La brecha orgásmica
Tina cree que el sexo con hombres es una ficción diseñada para su frustración. Pero Jasán no tiene prisa por terminar, y ella empieza a dudar de sus propias certezas cuando sus dedos encuentran el camino exacto hacia su clímax.
Llegaron a la casa. Tina cerró la puerta —necesitó pensar un momento antes de decidirse a cerrar sin llave. Las llaves trinaron al caer en el cenicero de metal que usaba como portallaves.
Avanzó por la sala diminuta y luego se giró a ver a… ¿Hassan? ¿Jasán? ¿Jasón? ¡Por qué nunca se acordaba de ese tipo de nombres! Comoquiera que se llamara, el hombre le devolvió la mirada y, así, sin decirse nada ni hacer ningún momento, se quedaron tensos, sonriéndose el uno al otro. Cada tanto, por el cansancio de las pupilas, pero también por cierta urgencia alegre, por cierta felicidad impaciente, los ojos caían, y Tina y… Jasán se veían discretamente el cuerpo del otro.
Él tenía el pelo negro, tupido y muy rizado, más corto en el fleco y con largos remolinos cayéndole alredor de la nuca. Sus ojos eran verdes y cafés, como un tabique musgoso. Sus labios no eran prominentes, sino más bien estrechos, pero tenían un cierto brillo seductor. Su piel aceitunada se veía tersa y limpia; parecía como si acabara de salir de un baño cariñoso y reparador. Un coqueto lunar resaltaba en su mejilla izquierda y le daba un encanto ligeramente femenino. Las borrosas patas de gallo y las suaves arrugas de su sonrisa hacían imposible que Tina pensara en él como “un chico” (categoría que, en nuestra generación, es muy vaga, y que se extiende bastante más tarde que la mayoría de edad). Debía tener un par de años más que ella, pero despedía una confianza madura y enérgica. Vestía un pantalón caqui con un saco verde, ceñido a su pecho. Tina estaba disfrutando esta inspección, cuando Jasán se quitó el saco y le pidió permiso para colgarlo en el perchero. Debajo, Jasán sólo usaba un suetercito negro como si fuera una camisa, y por debajo de la tela se podía ver la fuerza de sus brazos y de su espalda.
Mientras lo veía colgar su saco, Tina pensaba. Incluso cuando Jasán había desviado la mirada para verla, había evitado mirar su pecho. ¿Por qué? Tina salió ese día con un pantalón de vestir negro, que le daba a cada una de sus piernas una apariencia triangular. Y, para combinarlo, había elegido una blusa azul, con flores amarillas y blancas, y con un largo cuello en V. La cintura se amarraba por atrás, quedando muy justa. Quizá la idea de esta prenda era el contraste: la cintura amarrada, mientras que el pecho quedaba suelto haciendo pequeños pliegues que cubrieran lo que el cuello en V mostraba. Pero eso no pasaba con Tina, que llenaba el pecho sin ningún problema. Para ella, era sencillamente una blusa ajustada.
A Tina no le gustaba exhibirse. Había elegido esa prenda por gusto y por desafío. Por gusto, porque la hacía pensar en un kimono festivo, y esa noche había luna llena. Mientras descolgaba la blusa, Tina iba recordando un haikú que decía “Este kimono / ¿se hizo para mis pechos? / Luna en otoño”. Le gustaba sentirse parte del paisaje… o más bien, de ese paisaje imaginario que vive en nuestras expectativas.
Y sí, tenía un busto grande. A veces pensaba que era anormalmente grande. Y esto tenía un efecto extraño en los hombres —o eso percibía Tina. La lascivia de los hombres le parecía más hostil y más grotesca, cuando iba dirigida hacia ella y no hacia sus amigas más lindas (según ella), pero menos voluptuosas. Tina reflexionaba así: “si la hermosura de una mujer da cierta autoridad y control, mis pechos me hacen menos hermosa, puesto que hacen que los hombres me desprecien un poco cuando me desean”. Pero luego decía “no: la lascivia siempre es la misma. El problema es de esos imbéciles, no mío”. Y, como desafío a esa lascivia odiosa, se ponía una blusa como la que había elegido.
