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Fantasías sexuales de españolas 2 (Vicky 8) XIV

La noche anterior fue un chute de adrenalina que dejó a ambos con ganas de más, pero esta vez el riesgo se siente más cerca. Mientras ella se entrega al caos en la habitación contigua, él busca refugio en la playa con una desconocida, descubriendo que la fantasía tiene un precio que ninguno estaba preparado a pagar.

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La mañana transcurrió tranquila, entre el mercadillo y una excursión por el paseo marítimo. Ella disfrutaba de los tenderetes de la ropa y de las chucherías que se vendían en los kioscos, aparentemente ajena al tema principal que sin embargo seguía rondando mi cabeza. No ya lo que había sucedido que aparentemente habíamos cerrado de forma correcta. Todo parecía estar bien, habíamos disfrutado, ella de su fantasía y yo del resultado. Los momentos después fueron tremendamente intensos y excitantes, pero el antes y el durante tuvieron sus claroscuros. Sobre todo, el antes, donde mi inseguridad, los celos y quién sabe qué más se revelaban en mi interior, a pesar de que mi cabeza me decía que era lo que habíamos hablado y que no pasaba nada. El durante lo sobrellevé porque, junto con sensaciones muy intensas de rechazo o de molestia por lo que sucedía, había también otras muy poderosas de morbo y de excitación, quién sabe sino también de egoísmo, ahora puedo reconocerlo, aunque en aquel momento no quería verlo: si yo disfrutaba con Alba y posiblemente con otras chicas en un futuro ¿qué derecho tenía a pedirle a Paqui que no hiciera lo mismo? Así pues, la cuestión ahora era si íbamos a repetir.

Terminado el paseo por las tiendas nos sentamos en una terraza a tomar una caña. Creí llegado el momento de plantear el tema.

- ¿Qué vamos a hacer?

- Pues comer algo ¿no? Me apetece un poquito de pescaíto frito.

- No me refiero a eso, tonta, me refiero a si vamos a volver a quedar con esos dos.

Mi mujer se removió inquieta en la silla. Dudó a la hora de responder cosa que no me pasó desapercibida, como tampoco su embarazo con la cuestión.

- Hacemos lo que tú veas.

- No, se trata de lo que tú quieres ¿Te apetece que volvamos a quedar?

- No sé...

- Venga Paqui no me vengas con esas. Esto tenemos que hablarlo. No podemos hacer como si no hubiera sucedido nada. Eso puede valernos para cuando volvamos a casa pero ahora todavía estamos aquí ¿Cómo te sientes tú? ¿Qué es lo que deseas?

- No lo sé, estoy un poco confundida.

- A ver ¿Ayer te lo pasaste bien? ¿Hubo algo que te molestara o que no te gustara?

- Los de anoche fue brutal en todos los sentidos - Acabó admitiendo - Y eso me asusta un poco.

- Yo estuve cerca de ti, no hubiera permitido...

- Lo sé, lo sé, no me refiero a mí. Me asusta por nosotros dos y también por ti. Lo de mi hermana es algo que nunca me preocupó porque fuimos poco a poco, yo sabía que ella no pretendía robarme el novio y también sabía que tú me querías a mí. Pero esto… es distinto, es algo más descontrolado. Y no sé cómo lo llevas tú. Eres lo más importante así que dime primero sí tú tienes alguna duda o si algo ha cambiado entre nosotros.

- No, ninguna y no ha cambiado absolutamente nada, todo lo contrario, te quiero más que nunca y creo que te lo demostré anoche. Esto no tiene nada que ver nuestro amor y lo sabes. Es solo una fantasía.

- Pero ¿y tú? Vi cómo me mirabas y tu mirada no era de felicidad.

- Bueno, tampoco de disgusto. Era una mezcla de todo, demasiadas sensaciones de golpe. Pero tienes razón, al final disfrutamos los dos y yo tampoco tengo dudas, sigo enamorado de mi mujer.

Dejamos pasar un rato en silencio, digiriendo las palabras sin que ninguno de los dos se decidiera a plantear una solución. Finalmente hablé yo. No soportaba más tiempo la incertidumbre.

- Pasado mañana nos vamos. Todavía hay tiempo de vivir más aventuras, lo que no te puedo decir es lo que pasará si seguimos adelante. Somos demasiado novatos en esto y no sé si algo puede írsenos de las manos o que es lo que puede suceder si surge algún imprevisto.

- ¿Algún un imprevisto como cuál?

- No lo sé. Bueno, por ejemplo, ayer lo hicisteis sin tomar precauciones…

- No estoy ovulando, estoy segura.

- Ya, pero de todas formas no es seguro hacerlo así. Lo de llevar las cuentas no es algo fiable cien por cien.

- En caso de que repitamos tendré cuidado, te lo prometo. Oye ¿y tú no hiciste nada con la Lucy esa? Estaba buena… - comentó con malicia.

- No me fastidies que no tenía que el cuerpo para eso. Te perdí de vista y estaba preocupado.

Ella me acarició la mano y simplemente mostró una sonrisa entre pícara y cariñosa.

No fui del todo leal, lo reconozco. Lo cierto es que sí que me había fijado en Lucy y sí que me apetecía hacerlo con ella aunque me costaba reconocerlo. De hecho, si ella no hubiera estado trabajando, posiblemente hubiéramos acabado en alguno de aquellos reservados nosotros también.

- Pues si volvemos a quedar aprovéchate, no seas tonto. Tú también tienes que disfrutar: lo que se hace en Valencia se queda en Valencia.

- Me da la impresión de que más que decidiendo lo que hacemos, ya estamos planeando como lo hacemos.

- Vámonos a comer, amor, y lo pensamos durante el almuerzo.

En realidad, había poco que pensar, el simple hecho de que le diéramos vueltas al asunto y estuviéramos ya discutiendo las condiciones, indicaba que estábamos dispuestos a una segunda vez. Yo percibía la urgencia en Paqui. Pronto volveríamos a nuestra ciudad y a llevar una vida normal, sin permitirnos estos juegos. Esta era nuestra oportunidad y había que aprovechar, ese era el pensamiento de mi chica. Lo presentí claramente, así como que el orgasmo de la noche anterior le había sabido a poco. Estaba dispuesta a volver a intentarlo, quería más. Como luego acabó confesándome, era gasolina para sus fantasías, para divertirnos más adelante y para calentarnos en la cama. Aquello sería el combustible que avivaría nuestros momentos de ardor y de pasión en la cama, pero no adelantemos acontecimientos, en aquel momento, aunque los dos mostrábamos dudas (yo más que mi mujer), también estábamos poniendo excusas para lo que los dos sabíamos que iba a suceder o queríamos que sucediera, sobre todo ella.

