Créditos de libre elección
El teléfono vibra en la noche, pero ella no lo atenderá. Hay un joven esperándola, un cuerpo fibroso que le recuerda lo que su matrimonio olvidó hace décadas. Esta vez, no hay lugar para la discreción ni para la culpa.
El teléfono vibró sobre la mesita de noche con una insistencia geriátrica, rompiendo el ritmo sagrado de la habitación. Pilar lo ignoró durante los primeros tres tonos, permitiendo que el sonido se mezclara con el eco de sus propios jadeos. Sabía que era Manolo. Manolo y su pánico al silencio, su necesidad de confirmar que ella seguía orbitando alrededor de su vejez estancada.
—Dime, Manolo —soltó ella al fin, con la voz pastosa, sin descabalgarse de la polla que montaba.
—Ya estoy en casa, Pilar. He terminado la partida hace un siglo y aquí estoy, esperando a que aparezcas para poder llevarme algo a la boca.
Pilar observó a Dani. El muchacho, un espécimen de veinte años de piel tensa y cuerpo fibroso, yacía bajo ella, ofreciéndole una erección que era un insulto a la flacidez de su matrimonio.
—Te dije que salía a caminar, Manolo. Ten paciencia. No me voy a evaporar —mintió, deleitándose en el contraste de su propia piel madura, aún firme y vibrante, contra la lozanía casi insultante del chico.
Colgó sin esperar respuesta, arrojando el móvil como quien desecha un recordatorio de la muerte. Se centró en lo vivo. Dani no hablaba mucho, no le hacía falta. Era un animal de carga sexual, un sustituto vigoroso para un marido que hacía una década había decidido que la petanca y la desidia eran un retiro digno para su virilidad. Pilar, en cambio, sentía que su cuerpo era una caldera a presión.
Se deslizó de nuevo sobre él. No buscaba delicadeza, buscaba el impacto, la fricción que le recordara que sus nervios aún podían arder. Al encajarse en él, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, dejando que sus pechos, pesados y orgullosos, oscilaran con el vaivén de la montura. Dani la aferró por las caderas, sus dedos hundiéndose en la carne generosa de Pilar, y ella rugió por lo bajo. Era una yegua reclamando su derecho al galope.
El encuentro no era una coreografía romántica, era un asalto. Pilar buscaba en Dani el hambre que el tiempo le había robado a su hogar. Se movía con la sabiduría de quien conoce cada ángulo de su propio placer, buscando el roce exacto del clítoris, la presión profunda que la hacía ver estrellas detrás de los párpados.
El teléfono volvió a sonar. Una, dos, tres veces. Manolo era una sombra que intentaba proyectarse en aquel santuario de sudor. Pilar maldijo entre dientes, pero no se detuvo. Al contrario, el sonido de la llamada aumentó su urgencia. Cada tono era un recordatorio de la mediocridad que la esperaba en casa, y cada embestida de Dani era la rebelión contra ese destino.
—No pares, niño... —le ordenó al joven, cuya cara empezaba a desfigurarse por la inminencia del clímax.
Ella se inclinó, buscando su boca, devorando su aliento joven mientras sus pelvis chocaban con un sonido húmedo y rítmico. El placer la golpeó como una ola rompiente, una convulsión que nació en sus entrañas y se extendió hasta la punta de sus dedos, arrancándole un grito que debió de alertar a todo el bloque de pisos. Dani, espoleado por el paroxismo de Pilar, se tensó bajo ella, entregando su propia descarga con una violencia que la dejó vacía y temblorosa.
Tras esa primera descarga, Pilar no permitió que el ritmo decayera. No había venido por un alivio rápido, sino por una demolición. Se deslizó por el cuerpo de Dani, descendiendo como una marea caliente hasta que su rostro quedó frente a la entrepierna del joven. La verga de Dani, lejos de rendirse, latía con una urgencia renovada, una columna de sangre y nervios que Pilar rodeó con sus dedos expertos.
Comenzó con una felación lenta, casi académica. Introdujo el glande en su boca, recorriendo la corona con la punta de la lengua antes de succionar con una fuerza que hizo que Dani arqueara la espalda, hundiendo los dedos en el cabello de la mujer. Pilar jugaba con el contraste: la suavidad de su paladar contra la dureza del miembro. Bajaba hasta las profundidades de su garganta, ignorando el reflejo de náusea, entregada al placer de sentir cómo él se perdía en el espasmo de la excitación.
