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Terapia profunda… muy profunda - Parte Cinco

Violet creía que solo estaba siguiendo las instrucciones de su terapeuta. Pero cada vez que Rolo la empujaba más allá de sus límites, la culpa se convertía en adicción. Ahora, desnuda ante la puerta, sabe que ya no puede volver atrás.

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Terapia profunda… muy profunda - Parte Cinco

Violet se quedó sentada en el sofá después de ese último polvo, todavía encima de Rolo, con las piernas abiertas a ambos lados de sus caderas y la polla de él todavía dentro, ablandándose lentamente mientras el semen caliente empezaba a escaparse y resbalar por sus muslos. La camiseta vieja que llevaba puesta estaba arrugada y pegada al sudor de su espalda. El salón olía a café frío, a sexo y a ese olor indefinible de piel caliente que se queda cuando dos cuerpos han estado demasiado tiempo pegados.

No se movió. Ninguno de los dos habló durante un buen rato. Solo se escuchaba la respiración pesada de Rolo y, más lejos, el zumbido bajo de la nevera en la cocina.

Por dentro, Violet era un torbellino.

Una cada vez más pequeña parte de ella —la que todavía se aferraba a su matrimonio y que creía en la terapia— se repetía como un mantra: “Es solo interpretación. Es para ser creíble. Alberto nos dijo que teníamos que conocernos en todos los planos. Es profesional.” Esa voz sonaba razonable, casi noble. Se imaginaba a sí misma explicándoselo a su novio algún día, con tono serio y adulto: “Era necesario para nuestro futuro, amor. No fue nada personal.”

Pero esa voz cada vez sonaba más débil, más lejana, como si estuviera gritando desde el fondo de un pozo.

Porque otra parte —mucho más grande, mucho más ruidosa— no paraba de susurrar cosas que la asustaban:

“Te ha gustado. Te ha gustado demasiado. Te gusta. Te gusta estar con él”

Sentía el semen de Rolo resbalando por su piel y no le producía asco. Le producía una especie de calor culpable, como si su cuerpo estuviera reconociendo algo que su cabeza todavía se negaba a admitir. Recordaba los gritos que había soltado hacía un rato, cómo había pedido “más fuerte”, cómo se había corrido dos veces seguidas solo con la polla dentro de su vagina mientras él le chupaba las tetas y le apretaba la cintura. Recordaba también la mañana, cuando había despertado a Rolo con la boca y luego había terminado gritando su nombre mientras la follaba el culo como un animal. Y lo peor: recordaba que en esos momentos no había pensado ni una sola vez en su novio. Solo en el placer inmediato, en la sensación de estar siendo tomada, usada, llena.

Se sentía sucia. No por el semen, no por los fluidos. Se sentía sucia porque una parte de ella quería más. Quería que llegara la noche. Quería que Rolo cumpliera su promesa de “darle más duro por el culo”, aunque le doliera, aunque la dejara temblando y llorando de placer y dolor a partes iguales. Y eso la aterrorizaba.

Porque si le gustaba tanto… qué pasaba con su novio? Qué pasaba con la chica que ella creía ser? La Violet que siempre había sido considerada, responsable, que no engañaba, que ponía límites claros. Esa Violet parecía haberse quedado atrapada en la bendita terapia, o quizás en el primer polvo que había tenido con Rolo por “deber”. La Violet que estaba ahora mismo sentada encima de él, con el semen de otro hombre dentro, ya no se parecía tanto a esa versión.

Y lo más confuso de todo: no quería parar.

Quería seguir. Quería ver hasta dónde llegaba esto. Quería saber si el placer que sentía era solo físico, o si había algo más… algo que la hacía sentirse viva de una manera que no había sentido nunca con su novio. Y esa curiosidad la llenaba de culpa y de miedo a partes iguales.

Rolo la abrazó por la cintura y le besó el cuello suavemente.

—En qué piensas? Estás muy callada.

Violet tardó en contestar. Tuvo que tragar saliva dos veces.

—En… nada. Solo… estoy cansada.

Él soltó una risa baja.

—Mentirosa. Estás pensando en esta noche, verdad?

Ella se tensó. No respondió.

Rolo le acarició la espalda despacio, como si pudiera leerle la mente.

—No te preocupes. No voy a hacer nada que no quieras. Pero… sé que te gusta. Lo noto cuando te corres. Lo noto cuando me miras después.

Violet cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas le picaron un poco, pero no las dejó salir.

