La cariñosa Carla se besa con el amigo de su chico
Carla no busca traicionar a su novio, solo ayudar. Pero cuando la compasión se mezcla con el deseo, la línea entre cuidar y poseer se desdibuja en la intimidad de un hogar compartido.
La cariñosa Carla se besa con el amigo de su chico
Carla tiene veintitrés años y es una morena realmente guapa: de estatura media; delgada; pelo castaño oscuro, largo y liso; blanca de piel; ojos verdosos; nariz respingona, algo grande y prominente; sonrisa amplia y bonita; y un trasero y tetas armoniosas, grandes sin exagerar.
Es muy agradable, elegante, femenina y sensual; su único defecto es que le gusta gustar, lo cual la lleva a ser a veces demasiado complaciente e ingenua y a meterse en líos del tipo que ya puede uno imaginarse si está leyendo esto.
Vive con su novio, Julián, de veintiséis años —alto, moreno, muy buen tío y currante—, en un piso pequeño pero acogedor, y es aquí donde empieza la historia: cuando acogen a Isaac, un amigo de él, que por cosas de familia y de dinero está pasando una mala época.
Lo primero que ve Carla es que el recién llegado es indudablemente muy atractivo: alto y fuerte, muy bronceado, de pelo negro, sonrisa hermosa y unos ojazos azules que hipnotizan —ella misma se sonroja al descubrirse mirándolo fijamente en más de una ocasión.
Julián pasa fuera de casa la mayor parte del día por trabajo, así que quien más convive con Isaac es ella, y al principio lo ve tremendamente cabizbajo y depresivo, no haciendo mucho más que comer, dormir y ver la tele durante horas.
A Carla le da mucha pena e intenta ganarse su confianza poco a poco, haciendo uso de su madera de madre para contribuir a su recuperación: charla con él hasta donde se siente cómodo, le cocina sus platos favoritos, ven series… “Es buen chico, pero ha tenido mala suerte”, piensa.
El paso de las semanas conlleva el progreso en su relación: hablan de trivialidades, se hacen bromas, Isaac manda currículums, le van llamando… Su mejora es evidente, pero continúa alicaído, dado que no tiene un lugar adonde volver.
Una tarde Carla está sentada en el sofá con las piernas cruzadas, descalza, llevando una camiseta ajustada de tirantes negra y unas mallas cortas grises que le marcan todo. Está doblando ropa con esa calma suya casi hipnótica, tranquila y con música relajante de fondo.
Isaac sale de la cocina con una cerveza en la mano, aún en pijama. Tiene el pelo revuelto y la sonrisa propia de quien está bajo los efectos del alcohol y estos le otorgan una infrecuente desvergüenza a la hora de interactuar con los demás.
—Joder, Carla… —empieza, apoyándose en el marco de la puerta, mirándola de arriba abajo sin disimulo—. ¿Tú no te cansas nunca de estar tan buena todo el día?
La chica se queda lógicamente pillada al principio, no sabiendo cómo responder, pero enseguida comprende: Isaac es muy dado a hablar a impulsos, según le pasan las cosas por la cabeza, sin grandes filtros, y tanto puede cagarse en tu puta madre como alabarte con descaro.
En ese contexto, y sumado al factor borrachera, Carla interpreta que se lo dice así por la confianza que se tienen, de modo que no se molesta y levanta la vista, sonriendo con naturalidad, para responderle:
—Ay, qué exagerado eres… —Ríe bajito y sigue doblando una camiseta—. Solo estoy recogiendo un poco, que si no Julián se queja de que parece que ha pasado un huracán.
—No, en serio —contesta, avanzando despacio y sentándose en el brazo del sofá, muy cerca de ella—. Llevo aquí un mes y todavía no me hago a la idea. Eres como… no sé, como si alguien hubiera dicho “Vamos a hacer la versión premium de novia” y te hubieran clavado.
Carla se sonroja un poco, pero lo toma como un piropo inocente, baja la mirada un segundo y sigue con la ropa.
—Qué tonto eres… Gracias, supongo. —Levanta sus ojos verdes y le sonríe con ternura—. ¿Tú estás mejor ya?
