Xtories
Interracialfeb 2026

Mi segunda chocolatina

Nayara siempre observaba desde la sombra, mordiéndose el labio mientras su amiga contaba historias prohibidas. Pero esa noche, bajo el bajo eléctrico de un almacén en Lisboa, la sombra decidió salir al frente. Kelson las esperaba, y esta vez no habría vuelta atrás.

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Era finales de octubre de 2016, y el aire de Lisboa ya traía ese frescor húmedo que se te mete en los huesos por la madrugada. Llevaba un mes desde la noche con Kelson en Lux, y aunque intentaba actuar normal en la uni y en el piso, mi cabeza volvía una y otra vez a esa polla enorme, a cómo me había abierto, a cómo me había hecho sentir sucia y deseada al mismo tiempo. Ya no era la misma chica que llegó de España con maletas llenas de ilusiones románticas. Ahora quería más. Quería sentirme desbordada.

Mi compi de piso se llamaba Nayara. Canaria, de Gran Canaria para ser exactos. 22 años, morena de piel como el caramelo quemado, pelo negro liso hasta media espalda, ojos oscuros grandes que siempre parecían estar pensando en otra cosa. Era delgada, casi frágil de figura: cintura estrecha, piernas largas pero finas, tetas pequeñas y firmes que apenas llenaban una copa B. Siempre vestía ropa holgada o oscura, como si quisiera pasar desapercibida. Hablaba poco, observaba mucho. Cuando reía era bajito, casi tímida, pero cuando se soltaba… joder, se soltaba de verdad. Había roto con su novio de la adolescencia hacía tres meses y desde entonces estaba en una especie de modo observación: miraba Tinder, miraba tíos en la calle, pero nunca daba el paso. Hasta que le conté lo de Kelson.

Aquella noche, entre botellas de Super Bock en el balcón del piso en Alfama, le solté todo sin filtro. Cómo me había follado la boca en el baño, cómo me había partido en dos contra el lavabo, cómo había sentido cada chorro caliente dentro. Nayara me escuchaba en silencio, mordiéndose el labio inferior, las mejillas encendidas. Al final solo dijo, con voz muy baja:

—Joder… yo nunca he sentido algo así. Me da envidia.

Yo la miré fijo.

—Pues vente conmigo esta noche. Hay una rave en un almacén en Santos. Dark techno, gente chunga, hasta que amanezca. Si aparece Kelson… te lo presento. Y si no, pues nos buscamos la vida las dos.

Se quedó callada un rato, mirando el Tajo oscuro. Luego asintió despacio.

—Vale. Pero no me dejes sola mucho rato, ¿eh?

Nos arreglamos en el piso. Yo fui directa: body negro de encaje transparente que dejaba ver los pezones y el piercing del ombligo, minifalda vaquera deshilachada que apenas me tapaba el culo, botas altas y eyeliner corrido de antemano. Nayara dudó mucho con el armario. Al final se decidió por un vestido negro ajustado pero largo hasta medio muslo, de cuello alto y manga larga, pero con una espalda casi al aire que dejaba ver su piel morena perfecta. Tacones bajos, pelo suelto, un poco de brillo en los labios. Parecía una versión tímida y elegante de una chica que va a devorar la noche sin que nadie lo espere.

Llegamos al almacén sobre las 2:50. La cola era corta, pero intensa: máscaras, vinilo, piercings, olor a porro y sudor. Entramos y el bajo nos aplastó. Dark techno industrial, kicks que te masajeaban el estómago. Nos metimos a la pista. Yo bailaba sin vergüenza, brazos en alto, culo moviéndose. Nayara al principio se quedó más atrás, moviendo solo las caderas, mirando todo con esos ojos grandes. Pero poco a poco se fue soltando. Bailábamos pegadas, su cuerpo delgado contra el mío, riéndonos bajito.

No tardó en aparecer Diogo. Portugués, pelo largo recogido, tatuajes en el cuello, unos 26. Se puso a bailar cerca de mí, rozándome sin invadir. Le seguí el juego. Nayara se apartó un poco, pero no se fue; se quedó mirando, mordiéndose el labio.

Diogo me cogió por la cintura.

—Olá, morena. Danças muito bem.

—Tu también —le contesté, pegándome más—. ¿Quieres más que bailar?

Sonrió, me miró los labios.

—Quero tudo.

Le dije a Nayara al oído:

—Voy un rato con él. Quédate cerca, ¿vale? Si me necesitas, silba o algo.

Ella asintió, nerviosa pero excitada. Diogo me llevó detrás de unas cortinas de plástico a una zona de sofás rotos. Me sentó en uno, me levantó la falda y me quitó las bragas despacio, como si estuviera desenvolviendo un regalo.

—Estás molhada… —murmuró, metiendo un dedo—. Caralho, molhada pra caralho.

Me comió el coño con hambre. Lengua plana en el clítoris, dos dedos dentro curvados. Me corrí rápido, apretándole la cabeza, gimiendo contra mi brazo. Luego se puso de pie, se bajó los pantalones. Polla gruesa, venosa, cabeza brillante. Me la metió en la boca, follándome la garganta despacio al principio, luego más fuerte.