Cuando terminamos de almorzar decidimos tomarnos un helado. No nos apetecía demasiado otra sesión de playa porque, a pesar de haber dormido bien, todavía estábamos cansados de la noche anterior. Decidimos que después nos echaríamos la siesta. Fue en esa terraza donde nos encontraron Quique y Pep. Venían montados en la moto y cuando pasaron por la plaza donde estábamos Quique señaló hacia nosotros dándole unos golpes en el hombro a Pep. Enseguida los tuvimos al lado. Se acercaron prudentes, explorando el terreno, conscientes de que estábamos en el día después y no estaba nada claro cómo iba a continuar aquella aventura, procurando no estropear los posibles planes de continuidad con algún gesto o alguna frase desafortunada.

Seguramente en privado disfrutarían haciendo bromas, riéndose y contando como se habían pasado por la piedra a aquella chica casada, pero al menos delante nuestra mantenían las formas, lo cual era bastante prudente por su parte y una buena táctica. Cualquier inconveniencia grave, al menos por mi parte, hubiera supuesto romper la baraja que ya de por sí tenía un equilibrio bastante precario.

--Hola ¿qué tal? ¿cómo estáis?

- Pues aquí tomando un helado.

- Guay. Os hemos estado buscando por la playa y por el paseo.

- Hoy no nos ha apetecido ir a la playa, estamos cansados.

-Vaya, pues teníamos una propuesta precisamente para irnos esta tarde a la playa. Pero si preferís quedar por la noche, también podríamos volver a la discoteca o hacer otros planes si os parece.

- No vamos a volver a la discoteca, no nos apetece - contestó mi mujer que había tomado el mando de la conversación mientras yo, aparentando bastante tranquilidad, la dejaba llevar el timón - pero lo de la playa puede estar bien ¿Qué proponéis?

- Un colega tiene una casa prácticamente en la arena, en las afueras del pueblo. Habíamos pensado hacer una pequeña fiesta allí, ya sabéis, una barbacoa, playa y podemos llevarnos toda la priva que queramos.

- ¿Qué te parece? - me interrogó Paqui.

Lo hizo con un tono neutro, sin mostrar interés ni tampoco desinterés, como si simplemente nos estuvieran proponiendo tomarnos otro helado juntos y no lo que todos sabíamos que flotaba en el ambiente tras esa conversación aparentemente formal. Yo suponía que mi mujer estaba decidida a repetir, así que decidí delegar en ella la respuesta para que fuera la que decidiera. En general no me parecía mal plan, lo que no estaba dispuesto a repetir era ir a un sitio como la discoteca, donde yo pudiera estar separado de ella y no pudiera tener acceso en todo momento para ver cómo transcurrían las cosas. La idea de quedarme fuera, que me echaran o que yo no pudiera acceder a mi mujer me ponía enfermo.

- ¿Vamos a estar solos?

No me interesaba que aquello se llenara de desconocidos ni de gente extraña, de manera que se planteara una situación descontrolada.

- Sólo nosotros y quien vosotros queráis traer.

Aprovechó Paqui para volver a incidir en la conversación diciendo:

- Nosotros no vamos a traer a nadie, pero vosotros deberíais traer a una chica. Anoche Alex se quedó solo.

- Es que tenía que haber espabilado con Lucy. A la chica le gustaste - dijo mirándome con una sonrisa.

- Estaba trabajando – respondí.

- Seguro que hay un momento para todo - contestó un poco chulesco.

- Si no viene Lucy olvidaos - sentenció Paqui firme.

Y entonces intervino Quique que veía como la situación se estaba tensando un poco.

- No hay problema, nosotros hablamos con Lucy, seguro que se apunta.

- Vale, pues si vosotros tres estáis, nosotros también iremos. Si conseguís crear un ambiente agradable y que aquello parezca una fiesta de verdad, igual nos quedamos.

No había mucho más que decir de manera que los dos se despidieron y quedamos en vernos para la cena.

Esa noche Paqui decidió cambiar de estilo. Se puso un traje vaporoso al modo hippie, largo pero ajustado a la cintura y que dejaba a la imaginación las nalgas que ceñía por las caderas. Nuevamente sin sostén, dejando los pechos sueltos, esta vez sin realzar, pero marcando pezones y con un movimiento que atraía la atención e hipnotizaba. Y debajo de todo eso unas bragas muy parecidas a lo que después se pondría de moda como tangas. La sorpresa es que enmarcaba perfectamente su coñito y dejaba al aire prácticamente sus nalgas, para cuando se levantara el vestido o alguien decidiera bucear bajo él. Era un cambio de modelito que sin mostrar demasiado lo insinuaba todo. Los dos quinquis se quedaron impresionados, certificando que Paqui estaba buena y ponía cachondo al hombre que se propusiera, en cualquiera de sus registros y vistiera lo que vistiera.

Con ellos venía una chica a la que nos presentaron como Toñi. Al parecer, Lucy no había podido cambiar el turno, pero Toñi era un encanto y estaba deseando pasárselo bien de fiesta con nosotros, según informaron. La chica no se parecía en nada a Lucy. Era más bien bajita, ancha de caderas, con buen pecho, piel clara, pelo rubio y apariencia tranquila y agradable. Todo lo contrario del volcán gitano que representaba Lucy.

- No te dejes engañar que Toñi tiene marcha para rato - me dijo Pep guiñándome un ojo, consciente de que podía estar decepcionado por el cambio.

Paqui y yo intercambiamos una mirada escrutadora a la que mi mujer finalmente reaccionó con un encogimiento de hombros. Básicamente dejaba la decisión en mis manos. Ambos éramos conscientes de que fuera cierto o no que Lucy tenía que trabajar, estos habían buscado contrarreloj una sustituta para garantizarse que había fiesta esa noche.

La chica después de todo no me desagradaba y me pareció bastante fuera de lugar cuestionarla, como si de mercancía se tratara. En cualquier caso, estábamos ahí para cumplir la fantasía de mi mujer y aunque ella me cediera la decisión, consideré que podría sentirse desencantada si echaba marcha atrás. Si después de lo de la noche anterior habíamos vuelto a quedar, lo de que sustituyeran a la chica que aparentemente me tocaba de pareja era “peccata minuta”.