—Más… —gruñó Dani, con la voz rota.
Pilar lo complació, incrementando el ritmo de su succión mientras sus manos masajeaban los testículos del joven, preparándolo para una segunda cosecha. No tardó mucho. El cuerpo del muchacho se tensó y, con un gemido sordo, una primera andanada de semen brotó con fuerza. Pilar no se apartó, recibió el chorro cálido en la boca, saboreando el tributo de su vigor, dejando que parte del fluido escapara por la comisura de sus labios y resbalara por su barbilla, decorando su piel madura con el barniz de la lujuria.
Sin darle respiro, Pilar se giró, ofreciéndole su espalda. Se apoyó sobre sus antebrazos en el borde de la cama, elevando sus nalgas contundentes, una invitación que no admitía réplica. Dani se posicionó tras ella, su erección rozando la hendidura prohibida.
—Hoy quiero que me rompas por donde no se debe, niño —susurró ella, con una mordacidad que encendió la sangre del joven.
La penetración anal fue un asalto lento. Dani empujó con cuidado pero con firmeza, invadiendo ese estrecho sendero que Pilar guardaba para las mañanas de mayor desenfreno. Ella soltó un alarido seco, una mezcla de dolor exquisito y placer prohibido, mientras sentía cómo sus paredes se dilataban para albergar la invasión. Una vez dentro, el ritmo se volvió frenético. Cada embestida de Dani hacía que las carnes de Pilar vibraran, el sonido del choque de sus cuerpos, rítmico y húmedo, llenaba la estancia.
Pilar buscó su propio clítoris con la mano, coordinando sus dedos con el empuje anal de Dani. Estaba atrapada entre dos fuegos: la presión interna que la dilataba y la fricción eléctrica que ella misma se propiciaba. El orgasmo no tardó en llegar, una explosión volcánica que la hizo colapsar sobre las sábanas mientras sus músculos anales se contraían rítmicamente alrededor de la verga del joven, forzándolo a él a seguirla en esa caída libre hacia el éxtasis.
Agotados pero insaciables, cambiaron de posición una vez más. Pilar se tumbó boca arriba, abriendo las piernas con una amplitud impúdica, mostrando la humedad que brillaba en su sexo vaginal, reclamando su turno. Dani se hundió en ella con un golpe seco, buscando el fondo de su útero.
La penetración vaginal fue una danza de posesión. Pilar rodeó la cintura del joven con sus piernas, anclándolo a ella, queriendo absorber toda su juventud a través de ese contacto. Los gemidos de Pilar se volvieron bramidos, un vecino golpeó la pared, pero ellos solo respondieron con más fuerza. Ella sentía cómo su vagina convulsionaba, rodeando el miembro de Dani en un abrazo asfixiante.
—¡Ahora, Dani! ¡En la cara, dámelo todo en la cara! —gritó ella, sintiendo que su propio clímax estaba a segundos de distancia.
Él salió de ella justo a tiempo. Pilar se arrodilló rápidamente frente a él, con los ojos muy abiertos, las pupilas dilatadas por la adrenalina. Dani aferró su propio miembro, cuya tensión era ya insoportable, y con un par de sacudidas violentas, el semen estalló de nuevo. El chorro impactó directamente en la frente de Pilar, descendiendo por sus párpados, nublándole la vista, mientras sucesivas descargas golpeaban sus mejillas y su boca entreabierta.
Pilar se quedó allí, inmóvil, con el rostro cubierto por la huella blanca de la victoria de Dani, respirando con dificultad, sintiendo cómo el líquido tibio se enfriaba sobre su piel caliente. Era el trofeo de su mañana, la prueba de que, a pesar de los años y de Manolo, seguía siendo una fiera capaz de agotar a un semental.
Los viernes tenían para Pilar un aroma clandestino a libertad. Mientras Manolo se calzaba sus zapatos cómodos y agarraba la bolsa de cuero con las bolas de acero —su único y patético contacto con la dureza—, Pilar ya sentía un cosquilleo eléctrico en la base de la columna. El ritual era preciso: un beso distraído en la frente del marido y la promesa de "un paseo largo para ejercitar las piernas".
El piso de Dani era un santuario de desorden juvenil. Libros de texto apilados, alguna caja de pizza de la noche anterior y el silencio bendito de los compañeros que, a esa hora, fingían atender en el aula de anatomía. Pero la verdadera anatomía se estudiaba en la habitación de Dani.