—No sé qué me pasa —susurró, tan bajo que casi no se oyó—. No sé quién soy cuando estoy contigo.

Rolo no contestó de inmediato. Solo la apretó un poco más contra su pecho.

—Quizá estás descubriendo quién eres de verdad —dijo al fin, con una calma que la desarmó—. Y eso asusta. Pero no estás sola en esto.

Violet no respondió. Se quedó allí, con la cara escondida en el hueco de su cuello, oliendo su piel, sintiendo cómo su polla se deslizaba fuera de ella con un sonido húmedo y vergonzoso. El semen se derramó un poco más, caliente, pegajoso, recordándole todo lo que había pasado.

Y en ese silencio, mientras el sol terminaba de ponerse y la habitación se llenaba de sombras, Violet entendió algo terrible y liberador a la vez:

No sabía si quería parar… pero estaba casi segura de que no iba a hacerlo.

La noche aún no había empezado, y ya sentía el ano palpitar de anticipación y miedo.

Y eso, más que nada, era lo que más la aterrorizaba: que una parte de ella ya había decidido que quería sentirlo todo. Aunque doliera. Aunque la rompiera. Aunque después no pudiera volver a ser la misma.

Después del último orgasmo, los dos se quedaron un rato en el sofá, respirando agitados, con los cuerpos pegajosos y el aire del salón cargado de ese olor denso a sexo y sudor. Violet se deslizó lentamente de encima de Rolo, sintiendo cómo el semen se escapaba de su vagina y le resbalaba por la cara interna de los muslos. Se dejó caer a su lado, con la camiseta arrugada subiéndole hasta la cintura y las piernas abiertas sin pudor. Rolo la miró con una sonrisa satisfecha, le dio un beso lento en la frente y murmuró:

—Tengo hambre, de verdad, ahora. Pedimos una pizza?

Violet soltó una risa débil, agotada.

—Sí, por favor. Algo normal, con mucho queso. Y refresco, que tengo la boca seca.

Rolo cogió el móvil, pidió una pizza grande de pepperoni y una de cuatro quesos, luego se tiró de nuevo al sofá a su lado.

—Llega en unos 25 minutos —dijo, acariciándole distraídamente el muslo.

Se quedaron viendo la tele en silencio, medio adormilados, hasta que el timbre sonó.

Rolo se incorporó de golpe, con una chispa traviesa en los ojos.

—Violet… ve tú a abrir.

Ella lo miró confundida.

—Yo? Por qué yo?

Él se mordió el labio inferior, conteniendo una risa.

—Desnuda.

Violet abrió mucho los ojos, incrédula.

—Estás loco? Ni de broma.

Rolo se acercó, le puso las manos en las caderas y la miró con esa mezcla de seriedad fingida y picardía que ya empezaba a conocer demasiado bien.

—Es por la compenetración, Violet. Los novios de verdad hacen juegos así. Exhibicionismo ligero, un poco de riesgo… eso alimenta la confianza, la intimidad. Te hace sentir más pareja. Imagínate el beneficio que le vas a sacar si sabemos que hemos compartido cosas así de privadas. Solo es abrir la puerta, coger la pizza y cerrar. El chaval ni se va a enterar de quién eres. Venga… hazlo por mí, pero más por ti.

Violet se quedó mirándolo, el corazón latiéndole fuerte en el pecho. Una parte de ella quería negarse rotundamente, gritarle que estaba loco, que no era una exhibicionista, que tenía novio y límites. Pero otra parte —esa que había ido creciendo todo el día, la que se había corrido gritando su nombre, la que había sentido un cosquilleo extraño cuando él le decía “más duro” por la noche— se sintió tentada. El riesgo. La vergüenza. La idea de hacer algo prohibido… y que él lo viera.

Suspiró, resignada, y se quitó la camiseta que llevaba puesta. Quedó completamente desnuda, el cuerpo todavía marcado por las huellas de las manos de Rolo: rojeces en las caderas, alguna marca de dedos en los pechos, semen seco en los muslos.

—Eres un cabrón —murmuró, pero ya se estaba encaminando hacia la puerta.

Rolo se quedó sentado en el sofá, con la polla ya medio dura solo de imaginarlo, y le gritó bajito:

—Date prisa, que se enfría la pizza!