Toñi no era muy habladora pero tampoco era una chica desagradable o cortante. Se limitaba a sonreír, a participar en algunas de las bromas y a no interferir, como si estuviera bien aleccionada acerca de cómo debía comportarse. Con los otros dos la cosa empezó también tranquila. Temía que después de lo de la noche anterior y que nosotros hubiéramos aceptado quedar de nuevo, vinieran subidos. Pero los tíos eran lo suficientemente astutos como para no caer en el error de la suficiencia, del insulto o de la prepotencia. La noche anterior habían conseguido mucho más de lo que esperaban sin duda, y ahora querían repetir y posiblemente ir más lejos. Eso había sido posible porque mantuvieron las formas y un equilibrio adecuado, entre su chulería e indecencia y los límites que marcaba Paqui. Sabían que una salida de tono, un insulto o un paso en falso los llevaría a quedarse sin su premio, así que procuraban ir con pies de plomo, lo que permitió que la velada transcurriera relativamente tranquila como si de un grupo de amigos normales se tratara.

Esa noche íbamos ya un poco más de tranquis, después de la resaca del día anterior no apetecía volver a coger una borrachera. Decidimos ir a tomar unas cervezas y cenar algo a una hamburguesería que estos conocían. Luego, el plan era montarnos una pequeña fiesta en un local del que se habían hecho con las llaves. El sitio resultó ser efectivamente un bajo casi a pie de playa. Tenía aspecto de poco más que un trastero abandonado, lleno de cosas y muebles viejos. Un par de sofás polvorientos, una mesita, algunas sillas y una nevera pequeña eran de las pocas cosas útiles que había allí. Completaba el conjunto una habitación al fondo, minúscula, con un pequeño camastro y un aseo en un rincón. Todo tenía un aspecto un poco sórdido y cutre pero pronto, la botella de ron y las Coca-Colas que nos habíamos traído le dieron otro color a aquello.

Toñi se sentó a mi lado. Estábamos estratégicamente situados en uno de los sofás mientras Paqui hacía un sándwich con los otros en el diván de enfrente. Había contención, aunque el buen rollo parecía fluir. Nadie quería estropear nada y aunque mi mujer tenía contacto de muslo contra muslo por ambos costados y alguna que otra vez las manos se le fueron a la pierna, no se atrevían a ir más allá. Sin estar borrachos y tan eufóricos como como la noche anterior costaba un poco desinhibirse. Pasado un rato, no parecía que fuéramos a salir del punto muerto. Yo estaba demasiado tenso observándolos y mi mujer, aunque caliente, no se sentía del todo cómoda. Yo sabía que una vez prendida la mecha ya no habría vuelta atrás, como pasó en el reservado la noche anterior, cuando ella ya estaba en plena faena y no se echó atrás en ningún momento, ni parecía importarle que yo la mirara mientras hacía todo tipo de guarrerías con aquellos dos, pero para iniciarlo todo era necesario un momento de intimidad una chispa que prendiera el fuego.

Toñi, que se había comportado de forma agradable, aunque manteniéndose en un segundo plano hasta entonces, pudo leer perfectamente lo que pasaba.

- ¿Damos una vuelta por la playa tú y yo solos? - me propuso.

Lo pensé un momento y me di cuenta que podía ser la solución. No podía quedarme allí con cara de palo simplemente cortándole el rollo a todo el mundo, para eso era mejor largarnos definitivamente y cerrar el episodio. O eso o irme con Toñi. Busqué con la mirada la aprobación de mi mujer y creí verla en sus ojos. Por si hubiera dudas, lo confirmó de palabra:

- Podéis ir a dar una vuelta, nosotros estaremos aquí bien.

La mano de Pep se volvió a posar en su rodilla, como apoyando sus palabras, en un movimiento que no me pasó desapercibido.

- Vamos pues - dije tomando de la mano a Toñi y volviéndome hacia la puerta.

- Un momento - intervino ella.

Antes de salir, echó hielo en un par de vasos grandes y sirvió un cubalibre a cada uno de ron con Coca-Cola. Los cargó bien y en el bolso que llevaba colgó dobladas unas telas que había allí y que seguramente se habían usado para cubrir los sofás. Mi última mirada fue hacia las piernas de mi mujer. La mano de Pep había desaparecido debajo del vuelo del vestido y avanzaba por su muslo mientras sonreía con descaro. El movimiento se detuvo un momento, pendiente de mí. Vi a mi mujer contener la respiración un momento, erguido el pecho, separado un poco sus piernas, pegando el otro muslo a Quique. No sabía si incómoda por el descaro de aquel chulo que apenas se esperaba para ir a buscar directo su coño delante del marido antes de que este siquiera hubiera salido por la puerta, o incómoda porque había detenido el movimiento. Quizás molesta por ambas cosas a la vez. O quizás excitada precisamente por eso, porque aquel tío la hacía sentirse incómoda y la obligaba a disfrutar, aceptándose a sí misma y a su fantasía. Entonces cerró los ojos y yo sabía lo que eso significaba. Deseaba disfrutar, volver a abandonarse como el día anterior al sexo sucio e intenso, a la cópula peligrosa, a aquel chute de adrenalina que la había puesto por las nubes. Abrió los ojos y todavía estaba yo allí. Entonces entendí que debía irme porque le estaba cortando el rollo. Ya no había vuelta atrás y ella había empezado a rodar por la pendiente del vicio. No podía ni quería decir que no a lo que venía y conmigo le era más difícil, por lo menos hasta que hubiera cogido velocidad y ya se encontrara en ese punto en que no le importaba nada, como sucedió la noche anterior en la que ya no fue la dueña de sí misma y su cuerpo tomó el mando, arrinconando la parte lógica y lúcida de su mente y también el corazón, en aquellos rincones donde permanecían a salvo pero también donde no tenían capacidad de hacer ni decir nada, de influir en los acontecimientos.

Noté un breve tirón del brazo. Toñi me empujaba.

- Venga. Creo que es mejor que nos vayamos - repitió cerca de mi oído y yo me dejé empujar al azar, a la noche, al aire fresco, a la arena bajo mis pies, a lo oscuro de la orilla en una noche con poca luna.

Cada paso que daba lejos de aquel local me dolía, pero a la vez me excitaba. Casi sin darme cuenta volví la vista atrás un par de veces, centrándola en el cada vez más débil punto de luz que se filtraba a través de la cortina del bajo del edificio. El movimiento no le pasó desapercibido a Toñi que se agarró de mi brazo y sonrió mirando hacia adelante.

- ¿Te hace gracia algo?

Ella negó con la cabeza.

- Se te nota que la quieres…

- Y ¿por qué no iba a quererla? es mi mujer - contesté un poco desabrido, suponiendo que se refería a lo de dejarla allí a solas con esos dos.

- Hay muchos chicos que tienen novia y no la quieren, estoy harta de verlo.

- No es mi caso.

- Ya… bueno, verás, no pretendía molestarte. Yo en vuestras cosas no me meto.