El problema de ese desafío, pensaba Tina, mientras Jasán se daba la vuelta y le devolvía la sonrisa, era precisamente una situación como esta. ¿Jasán evitó mirar su pecho por cortesía o por desdén?
¿Por qué había pensado que la noche saldría bien? Había encontrado un hombre guapo entre los amigos de sus amigos. Los habían presentado. Él la había invitado a tomar algo más en privado. Ya en el bar, congeniaron bien: escuchaban música parecida, leían autoras parecidas, en política ninguno de los dos tenía mucha esperanza de nada. Sus rasgos y ciertos manierismos le sugerían a Tina que sus padres no eran mexicanos y, en el mundo de Tina, la extranjería es una especie de sensualidad. En la calle se besaron. Él besaba bien: lento, emotivo, ¡seco, a Dios gracias!, cambiando de posición cada tanto para hacerla girar la cabeza. Cuando él le tocó el cuello, ella empezó a humedecerse.
Y ese día, Tina tenía casa sola. Su compañera Lucy pasaría unas semanas con su padre enfermo. Antes de irse, Lucy le había dicho:
—Deberías traer a alguien que te haga compañía.
—Yo soy hétero, Lucy —le contestó Tina. —No me gusta mucho la idea.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—¿Qué no has oído hablar de la brecha orgásmica?
Con paciencia, Tina le explicó que los hombres llegan al orgasmo en la abrumadora mayoría de sus encuentros sexuales, pero que las mujeres apenas lo logran menos del 30% de las veces.
—¿Tú alguna vez has fingido un orgasmo? —le preguntó Tina.
—No.
—¿Has estado con un hombre?
—Bueno… no. Sólo con Paola, y con la chica con la que salía antes.
—Allí está: el sexo con los hombres es básicamente una ficción.
Luego, continuó explicándole que la brecha es peor en el sexo casual, porque los hombres están aún menos interesados en complacer a chicas a las que, muy en el fondo, consideran como “busconas”.
¿Por qué había invitado entonces a Jasán? No saberlo empezaba a incomodarla. Ambos se sentaron en el sillón, pero Tina se levantó casi de inmediato.
—¿Quieres café? —preguntó Tina.
Él negó con la cabeza. La situación no avanzaba.
—A ver, a ver, no sé qué estamos haciendo.
—Lo que tú quieras —dijo él, sonriendo.
—Pues yo quiero que nos acostemos —concluyó Tina, con una voz más llena de impaciencia que de certeza.
Jasán se echó a reír.
—Ven. Siéntate —le dijo, extendiendo una mano sobre el respaldo del sillón
Tina se sentó donde Jasán le había indicado. Él la tomó del hombro y le sonrió.
—¿Puedo besar tu mejilla? —le preguntó.
Tina hizo una mueca difícil de definir (¿estaba sorprendida o desesperada?) y finalmente asintió.
Cuando Jasán empezó a besarle la mejilla, tomó una de las manos de Tina. Con una mano estrechaba su palma y con la otra acariciaba ligeramente su dorso. Tina comenzó a excitarse y a temblar delicadamente. Gimió bajito como una paloma, justo antes de necesitar girar el cuello para besar a Jasán. Cuando éste notó que Tina quería besarlo, la dejó. Le dio un solo beso profundo y muy cargado, mientras su mano se posaba en la nuca de ella. Luego, se separó del beso y fue acariciándole el cuello y jugando con su cabello.
—Vamos a mi cuarto —le dijo Tina.
—¿Por qué? —contestó Jasán. —¿No dijiste que tenías casa sola? No te apures tanto.
Jasán empezó a acariciarle los brazos, lento y superficialmente. Le preguntó a Tina si le molestaba, y ella solamente negó, porque aún no sabía cómo reaccionar. Luego él puso la mano sobre su rodilla. Volvieron a besarse y Jasán subió poco a poco su caricia por el muslo. Cuando Tina necesitaba espacio para respirar, Jasán acariciaba la oreja de ella con su nariz, evitando respirar, y le daba pequeños besos en las sienes.
