Terapia profunda… muy profunda - Parte Dos
Alberto le dijo que era por su futuro matrimonio. Rolo le demostró que era por su placer. Ahora Violet debe decidir si la terapia ha terminado o si simplemente ha encontrado la excusa perfecta para no volver atrás.
Terapia profunda… muy profunda - Parte Dos
Violet apenas durmió esa noche. Se quedó mirando el techo de su pequeña habitación de alquiler, con el sabor todavía en la boca y el rostro pegajoso de semen seco que había intentado limpiar con agua fría. Cada vez que cerraba los ojos veía la cara de Rolo, su polla hinchada saliendo de su boca, los chorros calientes que le habían salpicado la cara, el pelo, los pechos. Y lo peor: recordaba cómo su cuerpo había respondido. Cómo había tragado sin pensarlo. Cómo, en el fondo, una parte de ella había disfrutado la sorpresa, la suciedad, la entrega.
A la mañana siguiente se miró al espejo y se asustó. Tenía ojeras, los labios hinchados, una marca roja en el cuello que no recordaba cómo se había hecho. Se sentía sucia. No solo físicamente. Se sentía traicionada por sí misma.
Cuando Rolo le escribió por la tarde (“Nos vemos hoy?”), Violet respondió con un mensaje corto y seco:
“No puedo. Necesito pensar. Creo que deberíamos parar.”
Rolo llamó al instante. Violet dudó, pero contestó.
—Violet… qué pasa? —preguntó él, con voz preocupada pero calmada.
Ella se rompió. Las palabras salieron atropelladas, entre sollozos.
—Todo esto… es demasiado. Me siento fatal. He hecho cosas que nunca pensé que haría. Me he dejado tocar, he tocado, me he corrido, te he… te he chupado… y anoche… Dios mío, Rolo, me has terminado en la cara. Qué estoy haciendo? Tengo novio. Voy a casarme. Esto está mal. Quiero parar. Quiero dejar la terapia.
Hubo un silencio largo al otro lado.
—Violet… escúchame —dijo Rolo por fin, con tono suave pero firme—. Entiendo que estés asustada. Es normal. Todo esto es nuevo para ti. Pero parar ahora sería tirar por la borda todo lo que has avanzado. Has sentido cosas que nunca habías sentido. De verdad quieres volver con Luis sin saber si puedes disfrutar más? Sin haber resuelto esa duda que te está comiendo viva?
Violet lloró más fuerte.
—No sé… no sé qué hacer…
—Antes de tomar una decisión radical, hablemos con Alberto. Solo con él. Le cuentas lo que sientes, sin entrar en detalles. Le dices que hemos estado haciendo “cosas de novios”, que te estás agobiando, que tienes miedo. Él sabrá qué decirte. Confía en él. Es el terapeuta.
Violet dudó mucho. La idea de contarle todo al profesor la aterrorizaba. Pero Rolo insistió:
—No tienes que contarle las cosas concretas. Solo dile que estamos avanzando en la intimidad y que te está costando emocionalmente. Alberto es profesional. Te va a ayudar a aclararte.
Al final, Violet cedió. Quedaron en ir al día siguiente a una sesión individual con Alberto.
Cuando llegaron al despacho, Violet estaba pálida y temblorosa. Rolo se sentó a su lado, con una expresión de vergüenza fingida pero también una chispa de picardía que no pasó desapercibida para Alberto.
El terapeuta los escuchó con atención. Violet habló con voz entrecortada:
—Profesor… hemos estado… haciendo cosas de novios. Algunos besos, caricias… y otras más. Y yo… yo me estoy sintiendo muy mal. Tengo novio de verdad. Voy a casarme. Creo que esto está mal. Quiero parar.
Alberto la miró con calma, luego miró a Rolo. Notó la forma en que él bajaba la vista pero no podía ocultar del todo la sonrisa contenida. Intuyó que habían ido mucho más allá de “caricias”.
—Violet —dijo con voz serena—, lo que estás sintiendo es completamente normal. La culpa es el primer muro que aparece cuando alguien empieza a explorar su sexualidad de verdad. Sobre todo cuando viene de un entorno donde el sexo era algo pequeño, rápido y sin exploración. Tú misma me dijiste que con Luis siempre ha sido lo mismo. Y ahora estás descubriendo que tu cuerpo responde de formas que no conocías. Eso asusta. Pero también es una señal de que estás creciendo.