Que dejara a mi chica con esos dos lobos a los que les goteaba el colmillo, sedientos de sexo y dispuestos a darse un festín, no es algo que todo el mundo entienda o deje pasar sin hacer un juicio negativo, de manera que la observé con escepticismo y ella me sostuvo la mirada. Por un momento la creí capaz de no juzgarme por lo que acababa de ver.

- ¿Y tú? – Cambié de tercio tratando de evitar el tema que me incomodaba - ¿Por qué estás aquí?

- Me invitó a la fiesta Pep.

- Y normalmente te apuntas a este tipo de fiestas ¿así sin más?

- La verdad es que lo hago porque le debo algún favor.

Me gustó su sinceridad: la chica no trataba de engañar, ni de esconder o disimular las cosas.

- Supongo que será un favor muy importante para aceptar citarte con un desconocido.

- Importantes o no, son favores que hay que pagar - me contestó ella con tono sombrío.

- Un favor que te cobran no es un favor, es otra cosa.

- Llámalo como quieras.

Evitó entrar en detalles, pero ante mi curiosidad se limitó a decir por toda explicación:

- En este pueblo las cosas no son fáciles para una chica como yo.

- ¿Una chica como tú? ¿A qué te refieres?

- Me refiero a que los chavales hacéis lo que os da la gana y no os pasa factura, más bien incluso al contrario. Pero cuando una chica hace lo que le apetece, paga luego un precio en reputación muy alto y más si viene de una familiar problemática como la mía.

- Sí, las chicas pijas cometen deslices sin dejar de ser señoritas... las demás...

- A las demás nos cuelgan enseguida la etiqueta de putas.

- Lo siento, no quería decir eso.

- Lo sé, no te preocupes.

Continuamos caminando, dando tragos al cubalitro. Me caía bien Toñi, se estaba creando una buena conexión entre nosotros. Sorteamos unas piedras grandes entre la arena y llegamos a un claro algo más despejado, donde Toñi extendió la tela. Era una parte de la playa poco visitada porque no presentaba buenas condiciones para el baño, demasiados pedruscos y hacía escalón. Si de día había poca gente de noche estábamos completamente solos. Nos sentamos y nos quedamos mirando como las olas rompían, levantando crestas de espuma blanca que aparecía plateada a la luz de la luna menguante. Bebimos en silencio, el cubalitro estaba ya más que mediado. El ron me calentaba y también desataba la lengua. Me pareció que aquella chica y yo habíamos establecido cierta complicidad al compartir mi intimidad. A parte de Alba, nadie conocía aquel secreto y cuando nos fuéramos de allí sin que Quique, Pep o Toñi supieran como localizarnos o quiénes éramos, dicho secreto quedaría a salvo, así que ¿por qué no hablar con ella ahora que tenía la oportunidad de hacerlo?

- Te parecerá extraño lo que hacemos…

- No estoy yo para juzgar a nadie – respondió con cierta sorna no exenta de amargura.

A pesar del dolor que podía encerrar aquella respuesta a los dos nos dio por reír. Definitivamente aquella chica era más de lo que parecía.

- Verás, allí en Sevilla hay una chica con la que yo tengo sexo habitualmente. Es muy guapa y hermosa, la más guapa de toda la pandilla de amigos. Ella y mi mujer son... muy íntimas - preferí decir.

- ¿Paqui lo sabe?

- Más que eso: fue la que me empujó a acostarme con ella. Su amiga necesitaba a un chico por razones que ahora no vienen al caso, digamos para simplificar que estaba muy deprimida y Paqui decidió que sería buena idea que fuera yo el que la consolara. Al principio pensé que era algo absurdo y me negué, pero un buen día se metió en medio de los dos cuando estábamos acostados y, bueno, a partir de ahí formamos un trío. A mi mujer no solo no le importa, sino que yo diría que hasta la excita.

- ¿Le gusta verte follar con otra?

- Es algo más complicado, diría yo. Más que verme con otra lo que le gusta es que sabiendo que estoy con una mujer muy hermosa y muy guapa, la chica que todos desean, siempre vuelvo a ella con más ganas que antes. Los polvos que echamos después de acostarme con ella suelen ser muy intensos y muy placenteros. Es como un estímulo que nos une en vez de separarnos. Si alguna vez tuvo alguna duda, pasado un tiempo y viendo que la sigo queriendo igual o incluso más que antes, eso le gusta y la pone muy cachonda. Si estando con una mujer de bandera siempre vuelvo a ella, es porque lo nuestro es muy sólido. No tiene ninguna duda de que la quiero y de que dejaré de acostarme con la otra en cuanto ella me lo pida. La mayoría de las mujeres sentirían celos, se enfadarían y romperían la relación, pero a mi mujer le parece que es algo que nos une.

- Y ¿tú estás en el mismo caso?

-Bueno, se supone que si yo disfruto de vez en cuando de otra mujer, ella también tiene derecho a darse alguna alegría. No es algo que haga de forma habitual, de hecho, es la primera vez que está con otro hombre que no sea yo. Que haya elegido estos dos es porque forma parte de su fantasía - me excusé.

- Te puedo asegurar que ni Quique ni Pep son mejores que tú. Me preguntaba que había visto tu mujer en ellos.

- Es simplemente una fantasía: le gustan así, pero solo para un rato, después vuelve a mí. Anoche al menos fue así. Como me pasa a mí con su amiga, fue muy intenso lo que vivimos cuando por fin nos acostamos juntos.

- Pero creo que a ti te cuesta más encajarlo ¿verdad?

- Sí. Lo de su amiga es distinto, están muy unidas, ella nunca la ha visto como una rival y se siente muy segura.

- Ninguno de esos dos es rival para ti, eso te lo puedo certificar. Os he visto miraros, he notado la complicidad que hay entre vosotros y estoy seguro que ni por un momento se le pasa a tu mujer por la cabeza dejarte ni sustituirte.

Toñi hizo una pausa y luego concluyó a modo de cierre:

- Si vosotros os lo pasáis bien de esta manera, pues adelante.

No sé si hablaba de esa forma para dorarme la píldora o simplemente era de verdad lo que sentía, pero sonaba creíble y lo más importante de todo, consiguió que me relajara y que mi cabeza dejara de dar vueltas en torno a lo que debía estar sucediendo en aquel local. Logró arrebatarme y rescatarme de allí, atrayéndome a la orilla de la playa, al fresco salpicado de gotas de espuma, al olor a sal y alga. Se pegó a mi costado y yo le eché el brazo por encima. Nuestras cabezas se tocaron y estuvimos un rato así, callados, dando sorbos y apurando los últimos tragos del combinado, proporcionándonos calor el uno al otro, consiguiendo que yo me centrara en ella, en la tibieza de su cuerpo y en la dureza de sus curvas.