Isaac se inclina un poco más hacia ella y, bajando la voz, responde:
—Estoy mejor desde que llegué aquí, la verdad. Sobre todo desde que te veo moverte por la casa con esas piernas… —señala con la botella de cerveza sin tocarla—. ¿Sabes que tienes la forma de caminar más peligrosa que he visto en mi vida?
—Ay, Isaac, para… que me pones colorada —ríe suave, un poco nerviosa, pero sin apartarse, mientras se abanica con la mano como quitándole importancia—. Solo camino normal, ¿eh? No tengo la culpa de que las mallas sean así de cómodas.
—No son solo las mallas, Carla —bajando aún más la voz, ahora susurra con tono cómplice—. Es todo: la forma en que te recoges el pelo, cómo te muerdes el labio cuando estás pensando… cómo sonríes cuando alguien te habla aunque estés muerta de sueño. Eres demasiado… jodidamente apetecible. Y lo sabes.
La chica parpadea, confusa pero todavía sonriendo, intentando procesarlo como algo bueno pese a las descaradas formas con que lo expresa.
—No, no… Yo no… —balbucea, riendo bajito y sacudiendo la cabeza—. Solo intento ser amable, ¿sabes? Me gusta que la gente esté a gusto en casa. Y tú eres amigo de Julián, así que claro que quiero que estés bien.
Isaac entonces se atreve a estirar la mano y le roza con las yemas de los dedos el brazo desnudo, muy suave, como probando.
—¿Y si te digo que ahora mismo no quiero estar “bien”? Quiero estar… mucho mejor. Contigo.
Carla se queda quieta un segundo, sintiendo el roce, pero no se aparta de inmediato. Su voz sale más bajita, casi dulce:
—Isaac… No digas esas cosas, anda. —Baja la mirada a la camiseta que tiene en las manos—. Julián se enfadaría muchísimo si te oyera hablar así.
Pero él no solo no retira la mano, sino que la desliza despacito hasta el hombro, masajeando apenas:
—Julián no está. Y tú estás aquí poniéndote nerviosa pero sin decirme que pare… —Se inclina hasta que su aliento le roza la oreja—. ¿Eso no te dice algo, Carla?
La chica traga saliva, brillándole sus ojos verdes un poco más húmedos, mezcla de confusión y de esa necesidad suya de no disgustar a nadie chocando frontalmente con la incomodidad que está sintiendo a la vez.
—Yo… no sé… —empieza a hablar, insegura, mirando hacia otro lado, pero no se mueve—. Solo quiero que todo esté bien. No quiero que te sientas mal aquí. Ni que pienses que soy borde o algo… Pe-Pero tampoco me gusta que me hables así….
Isaac sonríe lento, victorioso, y baja la voz a casi un ronroneo:
—No eres borde. Eres demasiado buena. Y eso es lo que me está volviendo loco. —Le aparta un mechón de pelo detrás de la oreja con mucha lentitud—. Dime que pare si de verdad quieres que pare, Carla. Pero tienes que decirlo clarito, no me sirve con un “No me gusta”… porque si no lo dices, voy a pensar que en el fondo sí te gusta que te miren así. Que te hablen así.
La joven acelera su respiración, con los labios entreabiertos, la mirada perdida entre la camiseta y el suelo, lidiando con algo y con alguien que no tiene nada claro adónde la van a llevar. Susurra casi inaudible:
—No… No sé… —Levanta la vista, mostrándose vulnerable—. No quiero que te vayas sintiendo mal… Pero para, por favor, Isaac… Por favor…
Él, no obstante, se acerca hasta que sus narices casi se tocan, hablando contra sus labios:
—Entonces no me hagas irme sintiéndome mal, Carla. Deja que me quede… un poquito más cerca.
Se hace el silencio, oyéndose nada más la respiración de ella, cada vez más irregular. No dice que no. Tampoco dice que sí. Simplemente se queda ahí quieta, inconscientemente complaciente y preciosa a ojos de Isaac, quien se halla muy confiado y apenas tiene que moverse para terminar sentado a su lado, con una rodilla tocando la de ella.
Tras unos segundos que se hacen eternos, Carla finalmente le dice, mirándolo a los ojos con una mezcla de nervios y de algo más profundo, casi rendición:
—No… No me hagas decir que pares —susurra, y su voz tiembla un poquito—. Porque no quiero que pares. —Y sin más, se inclina ella primero.