Violet bajó la mirada, las lágrimas cayéndole por las mejillas.
—Y si esto me hace mala persona? Y si cuando me case no puedo mirar a Luis a los ojos?
Alberto se inclinó hacia delante.
—Violet, escucha esto con atención: casarte sin haber resuelto tus dudas sobre la intimidad sería mucho más peligroso para tu matrimonio que cualquier cosa que estés haciendo ahora. Imagina que te casas y en el primer año descubres que no disfrutas del sexo. Que te sientes vacía. Que empiezas a fantasear con otras experiencias. Eso sí puede destruir un matrimonio. Lo que estás haciendo ahora es prepararte. Es invertir en tu futuro. Estás con Rolo en un entorno controlado, seguro, terapéutico. Nadie se está enamorando. Nadie va a salir herido. Es práctica. Es aprendizaje. Y cuando termines, llegarás al altar sabiendo exactamente qué necesitas, qué te gusta y qué no. Eso es un regalo que te estás dando a ti misma… y a tu futuro marido.
Violet lo miró, los ojos vidriosos.
—De verdad cree que esto no está mal?
—Creo que parar ahora sería el verdadero error —respondió Alberto—. Has avanzado mucho en poco tiempo. Has sentido placer de verdad por primera vez. Eso no se borra. Si paras, esa duda va a seguir ahí, creciendo. Y el día que te cases, va a ser una bomba de relojería. Continúa. Confía en el proceso. Confía en mí.
Violet se quedó callada un rato largo. Luego asintió despacio.
—Está bien… voy a continuar. Por mi matrimonio.
Rolo exhaló aliviado. Alberto sonrió con sutileza pero aún así, Violet no dejaba de sorprenderle, “Cómo puede tragarse eso?” pensaba.
Cuando salieron del despacho, Rolo ya estaba más confiado. La duda de Violet se había convertido en una excusa renovada. Ahora tenía permiso “oficial” para seguir.
Los encuentros se intensificaron.
Volvieron a los orales con más frecuencia. Rolo se la comía hasta hacerla correr gritando, las piernas temblando alrededor de su cabeza. Violet, cada vez más desinhibida, le chupaba con devoción, tragando o dejando que le terminara en la cara, fascinada por la cantidad y la fuerza.
Un día, Rolo le pidió que se desnudara completamente.
—Quiero verte entera. Sin nada. Solo tú y yo.
Violet dudó, pero la culpa ya estaba más diluida. Se quitó la ropa despacio. Cuando quedó desnuda, Rolo la miró con hambre.
—Eres preciosa —susurró.
La sentó encima de él, a horcajadas. Se besaron largo rato, con lengua, con saliva, con jadeos. La polla de Rolo, dura como piedra, quedó justo en la entrada de su vagina. El glande rozaba los labios hinchados, resbaladizos de excitación.
Violet intentó separarse.
—Rolo… espera… no podemos…
Pero su cuerpo la traicionó. Las caderas se movieron solas, bajando apenas un centímetro. El glande entró. Violet soltó un gemido largo.
—Ahhh…
Rolo la agarró de las caderas y empujó despacio hacia abajo. La polla se deslizó centímetro a centímetro, abriéndola. Violet sintió dolor al principio —era mucho más grande que Luis—, pero luego placer inmenso. Cuando estuvo entera dentro, los dos jadearon al unísono.
Empezaron a moverse. Primero lento, profundo. Luego más rápido. Violet rebotaba encima de él, las tetas moviéndose, las manos apoyadas en su pecho.
—Me duele…! —gimió al principio.
Pero el dolor se convirtió en éxtasis. Rolo le pellizcaba los pezones, le apretaba el culo. Violet aceleró, cabalgándolo con fuerza.
—Me voy a correr…! Me corro…! —gritó, convulsionándose brutalmente, la vagina apretándolo en espasmos salvajes.
Rolo no aguantó más. La agarró de la cintura y empujó hacia arriba con fuerza.
—Toma… todo dentro…
Se vació en chorros calientes y profundos, llenándola hasta que el semen empezó a salir por los bordes y resbalar por sus muslos.
Violet se derrumbó encima de él, jadeando, sudorosa, temblando.
Cuando recuperó el aliento, la culpa volvió.
—Esto… esto… ya no sé qué es esto… —susurró.
Rolo le acarició la espalda.
—Es por tu matrimonio, Violet. Lo estás haciendo por tu futuro. Para llegar sabiendo qué quieres.