- ¿Te apetece que nos bañemos? – me propuso.

- Hace fresco para meterse en el agua.

- ¿Como que fresco? ¡Hace una temperatura estupenda! como sois los de interior…

- Ten en cuenta que vivimos a 40 grados en verano…

- Pues yo voy a meter aunque sea los pies - dijo y se quitó la falda, cayó sobre la arena la blusa y el sujetador, hizo un montón con ella y solo con unas bragas ajustadas fue hacia la orilla. No llegó a bañarse, solo metió los pies hasta las rodillas. Las olas mediterráneas en una noche tranquila apenas salpicaban, no obstante, ella chapoteó juguetona, corriendo de un lado a otro y cuando volvió tenía salpicaduras por todo el cuerpo.

- Vaya, creo que me he puesto las bragas chorreando – afirmó.

Y sin más, procedió a quitárselas, hacerlas una bola y echarlas al bolso. Se quedó un momento de pie a mi lado para que yo pudiera valorarla. Lo hice sin prisa y sin vergüenza, recreándome en sus pechos, un poco más caídos que los de Paqui pero con unas aureolas rosadas muy grandes, un vientre un poquito prominente y un cuerpo más bien cuadrado, aunque con buenas caderas. Me llamó la atención su culo que parecía un poco plano, culo de carpeta que decíamos los chicos en clase y el sexo abultado, grande, con los labios abiertos, sin esconder su tesoro, asomando apenas los labios menores en forma de aletas.

- ¿Qué? ¿Me haces sitio?

Me eché a un lado y ella se abrazó a mí, mojándome.

- Llevas demasiada ropa - me dijo al oído mientras me besaba.

Tomó mi mano y la puso sobre su muslo mientras que palpaba mi bragueta, comprobando satisfecha que ocultaba una erección.

- Toñi, no sé cómo de gordo es el favor que le debes a estos dos, pero conmigo no tienes ninguna deuda. No tienes que hacer esto.

- No me rechaces - me pidió con suavidad, incitándome al contacto - Eres de los pocos favores que me va a gustar pagar. De verdad. Tú eres distinto. Me apetece…

Hasta aquí llegó su argumentario, acompañado de un beso húmedo cada vez que tocaba hacer punto y seguido entre cada frase. Yo no puse más objeciones y me dejé hacer. Tengo que confesar que lo de tener compañía esa noche era más una exigencia para camuflar mi dañado amor propio y pararles un poco los pies a esos dos, que porque realmente me excitara la cuestión. Para mí lo más importante sería repetir el polvazo con Paqui cuando la recuperara, cuando viniera de nuevo a mí y dormir abrazado a ella como la noche anterior, pero debo decir que, si bien al principio me resultó un poco decepcionante que Lucy no viniera, Toñi había ganado muchos enteros desde que entró en la ecuación. Había conseguido realmente captar mi atención y también mi deseo.

Su contacto era agradable y suave. Le traspasé parte de mi calor, ahora parecía ser ella la que tenía frío después de haber metido los pies en el agua y haberse rociado. Tiró de la tela que era grande y amplia nos envolvió con ella a ambos mientras se sentaba a horcajadas sobre mí, los pechos aplastándose contra mi torso, su boca buscando la mía, su sexo restregándose contra mi pene.

Jugamos un rato envueltos como una mariposa en su capullo, abrazándonos, besándonos e intercambiando saliva. Notaba su pubis peludo jugar a hacerme cosquillas en el glande, empujando hasta abrazar los labios mayores mi falo, restregárselo contra su clítoris, empaparme de humedad caliente y pegajosa que se adhería a mi pene y resbalaba hasta mis huevos. Pronto, cada movimiento de su cintura supuso un espasmo de placer para ella que me contagiaba a mí también.

- Si continúas moviéndote así me voy a acabar corriendo…

- ¿Te gustaría? puedo seguir…

- Quiero entrar en ti.

Ella sonrió satisfecha. Deshizo el abrazo corriéndose hasta mis piernas, besando con la boca mi vientre hasta llegar al pene y luego introduciéndoselo para abarcarlo con sus labios e iniciar una mamada lenta, golosa, dejándomela mojada y resbaladiza. De nuevo las cosquillas y luego el placer y por último otra vez a punto de irme. Sin dejar de acariciarme con su lengua, alargó la mano y buscó en su bolso hasta que encontró un preservativo que me enfundó. Luego, se volvió a subir y esta vez no hubo roces ni juegos. Sólo saliva en la palma de su mano para impregnar su sexo y ayudar a la lubricación del condón. Entré en ella despacio, sin prisa, acomodando la verga al camino y recorriéndolo hasta el final, hasta que la tuve enfundada en su vagina que me resultó caliente y acogedora.

Pronto y a pesar del fresco relente comenzamos a sudar. Desenvolvimos parte del envoltorio dejando caer la tela hasta nuestra cintura y continuamos follando, lentamente, sin golpetazos, casi con cariño, como si fuéramos dos novios de toda la vida y no dos desconocidos, con besos, caricias, prolongando el acto hasta que por fin mi mente desconectó y mi cuerpo tomó el control, sintiendo latigazos de placer, un gusto perfecto que se fue apoderando poco a poco de mí hasta que eyaculé. Toñi se apretó contra mi cuerpo, noté el bulto de su monte de Venus, su barriguita prominente contra la mía, sus pechos aplastándose en un abrazo fuerte, su boca buscándome para enredar las lenguas. Me aferré a sus caderas, le apreté las nalgas, nos fundimos aún más hasta que ella notó que mi polla dejaba de enviar impulsos. Sin prisa, continuaron el abrazo, las caricias en la espalda, el intercambio de besos. Estuvimos muchos minutos sin que ella se mostrara impaciente, simplemente dejándome tiempo y disfrutando del contacto íntimo.

Yo la seguía teniendo dura a pesar de haberme corrido. A veces me pasa que no se me baja la erección. Algo hace clip en mi cabeza y me mantengo bombeando sangre, y no es necesariamente por estar más excitado. Esta fue una de esas veces. Quizás porque solo estaba concentrado en el olor de su pelo, en el sabor de su sudor en el cuello, en los latidos de su corazón. Había conseguido desconectar de todo lo demás. Ella se dio cuenta y comenzó a moverse, me echó hacia atrás y empezó a cabalgarme, despacio al principio, pero luego más fuerte. No me había mentido, parecía realmente que disfrutaba conmigo. Llegó un momento en que el condón lleno de leche se arrugó con tanto vaivén y yo noté como en una de las sentadas acabó por salirse. Percibí perfectamente como mi pene húmedo entraba en su coño y empujaba el preservativo hacia adentro.