Sus labios rozan los de él con una suavidad casi tímida al principio, como probando si es real. Isaac responde al instante, pero sin prisa, dejando que sea ella quien marque el ritmo. El beso crece despacio: primero tierno, exploratorio, luego más profundo, más hambriento. Las manos de Carla le suben al cuello, los dedos enredándose en su pelo revuelto. Él la abraza por la cintura, atrayéndola con cuidado hasta que ella termina sentada a horcajadas sobre sus piernas, sin romper el beso ni un segundo.
Isaac, separándose apenas lo justo para hablar contra su boca, masculla con voz ronca:
—Joder, Carla… Eres aun más dulce de lo que imaginaba.
La chica sonríe contra sus labios, exhibiendo una sonrisa preciosa, casi inocente, pero con los ojos encendidos.
—Shhh… no hables tanto. —Le besa de nuevo, lento, profundo, como si quisiera grabarse cada sensación—. Solo… bésame. Así. Más despacito.
Se comen la boca durante lo que parecen minutos eternos. Las manos de él recorren su espalda, subiendo y bajando por debajo de la camiseta, sintiendo la piel caliente y suave. Ella suspira contra su boca cada vez que Isaac le aprieta un poco más la cintura, o cuando sus dedos se deslizan por sus costados. No hay prisa, solo caricias que se vuelven cada vez más íntimas. Carla le besa el cuello, suave, dejando besos húmedos que le hacen cerrar los ojos. El chico le acaricia el pelo, apartándolo para besarle la clavícula y el hueco del hombro.
La joven le dice, con voz bajísima, casi un ronroneo, mientras le besa la mandíbula:
—Eres tan… tan cálido... Me gusta cómo hueles. —Le pasa la nariz por el cuello, inhalando—. Me haces sentir cosas que no debería… pero no puedo parar.
Isaac la abraza entonces más fuerte, besándole la sien.
—Entonces no pares, cielo. No pares nunca.
Ella se aparta un poquito para mirarlo a los ojos. Su expresión es pura dulzura ahora, como si él fuera lo más precioso del mundo en ese momento. Le acaricia la mejilla con el dorso de la mano.
—Isaac… Escúchame —comienza, hablando despacio, sensual, con esa voz que envuelve—. Esto que estamos haciendo… es nuestro secreto, ¿vale? Nadie puede saberlo. Ni Julián, ni nadie. —Le besa la comisura de los labios—. Porque si se entera… se acaba todo. Y yo no quiero que se acabe. Quiero seguir sintiendo esto contigo.
El chico asiente, besándole la palma de la mano.
—Lo sé. Seremos cuidadosos. Muy cuidadosos.
Carla sonríe, traviesa pero tierna, y se pega más a él, sus pechos contra su torso desnudo.
—Muy cuidadosos… pero no menos intensos —susurra, y le besa el lóbulo de la oreja—. Quiero que me beses así todas las veces que podamos. Quiero que me mires como me estás mirando ahora… como si fuera lo único que existe. —Le coge la cara con ambas manos—. Porque contigo me siento… deseada de verdad. Y me encanta. Me encanta demasiado.
Vuelve a besarlo, esta vez más lento, más romántico. Sus lenguas se encuentran con calma, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Ella se mueve suavemente sobre el chico, un vaivén sutil que hace que ambos suelten un gemido bajito.
Las manos de Isaac bajan por su espalda hasta sus caderas, apretándola contra sí. Carla suspira, feliz, perdida en él, y, separándose solo para mirarlo, con los labios hinchados y los ojos brillantes, le pide:
—Prométeme que vamos a ser listos, mi amor. —La palabra “mi amor” se le escapa natural, sin filtro—. Que nadie nos va a pillar. Que esto… esto tan bonito que estamos empezando… va a durar.
—Te lo prometo, Carla —le asegura el joven, besándola en la frente, luego en los párpados y luego en la boca—. Nadie va a quitármelo. Ni a ti tampoco.
Se abrazan fuerte. Ella apoya la cabeza en su hombro, respirando contra su cuello, a horcajadas sobre él. Sus dedos dibujan círculos suaves en la espalda de Isaac. El silencio ahora es cómodo, lleno de promesas calladas y deseo contenido. Afuera, el mundo sigue girando, pero dentro de esa sala solo existen ellos dos.