Cuando el timbre volvió a sonar, Violet respiró hondo, abrió la puerta solo lo justo para asomar el cuerpo y extender el brazo. El repartidor era un chico de unos 17 o 18 años, con gorra ladeada y la camiseta del local un poco arrugada. Cuando vio a Violet —desnuda, con el pelo revuelto, los pechos firmes y expuestos, la curva de la cadera y el sexo apenas oculto por el ángulo de la puerta— se quedó congelado. Los ojos se le abrieron como platos, la boca entreabierta, incapaz de articular palabra. La bandeja con las pizzas temblaba ligeramente en sus manos.

Violet intentó mantener la compostura, aunque sentía la cara ardiendo.

—Hola… gracias —dijo con voz temblorosa, cogiendo las cajas con una mano y extendiendo la otra con el dinero—. Quédate con el cambio.

El chico tardó varios segundos en reaccionar. Asintió mecánicamente, le dio el dinero con manos torpes y murmuró algo ininteligible que podría haber sido “gracias” o “joder”. Sus ojos bajaron inevitablemente por el cuerpo de Violet: los pezones endurecidos por el aire fresco del pasillo, la piel todavía brillante de sudor, el rastro de semen seco que le cruzaba un muslo. Ella lo notó todo. Cada segundo de esa mirada le quemaba la piel.

—Buenas noches —dijo Violet, intentando sonar amable y normal, aunque la voz le salió entrecortada.

Cerró la puerta con cuidado, apoyó la espalda contra ella y soltó el aire que había estado conteniendo. Las pizzas seguían en sus manos, calientes contra su piel desnuda. Se giró despacio hacia Rolo, con la cara roja como un tomate y una expresión de falsa indignación.

—Contento, pervertido?

Rolo se estaba riendo a carcajadas, pero también se le notaba la excitación: la polla completamente dura, apuntando al techo, los ojos brillantes.

—Joder, Violet… has estado increíble. Has visto la cara que ha puesto el pobre chaval? Creo que se va a correr en los pantalones cuando llegue a la moto.

Violet dejó las pizzas en la mesa del comedor y se cruzó de brazos, intentando taparse un poco los pechos, aunque era ridículo después de lo que acababa de hacer.

—No vuelvas a pedirme algo así. Me muero de vergüenza.

Rolo se levantó, se acercó a ella y le puso las manos en la cintura, bajando despacio hasta las nalgas.

—Venga… dime la verdad. Qué has sentido? Solo vergüenza… o algo más?

Violet apartó la mirada un segundo, mordiéndose el labio. El pulso le latía en las sienes, y entre las piernas sentía un calor nuevo, traicionero, que no tenía nada que ver con el semen de antes.

—Al principio… quería que me tragara la tierra. Sentía los ojos de ese chico recorriéndome entera y me daba pánico. Pero luego… —bajó la voz, casi un susurro—… luego me puse cachonda. Mucho. Saber que me estaba viendo así, desnuda, usada, con tu semen todavía en mí… y que tú estabas aquí mirándome… no sé. Me sentí… expuesta. Pero también poderosa. Como si estuviera rompiendo algo y me gustara.

Rolo la atrajo hacia él, pegando su erección contra su vientre.

—Esa es mi chica —murmuró contra su boca, antes de besarla con lengua, profundo y lento.

Violet le devolvió el beso, sintiendo cómo la vergüenza se mezclaba con el deseo y se convertía en algo más oscuro, más adictivo. Cuando se separaron, ella lo miró a los ojos, todavía roja pero con una sonrisa pequeña y culpable.

—Eres una mala influencia.

—Y tú una alumna aplicada —respondió él, dándole un azote suave en el culo—. Ahora vamos a cenar… que después te toca el postre. Y ya sabes cuál es.

Violet tragó saliva, el ano palpitándole de anticipación y miedo otra vez. Pero esta vez, la parte de ella que quería parar era cada vez más pequeña. Y la que quería seguir… gigante, inmensa.

Después de devorar la pizza casi sin hablar —solo risas nerviosas y algún comentario sobre lo buena que estaba la de cuatro quesos—, los dos se quedaron un rato tirados en el sofá, con las cajas vacías sobre la mesa y el televisor en mute. Violet tenía la cabeza apoyada en el muslo de Rolo, él le acariciaba el pelo distraídamente. El ambiente era tranquilo, pero cargado: cada roce, cada mirada, parecía una cuenta atrás.

De repente, Rolo apagó la tele con el mando y se incorporó un poco.

—Violet… ya es hora —dijo con voz baja, pero firme—. Ya es hora de volver a esa parte que me hace perder la cabeza.