- Para, para - le dije - se ha salido.

Le costó hacerlo y todavía se regodeó un par de veces aprovechando que el mal ya estaba hecho, pero finalmente descabalgó y se sentó sobre mi verga frotándose el clítoris contra ella. Decidí que ya estaba bien, que se merecía que yo le diera placer. Hasta entonces, pensando en mis cosas y las circunstancias de la noche no le había prestado atención apenas a sus necesidades. Quise reparar esa actitud egoísta, de modo que la forcé a tumbarse, le separé las piernas y comencé a besarle su pubis. Introduje un dedo y toqué con la punta el látex. Curvándolo conseguí enganchar el látex y tirar del preservativo hacia fuera. Lo tiré a la arena.

- Vuelve a meterme el dedo - me pidió.

La acaricié por fuera humedeciéndolo un poco más y luego por dentro, haciendo presión hacia arriba. Ella se retorció de gusto buscando una postura mejor, apoyando la espalda bien contra la arena, levantando las rodillas y separando los muslos. Entró un segundo dedo y la acaricia se hizo más intensa. Se los introduje hasta los nudillos y los volví a sacar una y otra vez, hasta que la vagina estuvo bien dilatada de nuevo y pude hacerlo con más fuerza, simulando que era mi pene. Toñi empezó a suspirar y, justo cuando aumentaba el ritmo de sus jadeos, puse mi boca sobre su pubis y baje haciendo círculos con mi lengua hasta encontrar el clítoris. Dos o tres lengüetazos hicieron que levantara el culo. Los labios vaginales parecían abrir y cerrar como si estuviera teniendo contracciones. La oí revolverse, mover la cabeza a un lado y a otro y ya no jadeaba, ahora gemía. Aumenté el ritmo de succiones y de roce con mis dedos y en un momento dado, cuando su quejido se volvió más agudo, cerré mis labios sobre su rugosidad sorbiendo el clítoris como si pretendiera sacar leche de un pezón. Ella volvió a levantar el culo y lo mantuvo en vilo con los muslos tensos, mientras subía y bajaba la pelvis. Un chorro me salpicó cuando ella finalmente se corrió, extendiendo las piernas y juntándolas, dificultándome el que continuará los lametones que en ese momento ya le hacían más cosquillas que otra cosa. Me apartó la cabeza y me agarró la mano para mantenerla dentro, mientras se ponía tensa y se contraía con los restos del orgasmo.

Me quedé un rato allí, entre sus piernas, viendo como su coñito palpitaba y un rastro de flujo pegajoso y blanquecino salía de la vagina pegándose a sus pelos y a sus labios mayores. Ella me acarició la cabeza y yo me deslicé hacia arriba, a buscar su boca en un beso que no rechazó a pesar de que mis labios sabían a su coño. Nos amodorramos juntos y volvimos a liarnos en la tela. No sé cuánto tiempo dejamos pasar (creo que mucho) antes de volver a copular. Lo hicimos despacio, recreándonos, disfrutando con cada empujón que le daba yo, subido encima, viendo votar sus tetas mientras que ella se acariciaba. Sus dedos conocían de sobra lo que tenían que hacer para darse gusto. De forma automática dibujaban círculos a un lado y luego en el sentido inverso sobre su bultito. Notaba que iba a llegar al orgasmo pero ella se detenía a esperarme y luego volvía a empezar. Sólo cuando yo estuve a punto de eyacular, aumentó la intensidad para hacer coincidir su corrida con la mía. Fue como si nos diera una descarga eléctrica simultánea a ambos, en la que ella extendió sus piernas y las puso rígidas, dejándose llevar por las convulsiones, a la par que yo apretaba hasta el fondo y descargaba como si así pudiera espantar todos mis males y quedarme en blanco, sin ninguna preocupación, solo concentrado en el latir de mi pene dentro de su vagina.

Nos costó desengancharnos. Como dos perros que hubiéramos quedado atrapados tras copular, nos gustaba prolongar el momento. Acabamos de nuevo ceñidos y abrigados frente al aire que corría, que ya era decididamente frío además de húmedo. De nuevo los minutos pasando como segundos, escuchándonos latir el corazón hasta que este se fue relajando. De repente, como si le hablara a la noche en vez de a mí, Toñi dijo:

- ¿Sabes? en mi caso igual la etiqueta está correctamente puesta. Hay veces que he hecho cosas por dinero o para pagar favores de las que no estoy muy orgullosa.

- No sé de qué etiqueta me hablas.

- La de puta.

- Tú no eres una puta – protesté - Da igual lo que hagas. Y da igual lo que digan.

Lo dije convencido, seguro, y ella lo apreció. Agradecida se pegó más a mí.

- Ojalá más chicos como tú por este pueblo. Ojalá alguno me llevará con el de vuelta y pudiera irme de aquí.

- ¿A dónde? ¿A pasar calor al interior? aquí no parece que se viva mal.

- Pues yo me iría sin pensarlo.

- A mi mujer no le iba a hacer mucha gracia, pero créeme que si pudiera te llevaba con nosotros.

Una risa fresca se colgó de su boca, pero a continuación se puso repentinamente seria.

- Alex, esos dos no son nada de fiar. Cuanto antes pongáis distancia con ellos mejor. Créeme, no son buena gente.

De repente la realidad se me apareció de nuevo. Ella los conocía bien y seguramente tenía razón, estábamos jugando con fuego. Me incorporé, busqué mi ropa y empecé a vestirme. Toñi me imitó sin mediar palabra.

Caminamos más rápido que al ir. Ya no paseábamos, sus palabras habían rescatado mis más profundos temores. En un momento dado Toñi me cogió de la mano y yo no me solté, se la apreté y caminamos juntos hasta la urbanización. Había luz encendida pero no se oía música ni ningún ruido dentro. Mire el reloj: había estado casi dos horas fuera que habían pasado en un suspiro. Empujé la puerta que estaba abierta y vi a Quique en el sofá, tumbado fumándose un porro. Estaba desnudo, la verga morcillona echada a un lado. No me dijo nada, me echó un vistazo como si me viera a través de un cristal, con los ojos vidriosos. Supuse que estaba muy colocado. No me gustó la mirada: no se molestaba en disimular y en tratar de aparentar caerme bien como las otras veces, ni tampoco había desprecio ni condescendencia. Era una mirada neutra como diciendo: “así son las cosas. Espero que te lo hayas pasado bien, tío, porque yo he disfrutado mucho de tu mujer”. No sé si era real o simplemente son cosas que te pasan por la cabeza, pero esa fue la impresión que tuve y a día de hoy no ha variado.