***
Han pasado varios minutos, y Carla ha apoyado la frente en la de su amante, manteniendo los ojos cerrados, como si estuviera ordenando pensamientos que no quiere soltar del todo.
—Isaac… —susurra con voz suave y casi maternal, mientras le acaricia el pelo con los dedos—. Mírame un segundo.
Él abre los ojos y la chica le coge la cara con ambas manos, con esa ternura que desarma. Sus ojos verdes están húmedos, pero no de culpa, sino de una emoción sincera, protectora.
Entonces, hablando despacio, como si le estuviera explicando algo muy importante a un niño perdido, le dice:
—Yo no hago esto porque quiera hacerle daño a Julián. Te lo juro. Nunca le haría daño a propósito… Él es bueno conmigo, me cuida, me quiere. Pero tú… —Le roza la mejilla con el pulgar—... Tú llegaste aquí hecho polvo. Sin un euro, sin sitio donde caerte muerto, con esa cara de no haber dormido en semanas. Y cada vez que te veía en la cocina mirando el móvil sin saber qué hacer… me partía el alma.
Isaac intenta hablar, pero ella le pone un dedo en los labios, suave.
—Escúchame. No es solo atracción, aunque… Dios, sí que lo es. —Sonríe un poco, avergonzada pero honesta—. Pero sobre todo es que no soporto verte sufrir. No soporto que estés aquí viviendo con nosotros y sientas que sobras, que no pintas nada. Y cuando me miras… cuando me miras como si yo fuera lo único bonito que te ha pasado en semanas… no puedo decirte que no. No puedo dejarte solo con esa tristeza.
Se inclina entonces y le da un beso lento en la comisura de la boca, casi casto, reconfortante.
—Por eso te he besado —continúa, bajito, pegada a él—. Por eso te he dejado acercarte. Porque he pensado: “Si puedo hacer que se sienta un poquito mejor, aunque sea solo un rato… aunque sea solo con mis besos, con mis caricias… entonces vale la pena”. No es maldad, Isaac. Es… es querer ayudarte. Quererte cuidar. Como si fueras mío también, un poquito. —Suspira, y su voz se quiebra apenas—. Y sé que está mal. Sé que es una locura. Pero cuando te veo sonreír de verdad, cuando te veo relajarte conmigo… siento que estoy haciendo algo bueno. Aunque sea un secreto. Aunque sea pecado.
El joven la abraza más fuerte, enterrando la cara en su cuello.
—Carla… No sé qué decir. Nadie me había mirado nunca así. Como si importara de verdad.
—Pues déjame seguir mirándote así —le pide ella, al tiempo que le besa la sien, la frente, los párpados cerrados—. Déjame seguir cuidándote. —Se aparta un poco para mirarlo a los ojos, seria pero dulce—. Pero tenemos que ser muy listos, mi vida. Muy muy listos. Julián no puede enterarse nunca. Porque si se entera… no solo nos destroza a nosotros. Se destroza él. Y yo no quiero eso. Quiero que siga siendo feliz conmigo… y que tú también lo seas aquí. Conmigo. En silencio. En nuestros ratitos robados.
Le coge una mano y se la lleva al pecho, sobre el corazón, para que sienta cómo late rápido. Susurrando, con esa voz sensual y encantadora que envuelve, prosigue:
—Cada vez que estemos solos… voy a besarte como si fuera la primera vez. Voy a tocarte como si quisiera curarte todas las heridas que traes. Voy a hacerte sentir que no estás solo, que alguien te quiere de verdad. Pero solo cuando nadie mire. Solo nosotros. —Le besa despacio, profundo, y murmura contra sus labios:— Prométeme que vas a dejar que te cuide. Que vas a aceptar esto… aunque sea poquito a poco. Porque yo no puedo parar de quererte ayudar. No puedo.
—Te lo prometo —responde él, asintiendo emocionado, y la besa en la frente largamente—. Déjame ser tuyo… aunque sea en secreto. Déjame que te quiera también. Que te devuelva todo lo que me estás dando.
Carla sonríe, preciosa, con los ojos brillando.
—Entonces ven aquí, pobrecito mío… —Lo atrae hacia sí y lo abraza fuerte, meciéndolo un poco como si fuera un niño grande—. Deja que te mime un rato más. Antes de que vuelva Julián. Deja que te haga olvidar todo lo malo… solo un poquito.
