadie afuera espiándonos, cuando cierro la puerta, mi corazón parece que se me va a salir del pecho. Me he puesto la mejor lencería que tengo y encima unas mallas con una pijama que dibuja mis formas.
Él me contempla de arriba abajo evaluando el botín. Me dice que estoy buenísima y yo le agradezco el cumplido. Le ofrezco un café para romper el hielo, intentado ser cortés, pero al parecer él tiene muy claro a qué ha venido y no es precisamente a tomar café. Nos sentamos en el sofá y su boca busca la mía sin más preámbulos. Sabe a su edad lo que hace. Sus besos son tan directos y a la vez riquísimos, ese jugueteo de nuestros labios, dientes y lenguas, son típicas de un hombre, que por sus cobijas, han pasado muchas mujeres.
Su experta mano se apodera de una de mis tetas y empieza a magrearla y a intentar lamberla por encima de mi trasparente bata. Cuando parece haber comprobado la consistencia de mis pechos, su mano baja en busca de otros tesoros, doy un respingo y exhalo un gemido al notar un dedo hundirse en mi mojado sexo.
Parece que ha perdido la paciencia y también los modales. Me arranca literalmente toda el pijama dejándome con mis diminutas braguitas y el sujetador por debajo de mis pechos. Me desnuda completamente y me tiene a su merced. Yo estoy muy cachonda y deseando que me abra el chocho con esa tranca, pero sus intenciones son otras, de momento. Me tumba en el sofá y me abre las piernas, de tal modo que se queda un instante contemplando mi conchita completamente abierto y ansioso, rezumando líquidos. El tipo se arrodilla y se apura a devorármelo. Ni siquiera sé cómo se llama, pienso que tampoco me importa. Lo que me importa en ese momento es el placer que me está dando repasando todos mis pliegues con su lengua. Me folla con ella, la pasea por el clítoris, después se desliza hasta el ano e incluso hace incursiones en él. Es una sensación nueva para mí, y desde luego, muy placentera.
Me impaciento y le pido que me coja de una vez.
— Vaya puta que resultaste, verdad— me dice. Yo me quedo un tanto perpleja, pero a estas alturas me da un poco igual lo que diga. He sido sincera y lo que más deseo en esos momentos es que me parta en dos.
Se pone en pie y se dispone a desabrochar su pantalón. El bulto que se le marca sobre el calzoncillo, hace que le dé un aspecto un tanto amorfo, su pecho cubierto de algunas manchas que se han pegado a la piel y esa panza, le dan un aspecto espantoso, pero me da igual. Quiero tocarlo y paseo mi mano a través de su verga, intentando calibrar su envergadura. Me ayudo con la otra mano y busco el elástico del bóxer para quitarlo, soltando esa soberbia verga, saltando como un resorte dándome la bienvenida.
Sabía lo que se escondía entre bastidores, pero en vivo y en directo es todavía más imponente. Deslizo mi mano a través del tronco cerciorándome de que es real. Vaya si lo es. Mi boca se abre ávida, pero todavía no me lo introduzco. Lo cojo desde la base y le doy repetidos besos en el glande, después es mi lengua la que se pasea por él y serpentea a través del cipote, mientras con mi mano me apodero de sus gordos testículos, que al sentirlos, me doy cuenta que pesan mucho, se que los trae repletos.
Miro hacia arriba y contemplo su cara de placer. Vuelvo a coger la verga desde el tronco y me la meto en la boca. Ni siquiera consigo albergar la mitad dentro. Él intenta alojar la pinga en mi garganta, pero me parece una hazaña impracticable y me dedico a bascular mi cabeza haciéndole una mamada digna de la mejor profesional, prueba de ello es que a los pocos minutos de estar chupándosela, siento la primera corrida que emite, en medio de groserías placenteras, que se aventura directamente hacia mi estómago. Automáticamente me deshago de la pingota esa en una arcada, y otro latigazo de leche cruza mi cara dejándome momentáneamente ciega y sin darme una tregua voy notando como uno tras otro, los chorros van impactando en mi rostro hasta que poco a poco va remitiendo la corrida del viejo semental ese.
No veo nada. Intento quitarme el pringue con los dedos para abrir los ojos e ir a limpiarme, pero la tarea es difícil. El teléfono empieza a sonar. Sé que es mi marido y debo cogerlo. No podía haber sido más inoportuno. Logro alcanzar la camiseta y me limpio con ella, a continuación corro hasta el mueble y cojo el celular. Miro a mi desconocido amante y le ordeno con el dedo en los labios que mantenga la boca cerrada. Está sentado en el sofá tocándose la verga como si no se hubiese corrido, ya que sigue exhibiendo una erección de caballo, y mientras balbuceo contemplo como se va masturbando, oliendo mi tanga que yacía en el suelo.