Ella asintió despacio, con las emociones encontradas.
—Sí… por mi matrimonio.
Pero en el fondo, una vocecita cada vez más fuerte le decía que ya no era solo por eso.
Y esa vocecita le gustaba demasiado.
El descubrimiento del placer prohibido
Después de aquella primera penetración, Violet quedó en un estado de shock placentero y confusión absoluta. Se había corrido con una intensidad que nunca había imaginado, había sentido cómo la llenaban por dentro, cómo el semen caliente se derramaba en su interior. Cuando se derrumbó sobre el pecho de Rolo, jadeando y temblando, la culpa la golpeó como una ola fría.
—Sigo sin creer que hayamos hecho esto… —susurró, con la voz rota—. Tengo novio… voy a casarme…
Rolo, todavía dentro de ella, le acarició la espalda con lentitud, sin sacarla.
—Violet, escúchame —dijo con voz suave pero firme—. Lo que acabamos de hacer no es traición. Es terapia. Es preparación. Alberto mismo te lo dijo: si no exploras ahora, vas a llegar al matrimonio con una bomba de tiempo dentro. Quieres pasarte la vida preguntándote cómo sería el sexo de verdad? O prefieres saberlo y luego decidir con calma si eres suficiente para Luis y si él es suficiente para ti?
Violet cerró los ojos. Las palabras de Alberto resonaban en su cabeza: “Invertir en tu futuro… un regalo para tu matrimonio”. Era una excusa perfecta. Demasiado perfecta. Y ella, ingenua y asustada, se aferró a ella como a un salvavidas.
—Tienes razón… —murmuró—. Es por mi matrimonio.
Rolo sonrió en la oscuridad y la abrazó más fuerte.
—Exacto. Y ahora que ya hemos dado el paso, vamos a aprovecharlo. Vamos a practicar todo lo que necesites saber.
Y así empezó una serie de sesiones casi diarias.
Rolo era paciente pero decidido. Cada encuentro era una “lección”: posiciones nuevas, ritmos distintos, formas de tocarse. La ponía a cuatro patas y la follaba profundo desde atrás, agarrándole las caderas con fuerza. Luego la sentaba encima y la dejaba rebotar mientras le pellizcaba los pezones. Después la tumbaba boca arriba, le levantaba las piernas hasta los hombros y la penetraba hasta el fondo, haciendo que Violet gritara de placer.
Cada vez era diferente. Cada vez era más intenso.
Violet se quedaba extasiada, incrédula. Nunca había imaginado que el sexo pudiera tener tanta variedad. Con Luis siempre había sido lo mismo: cinco minutos, misionero, eyaculación rápida, ella rara vez tenía un orgasmo. Ahora descubría ángulos que la hacían temblar, ritmos que la llevaban al borde una y otra vez, orgasmos múltiples que la dejaban llorando de placer.
—Dios…! No sabía que podía sentir tanto! —jadeaba después de cada corrida, el cuerpo empapado en sudor, las piernas temblando.
Rolo sonreía, besándole el cuello.
—Esto es lo que te mereces saber antes de casarte. Todo esto es por ti… y por tu futuro.
—Ya cállate, suenas como un loro.
Violet lo miraba, exhausta y feliz. La culpa seguía ahí, pero cada vez más pequeña, ahogada por el placer.
#########
Sara estaba sentada en el pequeño sofá de su habitación de alquiler, con las piernas recogidas y el móvil en la mano. Estuvo un rato meditando cuando oyó la llave en la cerradura. Luis entró sin llamar, como solía hacer últimamente. Llevaba la chaqueta del trabajo todavía puesta, el pelo un poco revuelto y esa expresión neutra que siempre ponía cuando llegaba cansado.
Cerró la puerta con suavidad y la miró.
—Hola —dijo, quitándose la chaqueta y colgándola en el perchero improvisado.
—Hola —respondió ella, forzando una sonrisa—. No te esperaba tan pronto.
Luis se acercó, le dió un pico en los labios y se sentó a su lado. La miró de reojo.
—Estaba cerca. Pensé que podíamos hablar un rato.
Sara asintió, nerviosa. El olor de su colonia se mezclaba con el de su propia piel, que todavía guardaba rastros del día con Rolo. Se abrazó las rodillas más fuerte.
—Cómo estás? —preguntó él, con tono calmado, casi profesional.
