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Quiero ser cornudo (Cap. 8)

La cena corporativa era solo una excusa. Miguel ya había dictado sus condiciones: medias transparentes, falda corta y la promesa de ser vista por otro hombre. Pero el portal de su edificio, a oscuras y con el riesgo de ser vista por los vecinos, transformó el juego en una realidad peligrosa.

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NOTA DEL AUTOR:

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Republico el capítulo 8 porque tenía un error en la numeración.

CAPÍTULO 8

CENA DE FIDELIZACIÓN

A medida que el otoño dio paso al invierno, el frio se intensificó como hacía años que no sucedía y los informativos se llenaron de estadísticas sobre las olas de frio más destacadas de la historia.

Los estanques de la ciudad empezaron a congelarse, cosa que era realmente inusual, al menos en Barcelona donde raramente la temperatura baja por debajo de los cero grados.

Pasaron varias semanas hasta que Miguel hizo su segunda visita a la gestoría. Al igual que la última vez, se saludaron respetuosamente como dos desconocidos a los que solo les une una relación profesional.

Dedicaron buena parte de la hora de entrevista a hablar sobre temas relacionados con la ley de protección de datos y las adaptaciones que implicaba para los desarrollos de Josymi SL.

Sin darse cuenta habían superado el tiempo disponible y tuvieron que despedirse porque, en esa ocasión, Lidia tenía un compromiso que le impedía salir a almorzar con Miguel. Aunque por un momento estuvo seriamente tentada en cancelarlo pero, finalmente, el sentido común la obligó a respetar sus citas.

Antes de separarse, Miguel le enseñó a Lidia una carta que había recibido:

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De gestoría Arias y Asociados SL

Para Miguel Sánchez

Nos satisface invitarle a la II reunión de fidelización de Arias y Asociados SL del próximo viernes 18 de diciembre.

Se trata de una cena informal en la que se reúnen nuestros clientes más destacados para que puedan conocerse y disfrutar de una relajada conversación amenizada con música en directo.

Por favor, confirme su asistencia llamando al 555 31 89 XX

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Lidia reconoció la carta inmediatamente.

–Vaya, te han invitado. No sé si felicitarte o darte el pésame. Son las reuniones más aburridas y pesadas que se hacen en esta empresa. Se ve que algún directivo iluminado se le ocurrió quitar la tradicional cena de navidad de compañeros por esta estúpida reunión de fidelización.

–¿Pero tu irás? – preguntó Miguel.

–Qué remedio. La presencia de los trabajadores es “técnicamente” obligatoria, al menos si quieres conservar las opciones de promoción dentro de la empresa.

–Genial pues, entonces voy a confirmar mi asistencia inmediatamente. Nos vemos el viernes 18.

* * * * *

Aquel fin de semana, Lidia y Nando aprovecharon para pasar el día en la playa. Hacía frio, de modo que la posibilidad de bañarse o quitarse la ropa para disfrutar del sol estaba completamente descartada.

Aun así, visitaron el paseo marítimo, el puerto y comieron en un restaurante con vistas al mar. Fue un día con apacibles paseos románticos y comida íntima. A pesar del frio, el sol de mediodía calentaba lo suficiente como para que la pareja pudiera disfrutar de una merecida siesta tumbados en la arena.

–¿Sabes algo de Miguel? – preguntó Nando con los ojos cerrados intentando absorber el máximo calor del sol invernal.

–La verdad es que sí. El miércoles se presentó para realizar unas consultas. Pero nos dedicamos 100% al tema profesional y no hubo tiempo para nada más.

–Vaya... – susurró defraudado.

–Aunque le han invitado para la cena de Navidad – añadió Lidia.

–¿La cena de Navidad? ¿No es sólo para trabajadores?

–No, el inútil de Martín [el gerente] la convirtió el año pasado en Cena de Fidelización e invitó a los mejores clientes. Algunos compañeros propusieron hacer una cena de Navidad sólo para trabajadores, sin clientes ni gerentes, pero no se pudieron encontrar fechas libres y al final se canceló.

–Ummmmm, ¿entonces te lo vas a encontrar en la cena? – dijo Nando provocador.

–Sí, – confirmó Lidia, – pero no va a pasar nada, es una cena profesional con los compañeros de trabajo, los jefes y los clientes más importantes.