Mi aspecto debe ser bastante cómico. Aún tengo semen por la cara y en el pelo. Estoy nerviosa y preocupada por la incómoda situación, por el contrario, el tipo este parece disfrutar del momento. Intento recomponerme y le digo a mi esposo que me he acostado porque no me encuentro bien, con el propósito de que cuelgue pronto, pero ha decidido que no le apetece hacerlo y está dispuesto a darme conversación para animarme. Yo no quiero ánimos, lo único que quiero es montarme encima de la verga erecta que reclama mi atención.
—Cariño, no me encuentro bien. Voy a dormir— le insisto una vez más, y ante mi pedido de querer dormir, comprende, me envía mi beso de buenas noches y yo corro a montarme sobre el feo ese que me espera impaciente. Le cojo la verga ya dura de nuevo y la meneo unos segundos. A continuación le pregunto si tiene condones, pero me dice que no, de manera que empiezo a calcular otros riesgos, aun así, estoy tan caliente que confío en la suerte.
Al margen de los riesgos de salud, yo todavía tengo la menstruación y puedo quedarme embarazada. Mi esposo está operado y en ese sentido, no tengo que preocuparme, pero ahora la situación es otra, si bien, las dudas se disipan cuando noto el tronco deslizarse dentro de mi ser. Es como una barra de hierro que busca llegar hasta el fondo de mi útero. Subo despacio a la vez que aquel semental se apodera de mis tetas y succiona mis pezones. Después vuelvo a bajar incrementando el ritmo poco a poco. Mis jugos se deslizan a través del mástil que va llegando en mis entrañas. La sensación es indescriptible y el tipo se afana para dármelo todo, al tiempo que yo me muevo como jinete sobre un potro. El desconocido me dice que si continúo así haré que se corra, pero aunque quisiera no podría parar. Quiero correrme, y lo hago gritando como una histérica, mientras él me da azotes en las nalgas. Por lo general no soy una gritona cuando follo, pero ahora no lo puedo evitar. Grito sin ningún pudor en un orgasmo que no quiere abandonarme, y cuando siento las palpitaciones de la polla dentro de mí sincronizándose con las mías, noto como el semen golpea en las paredes de mi útero, incrementando con ello el placer, y tras un minuto en el que no me reconozco, me hago a un lado para descabalgar, con lo cual, la verga escapa de mi cavidad en un sonoro pedo, acompañado de la copiosa corrida.
Es entonces cuando tomo conciencia de mi imprudencia. Sé que no estoy ovulando, pero la biología no son matemáticas.
Intento no pensar en eso, y procuro apaciguar los remordimientos que ahora reconcomen mi conciencia por el placer que un extraño semental me ha otorgado. Estoy completamente saciada, eso es seguro.
Me disculpo y voy al baño. Sigue manando la espesa sustancia de mi interior e intento limpiar bien mis partes íntimas.
Aunque he disfrutado como nunca, quiero que se vaya. Estoy satisfecha y llena de su esencia, y no quiero complicaciones. Le diré que ha estado muy bien y nos despediremos aquí, pero cuando me giro para coger la toalla me encuentro con su polla a media molla delante de mi cara. No doy crédito. ¿Es que este tipo no se cansa nunca o es que lleva meses sin coger?
No me apetece coger otra vez, sin embargo, no puedo apartar la vista del badajo que oscila delante de mi cara. Lo mueve de un lado a otro con su mano como si pretendiese hipnotizarme. Está claro que se siente orgulloso de su virilidad y por ello la exhibe satisfecho.
—¿Te gusta mi pinga? —me pregunta, y no tengo más remedio que responderle con un “me encanta”.
Empieza a atizarme vergazos en la cara. Yo intento cogerla con la boca y él sigue propinándome golpes en el rostro hasta que la cojo con la mano y me hago con ella. Escupo sobre el miembro y empiezo a hacerle una mamada al mismo tiempo que mi mano masturba el tronco acompasando los movimientos de la mano con los de mi boca de tal manera que se le pone duro en mi boca.
—Eres una casada muy zorra— me dice, pero yo estoy muy ocupada para enfadarme por su lenguaje soez.
—La mamas como si fueras una actriz porno— afirma.
Su verga en la boca y sus palabras consiguen excitarme de nuevo, y mientras con una mano le trabajo la pinga, con la otra le doy placer a mi chocho, que vuelve a pedir más, como cuando era una veinteañera caliente.
Me levanta de la taza, en donde trataba de botar su semen retenido en mi conhita y me apoya bruscamente en el lavabo, de ahí que ahora tenga una panorámica de ensueño de mi culo. Noto unos fuertes azotes en mis nalgas acompañados de improperios sobre mi trasero, pero, en vez de molestarme, ahora es como un halago, de hecho, me gusta.