—Cansada… —murmuró ella—. He estado yendo a esa terapia para el estrés por el cambio a la ciudad. Ya sabes, adaptarme a todo esto.
Luis asintió despacio, sin cambiar de expresión.
—Sí, me lo contaste. Te está sirviendo de algo?
—Un poco… sí. Me ayuda a aclarar la mente.
Él se quedó callado un momento, mirando hacia la ventana.
—Bien. No quiero que te agobies tanto con lo de la ciudad. Ya te dije que es normal al principio.
Sara tragó saliva. El silencio se hizo pesado.
—Y tú? —preguntó ella—. Cómo va el trabajo?
—Lo de siempre. Reuniones, papeles. Nada nuevo.
Cambió de postura, apoyando los codos en las rodillas.
—Oye… estaba pensando en lo del compromiso. Quiero hacerlo oficial ya. Qué te parece si organizamos una cena con mi familia para anunciarlo?
Sara sintió que el estómago se le encogía.
—Tan pronto? —susurró—. Me pone nerviosa… tu familia… no sé si les caigo bien.
Luis suspiró, sin mirarla directamente.
—No te preocupes por eso. Ellos ya saben como eres tú. Y yo te elegí a ti porque eres sencilla, sin complicaciones. No como otras que he conocido, que preguntan demasiado o quieren cambiar todo. Tú me dejas tranquilo. Eso es lo que necesito.
Sara bajó la vista. No sabía si tomarlo como un cumplido u otra cosa más, sus nervios no lo tomaron bien.
—Está bien… lo haremos —dijo en voz baja—. Pero prométeme que no me dejarás sola con ellos.
—Claro, no te preocupes —respondió él, con el mismo tono neutro—. Te aviso cuando lo tenga todo listo.
Le dió otro pico, se levantó, recogió la chaqueta del perchero y se la puso de nuevo.
—No quieres quedarte un rato más?, podemos hacer algo, lo que quieras —dijo más por deber que por deseo.
Luis la miró fijo algunos segundos, como si estuviera meditando.
—Descansa —añadió, ya de camino a la puerta—. Hablamos mañana.
Sara lo miró irse.
—Te amo —dijo, casi en un susurro.
Luis se detuvo un segundo en el umbral, la mano en el picaporte.
—Sí, yo también, descansa.
La puerta se cerró con un clic suave.
Sara se quedó sola en el sofá, abrazándose las rodillas, con el eco de esas palabras frías rebotando en su cabeza. No entendía nada, y no sabía qué esperar.
Mientras tanto, la terapia no podía parar…
Un día, mientras la tenía a cuatro patas y la follaba con fuerza, Rolo bajó la cabeza y pasó la lengua por su ano. Primero un roce suave, luego círculos lentos, presionando la punta para abrirla un poco.
Violet se tensó de golpe.
—Qué haces? Para! Eso es… eso es asqueroso!
Rolo levantó la cabeza, con una sonrisa tranquila.
—No es asqueroso, Violet. Es una zona erógena. Mucha gente siente placer ahí. No notaste que cuando te lamí sentiste algo diferente? Algo que te gustó aunque te diera vergüenza?
Violet se quedó callada. Era cierto. Había sentido un cosquilleo extraño, un calor que subía desde ahí hasta la nuca. Pero la vergüenza era más fuerte.
—No… no sé… es sucio…
—No es sucio si los dos estamos limpios y lo disfrutamos —respondió él con calma—. Es solo otra parte de tu cuerpo. Déjame probar. Si no te gusta, paro.
Violet dudó, pero la curiosidad ganó. Asintió apenas.
Rolo volvió a lamerla, esta vez con más dedicación. La lengua entraba un poco, salía, giraba. Violet soltó un gemido involuntario.
—Umm… —se le escapó.
Luego introdujo un dedo, lubricado con saliva. Entró con facilidad. Violet se estremeció, mitad asustada, mitad excitada.
—Relájate… —susurró él—. Mira cómo te gusta.
Y sí le gustaba. Aunque la vergüenza le quemaba las mejillas, el placer era real.
Unos días después, Rolo llegó con una pequeña bolsa.
—Traje algo para ti.
Sacó un plug anal pequeño, de silicona negra, y un bote de lubricante.
Violet abrió mucho los ojos.
—Qué es eso?
—Es un juguete. Te lo pones y lo llevas mientras follamos. Te va a ayudar a acostumbrarte a la sensación. Y te va a dar más placer.