Se quedan así, abrazados, en silencio. Ella le besa el pelo, le acaricia la espalda con movimientos lentos y calmantes. No hay urgencia sexual ahora. Solo ternura, una ternura casi maternal mezclada con deseo. Como si el cuerpo de la joven fuera el refugio que Isaac necesitaba, y esta estuviera dispuesta a dárselo todo, sin pedir nada a cambio… salvo que su amante no sufra más.
De pronto, Carla nota cómo él tiembla un poco, pero no de frío, sino de esa mezcla de ansiedad acumulada y deseo contenido que no sabe soltar del todo. La chica lo siente en su respiración acelerada contra su cuello, en cómo sus manos se aferran a su cintura como si tuviera miedo de que todo desapareciera.
—Shhh… tranquilo, mi vida —susurra contra su oído, con esa voz dulce y envolvente que calma tormentas—. Estás temblando. —Le besa la sien despacio—. No pasa nada. Estoy aquí. Déjame calmarte… Déjame hacer que te olvides de todo lo malo, aunque sea solo un rato.
Sin esperar respuesta, se mueve con lentitud deliberada. Se incorpora un poco, apoyando las rodillas a ambos lados de sus caderas, y baja las manos hasta el borde de su pantalón de chándal. Lo baja lo justo, con cuidado, casi con reverencia.
Isaac la mira con los ojos muy abiertos, sin atreverse a moverse, como si temiera romper el momento. Ella se quita las mallas cortas con un movimiento fluido, quedándose solo con la camiseta de tirantes y la braguita de encaje negro. No hay prisa, solo ternura en cada gesto.
—Solo quiero que te sientas bien… —le dice, mirándolo a los ojos, con una sonrisa suave y maternal—. Que dejes de pensar en lo que no tienes, en lo que te falta. —Se inclina y le besa los labios con dulzura—. Déjame cuidarte así.
Se coloca sobre él despacio, guiándolo con la mano. Cuando lo siente entrar en ella, suelta un suspiro largo, casi de alivio, como si fuera ella la que necesitaba esa conexión tanto como el amigo de su novio. Empieza a moverse con un vaivén muy lento, casi hipnótico: arriba y abajo, en círculos suaves, sin fuerza, solo buscando calmar, reconfortar. Sus manos se apoyan en el pecho desnudo de él, sintiendo cómo late su corazón desbocado bajo las palmas.
Carla le habla bajito, con voz ronca y sensual, mientras cabalga con esa cadencia tranquila:
—Mírame… Mírame a los ojos, Isaac… Aaaaaahhh… —Le coge la cara con una mano, obligándolo suavemente a no apartar la vista—. Así… Respira conmigo... Mmmmmmfff… Siente cómo te envuelvo… Cómo te cuido… Oooooohhh… Dios mío… —Se mueve un poco más profundo, pero siempre lento, dejando que él sienta cada centímetro—. No tienes que hacer nada… Aaaaaahhh… Solo déjame darte esto... Déjame hacer que te sientas querido… deseado… seguro…
Isaac gime bajito, las manos subiendo por sus muslos hasta sus caderas, no para guiarla, sino para aferrarse, como si ella fuera su ancla. Carla se inclina hacia delante, sus pechos rozando el torso de él a través de la tela fina de la camiseta. Le besa el cuello, la mandíbula, la comisura de los labios, mientras sigue moviéndose con esa lentitud deliberada, casi terapéutica.
—¿Lo notas…? —le susurra ella contra su boca, entre beso y beso—. ¿Notas cómo todo lo malo se va deshaciendo…? Oooooohhh... —Acelera solo un poquito, lo justo para que él sienta el calor, la humedad, la entrega absoluta—. Esto es para ti… Solo para ti. Para que dejes de sufrir. Para que sepas que aquí, conmigo, siempre vas a tener un sitio donde refugiarte... —Le besa los párpados cerrados—. Mi pobre… Mi niño grande… Déjate llevar... Déjame calmarte hasta que no quede ni un nudo dentro de ti… Mmmmmmfff…
Sigue cabalgando con esa mezcla perfecta de sensualidad y dulzura. No busca el clímax rápido, sino prolongar la sensación de cercanía, de protección. Sus caderas giran en círculos amplios, lentos, apretando alrededor de su miembro cada vez que baja, soltando un suspiro suave cada vez que sube.