Busqué con la mirada hasta entender que Paqui y Pep podían estar en el cuartucho donde estaba el camastro. Entré y efectivamente allí estaban: él boca arriba, también con su polla obscenamente al aire abierto de piernas y mi mujer de lado, desnuda, con uno de los brazos del chulo sobre su muslo.

- ¿Dónde estabas? - me preguntó con la voz un poco ronca. Creí notar un leve tono de reproche.

- Vámonos - le contesté yo por toda respuesta urgiéndola a salir de allí.

Paqui se levantó, busco el vestido y se lo echó por encima. No se molestó siquiera en buscar su ropa interior. Mientras salíamos Pep nos dijo:

- ¿Nos vemos mañana?

No parecía una pregunta sino una afirmación.

- Pasamos a la hora de vermut donde estabais hoy y hablamos ¿vale?

No me moleste en responder, tiré de mi mujer hacia fuera de la habitación sin mirar atrás. Recogimos su bolso que estaba por allí y cuando fuimos a abandonar el lugar, me volví hacia Toñi que nos miraba aprobando nuestra escapada.

- ¿Te vienes?

Ella miró al Quique que seguía inexpresivo en el sofá y luego hacia la habitación. Estaba claro que no le parecía buena idea quedarse así que sin decir nada, simplemente nos siguió hasta la puerta y luego se montó con nosotros en el coche.

- Te dejo donde tú me digas.

- Vale.

- ¿Estás bien? - pregunté a Paqui.

- Estoy un poco cansada. Quiero ir a la pensión.

- Claro: en cuanto dejemos a Toñi nos vamos para allá.

Durante el trayecto estuvimos callados, solo roto el silencio con una breve despedida y una mirada de entendimiento que intercambiamos Toñi y yo.

- Gracias - le dije antes de marchar.

Ella asintió. Sus últimas palabras antes de girarse y perderse en una acera oscura fueron:

- Iros. Aquí no hay nada bueno para vosotros.

Cuando arrancamos por fin habló mi mujer.

- ¿Te lo has pasado bien?

Creí notar un tono de reproche.

- Es buena chica, no es lo que parece.

- Entonces ¿has disfrutado?

- Hemos follado, si es a eso es a lo que te refieres. Pero estaba preocupado por ti ¿Qué ha pasado?

- Nada.

- No traes buena cara ¿te ha hecho daño esta gente?

- A ver, precisamente delicados no son, pero bueno, eso es lo que yo buscaba ¿No es así?

Parecía ahora dirigir el reproche hacia sí misma.

- No entiendo lo que me quieres decir. Lo que tú buscabas era alguien que hiciera un papel, no que te maltratara ¿Lo han hecho? ¿Te han maltratado?

- No me han obligado a hacer nada que no quisiera, solo que bueno, esta vez ha sido muy intenso. Estaban muy eufóricos. Creo que es por lo que habían fumado. Simplemente les he tenido que decir que tranquilos un par de veces, ya sabes pararles, los pies.

- Joder, pero que...

- Qué nada, que no te preocupes, que no ha sido nada. Simplemente eso, que estaban un poco acelerados.

- Paqui, esto me hace sentir muy mal, no tenía que haberte dejado sola.

- No es culpa tuya - dejó caer en un susurro.

Los dos sabíamos que tenía razón: me había empujado a irme porque no se encontraba a gusto conmigo observando.

- Sí, sí que lo es. Todo lo que hacemos es culpa de los dos, no solo tuya. Si te hubiera llegado a pasar algo y yo no hubiera estado cerca...

- Pero no ha pasado nada. Simplemente es que ha habido un par de momentos que todos nos hemos puesto un poco nerviosos, pero ya está - sentenció ella dando por concluida la conversación.

Espere un momento a que los dos nos tranquilizáramos antes de hacer la pregunta que ahora me martilleaba la cabeza.

- ¿Has disfrutado?

Ella me miró y trató de sonreír.

- Bueno, ha habido de todo. Esta noche ha sido una especie de mezcla. Me gustan chulos pero que estén en su sitio.

- No me quedo nada tranquilo.

- Está todo bien, ya estamos juntos - Se limitó a decir mientras apoyaba la cabeza en mi brazo.

- ¿Y tú? cuéntame cómo te ha ido con Toñi.

Yo sacudí la cabeza lentamente.

- Es una buena chavala.

- No me refiero a eso.

- Ya hablaremos, ahora solo me interesas tú.

No estaba nada tranquilo. Llegamos a la pensión. Había morbo y ganas, pero flotaba en el ambiente cierta tensión distinta a la del día anterior. Pensé que quizás sin la euforia del alcohol y con los otros más lanzados y agresivos, mi mujer había manejado peor la situación y se había sentido algo incómoda, es posible que incluso amenazada en algún momento. No quiso decir más y yo no quise presionarla. En el fondo, como ella, también respiraba aliviado porque no había pasado nada grave, al menos que ella me indicara. El simple susto y el hecho de que yo hubiera estado alejado con Toñi me ponía mal cuerpo y eso, unido a que también esa noche había satisfecho sexo con la chica, me hacía estar un poco menos excitado. Eso no impidió que al llegar a nuestra habitación nos besáramos con pasión, nos metiéramos mano y yo la lanzara sobre la cama, para después follarla con el vestido remangado, sin siquiera quitárselo.

Entre jadeos y placer espantamos los fantasmas y volvimos a estar en comunión. Por unos momentos, el subidón de adrenalina, el morbo y la emoción nos situaron en el lugar donde queríamos estar, en el objeto y fin de la fantasía llevada a cabo. Me imaginé la parte buena, la de mi mujer disfrutando con dos hombres a su disposición, con la piel erizada de placer, sudando por la tensión y la emoción del encuentro, cabalgando a lomos del orgasmo (o dejándose cabalgar), notando el calor y la humedad de su vagina que anteriormente había sido visitada por otros. La rigidez acumulada la descargamos en forma de gusto, de contracciones de placer, de chorros de semen en su vagina, de flujo que me empapaba y se mezclaba con mis fluidos cuando ella también llegó al orgasmo. Nos quedamos acoplados, satisfechos, cansados de haber cumplido con el ritual, pero por unos instantes felices de haber llegado a aquel momento que era la suma de todos los momentos. A aquel placer que era la suma de todos los placeres. A aquella comunión entre los dos que nos dejaba exhaustos pero felices, agotados pero conectados en aquel lugar donde solo tenemos acceso a ella y yo, donde solo cabemos nosotros dos.