—Hace calor aquí, ¿no? —dijo Tina, abanicándose con una mano.
—Algo, algo. ¿No quieres quitarte los pantalones? Me gustaría acariciar tus piernas.
—¿En la sala? —gritó ella, un poco ofendida por la oferta.
—¿Qué tiene? —fue toda la respuesta de Jasán
Ahora Tina se sentía ridícula de no hacerlo. ¿Qué era tan raro nunca haber tenido sexo fuera de la privacidad de un cuarto? Se quitó los pantalones y quedó en una ropita interior de encaje azul plomizo. Mientras se quitaba los pantalones, se tocó rápidamente y comprobó que su ropa interior había comenzado a mojarse, así que cerró las piernas.
Ahora fue Jasán quien buscó besarla. Devoró sus ojeras y sus sienes. Cuando pasó a su cuello, Tina empezó a gemir. Jasán seguía acariciando sus muslos. Mientras Tina más se excitaba, más abría las piernas. Jasán no tomaba ese espacio de inmediato, esperaba que la guardia de Tina hubiera bajado y se iba acercando poco a poco a su centro.
—Ay… quiero que me toques. Quiero que me masturbes… pero no en la sala, por favor. Se manchará mi sillón.
Jasán se levantó un momento y le ofreció la mano a Tina para que ella también se incorporara. Ella creyó que iba a ir al cuarto, pero él caminó al perchero. Tomó su saco verde y lo echó sobre el sillón. Luego se quitó el suéter negro que aún traía y lo puso sobre el saco.
Allí quedó Jasán, con los brazos macizos, más claros que la tez de su cara, con su torso fino y fuerte, con el músculo que separaba el diafragma del pecho palpitando con la fuerza de una excitación contenida.
Tina entendió lo que quería Jasán y se sentó sobre su suéter. Había algo de sucio… pero también de caballeroso, en que Jasán quisiera tanto masturbarla en la sala como para dejar que se manchara su ropa.
Él se sentó nuevamente en el sillón. Acarició otra vez su rodilla. La besó. Subió otra vez con toda calma por sus muslos. Tina jugó a repetir otra vez su lenta, muy lenta apertura de piernas, antes de dejar que Jasán le tocase la vulva. Había algo en esa actuación de chica difícil que le gustaba mucho.
Cuando él finalmente la tocó, Tina ya estaba completamente hecha agua. Él se asombró de ver que no tenía que darse un momento para distribuir la humedad de Tina a lo largo de su vulva: ya estaba completamente húmeda. Así, se dio un momento para acariciar los labios y para jugar con la entrada. Y luego, con dos dedos presionó por los lados el clítoris.
Entonces introdujo dos dedos. Buscó el punto que más le gustara a Tina y se quedó allí, tocándola por dentro, mientras que su muñeca se encargaba de apoyarse cerca del clítoris y moverse ligeramente hacia él. Sólo cuando notó que Tina cerraba los ojos y se entregaba al disfrute, se puso encima del clítoris y lo acarició con cuidado.
Tina empezó a respirar vocalizando, a gemir con vocales. Jasán entendió que era el momento. Aceleró el movimiento interno de los dedos y, cuando Tina se contrajo, apretó con cierta fuerza desde dentro la vagina, mientras que con su muñeca hacía temblar el clítoris.
Después de su orgasmo, Tina besó a Jasán con intensidad y casi le muerde con fuerza el labio inferior. Cuando Jasán se separó de ella, le sonrió y le acomodó el cabello, luego giró la cara, como para verla desde otro ángulo.
—Te ves menos tensa —le dijo. —Y estás preciosa.
Tina se puso colorada y Jasán se arrodilló. Le sonrió, como si le gustara el nuevo ángulo desde el que la veía a los ojos. Luego, su mirada fue bajando y se instaló en sus piernas. Las acarició justo como había hecho al principio, y fue acercando su cara al sexo de Tina.
—No, no, espérame —lo detuvo Tina, tratando de cerrar la piernas. —Estoy delicada.