Nada más cruzar el umbral, Pilar no esperaba cortesías. Se despojó de la gabardina con una urgencia que hizo saltar un botón, revelando que bajo la ropa de "señora respetable" no había más que encaje negro y una piel que reclamaba ser incendiada. Dani la esperaba sentado en la cama, observándola con esa mezcla de adoración y lujuria animal que solo un joven de veinte años puede procesar ante una mujer que le triplica la edad pero le cuadruplica la experiencia.
—Has tardado cinco minutos más —dijo él, con la voz ya cargada.
—Manolo no encontraba su amuleto de la suerte. Si supiera que mi suerte está aquí... —respondió ella, arrodillándose entre sus piernas sin mediar más palabra.
Pilar liberó la verga de Dani del pantalón de chándal con la avidez de quien encuentra agua en el desierto. No era solo sexo, era una transfusión de vida. Comenzó a lamer la base, subiendo con lentitud, saboreando el prepucio y la gota de pre-semen que ya asomaba. Dani se echó hacia atrás, apoyando los codos en el colchón deshecho, dejando que ella gobernara.
Pilar era una experta en la felación profunda. Envolvió el miembro con su mano, creando un vacío con sus labios mientras succionaba con un ritmo hipnótico. Sus ojos, entornados, no se despegaban de los de Dani, disfrutando de cómo el chico perdía la compostura, cómo sus abdominales se tensaban y su respiración se convertía en un silbido errático.
—Póntelo todo, Pilar... —suplicó él.
Ella obedeció, hundiendo la cara hasta que su nariz rozó el vello púbico del joven, acomodando la longitud de Dani en su garganta con una maestría que ninguna de las "niñatas" con las que él salía podría soñar siquiera con imitar. Pilar no tenía remilgos, no le importaba el sabor, ni el esfuerzo, ni el desorden. Solo le importaba el poder.
Sintiéndose ya suficientemente lubricada por el deseo, Pilar se incorporó y se dio la vuelta, ofreciéndole su espalda. Se inclinó sobre la mesa de estudio de Dani, apartando unos apuntes de derecho penal con un gesto brusco. Sus nalgas, amplias y firmes, quedaron a la altura perfecta.
Dani no se hizo de rogar. Se pegó a ella, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo maduro. Sin preámbulos, buscó la entrada vaginal, hundiéndose en ella con una embestida que hizo crujir la madera de la mesa. Pilar soltó un gruñido gutural, un sonido que venía de lo más profundo de su ser, mientras sus manos buscaban apoyo entre los libros.
—¡Fóllame como si quisieras matarme, niño! —le espoleó ella, arqueando la espalda para facilitar el acceso.
Dani la tomó por la cintura, sus dedos marcando la piel blanca de las caderas de Pilar, y comenzó un galope salvaje. La penetración era total, profunda, chocando hueso contra hueso. Pilar sentía cada nervio de su vagina vibrar, las paredes de su sexo abrazando la verga de Dani en una lucha por retenerlo. El placer era tan intenso que el dolor de los impactos se convertía en combustible.
La mesa de estudio, testigo mudo de leyes y teoremas, se convirtió en el altar del sacrilegio. Pilar, con el pecho aplastado contra la madera fría y el rostro hundido entre los apuntes de Dani, sentía cómo el sudor empezaba a barnizarle la espalda. La penetración vaginal la había dejado abierta, palpitante, pero su voracidad siempre exigía un peldaño más de intensidad.
—Ahí no, Dani… búscame el otro camino —jadeó ella, moviendo las nalgas con un balanceo hipnótico que era pura provocación.
Dani, con la respiración convertida en un bramido, entendió la orden. Retiró su miembro de la humedad vaginal con un sonido de succión y buscó, con la punta del glande, el anillo tenso y oscuro que custodiaba el acceso prohibido de Pilar. Ella se tensó, aferrándose a los bordes de la mesa hasta que sus nudillos se tornaron blancos. No hubo lubricantes químicos ni delicadezas innecesarias, el volcán de Pilar generaba su propia lava.
Con un empuje decidido y brutal, Dani invadió el esfínter. Pilar soltó un alarido que se ahogó contra el papel de los libros, un grito que mezclaba el desgarro inicial con una descarga eléctrica que le recorrió toda la columna vertebral. Era una invasión en toda regla. El joven se detuvo un segundo para dejar que ella se dilatara, disfrutando de cómo el anillo de Pilar mordía su verga con una presión feroz, una presión que ninguna vagina podía igualar.