Las manos de Isaac suben por su espalda, bajo la camiseta, acariciando la piel caliente, y ella arquea la espalda un poco, ofreciéndose más, pero sin perder el control del ritmo.
Carla con la voz entrecortada por el placer, pero siempre tierna, lo anima:
—Así… ¡Aaaaaahhh…! Justo así… Siente cómo late por ti... —Le coge una mano y se la lleva al pecho, sobre su corazón—. Late fuerte porque te quiero ayudar… ¡Oooooohhh…! Qué polla… Porque no soporto verte mal… —Se mueve un poco más rápido ahora, pero sin dejar de mirarlo—. Y cuando estés a punto… cuando sientas que todo explota… déjalo salir… ¡Mmmmmmfff…! Déjame recibirlo todo... Quiero que te vacíes en mí… Que me dejes llevarme tu tristeza, tu miedo… Todo…
Isaac jadea, con los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo del sofá. Carla acelera solo lo necesario, sintiendo cómo él se tensa debajo de ella. Cuando llega al límite, cuando siente su polla bien dura y a punto de estallar, la joven se pega más, abrazándolo fuerte por el cuello, y lo besa profundo mientras él se derrama dentro, se corre como un bendito, con un gemido ahogado contra su boca.
—¡Aaaaaahhh…! ¡Hhhhhhfff…! —gruñe él, sintiendo que la chica no para del todo, y sigue moviéndose suave, muy suave, prolongando las réplicas, calmándolo con caricias en el pelo, besos en la frente.
—Ya está… Ya pasó —le susurra, con los labios pegados a su sien, mientras lo mece despacio. Le besa la sien, la mejilla, la comisura de los labios—. Ahora estás más tranquilo, ¿verdad? —Sonríe contra su piel—. Eso es lo que quería… Pfff… Que te sintieras en paz... Que supieras que aquí, conmigo, siempre vas a tener esto. Siempre.
Se queda sobre él, sin moverse aún, abrazándolo fuerte. Los dos respiran al unísono, sudados, calmados. Ella le acaricia la espalda con movimientos lentos, como si estuviera consolando a alguien que acaba de despertar de una pesadilla.
***
A la mañana siguiente, Carla abre los ojos despacio, parpadea un par de veces y se queda mirando la nota de la mesita de noche que Julián le ha hecho antes de irse a trabajar, dibujando un corazón y escribiendo un “Te quiero, nos vemos a la tarde”.
Sonríe y se gira, quedándose mirando el techo un momento. No hay remordimiento en su cara, solo una calma extraña, casi serena. Se incorpora despacio, sintiendo el cuerpo pesado pero satisfecho, como después de haber hecho algo necesario y bueno.
Se levanta desnuda, camina descalza por el pasillo hasta el baño, cierra la puerta con suavidad, enciende la luz tenue y se mira en el espejo grande sobre la pica.
Tiene el pelo revuelto, los labios todavía un poco hinchados de besos, en sus muslos quedan restos de semen seco, un brillo sutil entre las piernas. No aparta la mirada con asco ni con culpa, sino que solo observa, como si estuviera comprobando que todo salió bien.
Abre el grifo de agua caliente, moja una toalla pequeña y empieza a limpiarse con movimientos lentos, cuidadosos: primero los muslos, luego entre las piernas, con delicadeza, casi con cariño hacia su propio cuerpo. Mientras lo hace, habla bajito consigo misma, como si estuviera terminando una conversación que empezó anoche.
—No fue hacer el amor… no fue eso —murmura con voz suave, casi cantarina—. Fue… ayudarle. Solo ayudarle a respirar mejor. A dormir sin pesadillas. A levantarse hoy con algo de luz en los ojos.
Se pasa la toalla por el vientre, por los pechos, quitando el sudor seco de la noche. Se mira de nuevo en el espejo y sonríe un poco, una sonrisa dulce, sin malicia. Mientras se enjuaga las manos, prosigue:
—Si Isaac está feliz… Si hoy se levanta y me mira con esa cara de “Gracias por existir”… Julián lo va a notar. Julián siempre nota cuando su amigo está bien. Y si Isaac está bien, Julián estará más tranquilo, más contento en casa. Todo encaja. —Se ríe bajito, como si acabara de resolver un puzzle sencillo—. Es como… como si yo estuviera cuidando de los dos. De los dos a la vez. Sin que nadie tenga que sufrir.