Ella sintió un nudo inmediato en el estómago. El corazón le dio un vuelco. Recordó sus palabras de antes: “te voy a dar más duro”, “vas a suplicar que pare y luego que no pare”. El ano, que había estado palpitando toda la tarde con una mezcla de dolor sordo y anticipación, se contrajo instintivamente.

—Ya…? —susurró, intentando sonar casual, pero la voz le salió temblorosa.

Rolo se levantó y le tendió la mano.

—Ven. Vamos al cuarto.

Violet dudó un segundo, pero al final le dio la mano y se dejó llevar. Caminaron desnudos por el pasillo, el suelo fresco bajo los pies descalzos, el aire de la casa todavía oliendo a pizza y a restos de sexo. Cada paso hacía que sintiera el roce de sus muslos, el leve ardor que todavía le quedaba entre las nalgas. Estaba nerviosa, sí, pero también mojada. El miedo y la excitación se le enredaban en el pecho como dos alambres calientes.

Una vez en la habitación, Rolo cerró la puerta con suavidad y la atrajo hacia él. La abrazó por la cintura, las manos grandes bajando inmediatamente a sus nalgas. Las agarró con fuerza, separándolas un poco, amasándolas mientras la besaba con lengua profunda, lenta, devoradora. Violet gimió contra su boca, las piernas temblándole un poco.

—Ummm… —se le escapó, cuando él bajó la cabeza y atrapó uno de sus pezones con la boca.

Chupó fuerte, alternando succiones con mordiscos suaves, luego pasó al otro pecho. Violet echó la cabeza hacia atrás, jadeando.

—Ahhh… sí… así… —gimió, las manos enredadas en su pelo.

Estuvieron así un buen rato: besos húmedos, lengua enredada, tetas chupadas hasta que los pezones le dolían de lo sensibles que estaban. Rolo respiraba cada vez más pesado contra su piel.

De pronto, él le agarró el pelo por la nuca con una mano firme. No con violencia, pero sí con la fuerza justa para que ella sintiera un tirón agudo en el cuero cabelludo. Violet soltó un gritito de sorpresa y dolor mezclado con placer.

—Abajo —le dijo, jalándola hacia el suelo.

Violet se dejó caer de rodillas, el pelo todavía sujeto en su puño. La polla de Rolo, dura y caliente, le rozó la mejilla.

—Mámamela bien. Hasta el fondo. Quiero que me dejes brillante antes de romperte bien rico.

Violet levantó la mirada, los ojos brillantes de nervios y deseo. Empezó lamiendo el tronco de abajo arriba, dejando un rastro húmedo y brillante. Luego bajó a los huevos, los tomó uno por uno en la boca, succionando suavemente mientras lo miraba fijamente a los ojos. Rolo gruñó, la mano todavía en su pelo.

—Joder… qué bien lo haces…

Volvió al tronco, lamió las venas marcadas, luego se metió el glande y bajó despacio, abriendo mucho la boca. Subía y bajaba, alternando succiones fuertes con lametazos largos, dejando saliva espesa que chorreaba por su barbilla y le caía en los pechos. Rolo respiraba cada vez más agitado.

—Suficiente —dijo al fin, tirando de su pelo otra vez para sacársela de la boca—. A la cama. En cuatro.

Violet se levantó con las piernas flojas y gateó hasta la cama. Se puso en cuatro, el culo en pompa, las manos apoyadas en el colchón. El corazón le latía tan fuerte que lo sentía en la garganta. Miedo puro y excitación salvaje se le mezclaban. Recordaba sus palabras: “más duro”. Se estremeció entera.

Rolo se colocó detrás. Primero se inclinó y le metió la lengua directamente al ano. La sintió caliente, húmeda, girando en círculos, presionando para entrar. Violet soltó un gemido largo.

—Uuuummmhhh… dios…

Luego introdujo un dedo, luego dos, follándola despacio con ellos mientras lamía alrededor. Los movía en tijera, abriéndola, preparándola. Violet temblaba, el cuerpo tenso de anticipación.

—Esto ya está listo para romperlo —murmuró él contra su piel, la voz ronca—. Estás preparada?

Violet solo pudo asentir, la respiración entrecortada.

Rolo se alineó y, sin más aviso, empujó de golpe. El glande rompió el anillo y entró varios centímetros de una sola vez.

—Aaaaahhhhh! Joder…! Me estás partiendo! —chilló Violet, las uñas clavándose en las sábanas.

Rolo gruñó de placer, sintiendo el calor apretado envolviéndole. Empezó a moverse: primero fuerte y profundo, luego más rápido, alternando ritmos. Cada embestida hacía que sus huevos golpearan contra su sexo empapado.