—Dios, Pilar... estás tan apretada que me vas a hacer estallar —susurró él al oído, mordiéndole el lóbulo de la oreja mientras sus manos descendían para buscar, por delante, el clítoris de la mujer.
Una vez que el cuerpo de Pilar aceptó la intrusión, el ritmo se volvió frenético. Dani comenzó a percutir con una cadencia violenta, cada embestida la empujaba contra la mesa, haciendo que los libros cayeran al suelo en un estrépito que a ninguno de los dos le importaba. Pilar, lejos de amedrentarse, devolvía los golpes de cadera con una fuerza animal. Sus nalgas chocaban contra los muslos de Dani con un eco húmedo y rítmico.
La doble estimulación —la presión anal de Dani y el masaje experto de sus propios dedos sobre su centro eléctrico— llevó a Pilar a un estado de trance. Su visión se nubló. Ya no era la mujer de Manolo, ni la vecina que compraba el pan, era una hembra en plenitud absoluta, devorando la energía de un hombre que apenas empezaba a vivir.
—¡Más hondo! ¡No pares, me tienes abierta de par en par! ¡Fóllame, joder!—gritaba ella, perdiendo todo rastro de decoro.
El clímax anal llegó como una serie de espasmos sísmicos. Pilar sintió que sus entrañas se daban la vuelta mientras su esfínter se contraía en oleadas violentas alrededor del miembro de Dani. Él, incapaz de aguantar más aquel abrazo asfixiante, la sujetó por los hombros, clavando sus dedos en su carne, y se vació dentro de ella. Pilar sintió el calor de la corrida interna, una inundación profunda que la hizo colapsar sobre la mesa, temblando, con el corazón martilleando contra sus costillas.
Pilar se incorporó con la lentitud de quien emerge de un naufragio de placer. El sudor le pegaba los mechones de pelo a las sienes y sus mejillas ardían, rojas por el esfuerzo y la presión de la madera. No se permitió ni un segundo de descanso, sus ojos buscaron la verga de Dani, que aunque se retiraba del canal anal, seguía erguida, palpitante y venosa, como un animal que se niega a dormir.
Se dio la vuelta sobre la mesa, apartando con un manotazo un manual de anatomía que ya no tenía nada que enseñarle. Se sentó en el borde, con las piernas colgando y abiertas, y tiró de Dani hacia ella por la cintura. Quería el postre, y lo quería con la urgencia de quien sabe que el tiempo de Manolo se aproxima.
—Ven aquí, potro… todavía tienes fuego para mí —susurró, con una mirada cargada de una lascivia casi maternal y depredadora a la vez.
Envolvió de nuevo el miembro con su boca, pero esta vez no hubo sutilezas. Fue una mamada voraz, ruidosa, cargada de una lubricación natural y ajena que solo aumentaba el morbo de la escena. Pilar usaba su lengua como un látigo, recorriendo el frenillo y la corona con una destreza que hacía que Dani pusiera los ojos en blanco. Introducía y sacaba el miembro con una velocidad rítmica, provocando un sonido húmedo que resonaba en la habitación vacía.
El joven, exhausto pero espoleado por la insaciabilidad de aquella mujer, sintió cómo la presión volvía a acumularse en la base de su hombría. Pilar lo sabía. Lo sentía en la dureza casi pétrea que golpeaba contra su paladar.
Cuando notó que el cuerpo de Dani empezaba a temblar de nuevo, Pilar se apartó lo justo. Se quedó de rodillas frente a él, con el rostro elevado, desafiante, como una diosa pagana esperando el sacrificio. Sus manos bajaron a sus pechos, apretándolos para ofrecer un blanco perfecto, mientras entreabría los labios.
—Dámelo todo, Dani. Márcame bien antes de irme —le ordenó con un hilo de voz quebrado.
Dani no pudo más. Sujetó su propia verga con una mano y, con un grito que descargó toda la tensión de la mañana, comenzó la corrida final. El primer chorro salió disparado con una potencia balística, impactando de lleno en la mejilla de Pilar y salpicando su ojo derecho. Ella no parpadeó. El segundo y el tercero se estrellaron contra sus labios y su barbilla, mientras sucesivas ráfagas blancas decoraban su cuello y el encaje de su sujetador.