—Voy a ser muy lento —le contestó Jasán. —Si no te gusta, paramos.
La rosa de Tina, después de un orgasmo, tenía un color y una forma especial. Los labios externos, distendidos, caían arrugados a cada lado de la vulva, y ofrecían una imagen un poquito otoñal. Jasán se acercó, ladeó la cara y besó delicadamente uno de ellos. Tina se contrajo de placer; aunque no había recuperado la sensibilidad por completo, los labios sobre su vulva siempre la excitaban.
Jasán besó estos labios, primero de un lado y luego del otro. Los prensaba entre los labios de su boca como quien detiene una hoja de papel o como quien saca los últimos sabores del hueso del mango. Se tomaba su tiempo y disfrutaba de la humedad lúbrica que tienen estos labios, sin el sabor amargo intenso del resto de la vulva. Mientras los besaba, Tina iba recuperando la sensibilidad después de su orgasmo, y podía notar como iba disfrutando más, mientras más tiempo pasaba.
Los labios internos de Tina tenían una imagen mucho más fluida. Eran de un rosa mexicano, un poquito pálido. Jasán fue directo al centro y besó la vulva por debajo de la entrada de la vagina, luego fue subiendo y llegó a la entrada. Metió la lengua un par de veces y sintió como la estrechez de Tina le oponía una juguetona resistencia.
Mientras hacía todo esto, masajeaba las piernas de Tina. Sin embargo, poco a poco sus manos se habían ido acercando hacia la entrepierna y ahora Jasán cambió su boca por un dedo cordial. Lo insertó en la vagina, mientras el índice y el cordial subían hasta el clítoris y lo presionaban desde ambos lados. Así presionado, Jasán se acercó a él. Primero le sopló un poquito. Luego le dio unos ligeros besitos. Finalmente lo puso entre sus labios, ocultó en ellos los dientes y lo fue succionando poco a poco.
Tina no quería aplastar la cara de Jasán entre sus piernas, así que las tenía bien abiertas. Si necesitaba contraer la piernas, pasaba esa tensión a sus brazos y, con ambas manos, acariciaba la cabeza de Jasán y le sugería un ritmo que él seguía a medias. De pronto lo rompía para sorprender a Tina con algún movimiento extraño con la lengua: de pronto redondeaba el clítoris, le besaba un muslo o amenazaba con meter la lengua a la vagina, junto con el dedo.
Justo como cuando la había masturbado, Jasán encontró el espacio rugoso que a Tina le gustaba detrás de su pelvis y se puso a estimularlo. Entre los besos, la presión a los lados del clítoris y el dedeo tan exacto de Jasán, Tina ya no pudo más: cerró las piernas en torno a las sienes de él y le acabó en la cara. Jasán sintió en el dedo que la exploraba como su vagina se contraía y sonrió al alejarse.
Por un momento los dos se quedaron sentados en el sillón. Luego, Tina, fingiendo molestia, se levantó. Le fallaban las rodillas, pero aún así no se detuvo mientras decía:
—Ya fue mucho de esto aquí. Yo me voy a mi cama. Si quieres venir, pues bienvenido —le dio la espalda mientras caminaba para allá, desnuda de la cintura para abajo.
Jasán rió porque la imagen del culo de Tina alejándose era una imagen a la vez tierna y erotiquísima. Tomó su saco y su suéter, y la siguió. Encendieron la luz y Jasán pensó que no había en el cuarto absolutamente nada fuera de lugar: la ropa de cama doblada, los zapatos en un zapatero, la ropa acomodada a todas luces por el grosor de su tela y por su color. La cama vacía de Lucy le dio a Jasán una curiosidad morbosa, pero no dijo nada.
Cansada, Tina se sentó en su cama. Vio a Jasán muy profundamente, con ojos de orden, y le dijo:
—Ya es hora de ver lo que traes para mí.
Con toda calma, él se soltó el cinturón y lo enrolló. Se lo acomodó bajo el brazo mientras se bajaba el pantalón y lo doblaba. Desesperada, Tina misma se agachó a bajarle la ropa interior y salió finalmente el miembro.