—Engole… assim… boa menina.

Me puso a cuatro patas en el sofá. Me penetró de una embestida. Dolió rico. Me folló duro, agarrándome las caderas.

—Gostas? Diz-me.

—Sim… fode-me mais… —jadeé.

Se corrió dentro, gruñendo. Salí con las piernas flojas, semen goteando por los muslos. Nayara me esperaba cerca de la barra, con una cerveza en la mano y cara de no saber dónde meterse.

—¿Bien? —preguntó bajito.

—Rápido y lleno —contesté riendo—. ¿Tú?

—He estado mirando… —admitió, sonrojada—. Me ha puesto mala verte.

Sobre las 5:40, cuando la fiesta ya olía a amanecer pero seguía latiendo, lo vi. Kelson. En el centro de la pista, bailando con esa soltura animal. Camiseta negra sin mangas, brazos tatuados sudados, piel chocolate con leche brillando bajo las estroboscópicas. Nuestras miradas chocaron. Sonrió de lado, esa sonrisa que me deshacía.

Se acercó sin prisa.

—Olá, miúda. Voltaste —dijo grave, voz ronca por el humo.

—No podía olvidarte —contesté, acercándome—. Y traje compañía.

Se giró hacia Nayara. La miró de arriba abajo, lento, apreciando.

—E tu és…?

—Nayara —dijo ella bajito, sin apartar la mirada—. La amiga.

Kelson sonrió más amplio.

—Prazer, Nayara. Gostas de dançar?

Ella tragó saliva.

—Un poco… sí.

La cogió de la mano con suavidad, luego a mí de la otra.

—Vem comigo. As duas.

Nos llevó a un rincón oscuro junto a unas columnas. Pared fría. Humo denso. Bajo retumbando.

Primero me besó a mí, profundo, lengua invadiendo. Luego se giró hacia Nayara, le levantó la barbilla con dos dedos.

—Posso? —preguntó bajito.

Ella asintió, temblando un poco. La besó lento, exploratorio. Nayara gimió bajito contra su boca.

Kelson me miró.

—Tira o vestido, loira. Quero ver.

Nayara se quitó el vestido despacio, quedando en tanga negro y sujetador a juego. Piel morena perfecta, cuerpo delgado temblando.

Kelson se bajó la cremallera. Sacó esa polla que yo recordaba en sueños: larga, gruesa, curvada, venosa, cabeza oscura e hinchada.

Nayara abrió los ojos.

—Dios… —susurró—. ¿Eso entra?

—Vai entrar —dijo Kelson, riendo bajito—. Vem cá.

Me arrodillé primero. La lamí despacio, saboreando el precum salado. Nayara se arrodilló a mi lado, tímida al principio. Lamimos juntas: lenguas rozándose, besándonos alrededor de la polla. Kelson gruñó.

—Foda-se… as duas… assim…

Luego me puso contra la pared, me levantó una pierna y me penetró despacio. Gemí alto.

—Joder… otra vez… me partes…

—Calma… aguentas tudo —susurró, empezando a moverse profundo.

Nayara se acercó, me besó el cuello, me pellizcó los pezones. Luego se arrodilló y lamió donde se unían: mi clítoris, sus bolas.

—Sabe… a los dos —murmuró, voz ronca.

Kelson me folló más fuerte. Me corrí temblando, chorros bajando por sus muslos.

Luego le tocó a ella. La puso a cuatro patas contra la columna. Se frotó primero, cubriéndose de mis jugos. Empujó despacio.

Nayara jadeó.

—Es… demasiado… despacio…

—Respira, miúda. Vais gostar —dijo Kelson, entrando centímetro a centímetro.

Cuando estuvo dentro del todo, ella soltó un gemido largo.

—Joder… me llena… me llena entera…

Kelson empezó a moverse. Yo me puse delante, le metí la lengua en la boca mientras él la follaba. Luego me senté en el suelo delante de ella, abrí las piernas. Nayara me comió el coño mientras Kelson la embestía por detrás.

—Diz que és minha… as duas —gruñó Kelson.

—Sou tua… —jadeó Nayara—. Fode-me… mais…

Se corrió apretándolo, temblando, gemidos ahogados contra mi coño. Kelson aceleró, se vació dentro de ella con un rugido.

Al final volvimos conmigo. Me levantó, piernas alrededor de su cintura, me folló contra la pared mientras Nayara lamía desde abajo. Me corrí gritando, él se corrió dentro otra vez, chorros calientes rebosando.

Salimos al amanecer, los tres pegados, oliendo a sexo y sudor. Caminamos por el muelle. Nayara me cogió la mano, voz muy bajita.

—Gracias… por traerme.

Kelson nos miró a las dos.

—Próxima vez… na minha casa. Cama grande. Sem pressa.

Yo sonreí, con el cuerpo dolorido y lleno.

—Hecho.