A pesar de la fatiga decidimos que era buena idea darnos una ducha para relajar el cuerpo y acostarnos frescos, para eliminar todas las impurezas y todo el vicio que habíamos acumulado esa noche. Una vez más se me antojó hermosa cuando la vi en el baño. No pude resistir la tentación de abrazarla y sentir como sus curvas enjabonadas se escurrían entre mis brazos y mis manos. La tomé por el culo y le separé las nalgas apretándola contra mí y entonces se emitió una pequeña exclamación de dolor llevándose la mano atrás.

- ¿Qué pasa? ¿Te duele?

- Me escuece un poco.

Dirigí el telefonillo de la ducha hacia su espalda y le quité el jabón que escurrió por sus nalgas y muslos. Le separé un poco los glúteos y pude observar un ano muy enrojecido y dilatado. Entonces comprendí el motivo de sus molestias.

- ¿Te duele? – repetí la pregunta con la garganta un poco ronca.

- No es nada.

- ¿Habéis hecho anal?

Ella no contestó, se limitó a terminar de enjuagarse y ya secarse con la toalla. Luego fue a la cama y se tumbó boca abajo. Yo le acaricié la espalda con cuidado y la besé en el pelo húmedo, dándole a entender que no le reprochaba nada. Luego tomé un bote de crema de la que ella se ponía después de venir de la playa para calmar el enrojecimiento de la piel e hidratársela. Con mucho cuidado se la puse por la cara interna de los muslos, también por las nalgas y finalmente en su ano. Ella agradeció el frescor y el efecto calmante de la pomada. Yo, por el contrario, hervía por la incertidumbre. Necesitaba saber pero temía formular la pregunta. Al final conseguí poner palabras a mis temores.

- ¿Te forzaron?

- No, es que en la euforia del momento nos dejamos llevar. Esta vez no les permití correrse dentro de mi chocho, como te había prometido.

- ¡Joder! ¡Pero hay condones!

- Preferimos usar la marcha atrás y otras opciones…

Ese “preferimos” sonó un poco a “no me quedó más remedio”. Preferí apartar de mi mente algunas imágenes porque ya no tenía arreglo, de modo que no tenía sentido torturarme pensando si hubo algún momento en que la cosa se les fue de las manos, si realmente mi mujer les entregó su culo, su boca y el resto de su cuerpo asumiendo una parte de dolor y de sumisión a cambio de placer o fue por miedo, por encontrarse allí sola con ellos y por temer que le sucediera algo peor si se negaba. Es un pensamiento que se me incrustó y me costó sacarlo de mi mente.

Ella no había tenido inconveniente en practicar conmigo sexo anal, lo habíamos hecho muchas veces, pero siempre con cuidado, despacito, dilatando y lubricando muy bien. No era virgen por atrás, pero yo sabía muy bien que una cosa es hacerlo con prudencia y otra cosa es que te la metan del tirón.

Paqui no considero necesario darme más explicaciones. El tema le incomodaba, pero ya parecía que no le preocupaba, que estaba tranquila y por fin satisfecha, dolorida pero satisfecha, así que no quise aventar fantasmas y la dejé descansar. Al día siguiente no le pareció conveniente entrar en más detalles de modo que no insistí. Simplemente me limite a observar si el tema le había dejado alguna huella, algún remordimiento o le había afectado de alguna forma permanente. No pareció el caso. Pensé que si ella había decidido enterrar la parte menos agradable de la aventura, no era yo nadie para contradecirla, mejor así. Es un tema que para nosotros quedó cerrado y sobre el cual no llegamos a volver. Hay ciertas cosas que me dan morbo, como poder verla en el momento previo o en el inicio de la infidelidad para tener una imagen que dispare mi excitación, pero luego prefiero no entrar a los detalles. A todo pasado, no es algo que me provoque especial placer. Sin embargo, ella sí que insistió en saber todo lo que había hecho con Toñi, en que le contara cómo sucedieron las cosas, que caricias nos repartimos, en qué postura follamos, cuántas veces llegamos al orgasmo, qué fue lo que más me gustó y lo que menos… Disfrutó con el interrogatorio hasta que sació su curiosidad. Y una vez satisfecha, volvía a inquirir alguna otra vez para sacar algún aspecto nuevo o algo que se le había pasado preguntar sobre el asunto. Me resultó curiosa esa fiscalización de Paqui. Entendí que, aunque parecía una actitud nueva, no lo era. Lo que sucedía es que hasta entonces sólo había estado con Alba y ella había sido testigo muchas veces de nuestros encuentros por lo cual no necesitaba preguntar nada, conocía de sobra todos los detalles. En fin, lo cierto es que a la mañana siguiente nos despertamos temprano y todavía nos quedaba un día de pensión, pero decidimos irnos.

Le comenté la advertencia de Toñi respecto a esos dos y le dije que no me arriesgaba a otro encuentro. No me gustó lo que había pasado esa noche, ni la mirada perdida de Quique fumándose el porro en el sofá, ni la exigencia del Pep casi dando por sentado, si no forzándonos, a quedar al día siguiente. Se habían tomado ya demasiadas confianzas y me inquietaba mucho lo que pudiera suceder en una tercera cita. Paqui se mostró de acuerdo. No tenía muy claro que pudiera manejar la situación y no deseaba verse en escenarios aún más desagradables de las que hubiera podido vivir hasta ahora. Bajamos a desayunar y luego, con tranquilidad, subimos a hacer las maletas.

Al mediodía ya estábamos en camino. Tuvimos la suerte de que la mujer de la pensión se portó bien y nos devolvió el importe de la noche que no íbamos a pasar. Le dijimos que era por un problema familiar y habíamos tenido que adelantar la vuelta. Usamos ese dinero para parar a mitad de camino en un pueblo muy agradable, donde cogimos habitación y recuperamos el día que habíamos perdido en una agradable fonda, con vistas a un mar verde de olivos y una montaña de tierra marrón. Comimos estupendamente, tomamos cerveza y copas, dulce anestesia que nos permitieron filtrar cualquier negatividad, cualquier recuerdo nocivo y nos dedicamos el uno al otro, a explorarnos ahora ya sin urgencias, sin prisa, con una intensidad que no era la de la urgencia ni la de la fuerza bruta, sino con una que venía de recrearnos en las caricias, despacio, con cuidado, entre sábanas limpias de algodón y sin el calor pegajoso de la costa del Levante, sintiendo el frío de la madrugada colarse por la ventana y hacer que nos apretáramos el uno contra el otro. Nunca volvimos al pueblo de Valencia y jamás tuvimos noticias de aquellos dos y tampoco de Toñi, de la que me hubiera gustado saber algo o facilitarle nuestra dirección para que nos visitara en Sevilla. A Paqui no le hubiera importado, si he de hacer caso a lo que me comentó, pero no queríamos dejar rastro ninguno. A Pep y Quique no debió sentarles muy bien que desapareciéramos sin más.