Y para acabar de hundir las expectativas de Nando, Lidia añadió:

–Además cuando viene a la gestoría es muy profesional. Me trata con la distancia y respeto con la que se debe tratar a una gestora.

–Pero cuando la cena termine... – la interrumpió Nando, –tal vez te propone salir por ahí.

–¿Te gustaría? ¿Eh? Pues vete quitándotelo de la cabeza porque ¡NO VA A PASAR NADA!

Durante la siguiente media hora permanecieron en silencio, tumbados bajo el sol. Incluso llegaron a dormirse durante unos minutos, pero cuando una nube bloqueó los rayos del sol se despertaron con frio y no les quedó más remedio que entrar en un bar a calentarse con un café.

* * * * *

[Miguel] Se me está haciendo terriblemente lenta la espera hasta el día 18, ¿Por qué pasan tan poco a poco los días?

[Lidia] Más lentamente te pasaran las horas durante la cena de fidelización. Ya te dije que es un auténtico coñazo.

[Miguel] ¡Que lenguaje!

[Lidia] Perdón.

[Miguel] Ja, ja, ja, ja, ja.

Continuaron chateando un poco más pero sin tocar temas “espinosos” y, cuando se hizo tarde, Lidia se despidió porque tenía que ponerse a preparar la cena.

Después de varios días sin intercambiar mensajes, cuando ya sólo faltaba una semana para el 16 de diciembre, Miguel no aguantó más y reemprendió la conversación.

[Miguel] Hola guapa.

No se esperaba que Lidia estuviera online y, aún menos, que retomara la conversación.

[Lidia] Hola.

[Miguel] ¿Como irás vestida para la cena?

[Lidia] No sé, un poco más informal que en el despacho, pero sin ser ligera como cuando voy de fiesta.

[Miguel] Ponte sexy

[Lidia] ¿Como te gustaría que fuera?

[Miguel] Medias transparentes, una falda corta o mejor larga pero abierta por un lateral, que se vea la pierna al andar, un sujetador que te realce el pecho y una blusa fácil de quitar.

[Lidia] ¡Vaya!

[Miguel] ¿Lo harás?

[Lidia] No, claro que no. Tengo que irme, acaba de llegar Nando.

Mintió Lidia para evitar que la conversación siguiera por esos derroteros.

Aquella noche volvió hacer el amor con Nando mientras le contaba la conversación que había tenido con Miguel.

–Y, ¿lo harás? – preguntó Nando – ¿te vestirás como te pide Miguel?

–¡Ni hablar! Es una cena formal – respondió tajante.

–Venga... hazlo por mí – insistió Nando.

–Hay cariño, ¿otra vez? Bueno ya veremos qué puedo hacer.

* * * * *

Los últimos días, tanto Nando, como Miguel e incluso Lidia los pasaron con una creciente tensión. Nando esperaba ver salir a su mujer vestida de femme-fatale dispuesta a satisfacer sus fantasías; Miguel esperaba el reencuentro con Lidia en un ambiente íntimo en el que poder dar rienda suelta a sus instintos y Lidia… Lidia, no sabía si vestirse formal, elegir un vestido de fiesta o hacer caso a las peticiones de Miguel.

La mañana del 18 todos estaban al borde de un ataque de nervios. Lidia y Nando comieron una ensalada ligera y apenas hablaron en todo el día.

Nando no sabía cómo pedirle a Lidia que se vistiera provocativa; por un lado temía que en caso de insistir más de la cuenta Lidia se disgustase y por otro deseaba tanto verla acicalándose para otro hombre que tuvo la polla dura durante todo el día.

Por su parte, Lidia no deseaba volver a oír a su marido pidiéndole que se acostara con otro hombre... aunque ese otro hombre fuera Miguel, pero la tensión acumulada por la espera humedecía su sexo en contra de su voluntad.

A media tarde se levantó del sofá y empezó a elegir la ropa. Probó de vestirse formal, con una chaqueta y pantalón pero no le pareció adecuado, se probó un vestido de fiesta de una pieza con falda larga pero le pareció demasiado ligera, además, era un vestido de verano y en pleno diciembre estaba fuera de lugar.