—Ah! Ah! Más…! —gritaba ella, el dolor convirtiéndose en placer abrasador.

Rolo le agarró el pelo otra vez, tirando hacia atrás para arquearle la espalda. La postura la hacía sentirlo aún más adentro.

—Toma… toda…! —gruñó él.

Luego la soltó, la hizo enderezarse de rodillas sobre la cama. Le rodeó la cintura con un brazo, le agarró una teta con la otra mano y la besó con lengua mientras seguía follándola por detrás. Sus lenguas se enredaban, saliva compartida, gemidos ahogados en la boca del otro.

—Me vas a matar…! —jadeó Violet contra sus labios.

Rolo la volvió a poner en cuatro, esta vez sin piedad. La agarró de las caderas y la empaló con fuerza, velocidad brutal, el sonido de piel contra piel llenando la habitación.

—Aaaaahhhhh…! Me corro…! Me corro…! —aulló Violet de pronto, el orgasmo explotando dentro de ella como una bomba.

Su ano se contrajo violentamente alrededor de la polla, ordeñándola. Rolo no pudo más. Rugió como un animal, empujando una última vez hasta el fondo.

—Toma… toda mi leche…! —bramó, vaciándose en chorros calientes y espesos que la llenaron hasta rebosar.

Los dos se derrumbaron sobre la cama, sudorosos, jadeantes, temblando. El semen empezó a salir del ano abierto de Violet, resbalando por sus muslos y manchando las sábanas. Ella tenía la cara enterrada en la almohada, todavía con espasmos leves. Rolo se dejó caer a su lado, el pecho subiendo y bajando con fuerza.

Pasaron varios minutos en silencio, solo respiraciones pesadas y el latido acelerado de sus corazones.

Cuando por fin pudieron moverse, Violet giró la cabeza y lo miró. Tenía una sonrisa enorme, exhausta pero feliz, dibujada en la boca. Rolo también sonreía, con los ojos entrecerrados de puro placer.

—Joder… —susurró ella, todavía temblando—. Creo que ese ha sido el mejor orgasmo de mi vida.

Rolo soltó una risa ronca y le acarició la espalda sudada.

—El mío también… el mío también.

Violet cerró los ojos, la sonrisa no se le borraba. El miedo se había ido. Solo quedaba placer, agotamiento y una extraña paz.

Y en el fondo de su mente, la pequeña vocecita ya no le hablaba sobre su pasado, sino de su futuro.

Simplemente sabía que quería más.

La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por la luz tenue que se colaba desde el pasillo y la lámpara de la mesita de noche que Rolo había dejado encendida a propósito. El aire olía a sudor fresco, a pizza fría que todavía quedaba en el salón y a ese aroma crudo y animal que se había instalado en sus cuerpos desde la tarde. Violet sentía cada latido de su corazón en las sienes, en el cuello, entre las piernas. El ano le palpitaba con una mezcla de ardor residual y una anticipación que le ponía la piel de gallina.

Se quedaron dormidos casi al instante, exhaustos, con los cuerpos entrelazados y pegajosos de sudor, semen y saliva. Violet se acurrucó contra el pecho de Rolo, una pierna sobre la suya, la cabeza apoyada en su torso. Él la rodeó con un brazo posesivo, la mano descansando floja sobre su culo todavía caliente e hinchado. El sueño los golpeó como una ola pesada; no hubo sueños, solo oscuridad profunda y el ritmo lento de sus respiraciones sincronizándose.

A la mañana siguiente, la luz pálida del invierno se colaba por las rendijas de la persiana y dibujaba rayas tenues sobre la cama deshecha. Violet se despertó primero. El cuerpo le dolía en todas partes: los muslos tensos, los pechos sensibles, el ano todavía palpitante y ligeramente abierto, un recordatorio ardiente de la noche anterior. Pero no era solo dolor; era una especie de cansancio placentero, como si su cuerpo hubiera sido usado hasta el límite y eso, de alguna manera, la hiciera sentirse más viva.

Estaba apoyada en el torso desnudo de Rolo. Podía sentir el calor de su piel, el subir y bajar lento de su pecho mientras dormía profundamente, el latido fuerte y tranquilo de su corazón bajo su mejilla. Olía a él: sudor seco, semen viejo, ese aroma masculino que ya se le había metido en la nariz y en la piel.

