Xtories

Descubrí que a mi novio le gustaba ser CORNUDO

Michella siempre supo que Sebastián mentía, no con palabras, sino con su cuerpo. Cuando decide cruzar la línea y acostarse con otro, solo busca una cosa: ver cómo su novio se derrumba ante la realidad de su propia humillación. ¿Qué pasa cuando la fantasía prohibida se vuelve el único juego que importa?

GoldArt13K vistas9.1· 20 votos

Hola a todos, es mi primer relato en este foro y me muero de ganas de compartirlo. Me llamo Michella, tengo 22 años, soy de Lima, y la gente dice que soy bonita. Tengo el pelo largo y osciero, casi siempre liso, unos ojos marrones que, sin quererlo, ven demasiado. Mi piel es blanca, de esas que se broncean rápido en la playa. Tengo el cuerpo delgado pero con curvas donde se debe: pechos que llenan un buen sostén y unas caderas que invitan a agarrar. Me encanta la ropa ajustada, las minifaldas y los escotes, no por vanidad, sino porque me gusta ver cómo los hombres me miran, cómo sus bocas se abren un poco. Es mi primer relato, pero no mi primera historia. Esta es la historia de cómo descubrí que mi novio Sebastián quería ser cornudo.

Siempre supe que Sebastián mentía. No con las palabras, esas las ensayaba bien, sino con todo lo demás. Teníamos 22 años, vivíamos en Lima y él se jactaba de ser un hombre de principios. «Jamás me gustaría ser cornudo, Michella. Es lo más humillante que hay», me decía con esa voz de varón peruano que intenta sonar más macho de lo que es. Pero yo lo observaba. Observaba cómo sus ojos se perdían cuando veíamos una película y un personaje era infiel. Notaba el casi imperceptible cambio en su respiración, cómo se quedaba en silencio un segundo de más. Su cuerpo, mi pobre Sebastián, era un libro abierto que él mismo no sabía leer.

La prueba llegó un viernes. Estábamos en mi cama, en mi departamento de San Borja, y yo decidí jugar.

—Sebas —le susurré al oído mientras mi mano recorría su pecho—. A veces me imagino en un club, llena de luces y música. Y un tipo me mira, me invita una bebida…

Se tensó. No mucho, pero sentí la contracción en sus músculos. —¿Y qué le responderías? —preguntó, con un tono forzado de indiferencia.

—No sé. Quizás le dejaría que me acarizara la pierna bajo la barra. Que sintiera lo caliente que estoy por él.

Su respiración se hizo más profunda. Su pene, que estaba flácida contra mi muslo, empezó a latir. A despertarse.

—No me gustaría —dijo, pero su voz era un hilo.

—¿De verdad? —seguí yo, acercándole la boca a la oreja—. Imagíname. Él me lleva a un baño, me sube la falda y me mete los dedos en la vagina. Aquí mismo, en este baño público, mientras tú no sabes dónde estoy. ¿No te pone eso cachondo?

Negó con la cabeza, pero su pene ya estaba dura, latiendo con fuerza contra mi mano. No necesitaba más. La prueba era concluyente. Sebastián, mi amor, mi novio formal, era un cornudo en potencia. Le excitaba la idea, le encantaba la humillación, pero vivía atrapado en su propia jaula de negación. Y yo, yo tenía la llave.

Una semana después, cruzé la línea. No por venganza, ni por aburrimiento. Lo hice por curiosidad. Por poder. Salí con un chico que conocí en la uni, un tal Marco. Fuimos a su departamento en Miraflores. No hubo cenas ni romances. Él me empujó contra la puerta, me besó con una ferocidad que Sebastián nunca tuvo y me desvistió con prisa. Su pene era más gruesa que la de mi novio, y me la metió a fondo de un solo golpe, sin piedad, mientras me gritaba «puta» en la oreja. Me cogió contra la pared, en el suelo, en su cama. Me llenó de su semen y me dejó con el cuerpo temblando y la vagina ardiendo. Volví a casa con el sabor de otro hombre en la boca y la certeza de que mi juego acababa de empezar.

Esa noche, en la cama con Sebastián, mientras él me daba besitos tiernos en el cuello, decidí empezar la mentira.

—Amor —dijo él, acariciándome el pelo—. ¿Qué tal todo hoy?

—Bien… aunque tuve un sueño muy raro —respondí, con una sonrisita pícara—. Fue tan real, Sebas. Deberías escucharlo.

Se acurrucó a mi lado, excitado. —Cuéntamelo.

—Pues soñé que estaba con otro hombre. Un desconocido. Me llevó a su casa y… me hizo suya. Me tiró en la cama, abrió mis piernas y me lamió la vagina hasta que me vine en su boca. Luego me la puso toda, me cogió duro, muy duro, me daba por el culo y me llamaba su zorra peruana. Me sentía tan sucia y tan viva…

Mientras hablaba, la pene de Sebastián se había vuelto una roca. Se sobaba, con los ojos cerrados, perdidos en mi «fantasía».

—Michella… qué fuerte… —jadeó.

—¿Te excita, mi amor? ¿Imaginarme siendo una puta para otro? —le pregunté, sabiendo la respuesta.

—Sí… sí, carajo —admitió, vencido.

—Pues en el sueño él vino dentro de mí. Me llenó todo. Y yo volví a casa contigo, con mi vagina llena de su leche, esperando a que me limpiaras con tu boca…

Sebastián se corrió con un gemido, manchando el sábano. Yo lo miré, con una frialdad que me daba escalofríos de placer. Él se había corrido con mi historia, con la descripción gráfica de mi infidelidad real, creyendo que era solo un cuento.

—Te quiero —me dijo, exhausto.

—Yo también, mi cornudito —respondí, y le di un beso en la frente.

Él se durmió con la sonrisa del tonto, creyendo que habíamos compartido una fantasía excitante. Yo me quedé despierta, mirando el techo, sabiendo que ahora tenía todo el control. Que podía coger a quien quisiera, cuando quisiera, y él solo vería un nuevo capítulo de mi imaginación. Su negación era mi paraíso. Su humillación, mi mayor placer.

Mañana, quizás, le cuente sobre el encuentro que tuve con el profesor de historia. O sobre el chico del gimnasio. Las posibilidades eran infinitas. Y él, mi amor, seguiría negándolo todo, mientras su cuerpo me delata una y otra vez. Qué bonito es este juego.