No sabía muy bien por qué pero dejó para el final la ropa que se parecía más a lo que le había propuesto Miguel. Porque, entre otras razones, sabía que la propuesta de Miguel era una buena elección, ni demasiado formal ni demasiado festiva, ni muy destapada ni muy tapada, aunque sabía que cuando Nando la viese vestida de aquel modo creería que estaba cediendo a los deseos de Miguel y, esto, la enrabietaba.

¿Pero realmente cedía a sus deseos? ¿O se vestía así porque era lo más acertado? Y en ese caso, ¿Por qué sentía ese hormigueo en su clítoris?

Empezó por unas medias de red negras, unas braguitas de encaje también negras; luego se puso una falda a media pierna, ni corta ni larga pero no le sentaba bien. Probó con una falda larga y una raja en cada lateral; le quedaba perfecta, pero al andar y al sentarse mostraba casi toda la pierna, exactamente lo que había pedido Miguel. Cuando se la probó sintió un involuntario escalofrió en su sexo.

Se cubrió los pechos con un sujetador negro, el único que tenía que realzaba el pecho y se puso un vestido con la espalda descubierta, pero no le quedaba bien con la falda y no servía con el sujetador que había escogido. Finalmente optó por una camiseta con un poco de escote y una chaqueta abierta que le permitía taparse si sentía frio o abrírsela si hacía calor.

Cuando quedó satisfecha se dio cuenta de que ya casi era la hora de salir, se maquilló más rápido de lo que le habría gustado y se fue al salón donde Nando aún estaba mirando el televisor.

Cuando la vio salir su corazón se aceleró, estaba espectacular, estaba tal y como Miguel le había pedido que se vistiera y estaba excitada, lo percibía por el brillo de sus ojos y el color de sus mejillas.

Se levantó para abrazarla, la besó en la boca y le dijo al oído:

–Estas espectacular, te quiero mucho.

Lidia se sintió orgullosa, le dio un beso y con el bolso en una mano abrió la puerta echando una última mirada atrás.

Nando la estaba mirando con los ojos abiertos como platos y a modo de despedida dijo:

–Pásatelo muy bien y, si sucede algo... lo que sea... cuéntamelo o mejor, mándame una foto.

Lidia se fue negando con la cabeza e incapaz de entender porque su marido le proponía cosas de ese tipo.

* * * * *

Lidia llegó al restaurante puntual junto con el resto de los trabajadores de la empresa y sus jefes. No tenía mala relación con ninguno de ellos, pero tampoco había establecido lazos de amistad con casi nadie; o sea, que la mayoría sólo podían ser considerados como compañeros de trabajo.

La única compañera con la que de vez en cuando salía a almorzar o incluso alguna vez a tomar un vermut se llamaba Marta. Era un poco más joven que ella, apenas tenía los cuarenta recién cumplidos y estaba recién separada. Y, como buena parte de las mujeres separadas de esa edad, le apetecía disfrutar de su recién adquirida libertad, saliendo de fiesta con sus amigas y acostándose con hombres separados sin establecer vínculos afectivos.

Cuando se vieron se saludaron.

–¿Hoy vienes con ganas? Esta vez no te escapas, cuando se termine este tostón de cena nos vamos tú y yo de fiesta – dijo Marta.

Y mirándosela de arriba abajo añadió:

–Vaya…. ¡Vienes matona! Vestida así vas a arrasar.

–¿Tú crees? ¿Me he pasado?

–¡Qué va, estás espectacular! Menos mal que estás casada si no me quitarías los pretendientes – Y se rio a carcajadas.

–¡O por fin vas a permitirte una cana al aire! – añadió desternillándose sin vergüenza.

Lidia se encogió de hombros un poco intentando pasar desapercibida cuando por su espalda, en silencio, se acercó Miguel, para susurrarle al oído:

–Hola preciosa... veo que te has vestido como te pedí. Estas espectacular.

El contacto con Miguel sobresaltó a Lidia que sin quererlo le dio un empujón y casi se cae al suelo. Mientras tanto, Marta se miraba la escena atónita pero evitó inmiscuirse en el encuentro.

Una vez Lidia se recuperó del susto, saludó a Miguel formalmente y conversó con él de temas profesionales durante unos segundos, pero poco después sintió la necesidad de hablar con algo más de intimidad; así que dirigiéndose a Marta le dijo:

–Perdona Marta, te presento a Miguel Sánchez, un cliente de mi bolsa de empresa. ¿Nos dejas unos segundos para resolver unas dudas pendientes de la última reunión?