Violet negó con la cabeza.
—No… eso ya es demasiado…
—Violet, confía en mí. Es pequeño. Solo para practicar. Si no te gusta, lo sacamos. Pero creo que te va a encantar.
Después de mucha insistencia y besos, Violet cedió. Rolo le lubricó el ano con cuidado y fue introduciendo el plug despacio. Ella soltó pequeños quejidos, pero al final quedó dentro.
Cuando empezaron a follar, el plug la llenaba por detrás mientras la polla lo hacía por delante. La sensación era abrumadora: doble presión, doble placer. Violet se corrió más fuerte que nunca, gritando, las piernas temblando.
—Aaaahhh…! Qué es esto…! Me estoy volviendo loca!
Rolo sonrió.
—Te dije que te iba a gustar.
Pasaron varios días así: el plug dentro mientras follaban en diferentes posiciones. Violet se fue acostumbrando. La incomodidad inicial se convirtió en placer constante.
Y llegó el día que Rolo había estado esperando.
Estaban en la cama. La había preparado bien: mucho lubricante, lengua, dos dedos, luego tres. Violet gemía bajito, ya excitada por el plug de días anteriores.
—Violet… creo que ya estás lista —dijo él, sacando los dedos.
Ella lo miró confundida.
—Lista para qué?
Rolo se lubricó la polla, se colocó detrás y apoyó el glande en su ano.
—Para esto.
Violet se asustó de verdad.
—No! Eso no! Es demasiado grande! Me va a romper!
Rolo la calmó con voz suave.
—Tranquila. Has tenido tres dedos. Has llevado el plug. Tu cuerpo ya sabe cómo abrirse. Vamos despacio. Si duele mucho, paro. Pero confía en mí: te va a gustar. Mucho.
Violet temblaba. La vergüenza y el miedo eran enormes. Pero también la curiosidad. Y la confianza ciega en que “esto era por su matrimonio”.
—Despacio… por favor… —susurró.
Rolo empujó. El glande entró con dificultad. Violet soltó un grito agudo.
—Aaaahhh! Duele…!
—Respira… relájate… —dijo él, sin moverse.
Poco a poco, centímetro a centímetro, fue entrando. Violet sentía que la estaban partiendo. Lágrimas le rodaron por las mejillas. Pero debajo del dolor había una presión extraña, profunda, que empezaba a convertirse en placer.
Cuando estuvo completamente dentro, los dos se quedaron quietos. Rolo le acarició la espalda.
—Estás bien?
Violet jadeaba.
—Duele… pero… también… no sé… es raro…
Rolo empezó a moverse despacio. Salió un poco, entró de nuevo. Cada vez más fluido. El dolor disminuía. El placer crecía.
Violet empezó a gemir de otra forma.
—Umm… ahhh… sí…
Rolo aceleró. La folló con más fuerza, agarrándole las caderas. Violet se arqueó, empujando hacia atrás sin darse cuenta.
—Ahhh…! Mmmm…! Ahhhhhhhh….!!!!! —se le escapó.
El orgasmo llegó de golpe. Su ano se contrajo violentamente alrededor de la polla, ordeñándola.
—Aaaaahhhhh…! Me corro me corrooooo…! —gritó, convulsionándose.
Rolo no aguantó más. Rugió y se vació dentro: chorros calientes y espesos que la llenaron hasta rebosar. El semen salió por los bordes, resbalando por sus muslos.
Cuando se sacó, Violet se quedó temblando, boca abajo, el ano abierto y goteando.
Se giró despacio y miró a Rolo con los ojos muy abiertos.
—No puedo creer… que toda esa verga… haya entrado ahí…
Rolo se rio bajito y la abrazó.
—Te dije que tu cuerpo era capaz de mucho más de lo que pensabas.
Violet cerró los ojos, todavía jadeando.
—Todo esto… es por mi matrimonio… verdad?
Rolo le besó la frente.
—Todo esto es por ti, Violet. Para que llegues sabiendo exactamente qué quieres.
Ella asintió despacio.
Pero en el fondo, una vocecita cada vez más fuerte le susurraba:
“Y si ya no quiero volver atrás?”
— Tenemos que hablar de nuevo con Alberto
Rolo paró de sonreir y la miró temeroso— Esta vez… para qué?
Violet lo miró a los ojos— Tenemos que saber si ya terminamos la terapia.
Continuará...
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