Cornudo consentido II
Él sabe que está cruzando la línea, pero el peso de su deseo es más fuerte que la culpa. Y él, desde el sofá, no solo lo permite: lo exige.
Capítulo 2: Los masajes se vuelven rutina (Septiembre 2025)
Septiembre 2025. Andorra la Vella.
Las semanas siguientes fueron un lento y calculado aumento de la tensión. Raúl ya caminaba por la casa con más seguridad, más cínico, más caradura, pero siempre dentro de esa línea fina de “solo estamos jugando en familia”. Andrés seguía dándole total libertad y Karla lo aprovechaba al máximo.
Los masajes se volvieron casi diarios. Karla empezaba la queja a media tarde con voz mimosa:
—Amor, otra vez me duele la espalda… ¿Raúl puede darme un masajito? Solo para relajarme.
Andrés, sin levantar casi la vista, respondía siempre lo mismo:
—Claro, amor. Es bueno para ti. Raúl, atiéndela cuando quiera. Yo estoy aquí por si necesitan algo.
Karla se acostaba boca abajo en la camilla solo con tanga, y Raúl empezaba con aceite. Al principio las conversaciones eran normales, pero pronto Karla empezó a meter charlas mucho más calientes, con tono inocente y curioso.
Una tarde, mientras Raúl le amasaba los glúteos con fuerza, Karla preguntó de repente:
—Raúl… ¿puedo hacerte una pregunta tonta? ¿A los chicos les duele mucho cuando se les pone dura? O sea… cuando están empalmados mucho rato. Mis amigas me cuentan que a veces les duele.
Raúl tragó saliva. Su verga ya estaba completamente dura dentro del pantalón, marcándose de forma brutal.
—Pues… sí, a veces duele bastante —respondió con voz ronca—. Se acumula mucha sangre y… se pone pesada, sensible.
Karla soltó un gemidito cuando él apretó una nalga.
—Qué interesante… ¿Y la leche? Mis amigas dicen que el sabor cambia según el chico. Una dice que es salada, otra que es más dulce si comen fruta… ¿tú qué opinas?
Raúl apretó más fuerte, la verga palpitándole dolorosamente contra la tela.
—Depende… algunos dicen que es más espesa y con más sabor cuando uno está muy excitado.
Andrés, desde el sofá, solo escuchaba y sonreía de vez en cuando sin intervenir.
Día tras día las conversaciones subían de tono. Karla preguntaba sobre cuánto duraban las erecciones, cuánta leche salía, si a los chicos les gustaba que les miraran la verga dura, experiencias que supuestamente le contaban sus amigas… Todo mientras gemía por los masajes y se mojaba visiblemente el tanga.
Las erecciones de Raúl eran evidentes y dolorosas. La verga se le marcaba gruesa y larga contra el pantalón, a veces hasta mojando la tela con precum. Al principio Karla fingía ignorarlas completamente. Pero después de varios días empezó a notarlas más.
Una tarde, mientras Raúl le masajeaba los muslos internos y su verga rozaba “accidentalmente” la pierna de Karla, ella giró un poco la cabeza y dijo con voz dulce:
—Raúl… se te nota que estás muy incómodo. Esa erección se ve que te duele. ¿Por qué no te empelotas? Así estás más cómodo. ¿Verdad que no te molesta, amor?
Andrés, desde el sofá, respondió sin pensarlo dos veces:
—Claro que no. Si así está más cómodo para dar el masaje, adelante, hermano. Estamos en confianza.
Raúl, ya sin vergüenza, se quitó el pantalón y la camiseta. Su verga saltó libre, enorme, morada, completamente empalmada y goteando precum. La punta brillaba y la verga palpitaba con cada latido.
—Gracias… de verdad duele menos así —dijo con tono cínico.
A partir de ese día, Raúl masajeaba completamente desnudo. Y poco a poco, “sin querer”, empezó a rozar su verga caliente y dura contra la piel de Karla.
Primero fueron los pies: al masajearle las pantorrillas, la verga se apoyaba sobre sus plantas. Luego las piernas: la polla pesada se deslizaba por los muslos internos, dejando un rastro de precum brillante. Después el abdomen y la espalda baja: cuando Karla levantaba un poco las caderas, la verga se hundía entre sus nalgas por encima del tanga, rozando el ojete sin entrar.
—Uy, perdón… se me resbaló —decía Raúl con voz ronca, pero sin apartarse rápido.
Karla gemía más fuerte.
—Tranquilo… solo es masaje. Sigue.
Los roces se volvieron más atrevidos. La verga de Raúl pasaba por encima de sus nalgas, entre ellas, por los hombros, por los brazos. Una tarde, mientras le masajeaba la parte alta de la espalda, Karla giró la cabeza hacia un lado y se encontró de frente con la vergota empalmada de Raúl a solo centímetros de su cara.
La polla estaba hinchada al máximo, venosa, con el glande morado y brillante de precum. Un hilo grueso y transparente colgaba desde la punta casi hasta los labios de Karla.
Ella se quedó mirando fijamente unos segundos, respirando pesado.
—Madre mía, Raúl… qué grande y dura la tienes… —susurró, sin apartar la vista.
Raúl no dijo nada, solo respiraba agitado, la verga palpitando a milímetros de la boca de su cuñada.
Andrés, desde el sofá, volteó la cabeza, observó la escena un momento y volvió a su pantalla sin decir una sola palabra.
Karla no lo tocó. Todavía no. Solo miró, respiró sobre ella y gimió cuando Raúl siguió masajeando.
El teasing se volvía cada vez más cruel y delicioso.
Y Andrés seguía permitiéndolo todo.
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