–Claro, faltaría más, encantada – respondió dándole la mano a Miguel a tono de saludo para luego alejarse, aunque con la sospecha de que ahí había algo más de lo que parecía.

–¿Te has vuelto loco? ¿Cómo se te ocurre entrarme así?, por la espalda, susurrándome al oído... Marta podría haberte oído... cualquiera podría haberte oído.

Realmente estaba disgustada y le hubiera dado un bofetón si no estuviera en un lugar público rodeada de compañeros de trabajo y clientes.

Miguel se disculpó sinceramente pero a pesar de sus disculpas no logró recuperar la atención de Lidia, que molesta con lo sucedido se entregó a conversar con otros clientes.

El lugar resulto ser más un chillout que un restaurante convencional, así que poco a poco, los camareros fueron sirviendo platos en mesas altas y los comensales, de pie o sentados en sofás, probaban un poco de todo.

El ambiente era distendido y anárquico pero como Lidia se centró en atender a sus clientes ignorando a Miguel, este, se encontró desubicado. No conocía a nadie, excepto Lidia y, el ir y venir de gente, hacía muy complicado establecer relaciones.

–Hola, ¿te llamabas Miguel verdad? – le dijo Marta viendo que estaba solo.

–Sí, Miguel. ¿Y tú? – respondió levantándose.

Así fue como Marta y Miguel empezaron a conversar.

* * * * *

Cuando Lidia volvió a dirigir su atención hacia Miguel, este, estaba conversando animadamente con Marta.

Sin saber porque, sintió como si un latigazo la alcanzara y deseó con todas sus fuerzas que un rayo cayera sobre su amiga. “¡Maldita zorra!” pensó. Aunque rápidamente se forzó en desviar su atención… “¿Porque me enfado? No es mi novio, ni es mi marido… puede hacer lo que le plazca y puede follar con quien quiera. ¡Maldita zorra!”.

Pero algo dentro de ella la hacía estar inquieta y, regularmente, casi sin ser consciente de ello, su vista se dirigía a la pareja furtivamente. Hasta que, finalmente, desaparecieron.

Cuando dejó de verlos, Lidia, sintió una repentina oleada de furia. Estaba enfadada, rabiosa, casi iracunda; los buscó por todas las salas sin poder localizarlos y cuando asumió que era inútil seguir buscándolos aceptó, a regañadientes, su frustración y fue a recoger sus cosas para irse. “¡Mala puta! Bueno, él se lo pierde” pensó con incontenida decepción.

Pero cuando ya tenía la decisión tomada, uno de sus clientes la saludó y sin que pudiera rechazarlo, la arrastró hacia la barra para pedir una copa.

“La última. Me deshago de este pesado y me voy” pensó intentando ocultar su enfado.

Se tomó la copa rápido, tal vez demasiado, y se despidió intentando ser amable pero sin conseguirlo demasiado.

Al cruzar el salón a zancadas se encontró frente a frente con Miguel.

–Vaya, finalmente nos encontramos. Perdona por saludarte como lo he hecho antes, no quería ponerte en un compromiso.

Durante unos segundos, Lidia, no entendió a que se refería; y entonces se acordó; claro, él pensaba que lo había ignorado por culpa del saludo... cuando, su enfado era por culpa de Marta.

–No pasa nada, no te preocupes. Los clientes no me han dejado ni un momento libre y como he visto que estabas bien acompañado no he querido interrumpir.

–Bien, porque me alegro de poder verte por fin, estas deslumbrante.

–Adulador… - respondió Lidia simulando un punto de vergüenza y mucha sorna.

–¿Qué se ha hecho de Marta? ¿Se ha ido? – preguntó insegura.

–Pues no lo sé, hemos hablado un rato y nos hemos separado para ir al baño. Ya no la he visto más. Parece simpática.

–¿Simpática? Más bien llámala “leona devora hombres”. Desde que se divorció cambia de pareja cada quince días y no siempre dejando antes a la pareja anterior.

Tras pocos segundos conversando con Miguel, Lidia se olvidó de su enfado y perdió la noción del tiempo, así que cuando quiso darse cuenta, se encontraba sentada en el sofá, hablando animadamente con Miguel y con varias copas vacías sobre la mesa. En el local apenas quedaban unas diez personas; la mayoría camareros.