Mientras lo observaba dormir —el pelo revuelto, la barba de dos días, la boca entreabierta—, su mente empezó a dar vueltas.

Todo el fin de semana se le vino encima como un torrente de imágenes: la primera vez que Rolo la había enculado en el sofá, el dolor que se convirtió en placer; la mamada matutina que terminó en gritos; la pizza y el repartidor que la vio desnuda; las embestidas brutales de la noche, el pelo tirado, el culo abierto hasta el límite, el orgasmo que la había hecho aullar como nunca. Y en cada recuerdo, ella había querido más. Había pedido más. Había gritado su nombre.

Estaba bien? Estaba mal?

Tenía novio. Tenía una vida ordenada. No sabía en que estaba pensando cuando aceptó esta terapia. Pero ese matrimonio se sentía cada vez más como una excusa lejana, una mentira piadosa que ya no convencía a nadie, menos a ella misma. Lo que había hecho este fin de semana no era interpretación. Era entrega. Era deseo crudo, sucio, adictivo. Y lo peor: le había encantado.

Sin darse cuenta, su mano derecha bajó por el abdomen de Rolo, rozó el vello púbico y encontró su polla. Estaba blanda, pesada, todavía caliente del sueño. La tomó con suavidad, casi con ternura al principio. La manipuló despacio entre los dedos: acariciando el tronco, recorriendo las venas con las yemas, apretando ligeramente la base. No era un gesto consciente; era instintivo, como si su cuerpo necesitara seguir tocándolo aunque su mente estuviera enredada en dudas.

Mientras lo hacía, los recuerdos seguían llegando. Cada caricia hacía que la polla se hinchara un poco más. Primero solo un engrosamiento, luego el glande empezó a asomarse, brillante. Violet sintió cómo se endurecía en su mano, cómo se volvía más pesada, más caliente. Su rostro, sin que lo planeara, se fue acercando. El olor la envolvió: salado, almizclado, con ese toque ácido que ya reconocía como suyo.

Y entonces lo sintió: una necesidad enfermiza, casi animal, de tenerlo en la boca. No era solo deseo. Era hambre.

Abrió los labios y se metió el glande despacio. Lo succionó con suavidad, saboreando el líquido preseminal que ya empezaba a gotear. Bajó más, dejando que la polla se deslizara por su lengua, llenándole la boca. Empezó a mover la cabeza lentamente, con devoción golosa: succiones largas, lametazos en la parte inferior del tronco, la lengua presionando contra el frenillo. La saliva le chorreaba por la barbilla, caía sobre los huevos. Cada vez que subía, dejaba un hilo espeso que conectaba sus labios con el glande.

Estuvo así un buen rato, perdida en el acto, sin pensar en nada más que en el sabor, en la textura, en cómo se sentía llenarle la boca. Hasta que notó que Rolo se movía.

Abrió los ojos despacio. Él la miraba desde arriba, todavía medio dormido, pero con una sonrisa lenta y satisfecha. Su mano grande se posó en su pelo y empezó a acariciarlo con ternura.

—Joder… qué manera de despertar… —murmuró, la voz ronca de sueño—. Eres una puta caliente, Violet. No pares.

Ella no paró. Al contrario: aceleró un poco, succionando más fuerte, bajando hasta que el glande le golpeaba la campanilla. Los gorgoteos húmedos llenaban la habitación. Rolo gemía bajito, la mano enredada en su pelo sin forzarla, solo acompañando el movimiento.

Pasaron varios minutos así. Violet estaba tan a gusto, tan metida en el acto, que no quería parar nunca. Sentía la polla palpitar cada vez más fuerte, hincharse contra su lengua. Rolo empezó a respirar más agitado, los músculos de su abdomen se tensaron.

—Violet… —jadeó—. Ya quieres tu premio?

Ella hizo un ruidito afirmativo sin sacar la polla de la boca, un “mmhmm” vibrante que le recorrió el tronco entero.

Rolo gruñó, la mano apretando un poco más su pelo.

—Voy a correrme… toma todo…

Y entonces rugió, un sonido gutural y profundo. El primer chorro le golpeó el paladar con fuerza, caliente y espeso. Violet cerró los ojos y tragó rápido, sintiendo cómo bajaba por su garganta en pulsos largos y abundantes. Siguió succionando, ordeñándolo, recogiendo cada gota. Cuando los chorros empezaron a disminuir, se quedó con la boca llena, sin tragar el último resto.