Pilar cerró los ojos, disfrutando de la calidez del fluido que empezaba a enfriarse sobre su piel. Se pasó los dedos por la cara, recogiendo la viscosidad blanca para llevársela a la boca con un gesto lento, saboreando el triunfo de su feminidad sobre el tiempo. Estaba bautizada en la juventud de Dani, lista para enfrentarse de nuevo a la monotonía de su casa.
Se limpió los restos de la comisura con el pulgar, miró a Dani —que ahora yacía rendido y vacío sobre el colchón— y le guiñó un ojo.
—Hasta el próximo viernes, Dani. Repasa bien la lección.
El contraste entre el asfalto frío que pisaba Pilar y el calor que aún palpitaba entre sus muslos era la única prueba de que seguía viva. Caminaba hacia su casa con un ritmo firme, sintiendo el leve escozor anal como una medalla invisible y la piel de la cara tirante, donde el semen de Dani se había secado antes de que ella se pasara una toallita húmeda en el portal.
Mientras tanto, en una de las aulas magnas de la facultad, Dani intentaba concentrarse en una lección sobre Derecho Civil que le parecía una broma pesada. Sus amigos, sentados a su lado, tomaban apuntes con una diligencia monótona, hablando en susurros sobre exámenes y chicas de su edad que se hacían de rogar por un beso.
«Estos tíos están preocupados por si la rubia de la tercera fila les contesta al WhatsApp, y yo acabo de ser devorado por un volcán. Pilar no es una mujer, es una fuerza de la naturaleza. Ninguna de estas niñatas sabría qué hacer con sus manos, ni pediría que la rompiera como ella lo hace. Me ha dejado vacío, seco, como si me hubiera sorbido el alma por la polla. Me da miedo y me engancha a la vez, es como follar con el mismo diablo vestido de señora de la limpieza.»
Dani se removió en el asiento de madera dura, sintiendo el roce de sus propios calzoncillos, todavía impregnados del olor almizclado de Pilar. Miró a sus amigos y sintió una superioridad oscura y silenciosa.
Pilar abrió la puerta de su piso. El olor a sopa de sobre la golpeó en el rostro. Manolo estaba en el pasillo, guardando sus bolas de petanca con una lentitud exasperante. Parecía más pequeño, más gris, como si el aire de la casa se lo estuviera tragando poco a poco.
—Ya era hora, Pilar. El grupo ha terminado hace veinte minutos. ¿Dónde te has metido? —preguntó Manolo sin levantar la vista, con ese tono de reproche débil que era su única forma de comunicación.
—Ya lo sabes, Manolo. Dando mi largo paseo —respondió ella, quitándose la chaqueta.
Se acercó a él para dejar las llaves y, por un instante, quedó a escasos centímetros de su rostro. Manolo la miró con sus ojos acuosos, desenfocados por la edad.
«Mírate, Manolo. Estás aquí quejándote por diez minutos de retraso mientras yo traigo el sabor de otro hombre en la garganta. Si supieras que hace una hora tenía las piernas abiertas en una mesa de estudio, recibiendo lo que tú olvidaste darme hace veinte años. Me pides explicaciones y ni siquiera hueles el sexo que emano. Eres un mueble más en esta casa, un recordatorio de lo que no quiero ser. Mientras tú lanzas bolas de acero, yo me aseguro de que mi sangre siga hirviendo.»
—Tienes la cara roja, mujer. ¿Te ha dado mucho el aire? —dijo Manolo, estirando una mano temblorosa para tocarle la mejilla.
Pilar se apartó con una suavidad gélida, fingiendo buscar algo en su bolso.
—Sí, el aire, —dijo con sorna—. Hacía un viento huracanado.
En la facultad, el profesor cerró su libro y los compañeros de Dani se levantaron entre risas. Uno de ellos le dio una palmada en el hombro.
—¿Qué te pasa, Dani? Estás en Babia. ¿Te has quedado dormido o estudiando?
Dani esbozó una sonrisa cínica, guardando su cuaderno en blanco.
«Estudiando... sí. He estudiado cada curva de una mujer que podría ser vuestra madre y que folla mejor que todas vuestras fantasías juntas. El viernes que viene volverá a por su ración. No sé cuánto tiempo podré aguantar este ritmo sin que me consuma, pero bendito sea el incendio.»
En la cocina de su casa, Pilar empezó a preparar la comida, de espaldas a su marido. Sintió una punzada de placer residual en su vientre y sonrió para sus adentros. Manolo seguía hablando de un triple que había hecho en el club, pero ella ya no escuchaba. Solo contaba los días para que volviera a ser viernes.
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