Jasán se había recortado el vello hacía tiempo, lo que acentuaba bastante el tamaño de aquello. El prepucio de un color casi negro, contrastaba con glande, circular y palpitante, de color rojo inyectado. Una vena enorme atravesaba el costado derecho y el líquido preseminal delataba que Jasán, pese a su cara de paciencia, en realidad estaba bastante urgido.
Tina tomó el pene con fuerza e hizo que se acercara a la cama. El pene era bastante grueso y (quizá) era el más largo con el que Tina había estado. A ella le parecía que eso, en general, hace muy poca diferencia, pero sabía que a los hombres de buenas dimensiones les gusta recibir halagos, así que jugó a compararlo con la extensión de su antebrazo y con el grosor de su muñeca
Es más, incluso cuando se tendió de espaldas, con los dedos de los pies bien agarrados al borde de la cama, incluso dijo con coquetería:
—Ay… está muy grande. No sé si me vaya a entrar…
Y a continuación, ella misma puso el glande de Jasán justo en la entrada de su vagina. Él se alarmó y fue a buscar el condón que tenía en el bolsillo del saco. Tina rió.
Ella fingía al decir “no se si me vaya a entrar”, por supuesto. Pero al fingir, estaba recordando cuándo fue la última vez que de verdad había pensado eso. Fue la primera vez que la habían penetrado. Era Rogelio, su novio de aquel entonces.
Estaban en casa de él. Ella estaba húmeda porque quería hacerlo: quería darle gusto a él, quería saber cómo se sentía, quería ser experimentada y sabia. Durante diez minutos, él le agarró el culo y los senos como si fuera un pulpo, le mamó los pezones con las ventosas de sus labios e intentó, con mucha torpeza, masturbarla. Después de descubrir que era demasiado torpe como para complacerla con la mano, dejó de intentarlo. Durante un momento la frustración se le convirtió en molestia, pero luego volvió a sabrosearle los pechos y se le olvidó. Sacó el pene y se puso un condón. Rogelio no le preguntó a Tina si quería, pero ella le aclaró que sí. Se le puso en misionero y le metió el glande. Hay que decir que fue considerado: se la metió muy lento (aunque más para disfrutar con calma de desvirgarla, que para cuidar de su dolor). Y, cuando estuvo completamente adentro, ya no sacó el pene en lo absoluto: se le restregó de un lado a otro, en círculos, de adelante hacia atrás. Hundió la cabeza en la almohada, a lado de la cabeza de Tina, respirándole y jadeándole en la oreja. Cuando Rogelio sintió que iba a tener un orgasmo, salió como un rayo del interior de Tina, la obligó a quedarse tendida, se subió al pecho y le puso el pene entre los pechos. Volvió a sabrosearse los senos de Tina, con la diferencia de que ahora también se estaba masturbando entre ellos.
—Ay, mi amor —le dijo con lascivia. —Tienes unas tetas de diosa.
Y lanzó su blanco vigor en las clavículas de Tina. Ella rompió a llorar. Él terminó con ella poco después de eso.
Pero Jasán no fue así. Después de ponerse el condón le preguntó:
—¿Estamos ambos bien con esto?
—Sí —dijo Tina, ya un poco apresurada.
—¿Quieres decirme algo de cómo te gusta?
—¡Métela, por el amor de Dios! —le espetó ella.
Jasán rió. Casi de inmediato, Tina se dio cuenta de que en realidad le encantaba que le preguntaran eso, y que no debió responder así. Cuando Jasán estaba empezando a penetrarla, le dijo:
—Primero la punta... un meter y sacar lento. Luego hasta la mitad, igual, lento. Y allí te quedas.
Jasán hizo como Tina le pedía. Ella estaba bastante estrecha, así que él podía usar su cara, adolorida, para saber qué ritmo tomar.
—Siento más en la entrada… por eso me gusta sentir cómo el glande se vuelve a meter —le dijo ella, de pronto.
Él empezó a jugar, pues, con la entrada de la vagina. Pasaba el glande por la vulva y, llegado a la entrada, la penetraba un poquito. Tina se iba excitando más y más, y llegó a cruzar las piernas para evitar que Jasán saliera.