Posa el glande a la entrada de mi cuca y sin hacer paradas me lo llena de pene, pero lejos de detenerse, inicia un movimiento de vaivén de menos a más, mientras ambos nos miramos en el espejo. Veo su cara de placer al mismo tiempo que me coge cada vez más fuerte, del mismo modo, él ve la mía sabedor de que me está dando de lo lindo. Debo tener las nalgas en carne viva de tanto golpe, pero me encanta que me azote al mismo tiempo que me revienta la concha con inusitada furia.
—¿Te gusta que te den pinga?— me pregunta totalmente desenfrenado.
—Me encanta, —le respondo de igual modo.
—¿Más que tu marido? —vuelve a preguntar, y no tengo más remedio que admitir que es la mejor cachada de mi vida, y al mismo tiempo que su verga entra y sale implacable de mi coño, mi dedo busca el clítoris para conseguir el orgasmo.
—¡Córrete puta! —me exige, y no tiene que repetírmelo dos veces. El clímax acude a mí y sacude mi cuerpo haciéndome gritar de placer como nunca. Él no se detiene, sino todo lo contrario. Se aferra a mis ancas y me folla con vehemencia, como si quisiera sacármela por la boca. Yo sigo corriéndome y moviendo el culo como una posesa hasta que noto que aminora el ritmo, y de nuevo siento la leche golpeando dentro de mí al mismo tiempo que noto como convulsiona su verga, en medio de otras groserías.. Poco a poco los gritos y gemidos cesan y él extrae su miembro consiguiendo que el semen mane de mi interior como una fuente.
Vuelvo a sentarme en la taza para lavarme, esta vez con la intención de que sea la definitiva, de todos modos, aunque quisiera no podría seguir. Estoy cansada, pero también, enormemente satisfecha, con un cúmulo de remordimientos por lo que he hecho, aunque rápidamente se disipan cuando el sueño me atrapa.
Nos hemos quedado los dos dormidos después de tanto exceso. No era mi intención que se quedara a pasar la noche, pero me he quedado dormida sin poder evitarlo, como si me hubiesen dado un somnífero.
Dormimos plácidamente, yo apoyada sobre su pecho y el con una mano en mi cuello y la otra en su verga puesta, no nos cubrimos, al despertar sigo observando su panza de cervecero, sus dientes desmuelados y su cabeza calva.
Es cierto que no hay nada como un sueño reparador, veo la hora, no son ni las cinco de la madrugada, me levanto y me veo toda desnuda, desmaquillada, con restos de semen en mi cuerpo, pero mi mirada se posa en él y contemplo pues la erección mañanera que presenta el gordo, esto ha hecho que mi sexo de nuevo se moje, le despierto, le pido que se duche y se vaya, que aproveche que aún no está muy claro y nadie lo puede ver al salir, él no me hace caso, por el contrario me jala hacia él y nuevamente me besa, esta vez está encima de mí y me penetra de un solo golpe, mi coño mojado se abre más fácil y esta vez grito sin reparo, solo queda admitir que soy puta y él lo sabe, las embestidas son rápidas y ricas, los besos las caricias y nuestra calentura mutua, hace que en menos de cinco minutos se corra nuevamente dentro de mi – esta vez me preñó, pienso – luego se levanta de mí, se da una ducha, se alista, no sin antes pedirme que le regale un último beso en la boca, se lo concedo, el beso viene acompañado de un agarre de nalga, se va, yo me quedo todavía boca arriba en la cama, pensando en todo lo vivido anoche y ahora por la mañana.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Soy una verdadera puta infiel
El internet encendió un fuego que su matrimonio no podía apagar. Ella decidió quemar todas las reglas: un desconocido en su puerta, un amigo en su…
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion clandestinaVoyeurismo consentido
- Hetero: Infidelidad
Vacaciones en las islas Cíes
Carlos nunca imaginó que sus vacaciones de acampada terminarían con dos mujeres desnudas sobre él.
Comparte:Infidelidad consentidaCuckoldVoyeurismo consentido
- Hetero: Infidelidad
El desconocido
El calor de la noche la lleva a perder el control frente a la mirada de un desconocido. Lo que empieza como voyeurismo se transforma en una embestida…
Comparte:Infidelidad consentidaVoyeurismo consentidoRelacion clandestina
- Hetero: Infidelidad
Orgía en la terraza
El juego de verdad o reto se vuelve demasiado real cuando la botella gira y la ropa cae. Susana nunca imaginó que una noche de verano la llevaría a…
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion clandestinaBdsm suave
- Hetero: Infidelidad
El cornudo de mi suegro mira y fuma
Juanma siempre fue un hombre tranquilo, pero esa tarde en la biblioteca, su silencio fue más ruidoso que cualquier grito.
Comparte:Infidelidad consentidaVoyeurismo consentidoBdsm suave
- Hetero: Infidelidad
Infidelidad consentida durante la pandemia
Ramiro no está, pero sus ojos están en todas partes. A través de las lentes rojas de las webcams, él la invita a perderse con otro hombre,…
Comparte:Infidelidad consentidaCuckoldVoyeurismo consentido