Se sacó la polla despacio, con un ‘pop’ húmedo. Se giró hacia él, se apoyó en los codos y abrió la boca para enseñarle: la lengua blanca y brillante de semen, el líquido espeso acumulándose en el centro. Rolo la miró con los ojos entrecerrados, todavía jadeando.

Violet sonrió con picardía, cerró la boca, tragó audiblemente y luego sacó la lengua otra vez: limpia, rosada, sin rastro.

Rolo soltó una risa ronca, exhausta y satisfecha.

—Mierda… he creado un monstruo —dijo, acariciándole la mejilla con el pulgar—. Mira lo que te he convertido en dos días.

Violet se rio también, una risa suave, culpable y feliz a la vez. Se dejó caer a su lado, apoyando la cabeza en su pecho otra vez.

—Tal vez siempre he sido un monstruo… y solo necesitaba que alguien me lo enseñara —susurró, todavía con el sabor de él en la boca.

Rolo la abrazó fuerte, besándole la frente.

—Y yo que pensaba que esto era solo por tu matrimonio…

Violet no respondió. Cerró los ojos, sonrió contra su piel y pensó que, por primera vez en todo el fin de semana, ya no necesitaba justificarlo.

Simplemente era. Y le gustaba. Demasiado.

Violet se incorporó despacio en la cama, el cuerpo todavía tembloroso y caliente por el orgasmo matutino que había tenido con la polla de Rolo en la boca. Se pasó la mano por los labios, todavía hinchados y húmedos, y miró a Rolo con una mezcla de dulzura y apuro.

—No me puedo quedar mucho más… —dijo en voz baja, casi con culpa—. Tengo que quedar con mi novio esta tarde, reportarme con mi familia… y bueno, tú también tendrás tus cosas.

Rolo frunció el ceño, claramente incómodo. Se incorporó sobre un codo, la polla todavía semidura descansando sobre su muslo.

—Joder… ya? —murmuró, la voz ronca—. Pensaba que teníamos todo el domingo.

Violet le acarició la mejilla con ternura.

—Lo sé… pero no puedo desaparecer todo el fin de semana sin dar señales. Ya bastante he estirado la excusas que di.

Rolo suspiró, pero al final asintió a regañadientes.

—Vale… pero al menos quédate a desayunar. No me hagas despedirte con el estómago vacío.

Ella sonrió, aliviada por el pequeño aplazamiento.

—Desayuno aceptado.

Se levantaron desnudos, sin ninguna prisa por cubrirse. El cuerpo de Violet estaba marcado: rojeces en las caderas, pezones todavía hinchados y sensibles, semen seco en los muslos y una leve cojera que delataba lo que le habían hecho al culo. Rolo no dejaba de mirarla, devorándola con los ojos mientras preparaban café y tostadas en la cocina.

Desayunaron sentados en la mesa, todavía sin ropa, riendo bajito mientras se miraban a los ojos. Cuando terminaron, Violet se levantó para llevar los platos al fregadero. Los enjuagó con agua, inclinada ligeramente hacia delante, el culo redondo y todavía enrojecido expuesto a la vista.

Rolo no resistió.

Se levantó en silencio y se pegó a su espalda. La polla, ya dura otra vez, se apoyó entre sus nalgas, caliente y pesada. Las manos grandes subieron a sus tetas, las amasaron con fuerza, pellizcando los pezones entre los dedos. Al mismo tiempo, bajó la boca a su cuello y empezó a chupar y morder la piel sensible.

Violet soltó un gemido sorprendido, las manos temblándole sobre el fregadero.

—Rolo… ya no tengo tiempo… —susurró, la voz débil.

Él no respondió. Solo gruñó contra su cuello, una mano bajando para apretarle una nalga, separándola, mientras la otra seguía torturando un pezón. La polla se deslizaba entre sus nalgas, rozando el ano todavía sensible.

Violet intentó resistirse un poco, pero era una resistencia floja, casi simbólica. Empujó hacia atrás con las caderas, no para apartarlo, sino para sentirlo más.

Rolo la fue llevando así, paso a paso, en esa posición pegada a su espalda, hasta el dormitorio. La empujó suavemente hacia la cama y la giró para ponerla boca arriba. Violet se dejó caer con un suspiro, las piernas abiertas, el pecho subiendo y bajando rápido.

Él se lanzó sobre sus tetas: succionó un pezón con fuerza, luego el otro, mordisqueando hasta hacerla arquear la espalda.

—Ahhh… joder…! —gimió ella.