—Ya… ya… —gemía. —Ya puedes metérmela más.
Pero Jasán se dio a desear todavía unos segundos más. Y luego, de pronto, empezó a cavar en el interior de Tina hasta llegar a la mitad. Conforme avanzaba, Tina se estrechaba y para cuando llegó a la mitad, dio entre un gemido y un pequeño grito.
—¿Todo bien?
—Sí. Quédate allí —le dijo ella.
Empezaron a besarse. Jasán acarició la cadera de Tina. De forma automática, el pene se fue colando más profundamente. Tina rompió el beso para ver cómo la penetraba Jasán. Cuando faltaban un par de centímetros para que estuviera toda, Tina sintió que algo la tocaba en el fondo.
—Hasta allí llego yo. Si me la metes más me vas a lastimar.
—Entiendo.
A partir de allí Jasán empezó a penetrarla con un ritmo tierno y cuidadoso. Controlaba muy bien su tamaño para no lastimar y besaba a Tina mientras se la cogía. Ella pensó que no se la estaba pasando nada mal y que, probablemente, este era el mejor sexo casual que había tenido. Cuando estaba en esas reflexiones, sonriendo muy satisfecha, Jasán le dijo:
—¿Empezamos?
—¿Cómo que “empezar”? —contestó ella, extrañada.
Entonces Jasán empezó a acelerar. La ternura y los besos no desaparecieron, pero Tina sintió una ráfaga de excitación apoderándose de sus piernas, sintiendo como Jasán se apoderaba de ella al entrar y la dejaba carente y anhelante al salir, en un ciclo que duraba menos de un segundo.
—Sí, sí, “empiézame”. Qué bueno que empezaste. No dejes de empezarme —le gimió Tina.
Después de excitarse con su propio diálogo, Tina ya no podía pensar en nada. Respiraba inflando las mejillas, agarrándose como podía a la cama. Estaba sobrecogida y no sabía ni a dónde mirar. No vio siquiera de dónde le llegó el orgasmo. Y Jasán no parecía haber notado lo que había pasado. ¿Debería haberlo notado?
—Yo… yo… —empezó a balbucear Tina, pero no pudo terminar su diálogo porque Jasán la miraba sonriendo y, ante esa sonrisa, ella ya no sabía qué quería decir.
Así pasaron unos momentos, hasta que de pronto, Jasán, que había estado con los pies apoyados sobre el piso y penetrándola en el filo de la cama, de pronto detuvo su cadera y se quedó con el pene dentro de Tina.
—¿Terminaste? —le preguntó Tina a Jasán
—No, no. Sólo necesito un segundo de descanso.
¡Descanso! Sí, por fin Tina tenía una oportunidad de retomar las riendas del asunto. Estaba apenada de haber estado sobrecogida. Necesitaba verse sensual, verse… no tan complacida. Tina deshizo la penetración, se acostó boca abajo en la cama, abrió la piernas y levantó un poco el trasero, de manera que Jasán pudiera ver bien su vulva.
—Métemela así —le dijo.
Jasán se olvidó a instante de su descanso, se subió a la cama de rodillas y la penetró. Mientras se la cogía así, tomó con cada mano una de sus nalgas y fue atrayéndola hacia sí mismo para penetrarla con mayor facilidad. A Tina le encantaba sentir que un hombre que se había preocupado tanto por complacerla, también podía tomarla, moverla. Le gustaba sentir cómo Jasán estaba disfrutando de sentir su trasero en cada embestida.
Pero había algo que no le terminaba de gustar a Tina: necesitaba sentir más. Por eso se sostuvo en una sola mano y coló la otra por debajo de su torso: llegó a su clítoris y empezó a masturbarse. Ambos sintieron cómo Tina se estrechaba alrededor del pene de Jasán, quien dio un bufido.
—Lo siento —dijo ella, y dejó de masturbarse.
—No, no. Sigue. Me encanta así —le contestó él.