–Lamento interrumpirles pero en cinco minutos vamos a cerrar –dijo uno de los camareros.

–Claro, ¿pero qué hora es? – dijo Lidia mientras cogía su smartphone para mirar la hora.

–¡Por Dios! – son casi las tres – tengo que regresar.

Al final, resultó que se lo había pasado muy bien. Habían hablado un poco de todo, de viajes, de aficiones y de sus proyectos. Miguel había intentado evitar abrir temas sexuales y fue un acierto porque, durante unos minutos, Lidia sintió un fuerte apego hacia aquel hombre.

–¿Y ahora qué? ¿Te apetece ir a tomar la última en algún bar musical? – preguntó Miguel apenas salieron a la calle.

Por unos instantes Lidia dudó; su mente viajó de nuevo al Pub Stress, donde empezó todo, con su marido Nando sentado en una de las mesas mientras Miguel la abrazaba. Y le parecía notar su pene en la mano, fuerte, duro, caliente. Un incontrolable calor subió por sus piernas y recorrió todo su cuerpo hasta enrojecer sus mejillas. Cerró los ojos y notó como el universo giraba a su alrededor; y si no fuera porque los brazos de Miguel la sujetaron, hubiera caído contra el suelo adoquinado de la calle.

–Lo siento, es muy tarde, tengo que volver a casa. La verdad... además... estoy un poco mareada – dijo sin poder evitar una risita tonta.

–Te acompaño – se ofreció galantemente Miguel.

–No hace falta… llamaré un taxi y en 5 minutos estoy en casa.

Cuando al cabo de unos minutos se acercó un taxi, Miguel tuvo que soltarla para indicarle que parase y, Lidia, se dio cuenta de que durante todo aquel rato, desde que la sujetó para que no se cayera hasta pocos instantes antes, habían permanecido abrazados. Y cuando se sintió liberada, inmediatamente, echó de menos aquellos fuertes brazos que la sujetaban, dándole seguridad y calor.

Subieron al taxi y Miguel pasó su brazo por encima de Lidia, atrayéndola hacia él hasta que su cabeza reposó sobre su hombro. Lidia se dejaba hacer, los efectos del alcohol le arrebataban su voluntad, cerró los ojos y gozó del protector abrazo que tanto la reconfortaba

El trayecto fue corto, demasiado corto. A Miguel le hubiera encantado poder mantener a Lidia en sus brazos y poder continuar acariciando su espalda y su pelo. Por su parte, Lidia se estaba derritiendo; el mareo provocado por el alcohol, unido al calor de Miguel, sus latidos y sus caricias la estaban sumiendo en un estado de relax y placer como no recordaba haber sentido desde hacía mucho tiempo.

Pero no les quedó más remedio que pagar el viaje y salir del taxi notando el desagradable azote de frio en sus caras.

–Me lo he pasado muy bien – le dijo Miguel a Lidia.

–Yo también… aunque creo que he bebido más de la cuenta.

Y era cierto, porque le fue imposible abrir la puerta del portal sin la ayuda de Miguel. Cuando lo logró entraron los dos.

–Bueno, hablamos mañana – dijo Lidia a modo de despedida.

–Espera… - interrumpió Miguel, acercándose a Lidia para abrazarla.

–¿No deberías mandarle alguna foto interesante a tu marido? – Lidia no respondió pero se dejó abrazar.

Entonces Miguel se lanzó a besarla, uniendo sus labios a los de ella que aceptó el beso sin protestar.

Apoyada contra la pared, las manos de Miguel empezaron a acariciar la cintura de Lidia y pronto consiguieron colarse por debajo de la blusa. Lidia sintió de nuevo el calor de aquellas manos, fuertes, ardientes que la acariciaban con ligeros círculos pero con un claro objetivo; alcanzar el enganche del sujetador y liberar sus pechos.

Las luces de la escalera se apagaron automáticamente sin que la pareja se percatara de ello pero sumiéndolos en una protectora oscuridad.

Las manos de Miguel agarraron sus pechos por debajo, levantándolos mientras sus lenguas continuaban unidas en un interminable beso. Ahora fueron las manos de Lidia las que se colaron por debajo de la ropa de Miguel, abrazando su espalda y descendiendo hacia su culo.

–Ummmmm– jadearon los dos a la vez.