Se moja la cara con agua fría, se seca con la toalla y se queda un segundo con las manos apoyadas en el borde del lavabo, mirando su reflejo. Los ojos verdes brillan con una claridad casi infantil.
—No le estoy poniendo los cuernos a Julián —susurra, convencida—. Le estoy… regalando un amigo más feliz. Un hogar más tranquilo. Eso no es traición. Eso es… amor. Amor de verdad. El que hace que los demás estén mejor aunque no sepan por qué.
Se pone una bata corta de satén rosa que cuelga detrás de la puerta, se ata el cinturón con un nudo flojo y sale del baño. Camina descalza por el pasillo, pasa por delante del salón. Isaac está ahí, sentado en el sofá cama ya recogido, con una taza de café en la mano y el móvil en la otra.
Cuando la ve, levanta la vista. Sus ojos se iluminan al instante, una sonrisa tímida pero genuina se le dibuja en la cara. Carla le devuelve la sonrisa, grande, cálida, como si nada hubiera cambiado… y todo hubiera cambiado para mejor.
—Buenos días, mi vida —lo saluda, desde la puerta, con voz suave y maternal—. ¿Has dormido bien?
El chico asiente, sin apartar la mirada.
—Como nunca en semanas. Gracias… a ti.
La joven se acerca un par de pasos, se inclina y le da un beso casto en la frente, acariciándole el pelo un segundo.
—Me alegro. Mucho. —Se endereza y sonríe—. Voy a hacer café. ¿Quieres tostadas?
Se da la vuelta y va a la cocina tarareando bajito una canción cualquiera. En su cabeza, todo tiene sentido perfecto: Isaac más ligero, Julián más contento al verlo así, y ella en medio, siendo el puente, la que cuida, la que ayuda. Sin culpa. Solo con esa paz suya tan suya, la de quien cree de verdad que está haciendo lo correcto.
***
Víctor Martínez de Font
Nota del autor: Si notáis distinta la manera de escribir, es porque este relato lo he sacado adelante sin revisar mucho la prosa, primando el morbo sobre todo lo demás. Espero vuestros comentarios. Muchas gracias. PD: Lo subo mientras cocino el capítulo 8 de "Rubén & Alba 2", para que no os falte contenido.
· Mi nuevo correo: [email protected]
· Mi X/Twitter: https://x.com/MartinezdeFont_
· Instagram: victormartinezdefont
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Es lo que querías
Descubrir que tu vida íntima es el secreto mejor guardado de tu esposo puede ser devastador... o el detonante de la libertad que siempre buscaste.
Comparte:Infidelidad consentidaCuckoldConexion inesperada
- Hetero: Infidelidad
Vivo de las mujeres decentes-libro 2 (Capítulo 12)
Él le prometió que la dejaría ir, pero ¿qué pasa cuando la libertad duele más que la atadura?
Comparte:Infidelidad consentidaCuckoldMadurez vs juventud
- Hetero: Infidelidad
El baile de las mariposas (II)
Lleva años viviendo al margen del presente, pero un nódulo en el pecho le recuerda que el tiempo no espera.
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion femeninaMadurez vs juventud
- Hetero: Infidelidad
Mi mujer, su amante y yo (2)
La puerta se cierra y el silencio de la casa se llena de susurros ajenos. Él espera, con la erección firme y el corazón en un puño, mientras ella…
Comparte:CuckoldInfidelidad consentidaMadurez vs juventud
- Hetero: Infidelidad
Lorena, unos polvos que me marcaron
La lluvia lo atrapó en la cafetería con una alumna de 18 años que lloraba por su novio. Lo que empezó como consuelo se convirtió en un secreto…
Comparte:Infidelidad consentidaConexion inesperadaMadurez vs juventud
- Hetero: Infidelidad
Marie, la infidelidad del cuarto día de Crucero
Richard dormía a su lado, pero su mente estaba despierta, leyendo los mensajes que revelaban que su placer no fue casual, sino planeado.
Comparte:Infidelidad consentidaCuckoldMadurez vs juventud