Y Tina siguió. Mientras se masturbaba, sentía los testículos de Jasán golpear contra sus dedos. En uno de esos golpes, atrapó el escroto y se lo restregó contra la vulva. Al sentir esa nueva textura y sentirse pervertida, se contrajo de golpe, pero ya no perdió sensibilidad. ¿Eso hacía sido un orgasmo? Estaba muy confundida.
De pronto pasó lo que, en secreto, Tina había estado esperando. Jasán dejó de apoyarse en su trasero: se inclinó, le metió las manos y le agarró el pecho por encima de la ropa. Para ese momento, Tina estaba demasiado excitada como para pensar en quitarse el brasier… y si a Jasán le gustaba así, ¿qué importaba?
—¿Intentamos otra posición? —le preguntó Jasán.
Tina asintió con fuerza. Jasán la recostó de lado, tomó sus tobillos con una mano y dejó sus piernas en vilo. En esa posición, la vulva de Tina se veía por debajo de sus piernas. Jasán se dejó caer sobre ella y la penetró de golpe.
Empezó a darle con todo, justo en el punto en el que a Tina le gustaba que la masturbaran. Y no paró. Aprovechando la fuerza del rebote que le daban el trasero de Tina y los resortes de la cama, Jasán se había ganado un ritmo hipnótico. Tina ni siquiera se dio cuenta de que, aunque al principio del coito sólo le había entrado poco más de la mitad del miembro, ahora Jasán se la estaba metiendo entera. A Tina le gustó cómo sonaba ese diálogo en su cabeza y dijo:
—Ay… ya me la estás metiendo entera.
Jasán se limitó a sonreírle con ternura.
Cuando Tina tuvo otro orgasmo, se le voltearon los ojos. Jasán le bajó las piernas a la cama, las abrió y la empezó a penetrar de misionero. Pero Tina ya no estaba con él. Justo cuando él le iba a sugerir que pararan, Tina le quitó la palabra de la boca:
—¡Ya no más, por favor! Me he corrido tanto que ya no siento nada. Creo que me voy a rozar.
—Está bien, discúlpame —le dijo Jasán, preocupado, mientras se detenía.
Un impulso de ese servilismo que la sociedad impone a las mujeres se apoderó por un momento del corazón de Tina, y buscó cómo compensar a Jasán.
—Puedes acabar en mis pechos —le dijo.
—Es una linda oferta —le dijo él, sonriendo.
Sin sacar aún el pene del interior de Tina, Jasán subió por fin la blusa, ya suelta. Por el movimiento, los pezones de Tina habían salido un poquito de su compacto brasier de encaje azul. Jasán acarició el costado de uno de los pechos de Tina como si estuviera acariciando su mejilla. Bajó la cabeza, para darles a los pezones un beso como el que le había dado, tiernamente, a la boca de Tina.
Luego, con la boca sobre los pechos de Tina, la embistió sólo tres veces más y tuvo un orgasmo.
—¿Lo puedo sacar? —preguntó él.
Ella no dijo nada, porque estaba exhausta. Casi ni notó cómo él tiró el condón y se limpió el miembro. Tina había puesto el brazo sobre su cara, para taparse la luz y el mundo. Jasán se acostó junto a ella, desnudo. A Tina le pareció que de pronto iba a prender un cigarro y a hablar sobre la vida y el amor, como en una película francesa.
Pero no. De pronto, Jasán le acarició el hombro. Tina, entre delicada y excitada, bufó como relincha un caballo.
—¿Todo bien? —le preguntó él, preocupado por el extraño sonido.
Tina se cubrió las manos con la cara. Estaba roja de vergüenza. No por los orgasmos que había tenido, sino porque estaba considerando decirle a un hombre que por fin, por primera vez en su vida sexual, la había pasado bien. Tomó aire y preguntó:
—¿Has escuchado de la brecha orgásmica?
Jasán rompió a reír:
—Y la he saboreado también —dijo, mientras ponía su mano cariñosamente sobre la vulva desnuda de Tina.
Ella rió, molesta pero enternecida.
—Eres un tonto.
Puso su cabeza sobre el pecho de él y se fue quedando dormida.
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