Sus bocas se separaron, pero sólo el tiempo necesario para tomar aire y volvieron a unirse en un apasionado beso.

Una de las manos de Miguel descendió por la cintura de Lidia, hasta alcanzar la cadera y, sin detenerse, alcanzó la raja de la falda y se coló en su interior.

Cuando Lidia notó una mano rozando sus medias, perdió completamente la voluntad. Su sexo ardía como nunca lo había hecho. Arañó la espalda de Miguel, casi clavando sus uñas, suplicándole que la poseyera allí mismo.

–Ummmmm– jadeó sin separar sus labios de los de Miguel.

Con las dos manos, Miguel, agarró la falda de Lidia y la subió hasta que tuvo acceso a sus bragas; las agarró por la goma, y lentamente se las quitó. Sin saber muy bien qué hacer con ellas, se las guardó en un bolsillo y con la mano derecha acarició los labios de su vagina. Estaban empapados de lubricante vaginal y sin ningún esfuerzo, pudo meter dos dedos en su interior provocando un estremecimiento que Lidia no consiguió silenciar.

–¡Ummmmm!!!!

Lidia era incapaz de detener aquello. Una voz interior le gritaba “huye” pero apenas podía oírla.

¡chof! ¡chof! ¡chof!

Los intrépidos dedos de Miguel se introducían en su encharcado coño hasta que tuvo que rendirse y sintió la imperiosa necesidad de volver a palpar aquella adictiva polla.

–¡Ahhhhh!!!!

Sin quitarle los pantalones, Lidia introdujo su mano por la bragueta, apartó la ropa interior y agarró de nuevo el pollón de Miguel. Estaba durísimo, era tan largo como recordaba y hábilmente lo descapulló. Con la yema de sus dedos acarició la abertura de la uretra que estaba húmeda con las primeras gotas de precum.

–¡Ahhhhh!!! – jadearon a la vez.

Un intenso calambre recorrió el cuerpo de Lidia cuando cerró sus dedos envolviendo la polla de Miguel. Como si se hubiera electrocutado cerró la mano derecha aprisionando la polla de Miguel y con la mano izquierda lo agarró del cuello para unir con fuerza sus labios.

¡chof! ¡chof! ¡chof!

El coño de Lidia estaba apunto para alcanzar el clímax y para no caerse tuvo que abrazar a Miguel abandonando temporalmente su polla.

Levantó la pierna para que los dedos de Miguel pudieran introducirse hasta el fondo y entonces...

* * * * *

Y entonces, se hizo la luz. Se oyó un chasquido y la luz se encendió iluminado la incómoda escena.

Instintivamente se separaron, Lidia recompuso su falda como pudo y evitó mirar a la pareja de chicos que cruzaron el portal saludándolos con un movimiento de cabeza mientras cuchicheaban divertidos, conscientes de la escena que habían interrumpido.

Lidia quería morirse de vergüenza. No los había mirado a los ojos, pero estaba segura de que los conocía. Eran los estudiantes alquilados del segundo piso de modo que no se quedarían allí mucho tiempo.

Pero tuvo claro de que se le había ido de las manos. Había asumido un peligro que no podía permitirse; una cosa era que su marido quisiera ser cornudo y otra que todos los vecinos lo supieran.

Así que, sin mirar atrás, recogió del suelo su bolso y arrancó a correr escaleras arriba hasta su rellano. Torpemente, abrió la puerta y se dejó caer sobre el sofá temblando.

Por su parte, Miguel, se encontró sólo en el portal, con una erección monumental y sus labios aun húmedos de los besos de Lidia. Sus dedos estaban empapados de los flujos vaginales de Lidia y, apoyando su espalda contra la pared, los lamió cerrando los ojos. Tardó una eternidad en recuperar el temple necesario para animarse a volver a su casa.

Miró las escaleras por las que acababa de huir Lidia apresuradamente. Le habría gustado salir corriendo tras ella y follársela en su propia cama pero sabía que allí se encontraría con Nando.

Salió del edificio, tomó un taxi y, casi corriendo, se encerró en su apartamento para masturbarse violentamente hasta que se corrió esparciendo su semen sobre su abdomen. Ya más relajado, tomó una foto de su miembro flácido, manchado de semen y la envió a Lidia.

[Miguel] Mira lo que te has perdido.