Bajó más, separó los labios de su concha con los pulgares y hundió la lengua dentro. Lamió despacio al principio, saboreando la humedad que ya le chorreaba, luego se centró en el clítoris: succiones rápidas, lametazos en círculos, dedos entrando y saliendo de su vagina. Violet le agarró el pelo, tirando sin querer, gimiendo alto.

—Rolo…! Me vas a hacer correrme otra vez…!

Cuando ya estaba al borde, él se incorporó, le levantó las piernas y las puso sobre sus hombros. La ensartó de un solo empujón, enterrándose hasta los huevos en su concha empapada.

—Aaaahhh…! —chilló ella.

Empezó a bombear con fuerza, profundo, constante. La cama crujía, los golpes de sus caderas contra las de ella resonaban en la habitación. Violet se retorcía debajo, las uñas clavadas en sus hombros.

—Me corro…! Me corrooo…! —gritó, convulsionando, la vagina contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos.

Rolo no paró. Cuando ella empezó a bajar del orgasmo, se tumbó boca arriba y la jaló encima.

—Sube… rebota para mí.

Violet se colocó a horcajadas, se empaló en su polla y empezó a subir y bajar, rebotando con fuerza. Rolo le agarró las tetas con las dos manos, pellizcó los pezones con saña, tirando de ellos hacia arriba. Violet echó la cabeza hacia atrás, gimiendo sin control.

—Sí…! Pellízcalos…! Más…!

El segundo orgasmo la alcanzó rápido, más intenso. Se arqueó entera, temblando, la concha apretándolo con fuerza.

Pero entonces, todavía jadeante, Violet hizo algo que ni él esperaba.

Se levantó un poco, apoyándose en sus rodillas, y con una mano guió la polla hacia su ano. El glande, brillante de sus propios jugos, presionó contra la entrada todavía sensible.

—Violet… —murmuró él, sorprendido.

Ella no dijo nada. Solo se dejó caer despacio… hasta que la polla entró entera, hasta el fondo.

Rolo soltó un gruñido largo y profundo, los ojos en blanco de placer.

—Joder… qué puta maravilla…

Violet empezó a rebotar de nuevo, esta vez con la polla clavada en su culo. El ano la apretaba como un guante caliente y húmedo. Subía y bajaba con ritmo, sintiendo cada centímetro rozando las paredes internas. Rolo le agarró las caderas, ayudándola a moverse más rápido, más profundo.

Los gemidos de ambos se volvieron salvajes.

—Me vas a romper…! —jadeó ella.

—Me vas a hacer correrme…! —rugió él.

Llegaron al clímax casi al mismo tiempo. Violet se contrajo violentamente alrededor de la polla, aullando:

—Aaaaahhhhh…! Me corro por el culo… otra vez…!

Rolo empujó hacia arriba una última vez y se vació dentro de ella: chorros calientes y espesos que la llenaron hasta rebosar. El semen salió por los bordes, resbalando por sus nalgas y cayendo sobre los muslos de él.

Violet se dejó caer encima de él, transpirando, jadeando, el cuerpo temblando. Le dio un golpecito juguetón en el pecho.

—Eres un cabrón… me has hecho quedar más tarde todavía.

Rolo se rio, abrazándola fuerte, todavía dentro de ella.

—Y tú una zorra insaciable… que se mete sola la polla por el culo para darme las gracias.

Se besaron con lengua una última vez: lento, profundo, lleno de saliva y jadeos compartidos. Luego Violet se levantó con cuidado. La polla salió con un ‘plop’ húmedo, seguida de un chorro de semen que resbaló por sus muslos. Fue al baño, se limpió como pudo con papel y agua, se vistió con la ropa del día anterior —falda, camiseta, todo arrugado y oliendo a sexo— mientras Rolo la miraba desde la cama, desnudo, con una sonrisa satisfecha.

Cuando estuvo lista, se acercó al borde de la cama, se inclinó y le dio un beso suave en los labios.

—Hasta luego… novio —dijo, riéndose bajito.

Rolo soltó una carcajada.

—Hasta luego… novia.

Violet salió del cuarto riéndose, el culo todavía palpitante, el sabor de él en la boca y una sonrisa que no se le borraba de la cara.

Cerró la puerta principal con suavidad, y solo cuando estuvo en la calle se permitió respirar hondo.

Sabía que, en unas horas, volvería a su rutina, pero no quería mirar a los ojos a nadie, especialmente a su novio.

Y no tenía ni idea de cómo iba a hacerlo sin que se le notara todo lo que había pasado.

Continuará...